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Si te sientes parte de los ciclos de la naturaleza, si en tu casa no hay puertas, si sabes que estás constantemente evolucionando… ¿Cómo creer en los cierres? Hace días que el catamarán solar duerme en el amarre donde pasará el invierno. Dejará de navegar durante unos meses, probablemente el mismo que nosotros estemos sin pisar su cubierta, ¿Se puede decir que hemos llegado al final? Cómo hacer esta afirmación si nos embarcamos dispuest@s a ir hacia “donde el sol nos lleve”, es decir, si nuestro viaje nunca tuvo destino, si yo soy un ser de procesos más que de objetivos.
Desde esta forma de habitar el mundo escucho que se acerca el final de las vacaciones.  Esta frase, dicha a bordo de un barco, implica apurar los culos de los bronceadores, los protectores solares, las leches hidratantes… y el fondo de la nevera. No es cuestión de negar la evidencia. Efectivamente, hay cosas que se acaban o se dan por terminadas, se trata de la tiranía de los sustantivos, objetos léxicos que solemos hacer perecederos.
 
Se acaban las cosas, quizás, incluso el verano puede darse por terminado, o el amor,  o una guerra… y cuando regresen nos haremos l@s sorprensid@s, o diremos que hay asuntos cíclicos o que nos gusta repetirnos. Con los adjetivos somos más difus@s, por  aquello de que son intercambiables quizás. Los verbos, en cambio… Dejar partir, fluir, dar oportunidad a que “las cosas sucedan”, desapegarse, amar, respirar, son acciones que nos recuerdan que la agenda laboral se parece más y más a una ficción, que “las temporadas” pretenden apagar los ciclos, que la ansiedad por el triunfo/fracaso acorta o alarga el paso del tiempo, que las guerras son una constante en manos de “l@s de siempre”. 
 
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Se acabó el bote de ese aceite con el que nos embadurnamos la piel tras las duchas de agosto, sin embargo nuestra pituitaria no olvida su aroma evocador. Poco a poco van bajando las temperaturas pero permanece el placer de ver avanzar las sombras en el paisaje.  Durante dos meses dijimos “!Tierra a la vista!”, desde hace unos días la tierra está bajo nuestros pies y en nuestras manos. Enredado en los tomates llegó Joanet (marinero en otras aventuras náuticas), con las almendras volvimos a Julio, Berenice, y Manolo, entre los higos compañer@s de vida como Ada y Oscar, el influjo de la luna trajo a Manuela a este planeta. Slow, lentitud… ¿Qué es lo que se acaba para aquellas personas que conectan con “la constante”? A ella van enganchadas verbos, frases, relatos, actitudes, conocimientos… 
Después de dos meses de navegar lentamente sobre el azul y bajo él, puedo asegurar que todo está vivo, que todo es inteligente y que todo está conectado. Por tanto, ¿Quedan abolidos los finales?. Veo el último corte de la película “Jumping with Jess” de mi amigo, el cineasta Josë Luis Matoso, y, pegada a la silla afirmo que eros y tanatos hacen una buena pareja y que su hija, la vida, es la constante que nos lleva. Nacimos tantas veces como morimos, confundimos ocasos con auroras, así de humanos seguimos siendo.
“En Alicante duerme el barco solar”, escribo esta frase en la barriga de un velero, el “Triple G”, que se ha cruzado en nuestra vida de casualidad, cedido por Jose Pedro y Manino, dos rebeldes capaces de inflar las velas de sus sueños y lograr que recorran mundo. ¿No habíamos dejado el mar? ¿Entonces, qué hacemos de nuevo aquí, con la despensa llena de tomates? ¿Cuántas veces decimos “!Se acabó!” y al poco rato vuelve a empezar el lío? ¿Cuántas veces crees que abandonas, que ya no puedes más, que ya no sabes más, y te encuentras con que sigues avanzando? ¿Qué sucede cuando descubres que eso que llamamos final es una ciudad fronteriza abierta hasta el amanecer?
Aquel cielo que antes era azul ahora es gris. Las nubes cambiaron de sitio. ¿Dónde quiere llevarnos el sol? 
 
 
 
Es verdad, vaciamos la despensa del catamarán, los camarotes, recogimos los aperos, es cierto que el motor no volverá a encenderse aunque el sol cargue sus baterías. Le desnudamos, llevándonos hasta el último recuerdo. Es evidente que se puede cerrar el catamarán como quien acaba un bote de mermelada de frambuesa (Mmmmm) pero… ¿Cuándo acaso tienen final los intercambios que allí se produjeron? Como las semillas, el conocimiento compartido germina, crece, fructifica. Sé que llegará el otoño y regresarán a él una parte de nuestras gotas hechas lluvia. 
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Para darme la razón, para acompañarme o porque sí, la tormenta se hace un sitio ahora en este cielo, el de aquí, el de ahora. Neil Young canta que llega el tiempo de la cosecha. Sembrar en el azul, cosecha de olas… A bordo, Enrique y Mar se dejan llevar por la Navegación Tranquila de la que me habló Joan Sol, vuelve a mi boca el Cambio Lento promovido por Miguel Murcia, muerdo un higo que respetó los principios del Slow Food… y me planteo por qué no regresar al Slow Thinking, término que quizá no exista, pero supondría hacer lo que es natural en los seres humanos: contarnos el mundo a  un ritmo no industrial incorporando a nuestra contemplación del mundo conceptos como la simbiosis, la cooperación, la diversidad, la polinización cruzada, el respeto al lugar…
 
El lugar, el catamarán solar, este velero. A medida que íbamos repasando las costuras del primero, revisando los paneles solares y todas aquellas piezas que nos permitieron navegar durante casi dos meses, le fui agradeciendo y llegó un momento en que sentí que se transformaba en un pequeño lugar sagrado. Recuerdo las reflexiones que Giacommo Di Stefano nos hizo sobre su barca “Claudia” cuando alcanzó a remo Estambul (después de dos años de su partida de Londres): la construyó con sus manos, eligió la madera, le dedicó una parte de su vida, conocía sus sonidos, sus detalles más sutiles, durante el viaje se transformó en una extensión de su cuerpo (en medio de la tormenta sólo estaban la barca y él). Esa dimensión del respeto al lugar, hizo que el catamarán solar adquiriera otro sentido, como el Brancaleón (el velero en el que vivimos durante 4 meses el año pasado) sigue pegado a una parte de nuestra piel. Esta es una de las dimensiones que facilita vivir en un barco: recuerda que e lugar que habitamos va con noaotr@s, siempre es “nuestro sitio”, no importa si es propiedad o lugar de paso.
Nos acabamos de subir a este velero. No estaba previsto. Sigo diciéndome “iré donde el sol nos lleve” cuando llega el vértigo, la zozobra, el golpe de viento, cuando no sé leer el mapa o alguien se empeña en entender qué hago. En un par de meses este velero cruzará el Atlántico, yo habito sus vísperas. Esta semana se prevén días de lluvia y tormenta, subo la cremallera de mi chubasquero mientras el sol se esconde tras las nubes. No sé en qué lugar habita el sol, sólo sé que de nuevo estoy sobre el agua, que en la piel llevo los arrumacos de Jaume, que en la alacena esperan tomates secos y que hoy vuelve a ser un día ganado a la vida.
 
 


“Comienza el día haciendo algo que nunca hiciste y no habrá jornada que no partas de viaje”.   Cuando los ríos cuentan. Consejo nº 1.

El origen no es un lugar

          Me siento como la punta de un bolígrafo sobre un folio en blanco. Una mano desconocida me ha colocado al pie de esta montaña. La carretera que deja Brañas Viejas a un lado y llega hasta la estación de esquí de Alto Campoo lleva el asfalto hasta el mismísimo Pico Tres Mares, en el que el mirador aparece como un pétreo tubo de neón anunciando “bienvenido al paraíso, visite nuestro bar”. Y yo estoy aquí, escribiéndolo.

          Llego en medio de una densa bruma, aterida, con las articulaciones anquilosadas. Revuelvo en la mochila en busca de ropa que me preserve de esas húmedas cortinas blancas tras las que se esconde el paisaje. Fuera del coche todo me resulta inquietante. De golpe me acuerdo que en las películas el aventurero siempre aparece tras la bruma. Sonrío. Soy John Wayne. Ahora me asalta una cantinela de la infancia: “El Ebro nace en Fontibre, provincia de Santander…”.  La repetíamos una y otra vez en un aula desbordado de babis verdes; a su compás repasábamos, frente al mapa de España colgado de la pizarra, el nacimiento de los ríos y sus afluentes: Cuando decía Fontibre cerraba los ojos e intentaba imaginarme el lugar. Enseguida la palabra adquiría un timbre sacado de las películas de Tarzán e imaginaba que el Ebro era como el Nilo, que quizás naciera de una enorme cascada en la que yo descubriría el bailar del agua y los tesoros… Cuando los volvía a abrir, el resto de la clase ya había llegado a su desembocadura.

          Ahora, al abrirlos, una rancia placa me saca la lengua. Reproduce un texto de Gerardo Diego. El poeta describe el río como un círculo, de cielo a tierra y viceversa. Leo, rodeada de finas gotas de agua, que estoy en un levísimo lugar en el que las coordenadas se deshacen. La “gasa de niebla” se me aparece como una enorme goma de borrar.

          Husmeo en los alrededores de la placa. Me esmero, soy minuciosa. No sé por qué pero me demoro, no quiero dar el primer paso de este viaje. Además, estoy enfadada conmigo, ni siquiera he conducido el coche. Me refiero que he llegado hasta este punto y aún no sé por qué he decidido embarcarme en esta historia. Comienzo sin saber en realidad hacia donde me dirijo. Sí, ya sé, al mar. Pero eso es mérito del Ebro, no mío. Yo ignoro…

Sigo los pasos a un hilillo de agua

          Me lanzo hacia el pico que imagino tras la niebla, avanzo torpemente (quizás el paisaje me quiera acompañar en el sentimiento), entonces tropiezo con la primera de una colección de cruces. Casi caigo sobre ella. Rafa me explica que recuerdan el paso de aquellos esquiadores y alpinistas que murieron despeñados por el precipicio que se abre a nuestros pies como un pozo blanco. Para alejar este extraño abatimiento, invento espíritus bovinos a partir de los cencerros de las vacas… porque la niebla permite fantasear la virginidad de un paraje dominado por las instalaciones del teleférico y las pistas de esquí…pero que gracias a la niebla, yo borro.

          Al final de este primer recorrido nos espera el buzón de cumbre, vacío. Rafa vuelve a relatar que hubo un tiempo en que los montañeros abandonaban sus nombres y reflexiones en los picos. Entonces alcanzar la cima implicaba haber vencido a la naturaleza, hoy los turistas que llegan sin esfuerzo han acabado con esta costumbre y su sentido. De hecho, al bajar, escucho la voz del cabecilla de un grupo de senderistas; explica que en días claros se puede ver desde allí hasta la Sierra de la Demanda, que se encuentra nada menos que a 150 Km. Pone datos donde no alcanzan los ojos: “podríais contemplar, al norte, el valle cántabro e incluso el río  Nansa y al Oeste los Picos de Europa”.

          Me enfado: Sabía que el parto del agua no sería íntimo pero tampoco contaba con visitas guiadas. Agarrada al enojo me pongo a buscar en el mapa el origen ilegítimo del Ebro. La carta dice que estoy en uno de los laterales de la “u” del valle glaciar de la zona de la Calgosa, lugar donde en su momento se debió de deslizar la lengua de nieve que trazó el camino al Híjar (antesala del Ebro)…. Miro a mi alrededor, busco en el suelo una huella de aquel glorioso pasado geológico, algún sugerente titilar de aguas que me permita sentir que pongo el pie en la luna, pero sólo encuentro la basura que durante meses sepultó la nieve, ahora absolutamente descarnada. A pesar de todo, esta forma de buscar el nacimiento del Ebro me parece más entretenida y sigo hurgando entre remontes, telesillas y telesquís, hasta que me topo con un chorrillo que no sabe por qué piedra escurrirse. Entra y sale por una cañería, la intenta esquivar, lo consigue. Me cae bien.

El primer beso fluvial

          Escribo en el diario: “En el mundo fluvial pasa como en el ciclista, los hay con destino gregario, que nunca ganarán la carrera, da igual su esfuerzo. Sin brillo, sin gloria… así es el Híjar”. Sin más, y prescindiendo de la rigurosidad geográfica, con la dignidad de un imaginario explorador, decido situar oficialmente el nacimiento del Ebro en ese charco cubierto de renacuajos que he encontrado entre calizas y cuyo curso sigo en medio de la niebla con dirección a Fontibre. Y en vez de darle el nombre de una reina, noble, país o entidad egregia, lo denomino: “el principio”.

          Aquí, concretamente, comienza realmente mi viaje.

         Observo el lugar, lo memorizo, sonrío al hilo de agua. El chorrillo me hace bordear refugios de montaña, urbanizaciones de apartamentos. Me deslizo por las planicies de Espinilla hasta toparme de nuevo con la carretera que lleva al origen oficial del Ebro.

          Nueve horas después, a las 17,50 h., alcanzo el cartel que da reseña el nacimiento legítimo del Ebro. La cuna está enclavada en una hoya en la que fresnos y chopos de repoblación se entremezclan con robles y sauces en un parque con merendero, hasta arriba de turistas. Vuelvo a darme de bruces con el sabor rancio de los años del franquismo; va pegado al aparcamiento, los accesos, el parque… Ablandan mis neuronas y durante unos segundos vuelvo de nuevo a los bailes regionales del día de la Hispanidad. La pesadilla se desvanece enseguida gracias al bullicio de un grupo de adolescentes. Como ellos, sigo el trazado del sendero que lleva a la roca donde la Historia ha ubicado las fuentes del Ebro, que está coronada por una hornacina en la que la Virgen del Pilar se ahoga entre exvotos, pañuelos, banderitas españolas y aragonesas y ruegos (“Virgen del río, que tenga más luz y trabajo”).

          Ahí mismo inauguro ortodoxamente mi aventura. Mi juramento incluye que a partir de ahora no me separaré del Ebro. Dicho y hecho, empiezo a saltarme todas las indicaciones, verjas y carteles que prohíben el paso. Es decir, que convierto mi camino en una carrera de obstáculos absurdos: pequeños muros de piedra construidos por ganaderos de caballos y vacas, alambradas…

          Despeinada y con la adrenalina tintándome los carrillos, me encuentro con los dos primeros puentes que cruzan el Ebro. Son de piedra, de pequeños ojos. Sólo han pasado unas horas y el río ya tiene cuerpo suficiente como para obligar a la construcción de viaductos perennes y mover ruedas de molino. Al pie del segundo puente me entero que atrás he dejado el límite natural del oso pardo cantábrico, lo que me relaja bastante.

Lupe y la trashumancia

          Hubo en la localidad tres molinos y el mejor de ellos (hoy un moderno horno de pan, alimentado por corriente eléctrica) fue una importante fábrica de harinas fundada a principios del siglo XIX por el Marqués de Comillas, Antonio López, a la que llamó “La primera del Ebro”. Me lo cuentan los ancianos y ancianas que juegan a las cartas en un local del camino. Les observo. Tras el ventanal, unos bolos de granito abandonados en el jardín recuerdan que también permanecen vivas otras tradiciones. Somos cinco mirando y cuatro en la mesa.

          Una de las jugadoras, Lupe, me cuenta que a su hija “la llamaron los del Deltebre y allí ha estado un año entero, tocando la pandereta”, vestida con el traje campurriano. Es una anciana de inmaculado pelo blanco cuya coquetería le da hasta para mover las pulseras con salero mientras baraja. La más joven de las mironas, Matilde, asombra sus ojos hipermétropes:

          – “¿Y de dónde viene usted?”

          – “De Madrid”

          – “Entonces sabrá de la pasá. Tengo una amiga que lleva el ganado todos los años a Madrid”.

          Cuando le explico que no sé de que me habla, se desilusiona, ella pensaba que los de Madrid sabían de sobra lo de las ovejas que todos los años llegan a pata o en tren al ombligo de la península. Como no es ella la que posee reses y ni sale ni entra de la provincia, tampoco puede darme más explicaciones y me propone que la llame esta noche, pues ya habrá hablado con su amiga. Me esfuerzo por rememorar. De golpe recuerdo unas imágenes en TV: centenares de ovejas pasando por el arco de Alcalá guiadas por perros y mayorales. Caigo en la cuenta que alguna vez leí que los pastores merineros llevan realizando este camino desde la Edad Media. La trashumancia… Con voluntad conciliadora, exclamo que la de ellos sí era una caminata larga. Uno de los acodados en la barra me responde: “andan unos treinta kilómetros al día cuando el ganado no pasta y unos once cuando se entretiene”. Sonrío. No hice mal mis cálculos.

          El camarero me pregunta por la mochila y bromea sobre el equipaje que hasta hace poco llevaban los pastores: unas redes largas que servían para encerrar a las ovejas por la noche, botas de cuero, primitivos utensilios de cocina y alimentos (como el cundido), pimientos, ajos, sebo, aceite y todo necesario para condimentar la pitanza, sal para el ganado, las pellejas de los animales muertos en ruta, etc. Nada que ver con mis previsiones… Por un momento me siento desnuda.

          Alcanzo Nestares bien entrada la tarde, separada del agua en varios tramos, por la vegetación de la ribera. Allí me espera Rafa. Dejo que él se encargue de buscar refugio. Presto atención a sus recomendaciones: “mira, mejor que te separes del río, por las crecidas, los bichos, la humedad y porque a lo mejor se acerca a beber el ganado… Cuanto más liso y menos inclinado esté el suelo mejor, ciertos cultivos atraen a los mosquitos;  si no hay heces de animales, mejor, porque es señal que por ahí no pasa el ganado… ¿Ves?, en alto estás más desprotegida del viento”.

          Nunca me había dado cuenta de hasta qué punto a cada viajero le corresponde un tipo de riesgos. Yo nunca hubiera dormido junto a la ermita que él ha localizado pues la cantina está a pocos metros del lugar donde cenaremos y según mis parámetros, eso nos hace “arriesgadamente” visibles. Aún así hoy delego responsabilidades. Es el último día en que podré vivir el viaje de otro.

Voy “a donde la Merche”

          En Nestares conocen esta casa de vinos y comestibles en la que escribo por el nombre de su dueña: “La Merche”. Van “a donde La Merche” a tomar un trago, a charlar, a jugar una partidita… El lugar hace del paso del tiempo una seña de identidad y conserva alambiques de principios de siglo, botellas, un reloj, el cartel anunciando una velada de teatro en Reinosa, el medianil que separa la tienda de la tasca… y el rostro de los feligreses, todos hombres, que apuran un último vaso de vino antes de regresar a casa. Pedimos queso, jamón, pan y vino, y tomamos asiento en una de sus lubricadas banquetas de madera, sobre una mesa sólida y tan añosa como el resto del inmobiliario.

          La Merche ha superado los sesenta con coquetería y fragilidad; lleva las cejas primorosamente depiladas y cubre su piel apergaminada y fina con un polvo de color que inventa salud donde no la hay. Atiende a su clientela ligeramente encogida, con una sonrisa a punto de quebrarse, la ayuda un burdo camarero que acompaña de vez en cuando a los presentes con su propio trago de vino. Existe una tercera mujer en el abarrotado local: una rubia de pantalón ajustado que va agarrada al brazo de un dandi de arrabal. Como si él la hubiera regalado una vida honesta, la albina de bote aguanta las jerigonzas de su hombre y sus amigos sin abrir la boca y con la mirada ausente. En realidad se vigilan: ella no mirará a otros, él llegará sobrio a casa.

          En un rincón del local los tejos se aburren a los pies de una enorme rana de metal que, en cuanto termine la retransmisión el partido, volverá a tragar las fichas de los jugadores. Junto a él José, dueño del local y marido de La Merche, relee un periódico retrasado bajo unas gafas que sujeta gracias a un parche hecho con celofán, que mantiene en su sitio la única patilla. Su ruda mano consigue contener los temblores de un incipiente parkinson. Tiene toda la pinta de ser un buen contador de cuentos. Le abordo:

          –  “¿De cuándo es el alambique, señor?”

         – “No sé, nunca funcionó bien” (José levanta la vista, sujeta sus gafas, que se ladean hacia la derecha, y observa detenidamente mi rostro)

           – “Bonito su local”

          Hago como si no me diera cuenta de su examen. Deduzco que debe creer que los turistas somos así de raros. Echamos una ojeadita al lugar, él reposa su mirada en un viejo reloj que algún día se enganchó a las ocho menos diez. Yo reparo en uno de los carteles que anuncian las fiestas patronales de los pueblos de la zona: “El conceju del pueblu puede cambiar algo si las cosas no van bien”.

           – “Y mañana, la Virgen de las Nieves”, comento.

           José se vuelve hacia mí y deja los periódicos.

           – “Teníamos nevadas impresionantes y eso que no estamos a mucha altura, a unos 900 metros. Yo era un mozo… ¿Quiere que le enseñe unas fotos?. La nieve cubría puertas y ventanas.”

            José desaparece tras la cortina corinto que, embadurnada por el tiempo, separa con pesadumbre la tienduca de su vivienda. Sujetándose las gafas con una mano y agarrando temblorosamente una caja con la otra, aparece minutos después.

“Cuándo comienzas a narrar lo desconocido no haces otra cosa que hablar de tí msmo. Escúchate.” Cuando los ríos cuentan. Consejo n. 2.

Dije: “Caminaré junto al Ebro” y me agarré a su orilla como sí fuera un brazo. A partir de ese momento caminar fué sortear zarzas, hundirme en el barro, sortear verjas, saltar, huír, rascar, resbalar… Mis pies empezaron a hacerse agua.

Para qué sirven los ojos

          Visto a la luz del día, el bucólico merendero junto al que hemos dormido resulta ser un estercolero. Hay restos de comida, envases, plásticos, compresas en todos los rincones. Horas antes de que nos instaláramos, una familia disfrutaba de un tardío picnic… no entiendo que eligieran un lugar en tal estado. Al menos nosotros tenemos una coartada: de noche no veíamos más que el punto en movimiento en el que terminaba el haz de luz de nuestra linterna. Aún así, el despertar ha sido agradable, entre gorjeos de aves y con el cielo despejado. Es una verdadera mañana de domingo.

          Rehago la mochila con la conciencia de que se convertirá a partir de ahora en un gesto cotidiano y que será el último día que lo haga en compañía. La certeza de la soledad me da vértigo, no por la ausencia del otro sino por el peso de mi ignorancia: nunca he andado tanto, no sé leer un mapa, no entiendo de animales, no distingo horizontes, no he vivido nunca en medio de la naturaleza….

          No hablo del asunto.

          Los coches se multiplican en dirección a la romería en Peñalabra; a las 12 de la mañana dan la misa (cantada) en honor a la Virgen de las Nieves y los hay madrugadores. Nos cruzamos con un anciano que despotrica contra coches y caballos (aunque no hemos visto pasar ningún jamelgo). Refunfuña entre dientes postizos, que aprieta a las encías con los labios, lo que le impone una expresión de sonreidor forzado. La dentadura apenas se sujeta en su quijada.

          – “!Que se es más libre a pie!” (grita a otro conductor).

          La frase me resulta tan refrescante como una buena ducha, por eso cambio de sentido y acompaso mi andar al del anciano. Le pregunto algo que ya sé: hacia dónde va tanto auto. Sin cambiar de paso, levanta el bastón en dirección a los montes.

          – “A Peña Labra, donde la romería. Por allí se pasó Manuel, de los rojos a los nacionales”.

          Minutos después entenderé que Manuel es él. Es de esos fascinantes ancianos que mezclan tiempos al hablar. En una sola frase es capaz de resucitar a sus muertos, rebelarse contra el presente y saludar al futuro. Con maestría y cálida síntesis, Manuel nos cuenta uno de los capítulos más importantes de su vida, aquel en que se separó definitivamente de su madre (la vez primera y la última) en el borde de una ladera.

          – “Váyase usted, madre, que ya voy sólo, le dije, aunque yo nunca había subido. Hay varias vallas, no crea, que no se ven. Pero las subí, que para andar hace falta paso largo y mala leche, como dice aquél”.

          Manuel pronuncia su última frase mirándome a los ojos:

          –  “No hay que fiarse de nadie, ni seguir indicaciones que no sean las de tu ojo”.

          Dijo lo que tenía que decir y se fue. En realidad siguió su camino, fuimos nosotros quienes paramos en un local que exudaba café por los cuatro costados.

A solas con este río alegre

          Junto al puente de piedra de dos ojos, uno de los que popularmente se dicen romanos pero que son de época Moderna, se entretienen los primeros cultivos. Aguas abajo,  las casas se encadenan tras las zarzas. Voy de una vega a otra del río cruzando improvisados puentes, viejos puentes, puentes abandonados y puentes para coches. Al cabo de una hora, la majestuosidad de las edificaciones y un cuidado parquecito en el margen derecho del Ebro me confirman que ya he entrado en la capital de la comarca. Atrás dejé Nestares.

          Reinosa mira al río intermitentemente, primero le da la espalda y después se reconcilia con él hasta inventar pequeñas zonas verdes en la que fue ribera agreste. Los balcones acristalados de sus casas me hacen añorar el mar, pues piden bruma y Cantábrico. Un puente de ferrocarril junto a un cementerio de coches cierra el paso por la vega y me obliga a separarme por primera vez del río. El calor aprieta y parece refractarse en los edificios más viejos, en sus casas de sillería con escudos nobiliarios y sus trabajos de cantería que recuerdan sus años de gloria en la Edad Media, cuando era el centro de la Merindad de Campoo.

          Rafa me deja en la desembocadura del Híjar, como si el azar se empeñara en hacer también de su trayecto un viaje cerrado (el suyo va del nacimiento del río hasta su deshacerse en el Ebro). Nos damos la espalda. Me impresiona la rotundidad de un gesto tan sencillo. Pienso en el Mediterráneo y tiemblo, me quedan por delante más de 900 kilómetros de agua. Camino erguida por si se gira.

          Pesa. Mi única compañera a partir de ahora, la mochila, pesa. Es incómoda, no había considerado que las asas podrían clavarse en los hombros. El dolor se me presenta como nuevo acompañante. No lo había pensado: el cuerpo duele.

          Bien, se supone que esto ya está en marcha, que he iniciado la aventura… Ay… ¿En qué me fijo?. Cierro los ojos, los abro. Lo primero que veo es el ganado que se agolpa en las orillas, paciente, nada que ver con las fotografías de las vacas enjauladas en cajas, fabricando leche, engordando de forma industrial.

          Nuevo descubrimiento: no puedo cantar y andar a la vez (piso boñigas, me cuelo en charcos, zarceo, tropiezo). Me centro en el lugar que piso. Veo lo que hacen mis pies; veo cómo camino…

Descubro qué “significa” un embalse

          Las haciendas que bordean el embalse prescinden de la ley que obliga a respetar “la costa” de los ríos y cercan el camino con verjas y muros tras los que pastan sus animales. Por otra parte, aunque los terrenos sobre los que se construyó el embalse fueron expropiados, en algunos casos se sigue haciendo uso de los mismos.

          En lo que aparece en el mapa como “Pradomolino” pierdo la paciencia. Después de burlar cinco verjas (dos de ellas de piedra), hundir mis pies en los sedimentos del río, abrir y cerrar puertas de ganado y perderme en una zona seca del embalse, vuelvo a encontrarme dentro de la propiedad. Algo nerviosa (no estoy acostumbrada a tratar con reses) y despotricando contra la propiedad privada que todo lo quiere, fuerzo otra verja, está cubierta de púas. Recupero el resuello en un absurdo banco solitario con vistas a la carretera y amarilleado por el moho a la altura de Villafría. Gracias al viento no me aso.

          Busco alivio para esta extraña sensación de desamparo. Revuelvo en mi cuaderno de viajes, que es como un chupete en la boca de un niño hambriento. En los escasos apuntes que tomé en Madrid recogí datos sobre el observatorio de aves que hay cerca de Villafría. Escribí: “observar el vuelo del pato colorado, el del somormujo lavanco, el ánade friso, la garza real, la cigüeña”. Un absurdo, no reconocería a ninguno de ellos ni en fotografía, por lo que me contento imaginando la profusión de siluetas sobre el agua.

          Los embalses dan ilusión de abundancia pero sólo puedo congraciarme con ellos de lejos pues de cerca son agua verde salpicada de bolsas y botes, superficies rizadas por el viento que recuerdan a las zonas portuarias. Tras el pinar, el puente que lleva a Horna de Ebro parece marcar un antes y un después en esta certeza. Encajona al Ebro, esto le hace inaccesible y, por tanto, se muestra ecológicamente correcto.

          Me apuntillo sobre un enorme hato de mies, para ver dónde se arraiga una larga y desvencijada chimenea de ladrillo, pero no lo consigo. Al otro lado de la cosecha un caballo blanco me mira majestuosamente y, de fondo, en el lateral más privado de un chalet de tres plantas, un bronceado y fornido caballero duerme en calzoncillos sobre una tumbona. El resto de las casas con las que me encuentro son tan grandes y están tan poco usadas que parecen segundas viviendas.

          Continúo mi camino hasta, tres horas antes del anochecer, alcanzar la presa del embalse, un cinturón enorme de cemento atenazando el flujo de la naturaleza. El Ebro hace ya muchas horas que no es salvaje.

          ¿A dónde irán los peces?. ¿Y los nutrientes, los minerales disueltos, los detritus de plantas?. Me asomo al otro lado de la presa. Nada. Ni un hilo de agua escurridizo: sus ojos están cerrados.

Una conversación sacada del Western

          A un lado de la carretera que recorre el dique encuentro un pequeño camino de asfalto por el que han pasado un padre, su hijo y las vacas. Después de merodear por la zona ficho una pequeña hondonada con forma de media luna desde la que puedo observar todos los senderos, y a la que decido volver en cuanto cene. Allí mismo realizo un acto de intimidad: masajeo mis palpitantes pies.

          El bar más cercano al dique es un local oscuro al que me asomo con incertidumbre. No hay carteles anunciadores, los hombres beben como en un club privado. Vistos de golpe, como yo lo hago, componen un muestrario de rostros de la España de antes. Remonto la impresión. Entro con la mochila y cojeando. Mis ojos se adaptan a la penumbra. Distingo unos estantes polvorientos en los que se trufan huecos y botellas de vino con golosinas y productos de limpieza. Pregunto al anciano que reposa su pie en una silla si allí dan de comer. Sin moverse de su sitio y con una sonrisa despoblada en las encías, el hombre responde:

          – “Depende de lo que quiera comer”

          Los hombres se ríen. Prefiero creer que la frase no tiene mayor sentido que el estrictamente gastronómico.

          – “Un bocadillo. De queso, por ejemplo, un café con leche y un vaso de agua”

          –  “Aquí no hay agua”

          –  “¿Es verdad o me está tomando el pelo?”

          El anciano me mira de arriba abajo.

          – “Piense lo que quiera”

          Se levanta pesadamente, con la pierna izquierda comida por una úlcera, llena de vino el vaso de uno de los presentes y saca de debajo del mostrador una enorme cesta de mimbre.

          Aún no sé con quién estoy hablando realmente. Yo también me muevo con desidia y tomo asiento junto al taburete de mi replicante en la única mesa vacía que tiene la tienda. Sin esperar su respuesta abro mi libro. No tengo muchas ganas de leer, no hay luz suficiente, pero siento que el gesto marca distancias.

          El hombre corta un trozo de queso curado, tan grande que no imagino que pueda ser para mí. Mientras hurga entre los vasos, rompe el silencio:

          – “Las mujeres se ponen nerviosas cuando llega la noche”

          –  “Me da que le ha debido de ir muy mal con las mujeres”.

          Por las risas de todos los presentes sé que he dado en el clavo. No es una simple salida: el desorden que reina en aquel negocio no podría haberlo soportado una esposa de provincias y menos las de su generación. El hombre se sienta a mi lado. Un nuevo cliente entra en el local, sin dejar de mirarme, se sirve un vino.

          – “Higinio, ¿Dónde tienes lo de ayer?”

          Así es como se llama mi vecino de asiento, Higinio. Al levantar la mirada hacia el recién llegado me doy cuenta que hace rato que dejó en la barra el queso, el cuchillo y una enorme hogaza de pan. Hago lo propio, me despacho.

          Tengo hambre. Dejo el libro y le miro. Le pregunto por su pierna. Se dio un golpe sobre una quemadura y la herida se le ha llagado hasta lo insufrible. Una vez encontrado el tema de conversación, Higinio no deja de preguntar. Es sordo y he de levantar la voz, con lo cual consigo que los demás también se enteren. Miento sobre mi destino para no dar pistas. Le pregunto por la chimenea de ladrillo que ví a la entrada del pueblo y me responde que son los restos de la fábrica de vidrio La Cantábrica.

          – “Se cerró con el embalse porque no podían sacar tierra para hacer los cristales y… mira la de tierra que hay”.

          – “ Ahora entiendo las piedras de vidrio que he visto sobre algunas puertas”.

          Es tal mi sorpresa y mi ignorancia que Higinio rebusca en el almacén y pone encima de mi mesa una revista antigua (“Cantabria”) en la que se explica cómo la industria del vidrio de la zona funcionó entre 1845 y 1928, un ciclo abierto por el ferrocarril y cerrado por el embalse.

Aprendo a pasar desaparcibida

          Consigo que el sabroso y seco queso pase por mi gaznate con sorbos de café y lectura. Imagino el pecho de aquellos obreros de Francia y Bélgica que venían a trabajar a las fábricas de Las Rozas, Reinosa y Arroyo (en aquellos años el proceso se basaba en el soplado a pulmón y las reivindicaciones sindicales aún estaban por ver). A finales del siglo XIX esta zona era conocida en toda Europa por sus cristales, pero por lo visto la gloria duró poco y el coste del transporte, la competencia extranjera y la reforma de Canovas dio al traste con la fábrica, que se cerró tras la muerte del fundador, Telesforo Fernández.

          De repente el locutor del informativo de las ocho y media grita las noticias. Un nuevo feligrés, de buen porte y ojos claros, pelea con el mando a distancia para regular el volumen del aparato, sin conseguirlo. Pide disculpas. Le sonrío. En la mesa, el queso curado me mira, aún más retador, parapetado tras la hogaza, también seca.

         En uno de sus lentos y dolorosos viajes al mostrador, Higinio me anima a trabar conversación con el recién llegado.

          – “Habla con el alcalde, que él sabe mucho”, señalando con la barbilla al canoso.

          Entre la guasa de Higinio y el silencio del hombre, dudo si es edil o si se trata de un mote. Tiro por el camino del medio.

          – “Lo que me importa realmente es si sabe mucho. Aún así. ¿De verdad es alcalde?”.

          – “Yo nunca miento”.

          Me hizo gracia el acertijo y di por finalizada definitivamente la lectura. Nuestra conversación durará horas y estará salpicada de recomendaciones para el camino, indicaciones de la ruta, datos sobre el embalse y la despoblación de los años cincuenta… Y, por supuesto, con parte de su biografía: Juan Manuel Quevedo es alcalde de Arroyo desde 1974, un cargo que le llena de responsabilidades pero que no le hace ganar dinero.  Tiene más de setenta y cinco años, 6 hijos y varios nietos, nació y creció en la zona y, por tanto, sabe bien qué se oculta bajo las aguas del embalse: cuatro pueblos enteros (Medianedo, Quintanilla, La Magdalena y Quintanilla de Bustamante) y parte de otros cinco (Las Rozas, Villanueva, Remedo, Bimón y Llano) y la vega donde se desarrollaban la mayoría de las actividades agropecuarias de la zona. La presa se los tragó en 1947.

          El embalse fue una puntilla mortal para la zona, que fue perdiendo paulatinamente su actividad económica en las décadas siguientes (al cierre de la industria del vidrio se suma el de las minas de lignito, la reforma agraria y la fuerza centrípeta de la industria en Bilbao). Hoy el pueblo gana vida con aquellos que regresan tras su jubilación.

          En el último momento aparecen dos chicas. Higinio saca sus artes de relaciones públicas, animado por el ambiente que se está creando en su local.

          –  “Mira, estas dos son de Polientes”.

          El alcalde se despide, no sin antes invitarme a mi viandas. Pilar y Élida me preguntan dónde dormiré. Les señalo mi saco y levanto las cejas. A estas alturas los hombres del lugar ya saben que pasaré la noche en el pueblo, pero no dónde.

          Regreso a mi guarida mucho más relajada que cuando la dejé. El alcalde me ha dado el nombre de un amigo en Aldea de Ebro, Quintín, y las chicas el de Nacho, uno de sus compañeros de trabajo, que es de la zona. Además llevo conmigo un libro que me ha prestado al alcalde que, bajo las estrellas, se convierte en un cuento:

          En 1865 el ingeniero Pedro Antonio de Mesa describe cuatro principales manantiales de Fontibre que manan por un solo caño: la Fuentona, el Pozo de los Muertos, la Fontanuca y el Nacimiento del Medio, son el origen de uno de los tantos afluentes q ue tiene el Ebro, el “río de Fontibre”, el cual, atravesando Reinosa y recogiendo las aguas de otras abundantes fuentes que allí hay, “se incorpora por más abajo del pueblo con el río Híjar, llamado así porque baja de los puertos del Híjar y Peña Labra, cuna del Valle del Ebro”. El Híjar, a quien dejé de ver en sus gateos, conserva la fragilidad de su nacimiento a lo largo de su curso porque las filtraciones secan su camino hacia el Ebro. Fue allí donde comenzó realmente este viaje. Con una despedida.

           Las gotas se cuelan en mi saco. El río me visita. Las estrellas pelean por asomarse entre las nubes.

“Los animales nos observan… Y llegan a sus propias conclusiones. Revisa tus relatos desde la base”Cuando los ríos cuentan. Consejo n. 3.

Al tercer día comprendí que ni siquiera sabía saciar mi sed. El Ebro fue ahogando mis preguntas hasta dejarme a solas con una: ¿Cuánta agua necesitas para vivir?

El nuevo orden del mundo

Primer amanecer en silencio. Nadie con quien hablar. Nadie que me de conversación. Las palabras se agolpan en la boca, sin orden. Espero a que Higinio abra, rodeada de gatos que tampoco maúllan. Nos observamos. Esperamos mientras comemos, mientras nos aseamos, mientras dejamos que se vaya abriendo el cielo y azulee la bruma que ahora le tiñe de gris.

          Voy de los gatos al reino animal y de ahí a las bodegas del arca de Noé. Cuentan los relatos bíblicos que Matusalén murió una semana antes de que comenzara el diluvio. Dios eligió el agua como castigo a los vicios abominables, una purga de la que sólo sobrevivieron un puñado de animales y sus amos. Llovió como nunca y cuando la humanidad hizo borrón y cuenta nueva, las aguas volvieron a sus cauces. De regreso a la tierra, los privilegiados se dispersaron por todo el mundo, repartiendo familias y tribus que caminaron en todas las direcciones para repoblar el planeta. Jafet y sus hijos y los hijos de sus hijos se dirigieron a Europa. Tùbal, nieto de Noé, eligió España, en la que entró desde el Mediterráneo y por las bocas del Ebro. Mientras lo remontaba fue fundando ciudades y poblados en sus riberas. El navegante vivió ciento cincuenta años y a su muerte dejó el trono a Ibero, que gobernó treinta y siete años y que dio su nombre a la Península y al mismo río.

          Las campanas de la iglesia dan las 9. Según mis cálculos llego tarde a no sé que sitio, pero tarde; con absurdas prisas que no puedo dominar, salgo a buen ritmo del pueblo. Higinio abre su tienda y yo paso a su lado como si nadie le hubiera esperado.

          El rumor del agua se enfila por un abundante bosque de roble. Respiro profundamente. El olor a tierra mojada embriaga. Camino con la cabeza de lado, entusiasmada con los saltos del agua. La frondosidad del bosque permite que los 15 metros que, según el alcalde, deben respetarse en la vega del río (son de propiedad pública, como las costas) permanezcan incólumes. Gana mi oído y pierde mi vista. Imagino que así debía ser el paisaje con el que se encontró Túbal, un rastro verde que empezó a desaparecer cuando la ferrería impuso su tala para obtener carbón vegetal que le sirviera de combustible a mediados del siglo XVIII. En un claro de la vega mojo mis pies. No había visto moras tan grandes en mi vida. Chapoteo pero no puedo beber.

Las campanas de la iglesia, a la altura de mis ojos


          Castor, de sesenta y siete años, será la primera persona con la que me encuentre en Bustasur. Su casa es la primera que recibe al visitante al final de una pequeña cuesta y su jardín es una mezcla de flores y plantas de olor (romero, hierbabuena…).

           – “Era una cuadra con gallinas, cabras y ovejas, pero ahora la tengo sólo para mí”.

          Las campanas de la iglesia de San Julián se dejan mirar a la altura de nuestros ojos. Está enclavada en una hondonada de modo que su torre en vez de aparecer en alto se muestra casi a ras de nuestro suelo. Es la primera vez que accedo a una iglesia por su campanario. Según aparece en una inscripción de la columna izquierda del arco triunfal, se construyó en el 1112.

          Por lo que escucho a un par de turistas que no dejan de fotografiar su estampa, estoy ante un “Bien de Interés Cultural Incoado, con categoría de Monumento”, pero a mí los ojos se me van al pequeño cementerio que linda con el edificio, en el que destacan dos grandes lápidas en torno a las cuales se levantan otras más menudas, afiligranadas, en hierro, y algunas placas pequeñas que se esconden en los rincones. Apetece morirse allí.

          – “Te vas a reír: me llamo Castor –acentúa la ‘o’ con empeño- pero las mujeres de aquí, me llamaban ‘Cástor ven’, ‘oye, Cástor’… y yo que no, que es Castor”.

          En ese momento una vecina se asoma a la verja de su jardín y Castor tercia:

          – “La moza ya ha andado seis kilómetros, ¿Cuántos le quedarán para la Aldea?”

          – “Pues otros seis. Hace usted bien en andar tanto, que el cuerpo se malacostumbra. Antes íbamos andando a todos lados pero ahora… Por eso hay los infartos que hay”.

          Me recomiendan el camino de cantos rodados que parte de la iglesia y no aparece en los mapas. El trazado es suave y me obliga a cruzar de una vega a otra varias veces antes de llegar a los restos de la antigua ferrería de La Pendía.

          Los viejos edificios sólo mantienen en pie sus fachadas principales. Escribo en el cuaderno: “las casas se pegan al río dándole la espalda, como si mantuvieran una relación ilícita. Él responde a su desplante corrompiendo el lugar donde se tocan. El tiempo da fe de que aquellos simuladores cayeron en la tentación”.

          La antigua ferrería de la Pendía aparece ante mí. Funcionó de manera más o menos continuada durante unos cien años, hasta finales del siglo XIX. Hoy los edificios que mejor se conservan son las carboneras, que asisten, imperturbables, al avance de los helechos.

          Busco el rastro de los baños, que en su momento gozaron de atención por sus aguas sulfurosas porque sus instalaciones anuncian la cercanía de Aldea de Ebro y los encuentro en la otra orilla del río. Sus inmaculadas instalaciones  esperan que alguien las despierte, como en un cuento de hadas empresarial. Cruzo a su lado a través de leve puente. Un antiguo molino rehabilitado se presenta como “la ferrería”.

Emilio recuerda a Mariana Pineda  

          Las dos de la tarde. Escucho el zumbido de las abejas en sus panales. Al llegar a Aldea pregunto por Quintín al propio Quintín, el primer hombre que encuentro. Parece que la única sorprendida soy yo. Me lleva al local que los vecinos tienen habilitado como tasca en verano para que conozca a uno de los más viejos del lugar, Emilio Fernández, de ochenta y seis años.

          – “De su generación quedan vivas tres personas, el cuarto murió con ciento un años la pasada primavera”.

         La Casuca (el nombre le sienta como un guante) fue construida en 1905 como escuela nacional, en la planta de arriba estudiaban los alumnos y la planta baja era la casa de reunión del pueblo. En 1982 el lugar se convirtió en una cantina a la que acuden los 10 habitantes que allí pasan el invierno, cifra que llega a 30 en los meses de verano.

          Un viejito adorable, sordo, con boina, vestido de negro, delgado, con sentido del humor, consume a pequeños sorbos un colmado vaso de vino. Es Emilio.

           –  “El río siempre estropeaba los caminos”

         Lo dice en pasado porque según él, hace años que el Ebro no se desmadra. Enseguida se pone a hacer cuentas sobre los ahogados en sus aguas. Sólo recuerda tres: el que bebió de más, la monitora de un campamento y aquel que fue a nadar y se perdió en la corriente. A él, en cambio, nunca le pasó nada y eso que de pequeños se bañaban en él hasta 7 veces al día.

           – “Biesga, la compañía eléctrica, quería hacer un salto de agua, una presa, y en Bárcena de Ebro quería hacer la central, por eso cerraron los baños”.

           En ese momento un hombretón colorado le dice a los gritos que cuente cómo hacían los mozos cuando alguien iba a ligar al pueblo.

           – “Cada pueblo tenía unos derechos con las mozas. Si uno de fuera quería cortejar a alguna debía pagar 5 cántaras de vino a la mocedad”.

           Así lo hizo él con los de Valderrible, de donde era su mujer, con quien tuvo dos hijos. También ocurría al revés, ellos pagaban a los jóvenes de las otras aldeas, aunque siempre había algún “corás que no quería alternar y venía a la chita callando para no pagar”. Normalmente siempre se rebajaba la cantidad, al fin y al cabo todos estaban en el mismo ajo, y cuando la pareja formalizaba su relación ante el altar, los vecinos del pueblo de la esposa iban a dar la enhorabuena a los novios, cantando “la serenata”.

          “Informado estoy, señores, / informado estoy de veras. / Volveréis a la mañana, / quiera Dios para bien sea. / Que gocéis matrimonio / según tu amor lo desea / que lo sepáis estimar / con amor y reverencia. / No te la dan por esclava, / te la dan por compañera”. Emilio canturrea para sí con el fin de recordar la coplilla al completo y cuando termina se ríe alzando la mandíbula al cielo. Sus ojos, rojizos, brillan como dos canicas. Nos reímos. Recuerda que también existía “el derecho de costumbre”: tras la boda se invitaba a todos los niños a tomar algo junto a los jóvenes del pueblo.

           Está dispuesto a contarme todo lo que yo esté dispuesta a escuchar antes de que su hija le requiera a la mesa. Fue ferroviario en La Robla, León, en la línea que unía esta ciudad con Bilbao (“que luego la llamarán Feve” y que empezó a funcionar en 1876).

           – “ Llevaba pasajeros pero también mercancía. La Ferrería traía el hierro de Bilbao y aquí estaban los hornos, que se cerraron antes que los altos hornos de Vizcaya… Usté habrá oído hablar de María Pita”

           – “Puesss, no, ahora mismo no caigo”

          – “Eso debía de saberlo usté, ella luchó contra los ingleses después de que le mataran a su marido, dijo que ‘de esta raya no pasarán y quien quiera acompañarme que me siga’. Y le plantó cara a los ingleses… como Agustina de Aragón, que esa sí que le sonará”.

           Aún me pregunto si “María Pita” no sería Mariana Pineda.

De la cuneta al jardín de las delicias

          A las tres, La Casuca va perdiendo clientela y yo decido ganar distancia al día, a pesar que el calor arrecia. Un vaquerizo me asegura que pasó por el sendero hace unos días y que me harían falta botas altas y pantalones largos, de lo contrario, es preferible que tome la pista forestal que lleva por la izquierda hacia Arcera. He perdido el mapa por el camino, de modo que me veo obligada a fiarme de la opinión de los demás. Falto conscientemente al principio de Manuel (“No hay que fiarse de nadie, ni seguir las indicaciones que no sean las de tu ojo”), pero es que aún no sé dónde colocar la mirada, por eso llevo el plano desplegado, porque hace las veces. Aún así, la ausencia de coordenadas propias me descoloca.

          El ser humano es frágil. Podría morir en este camino por el que no pasa nadie, víctima de la insolación.

          Nunca me he parado a pensar cuánto bebo, cuánto necesito, siempre he tenido el agua a mano, estoy acostumbrada a tener una tienda o un bar a pocos metros. No sé realmente qué significa estar absolutamente sola en medio de la naturaleza sin saber a ciencia cierta cuánto durará la autonomía de mi propio cuerpo. Me acurruco en una zona con sombra, sobre el asfalto. Procuro no dormirme, sólo reposar, pero me asusto y vuelvo al camino como en sueños.

           De repente, donde no había nada, surge un magnífico jardín. En él, un matrimonio joven descansa a la sombra mientras su hija pequeña retoza en una piscina de plástico. La abuela hojea una revista en una hamaca. Me asomo al seto que les separa del camino e intento llamarles la atención, pero la voz no sale de mi garganta. Me cuesta decir “¿podrían ustedes darme un vaso de agua?”. Cuando lo consigo, estoy en la puerta de acceso a su casa y el hombre me invita a pasar con exquisita educación. Se llama Miguel Ángel. Su mujer, Ana Isabel, me hace un sitio bajo la sombrilla, desaparece en el interior de la casa y sale con una bandeja en la que lleva café, una manzana y galletas de chocolate.

         La emoción empieza hacerse un sitio en la boca del estómago, una calidez que irá subiendo hacia el lagrimal a medida que la conversación se llene de recuerdos familiares. Los suyos alumbran los míos. Cuando el patriarca de la casa, Eutiquio Santiago, deje la siesta para incorporarse a la entrañable tertulia, la hospitalidad me habrá ablandado todos los músculos. Yo tampoco tengo ninguna defensa contra el afecto. “Podrían sobornarme con una sardina”.

          Eutiquio me habla del molino de Loma, en el que se trituraba trigo, arricas (guisantes), hieros (arvejas)… de forma comunal, “hoy lo explotan los vecinos de Somera, ellos tienen las llaves para usarlo. Sólo se puede acceder a él con carros y 4×4, desde Loma”. Explica que, aunque no haya más de 16 personas censadas, Arcera se divide en tres barrios: “el de arriba, el de abajo y Aroco”; es al primero al que pertenece la iglesia de San Miguel, del siglo XII, en donde en el año 85 se encontraron restos humanos. Los arqueólogos también han encontrado osamentas en la ermita de San Pantaleón, la mayoría niños eran decapitados (con la cabeza sobre el esternón).

           – “En verano todas las casas están abiertas, en cambio en invierno no vive nadie”

          Miguel Ángel y Ana Isabel recuerdan el nombre de los árboles de la zona: el fresno, los robles, las hayas, los nogales, el pino (“los de la pista se plantaron hace nada más que quince años”), el chopo y los alisos…

          A estas alturas Eutiquio pone encima de la mesa una revista hecha por los hijos de los nativos del lugar, “Arcera”, publicada en verano con una tirada de 100 ejemplares. Está dedicada al bosque y la vegetación de la zona, de modo que al improvisado inventario de plantas, la publicación añade avellanos, arceros, serbales, acebos… y frutos silvestres como los arándanos y las setas (perrochico, cardillo y champiñón). La tala masiva de árboles, sobre todo de robles, se produjo entre los siglos XVI y XVII. Miguel Ángel añade que se está produciendo una reforestación natural por el propio abandono de las tierras, porque ahora no hay quien viva del cultivo.

          Hay una reseña sobre los prohombres del lugar, como David López, “un ciclista que despunta en Bilbao” y su primo Javier, que se ordenó sacerdote el año de la publicación.

          – “Aquí hay mucha vocación, han salido muchos sacerdotes. Hasta tres hijos de la misma casa vecina, que entraron en los dominicos. Y en la de al lado otros tres, también dominicos”.

          – “En el pueblo llegamos a ser unos 22 mozos y unas 30 mozas. Date cuenta que se tenían seis hijos como media”.

          –  “Ahora hay 19 personas que tienen más de ochenta años”

          – “Y así se conocieron ustedes”

          – “Bueno, yo fui a su bautizo, a coger caramelos, como mandaba la tradición”.

          Por supuesto, su esposa sonríe y puntualiza que ella nació en Reocín, un lugar en el que había fragua, tres tiendas, una farmacia, tres bares, un cuartel de la guardia civil y tres posadas.

           – “Hoy no hay nada”.

El mastín me convierte en vaca

          Son las seis y queda camino por delante, me arranco del jardín convencida de que el dolor ha desaparecido, pero en cuanto me pongo en pie los pinchazos acuden a todas las terminaciones nerviosas de pies y hombros. Casi de puntillas, sigo los pasos de Miguel Ángel. Intento memorizar las indicaciones de Miguel, las líneas que traza en el aire, de izquierda a derecha, con la mano, llevan a Bárcena de Ebro

         Diez minutos después veo a lo lejos, junto a unas minúsculas vacas que pacen en el verde, cómo un animal de parecido tamaño se acerca veloz hacia donde yo estoy. A medida que su figura se agranda, distingo un mastín canela que no para de ladrar. Acorto mis zancadas y procuro alejarme de la alambrada que separa su territorio del mío. Cuando quiero darme cuenta, el enorme perro se encuentra detrás de mí, mostrándome fauces, dientes, lengua, campanilla… Mi reacción inmediata es darme la vuelta y caminar lentamente hacia el lugar de donde vengo. No corro porque la mochila me pesa, porque el firme es irregular y porque se me cruza por la cabeza la idea de que si el mastín está acostumbrado a tratar con vacas, lo más fácil es hacerme pasar por una de ellas: no mover el cuello, convertirme en un bloque de carne y caminar con parsimonia, como lo hacen los rumiantes. Imploro, con el corazón en vilo, que yo dé el pego, que huela a vaca, que entienda en sus ladridos las instrucciones, que el animal sólo vea en mí a un bovino fuera del redil…

          El recorrido es lento. Llevo media hora siendo vaca. Lo soy, lo sé. Tengo las ubres en mi espalda, así explico mi petate. Soy azul (pantalón, mochila, calcetines, lívida piel) pero becerra. Sus fauces se abren, me ladran, me gruñen, pero no muerden. Puedo decir que sé cuánto dura la eternidad.

          Cuando llego al seto que da al pueblo, el mastín se da media vuelta. Son las siete de la tarde. Me siento estúpida, una ridícula heroína de plástico que no sabe de campo ni de bestias. Paso por delante de la puerta de mis anfitriones y me encuentro con que Ana Isabel se ha arreglado para pasar un rato en la ex escuela del pueblo, hoy café popular. Me muero de vergüenza.

          Tras mi relato, me explica que no me habría hecho nada, que el mastín nunca ha mordido a nadie. Probablemente el mastín creyera que me había perdido y me devolvió, ladrando, al camino por donde pasan los humanos y no ese en el que andaba yo, tan despistada. Me pastoreó, me llevó a mi sitio.

          Continúo el camino lógico (sobre todo para el mastín), una carreterita que lleva a la ya lejana Bárcena. Segundos después Ana me alcanza entre resoplidos. Agita la revista verde que durante dos años han guardado en su casa y un prospecto de la zona. Me la regala y me pide que espere, que me llevarán en coche hasta lo que debió ser mi destino. Me ablando por dentro. Va a ser la falta de azúcar.

          Lo que hubiera recorrido a pie en una hora lo hacemos en coche en pocos minutos. Llego a Bárcena de Ebro con la esperanza de encontrarme con Pilar y Élida. Aguardo en la zona donde el pueblo suele instalar las casetas de la romería, junto a una casona en la que antes se levantaba el único bar del pueblo y que hoy acoge a dos ancianas cuyos tres nietos completan disciplinadamente los deberes de verano. Ellas, flacas, curvadas y malencaradas. Ellos, atados a las sillas.

          La tarde se empieza a estropear. El Ebro describe aquí una gran curva, justo en el punto en que sus aguas confluyen con las del río Polla, en una ribera especialmente húmeda cubierta de chopos, álamos y algún que otro sauce. El paraje no es el más adecuado para alguien que quiere pasar la noche a la intemperie. Me quedan pocos kilómetros para el siguiente pueblo, Villanueva de la Nía, y el camino es fácil. Esperar me pone nerviosa, de modo que decido tomar mi petate y seguir andando. El cielo se encapota. Acelero. Un pescador recoge lentamente sus aperos. El viento arrecia y me hace perder el pie. Un deportivo se para a mi lado.

          – “Voy al pueblo, si quieres te llevo”

          La incipiente lluvia empieza a estampar sus gotas en el cristal.

“Escucha los secretos ajenos: La libertad termina donde empieza el miedo, dijo Ángeles” Cuando los ríos cuentan. Consejo n. 4

Pregunté a las piedras, pregunté a los nombres, pregunté a l@s niñ@s… Sus secretos fueron ampliando mi mundo. Hoy, re-visitando el Ebro, Ángeles Díaz Simón me enseñó a ser más libre.

Los nombres también mueren

Andar, desprenderme, ir más ligera. El cuerpo me lo pide a gritos. Aprendo a escucharle: la falta de agua provoca dolor, el exceso de peso, ampollas, por eso he sustituido la cantimplora por una botella de plástico, así me deshago de medio kilo.

          Un perro flaco me sale al paso. El mapa me asegura que el camino hasta Polientes está salpicado de pueblos y discurre paralelo al Ebro. Cuando el trazado es fácil se puede mirar hacia atrás. Un lujo. Puedo, por ejemplo, entretenerme en monólogos y mirar adentro. Todo no está delante…

           Miro al mapa de reojo, preveo que hoy será un día lleno de conversaciones, como ocurre nada más salir de Bárcones de Ebro. Sus tierras de labranza miran al río. Los tractores se mueven de puntillas, los hogares se desperezan y en algunas ventanas comienzan a correr los visillos. Las casas van cogidas del brazo, pegaditas pero sin apelotonarse. La sillería, que en otros pueblos es refuerzo de esquinas, supera aquí la planta inferior y remata las fachadas hasta alcanzar los tejados.

           En el arcén, los hermanos López (José María y Marciano) revisan el maletero de su coche. Sus camisas blancas impolutas y sus rebecas azules les dan un aspecto distinguido y coqueto. Parecen dos viejos cirujanos hurgando en el inmaculado cuerpo del vehículo. Enseguida se presentan como jubilados. Me cuesta creer que son hermanos, pues uno habla con acentuadísimo deje catalán y el otro tiene una marcada entonación cántabra. Me lo aclaran: son dos de los once hijos que tuvo quien fue, durante muchos años, alcalde de Olleros, localidad situada en tierras palentinas. Con el tiempo cada uno terminó instalándose en un lugar distinto de la geografía ibérica. Hoy tienen cita con el médico en Polientes y han parado para comprobar qué era aquello que golpeaba las espaldas del auto.

Mi primer intercambio de relatos

          Preguntan de dónde vengo, les digo que del Pico Tres Mares, andando. Se asombran y me piden pormenores. Anhelan saber cómo es el lugar mágico que alimenta ese caudal. A cambio de mis descripciones ellos hablan de las riquezas de la zona y el origen oficial del río. Les recuerdo que a la cuenca del Ebro van a parar 12.000 km de ríos organizados en 347 cauces principales. Habían olvidado las aguas subterráneas. Aún así, insisten en el trayecto “oficial”:

          –  “Ahora el Ebro va más fuerte en verano porque abren las compuertas del embalse para evitar la sequía y para que llegue agua a la Rioja”.

          Y aportan dos cifras: el 42% de los caudales que van a parar a este río está regulado por los embalses, que actualmente suman 151 en toda la cuenca del Ebro.

          –  “Por si no se ha dado cuenta, en el kilómetro 21 dejó de pisar tierra palentina”

          Sólo Báscones de Ebro pertenece a esta provincia, y añaden que las tierras castellanas se extienden un poco más allá, al otro lado del río. También me explican que el pueblo vecino se llama La Puente del Valle, en femenino, porque si son pequeños, frágiles, están hechos sólo a la medida del pie y desaparecen con las crecidas, a los puentes se les cambia el género. Siguiendo sus instrucciones, alcanzo el pueblo por uno medieval, que debe ser muy macho pues está hecho para vehículos “todo terreno”, trilladoras y tractores, que me sortean a su paso.

          He parado para ver las lomas tras las que se levanta el pozo petrolífero que se abrió en La Lora en los años 60. La Lora es el pequeño Kuwait patrio con el que soñaron los españoles en los años de la modernización franquista. Los López vivieron de cerca esta particular fiebre del oro. De aquellos tiempos de efímera prosperidad quedan ahora varios barracones de piedra, una casa ocupada con las ventanas tapiadas y la amenaza que augura un horizonte repleto de molinos eólicos a medio plazo. Al menos así me lo han contado, que yo no veo más que monte.

          Ensimismada, confundo el rumor del viento con el del agua. Encuentro hornacinas con imágenes sacras a los lados del camino. Me asomo a ellas. Están en perfecto estado. Llego a Quintanilla de Ann tras entretenerme en una que incluye una cruz, a cuyos pies han puesto flores. El aire agita el paisaje y aligera al sol, que duele en la piel.

Las ánimas, Eleuteria y Ursicinio

          En medio de lo que podría ser la plaza del pueblo un hombre corpulento, tocado por un casco de hockey, amenaza con su bastón a un animal imaginario. Vocifera palabras ininteligibles subido a un banco. Un perro merodea a sus pies. A pocos metros de él, charlan dos mujeres, una asomada a la ventana y otra en la calle. Para ellas ese hombre es un árbol más en el paisaje. Les pregunto elevando el tono por la tienda del pueblo. No hay. Menos el pan, que una furgoneta trae de Ruerrero y reparte diariamente entre los pueblos de la zona, lo compran todo en Polientes. Sorbo el agua que me ofrece la hija de la más joven desde el otro lado de la ventana. La mujer que está en la calle intenta explicarme el significado de las capillitas que he visto en el camino, su comadre (Mariví) la corrige:

          – “Son las sánimas”

          – “No, las ánimas benditas”, tercia su vecina

          – “Las sánimas, las sánimas”, insiste Mariví.

          Me despido. Hago lo propio con el gigantón vociferante. Una hora después vuelvo a jurar que no volveré a preguntar a una mujer por el camino a seguir. Mariví recordaba el sendero de cuando era joven y acudía al río a solazarse con sus amigas, es decir, sus referencias han caducado y no me llevan donde necesito. Le doy vueltas mientras pienso en mis caderas, mis pies doloridos… yo ni siquiera sé qué es un río… Concluyo que las mujeres perdían las piernas cuando se casaban.

          La senda que conocían las dos mujeres ha sobrevivido al paso de los años gracias a los pescadores pero es transitable sólo durante unos metros. Pronto los chopos, álamos, sauces y fresnos se mezclan con las orillas de un bosque de robles y las zarzas se prodigan entre pastos de vacas, excrementos y cercas de metal. Procuro evitarlos y encharco mis pies. Las espinas y las púas se agarran a mi pantalón. Son las dos de la tarde y el sol se está convirtiendo en mi peor enemigo.

          Accedo a Sobrepeña por donde entra el ganado, por su patio trasero. Me dejo empapar por la fuente del pueblo hasta que la piel vuelve a saber qué es el frescor y el alivio. Dos niñas, Cristina y Ángela, juegan con su bicicleta y se ofrecen a posar ante mi pequeña cámara a los pies de una pintada del campamento juvenil que veraneó por allí el año anterior. La nueva tecnología permite que se vean a sí mismas en una pantalla. Jugamos a movernos frente a ese minúsculo espejo. Dos ancianos ríen con nuestras bromas, apostados en el quicio de una pequeña puerta, y cuando se ven congelados en mi cámara, se desternillan. Su buen humor me cautiva e inicio la conversación con una torpeza inaudita.

          – “¿Viven aquí?”

          Responden muy amablemente que sí, que su casa es una de las 8 que permanece abierta en invierno, aunque ahora llegan a ser hasta 50 vecinos porque cuando llega el verano todas las casas están abiertas. Sus hijos, como suele ser habitual, trabajan en Bilbao y pasan por allí sólo cuando están de vacaciones, es decir, dentro de un par de semanas.

          – “Voy a casa a poner la comida”, corta de golpe Eleuteria.

          –  “¿Qué hay para hoy?”, pregunto, no sé si por curiosidad o por hambre.

          – “Sopa… de fideos”

          – “Uuuff, con el calor que hace… no sería capaz”

          Eleuteria y Valentín me miran con conmiseración. Sonrío. Ella se va con cierta prisa y ocupa su lugar un fornido agricultor, de unos cincuenta años, Ursicinio Gallopeña, que al oír mi comentario cuenta un chiste:

          –  “Va un niño y le dice a su mamá: ‘mamá, quiero sopas’, y la madre le contesta ‘hijo, no hay pan’. Entonces el niño contesta ‘no importa, sin pan’”.

          Los hombres se ríen y yo les miro de hito en hito. No entiendo nada. Digo “je, je, je” por empatía. El más joven explica, entre carcajadas, que el niño no entendía que las sopas son con pan. Mi cara les hace llorar de risa. Será mucho más adelante cuando comprenda que en los pueblos distinguen las sopas en plural (pan mojado en leche, habitual en el desayuno) de la sopa en singular (habitualmente de fideos y con mucha sustancia). Mis contertulios quedan encantados con mi ignorancia y definitivamente acepto el papel en el que a partir de ahora me moveré libremente.

La horca, la vielda, los muertos

          –  “¿Todos los chopos son iguales?”

          – “No, el canadiense es un buen chopo, y los carolines también, los usan para construir casas y también tablones. El lombardo es regular, además ya no hay, es más bronco y no lo quieren tanto. El del país ahora nace silvestre, bueno, a veces, pero no vale para ná porque tiene mucho nudo y sólo lo quieren para cerillas, palillos de dientes y algunas tablas”.

           – “¿Y el resto de árboles, qué ha pasado con ellos?”

           – “Hay una finca, con 6 o 7 nogales, pero son aún muy jóvenes, los quieren para madera y quienes compran los quieren viejos”.

           – “Ursicinio… es la primera vez que conozco a un Ursicinio, ¿Ve?, hasta las palabras desaparecen. Nos estamos volviendo unos ignorantes tremendos. Ni siquiera tengo idea de para qué sirven las máquinas” (señalo a una enorme cosechadora).

           Comienza así un sencillo juego: ellos nombran utensilios de labranza y yo pregunto en qué consisten.

           – “La horca. Tiene 5 ganchos y un mango largo para dar la vuelta cuando está trillando. Los hay que las tienen y ahora las venden porque ya no se va con animales. También había de 2 ganchos”.

           – “Y la pala de dar la vuelta a la parva”

           –  “No entiendo nada”

           – “Es la mies cuando ya está trillada”

           – “La vielda. Tenía también 5 ganchos pero el mango era más pequeño y servía para dar la vuelta a la parva cuando venía molida”

           – “Ahora todo el trabajo lo hace la cosechadora, antes había que levantarse a las dos de la madrugada”

           Ursicinio pronuncia esta frase entre la nostalgia y el alivio.

           – “¿Y el río?”

           –  “Muchos muertos lleva el río”.

           La hora de comer se aproxima y Eutimia viene a recoger a su marido. Una furgoneta rompe nuestra despedida con su claxon. Es la panadera. Compro una barra de pan que devoro mientras alcanzo Rebollar de Ebro.

           Escuchar el cuerpo, entender sus demandas… me resulta tan difícil que una y otra vez caigo en trampas, como ahora. Debí cambiar antes de calzado.

           Un coche de la guardia civil de Polientes pasa a mi lado, lentamente, rompiendo el viento de frente. Levanto la mano con la misma parsimonia. Se paran. Les pregunto si me harían el tremendo favor de acercarme a algún lugar donde pueda comer y beber. Alberto y Fernando me hacen un sitio en el lugar en el que habitualmente viajan los detenidos. Ellos ayudan, ellos deciden. Me dejan sin mediar palabra en un bar con terraza de nombre “El Arroyo” (luego sabré que está a los pies de Rocamundo). En las mesas de fuera, a la sombra de unos toldos, un nutrido grupo de niños rebañan patatas fritas entre risas.

Firmo un pacto con Marta

           Improviso un extraño menú lleno de azúcar, sal, agua e hidratos (tengo el paladar en las antípodas del cuerpo) y me hago un sitio entre esos gnomos, cuyo bullicio me alegra. El mayor me cuenta que es uno de los voluntarios al cuidado de esta troupe especial. Están disfrutando de unos días de vacaciones en un albergue situado junto a la Ermita de la Velilla, “Los Globos”. Cuando el mesonero, Miguel, me trae otro refresco, saluda a cada uno por su nombre. Me he convertido en el centro de atención y una rechonchita, Rebeca, se anima a hacer las presentaciones. Acaba de cumplir los 17. Dice que perdió la vista de una enfermedad pero que ahora lee en braille y ya se ha acostumbrado. Hacemos un pacto de honor en dos minutos: yo la incluiré en el libro y ella me leerá.

           Otra niña, de ojos achinados se acerca.

           –  “Hola, yo también me llamo Marta y tengo veintiséis años. ¿Vas a Polientes?”.

           – “Anda, qué bien, Marta. Somos las más guapas ¿verdad?. Sí, voy a Polientes”.

           –  “¿Sola?”

           – “Bueno, siempre encuentro amigos por el camino”

           – “Claro, como yo”

          Y aprieta mi mano en señal de amistad. De golpe, me rodean, “Hola, Martha, hola, hola, mira, oye, a que…” y me cuentan todos en tropel que hoy comerán lentejas, filetes de cerdo y que luego se echarán una siesta.

          Llega el coche que esperaban y el grupo desaparece. Marta me dice adiós con la mano. El silencio se adueña del lugar y con él vuelvo a caer en la presión del viento: ha amainado, como cuando se nos corta el aire en un hipo: de repente. Lo utilizo como disparadero para continuar hacia Polientes. Quiero encontrar a las chicas que conocí la primera noche que dormí sola junto al Ebro.

          Hago un esfuerzo por cambiar mi percepción del entorno y de este viaje. No debo convertirlo en una suma de esfuerzos, no creo que el sufrimiento sea el único camino para alcanzar un mayor grado de conciencia, tal y como afirmaba Dostoievski. Sé que lo importante está ahí fuera, junto al Ebro, en algún rincón de las conversaciones que me regala el río… simplemente he de saber encontrarlos. Agrando los ojos, dispuesta a cambiar mi mirada. Intuyo que mi habitual forma de ver el mundo no sirve en este viaje.

          Un molino en perfecto estado se convierte en atractivo para los turistas, una piscina natural en la vega izquierda del río refresca a madres e hijos, unas magníficas instalaciones deportivas se lucen a poca distancia… Para sorpresa mía, se trata del centro medioambiental en el que trabajan Pilar y Élida.

           Como si fuera una alumna más, me cuelo en el jardín. Pego la nariz a un ventanal enorme. Los alumnos entran, ruidosos, en un aula llena de dibujos. Quien cierra la puerta tras de sí es Élida. Doy saltos y golpeo el cristal hasta que me ve. Da una exclamación de alegría y abandona la clase para saludarme. En la entrada del edificio me cuenta con prisas que ayer no pudieron pasar por Bárcena, de modo que quedamos en encontrarnos en San Martín de Elines esta noche.

Los caminantes siempre se encuentran

          Aunque voy a contra sentido, entro en Polientes para comprar un par de calcetines cortos. A las cuatro de la tarde todo son calles vacías y casas sesteras. Mientras espero a que abran la tienda, me refresco en el restaurante La Lora y le doy vueltas al mapa. Un hombre cambia de esquina en la barra para abordarme.

          – “¿Estás haciendo el camino de Santiago?”

          Luis Ángel lo ha hecho en varias ocasiones y sabe qué significa andar cada día treinta kilómetros (la media que yo me impongo), aunque ha llegado a recorrer hasta cincuenta en una jornada, por eso observa con simpatía mi forma de darle vueltas al mapa. Me recomienda rutas y rincones de la zona y al terminar me acompaña hasta la puerta del pueblo, como si Polientes entero fuera su hogar.

           Deshago la tarde y los kilómetros con lentitud exacerbante. El aire pierde fuelle por el camino aunque el calor deje de apretar a la altura de Arenilla de Ebro. Me sorprenden las dos enormes campanas que despuntan en la pequeña iglesia. El cielo se oscurece con prisas y el Ebro ni se inmuta tras las tierras de labranza. Tampoco se resiente el resto del paisaje, sólo yo me intranquilizo, sólo yo gano en impaciencia. Afortunadamente el río no hace demasiados meandros y puedo calcular las distancias casi a ojo. Me quedarán unos seis kilómetros para terminar mi ruta.

           A mi paso una familia pone en marcha los aspersores que aseguran el agua a las patatas. El terreno es enorme y me aleja de la orilla. Me recuerda a una de esas plantaciones en las que podría aparecer una multitud de esclavos negros cultivando el algodón. Me saca del ensueño la alarma del despertador, que se hace oír del fondo más apretado de mi mochila. Mirando a las nubes que cada vez son más negras, deshago la mochila, detecto el reloj, saco la capa de agua y el chubasquero y me preparo para el previsible chaparrón. Tardo el tiempo suficiente como para que la familia pase al completo delante de mí. El hijo mayor, un chico desgarbado y protegido por unas enormes gafas, conduce la camioneta. Su ruta y la mía sólo coinciden en un kilómetro pero acepto su ofrecimiento y me instalo en la parte de atrás, entre sus aperos.

           Entro en San Martín de Elines por su parte monumental, es decir, por el barrio de Arriba, en la base del talud de la peña Carmesía, donde se levanta la colegiata. Escucho cantos gregorianos. Dirijo mis pies hacia el claustro desoyendo mi cojera.

           – “Está dentro el cura enseñando la colegiata a un grupo, aproveche”.

           Como quien cierra los ojos antes de recibir la tarta de cumpleaños, imagino a los benedictinos, acogiéndome en su seno como lo hacían con los peregrinos del camino de Santiago: arracimados en torno a un órgano. Entro de puntillas en la iglesia y escucho con alivio infinito esas voces… que proceden de un altavoz.

           Sólo entrar en la capilla el CD llega a su fin. No hay benedictinos, hace tiempo que no habitan el lugar. El sacerdote da por finalizada la visita. A contracorriente, continúo, fascinada por esos animales mágicos que bordean algunos rincones de las paredes. En la sacristía ojeo los libros que están a la venta y por fin alcanzo uno en cuyas ilustraciones podría haberme entretenido durante horas porque versan sobre monstruos medievales. Desde que salí de Madrid no he dejado de pensar que en este viaje me asaltarán bestias imposibles.

           A mi espalda uno de los visitantes comenta algo sobre los restos humanos que se han encontrado en el suelo del claustro. En ese momento alguien me da un golpecito en el hombro.

           –  “Los caminantes siempre se encuentran”

           Es Luis Ángel, el peregrino del Camino de Santiago que me encontré en Polientes. Está de visita a la colegiata con parte de su familia. Van con prisas y yo necesito encontrar un lugar donde dormir antes de que anochezca.

El bar  “José” se convierte en refugio

          Hago una parada en el bar “José” para tomar algo caliente y al ver el buen talante con el que me recibe la mesonera. Le planteo si puedo dormir en el patio (con techo) del local y no pone ninguna objeción. Tere, que es así como se llama la dueña, me mira con curiosidad. El viento mueve las hojas. Si llueve estaré guarecida. Me relajo. En ese momento suena un claxon. Es Pilar, Élida y un chico.

          Nacho resulta ser un magnífico relaciones públicas en ese bar pequeño al que sólo acuden hombres. A todos saluda, todos le responden, desde Cesar, el agricultor que de tanto leer sobre la Colegiata ha conseguido ganar la plaza de guía desde hace dos años, a José, el fornido mesonero y agricultor. También da nombre a cada uno de los que pasan a tomar un vino antes de terminar la jornada. Pertenece a ese grupo escaso de jóvenes que no desaparece con la llegada del otoño, sino que conoce el valle en todas las estaciones y vive en él hasta aprenderse de memoria los detalles.

          Enseguida comienza a desgranar cuentos. Trae a colación que durante la guerra civil el páramo de La Lora fue un frente donde los republicanos se atrincheraron contra los nacionales, de hecho aún permanecen en pie trincheras y restos de municiones. Hasta la cumbre, frontera natural,  subían las mujeres, para llevar comida a sus hombres, o para ganar un roce, un arrumaco. Aunque no era muy importante, la Lora tenía valor estratégico, pues obligaba a los republicanos a repartirse entre este frente y el de Euskadi, es decir, conseguir el desgaste.

          Al escucharnos hablar de La Lora, uno de los clientes de la tasca, Santiago (que asegura pertenecer al mundo del espectáculo y haber sido representante del teatro Príncipe en la Gran Vía madrileña, hoy cine), recuerda los mapas de su infancia, “en la enciclopedia de tercer curso” en los que se veía un racimo de uva en La Rioja, una viga de acero en Bilbao, una naranja en Valencia… y la torre petrolífera sobre Burgos.

          En alguna ocasión Nacho ha llevado a los chavales que llegan al centro de educación medioambiental a conocer la zona y asegura que la apariencia desértica del paraje contribuye a que a uno le invada la desolación cuando pasa por allí. El yacimiento se puso en marcha en 1963 y, aunque empezó siendo de los estadounidenses, ahora es propiedad de Repsol en un 50%. De vez en cuando un camión cisterna transporta el petróleo a Burgos, Valladolid o a fábricas de otras localidades, para su consumo como combustible o materia prima barata.

          “Pero lo que más les impresiona a los chicos es la presencia del lobo, que creen que va a aparecer en cualquier rincón”, explica Nacho, que va de un tema a otro, en un animado cruce de conversaciones.

          En el ir y venir de ideas, me animan a que mañana, en mi camino hacia Orbaneja, repare en el Tobazo, cuyas cascadas ahora están secas pero que en invierno sorprenden por los caprichosos juegos del agua en las rocas.

          – “Cesar, cuéntale lo de la vieja choricera que hay en la fachada de la Colegiata”.

          Entre Nacho y él me explican que, aunque los ortodoxos no se lo crean, en la fachada del edificio estaba esculpida la figura de una vieja choricera, cuya figura permanece hoy prácticamente desfigurada por culpa de la costumbre de los niños e apedrear su figura tras la Cuaresma, empujados por el hambre y sus ganas de comer carne. La noche avanza y el ambiente se vuelve más intimista.

Esas relaciones ilícitas…

          Entonces Teresa, José (su marido) y sus clientes recuerdan l.os días en que se rodó allí la película “Código Natural”. En aquella “superproducción” participaron como extras muchos habitantes del pueblo. Artistas (entre ellos Javier Bardem) y lugareños compartieron días y experiencias, algo que sigue dando de qué hablar a pesar de haber pasado varios años. Los visitantes dormían en casas de los alrededores, lo que forzó a los lugareños a cambiar durante unas semanas sus costumbres. El argumento está inspirado en esas relaciones “ilícitas” que se mantienen en ciertos pueblos de montaña y de las que no se escapa San Martín de Elines ni algunos de los que pasan por la tasca.

           La insinuación me parece tan intrigante que me muero por saber. Pero se impone el pacto de silencio propio de las aldeas en las que los habitantes son pocos y los muros no sólo se usan para combatir el frío. Los hombres se miran, me miran. Se produce uno de esos silencios cortos y vertiginosos en los que crecen las pasiones más oscuras. Tengo sueño, pero no me atrevo a dormir, rodeada como estoy de tantas miradas. José parece ser el único que se da cuenta e insiste en que vaya a dormir a la nave en la que han instalado el comedor del bar. Me entero, de paso, que el local sólo está abierto en verano y ocupa el lugar en el que hace años estuvo la antigua escuela. Intento deshacerme de la idea de que esos hombres puedan ser fuente de conflictos. Nacho, Pilar y Élida no se mueven de su sitio. Probablemente todo sean imaginaciones mías… Aún así aprovecho la invitación de José y me retiro.

           Allí, entre las mesas del comedor, instalo mis pertenencias. Apago mi linterna. Escucho las risas que quedan fuera. Alguien camina de puntillas. Me asomo, procurando no hacer ruido. A pesar del frío, José ha instalado una silla junto a la puerta y ahí se queda, como un guardián. Me pilla. Mirándome muy serio, dice que simplemente está gozando del aire fresco y las estrellas.

“Pregúntale cómo llegó hasta aquí y verás cuántos caminos…”   Cuando los ríos cuentan. Consejo n. 5

Cada vez que iniciaba una conversación me preguntaban cómo eran sus vecinos. No había aventura más festejada que la que hubiera vivido cinco kms atrás. Al terminar mi historia me regalaban un trozo de pan, un plato caliente, una cuchara en su olla...

 

Camino del Porvenir

Está bien, sé que hago trampas. Mientras que no descubra mi propia mirada estaré condenada a recurrir a las versiones que los otros tienen sobre este río que tengo enfrente y que soy incapaz de entender. Ayer el Ebro fue una suma de conversaciones y aquí se ofrece hoy rotundo, encajonado en este impresionante embudo que forma el cañón. Junto a él, yo también voy entre árboles, intentando ver lo que otros me han contado (esos crestones calizos y caprichos rocosos que forman cuevas y oquedades). A lo mejor es tan fácil como que el Tobazo simplemente aparecerá ante mí cuando cruce al margen izquierdo del río, quizá sólo haga falta una mayor perspectiva; quizá es que yo sólo sea alguien que narra, un ser asentado en la palabra, y quizás también lo sea el Ebro; quizás el único trasvase posible sea éste: que yo le entregue verbos y sustantivos con los que él describa su identidad, y a cambio el río me devuelva la vista, el oído…y así pueda reconocer mi condición orgánica.

          Camino como quien lee libros de amor mientras está enamorada: aferrada a cada imagen que ofrezca una certeza. Así es como entro en Villaescusa. La villa parece más habitada por los animales que por las personas, con todo, conserva una hermosa armonía con su entorno, como si no le hiciera la falta el hombre para que el pueblo siga en pie. La hiedra, el musgo y los helechos imponen el verde a la piedra amarilla y porosa con la que están construidas sus casas.

          Al otro lado del puente, me topo con una furgoneta en la que leo “José Osma, vacas”. El conductor frena, baja la ventanilla y saluda. Es José, mi vigilante nocturno, el mesonero de Elines, que va a vigilar a su ganado. Le digo que es la primera persona que veo desde hace horas y sonríe. No hay ofrecimientos. Cada uno sigue a su destino, él a sus bestias y yo junto al río, a pasos cortos.

          Aves enormes planean sobre mi cabeza. ¿Y si entre ellas hubiera esas águilas de las que me hablaron los hermanos López?. Soy tan ignorante que no distingo un gorrión de una perdiz, pero me dijeron que pertenecen a una especie que cada vez es más difícil encontrar por la caza incontrolada. El uso ilegal del veneno en los cotos y la fumigación de los campos de cultivo con pesticidas alteran la fijación de calcio en los huevos, lo que impide la procreación… por eliminación concluyo que todos aquellos puntos negros en el cielo son buitres y me dejo de problemas.

Manolo me lleva al buzón de Delibes 

          No hay idea suficientemente embriagadora que me alivie mientras el dolor se adueña de cada músculo de mi cuerpo. No quiero dar por perdida la jornada nada más haberla comenzado. Me animo diciéndome que tengo todo el día por delante y que Cortiguera no está muy lejos. Allí me espera Pedro. En la casa que está rehabilitando podré atender las quejas de mi cuerpo y descansaré un día entero al calor de su hogar. Con ese norte, paro una y otra vez, deseando que mis músculos consigan entenderse con mis huesos. Por ejemplo, junto al cartel que anuncia la provincia de Burgos y con el que digo adiós a Cantabria. Ésta es la primera frontera administrativa que traspaso de forma consciente e intento darle un valor simbólico.

          Caen las primeras gotas. A estas alturas el dolor es el dolor y el frío, frío. Olvido otras elucubraciones. Mi cuerpo empieza a descontrolarse y se bandea de lado a otro de la carretera. Oigo un pitido. Doy un salto hacia atrás. Una furgoneta para al borde de mis tobillos. Un joven se baja del asiento del conductor.

          “Sí, de verdad, me encuentro bien, son los pies…” “aquí al lado, a Orbaneja”, “sí lo malo es la cuesta…”, “¿hasta el mismo centro?, claro, muchas gracias”. Así es como aparece en mi vida Manolo, el repartidor de prensa que lleva el periódico a Miguel Delibes (entre otros clientes).

          – “De verdad. Mira, ahí, en la guantera, está el Norte de Castilla y el País, ¿Ves su nombre?, vive en Sedano”.

          El primer ser humano con el que me encuentro nada más pisar tierra de Burgos me lleva al buzón de Delibes, que hizo de Cortiguera el lugar de una novela. ¿Me habré colado en ella? ¿Y si mañana amaneciera como un personaje más perdido entre sus líneas? ¿Será que ya no soy la que narra sino que soy narrada?. De alguna manera no soy la dueña de mi relato. Probablemente el Ebro y yo discurramos por las frases de un gran libro…

          Manolo me arropa con la conversación y me calienta invitándome a una taza de té. Tiene los ojos rojos por el cansancio, su ruta, de 280 kilómetros, entra ya en la recta final y eso que son tan sólo las ocho y media de la mañana. De mediados de julio a finales de septiembre, gracias al turismo de verano, se dedica a repartir los periódicos de la zona con su propio vehículo. Son 15 los distribuidores que trabajan para la misma empresa, vasca, aunque cada año la situación laboral empeora, bajan los salarios y amplían los recorridos. En invierno se dedica al reparto de medicinas o al transporte de correspondencia y paquetes bancarios.

          Desayunamos en el bar donde él deja los periódicos, justo al final de la empinada cuesta. Unas enormes setas secas decoran los estantes. Parecen fósiles. Se tratan de “francos” o “muelas”, hongos que les salen a los chopos, hayas y robles cuando se secan. Se cortan blandas y a medida que se endurecen adquieren formas fantásticas. Cuando menos me lo espero, Manolo se va. Sale del local con todo su cansancio y a pesar de eso deja una estela de calor. Me quedo en el tibio y oscuro bar, contemplando el ir y venir de los vecinos que madrugan para comprar pan y la prensa del día.

Todo son formas extrañas

          En cuanto cesa la lluvia, atravieso el pueblo por su camino más largo, a pesar de mis pies. Enseguida me topo con un torrente, que cruza el centro de Orbaneja. Caigo en la cuenta que me he puesto a hablar con el río como si fuera una persona. Le resto importancia y me dirijo a la parte más alta del lugar. El tiempo ha esculpido figuras en los altos cortados de roca caliza donde anida el buitre leonado. Se trata de un decorado en el que fachadas de edificios imaginarios, derruidos, amurallan de forma natural el pueblo y su entorno. Mientras distingo cabezas de animales imposibles, delicados besos, arcos perfectos y relieves naturales por los que se cruzan débiles rayos de sol, de nuevo se desliza la lluvia.

           Regreso a la cascada de agua que nace de una pequeña caverna. Se trata de la “cueva de Orbaneja”, que no abren al público hasta las once. Me entero que pueden visitarse tan sólo los 80 primeros metros, aunque están explorados 360. La lluvia se desliza por mi chubasquero. Al verme, Segundo Calleja comenta en alto que lo que se moja ya se secará. Sin paraguas que nos proteja, charlamos sobre la roca amarilla que es la toba. El pueblo crece en uno de sus rellanos, sedimento de las aguas calizas que van transportando fuentes y riachuelos a orillas del Ebro. Segundo es uno de sus habitantes. Me dibuja en un papel, que pronto se ablanda con las gotas, cómo se encaraman las viviendas de Orbaneja en una de las paredes del cañón, fabricadas con el mismo material que sus laderas. Los albañiles cortan grandes bloques de toba con sierras de cortar madera, pues es un material blando que luego el sol y el agua endurece, por eso las paredes son de una regularidad impecable.

           La lluvia, aburrida ante nuestro ninguneo, cesa y los dos bajamos juntos un tramo del riachuelo que se deja caer en abanico hacia el Ebro y se deshace en espuma unos 20 metros más abajo, sobre una poza de aguas de cristal. Un rizo de agua y su calma me entretienen y me amarro al arrebato. Pronto, el río se convierte en rumor y se camufla entre el verde y yo logro asomarme a él y me topo con una garza.

           Ni me detengo en Escalada, observo la portada de la iglesia románica sin dejar de andar; voy tan lenta que soy capaz de fijar la vista en una de sus arquivoltas, donde aparecen los ancianos del Apocalipsis. Me deleito en los insectos que consigo distinguir por el camino: libélulas (las reconozco porque aparecían en mis cuentos infantiles), mariposas (algunas se confunden con las hojas y otras estallan en amarillos moteados y blanco), mosquitos (aún no me atacan) y moscas, esas inseparables y pesadas compañeras que consiguen sacarme de quicio. Debe haber también escarabajos buceadores, chinches de agua, caballitos del diablo, moscas de las piedras y otros dípteros de agua, pero soy incapaz de reconocerlos.

           Me asomo al río aprovechando una de sus escasas calvas. ¿Serán esos los excrementos de una nutria?. Mari-Paz, la guía que atiende en la caseta de información turística que han colocado junto a la gasolinera de Quintanilla-Escalada, sonríe con indulgencia: hace mucho tiempo que no se ven nutrias por la zona.

          Es mediodía. Rebusco en la tienda de la gasolinera. Roberto, al frente del negocio, tiene un pronto ceñudo aunque me atiende con toda profesionalidad. Las botellas de agua están al fondo. Un hombre de piel curtida me aborda:

          – “¿Estaba usted ayer por la tarde en Elines?. Es que vi la mochila en el bar de José”

Los vecinos del señor Cayo

          Se llama Daniel y trabaja en el campo, cultivando cereales. Tiene la dentadura mellada, las uñas verdes, la piel dura. Le invito a un café. Enseguida entramos en detalles. Recuerda cómo se rodó en la zona el “Disputado voto del señor Cayo”, la película basada en la novela de Delibes. Ocurrió en los 80. Roberto, sin mirarme, me recomienda que hable con Moisés Crespo, “el del bar de abajo, el del cañón del Ebro. Conoció a Cayo”. Hasta ese momento yo creía que el señor Cayo era un personaje inspirado en la realidad, pero no que hubiera existido realmente. Eliseo, un feligrés como yo, con el periódico bajo el brazo, me explica que Cayo y Pelio eran realmente los dos últimos habitantes de Cortiguera y que se llevaban mal porque “pueblo pequeño, infierno grande”.

           – “Se llevaban a matar, entonces llegan los del PSOE y terminan reconociendo la sabiduría popular del señor Cayo. La flor del saúco aligera el vientre.”

           Roberto añade que en Pesquera podré encontrar, incluso, “señales de la Falange”. Su rudeza es sólo una pose. Cuando vuelva al camino, saldrá tras de mí, corriendo, porque he olvidado la botella en su mostrador.

           Si continúo por el margen izquierdo del río llegaré hasta Pesquera de Ebro, que está justo frente a Cortiguera, en la otra orilla. Me quedan unos seis kilómetros por delante y sé que son bellísimos. Procuro prestar atención a lo que hago y tomo nota de los detalles del camino. Según anuncia un cartel, transito por un área de reproducción de especies protegidas y, por tanto, del 1 de enero hasta el 31 de julio está prohibido aproximarse o transitar por rocas y cortados. Las rodadas de bicicleta me aseguran que no hace mucho tiempo que por allí ha pasado un grupo de ciclistas. A pesar de mi empeño científico, cada cierto tiempo compruebo en el mapa, con desilusión, que no he llegado al punto que creía haber alcanzado. Hay dos referentes con los que mido mi ansiedad: la ermita y las instalaciones de la central eléctrica El Porvenir. Ellas indican que me acerco a la meta, pero el camino hacia el Porvenir se me hace eterno y solitario.

           Por fin alcanzo la casa del ermitaño, rodeada de rastrojos y cuyo techo de Uralita rompe la armonía del entorno. La ermita parece una nave donde se guardan herramientas, rodeada de hojalatas y cascotes. Improviso un asiento entre los sacos que antes contuvieron cemento y allí, sin hambre, devoro melocotones para aligerar peso.

           Un kilómetro después encuentro un lugar no destacado en los mapas quizás por eso sea un paraíso: un recodo para pescadores, con acceso al río y hasta tronco donde apoyarme. Mi frágil ánimo vuelve a remontar. Incluso echo un ojo a uno de los libros que me acompañan: “Abrazar la vida”, de Vandana Shiva. La autora me regala una idea que me hace comenzar a entender el entorno de otro modo: Los seres humanos, al igual que los otros seres vivientes, participan del ciclo del agua. Cuando se trata de administrar este recurso, es obligatorio pensar y actuar “como un río, fluir con la naturaleza del agua”. Pensar como el Ebro… ¿Cómo será?. Por el momento me limito a asomarme a él, intuirle por el oído (como cuando se unió con el Rudrón, algunos kilómetros más atrás) y sorprenderme por rincones como éste. Sus aguas están siempre manchadas de un verde oscuro, no tienen vértigo del cielo.

Vandana Shiva se asoma al Ebro

          Grabo. Esta vez tomo primeros planos de mis pies, cubiertos de tiritas, frágiles, dedos hechos a imagen y semejanza de los zapatos de ciudad. Intento localizar el punto en el que el pie se resiente, cercarlo, reducirlo a la mínima expresión. Cierro los ojos. El pinchazo no está en el mismo lugar que ayer, ahora se sitúa cerca del talón…

          La siesta es breve pero reparadora. El camino ofrece su rostro más amable. Enseguida me encuentro con la pasarela que se abre junto a El Porvenir. Los senderistas han empezado a salir al paso en sentido contrario a mi marcha. Cada vez que les pregunto por el tiempo que me resta para el llegar a la meta, la distancia aumenta: lo que para el primero es un asunto de media hora, para el siguiente son tres cuartos, el tercero me contesta “nada” y los cuartos “aún falta”. Los kilómetros van hacia delante y hacia atrás. A sus cálculos yo añado tiempo porque mi ritmo es otro.

          Atravieso la educada alameda que lleva a Pesquera en compañía de dos monitoras de un campamento de chicas. Me aseguran que para todas aquellas adolescentes una “excursión” es el espacio que dista entre los juegos de ordenador del albergue y las golosinas que pueden comprar en el pueblo. Llegamos juntas al bar “Los Cañones”, donde sus niñas ya se han metido un refresco en el cuerpo. Un anciano con mucho genio les atiende. Intuyo que se trata de Moisés Crespo, el personaje en el que pienso desde hace kilómetros. Acierto.

          Moisés tiene setenta y ocho años, es decir, conoció a Cayo cuando era niño.

          – “Era rubio y alto y se llevaba mal con ‘el chicana’, mala gente, incluso hoy su hijo lo es, me invade las tierras y las cultiva. Somos pocos pero mal avenidos, siempre ha sido así”

          Hace muchos años que los habitantes de Cortiguera abandonaron el pueblo para instalarse a este lado del río, donde la electricidad estaba garantizada y la temperatura era ligeramente superior. Cuando conoció a Cayo sumaban veinticinco los que vivían en aquella localidad, que contaba hasta con escuela. Pesquera podría tener hoy el mismo destino, en invierno no superan la decena de habitantes.

          – “Cayo se llamaba Claudio Ruíz y Ruíz y fue uno de los últimos habitantes junto con su sobrino, Primo Ruíz”.

          Consigo enterarme a duras penas que en sus últimos años de vida Moisés ya tenía la tienda de comestibles en Pesquera, que también servía como almacén, y que Cayo guardaba aquí sus patatas y cereales. Desde la barra, la joven camarera aprovecha un silencio de nuestra conversación:

          –   “¿Eres Martha?, Pedro me ha dicho que llegará a eso de las ocho”.

          Un cliente en silla de ruedas, bromea con todos los que entran en el local. Discute en alto, entre chanzas, por el contenido de una lista de pedidos, encabezada por “100 de keso rayao”.

          Nos observa la foto en la que Moisés y dos amigos muestran su pesca: nueve truchas, 13,150 kilos. Daniel se hace un sitio entre las mesas del local con sus dos piernas amputadas, y para establecer conversación conmigo comenta una noticia del periódico con su gran vozarrón:

          –  “Por lo que se ve, la vuelta ciclista a Burgos no pasa por aquí. Será que no somos de Burgos, ¿no le parece?”

          – “Según mi mapa, éste es un pozo en el que se pierden todos”, contesto.

          Se ríe. Se presenta como el ex jefe de seguridad, entre otros cargos, de Altos Hornos de Bilbao y residente en Baracaldo. Su pequeño nieto le demanda atención. Se va. El cielo ya no es un capote gris sino una manta húmeda. Según la cultura india, los torrentes vienen del aire, de modo que probablemente mañana lloverá Ebro sobre nuestras cabezas. Desde la silla puedo ver el blasón de la conocida “casa del placer”, antigua hospedería de caballeros. Tiene una leyenda: “Jesús María. Esta es casa de placer y la gente de alegría. Ana María”. Es curioso que esta jornada termine al borde del placer, hoy, un día en el que el gozo se reduce a sentir alivio.

          Mientras se precipita el atardecer, vuelvo a leer a Vandana: “El agua que fluye hacia el mar no es un desperdicio, es un vínculo fundamental en el ciclo del agua. Cuando ese nexo se rompe, el equilibrio ecológico de la tierra y los océanos, el agua dulce y el agua salada, también se interrumpe. El agua salada empieza a introducirse tierra adentro, el agua de mar comienza a tragarse las playas y erosionar la costa. La vida marina se agota al ser privada de los nutrientes que le proporcionan los ríos”. Al levantar la cabeza veo a Pedro… y a su acompañante: unos ojos inmensos, unos ademanes silenciosos, un cuerpo enjuto, un saludo torpe.

“Los caminos hechos por los pies nunca son rectos. Tenlo en cuenta a la hora de narrar la vida”. Cuando los ríos cuentan. Consejo n. 6

El pueblo que ríe

Por fin el mundo es un cuento, sin parámetros, distancias ni isobaras, una ilusión no cotejable en los mapas.

          Las gemelas, Sue Ann y Kennia, hijas de Charo y “el alemán”, han llegado a los pies de la casa en la que he dormido muchas horas. He despertado entre risas infantiles. Soñaba que Cortiguera era un planisferio que se levantaba sobre una noche estrellada, como la que me recibió ayer. Sin abandonar mi saco, me he inventado que este pueblo resulta el envés de Tecla, una de las ciudades invisibles de Italo Calvino, cuyos habitantes prolongaban eternamente su edificación para que nunca llegase su destrucción. Aquí el proceso sería el inverso: ya abandonada, sus habitantes alargan su recuperación con la lentitud con la que los seres humanos fabricamos las arrugas de nuestros rostros. Me arrebujo en mi lecho austero que hoy resulta tan confortable, sonrío como lo hace Cortiguera dos meses al año, gracias a Pedro y su familia. Ellos dan sentido a sus calles, sus edificios abandonados, la vieja escuela, la iglesia, a este despertar por fin dulce.

          Lucas y Sandra son dos de los tres retoños de Pedro y Gema. Enrique y Martín son los de Enrique (hermano de Gema) y Natalia. Ian y Alan fueron engendrados por Fabel, prima de Gema, que ha traído al lugar a Boris y Adrián, los primogénitos de su actual pareja, Pablo. Desde aquí, en mi refugio de plumas y goretex, escucho a las nueve criaturas retozar entre rocas, árboles y ladridos de cinco perros, cuatro de ellos pastores alemanes y la pequeña, Luna, la cachorra de Yeyo, tío de todos, el hombre de movimientos pausados que ayer atrapó mi atención. El hombre lobo.

Despertar en la guarida del lobo (Yeyo)

          He dormido en el piso de arriba del caserío que durante diez años habitó él con su ex pareja. Hoy (en realidad tan sólo desde hace unas semanas) pertenece a Fábel, su prima. He colocado mi saco en un ala donde antes hubo muebles y una enorme cama, junto a la ventana. Se nota que la vida se deslizó aquí pausadamente. La madera del suelo está pulida a mano, en el techo unos dedos minuciosos han cubierto cada una de las grietas. La mañana se asoma en el rincón preciso y no es casualidad sino fruto de la observación y del diálogo con los rayos del sol, tan escasos en Cortiguera. Imagino a Yeyo siguiendo su trayectoria y memorizando el lugar exacto donde antes debió colocar una pesada mesa (según indican las huellas). En este rincón ha habido amor (lo denuncian los detalles) y dedicación y voluntad y deseo, hasta los vacíos de este espacio rezuman calor de hogar. Se me encoge el cuerpo pensando que alguien pudiera pasearme la piel y el corazón con tanta delicadeza.

          Me asomo por la ventana y veo al lobo Yeyo en la furgoneta donde vive ahora con sus perros. Allí guarda la bisutería que vende por los mercados. Está sentado a las puertas de su hogar rodante, tan cuidada como lo fue su caserío. La chapa de fuera guarda por dentro el calor (como si fueran vísceras y aquella furgoneta un cuerpo orgánico). Ha recubierto el interior de madera y ha rumiado detalles en suelos, techos y esquinas. De pequeña imaginaba que daría la vuelta al mundo en una camioneta como ésta. En ella instalaría una máquina de palomitas, que vendería en todos los países porque no conocía a nadie que no le gustara el maíz hinchado y yo sabía hacerlas saltar en la olla. Me inventé un negocio que me permitiera no parar de dar vueltas. Hay deseos infantiles que se cumplen, sobre todo en personas cabezotas. Con la mano abierta sobre el lomo de Luna, Yeyo se me figura un hacedor de sueños.

          Por primera vez en este viaje me dejo llevar por el tiempo. Por fin no hay prisas. Vuelvo a encontrarle, esta vez en la cocina. Mientras deshago una enorme magdalena en un chocolate con leche le cuento que me apuntaría a vivir así un par de meses, con él, para conocer mercadillos, historias de personas, etc.. Me mira con los ojos grandes y dice que no hay problema. Le contesto que ya hablaremos, incluso le planteo aportar algo de dinero para el viaje.

          Me imagino saltando de pueblo en pueblo, escribiendo un relato largo e inacabable. Satisfecha con la idea, continúo con la magdalena, de nuevo en silencio.

           Estoy desayunando donde antes lo hicieron los críos; la casa pertenecía al maestro del pueblo, una vivienda lúgubre como las de antes a la que están arrancando luz gracias a las ventanas que van abriendo a pulso. Yeyo me avisa:

            – “Este pueblo está lleno de duendes”

          En un plato de cristal ruedan las bolitas de barro con las que hace collares, colgantes y pulseras. Anoche las estuvimos redondeando con los dedos, mientras charlamos. A los niños les divierte hacer esas pelotitas. En un singular trabajo en serie, él y yo las enhebrábamos con agujas para que en el futuro pase la cuerda por su corazón mientras los pequeños “empelotillaban” el barro blanco, beige y marrón en esferas de tres tamaños, el más grande como la uña del meñique de un niño.

          Este será el primer invierno que Yeyo viva fuera del pueblo. Para digerir los cambios, ha aceptado la proposición de su prima Fábel de echar una mano con sus futuras reparaciones. Su novio, Pablo, tiene una empresa de soluciones medioambientales. Aplicarán a su vivienda las estrategias que ya manejan en su negocio, como las tuberías porosas que permiten filtrar el agua. Con su instalación conseguirán que la humedad se cuele por donde pasan las cañerías, de este modo alimentarán la tierra en cuanto se abra un grifo. Será ideal para el jardín, a donde también van a parar las aguas que usan en ducha y lavabos.

Hacer de Cortiguera un lugar sostenible

          También quieren instalar en las paredes un sistema de calor con cañerías de agua caliente, de modo que en vez de caldear el aire, templarán los objetos. El sistema ya lo están usando en el suelo y pretenden colocarlo en toda la casa. Esta familia rezuma creatividad por los cuatro costados, una vena abierta por la abuela, pintora y amada por todos (es fácil encontrar su nombre en los labios de sus descendientes), que llegó a tener un taller y una sala de pintura donde incentivó la creatividad de su progenie.

           En las islas de silencio de nuestra conversación invento que bajo la tierra de Cortiguera duerme su réplica: Areugitroc. Allí los muertos, fosilizados, viven perpetuamente jugando aquel papel que nunca pudieron desempeñar en vida. Así, los pastores son tenistas, las vaqueras alcanzan el rango de peluqueras, alpinistas o camioneras… La voz de Yeyo es capaz de atravesar el bullicio de los niños y de mis pensamientos. Abandona el lugar, no sin antes recordarme que por la tarde habrá ensayos.

          Es un verano de cambios para todos. Natalia forma parte de un grupo de música que este año se ha deshecho y han pensado fichar a Fabel. Por supuesto, ella está encantada. A sus cuarenta años, la que hasta ahora era exclusivamente profesora de inglés dará su primer concierto dentro de unos días, concretamente el 18 de agosto. Esta noche, aprovechando mi despedida, van a dar un “espectáculo” en el que todos actuarán. Quieren atraer a Cortiguera “todas las voces del universo, para que no quede ni una nota sin entonar”. Fabel tiene muy buena voz y energía como para encender al público; la derrocha en cada cosa que hace, en esa forma de tratar a los niños, de organizar el cuarto, de sacudir la toalla.

          Bajo con energía las escaleras que llevan a la estancia en la que Gema termina de abrir el hueco en el muro y comento mi objetivo: conocer la casa de Cayo. Pedro se ofrece a hacerme de cicerone. Tras la emisión de la película llegó al pueblo una primera oleada de hippies que, pasado el arrebato, abandonaron el lugar porque sin agua corriente y sin luz eléctrica, el paisaje se vuelve un infierno cotidiano que pocos resisten. Años después un matrimonio hispano-alemán se instaló aquí, atrapados precisamente por la magia de la nada, y aquí también llegó Yeyo. Se trata de Charo y su marido. Tras diez años de convivencia, ambos vecinos terminaron por repetir la eterna historia de Cortiguera y los habitantes de las dos únicas casas con vida del pueblo dejaron de hablarse.

          – “Donde había ventanucas habrá ventanales”.

          Es así como Pedro da un giro brusco a la conversación, como si de repente tomara conciencia de que Gema se ha quedado a solas con la ventana y dos obreros (ayer se les vino abajo una de las paredes y han pedido ayuda). Por eso, nada más llegar a nuestro destino, volvemos. Le dejo junto a Yeyo, que ya se ha colgado del andamio con arneses.

Los secretos de Sue Ann y Kenia

          Como si fuera un perro sin destino, me dejo llevar por Sue Ann y Kenia. También ellas quieren mostrarme sus secretos. Celebro cada uno de sus hallazgos: los restos de una cantina, los de una escuela… y una casita que han construido entre los huecos de los árboles y donde pasan largos ratos en invierno. Allí encuentro a los más pequeños, que quieren construir un puente.

          Sue Ann y Kenia están especialmente felices esta mañana. Hace unos días cumplieron años y por la tarde darán una fiesta, con dulces y salados, con juegos y regalos. En realidad no entran en detalles, son niñas de pocas palabras y ojos enormes, que sólo enuncian los hechos (“es nuestro cumpleaños”) y dejan que yo rellene los huecos. Acepto acompañarlas hasta la cocina de su casa, donde su madre termina de poner levadura en la masa con la que hará las tartas. Y ahí me dejan, en una nueva compañía.

           –  “El río nos protege, nos aísla”.

          Según Charo, el ritmo del pueblo cambia cuando llegan “los de la ciudad” y aparecen con su obsesión por las duchas, por poner lavadoras, por imponer el césped… es decir, que esta calma que me impresiona no es nada comparado al invierno. Me hace tomar conciencia que mi presencia contribuye a cambiar el flujo del agua, sin ir más lejos esta mañana me he pegado un buen remojón en el lateral de la casa, rodeada de montañas y luz, desnuda, muy loba, muy loba, con el agua tibia y ganas de no volver a usar ropa. Afortunadamente, gracias a que no hay carreteras ni energía eléctrica, los extranjeros no terminan de afincarse en este lado del río, que además crece en la ladera más bruna del monte. Cortiguera es un pueblo en umbría y recibe pocas horas de sol, lo que hace que los inviernos sean muy crudos.

           En lo que tarda en surgir el olor a bizcocho del horno, también me entero que sus niñas van al colegio en un taxi subvencionado y juegan a dos cuando el día dura poco y ya es oscuro a media tarde. Después, esta mujer menuda, de ojos tan grandes y oscuros como los de sus hijas, toma mi pie y sin mediar palabra le unta de un aceite tibio. Descubre los rincones de mi dolor en un impresionante silencio mecido por el rumor de sus guisos en la cocina. Cada una dialoga con su voz interior. Noto las lesiones que han producido en mi cuerpo una forma de caminar que siempre termina en silla mientras que ahora piso para seguir andando. En este viaje se va enderezando mi espalda en torno a una columna vertebral que comienza a anclarse de otra manera a tierra, las caderas van cambiando su giro, los hombros se cuelgan de otro modo de mi cuello.

          Cuando Dirk, su marido, regresa a casa, caigo presa de nuevo en otros ojos, en este caso en su inmenso azul que planta de frente, con rotundidad animal. Lejos de incomodarme, me reconforta. Señala con el dedo el blasón que enseñorea la fachada de su casa. El caballero mira a izquierdas, lo que denuncia que su dueño fue oficialmente un bastardo. Dirk se muestra satisfecho, como si le gustara pertenecer al grupo de los ilegítimos. También me hace ver que los ojos de su ventana los ha horadado él, arrancándole así puntos de luz a una casa levantada para ser lúgubre.

Cantos de sirena al dormirme

          Vuelvo al otro lado de Cortiguera urgida por la hora del almuerzo… Con las prisas, cuelo mi recién estrenado pie en un charco. A la altura del precioso rincón en el que confluyen dos grandes palacios y una artística fuente, me encuentro con Enrique, con quien no he establecido aún conversación, que también se encamina hacia la casa. A su lado aprendo que en el 1.700 había dos escuelas, una para niños y otra para niñas y que a los lugareños se les llamaba “chiscarrillos” y eran “trajineros” (se dedicaban a llevar y a traer, como Moisés). Me habla de Primo, aquel que ocupa tierras de otros. Este año había decidido dejar la tierra en barbecho pero ha llegado Ignacio (oriundo de la zona pero no habitante del pueblo) y ha comprado y negociado con los dueños de las tierras, confabulando en contra de Primo. Así, se ha convertido el nuevo amo, en el okupa del okupa.

          También me entero que existen otros dos propietarios en el pueblo. Son invisibles. Unos adquirieron la casa de Cayo (dueños de un negocio de piercing en Madrid) y la otra es una historiadora de León que compró el palacio, una casa señorial que se mantiene en buen estado gracias a sus escudos, porque aparece en todas las guías turísticas. Con el tiempo, el edificio se ha convertido en una simple fachada, pues el resto de las paredes se han caído por falta de atención.

          Ya en la casa del maestro y al vernos entrar, Gema abandona las labores de albañilería para dedicarse al reparto del alimento. Fábel ha hecho macarrones con carne y ensalada. Ayudo a colocar la mesa. Me explican que todos, adultos y niños, quieren que este pueblo deje de ser “el pueblo abandonado” que sale en los folletos turísticos y convertirlo en “el pueblo cuidado”. Pedro añade que cuando los representantes de cada pueblo se reúnen en Valdelateja ellos van “a una voz”, con hijos incluidos, para defender sus reivindicaciones. Por ejemplo, se han negado a que instalen molinos de viento hasta que la legislación fije más los límites, y eso que dan hasta 6.000 euros al ayuntamiento por cada molino que deje instalar. Quieren que las energías renovables sean las protagonistas del pueblo, rechazan el trazado eléctrico.

          El sueño volverá a pedirme cuentas a media tarde y me dejaré llevar, intuyendo que el reposo es lo que más le hace falta a mi tobillo. Los niños celebran ya el cumpleaños de las gemelas. En la última incursión del día, atravieso los restos de casas solariegas (algunas con vistosos escudos) y, junto a las ruinas de la iglesia, un sendero me lleva al punto más alto del lugar, una soberbia vista del cañón por el que doscientos metros más abajo discurre el Ebro. De regreso, encuentro con Primo, que a pesar de sus desdichas trajina en el campo.

          Esa noche, bajo las estrellas y el calor de las  guitarras, todos nos despedimos de la infancia. Sue Ann recuerda a Yeyo a la luz de la luna cómo les hacía travesuras “cuando éramos pequeñas”. “Te echaré de menos”, dice la niña con todo su cuerpo. Yeyo le devuelve unas cosquillas y un fuerte abrazo. Los sentimientos se mueven, anárquicos, entre nosotros. La voz oscura de Fábel ni siquiera los atrapa.

          – “Cantos de sirena al dormirme…”

          La hija más pequeña de Pedro se sabe la letra de memoria.

 


“Ten en cuenta que un defecto no es más que una virtud en demasía. Harás personajes muy humanos”  Cuando los ríos cuentan. Consejo n. 7

Los pueblos desaparecen, las casas se deshacen… Niebla silenciosa entre los árboles. Así es el reino del agua.

 

Lugares que desaparecen de los mapas

Algo pasa. Llevo horas andando con la incómoda sensación de no estar enterándome de algo. Me quedo quieta junto al río en este bando de ciudad de Ebro. Es la hora de la siesta. Sólo los niños juegan en la plaza del pueblo, junto a las bicicletas. Debería saberlo, llevo siete días junto al río. Tomo agua de la fuente, no tengo hambre, estoy demasiado cansada. El mapa me da indicaciones que no me sirven (las minas, los pozos, los oleoductos), o que no soy capaz de entender (curvas batimétricas y altimétricas, vértices geodésicos), o que nunca he visto (desmontes), o que, aún conociendo su significado, soy incapaz de matizar (entre camino carretero, senda y vía pecuaria, por ejemplo)… Me gustaría que explicara cómo encontrar el consuelo del día cálido, de la infinitud del cielo y el canto de los pájaros, pero de eso no entiende.

          Hay algo que no encaja. Repaso en mi cuaderno de viaje la memoria de la jornada y llego a la primera conclusión: esta mañana regresé al camino como si lo aprendido en mis primeras jornadas de caminante hubiera desaparecido de mi memoria. Por lo que se ve, he vuelto a ser toda músculos y huesos después de un dulce sueño, pero de nuevo en la realidad, ya despierta, siento que algo ha cambiado. Es una sospecha inquietante. Entiendo a Kafka… Buscando el final de mi malestar, repaso: Pedro me acompañó durante un trecho por senderos pegados al río. Se empeñaba en señalar donde yo no veía: en las casonas armeras que se han recuperado en el camino, en sus cobrizas piedras, en los molinos eólicos que se asoman al final de las rocas, el puente romano mal reconstruido de Villanueva-Rampalay, el vuelo de la graza entre buitres…

Yo no veo lo que es y lo que me cuentan no existe

          Ahora caigo en la cuenta que esta invasora ausencia subrayaba a Tubilleja y sus abandonados árboles frutales. Dos jóvenes pasaban en kayak cerca de Tudanca cuando nos despedimos, a los pies de un atajo que llevaba hacia Vallejo. Después… caminé enfadada; el relato de los demás no encajaba con mi experiencia, la realidad y las palabras no coincidían y eso siempre me crispa. Tras infructuosas subidas por riscos más propios de una escaladora que de una caminante, volví al punto en que me despedí de Pedro en busca de alguien que volviera a indicarme cómo caminar junto al Ebro, y encontré a José Luis Estrada, alcalde durante veinte años, y en cuyo sillón consistorial hoy se sienta su hijo Luis Mariano.

          Se ofreció a sacarme de mi laberinto. Me encauzó por él a golpe de anécdotas. Me contó que en su infancia llegaron a ser veinte chavales en esa escuela en la que le encontré, hoy local que regentan entre todos los habitantes del pueblo para hacer tertulia y vida social. Lo abren en verano, por turnos, mientras en invierno las cuatro casas que permanecen abiertas se responsabilizan todos a una de su gestión. Acostumbrado a ser el único residente del pueblo (con su familia) durante años, valora “la moda de recorrer senderos”. Así me veía él, una chica que lleva la moda hasta el extremo.

          – “Vivir solos era triste, sobre todo en invierno. Tenía internos a los pequeños en Medina de Pomar” – José Luis tiene tres hijos- “Venían una vez al mes y cada ocho días les llevábamos ropa limpia. Nos organizábamos entre los padres porque no podíamos estar yendo y viniendo todas las semanas”.

          Hablaba con soltura, siempre a punto de la guasa. Escribí al dictado sus experiencias, que ahora leo: “Sólo tiene vacas pero antes también tenía tierras, mieses de trigo, cebada, cereales (yeros) para animales, centeno y patatas. Del trigo sacaban el pan que las mujeres cocían en los hornos y el resto se utilizaba tan sólo para alimentar al ganado. Quienes no tenían hornos cocían en horneras comunes. Iban a moler al molino de Tubilleja, porque allí había piedras muy preparadas. El trigo se molía en una piedra blanca mientras que la negra era para los cereales de ganado. Cobraban una “maquila” por usarla. Por cada arroba pagaban dos libras (no llega a un kilo). Moler diez arrobas costaba 20 libras (eso era la maquila para el molinero). Así ocurrió hasta hace treinta y cinco años, pero en los 60 se quedó sólo, todo el mundo emigró a Bilbao, atraído por la industria, y hoy los únicos que han vuelto son familia suya y los hijos de los que se fueron, que andan arreglando las viviendas de la infancia.

          De golpe me doy cuenta que ninguna de las palabras que José Luis Estrada utiliza para nombrar el Ebro corresponde con la realidad. Todo esto se parece a una locura: yo no veo lo que es y lo que me cuentan no existe. Ni siquiera el mapa sirve. Aunque el plano me asegura que Manzanadilla queda a unos dos kilómetros, continúo sin calmar esta inquietud. Discurro a ciegas, por muy orientada que vaya. Por ejemplo, a unos metros sobre el nivel del río me señaló la carretera que une el pueblo con Tubilleja desde 1988, su presencia canceló caminos como aquel en el que andamos, que comunicaban con los mercados de ganado y ferias de Soncillos, Villarcayo y Ruerrero, por la que hombres y mujeres llevaban andando a sus animales, vacas y bueyes para las ferias y cochinitos a los mercados (los miércoles en Soncillo y los lunes en Villarcayo, que era la mejor de esas ferias semanales). Hoy los habitantes de Tudanca siguen viviendo de la ganadería pero casi no cultivan, sólo un poco para el ganado, porque para usar el agua tienen que pedir permiso para el riego y se les da por horas.

          Cuánto vacío entre lo que veía y lo que me contaba. Aún ahora me asusto. Las frases que retratan el Ebro proceden del recuerdo, de la ausencia, de lo desaparecido. Eso es: lo que me cuentan no existe y lo que es nadie lo cuenta… o pocos, como Pedro y el sr. Estrada.

          A medida que fuimos subiendo, el Ebro parecía un arañazo verde en la tierra.

          – “Ahora no es lo que era. En el 41 dio la vuelta por medio del pueblo y sacó a los ganados de las casas a mitad de la noche. Fue por un desnieve, antes de que construyeran el pantano. Se usaron farolas y linternas para el rescate porque no había luz eléctrica”.

          El pantano junto el que pasé mi primera noche sola adquiere ahora otro valor: no sólo ha cambiado los ciclos del río, sino los senderos, por los que ya no puedo pasar. Mi camino, la experiencia de vida de quienes aún no habíamos nacido, también quedó condicionada para siempre. Nunca pensé que mi futuro estuviera escrito en el pasado de esta manera.

Exclamo !socorro! y Socorro llega

          Dejé a José Luis apostado en una roca. Ahora entiendo por qué no pude seguir sus consejos, por qué no soy capaz de relacionar sus referencias con lo que veo, por qué me hago un lío con medidas y consideraciones, por qué lo corto se me hace largo y confundo caminos con sendas, sendas con pistas o terrazas con simples riadas de piedras formadas por el deshielo. Mi ignorancia no sólo me pertenece. Si no distingo árboles y de nada me sirve que me haya indicado el número de hayas que me encontraré en el camino, es porque para mí los cambios de estaciones son más un producto publicitario que un ciclo de la naturaleza. No es que sea torpe sino que de alguna manera he sido desposeída. Soy pato porque he dejado de ser oca salvaje. Quizá recuperar mi identidad no consista en apropiarme de mi futuro sino en reapropiarme de mi pasado… ¿Es esto lo que pasa? ¿De ahí viene mi enfado, mis sospechas, esta inquietud con la que camino?

          Resuelvo empezar de cero: mirar por donde piso. Tomar conciencia de mi forma de pisar. Quiero apropiarme de este cuerpo al que tan poco caso hago y al que tanto exijo. Ahora entiendo por qué, cuando me topo con las señales en rojo que indican el lugar por donde tengo que ir, me entra la rebeldía: porque dificultan la recuperación de mi parte más bestia, porque me separan de mis sentidos y me dejan ciega, sorda, coja… Esas marcas me impiden escudriñar el suelo, olisquear el paisaje. Me siento una mosca diminuta avanzando junto a un trazado azul de un mapa escrito por otros.

          Me entretengo arrancando moras de las zarzas del camino. Mis tripas compiten con el zumbido de las avispas. Manzanadilla es la suma de cinco casas que parecen deshabitadas. Continúo mi camino sin cruzar el puente, por ver si en este lado de la vega mi aventura cambia el tono. Según mis cálculos llegaré a Rioseco por el camino de Retuerto. Dos horas después tengo que aceptar que me he perdido. El Ebro ha desaparecido. Caigo en la cuenta que el mapa que llevo fue impreso en 1957. El lugar que indica mi dedo en el plano no se corresponde con el paisaje. En algún momento no elegí la curva conveniente. Digo “¡socorro!” a media voz. Por lo visto esta sensación de pérdida que me acompaña durante todo el día se puede elevar al infinito.

          Pido auxilio de verdad, me siento extraviada en lo más profundo. Escondido tras un árbol, al final de una cuesta, distingo un coche aparcado de mala manera. A su lado, una mujer espera a que su marido termine con el trigo. Me acerco, la miro a los ojos, levanto los hombros, y digo:

          – “Me he perdido.”

          La señora responde como lo hacen las madres: me da un traguito de agua, me ayuda a reorganizar el petate y me acompaña un trecho.

          –  “Gracias…¿Cómo se llama?”

          –  “Socorro”.

          Por fin una palabra encaja. Mi auxiliadora se llama Socorro. He pedido y se me ha dado, de pequeña me hablaron de esto. La escucho, impresionada por estos azares: es de Villarcayo y que su hermana ha vuelto a pasar por ahí hace poco, cuando se le escapó una de las vacas, por eso sabe que aún existe el camino, aunque no su estado. Parezco muda. Andar no suaviza mi sorpresa. Socorro parece sentirse incómoda.

          – “Se lo tengo que confesar. Si le he prestado ayuda es porque tengo un nieto que también está con mochilas”

          Se emociona. Si se esmera en reconstruir el trayecto que me devolverá al puente sobre el río y a la carretera que lleva a Rioseco, no es por mí sino porque está cuidando a su nieto. Me abraza como si fuera él y llora. Me dejo abrazar. Yo también lloro. Quizás le llegue algo de esta tibieza.

Bocadillo de hombre en las Merindades

          El camino de Retuerto resulta estar semiabandonado. A mi paso se asustan las aves. Los helechos ciegan el sendero. El primer tramo, abierto por un tractor, se ha asalvajado enseguida. Paso el primer puente. Una verja fácil de vencer indica que entro en una propiedad privada. El dueño debe tener caballos (lo digo por las heces) y aunque Socorro me ha asegurado que la granja está abandonada, veo cercos usados recientemente. Debo de estar andando por donde se pierden las bestias.

          Una hora después dejo a un lado una pequeña presa que funciona a todo trapo, cruzo un breve puente y regreso a la orilla izquierda. Por allí pasa la carretera que sigue el curso del Ebro. Remolino y Hocina, que fueron pueblos en el 57, hoy son simples granjas sin puente por el que acceder a ellas. Dudo de todo y refunfuño, contra los mapas mentirosos y contra los conductores, escasos, que pasan por ahí bajo un sol de justicia y se divierten pitando cuando me sobrepasan. Llevo muchas horas sin comer.

          Kilómetros más tarde, para colmo de mi desespero, descubro que Rioseco se secó antes que el río y hoy es sólo un cartel en la carretera, una presa y la pared de lo que fue en su momento una escuela. Son las siete de la tarde. Dejo a un lado y sin pena los restos de una antigua iglesia con ventanas ojivales y elegantes que en otras circunstancias habrían atrapado mi deseo porque, realmente, estoy desfallecida. Mi única esperanza es que Incinillas de verdad exista.

          En un cruce de carreteras varias mujeres reciben el sol con los ojos cerrados junto a un hangar; dos mujeres se dejan lamer por los últimos rayos al lado de un par de ancianas. Me atuso como puedo, me acerco procurando que mi cuerpo no delate mi malestar, quiero hacerles ver que no mendigo, que por encima de mi aspecto no soy peligrosa. Soy extremadamente educada. Una de las ancianas se ofrece a hacerme un huevo frito con patatas.

          – “Se lo agradezco pero, habiendo tasca, para qué molestar a nadie…”

          Me guardan la mochila para que me encuentre ligera con el alimento. El local está situado frente a este cruce de carreteras (la comarcal y la nacional). Desde el dintel de la puerta, ordeno comida y bebida, así, “en genérico”.

          –  “¿Bocadillo de hombre o de mujer?”.

          – “De hombre, de hombre”.

          Mientras él elige los ingredientes, consumo un refresco. En pocos minutos entablo conversación con el resto de los feligreses, todos varones. Así me entero que este bar pertenece a tres pueblos (Bisjueces, Incinillas y Villalay). Carlos Hernández ni niega ni otorga mientras trajina tras la barra entre el pan y el jamón. El bocadillo rebosa por todas partes. Se lo comento. Le resta importancia.

                   – “Aquí sobra carne”.

          La de la zona tiene el sello “Cabal”, garantía de calidad del ganado de las merindades. Presume de las vacas rojas que tiene en Remolino y habla de las blancas que habitan en la granja de Hocina, ganadoras de premios en Salamanca y Portugal. El más listo del grupo, Agapito, entradito en carnes, me da una pequeña disertación sobre las merindades.

         – “Existen siete merindades mas una, la que falta es la que llegaba a Laredo”.

          Se regodea en los detalles: Bisjueces y Medina Pomar pertenecían a la misma familia (Velasco), que es la más antigua. Salazar pertenecía a los Salazar, de Navarra. El nombre de Bisjueces proviene de los dos jueces de Castilla que gobernaban el lugar.

          – “Esto pertenecía a Asturias y aquí gobernaban los condes, pero para resolver el conflicto, nombraron a dos jueces, uno era Laín Calvo, que debía ser familia del Cid, y otro Nuño Rasura. Antes se llamaba Villajarrillo.”

          También me explica que la reconquista salió de aquí y que el Ebro cumplió la función de ser frontera contra los árabes.

          – “En esta zona eran, originalmente, nómadas con ganado”.

Jesús puso el asfalto y Asunción parió sola

          Después de esta improvisada conferencia que Agapito suelta con parsimonia (mientras yo acabo con el bocadillo de hombre y él con dos vinos), se presenta formalmente: es el encargado general de los molinos eólicos. Por supuesto que le pregunto por el precio de cada una de esas torres. Me afirma que por cada molino pagan entre 15.000 y 30.000 euros. Los han instalado en La Lora, Pesquera, Villalta, La Mazorra y en la carretera de Santander, todo un record en dos años. Por el momento el único límite para este negocio es que la ley exige que existan 100 metros de distancia entre  ellos.

          Cuando me decido a salir Carlos me regala pan, queso, patatas fritas y agua para el día siguiente. Ha ido a recoger las viandas a su casa y ha seleccionado el mejor trozo del lomo de sus cerdos para que lo lleve conmigo. Las bebidas corren a cargo de él y de Agapito.

          Regreso al grupo de las mujeres dispuesta a pedirles un rincón cercano a su vivienda donde pueda abrir mi saco. Esta vez están acompañadas de un hombre también mayor, Jesús Díaz y Díaz, el esposo de Asunción González. Tiene ochenta años y ha pasado media vida limpiando carreteras pues era peón caminero. Cuando le cuento mi voluntad de andar por el borde del río, tuerce el gesto y me mira en silencio. Su hija explica que es defecto profesional.

          – “No entiende por qué no eliges el asfalto, con lo que le costó a él ponerlo”.

          Asunción se encargaba de la casa, los hijos, los animales… Lo único que no hizo fue ordeñar, porque siempre tuvo mal la espalda.

          – “Parió sola y sufrió mucho”.

          Tuvieron cuatro hijos, tres nacieron en casa y la pequeña en el hospital, en Burgos, porque ya tenía cuarenta y dos años y el cuerpo muy maleado. Fue la única vez que no recurrió a la ayuda de una vecina que hacía las veces de partera del pueblo por su condición de ser la mayor y, por tanto, tener más experiencia.

Cuando en el pueblo había bailes

          Una de las ancianas, Áurea Francisca Ruiz Díaz, prima de Jesús, explica que ella se fue de allí a Bilbao; aunque ahora ha vuelto a fijar su residencia en el pueblo, pero no en la casa donde nació. La parieron en una granja en la que luego llegaron a vivir cinco vecinos, entre ellos los camineros y el “difunto Tasio” (del que habla como si yo le conociera). Sus comentarios relajan el ambiente y entre todos recuerdan que el convento de Rioseco, del que vi unos restos en el camino, estuvo habitado hasta hace 70 años, momento en que se abandonó. Aseguran que iban a misa de pequeños.

          – “La daba Don Pedro, de Villalaín”,  insiste Áurea.

          La iglesia tiene acotado el recinto porque hay quienes se llevan las losas numeradas bajo las que estaban sepultados obispos y cardenales para luego revenderlas como mesas en los anticuarios. Está rodeada de zarzas y desde la carretera sólo se adivina un muro con dos ventanas y una enredadera. Cerca de estas ruinas, junto a la carretera, estuvo también la escuela a la que iban los niños de Remolinos y Hocina y que llegó a convocar hasta más de 40 alumnos, todos mozos de la zona. Áurea Francisca se aviva con los recuerdos:

          – “Había mucha juventud aquí, éramos muchos. El pueblo era el centro de toda la comarca. Se hacían bailes con pandereta y luego venía el tío Cirilo con el acordeón. Era el primer domingo de septiembre en San Justo y San Pastor. La fiesta tenía que ser el 4 de agosto, pero como se trillaba a mano y se recogía la mies, se pasó a septiembre”.

          La conversación avanza al compás del atardecer, frente al lugar donde hace años se levantaban la escuela y el horno del pueblo y que hoy es un jardín junto al cruce de carreteras. Los niños nos rodean con sus bicis, recordando con sus juegos que se acerca la hora de la cena. Aún así, hablamos hasta que nos vence el frío. Áurea es la primera en despedirse. Insiste en los huevos fritos. Se lo agradezco. Es entonces cuando me ofrecen una ducha y dormir en el hangar de enfrente, que ahora es sólo pulcro suelo de arena y techo de metal. Al entrar tosemos polvo, como si aquí hubieran almacenado cal. Me invade un pudor infinito.

           Entiendo porqué en los libros de aventuras el caminante que es buen narrador encuentra alimento y cobijo con mayor facilidad. Los nómadas seguro que son buenos oradores, de los pies al estómago.

“Las dos orillas del río son diferentes, sin embargo, juntas llevan el agua al mar (Por si quieres reescribir las historias de amor)”   Cuando los ríos cuentan. Consejo n. 8.

En el lugar más umbrío, el agua moldea la roca, la orada, juega con ella y hace cobijos. El recorrido está lleno de cuevas que fueron vividas. Enseñan que los seres humanos hacemos hogar en el hueco de un abrazo.

“Es que la radioactividad no se ve…”

Desde hace horas juego con el azar, conmigo y el paisaje. El juego consiste en que no dejaré de andar hasta que la realidad y la palabra. Cuando ocurra, como ahora, lo señalaré en el mapa y daré fe de ello en el cuaderno: Aquí, en el puente romano que cruza el Ebro, en el corazón del valle de Manzanedo, una pintada exige “Molinos no” y mi mapa del 57 llama a este paso “Puente del aire” (me contaron ayer que los habitantes del lugar han montado una plataforma contra los molinos de viento). Ha ocurrido antes de lo que esperaba.

          La segunda ocasión no se hace esperar. Un kilómetro después del viaducto me encuentro con la ex prisión que hoy es presa y empresa (¿Se le puede llamar a esto coincidencia o es un mero juego de palabras?). Lo tomo por bueno y observo el reciclaje: El edificio denuncia su pasado carcelario por los cuatro costados: la estructura, el grosor de las paredes, el pequeño espacio que han dejado a las ventanas, la austeridad… Para colmo de desasosiego, un cartel avisa: perros sueltos. La ex prisión es tan “auténtica” que parece diseñada por un dibujante de cómic. Estoy en uno de esos trazos de paisaje industrial que se asoman a la naturaleza con rotundidad y que el tiempo les convertirá en restos arqueológicos de segunda categoría. Arqueología industrial..

          El juego me ha hecho pasar de largo por un lugar de ensueño: un remanso en cuyo borde han construido un pequeño espigón de madera para pescar. Allí, el Ebro se relamía tan sólo a un kilómetro del río Rayas, e invitaba a la serenidad. Por no romper el juego he andado despacito, como cuando observo con detenimiento el rostro de mi amado, cada uno de sus pliegues, sus lunares, los surcos de su boca… y los repaso con la punta de mis dedos. Probablemente la eternidad se cultive cuando se alargan este tipo de encuentros, de hecho hasta aquí me templa el sonido del agua, a pesar de que ya estoy en la zona más ajetreada del pueblo, el único de la zona que parece haber crecido en las últimas décadas. Hago buenas migas con la camarera.

Parada y fonda en el destierro del Cid

          No doy crédito, 500 metros después vuelve la realidad a darle la razón a la palabra: Música, máquinas tragaperras, barra de metal. No imaginaba que me apeteciera tanto un chute de “urbanismo”. El café se denomina “El Parador” y se levanta precisamente en la zona que en el mapa figura como “Los Paradores”. Es decir, que he parado en El Parador de Los Paradores, donde otros como yo hacen lo propio y que siempre fue lugar de cita de buses, carros, etc.

          Sus comentarios ilustran el punto del mapa que pringo con el dedo por culpa de la mermelada. En el siglo IX se estableció en la zona una legión de eremitas que habitaron cuevas y abrigos en los más recónditos lugares. La ruta del destierro del Cid pasa por la zona…

          – “Hay turistas que hacen ese recorrido y paran aquí y les oigo. A mediodía vendrá a comer un autobús con 54 personas”.

          Tomo el atajo que me recomienda una anciana del camino. Comienza antes de llegar a la panadería y lleva al mismísimo borde del Ebro. Un anuncio pintado en la pared de una casa que está en venta me avisa que ésa es una “Parada autorizada de sementales”. ¿Significa que los sementales están condenados a no pararse nunca hasta que se les dé permiso?. ¿Se podría parar allí un no-semental?. ¿Los sementales van en grupo?… Llego al Ebro divirtiéndome con estas elucubraciones. En la otra orilla, los chalets con vistas a la vega se multiplican. No son granjas, no guardan relación con la ganadería ni con la agricultura, sus tierras son jardines donde se prodiga el césped. Es la primera vez en este viaje que distingo prado inglés tras una verja y me molesta. Algo que asumiría como zona verde en Madrid aquí me escandaliza y lo hago sin más argumentos que el sentido común: ¿Por qué domesticar el verde que a la naturaleza tanto cuesta mantener en pie?. Y encima de forma innecesaria.

El jardín de Carlos Manostijeras

          Camino apuntillada detrás de un seto para ver qué esconde. A mi paso el palenque se convierte en un kinetoscopio gigante que muestra a un hombre creando una figura con una masa oscura y a una mujer haciendo conservas de anchoas en el rincón opuesto del jardín. En el último fotograma él asoma con una sonrisita tras la verja y me invita a entrar. Así es como me cuelo en esta extraña película.

          Me conocen de antes, me vieron en Valdenoceda y creían que era un chico, a pesar de mis pantalones azules con pompones blancos y mi camiseta con ribete calado. Cuando se dieron cuenta que era chica se sorprendieron, hablaron, llegaron a conclusiones… y ahora estaban encantados de ponerme nombre y piel. Se presentan. Son Carlos Fidalgo y Uti Nieto. El jardín está lleno de animales de barro, estatuas que parecen a punto de salir a correr. Caigo en la cuenta que desde hace ya muchos kilómetros el único ganado que he encontrado son estas bestias de barro. Carlos me explica que para reinventar la burra tuvo que preguntar a los lugareños cuántas tetas tenían sus acémilas, y descubrió que nadie se había parado a contar. Respuesta: dos. Carlos y Uti protestan porque tampoco hay peces.

          – “El progreso ha cambiado la afluencia de las aguas”.

          A pesar de todo, han llegado a ver nutrias en épocas de bonanza, algo que siempre han creído un síntoma alentador. Si están ellas es porque pueden comer. Uti (de Eutimia) me ofrece un par de huevos fritos. Por no parecer descortés acepto el café con leche y las rosquillas.

          –  “Andar, así es como verdaderamente conoce uno”.

          Carlos inicia con esta frase un viaje al pasado, cuando su madre, sardinera, caminaba por los pueblos de Bilbao con una cesta en la cabeza. Se emociona. El susurro de los aspersores mantiene en el aire la gloria que alguna vez se hizo un sitio en esta zona. Durante los siglos XV y XVI este lugar era conocido como “Camino del Pescado”, una ruta que comunicaba Madrid con Bilbao, Santoña y Castro Urdiales y que pasaba por Puente Arenas, seguía hacia Medina de Pomar, para enfilar por el collado de Los Tornos hacia los puertos cantábricos. ¡Cuarto encuentro entre la realidad y la palabra!: hoy el hijo de la sardinera alcanza su vejez en el “camino del pescado”.

          Uti cree que sonrío por las rosquillas y me regala una bolsa “para el camino”. Su marido sigue en sus monólogos.

          –  “Esto no es arte, es oficio. Soy peluquero”.

          Se me ablanda el corazón, pero el silbido del aspersor me pone en mi sitio. El cuidado del césped eleva caprichosamente el consumo del agua en zonas en las que las corrientes subterráneas están cada vez más secas. Me siento Alicia moviendo ficha en un extraño tablero de ajedrez gigante. En eso ando cuando aparece Ana, la hija de Uti y Carlos, una morena, contundente y dulce que ha salido de la casa para ofrecerme una ducha reparadora, le respondo que debo irme, entonces, a cambio y me regala un deseo:

          – “Mucha luz para tu viaje… y mucha sombra donde guarecerte”.

Un corzo en medio de la algarabía

          Salgo rumiando frutos secos y pensamientos sobre la luz, sobre mi ceguera, bajo un sol que ya empieza a marcar su territorio. La vía para bicis que lleva hasta Condado se transforma en sendero de pescadores. Una vieja chalupa espera que sus dueños la recojan, atada a la orilla con una cuerda. En el km 526 de la Nacional 232 me encuentro con la primera fábrica de piensos del viaje. En algún lugar deben encontrarse sus comensales, que ni veo, ni oigo. Les imagino bajo techo, estabulados, enfajados en cajas gigantes, cebados, paridos para generar alimento. Carne presa. En una playa artificial construida en el margen izquierdo del Ebro retozan los niños. Lejos de complacerme, la imagen me espanta: Han amputado un dedo al río para poner otro de plástico, de diseño ergonómico y bien enjoyado.

          Un grupo nutrido de adultos, hijos y propiedades (coches, paellera, balones y paletas) beben agua helada a la altura de Condado, que se oculta tras el follaje del otro margen del río. Imagino el hielo rompiendo mi gaznate con un ligero dolor agradecido y valoro la profusión de neveras con las que viajan. A pesar de todo, y dueña de mis propias contradicciones, observo con cierto desdén a los que son capaces de comer, dormir y festejar al lado de sus autos. Pocos metros más allá la naturaleza responde con su propia paradoja: precisamente en el lugar más humanizado por el que he pasado en los últimos días salta un corzo. Estamos solos. Me mira de lado unos segundos antes de desaparecer. Es nuestro secreto.

           De repente el río se esconde inevitablemente tras un risco. Espero reencontrarme con él en cuanto dé la vuelta a la enorme circunferencia de su base pero no es cierto, nuestros caminos se han separado. El mío discurre a través de campos de cereales segados y sin sombra. Los dueños de las parcelas han adaptado la geografía a las máquinas, trazando el cultivo con rectas que esquinan el borde del río. Se han deshecho de las hayas que entorpecían el paso de los tractores, por eso no encuentro más que suelo erosionado, una tierra de humus escaso, sin la flora y la fauna que hace tan sólo unas horas envolvía el cauce. Algunos enmarañados brotes verdes, como un sarpullido, se asoman al río lejos de mis pies. Ahora entiendo la fábrica de piensos y la ausencia de las bestias: sin los pastos, los animales además no están a salvo  del viento o del calor.

          Al fondo se dibuja el perfil de Panizares. Cereceda no debería quedar a más de cuatro kilómetros. Bajo la escasa sombra de un arbusto con aspiraciones a árbol, bebo un traguín de agua y me inflo de avellanas. Me imagino chafada en el asfalto, como un gato atropellado. No, mejor soy mancha de aceite sobre el ya negro alquitrán.

          Me rescata un auto que huele a manzanas. Cruzamos el puente sobre el río siguiendo una carretera llena de curvas que impresionan más en coche que andando. En el lado izquierdo del cauce, a más altura y en canal, se dibuja la enorme cañería que lleva el agua del Embalse de Cereceda a Trespaderne. Este año, con tanta lluvia, se va desbordando por el camino. Me cuentan que se trata de una jugosa trampa para los venados, pues el canal es una barrera que fragmenta su hábitat. Imagino “mi” corzo atrapado entre una y otra recta. Como si leyera mi pensamiento, el conductor cuenta que los animales no se atreven a cruzar el canal que les separa del río porque ya han aprendido que cuando van a beber, muchos caen.

          Llego, me apeo, agradezco, me escondo en la sombra. Un cartel avisa que el manantial lleva tan poca agua que está prohibido usar la fuente para lavar coches y regar. No pone nada acerca de mojar los pies de modo que los calmo en el agua fresca del manantial, en plena plaza del pueblo. Tres ancianos cabecean la siesta en un banco de piedra, junto a la pared de una casa donde otros la guardan en cama. Miran de frente en silencio, ni se tocan, lo hacen de forma oblicua, sin mover el gesto… Yo a lo mío: Imagino que estoy repitiendo gestos antiguos en los que ellos leen más que yo. Al cabo de unos minutos me salto las normas de mi juego y, tras lanzarles un saludo masticado, me siento en el mismo banco. Hacemos fila codo con codo. Observamos el paso de los autos. No hablamos. La dueña de la casa sale de su residencia y rompe el silencio.

A la sombra… pero sin cerezos 

          –  “Les echaré un jarro de agua un día de estos”

          El más adusto de los tres ancianos levanta la garrota con ternura inesperada.

          –  “!Anda que te doy!”

          – “¿Por qué no pones jotas?”.

          – “Porque a quien echarían del pueblo sería a mí, charlatanes”.

          Con la misma naturalidad, la mujer me ofrece comida, ducha, agua… acepto una botellita vacía. Le digo que soy de Madrid y le entra esa absurda camaradería que une a quienes se han criado en la misma tierra, aunque en otro contexto podrían ser enemigos: ella es de Getafe, pero su marido nació en este pueblo.

          –  “Y ahora andamos enganchados aquí”.

          A los tres ancianos y a mí nos hacía falta una relaciones públicas. A los cinco minutos sé que Blañas nació en Lugo pero se afincó aquí por razones de trabajo en el 57.

          – “El año en que levantaron mi mapa”

          –  “Son muchos años de carril”.

          En total setenta y siete. Trabajaba plantando pinos. Grabo en mi memoria su cara rojiza, nariz afilada de enormes agujeros y ojos enfermos. Desde que inicio la conversación hasta que me voy, permanece sentado, apoyado en su cava, como Pedro, el resinero y dueño del bastón, pero Blañas con mucho más sentido del humor. Pedro habla poco y cuando lo hace es sobre la empresa Arregue, que empezó a construir el canal en el 47.

          Enseguida sacan a colación la central de Santa María de Garoña, que según sus recuerdos, está perjudicando a los frutales de la zona y sus habitantes. Para convencerme, me animan a que vea con mis propios ojos el aparato que han instalado en la iglesia y que un operario viene a revisarlo una vez a la semana más o menos.

          – “Mide la radioactividad”.

          Me acerco a él. Se trata de una especie de buzón con forma de caseta, de madera, algo azul y de apariencia inocua. Cuando regreso les comento su cándido aspecto.

          –  “Es que la radioactividad no se ve” –puntualiza Blañas.

          – “Ya ni el nombre del pueblo vale. ¿Has visto cerezas por algún “lao”? Pues esto era un vergel”

La resina sigue esperando

          Lo que antes era ingreso de familias enteras ahora sólo da de comer a un agricultor que vive en Hoz de Valdivielso, el resto es autoconsumo para los jubilados que allí residen y el par de familias que viven de la construcción. A golpe de vista sólo encuentro un cerezo cerca de la venta que se abre junto a la curva y algún que otro a lo lejos, salpicando la carretera.

          – “!Si ya ni se resinan los pinos!”.

          Ahora el que habla es Pedro. Recuerdan que aquel trabajo marcaba los calendarios. De mayo a octubre, seis meses entre el sudor de pinos, una resina que se metía en los pucheros cuando las temperaturas eran más altas. Pedro sangraba el árbol y luego los remesadores recogían el ámbar con burros, pues llevaban tarros enormes donde vaciaban los pequeños recipientes de barro que estaban clavados en el pino. El anciano dejó la resina hace cuarenta años y se marchó a El Aaiún y Villacisneros a buscar petróleo, y allí estuvo nueve meses, trabajando para los americanos. Según cuenta, ganó con el cambio, porque los pinos exigían andar mucho (tenían que resinar de 500 a 1000 troncos al día).

          Observo sus pies, los míos, el desfiladero de la Horadada, trufado de quejigos, hayas y tejos, y echo a caminar como si no fuera conmigo. Simplemente discurro. El suelo vuelve a levantarse a los lados, dando paso a lenguas de tierra y verde. Atardece a tan sólo tres kilómetros de Trespaderne en un lugar que concita a una decena de turistas. Son junto a las Cuevas de Tartalés de Cilla, también conocidas como “Las Cuevas de los Portugueses”, una excavación realizada por los obreros del tren que unía la localidad con Santander. Uno de los visitantes que escudriñan tras las zarzas y en las entrañas de la roca, comenta que los obreros llegaron a esculpir mesas y bancos para mejor acomodo de su miseria. Dicen que aprovecharon el paso de otros, pues el lugar fue asentamiento prehistórico y hábitat de eremitas durante la alta Edad Media. Quiero tocar los muebles pétreos. Estoy convencida que estas cuevas no envidian a los hogares convencionales. Ha llegado la hora de buscar refugio.

          El lugar cobijó a los obreros que levantaron el canal de Iberduero y a los que construyeron la carretera, junto a él se instaló una serrería hidráulica y llegó a funcionar como hospital de malantes (apestados). Las sombras se cuelan en mis pesadillas: rostros de eremitas necesitados de sexo, violadores, muertos…


“Cuando pongas un The End en tu historia piensa que no es más que un punto y coma. En la vida todo final tiene un después”  Cuando los ríos cuentan. Consejo n.9.

Todo es vertical: las flores, los chopos, l@s caminantes, la torre de la central nuclear, las de alta tensión… Todo, salvo el río, que es circular (nace en el cielo)

La memoria del maestro

          La primera vez que ví este fenómeno fue en casa de Perico. Hacía un pase privado de su documental (“Contracorriente”) pues TVE había censurado su emisión. En una escena chocaban un tubo de neón junto a una torre de alta tensión en la mitad de la noche y el fluorescente se iluminaba. No hacían falta enchufes, se encendían gracias a los campos electromagnéticos generados por las líneas eléctricas de alta tensión. El aire era una enorme batería. Cinco años después volví a ver un segundo documental, hecho por el mismo autor, para una televisión autonómica. En él, los artistas estadounidenses Larry y D. Kine colocaban cientos de tubos de neón a lo largo de la frontera entre México y el estado de California (USA). La instalación era contradictoriamente bella: Las líneas eléctricas que discurren paralelas al frontera de amos países quedaban iluminadas por esos tubos debido a los campos magnéticos y eléctricos que generan a su alrededor las líneas de alta tensión. Los efectos medioambientales y biológicos de esta electricidad ha sido discutida con vehemencia (pero no resuelta) por los científicos, que en algunos casos han vinculado este fenómeno con casos de leucemia.

          Recordé estos dos documentales a los pocos minutos de rodear la central eléctrica de Trespaderme. Acababa de estrenar la jornada y, con el azul aún por estrenar en el cielo, me impresionó su presencia. Al principio creí que se debía a su tamaño. A su lado todo se empequeñece. Sus megalíticas tuberías desproporcionadas hacen sentir insecto a quien las mira. Entendí que quizás le ocurriera lo mismo al pueblo: plantado allí, en su propia boca, Trespaderne no puede escapar a esta enorme incógnita que contamina su arquitectura y trazado. El ingenio me despertaba un desasosiego ancestral, como el que debieron de sentir las mujeres primitivas al contemplar fenómenos naturales enormes como las cascadas (su imaginación pobló de espíritus lo inabarcable). Por otra parte, la asimetría da miedo y este tipo de construcciones no se entretiene en contemplaciones armónicas.

          Pero media hora después de abandonar la localidad, el desasosiego seguía en pie Las grandes tomas de la central eléctrica impedían ver la unión del Nela con el Ebro. El ruido de su enorme maquinaria se imponía sobre el rumor del río, que allí era ancho y estaba rodeado de cables… había razones y sin embargo no afirmé las razones de mi malestar hasta que llegué al pie de unas enormes agujas de hierro. Recordé los documentales y de golpe la torre de alta tensión me convirtió en un fluorescente de carne y hueso. Sé que las frecuencias de las capas magnéticas y eléctricas afectan a los tejidos biológicos aunque los científicos aún debaten las relaciones entre el tiempo de exposición y el tipo de cáncer. El Ebro lleva años allí, y Trespaderne, y los árboles que piso… todo me pareció a punto de encenderse…

El instinto es la voz de los antepasados

          Pero pronto de un malestar pasé a otro: me perdí en una selva absurda. Las zarzas cubrían el lugar, los helechos me llegaban a la cabeza… Durante una hora el Ebro se convirtió en un paraje caótico y entonces ocurrió algo extraño: un instinto antiguo empezó a organizar el entorno. Me comporté como los primeros nómadas del neolítico: observé el mundo a partir de mi lógica. Cuando el bosque ciega el camino, la luz podría anunciar un claro, un sendero. La huella de un carro, la calzada de una oveja, la mies vencida por unos pies, indican que cerca hay vida humana. El alivio siempre llega más rápido por el oído.

          Situé en el espacio el ladrido de un perro, el sonido de los coches, las voces, las campanadas que anunciaban la misa de 11 en Cillaperlata. Todo esto ocurría detrás de un muro de vegetación que aún tardé 15 minutos en atravesar.

          Cuando inicié mi primera conversación llevaba ya cinco horas andando. Un par de hombres charlaban en el parque “Felipe el Gaitero”.

          – “Tocaba en las fiestas con su hermano Santiago, que era tamborilero y bombo; Felipe murió hace cinco años y ahora el otro festeja sólo”.

          Ambos señalan con el dedo el lugar donde trabaja un pequeño tractor.

          – “Desde la concentración parcelaria son pocos los que cultivan la tierra”

          Hace poco más de treinta años esas máquinas llegaron al lugar y forzaron la unión de fincas porque de otra manera no sería posible arar ciertos rincones. Ahora sólo son dos los labradores que trabajan ese tramo de la tierra. Los bueyes han desaparecido. Los establos son garajes.

          – “Figúrese que llegó a haber hasta 70 parejas de vacas en el pueblo”.

          El Jerea une sus aguas a un famélico Ebro. Hace varios kilómetros que el grueso del río fue desviado por un canal para alimentar la central de Quintana Martín Galíndez, una sangría de agua que deja destartalado al Ebro hasta el punto que la escalinata que he visto al pasar lleva agua para la pesca y para limpiar las márgenes del cauce porque de otro modo se convertiría en agua estancada.

El anciano me enseña su cueva y se hace niño

          Fidel Llorente se ofrece a enseñarme un rincón exquisito de su pasado. Le sigo; a sus 78 años tiene una forma de mirar tan limpia que estimula. Para dar solidez a nuestro itinerario me explica que en la vecina ermita de Encinillas tuvo lugar “la batalla del Negro día” entre cristianos y musulmanes. Pasamos por un camino estrecho. A pesar de su edad y su cojera, Fidel demuestra ser muy ágil. Al cabo de unos minutos llegamos a una cueva que mira al Ebro desde arriba y que orada los pies de una casona. La recorro en silencio sin saber qué festejar. Fidel incorpora con una voz quebrada y cantarina el “valor añadido”: aquí han vivido gitanos y maleantes, se llegó a hacer partidas de bolas y él aprendió jugar a las chapas. Suelta los datos sin orden, como quien recuerda en alto, sin voluntad de hacer historia. El espacio que hoy cubren helechos y espinos cobra vida con su memoria.

          – “Aquí ya no crían los pájaros”

          Recuerda que en la piedra había una sustancia que ardía como la pólvora y que aquí los jóvenes robaban madera y hacían fuego, y quizá algo más. Le señalo una grieta y me explica que se conoce como la “gruta del moro” y que sube al pueblo.

          – “Hoy sólo vive un topo”.

          Al lado, otro hueco; “el covanuto”, que llegó a tener puerta. Fidel dice que no va a la iglesia desde que se llevaron a la virgen de verdad y dejaron la de escayola, fue el principio de un desapego que hoy le lleva a estar empadronado en Vitoria (aunque resida en el pueblo) porque aquí se paga la ambulancia y él lleva 5 operaciones en las piernas. La última fue por culpa de la moto, una antigua y de pequeña cilindrada, que sigue usando para ir a Trespaderne. Antes de volver a encontrarse con sus amigos me lanza la última confidencia: es viudo y amó a su mujer hasta el último día.

          Rescato la historia de Fidel como si hubiera ocurrido hace muchas vidas y tan sólo ocurrió esta mañana. Quizá sea este sol que agota cuando estalla. Afortunadamente ahora está ahí fuera y yo no tengo más luz que el neón que alumbra el rincón más oscuro del bar de Quintanaseca.

Los cazadores dentro, las mujeres fuera 

          El responsable del local bromea con un grupo de vecinos que consumen alegremente sus cervezas antes de comer. Las fiestas del pueblo terminaron la semana pasada pero aún dan para bromas. Le reprochan que en las del año anterior organizó un espectáculo de boys para las chicas en un lugar poco recomendable: junto al cementerio y tras la iglesia.

          – “Este año no ha habido bemoles para repetir, ¿eh, Isaías?. Que te has rajao…”.

          ¿Dónde están las mujeres del Ebro?. Tengo la sensación de que mi recorrido y el suyo no coinciden. En la mesa de al lado dos hombres hablan de caza; que si la trucha de Pancusión ha terminado con la nativa porque es muy feroz; que si el ICONA ha traído a la zona el cangrejo rojo, una especie tan feroz que sale a la huerta a comer lo que siembran y ha acabado con los cangrejos autóctonos…Escucho que al lado del Ebro hay patos, gallinetas, corbaranes, garzas, y que el mayor de los dos encontró ayer un corzo muerto en el canal de Iberduero.

          – “Fue a beber a Cillaperlata y debió ahogarse. Es una trampa natural”.

          Asegura que el canal es zona de suicidios. En los últimos cinco años se han tirado a él tres personas, en el tramo que va de Trespaderne hasta aquí. Según sus cálculos son más de cuarenta los que se han ahogado en la historia del canal. Es fácil inmolarse allí porque el agua pasa con mucha fuerza. La única que se ha salvado ha sido la panadera de Frías, que se cayó con el coche pero que logró salir por la ventanilla gracias a que tiene unos brazos muy fuertes y se agarró a la cadena que había a uno de los lados del canal, de la que estuvo colgada media hora. Fue entre dos puentes. Iba con toda la familia y salió la última.

          – “Debería estar vallado porque va a nivel de tierra y hay carretera al lado”

          La frase es de Isaías y va dirigida a mí. Enseguida me explica que caza y pesca están tan vinculadas con su “tasco” que sus clientes pueden acudir allí no sólo para hablar del tema sino para sacar la licencia de pesca.

          Cuando salgo del bar encuentro a las mujeres. Gozan de la sombra y de los hijos sentadas en las escaleras. No estaban allí cuando entré. Al verme una de ellas señala con el dedo las esponjas que llevo en los hombros. Explico que evitan el roce de la mochila en mis hombros. Ríen. Otra me hace llegar un par de toallitas para mejorar mi apaño. Me recompongo delante de ellas.

Tres mujeres de Trías

          Dos horas después, el derruido castillo de Trias se pega como una falda a las viviendas apiñadas por falta de espacio y la ciudad conserva su muralla. El amarillo de la toba me acalora, me da la sensación que refracta el sol. Me ahogo. Llevo marcada en la espalda la forma del petate y la picadura de una avispa en la palma de la mano derecha. El camino estaba lleno de frutales e invernaderos. Bebo. Bebo y miro tras los ventanales.  Cerca hay un merendero, un camping al otro lado del río y una playa en la que se refocilan bañistas bulliciosos y sin embargo elijo este local como refugio. Me arden el cuello, los pies y las manos. Necesito el aire acondicionado.

          Sonia, Mari Cruz y Mari Carmen, salen de la cocina y se sientan a tomar un respiro en una mesa cercana a la mía. Mujeres del Ebro… de forma natural, se convierten en coyunturales cronistas:

          –  “Los pocos viñedos que se ven aquí producen un chacolí agrio, de nueve grados, pero no se vende, porque las vides pertenecen a particulares”

           – “Cerezas, esas sí que son buenas”

           – “Las lechugas van para fuera, Bilbao, Burgos, Guipúzcoa…”.

          Entra en el bar un bañista, con el pelo, las chanclas y el calzón empapados, y pide varios helados. Las cuatro mujeres miramos hacia el lugar de donde proviene: El agua llega escasamente a la cintura, como en las bañeras de casa. Los veraneantes se refrescan junto a la salida del sumidero del camping; otros, en tierra, duermen la siesta dominical bajo la sombrilla y junto al coche. Los vestuarios y servicios están abandonados entre los nuevos chopos y los juncos del agua. Más cerca del local, el puente, con sus formas románicas y góticas.

          – “Mide 13 metros de largo… y tiene 9 arcos”.

          Junto al cliente, en el lugar más aireado de la barra, una fuente ofrece tomates de la zona, de invernadero.

          –  “El agua para el regadío sale de la central de Tobera, no del Ebro. Han llegado a poner multas por regar con el agua del río”.

          Las tres trabajan en la cocina de El Albergue pero sólo una, Sonia, parece disponer más libremente de su horario. Es la dueña del establecimiento. El ayuntamiento le concedió a ella y a su marido el terreno por treinta años y con él han culminado su sueño: dejar Vitoria e instalarse en un pueblo donde fundar su familia. Ahora, con tres hijos y negocio propio, lo único que les preocupa es que la escuela tiene los días contados. Pego la nariz al cristal de los ventanales.

          –  “Este año hay 20 alumnos, 10 de entre tres y siete años. Los que tienen entre ocho y doce estudian en el piso de arriba. A los doce se van a Medina-Pomar. Como no se anime otra familia a venir con sus niños pronto tendrán que cerrar”.

          – “Cuando el río bajaba más limpio era una chopera, pero se caían las ramas en el invierno y quitaron los chopos viejos. Por eso ahora lo que ves es una playa sin sombra. Hace cinco años plantaron nuevos, pero no es lo mismo”.

          – “No sabes cómo se queda atascada el agua ahí mismo, junto al puente. Cada quince días o un mes abren el canal para que no apeste, pero no siempre se consigue. Antes pasaba una máquina para limpiar el río, pero ya no”.

          Los veraneantes. Quizá no duerman y estén muertos. Miro con malestar la empinada cuesta que me separa de Frías y dudo si alcanzar su centro o no. A la sombra de la fortaleza crecen dos barrios. Las calles están tan empinadas que algunas viviendas se asoman al borde del precipicio de forma temeraria.

Las  moscas me llevan a Julio

          La carretera hacia Montejo de Cebas avanza encajonada entre matas. Las moscas me comen la oreja. Encuentro dos lavaderos levantados en fuentes sin agua. Imagino que hasta aquí venían las mujeres a lavar, cuando el Ebro bajaba crecido. Según el mapa, aquí los montes se llaman “los baños”, probablemente en homenaje al antiguo balneario con el que me topo tras un corto desfiladero. Sólo dos de los edificios originales han sido recuperados como campamento juvenil en verano; el resto languidece entre las sombras. Poco después de entrar en Montejo, un cartel anuncia que el Ministerio del Interior, el de Fomento y la Diputación Provincial de Burgos, son responsables de las infraestructuras derivadas del plan de emergencia nuclear. Al lado, otro explica que, en caso de emergencia, la casa de cultura sería la zona de refugio. Vuelvo a incomodarme. Por lo visto la sensación se empeña en agarrarse a mi pecho y no soltarme.

          Al cabo de media hora estoy esperando a un profesor en el jardín de su casa, en Montejo de San Miguel. He gritado su nombre en los rincones de la finca, que se levanta junto al cementerio, pero Julio Alberto Martínez no está. Me lo ha dado Charo, una vecina. Me encontré con ella en el puente bajo el que el Ebro discurría cubierto de papeles, vasos de plástico y restos del poliespan. He llegado hasta aquí siguiendo todas sus indicaciones: subí la escalerilla, labrada en una madera que ha caído por las obras; dejé a un lado un cartel que anuncia una senda “de la vega”; pasé delante de algunos miradores hasta alcanzar otra flecha de madera en la que se lee “la fuente” y explica que de ahí parte la “senda ecológica de la presa a la ermita Montejo de San Miguel”…

          Julio Alberto es alto y con barba, lleva gorra con visera roja, parece un niño al final de un partido de fútbol, feliz y agotado. El pueblo anda en fiestas y para él son importantes pues sirven de apoyo para las subvenciones de los fondos europeos. Este año han organizado el día del pan, el del embellecimiento, el de la bicicleta, la jornada ecológica, un viaje cultural, la noche astronómica, 24 horas de bolos, manualidades y, para terminar, la gran cena de hermandad y gracias a esta organización han conseguido, que el horno que dejó de funcionar hace cuarenta años sea hoy el lugar en el que se preparen los panes del concurso.

           He llegado a este Montejo el día en que celebraban las 24 horas de bolos y nadie ha dormido lo necesario, incluido el propio Julio, al que se le caen los ojos y aún así aguanta, como si la camiseta en la que anuncia la convocatoria fuera una armadura que le mantuviera en pie.

           – “Vivo en Getafe. Tuve que dejar el pueblo a los 10 años para estudiar y desde entonces padezco de saudade. Es una cosa que no supero”.

          Ahora entiendo la razón de tanto esfuerzo: no consigue olvidar la infancia. Esta convencido que sus iniciativas y la participación de todos han logrado mantener vivo el Montejo de su niñez (que en verano pasa de 14 a 80 habitantes). Me comenta que sus sendas ecológicas recorrerán una parte del futuro “Parque Natural de los Montes Obarenses”, que se extendería por la Sierra de Arcena, los Montes Obarenses y el desfiladero de El Sobrón.

          Al hacerle un comentario sobre el balneario se pierde en el interior de la casa. Al poco rato aparece con un amarillento díptico en cuyo encabezamiento se lee “El Balneario de Montejo”. Es uno de los muchos documentos que ha recuperado en estos últimos años. Dice: “Está montado con gran sencillez, limpieza y confort moderno. Altura 550 metros sobre el nivel del mar. Clima tónico, estimulante y fresco. Valle espléndido, por sus campos, frutos y paisajes. Cielo puro y atmósfera saturada de esencias por las plantas aromáticas. Residencia ideal para una temporada de aguas y para reponer la salud perdida y combatir el insomnio”.

Los secretos de Montejo 

          Julio añade que una señora llegó embarazada a Montejo en uno de los coches que cada tarde unían Bilbao y Burgos hasta que estalló la guerra. La dama tuvo que quedarse aquí los tres años del conflicto, mientras su marido sobrevivía en Madrid. El niño murió pero los padres no. A pesar de la contienda, la mujer pagó religiosamente el coste de su pensión completa (para “agüistas” 15 pesetas y para no “agüistas” 17 pesetas). Ante mi avidez de historias, el profesor explaya su espíritu didáctico. El constructor del balneario registró “Manantial Errasti” como marca y comercializó las aguas, cuyos componentes oficiales eran: “bicarbonatadas puras, radioactivas, indicadas (por su composición) para las enfermedades del estómago, intestinos, vías urinarias, diabetes, hígado, artritismo, gota, infecciones gástricas, reúma, piel…”

          Su hermana le apremia desde el balcón. Tienen una cita pendiente. Su reclamo llega precisamente cuando Julio recuerda la riada del 22 de diciembre de 1982.

          – “Ese día llegaba hacía calor. Se debió deshacer la nieve que había caído los días anteriores, hubo descoordinación entre los embalses, el caso es que esa noche el río llegó a cubrir el bar del puente de San Miguel. Esa fue la última vez que se desmandó. Antes nadie olvidaba que es un ser vivo y que son aprovechables hasta sus riadas. Por ejemplo, tras las crecidas, los vecinos acudían a la orilla y señalaban los troncos que traían las aguas y luego se los llevaban a casa”.

          También sabían sacar riqueza en los momentos de sequía. Había métodos exquisitos, como  el que usaban en la zona de “riocañal” a la altura de la Puentinueva. Consistía en trazar con juncos unas sendas que conducían el agua escasa hacia uno de los bordes del río, en diagonal. A modo de “almadraba de ribera”, los peces pasaban por una garganta y quedaban “enjaulados” en un espacio reducido donde se pescarían con nasas y botrinas. Esta forma de pescar estaba tan reglamentada que hasta se daban concesiones que se heredaban de padres a hijos. Y frente a ellos, los desposeídos elaboraron refinadas formas furtivas de pescar. Pero hoy el Ebro baja cada vez más vacío. Los vecinos han llevado quejas al Seprona, la Junta de Castilla-León, Iberdrola… sin que nadie aumente su caudal.

          Antes de entrar en su casa y dar por concluida nuestra conversación, Julio me propone que pase la noche en la antigua “casa del maestro”, de la que tiene llave y que hoy es punto de encuentro de jóvenes y almacén de reliquias. Acepto, encantada, y me acompaña hasta la puerta. La casa, con solana que mira al sur, es muy amplia en su interior. Tiene unas escaleras con pasamanos de madera bien conservados, baño a la derecha (con lavabo y WC) y el resto de estancias. La cocina debía de estar en el piso de abajo, donde hoy se acumulan tejas y material para manualidades y otros menesteres. Hay unas tres habitaciones, una de ellas con colchones.

          En la sala que hoy es “de los jóvenes” y antes fue aula, dos mozos departen acomodados en un viejo sillón. Elijo dormir en lo que fuera la residencia del maestro, en el último piso. Son ya más de las nueve de la noche, según el reloj del pueblo. Antes de que se cierre la noche acomodo mis pertenencias y salgo para picar algo en la bolera. Iluminadas indirectamente por el fulgor que sale del bar, dos enormes mesas de piedra flanquean la pista. Una es una rueda de molino encontrada hace unos sesenta años en el río y la otra una piedra, también redonda, sacada de un lavadero, donde se hacía la colada. Originalmente esta “rueda” tenía labrado un borde y unas piezas que canalizaban el agua sucia hacia el vertedero, pero hace veinte años un hombre del pueblo decidió alisar la piedra para hacerla mesa y ahora es absolutamente plana.

          Me ha dado por pensar que quizás la ex escuela sea, como ocurre en Cebas, el centro de evacuación del pueblo en caso de desastre nuclear. Quienes departen en la cantina del local me miran de forma doblemente extraña: por mi presencia y por el comentario. Por un kilómetro, la evacuación no afecta a este Montejo. ¿Sabrán las radiaciones que aquí tienen prohibido el paso?.

De panes y peces

          Indalecio Abad se presenta como “pescador” y, en un santiamén, me habla de paraísos que no conozco aunque lleve días andando junto al río, de peces como tenca, taborza, loina, negrisas, de la trucha black-blass y arco iris, de las desaparecidas anguilas y las abundantes ratas de agua.

          Las mujeres me ofrecen hogazas del pan que hornearon según viejas técnicas y me hablan de la existencia de las carboneras (carbón vegetal en leña de encina) que funcionaban en el 1900 y que también han restaurado. Otra de sus recuperaciones es la tejera, que dejó de funcionar en el último cuarto del siglo XIX y que ahora podría perfectamente ponerse en marcha. En ese momento vuelve a aparecer en el local Julio, echo un pincel, para hacerme llegar unos apuntes con los que instruye a los interesados sobre la tejera y la carbonera. Los vecinos deben saber que es un material interesante porque, todos a una, me abandonan a su a lectura mientras consumo avellanas, zumo de naranja y pico las hogazas de pan.

          En realidad se trata de un cuento basado en hechos reales: Trespaderne y Oña fabricaron carbón hasta 1965. Hasta ese año, los ayuntamientos sacaban a pública subasta la explotación de una zona del monte en la que instalarían el horno. Solían ganarla los mejores pastores, que normalmente procedían de localidades lejanas pero que subcontrataban a 5 o 6 de la zona hasta formar cuadrillas de 10 y 12 trabajadores.

          Hasta hace pocos años en el Montejo de San Miguel se aprovechaba la leña del Monte por medio de la “corta”. En torno a marzo el concejo acordaba realizar la corta (hacer tantos lotes de encinas como vecinos tenía el pueblo). Cada lote se ponían unas doce encinas de unos 25 centímetros de diámetro. Además, se convocaba una “verea”, se marcaban en el monte los lotes de encinas (descortezando el tronco de un hachazo). El concejo sorteaba los lotes entre los vecinos. Había un plazo para cortar y bajar “su suerte”. Si se cumplía el plazo y alguien no lo contaba, perdía los derechos sobre la leña. Se cortaban de tal modo los leños que regeneraban el monte.

          Para hacer las carboneras, se acondicionaban unas explanadas de 7 por 7 metros con piquetes, palos y cribas y allí se colocaba la leña. Se hacía una explanada por cada zona donde se trabajaba la leña para así evitar los gastos en trasporte. Usaban encinas, hayas, alberto (madroños), bujarro (boj). La leña recolectada se cortaba con tronzadores, hachas, machetes (cortamatas de mango corto)… y en octubre la quemaban en las carboneras.

           Una de las mujeres interrumpe mi lectura.

          – “Y qué, leyendo cosas del profesor, ¿eh?. ¿Ya sabe lo de las tejeras?. Funcionaban cuando yo era niña. Las explotaban cuadrillas de asturianos. Llegaban a mediados de primavera y trabajaban hasta mediados de otoño. Horneaban tejas y ladrillos con leña que ellos cogían. La arcilla la sacaban del monte y las amasaban con los pies”.

          Se calla, como si de golpe se le hubiera olvidado todo.

          – “¿Ha oído hablar del carcavón?”.

          Un hombre viene a recoger a su esposa antes de dar la última vuelta por el pueblo.  Los ancianos se saludan a pleno pulmón, a pesar de que la madrugada comenzó hace unas horas. Mosquitos y mariposas revolotean junto al tubo de neón, sobre mi cabeza.

“En la naturaleza las formas hablan del proceso; tu cuerpo explica tu forma de entender la vida, La locuacidad de un desnudo”   Cuando los ríos cuentan. Consejo n. 10

Los caminantes saben del hambre y de la buena gente. Fueron 43 días andando. El camino fue una universidad.

Las cejas del molinero

Las golondrinas sólo son líricas en los poemas. Sus excrementos y egagrópilas (restos indigeribles que expulsan las aves, según he aprendido de los apuntes de Julio) convierten el suelo un estercolero en el que las pulgas se mueven a placer. Ahí he dormido y sin embargo, no me doy prisa por abandonarlo. El cuaderno del profesor hace de imán. Me doy cuenta con su relato que llevo diez días caminando junto a zorros, gatos montés, tejones, ratas de agua, jabalís, corzos y ovejas. En mis manos tengo sus huellas perfectamente dibujadas a lápiz, marcas de alimentación, escamas, refugios… Asumo que respiro, convivo y duermo, entre alimañas. Preferiría seguir en la ignorancia, pero no puedo dejar de mirar los dibujos. Me detengo en las egagrópilas del cuervo, el halcón peregrino, el ratonero, el cernícalo, la garza real, el cárabo, el buho real, lechuza común, mochuelo…, en las heces de las musarañas, ratones de campo, topos, ratas, erizos, comadrejas… Estoy imaginando un paisaje que nunca encontraré porque no sé verlo.

          Cada vez me rasco más. El reloj da las ocho. Dos pesas y sonería marcan las horas y las medias con precisión, como si a pesar de todo no se creyeran que la cuerda dura seis días y que hace ya 30 años que se reparó. Echo agua fresca en las picaduras de mis brazos que ya apuntan maneras de heridas, luego empapo una pierna, la otra, la cabeza entera.. La fuente del pueblo hace de ducha pública y en ella chapoteo, obviando a los labradores que ya ponen en marcha sus vehículos. Me siento invisible. Después, hago de la plaza mi particular comedor y desayuno el último trozo de queso con el pan que ayer me regaló la vecina. Un par de obreros rehabilitan uno de los edificios.

          A las 8,45 Quintana sigue durmiendo. La arboleda de la vega se presenta en silencio a lo lejos. El Ebro se ensancha y los pájaros se adueñan del lugar.

          El río no parece tener dueño. Contagiada por lo apacible, llego casi paseante a Pangusión. Un hombre atractivo pasea con su hosky y otro perro negro de orejas largas, va de paseo con su niña rubia de la mano. La nena lleva un ojo tapado. El hombre me indica el camino que he de seguir para llegar a Bárcena. Nos miramos un minuto de más. Sonrío de lado. Traga saliva. Seguro que es un buen amante, lo intuyo por la forma en que tiene de alargar cada gesto. Noto su deseo. Le brota, se relame y lo deja ir.

          El lugar rezuma la asepsia de las zonas residenciales, donde la tierra no da de comer sino que es entretenimiento de sus propietarios. Las gallinas y los patos merodean entre el césped de una de las viviendas.

Todo comienza con una sirena

          Isaac Salazar hace un alto en su trabajo, tocado con sombrero de mimbre y hazadilla en la mano. El mira y soy yo la que inicia la conversación:

          – “¿Qué hace usted con las moscas?”.

          – “¿Matarlas?… aunque luego vendrían las demás al entierro”.

          Nos hacemos intercambios de preguntas.

          – “¿Es usted eso de…?”.

          – “¿Ecologista?” (me adelanto).

          Imagino que identifica mi mochila con la de aquellos que han participado en las numerosas marchas contra la central nuclear que está a punto de aparecer en el horizonte: Garoña.

          – “¿Y usted?”.

          – “Yo planto puerros… para comerlos en casa. Nací aquí pero vivo en Vitoria”.

          – “¿Le beneficia al pueblo tener una central nuclear tan cerca?”.

          – “Bueno, a los dos o tres que trabajan allí, el resto… pues digamos que quizá haya más malo que bueno porque hay muchos que no quieren venir por lo de la radioactividad”.

          La central se levanta en el siguiente meandro del río. Probablemente el lugar fuera elegido porque el propio curso del Ebro aísla las instalaciones. Sólo los carteles anunciando el plan de emergencia nuclear corroboran su existencia. Anuncian que en caso de un escape nuclear el lugar de reunión está frente a la iglesia.

          – “¿Les han evacuado alguna vez?”.

          – “Nooo. En donde yo he participado es en un ejercicio. Hará unos dos años, por estas fechas. Lo hicimos con otros pueblos, porque aquí en invierno no somos más que unos seis habitantes”.

          Le tocó huir del hipotético peligro en autobús, aunque había también una ambulancia y un helicóptero a disposición de los afectados, pero esa fue su suerte. Terminaron en Trespaderne. A medida que me da datos me siento más insegura. Garoña es la segunda central nuclear más antigua de España y el tiempo pasa y mina todo y… ¿Cómo que le evacuaron en autobús?, para eso yo me cogería el coche y me iría lejísimos. ¿Por qué refugiarse en Trespaderne y no mucho más allá?. Le pregunto.

          –  “Todo comienza cuando suena una sirena”.

          – “¿Imagina que ahora va y me toca a mí?”.

          Se ríe pero yo no, la certeza del peligro me pesa como una losa. Entiendo la reacción de algunos vecinos cuando anunciaron que aplazarían el cierre de la central diez años más: protestaron con fuerza y sin suerte. Mis temores le resultan divertidos. Isaac es incombustible. Le digo que hace unos años un camión que transportaba material radioactivo tuvo un accidente en Sobrón. En aquella ocasión la radioactividad alcanzó unos niveles 10 veces mas altos de lo que en un principio reconoció el propio Consejo de Seguridad Nuclear.

          – “¿Pero pasó algo? ¿No, verdad?. Aquí seguimos. No murió ni uno”.

          Le comento la desaparición de los frutales de Cereceda. Asegura que son leyendas y prefiere contarme que tampoco ellos beben del Ebro sino de una fuente construida hace ciento cincuenta años por la que brota un manantial; es la que alimenta el lavadero y el abrevadero donde se han instalado dos truchas.

La sala de espera de la central nuclear

          Pronto el camino vuelve a requerir toda mi atención: encuentro el sitio exacto en el que el Rudrón se une al Ebro, como leche verde bajo un pequeño puente de hierro y madera. Nada más entrar en Bárcena del Barco me encuentro con Cotu, un jabalí de tres meses que ha salido escopeteado de la hacienda de su dueño entre los vítores de un par de niños. Su amo está regando en un rincón de su jardín para hacer la “piscina de barro” a la mascota que encontró en el monte y que están criando a base de biberón. Cotu  embiste con el morro cualquier objeto con que se tope, se seca en las piernas de los niños, se cuela en haciendas vecinas… mientras todos ríen, desde el amo, en la calle, mientras le da a la manguera, a su esposa, dentro, desde donde adivina sus movimientos por nuestros comentarios.

          Bárcena, que aún no se ha despertado de las fiestas, parece construido sin orden ni concierto. La central y sus grandes torres dominan sus límites del este del pueblo. En el último edificio del pueblo un antiguo cartel indica “Cámara”, el apropiado apellido de la familia que regenta el pequeño supermercado. El padre de las dueñas se dedicaba al transporte y, para completar el negocio, abrió la tienda y sus cámaras después de que hubiera construido la casona. Les sorprende mi aspecto y el hecho de que camine sola. Me cuentan pequeñas historias, por ejemplo que el nombre del pueblo se debe a que había un barco “que cruzaba de aquí al Sopellano” (Garoña). Algunas de las clientes recuerdan haber visto cómo traían en él las patatas y otros alimentos. Luego hicieron un puente pequeño, estrecho, y más tarde el grande, para la central.

          La central nuclear se encuentra muy cerca, en la península formada por el meandro del río, que rodea la central para refrigerarle con sus aguas. Ante ella, un modesto puente, del que sale un gran camión con gas hidrógeno. A lo lejos veo las instalaciones de Nuclenor (Endesa e Iberdrola), la empresa propietaria. Estaba previsto su cierre en 1996 pero lo prorrogaron por cuatro años más. Luego, en septiembre de 1999, el Consejo de Seguridad Nuclear volvió a hacer lo mismo, pero por diez años. Su argumento fue que así se daría seguridad a las inversiones que había realizado la compañía que la gestiona. Superado el plazo previsto de existencia, la central ha conocido graves problemas de agrietamiento en componentes esenciales para la seguridad, lo que ha provocado fugas que han contaminado el río.

          Camino por la carretera mirando el Ebro. Han “construido” un gran parque con vereda junto al agua, tramos de cemento y césped (que en grandes zonas está seco, quizá por las grandes temperaturas que alcanza el agua a su paso por la central). En la orilla por la que camino el cultivo del cereal también está especialmente ceniciento.

          A la altura del kilómetro 18, la carretera y el río casi se lamen. Busco una sombra que no encuentro. Me han avisado que, cuando cruce el primer puente, estaré en Álava, será la cuarta provincia que cruce andando. Preservo mi hambre mirando el cielo, donde hierven las nubes hasta teñirse de plata. Me propongo descansar en San Martín de Don, para el que me quedan unos tres kilómetros, porque allí empieza mi nuevo mapa. Miro la fecha: 1953. Confío en tener más suerte que la que tuve con el del 57. Una brisa caliente eriza el embalse, que parece llevar la contraria a la corriente.

¿Son así los saltos cuánticos?

          De pronto oscurece. Fantaseo que he dado un salto cuántico y lo que era azul hace unas horas ahora es gris porque no es éste el mismo año. Quizás fuera así el mundo en el año 53. Juncos y árboles secos en el medio del embalse, la carretera cortando una de las esquinas del río, sin coches… Miro hacia atrás. La iglesia de Santa María de Garoña muestra, inocente, sus dos naves de arcos góticos, como si todo se hubiera olvidado, como si realmente todo esto estuviera ocurriendo antes del 66, año en el que construyeron la central.

          El aire me fríe. De San Martín de Don sólo veo los carteles que anuncian su proximidad junto a una caseta llena de pintadas, sillones quemados y basura, y el merendero de enfrente, cerrado por el cortafuegos. El anunciado convento de las Clarisas es un buen motivo para subir hacia el pueblo, pero eso significaría alejarme del río en un día de tormenta acechante, de modo que dejo el montón de leña que espera a ser recogida a mi izquierda y continúo mi viaje pensando en Tobalinilla.

          Más que andar, yerro, cruzo túneles borracha por el cansancio. “El hambre es muy triste” me contó un día mi amigo José Luis, que hace unos años se volvió experto en escasez sin él quererlo. “Y te da por cocinar mentalmente y los platos te salen siempre de puta madre”. Añadía, burlón. ¿ómo haría yo para despistar el hambre si no sé cocinar?. ¿Se puede ser feliz si no se sabe qué es la felicidad?. Ahora sé que un hambriento ignorante de pucheros imagina alimentos sin nombre, pura imagen. Inventa recetas y platos que nunca comió. Llega a ellos por el sabor y a partir de ahí construye una receta sin lógica. Llegan sabores mezclados, absurdos, como el arroz hinchado y medio frito que un día tomé en un chino y del que no me había vuelto a acordar; aguacate con remolacha, que no sé si es buena combinación. ¡Y un puchero de carne con patatas!, yo, que casi soy vegetariana. Y milhojas de bacalao, de cuando un día leí con hambre un relato de Manuel Rivas. Llevo dentro un extravagante libro de recetas. Lo llamaría “salvavidas para ignorantes hambrientos”.

          Los tres obreros que custodian unas obras me dan la mala noticia: el puente no se puede cruzar porque están ampliándolo. Tobalinilla, el lugar que había elegido para mi descanso, queda frente a mí, cerca, pero intocable. Si quiero techo tendré que llegar hasta Sobrón, a seis kilómetros.

          Sonrío, para ver si la relajación puede empaparme, de mi boca hacia abajo, como un adelanto de la lluvia que amenaza desde el cielo. Intento disfrutar del paisaje e invento que los túneles son ojos en la roca, ventanas enormes al río. Las aves rapaces llenan los acantilados que abrazan el Ebro y en la orilla de enfrente destacan las encinas, robles, hayas… El desfiladero de Sobrón es bellísimo y sus cortados rocosos consiguen calmar mi ánimo.

El hambre de la central

          Sobrón no me convence. Es demasiado grande como para encontrar un lugar seguro donde dormir al aire libre. Veo dos molinos viejos que sirven de pequeña central eléctrica, dos paredes hundidas en el río, hoteles abandonados, un camping cerrado, chalets, numerosos turistas en merenderos a pesar de las nubes, una central de Iberduero a mi izquierda. El Sobrón original mira estas construcciones desde arriba, medio abandonado. Llevo la mirada puesta en el cielo o en el río que se asoma a mi derecha, es decir, siempre en el agua. Un coche frena pocos metros delante de mí. Paso delante de él sin hacerle caso, pero el conductor insiste. En marcha y desde la ventanilla me explica que me vio esta mañana cuando iba hacia Villarcayo y al encontrarme aún andando, bajo un cielo tan gris, ha decidido pararme.

           Le miro a los ojos con tremendura, como los habitantes de Cortiguera y él resiste la mirada. Tres segundos de silencio y acepto: por el cielo encapotado, por mis pies deshechos, por su amabilidad, porque la carretera que lleva a Puentelarrá lame el margen del Ebro, porque serán sólo 3 kilómetros y porque no he parado realmente desde que dejé Bárcena del Barco. Tras la desembocadura del río Omecillo, paramos junto a una gasolinera.

          Un rayo cae sobre la pequeña central eléctrica que da al cruce. La tormenta se reafirma con el siguiente trueno. En las puertas de la casa de la guardia civil juega un niño con un triciclo y enfrente, al otro lado de la carretera, la biblioteca municipal se me ofrece con jardín, tejadillo, fuente… Me tranquiliza saber que ya he encontrado mi cueva. Pregunto al guardia que sale por un bar. Me encamina hacia “La pilastra”, una casona que mira al Ebro. La tormenta ya es una manta de agua. Nada más entrar la mujer me asegura que no tiene habitaciones libres, tampoco las quiero. Un hombre espera en una de las mesas. Es grande, gordo y cojo, tiene unas cejas amplias y frondosas que sirven de techo a unos ojos brillantes y cansados. Ya ha cumplido los setenta y seis. Se llama Lázaro y ha sido molinero. Soltamos frases desabrochadas, sin pamplinas. Las primeas versan sobre los molinos que hasta hace unos años se multiplicaban en las orillas del Ebro.

          – “Molían comida para los animales de labranza, por eso había tantos”

          Lázaro recuerda algunos nombres: “Camajón”, el molino de agua, en la orilla de Burgos. “Trambasaguas”, en el cauce con el Omecilllo, que también funcionaba con agua y que producía corriente gracias al alternador (“daba luz a Alcedo, Lecillana, Caicedo, Comunión…”). El de su hermano, en Berguenda, del que hoy sólo se conserva el alternador, que aún da energía. El “Bachicaro”, que estaba pegado a la carretera, junto a la central, y que era comunal. Y otro sin nombre en su memoria, que estaba frente al de Bachicaro y no funcionaba cuando él era pequeño y que en su lugar Iberduero puso uno eléctrico, lo que cambió definitivamente la vida del pueblo…

          – “Calcule: Habían tres relevos en la central, cada ocho horas, y eran unos cinco trabajadores por relevo, más el jefe más los de líneas…”.

La buena gente

          Al calor de la central, que proporcionaba viviendas a sus empleados, llegaron a crearse hasta 24 parejas. Mari Ángeles, la nuera de Lázaro, interviene, un poco alterada. Defiende que las cosas han cambiado “con eso de la alcoholemia” y que los conductores sólo se animan a tomar una copa de vino o una cerveza. Pone un ejemplo: una botella de coñac dura a veces hasta un mes.

          – “Dame un obrero y no me des a un rico”. Sentencia Lorenzo, antes de explicar que su clientes consumían como si fuera a acabarse el mundo.

          – “Eran buena gente y si no tenían, pedían fiado pero al final todos pagaban”.

          Según él, los obreros de Iberduero bebían porque llevaban una vida muy dura. Muchos se habían ido de sus casas… Mari Ángeles vuelve a interrumpir.

          – “Y luego está que los del pueblo no dejan nada porque les queda lejos, sólo los domingos se animan a llegar aquí, para comprar la prensa y se toman un vermú, unas banderillas… y se van”.

           Ésta nunca fue tierra de labradores, de modo que el negocio tuvo que adaptarse a la evolución de la central. Así, fue molino, almacén y bar hasta que los avances tecnológicos diezmaron la plantilla y la familia de Lázaro tuvo que dar un giro al negocio, como en su momento hicieron sus padres: levantaron un molino, éste, cuando Iberduero no existía en su universo y como tal funcionó hasta que las piedras dejaron de rendir. Entonces la nuera de Lázaro recicló el negocio, dedicándole exclusivamente a la hostelería. Aún así, conservan parte de sus herramientas, que hoy adornan el hotel, como las piedras de moler trigo que salpican la fachada.

           Las espesas cejas de Lorenzo se levantan, se arquean, se juntan o separan del entrecejo, enmarcan cada historia con dulce cadencia. Ahora toca recordar uno de los momentos de gloria del molino, cuando instaló uno francés con el que empezó a hacer cerveza que luego vendía a la marca “El oro”, de Bilbao, Llegaba a moler 12.000 kilos por semana y hasta 18.000 kilos. La cerveza también se enviaba en verano a Madrid.

          – “Como hace más calor allí, sacábamos cerveza menos rica para que no diera tanto grado”.

Tormenta… ¿Eléctrica?

           Una vez más, la tecnología le arrebató el negocio, llegó una maquinaria mejor y “”El oro” pasó a manos de la “Skol”. Lorenzo me hace viajar más con cada una de sus frases que mis destrozadas botas. Ahora le llega el turno a los Baños de Sobrón.

          – “Era agua de Sobrón y Sopartilla, y procedía de un manantial. En el otro lado del río había una roca con verjas y de allí se tomaba el agua, pero ya no funciona. De este lado era agua de Sobrón. El puente sólo era para personas y algún animal y también servía para ir a Villanueva-Sopartilla. No sé si lo ha visto, pero frente al hotel hay un manantial de agua que sale caliente. Antes era una gruta que manaba a todo lujo. Eso era antes de ir yo a la mili. Tuvieron que medirme el pecho tres veces porque no había trajes para mi talla. Pesaba 91 kilos y mido 1,75, figúrese. Cuando terminó la guerra los alemanes subieron a los baños y estuvieron allí otros dos o tres años más, junto con los italianos. Vivían bien. Estuve sirviéndoles cerveza y de todo. Yo creo que estaban allí antes de la guerra… el caso es que cuando se deshizo el campo de concentración de Miranda, el balneario fue de mal en peor. El campo de concentración se cerró tres años antes de morir Manolete, que fue en el 47”.

            Los extranjeros que cruzaban clandestinamente los Pirineos para llegar a Africa del Norte eran enviados al campo de concentración de Miranda de Ebro. En el 38 eran 166.000 los presos en los más de 100 campos de concentración que había en toda España. En el 39 sumaban 237.000. Por el de Miranda desfilaron entre 350.000 y 500.000 detenidos. Después de la guerra, Franco recluyó allí a quienes huían de los nazis (canadienses, norteamericanos, checos, israelíes, austriacos, belgas, holandeses, búlgaros, franceses…). Primero pasaban por la cárcel de Jaca y luego les trasladaban a Miranda. Con el tiempo, muchos eran deportados al norte de África (Argel o Casablanca) y algunos pasaban previamente por Málaga.

          Intento entender cómo sobrevivió Lorenzo a la guerra, pero ya habla de la destartalada cabaña de San Martín de Don por la que pasé hace unas horas. Él fue su celador, servía para controlar el paso de comida de Álava a Burgos, sobre todo de vino, alcohol y la pitanza de los cerdos.

           – “Dejó de funcionar hace más de treinta años. Todo cambia, incluso las Clarisas, que han arreglado la iglesia lavando la ropa de la central, del comedor y los médicos”.

           ¿Tomarán las monjas medidas contra la radioactividad?.

           Las enormes cejas de Lázaro me acompañan mientras deshago mi saco a escondidas. El pueblo duerme mecido por la lluvia. Un hombre se acerca. Los aspersores se ponen a regar el jardín. Llueve dos veces sobre la misma hierba. El hombre me alarga un trocito de papel con un número de teléfono. Se trata del guardia civil al que pregunté por el bar esta tarde, no le reconocía sin el uniforme. Se está poniendo a mi servicio.

“Si te preguntas sobre tu identidad, recurre a la resonancia. Descubre hasta qué punto los humanos son capaces de olvidar que son seres vivos”  Cuando los ríos cuentan. Consejo n. 11

Comprendí que el río padece la opresión de un sistema de poder que generalmente corresponde a una estructura patriarcal y masculina. Y supe que el Ebro era hembra, sin lirismos.

El paraíso tiene feos corredores


Este viaje carece de sentido y sin embargo necesito estar pegada al Ebro. Cada vez que el camino me separa de su vega me desasosiego. Necesito su rumor, su cercanía, este diálogo que aún no entiendo. Me afecta el río. He leído en un periódico atrasado que  una fábrica de donuts de un pueblo vecino se le ha escapado algo al agua y están llegando al Ebro un montón de peces muertos y llevo la información la piel, como una herida. Bajo el puente de Puentelarrá el río es ancho y, cuando quieren los embalses, profundo. Bordeamos juntos Peñavera y juntos llegamos a Gumicio.

          El pueblo es chiquito. Parece que siempre lo fue. Sus casas son de pequeña factura, útiles. Su cementerio también es minúsculo, con cuatro cipreses que ocupan un tercio del espacio dedicado a la muerte. Un hombre se asoma a la verja de su casa. Me observa desde hace rato. Insiste que para ir a Montañana he de tomar la carretera, pero su hija tercia

          –  “No, por donde Vitori, que es mas bonito”.

          Él reitera:

          –  “Qué más da, si es mejor por la carretera, que está bien buena”.

          El hombre me avisa que me gritará si me equivoco. Cuando llega el momento, elijo “por donde Vítori” y él suelta un silbido y luego un no con su potente vozarrón. Le miro. Se pone en jarras. Me invade una tonta sensación de travesura.

Las ovejas de Vítori

          “Donde Vítori” es una casa destartalada con pajar. Oigo ruidos en su interior y tomo asiento en un banquito, esperando a que la dueña asome. Una viejuca encogida aparece tirando de una carreta Se asusta. Me presento. Se presenta. Victoria Fuente Muro. Le planto dos besos en la cara. Vuelvo a tomar asiento mientras ella, de pie, me cuenta su historia:

          Tenían 400 ovejas y pastores, los vendieron hace cinco o seis años porque a su marido le dio una “trambosis”. Ahora viven de la pensión y su hijo lleva la labranza. Tienen conejos y gallinas, pero para comer. Las primeras ovejas las compraron en Medina del Campo. Ha cumplido ya los 65 y siempre le ha gustado el ganado. Se le ilumina la cara cuando habla de sus ovejas. Llegaron a tener 90, manchegas.

          – “De cara limpia, joé, qué ovejas más cojonudas. Fuimos en el tren y llevábamos para comer. Salía a las doce y media. A la una ya estábamos en Miranda. Le digo ‘!Me cago en tal, vamos al Banco de Bilbao a ver si nos dejan!’. Costaban 90.000 pesetas las 90 ovejas. Las cruzamos por todo Miranda entero. Joé, cómo se quedaban mirando tós”.

          De esto hace más de quince años. Entonces, el camino pecuario que pasaba por la vera de su casa tenía 17 metros de ancho y unía Miranda con Villanueva, pero el pueblo quería el espacio para cultivar y ahora es un paso de sólo un pie. Según Vítori, ésta batalla se perdió porque su marido no quiso negociar. Fueron vencidos por los del mismo pueblo, sus propios vecinos.

          – “El pastor de Suzana también lo ha estado peleando. Igual tiene 500 ovejas. Es la primera casa a la derecha”.

          Cuando alcanzo Suzana, el Ebro es ruido de motores de agua. Las canteras dejan heridas de tierra entre la carretera y él. Me duele su polvo, sus ruidos, la tierra abandonada. Como si no quisiera verlo, el Ebro, se esconde entre frondosos robles cubiertos de blanco y una vereda recién plantada al borde de la carretera, para que los conductores tampoco vean.

Plásticos, tuberías, vertederos…

          Tomo un respiro en la entrada de Suzana, pero no me relajo porque en la otra orilla se levanta una empresa química, y frente a la carretera de Montañana una de plásticos. Esta pedanía vive de la gran ciudad y, como está en alto, da la espalda al río. Sus cultivos apuran la tierra hasta el mismísimo borde de su vega y sólo en cortos tramos los árboles pueden dar sombra.

          El Ebro se quiebra y yo con él. Los humanos le reconocen los mismos derechos que una tubería. Mi desazón aumenta cuando paso por debajo de la autovía del Norte. A sus pies, el río desaparece, sólo una pequeña charca continúa por la madre; en su lugar han fabricado veredas artificiales. El cemento armado anula las dos orillas… Cien pasos después, el agua aparece como un toro banderilleado. El polígono industrial de Levitarón (fábricas, la mayoría químicas: de plásticos, tuberías, resina artificial para pinturas) nos mira desde la otra vega.

          Un pequeño pueblo crecido junto a una central eléctrica vuelve a sacar rentabilidad al río. Miro varias veces el mapa en busca de “La nave” hasta entender que es una barriada de Miranda del Ebro. Por primera vez me cruzo con una rata enorme, gorda. Las casas huelen a miseria, palabra que por vez primera coloco junto al Ebro porque lo anterior no ha sido más que economía de subsistencia.

          Cojeo entre el remolino de instalaciones desangeladas: la escuela taller-vivero-municipal, el club de fútbol, el cementerio… Ahí va a morir el camino asfaltado al que me asomo para entrar en la capital. El Ebro baña esquinas aceradas. Avanzo por lo que llaman el casco antiguo y que para mí no es más que un barrio en el que se acumulan casas pequeñas, pintadas radicales, bares juveniles de moda que a estas horas pierden el glamour, basuras, ventanas parcheadas con maderas, iglesias “okupadas” en sus laterales cuyos ojos ciegos antes fueron góticos.

          Comienza a llover pero esta vez no busco refugio. Me siento incómoda en esta ciudad. Quien no quiere al río no es bienvenido en mi vida, me da pudor escribir esto pero es verdad. Si no me quedo es porque aquí se maltrata al Ebro ¿Se puede hablar de malos tratos a un río?. Envuelvo el macuto en plástico, hago lo propio con cuerpo y cabeza y continúo por un camino asfaltado en color rosa que encajona el río, su vega se convierte de golpe en una senda. Avanzo por ella esperando que el Ebro por alguna razón mágica vuelva a ser el que era y aprovecho una especie de espigón artificial para asomarme. Imagino un puente abandonado en proceso de rehabilitación. Cuando llego a su borde descubro que estoy paseando desde hace un buen rato por una antigua alcantarilla a donde la basura sigue llegando de la mano de los mirandeses. La ciudad no tiene depuradora. A lo lejos veo un frondoso bosque junto al río y una familia de patos. Parece una postal. A su lado se yergue otra central eléctrica. De fondo una alta torre echa humo. A continuación me topo las instalaciones deportivas y tras las piscinas un pequeño vergel. No soy capaz de sostener tantas contradicciones en un mismo camino.

          La desembocadura del río Bayas me impide avanzar junto al Ebro. Bayas es un vertedero. Le sigo el paso por carretera hasta el puente que le cruza. Las empresas químicas me separan más y más del río. Entre su vega y yo, decenas de montañitas blancas. Tardo en caer en la cuenta de que es sosa. El lugar huele a huevo podrido pero allí están los nuevos ricos con sus grandes setos y servicios de seguridad. No puedo más, quiero que esto acabe. ¿Cómo se puede herir y quedar impune? ¿Cómo vivir en este entorno sin que se tuerza el ánimo? ¿Qué hacer con la indignación?.

Cómo dar esquinazo a un acosador

          Un coche me sigue. Paro a un ciclista, que se empapa, como yo, bajo la lluvia. El auto pasa a nuestro lado, lentamente. Le miro de soslayo. Hago como que no me he dado cuenta y sigo haciendo preguntas obvias al pobre corredor. Pues sí, estamos en el puente de Arce. Sí, sí, en Vitoria. Exacto, sobre el río Zadorra. El inocente se llama Ramón y parece encantado con nuestra estúpida charla. Entonces empieza él con las preguntas y yo le contesto sin perder de vista al individuo del coche. Ramón asegura que Miranda es la décima ciudad más contaminada de España. Mientras se explaya en críticas yo voy organizando mi futura estrategia. Estoy lo suficientemente en alto como para adivinar que el camino rural que comienza allí y lleva hasta la tejera, continúa tras la fábrica, y que atravesando la parcelaria podría alcanzar la desembocadura del Iglares… pero desisto, el del coche sigue parado en la boca del camino.

          Ramón se va y vuelvo a quedarme a solas con el auto. Paso a su lado, haciendo ver que mi destino nunca fue esa senda que él bloquea. Me desvío con naturalidad por una breve carretera secundaria que desemboca en un par de casas de lujo aisladas, entre la autopista y los campos de labranza, y en las que distingo el trabajo de un jardinero bajo la lluvia. Tomo ese camino con resolución. El coche me adelanta y se para justo al final del trayecto, que es ciego. Estoy en un callejón sin salida. Me paro junto al granjero que trajina en la puerta del primer chalet. El conductor se baja del coche. Nos miramos de frente. Me doy la vuelta, despacio. Dudo si abordar al jardinero. La autopista no está muy lejos. Avanzo. A mi espalda oigo el motor del coche. Acelero el paso. Cuando el conductor llega a mi lado yo ya he alcanzado el asfalto. Está en la boca de la autopista, no puede parar. Sin mirarle, y sabiéndome observada, levanto el anular para que se lo meta por el culo. Toca el claxon. Ni me inmuto. El acosador está condenado a pagar peaje y yo a cruzar la autopista.

          La experiencia ahonda más mi rechazo a este tramo del camino. Ebro y hembra, ambos acuciados. Las ecofeministas lo tienen claro: el río padece la opresión de un sistema de poder que generalmente corresponde a una estructura patriarcal y masculina. Demasiada teoría para algo mucho más concreto (los dos igualmente acosados) y sin embargo tan real como que los camiones pitan a mi paso y sus conductores me jalean. Les maldigo. Maldigo la lluvia.

          Procuro entretener mi cabeza. Encuentro cajetillas de tabaco despanzurradas, aparecen en los lugares más recónditos. Salgo de la autopista a la altura de un pueblo en cuyo nombre no reparo. En el bar donde me seco son parcos en palabras. Responden a mis preguntas con noes. ¿No hay un sitio donde dormir?. ¿Ni en una casa?. ¿Ni en un garaje?. Uno de los feligreses me da un teléfono en Salinillas. Llamo. Imploro a la voz de esa desconocida. Digo que no me importa el lugar, que un pajar es suficiente, que llevo días andando y ya estoy acostumbrada…

          Después de unos minutos de resistencia, la mujer del otro lado de la línea acepta. Me quedan seis kilómetros por delante bajo la lluvia torrencial y ya es de noche. A un lado de la carretera aparece una señal amarilla que indica que allí finaliza un tramo del Camino de Santiago. Me adentro en esa vereda de tierra que sube por una colina y me calmo al instante. De repente un abrazo de aire. A mis pies un manto de caracolas se empapa bajo la lluvia. El prado de nácar refulge a la luz de la luna.

          Tras una curva, aparece Salinillas en el horizonte y me quedo sin respiración. Se trata de una villa medieval amurallada que bajo la tormenta se me figura como una aldea de cuento. Avanzo hacia la única puerta de la muralla…

          He llegado al cielo. Se llama Areta Edrea y está en Salinillas de Buradón (Vitoria). Tiene cama doble, tejado, crema contra las picaduras, cena caliente y despertador. Me ha recibido la abuela de la familia. La dueña, aquella que aceptó acogerme al otro lado de la línea de teléfono, llegó después, cubierta por una enorme capucha, con el pelo corto, resolutiva. Me miró de arriba abajo y sin terciar palabra me indicó que la siguiera. Por el camino me encontré los retratos del abuelo, la abuela y sus cinco hijas, una de ellas muy enfadada (sentada y con las cejas juntas). Me llamó la atención la sonrisa del caballero, un hombre rubio y con cara de campechano que se ha colocado el sombrero “al caer”. Es el único que lleva ropa clara, frente a los vestidos oscuros de las mujeres. A su esposa tampoco se la ve mal encarada. Deduzco que una de las hijas es la madre del dueño de la casa, y supongo que es una de las que también sonríen.

          La casona tiene dos plantas y la buhardilla donde dormiré, un espacio lo suficientemente grande como para que quepan tres habitaciones, un cuartucho y una enorme sala con un ordenador y todos sus utensilios de último modelo. Me han hecho un hueco en el corazón de su hogar. Me tumbo en la cama de uno de sus hijos. Las sábanas están limpias. Las toallas, suaves. El agua, caliente. Deshago la mochila y distribuyo mis escasos objetos en la habitación. Por una noche me hago propietaria de un espacio cálido.

“Camina, sonríe, abraza tu destino… Y descubrirás a la buena gente”   Cuando los ríos cuentan. Consejo n. 12

Cambian los nombres pero no el espíritu. A medida que me abandonaba conocía a más personas buenas, de las que tienden la mano sin preguntar. Sigue ocurriendo.

Occidente es una línea recta

Despierto lentamente, acaricio las sábanas antes de levantarme, dejo que la luz entre por los visillos y me asomo al ventanal para contemplar el paisaje. Ando desnuda por la habitación mientras hago la mochila… Disfruto con cada acto. Relamo la indolencia como si fuera un exquisito manjar. Bajo de la buhardilla agarrándome al pasamanos y contemplando por última vez las fotos de la familia. La dueña, a la que sigo sin preguntar el nombre, me espera al final de la escalera. Me anuncia que va a buscar a Jibaja, el viejo barquero a quien debería conocer y me sugiere que, mientras tanto, tome el desayuno que me espera en el comedor.

          La habitación resplandece a contraluz; todo en ella se muestra cortado por la bruma del sol. Alrededor de la sólida mesa de madera, Marta, su hermana y su madre untan pan, sorben café y destapan frascos de mermelada fresca. Las tres engrandecen estos gestos cotidianos con su forma de sentarse (la espalda tan recta), de mover los brazos (aladas), de intercambiar comentarios a media voz.

          Por ellas descubro que he dormido en una casa rural. Me piden que les cuente las anécdotas del viaje. Comienzo mi relato con la persecución bajo la lluvia. La certeza de nuestra constante fragilidad en un mundo hecho por los hombres prevalece por encima nuestras desigualdades de clase. En esas estamos cuando entra en la habitación un hombre canoso y enjuto, más tieso que recto. Viste de verde, con un pantalón corto y una camiseta. Es Timoteo Jibaja Saez, el último barquero. Viene dispuesto a hablar, algo que no tenía previsto esta mañana. Las mujeres sonríen y se colocan discretamente en un segundo lugar.

Jibaja tenía una barca

          Jibaja contesta estrictamente a lo que le pregunto, como si fuera una funcionaria rellenando datos en un formulario municipal. Nombre: Timoteo “Jibaja” Saez, alias “El monchetas” porque de joven estuvo en Barcelona, “donde se cocían las alubias, ya sabe”. Edad: 84 años. Profesión del padre: ferroviario. Lugar de residencia: vivió la otra orilla del Ebro, a la altura de San Felices, donde daba el túnel de la vía de tren (“para ir a la escuela teníamos que pasar por el túnel ese”). Poco a poco va olvidando la precisión y construye frases largas:

          – “El Ebro es muy dañino. Tiene sitios muy mansos pero tiene sitios muy malos también. Piensas que está liso, te metes y te traga. Ahora está hecho una mierda”.

          Le pido que nos cuente “lo de la barca”. Sé que la pregunta es demasiado abierta pero no se me ocurre otra forma de romper su contención. Monchetas sólo atina a decir que había una barca que cruzaba el río, de una parte a otra, para ir a Alfaro, pues para coger el tren había que cruzar el Ebro. Termina la frase y queda en silencio. Espera mi siguiente pregunta.

          – “¡A quién se le ocurriría poner una barca precisamente allí!”.

          – “¡Pues quién va a ser!. Los de la cantera de San Felices, para pasar a los obreros. A este pueblo subían a por vino y carne. La barca la trajeron de Bilbao. Era de la mar. Tendría unos 15 metros y 1,5 de ancha. Para evitar la corriente, le pusieron un cable, que iba enganchado a un pilar de cemento. Luego tiraban de la cadena”.

          –  “¡Jesús, qué inventos!” (me resisto a preguntar).

          – “Gritaban “barquero, pasa la barca”. Se tardaba uno o dos minutos. Había días en los que hacíamos 5, 3, 2 viajes, o ninguno. Lo estuve haciendo hasta los dieciséis años, cuando llegó la carretera. Después puse un bar de carretera en ese mismo sitio. Se llamaba ‘El paraje de San Antón’”.

          Entre medias, Monchetas trabajó cuarenta años en la RENFE, como su padre.

Retozar en el barrizal (de curvas y rectas)

          Dejo el paraíso con buen sabor de boca, el cielo despejado y el cuerpo reconfortado. Regreso a la puerta de entrada del recinto amurallado (Monumento Histórico-Artístico desde el 84) y sonrío al Ebro en nuestro reencuentro. Le he echado de menos. Me recibe como si le pasara lo mismo, con un camino jalonado por chopos; los nenúfares se trufan con las botellas de plástico; su agua salta en pequeñas cascadas.

          La lluvia de ayer ha convertido la tierra en un barrizal. Disfruto. Salto sus hoyos sin dolor alguno. Tras pasar una odorífera porquera, los chopos ofrecen un atractivo remanso. Llego hasta la tejera que vislumbré ayer desde el puente en el que hablé con el ciclista. Me comporto como un gato que salta de finca en finca, no entiendo de propiedades privadas. La lluvia cálida vuelve a visitarme, pero no me mojo; camino al lado de la ribera, entre juncos y hierba alta, y las ramas de los chopos hacen un techo que me protege. A cambio de mi fidelidad el viaje me regala paraísos. Antes del mediodía he saldado mi deuda con el río y sigo mi trayecto con sensación de victoria. Según el mapa esto es la sierra de los montes Obarenes.

          A los pies del túnel de la Concha imaginación y realidad se funden. La indescifrable voz que me acompaña desde hace un kilómetro sale de una la radio que sintonizan los habitantes de una finca destartalada. No era locura. La locutora habla de un medicamento contra el colesterol, que ha causado enfermedades renales y fatiga crónica en los pacientes. Así, escuchando el eco de la radio y el murmullo del viento, dudo si entrar en ese ojo oscuro o bordear el monte entre los riscos.

          Frente a mí, el túnel de La Concha impone una orgullosa recta en un paisaje lleno de curvas. Llevo días perdida en espirales, empeñada en entender algo que ni siquiera es capaz de imitar la civilización a la que pertenezco, de modo que opto por seguir las inciertas curvas, convencida que el ser humano nunca será capaz de inventar tales torcijones. La principal aportación de la humanidad ha sido la línea recta, el camino más corto entre dos puntos, lo rentable, la economía en el gesto, lo útil. Probablemente si la naturaleza crea curvas es porque no persigue un destino. Me asomo a las peñas que dan al Ebro y descubro que la carretera que antes bordeaba el cerro de las Conchas de Haro tras la construcción del túnel ha quedado abandonada como un brazo amputado en torno a la ladera. Se trata de un trayecto más peligroso de lo que había imaginado y también más bello: puedo recrearme en esas vistas que los conductores de antaño pudieron relamer porque iban atados a su volante.

El Ebro se vuelve ocre

          Al otro lado de la montaña el paisaje cambia de forma radical, como si hubiera dado vuelta a la página y ahora entrara en otro capítulo de este extraño libro. Atrás se ha quedado el verde, que ahora es ocre. Lloro, mientras el río duerme, por perder el color que durante doce días ha sido mi acompañante. Nunca imaginé que el entorno pudiera provocarme tantas emociones y mientras, el Ebro, como siempre, fluyendo.

          El relieve experimenta un rápido descenso en dirección al valle y los remolinos traicioneros de los que me hablara Monchetas ahora son saltos del agua. Aún así, un rayo ha quebrado y partido varios árboles y el río hace trombos, como si quisiera dejar patente su fuerza. Pocos metros más allá vuelve a aparecer el trazado antiguo de la carretera, asfalto que ahora es basura abandonada. Un cartel me anuncia que entro en la Rioja (comunidad) y por tanto en Logroño.

          Justo cuando la vía muerta desemboca de nuevo en la carretera en uso, surge, abrumador, “La puerta de la Rioja”. Bidones de uva y prensas antiguas flanquean la puerta de entrada del edificio. A sus pies, han reproducido la imagen de la Virgen de las Viñas en escayola. Una enorme tapa de barril en el suelo, decorado con un gigante racimo de uvas, recuerda que éste es un museo del vino. Un letrero ofrece, además, artesanía de la comarca. Todo es poco para despertar el fervor pagano: viejos tractores, una cosechadora y utensilios para recoger y sembrar la vid; una cúpula en medio de la construcción que permite la fantasía de tocar el cielo; el enorme iluminario piramidal que sirve de guía a los conductores en mitad de la noche… y todo esto en ladrillo visto, para remarcar bien su imagen rústica.  Imagino al arquitecto cumpliendo los sueños de un agricultor, forofo de sus vides, que antes de abandonar el mundo quisiera hacerse un homenaje a sí mismo y a sus antepasados. Un cartel explica que el despliegue obedece a un “Proyecto cofinanciado por el fondo europeo de desarrollo regional y gobierno de la Rioja”.

          En el interior, la grandiosidad se queda chica: salones espaciosos donde el mármol de imitación brilla, entre pilares falsos; una barra de madera oscura y gruesa, tras la que despachan camareras de uniforme; lámparas de hierro en tejados altos con bombillas imitando a velas… y en el medio una enorme escalera circular con barandilla de hierro labrado que da a un corro de habitaciones que giran alrededor de la cúpula. Junto a la barra, en un regio casillero de madera, veo llaves y mandos a distancia. Los feligreses consumen el orujo previo a la siesta, mecidos por las máquinas tragaperras, que se hacen sitio entre expendedoras de cassettes, de chucherías y de tabaco. Un niño, con la cabeza cubierta por una bolsa de papel y dos agujeros a modo de ojos, hace las delicias de sus mayores.

Las elegantes de Briñas

          Salgo del lugar sobrecogida por lo que se puede hacer con el dinero y entro en Briñas sin saber qué esperar de este pueblo después de una entrada tan grandilocuente. No encuentro un alma sino viviendas de piedra y arcilla, callejones estrechos, marrones, que me encaminan hacia una boca que va a dar al río. El gusto encuentra allí su contrapunto: jalonada con flores rojas en grandes tiestos, arden, como yo, bajo la solana. Un hombre apoyado en un muro de la calle charla rumorosamente con una mujer, que se asoma desde el interior de la vivienda. Es una tertulia vespertina, de esas apacibles y susurrantes. Sonrío. Me sonríen. Les digo que están muy guapos. Una segunda mujer se asoma al portalón. Son como dos gotas de agua. Jaleo la aparición. Se ríen. Les pido un vaso de agua y me invitan a entrar. El lugar es oscuro y fresco, un comedor iluminado con lámparas a pesar de tener el sol en línea recta con nuestras cabezas. El lugar sigue teniendo la negrura de lo que fue, una cuadra, algo húmeda y, por tanto, deliciosa para el caminante. Me sirven agua en copas de cristal repujado, fresca y recién extraída de la tierra. Los pasteles que la acompañan son exquisiteces de provincias.

          Perfiles regios, piel inmaculada, ojos azules, huesos de cristal, se reúnen en torno a una mesa en la que se distribuyen con elegancia de bodegón los restos de una opípara pitanza; Teresa y María Eugenia (hermanas), Rufina (la abuela) y Ainoa (la nieta) paladean con indolencia la plática familiar. Las hermanas miman a su madre, que se deja llevar por el sueño. Zarandean su brazo con los nudillos, como si temieran que no volviera a despertarse, y entibian su frágil cuerpo con una rebeca que resbala delicadamente por sus hombros. La nieta observa, desde un rincón, consciente de la futilidad de ciertos instantes. Ahí están las tres generaciones de la familia Bezares Ibarloza.

           Observo todo con lentitud. Descubro publicaciones de decoración en los revisteros de la cueva, junto al retrato del difunto abuelo. Va con boina y camisa blanca, abierta en el cuello. Es un guapo de entonces. Le digo a Rufina que su marido es apuesto y se sonroja. La mujer tiene noventa años y el rubor la embellece; es un deseo tenue que viene de atrás y calienta sus venas de forma inesperada, nada más.

          Me preguntan cuál es el tramo más bello del Ebro y me quedo muda. Podría enumerar pequeños instantes que no tendrían ningún valor ante sus ojos. Elijo mi última certeza: una de las más feas es “La puerta de la Rioja”. Entonces levantan los ojos al cielo, presas de ira estética. Una de las hermanas sugiere que habría que atentar contra esos edificios de ladrillos símbolos del mal gusto mientras me ofrece un dulce de nieve de azúcar. La otra recuerda que en aquel lugar había antes una avenida de chopos, que precederá a un viñedo de la familia, “El Palomar”, al que se accedía por puertas de madera. De niñas, cuando cruzaban los portalones decían “esto es mío”.

          – “Era como entrar en un paraíso”

         Pero la infancia se fue y con ella las tierras. En su lugar, otros construyeron pisos, chalets…  y carteles. Les comento que parece que los regalaran en este pueblo y ellos aseguran que cualquier paso está anunciado: senderos de pequeño recorrido, la ruta medieval, la de las Sonsierras, el Camino de Santiago.

 Preguntas tontas, flechas y carteles

          – “Llevan sólo dos años puestos. Ya era hora. Estábamos hartas de dar explicaciones a los turistas, que siempre van con el libro por delante”.

         Entonces nuestra conversación gira sobre el afán del ser humano por lo que ha de venir. Concluimos que quiere garantizar el futuro incluso en gestos tan nimios como un paseo en vacaciones, hasta el punto que ya no sabe pasear si no es con garantías. Nos convertimos en observadoras de la especie humana:

          –  “Preguntan para confirmar que están en el lugar que les corresponde, para que sus pies, sus ojos y su cabeza coincidan”.

          De nuevo en mi camino, confirmo que vivimos en un mundo subrayado por carteles, flechas y señales, pues nada más abandonar a los Bezares Ibarloza me encuentro con el primer letrero, del control de Calidad de Aguas Europeo. Dice: “Sistema autonómico de información de Calidad de Aguas (SAICA). Estación Automática de Alerta. Proyecto financiado en un 85% por el Fondo de Cohesión de la UE. Inversión Primera Fase 34.100 euros. Constructora Adasa Sistemas SA”. Tanta información se da de bruces con el estercolero improvisado que encuentro pocos metros más allá, a la derecha.

          Atravieso vides para no perder de vista al Ebro mientras los carteles se multiplican. Reparo en el que reza bajo un abrevadero de “Ángel Arteaga-José S. Andrés”, que ha mandado escribir: “Prohibido coger agua. Bebedero exclusivo para ganado”. El siguiente anuncia cómo ir a San Millán de la Cogolla, “Patrimonio de la Humanidad”. Este sí que me deja en mi sitio, allí, los monjes escribieron los códices que albergarían las primeras palabras del Castellano. El origen de la lengua en la que escribo está tan sólo a una flecha de distancia. ¿Cuáles serían esas primeras palabras? ¿Hablarían de Dios, del Ebro, de los hombres?.

Los cultivos postizos de la vega

          Observo las formas artificiales de las cepas, enganchadas en hilos de metal para que no se venzan. Algunos racimos no supieron aguardar a la recogida y yacen en el suelo. Frente a las peinadas viñas, la vega se embrutece y planta cara a las rectas del cultivo, pero al final se queda  calva junto a una construcción aún por terminar, una escalera de granito que se abre bajo las ramas de un pino y una higuera y que no lleva a ningún sitio. En la otra orilla, la vega del Ebro pertenece a Álava.

          Más adelante encuentro una fuente construida junto a un hangar preparado para la cosecha. Tiene techo y asientos de piedra que invitan a sentarse a tomar la fresca además de agua. Solo entenderé dónde me encuentro hasta que encuentre el rotulito pertinente: estoy cruzando Viña Tondonia, propiedad privada de las bodegas Fuentes Heredia. El vino se adueña del recorrido. El cielo está adelantando el anochecer por culpa de la tormenta.

          Las bodegas muestran sus grandes paredes dormidas como estuches de joyas. Todo parece embriagado de silencio a los pies de Haro hasta que me cuelo en su centro y la urbe muestra su estómago reventado de gentes. Es la hora en la que las familias salen, con sus mejores trajes, a cenar con otros. Soy una ficha de damero colada en una partida de ajedrez. Me acerco a un grupo de mujeres para que me indiquen un lugar donde encontrar hospedaje y me hablan en plural, como si fuera la avanzadilla de un grupo más numeroso. He olvidado que hasta hace poco en España una mujer sin hombre carece de sentido. Ahora, por lo visto, para que yo tenga “sentido” he de formar, al menos, parte de un grupo.

          Cuando los demás se sorprenden porque viajo sin la constante compañía de alguien me pregunto a qué se refieren en realidad. Tiene gracia que en una cultura que promueve el individualismo se tema tanto la soledad, quizás porque en un planeta superpoblado la presencia del otro está prácticamente garantizada… De hecho en este mundo pocos viajes pueden hacerse en solitario. Pero sé que hay algo más: soy una mujer. Para nosotras viajar es extraño, a menos que lo hagas por obligación (emigración, exilio, refugio…), creo que lo que más incomoda es encontrar a mujeres que lo hagan sin la compañía de un hombre. Pero esas son las razones de los otros. Creo que viajar así promueve el encuentro con los desconocidos y ese ejercicio va a contracorriente en un mundo que promueve la prevención de múltiples peligros, en el que el racismo demuestra que el miedo al otro es real y palpable. Otras razones propias son que me gusta preservar espacios propios en movimiento y porque hay algo espiritual en caminar en solitario al margen de cualquier religión.

El heavy es de azúcar

          Termino en el “hotel Aragón”. Subo las estrechas escaleras que llevan a su entrada, en el segundo piso. Sus paredes destilan la marginalidad de las escaleras de servicio. Una gran puerta de madera está entreabierta. Tras ella, un chico con una melena y perilla que le dan un cierto aspecto aspecto heavy, ve la televisión en una mesa preparada para su cena. Explica que no dan desayunos y me acompaña al cuarto. Me mira entre tímido y entrón. Busca indicios, algo que le de pie, pero yo en lo que me fijo es en los pequeños cuadritos con chistes de náufragos y de Mafalda que adornan las paredes.

          Al entrar en la habitación, el chico heavy acorta distancias hasta el punto de que puedo oler su piel. Dice: “Cama doble, ducha con lavabo y televisión. El retrete está fuera, es comunal” y yo me vuelvo a perder en otros detalles: las cortinas de ganchillo de plástico, el dosel metálico tipo hospital de los años cuarenta, la colcha de flores, las paredes desnudas decoradas con goteras en el rincón dedicado a las duchas. Podría ser lugar habitual de obreros de paso, por ejemplo, o de vendedores ambulantes, o polvera de infieles…

          El recepcionista y yo bailamos con el paso cambiado, de ahí que cada uno vuelva a su sitio. Él a su cena y yo a la mía: un local adornado con útiles de tonelería en el que si me quedo es por la carta: Puerros rellenos de espinacas y gambas, crêpes con gambas, queso y no sé qué, patatas a la riojana con chorizo (primer premio pincho caliente en la II jornada Internacional del vino de Haro el 26 de junio del 99).  Evidentemente pido “un Rioja”. Julio, el dueño del local, me explica que es el de casa, o sea, nada especial, servido para el chiquiteo, que la gente prefiere crianza, pero a mí ese mismo me sabe a gloria.

          Saco mi cuaderno como si llevase a mi comensal en el bolsillo, y le coloco encima de la mesa para terciar con él una tertulia. Olvido que para muchos escribir es un acto casi privado, que inquieta a quien observa, sobre todo si es un lugar tan público como éste.

          –  “Pon que tenemos reservado el derecho de admisión”.

          Aclaro al camarero que no soy crítica gastronómica mientras pierdo la mirada en la marca de la botella (me sirven un nuevo trago): Viña Tondonia ¡el lugar en el que me colé esta tarde con su puente ciego y sus vides peinadas!. Entonces el joven me explica que bajo la nave que para mí carecía de sentido hay otra de crianza construida por excavación, armada en hormigón y cubierta. La bodega está abierta desde 1877.

           Enhebro un vaso con otro. Al cabo de un rato, el cuaderno, el espíritu de la mochila (que llevo agarrado a la espalda), el camarero y yo compartimos mesa en animada conversación, y juntos seguimos tomando chiquitos.

“Ten hambre, sostenla, sáciala en compañía. Al terminar, cuenta tu mejor historia… Verás qué sucede”   Cuando los ríos cuentan. Consejo n. 13

Compartir el pan con un/a amig@ y charlar hasta quedar dormid@s...

Mi amigo Buda

          Me ha venido el periodo. Me pongo de punta en blanco: mi falda pantalón azul con pompones beiges, que me deja los muslos al aire hasta el borde de la íngle y la camiseta blanca sin mangas que ya perdió su prestancia alba, pero no importa. Me embadurno de crema. Por supuesto, para hoy la mejor ropa interior: un tanga bien escotado y un sujetador haciendo juego. Y el pañuelo que suelo llevar al cuello me lo pondré en el pelo. Rojo pasión. Me miro en el espejo: perfecto.

          Salgo del hostal junto con otro hospedado, un señor moreno con inmaculada camisa rosa, piel canela y gestos amanerados. Vamos al mismo bar y nos sentamos, por azar, en la misma mesa. Se llama Francisco, vive en Málaga y es vendedor ambulante. Por lo que cuenta, trapichea con todo: acaba de traspasar un piso (suyo) en Torremolinos, es representante de perfumerías y a veces comercia con productos bancarios (“para no darle vueltas a la cabeza y conocer otro tipo de gente”). Se ha divorciado hace poco de una mujer más joven que él y se ha quedado “hecho polvo”, pero ya lo va superando. Trabajó diecinueve años en un barco, “de la Shell”, se fue de España cuando Franco por razones políticas y a bordo estudió francés con un profesor amigo suyo de la Sorbona que le daba clases por la noche. En el barco estudió italiano y portugués con los trabajadores.

          – “Los idiomas son la mejor arma para vender porque te entiendes con todos”.

          La conversación dura lo que un cruasán en mi plato, es decir, muy poco. La doy por zanjada tras apretar la punta de mi nariz en la cristalera de la cafetería. Me preparo para la lluvia delante del vendedor, que mira embelesado, como si estuviera viendo vestirse a una streaper. Le dejo con su cara de éxtasis y la cuenta por pagar.

El período marca el ritmo

          Haro viene de faro, es decir, del villorrio que cuidaba de la luz que alumbraba la desembocadura del Tirón sobre el Ebro; de ahí las empinadas cuestas por las que me arrastro en busca de la atalaya que me permita ver la confluencia de los dos ríos y otra perspectiva de las bodegas por las que pasé ayer, de los campos domados por las vides, del cruce de carreteras con el ferrocarril y de la inmensidad de las nubes. A mi espalda, en la cumbre de la pendiente, me observa la iglesia de Santo Tomás con su torre tarjada.

          Sé que en cuanto cruce el puente volveré a Álava y con él llegará la lluvia de rótulos del tipo “visite nuestro bar” en torno a la Rioja y su ruta el vino, seguro. A estas alturas del viaje los carteles se convierten en rediles que devuelven mis monólogos a significados ya conocidos. Impiden, de algún modo, que yo ordene el Ebro a mi manera.

          Afortunadamente tras el puente lo que encuentro es un Ebro ancho e imponente con el que se pueden improvisar conversaciones no guiadas. La satisfacción es breve porque enseguida aparece un estercolero industrial (llantas, máquinas abandonadas, vallas oxidadas…) disimulado entre los setos. La menstruación afloja mis piernas. Por primera vez cuento los días que me restan para el final. No soy capaz de ponerle una cifra: ¿veinte? ¿treinta?.

          Llegar… imagino que al mar, pero eso queda muy lejos. Podría parar aquí o allá, o incluso volver a Madrid y dejarlo todo, podría desbaratar en cualquier momento mis planes, cambiar el criterio, podría dejar de dolerme el hombro y tomar un tren en dirección a cualquier otro lugar del mundo, sin embargo estoy aquí, permanezco al lado de un río del que no bebo, en el que no nado, y al que sigo sin entender. Sin embargo hay una certeza orgánica, un lazo biológico que siento crecer cada día y no sé cómo expresar. Quizás tenga que ver con un placer de pisar por donde otros no darían un paso, igual que apuesto por quienes otros no levantarían un dedo. Los funestos siempre tiran para atrás a los bienpensantes, incluso cuando se trata de simples caminos. Esta aventura no tiene que ver con el riesgo sino con lo incómodo, no hay más triunfo que el encuentro con las dulces vegas donde se multiplican las aves, como la de ahora, un minúsculo paraíso previo al “Recodo de Gimileo”, un pequeño bosque de chopos con cierto “atractivo natural”: El río aparece cubierto de juncos y de aves, ajeno al vaivén de las obras en la otra orilla, un gozo que dura poco, pues nada más entrar en él rincón del tal Gimileo encuentro basuras de todo tipo dispersas entre los primeros árboles.

          Concluyo que los edenes, por pequeños que sean, esconden infiernos proporcionales. Me doy cuenta que no debo pasar por la emoción cualquier asunto que no coincida por mi lógica. Los valores no son emociones. En la naturaleza no existe el binomio bueno / malo sino equilibrio / desequilibrio. Mientras, busco el nuevo lugar desde el que vincularme con el río, mis pies avanzan entre las ramitas altas, que crecen entre los chopos, algunas me llegan al rostro. Como no sé de botánica imagino que todos estos frágiles brotes son un “retoñal” de chopos y ando con cuidado tierno para no triturarlos con mis pies. Faldita al viento, pañuelo ondeante… hasta la blonda del tanga se ondula, me dejo llevar por la puesta en escena. Me abandono en el lirismo hasta que un hormigueo, que pronto se convierte en ardor, me invade las piernas hasta el borde de la ropa interior; me punzan los brazos, las axilas, el cuello. Salto y corro en medio de improperios: ¡estoy en medio de una enorme “plantación” de ortigas!.

Alucinar antes de que llegue la fibre

          Llego al corazón del recodo de Gimileo con el cuerpo hirviendo y, eso sí, la faldita, el tanga y la camiseta, inmaculados. Ando de espaldas chuleando al ortigal que, inmóvil, permanece tras los chopos después de haber lamido largos centímetros de mi piel. En esas estoy, mostrándole el dedo anular, hecha una insensata vociferante, cuando me topo con una familia que me mira de hito en hito desde su casa prefabricada. Yo tampoco doy crédito a lo que veo. La casucha parece sacada del cuento de los tres cerditos. La de ellos no es de papel, ni de paja, ni de ladrillo, sino de polietileno.

          Dos chicas juegan a las cartas sobre una mesa desplegable de plástico y en sillas del mismo material. Han embadurnado de crema su transparente piel, que se deja ver bajo los tirantes de sus bañadores oscuros. A ellas las define el sobrepeso; a ellos, el sobrepelo; al paisaje, los socavones y las basuras. A todos les ha dado por un exceso de feísmo que sublima lo kitch, precisamente por ello son espectáculo. Yo también formo parte de esta película de futurismo hortera, sudada, con mi ropa “pseudochic”, de colores macilentos, la piel curtida, cortada, seca, maltratada, el pañuelo rojo en la cabeza… y perdida en este páramo donde no hay árboles sino arbustos e inexplorables choperas.

          El hombre de la casa (torso al aire) me indica cómo leer el mapa. Me doy cuenta que pese a ser dueño del terreno, no lo ha paseado; es de los que recorre sus posesiones en coche. No sé si por las recientes lluvias o porque el río rezuma, pero los agujeros abiertos en la tierra que rodean su casuca son ahora pequeñas balsas donde van a beber los patos. Cuento 12 moscas en mi brazo derecho.

          No puedo más y, cuando tengo la certeza de encontrarme al fin lejos de toda mirada, busco un rincón donde cerrar los ojos y olvidar. ¿Quién dejo que este es un viaje en solitario?. A estas alturas el río hace codo ciego e isla; una pequeña muralla en el margen derecho consigue conducir la mayoría del agua a un solo cauce, el artificial, y casi ciega la vía natural, que hace “isla”. He pasado junto a una pequeña presa.

La jabalí y yo salimos pitando

          Cuando me levanto me doy cuenta que he estado apoyada en el poste donde antes se sujetaba un cartel que avisa de una amenaza: “Atención. Peligro. Variaciones bruscas del nivel de agua”. Me cuesta entender el mapa, así que lo doblo y lo guardo, dispuesta a seguir a ciegas. Hago un esfuerzo por estar y mirar por donde piso.

          Veo… hojas. Veo…sombras. Veo… casquillos de cartuchos. Veo restos de las fogatas de los cazadores. Veo las marcas de sus botas. Veo la huella de un jabalí. La reconozco por los apuntes del profesor de Montejo de San Miguel; en su cuaderno de apuntes se mostraba a tamaño natural, ocupando toda la página. Veo rellanos de mies aplastada en medio de prados abandonados. Varios metros más allá, entre el cereal seco, distingo un movimiento. Escucho una respiración profunda, parecida a una pareja retozando. Un gruñido, una mancha marrón… Veo el lomo de un jabalí que sale corriendo hacia mi derecha. Me disparo hacia el frente y no dejo de correr hasta llegar a otra central eléctrica. Cuando lo hago es para reírme, sin resuello: Habría que verme con cara de pánico, cargada hasta arriba, cojeando y encima con esta pinta. Imagino también el susto del pobre jabalí.

          Entonces suena el móvil. Es mi amigo Buda. Está en la zona y quiere verme. No esperaba “visitas” y me invade la absurda urgencia de “adecentar” el Ebro, ¿o es el trayecto? ¿o mi presencia?, pamplinas. Quedamos en que nos encontraremos de camino a San Vicente de la Sonsierra. Me parece tan divertido quedar así, en el tercer árbol según se sale por la derecha…

          Al final de esta presa las aguas se paradas por el azud se vuelven a unir, crean un pequeño claro que atrae a las aves y a sus cazadores. La senda que ellos han abierto desemboca en un camino de asfalto que culmina con un cartel en el que leo “Senderos pequeño recorrido”, ruta de la Sonsierra Riojana. Me muevo entre la estupefacción y la ironía: soy tan ridícula como un soldado haciendo maniobras en un campo de tiro. Entre la realidad y la ficción, muelas superiores e inferiores de la misma boca, voy mordida. Todas mis aventuras no lo son, como en estos mapas levantados por otros no hay enemigos; de alguna manera ortigas y jabalíes no son más que nimios juegos y sin embargo pican y embisten.

El abrazo de Buda

          Cuando el skyline San Vicente parece cercano, llamo a mi amigo. Ha aparcado el coche en Briones, en la otra orilla, y lleva un par de horas intentando encontrarme junto a la vega y allí sigue, peleando contra las zarzas. Rebufa mientras habla. Nos reímos. No somos capaces de fijar nustro arbol de encuentro porque todos se parecen, así que decidimos que nos veremos en la plaza Mayor del pueblo.

          El camino se empina y a medida que me despego del Ebro el paisaje se despeja. De lejos, los ojos de las laderas de San Vicente y Briones son bodegas y merenderos. Las de Briones parecen cuevas excavadas en roca frente a las más elaboradas que ahora veo de cerca en San Vicente. Camino. Una bodega y otra bodega y otra más y otra. Todas ciegas. Allí duermen caldos hechos con uvas de tempranillo, viura y garnacha y malvasía…

          Los ancianos juegan a las cartas. Doy cuerda al camarero a pesar de que no es precisamente el mejor ejemplo del relaciones públicas. A fuerza de preguntarle me entero que la primera isla que encontré en el camino pertenece a “un particular” mientras que la que queda a la salida de San Vicente, junto a la central, es del pueblo y se puede visitar cruzando el puente (a la otra sólo se puede acceder por barco). Me hago servir una copa de esas botellas que luce en sus estantes. El que me atiende explica que estas bodegas utilizan exclusivamente la variedad tempranillo peludo.

          Le señalo un cartel en el que un grupo de penitentes se flagelan las espaldas hasta que la sangre mana de sus heridas. Se trata de “Los picaos”, un oficio religioso que no ha dejado de celebrarse año tras año cuando llega el Jueves y Viernes Santo, la Cruz de Mayo o la Cruz de Septiembre. Veo la cara de dolor que lucen los de la ilustración y me acuerdo de las ortigas. Miro con detenimiento la foto y compruebo que el material que utilizan los cofrades de la Vera Cruz no se ha sofisticado con el paso del tiempo: son madejas de hilo crudo con bolas de cera y vidrios en sus extremos. No entiendo cómo este cruel rito puede convivir con el miedo a la enfermedad y los contagios propios de nuestra civilización.

          Por fin entra Buda en el local. Nos damos un fuerte abrazo. Doy excusas por mi aspecto. Le hago ver mis marcas de guerra. Nos damos explicaciones. Como era de prever, él se fue por un lado y yo por otro. Me enseña los restos de zarzas que aún lleva prendidos en los cordones y sonríe. Le miro de arriba a bajo, sudando bajo su eterno pantalón negro y camiseta de igual color. Salimos del local en busca de aire y dejamos el vino para consumir bebidas frías con mucho azúcar en una terraza junto a una fuente con cisnes blancos y negros cuyos picos dorados expulsan agua potable.

Mareamos la perdiz

          Empezamos a hablar de cosas nimias. Nos cuesta encontrar un tema de conversación. Comenzamos a deshojar las confidencias mientras damos una vuelta por el pueblo, siempre cuesta arriba, hasta alcanzar los pies de su castillo. Contemplamos el Ebro y el sólido puente de factura medieval, capaz de aguantar crecidas y riadas a pesar de estar fuera de uso, sin dejar de rumiar ligeras confesiones.

          La tarde avanza y los primeros adultos se animan a salir. Uno de ellos nos cuenta detalles de las bodegas del pueblo. Decidimos seguir el juego de “nuestro vino es mejor que el suyo” y comenzamos el chiquiteo. Templados y charlatanes, recorremos la cañada real que une San Vicente con Briones, cuyo empedrado se encuentra en mal estado. El margen derecho del río me parece más suave que el que recorrí en solitario hace unas horas. El hecho de que Buda lleve parte de mi equipaje contribuye a esta sensación de bienestar… y esos dos vinos allí y aquel otro en Briones…

          Briones aún conserva parte de su recinto amurallado, que atravesamos por una de las puertas que aún permanecen en pie. Uno y otro pueblo están marcados por su condición de frontera entre los reinos de Castilla y Navarra. Nos indican que quizás encontremos cama en la casa rural que el pueblo ha estrenado hace poco. Ninguno de los dos ha hablado de dormir, ¿por qué, entonces?. A Buda le da por leer un folleto en alto. Por él nos enteramos que esta localidad conserva el nombre de los antiguos berones, pueblo celta “que poseía este país cuando los romanos conquistaron la España”, aunque, según indican los hallazgos arqueológicos (que se suceden con regularidad en ambas orillas del Ebro), tuvo pobladores más antiguos, de la Edad de Bronce. Los árabes lo llamaron “Vélez Assikia”, que significa “Tierra de acequias o regadío” y en tiempos de Alfonso VI aparece por primera vez el nombre de La Rioja vinculado con la zona.

          – “Tengo hambre”.

          Buda en la ducha (es sexy)

          Buda se empeña que duerma en una cama, que cene bien… Cuando le digo que hasta ahora sólo he dormido bajo techo en los días de lluvia caigo en la cuenta de que se trata de mi acuerdo no verbal con el Ebro. El cielo es nuestro lecho común. Aunque una cena no siempre lleva a otra cama… y, además, tengo ganas de hacer chistes, de compadrear y de charlar hasta las mil y monas.

          Lo hacemos, en el mismo local que ayer, y cuando ya la noche es tan oscura que se hace difícil encontrar un rincón junto al río, Buda me acompaña lentamente, tras su sonrisa, al hotel en el que dormí anoche. El heavy sigue allí, nos mira de soslayo y escruta a mi amigo. Casi sin saludar nos lleva a una habitación en obras, con una cama de matrimonio y la ducha al final de una intrincada escalera de caracol.

          – “No hay más”.

          No sabemos qué decirnos. Yo pensaba que Buda se iría. El pensaba… nuestras dudas aparentan regateo, de modo que el chico saca de su chistera otra oferta: un dormitorio con dos camas y ducha dentro en la que nos instalamos sin rechistar. Buda se encuentra muy cansado y acepta compartir cuarto.

          La ducha que han habilitado en una esquina de la habitación tiene las mamparas esmeriladas. Me lanzo al agua de la manera menos sexy que se me ocurre: cantando (tengo un oído de espanto). Salgo de la ducha envuelta en la toalla con la expresión más inocente que encuentro en mi repertorio. Ahora le toca a él. Tras el cristal, la silueta de su pene erecto.

“Cuando sientas que has alcanzado la cima, haz una labor humilde. Entenderás a los torrentes, reirás como ellos”   Cuando los ríos cuentan. Consejo n. 14

Aprendí a amar como l@s caminantes, juglares, vagabund@s… : amar de una vez.

El último de los nobles


          Llevo muchas horas contando el Ebro a Buda. Es la primera vez que veo este viaje como un relato. Por fin tanta palabra tiene un sentido: estoy realizando su retrato. A partir de este momento convierto esta nueva condición, la de escriba del Ebro, en mi tarjeta de presentación.

          Buda canta una de Manu Chao mientras conduce. Se acerca el final de nuestro encuentro y él está como si quisiera decírmelo todo de golpe, deshila recuerdos en los que incluye el río de su infancia, el Arlanzón: Les quedaba a un día de viaje de donde veraneaban. Allí iban con la paellera y todos los ingredientes. Los niños cazaban cangrejos con redes y cogían peces con las manos que nunca llegaban al plato…

          Llegamos al Ebro de Briones y extendemos el mapa sobre el capó. Buda sigue sin entender mi empeño por bordear el agua y me ofrece rutas más sencillas. En ese momento aparece Mª Ángeles, una mujer de pisada enérgica y pantalón corto que cumple con su rito mañanero: tomar café en la gasolinera porque es el lugar más alejado de su casa “y porque no lo puedo evitar”. Se refiere a andar: no puede evitar andar.

          Se presenta como la autora de “la ruta de la alpargata”, una serie de recorridos de dos horas a pie por los alrededores del pueblo que elaboró hace tres años con la asociación de amigos de Briones. Ella misma hizo los planos, contó incluso con fotos aéreas, hasta reconstruir la zona en un mapa grande. Estreno mi identidad y digo que escribo un retrato del Ebro. Lo hago con pudor y en cambio ella lo recibe con naturalidad. Mi perfil le da pie para hablar más.

          Es grupal, dice que le viene de su abuelo, Villate, alcalde de Briones durante la República. Duró tan poco aquel periodo de la historia que muchos de sus sueños se quedaron en el aire, como levantar una posada gratis en los bajos del Ayuntamiento para que cualquier transeúnte tuviera al menos tres días de descanso gratis y sin mayores problemas.

Ángeles para la despedida

          Miro de reojo a Buda, que pelea con el aceite de su tostada en el poco idílico bar de una gasolinera donde Mª Ángeles nos ha invitado a desayunar. La está escuchando atentamente, no pierde ripio. Ahora está contando que pertenece a dos cofradías, la de Santa Lucía y la del vino (de Rioja), que en su familia están “juntos como en un racimo de uvas, que cada grano va por su cuenta” y que el vino bueno “no tiene bandera” porque los agricultores lo vendían a las grandes bodegas y la cuba que no salía al mercado se “echaba el pueblo”: sacaban un trapo fuera de su cueva e invitaban a quien quisiera a tomar un trago. Ocurría en los años en los que no había ni tela para bandear, sólo miseria, de modo que ante la señal (y con la tarde vencida) acudían en carro los jornaleros, pertrechados de tomate, un pimiento, sal, aceite, dos raspas de bacalao o sangrecilla de cordero.

          La mañana avanza y yo debería de partir. Lo digo en alto y los dos reaccionan de la misma manera: recogen sus cosas y se levantan, Buda sin dejar de oír y Mª Ángeles sin dejar de decir. Yo ando, ellos también. Yo voy a mi Ebro, ellos no lo sé. Insisto en que me estoy yendo y ellos asienten mientras hablan de su infancia. La de Mª Ángeles está situada en la isla de San Vicente, conocida como “El seto”. Pasé frente a ella ayer, después de huir del jabalí:

          – “Había hasta nutrias. Allí aprendí a nadar”.

         Por sus descripciones me doy cuenta que me perdí un Ebro divertido. En la otra vega acoge a la ermita de Santa Lucía y su molino de harina, la ermita de San Andrés (también con molino), el puente sobre el ferrocarril, el molino eléctrico (que subía el agua al pueblo y tenía un generador) y los restos de un puente de piedra, de un arco, que cruzaba el río y daba al muro del tren.

          Ahora soy yo la que me vuelvo niña e imagino paisajes. Me dan ganas de volver sobre mis pasos y recrearme en él, pero una parte del juego es ese: aceptar la ruta como venga. Fuerzo el fin de la conversación. La mujer se empeña hasta el último minuto en su labor de instruirnos. Explica, por ejemplo, que en esta zona el Ebro es una mala tentación para ciertos agricultores pues estas viñas no deben regarse, de lo contrario perderían su denominación de origen. Nuestra despedida queda envuelta en sus palabras. Buda me dice al oído “nos llamamos” y yo le murmuro “parece que su bodega tiene buena pinta”. Ella sigue contando que en la alcoholera de Cenicero hacen orujo con el hollejo de la uva. Buda dice “me quedaré sólo un rato”. Mª Ángeles le ha propuesto tomar un buen vino en su bodega. Zanjo el adiós con un fuerte abrazo. Buda lleva las manos en los bolsillos.

Aprendo a ir más ligera

          Con él se va una parte de mi mochila, ayer le dí mi cámara de video, el móvil (que ha dejado definitivamente de funcionar), los dos tomos del Quijote… La mochila pesa la mitad y sin embargo me entorpece o quizá sea que el Ebro se haga el duro y no se muestre.

          Cuando por fin toco el agua, el río es un remanso verde capaz de envolver los tiros que me acompañan desde ayer. Junto a la vega, un cartel indica “zorzal número 7, 20-10149”. Es así como concluyo que son cazadores de aves y que estoy en uno de sus pustos. El número 7.

          Las espinosas y enmarañadas malezas me empujan hacia la cumbre de un collado en el que pierdo el resuello. No hay sombra que me cobije. A la izquierda, la sierra Cántabra, y a la derecha un castillo. Me estremece la sensación de haberme colado en la Edad Media por una grieta del paisaje y estar vagando entre las líneas de un libro de historia. Frente a mí, un edificio rehabilitado y vacío parece dormir en medio de la nada. Según el mapa, quizá sea la ermita de San Juan. Me acerco, confiando en encontrar un manantial. La casona conserva un escudo en su interior en cuyo relieve distingo viñas cruzadas por un río pero para mí no hay ni gota de agua.

          Avanzo por la ladera seca, a los pies del castillo, poniendo los míos en madrigueras, que convierto en improvisados escalones. La calima ablanda el horizonte y mis pasos. El toro de Osborne se muestra a lo lejos con el mismo endiosamiento. El fuerte olor a vino de una cooperativa vinícola me saca de la contemplación. Más allá se apunta el pueblo de San Asensio y entre él y yo, el Monasterio de las Estrellas. Los frailes se instalaron en la finca hace casi cien años y durante varias generaciones el convento fue mantenido por una familia de creyentes, pero se vieron obligados a adaptarse a los nuevos tiempos y se hicieron de la Salle. Ahora cada vez son cada vez menos y para mantener sus tierras dan oficio a los chavales que allí se instruyen y forman parte de la cooperativa.

Los caballeros de Torremoltabo

          De repente el Ebro recupera los árboles de la vega y yo calmo el resuello bajo sus sombras; le observo. El Ebro parece tener prisa, pero no se aturrulla, simplemente corre. El Najerilla se presenta quimérico, con vegas amplias, según las crecidas. Si un año inunda 10 metros de su izquierda, al siguiente lo hace por su derecha y en ambas partes deja un rastro de arena y grava. Los devaneos de este río han hecho que los habitantes de Uruñuela y San Asensio se enfrenten a él durante generaciones con mallas de metal, frentes de piedra, cualquier elemento, con tal de impedir que arranque los cultivos.

          Pronto las arboledas me obligan a seguir el río por su murmullo. Al final de un camino de tierra abierto entre las cepas se asoma una casa. El horizonte recorta las siluetas de dos caballeros, delgados, vestidos de azul, igualmente erguidos. Nos vamos acercando sin dejar de mirarnos. Cuando llegan a mi altura, soy yo lo que les abordo.

           – “Buenas tardes, ¿Si voy todo recto llego al pueblo?”.

           – “Pero usted ¿a dónde va?”.

           – “A Torremontalbo”.

           –  “¿Y allí le espera alguien?”.

           –  “No”.

           –   “¿Va sola?”.

           –  “Si”.

           –  “¿Y dónde duerme?. Se lo digo porque en Torremontalbo no hay hoteles, hostales ni pensión alguna. Si quiere le invito a pasar la noche…”.

           –  “¿En un rincón de su jardín, junto a la pared de su casa…? Si no le importa, se lo agradecería”.

          Mi interlocutor es un señor delgado, de piel tostada y mirada inteligente, que me observa de arriba abajo entre perplejo y divertido.

          –  “Podría ser en el garaje” -El caballero se dirige a su acompañante, que, por el parecido, deduzco que es su hijo. Ambos asienten- “¿Y mañana se va?”.

          –  “Sí, sigo el recorrido del Ebro, estoy escribiendo un libro”.

          El hombre levanta la mirada y reitera su oferta y se despide. Quieren terminar el paseo vespertino. Antes sello nuestro acuerdo con un apretón de manos. Le digo que iré al pueblo a tomar algo y que luego le esperaré junto a la puerta de su casa.

          – “Sí, de una vuelta y venga cuando quiera”.

          Entonces se me ocurre preguntarle el nombre. No nos hemos presentado.

          – “Por si me pierdo”.

          – “Pregunte por la casa del sr. Amézola. De todos modos no se perderá, en el pueblo son sólo…”

          –  “6 ó 7 casas, por lo que se ve en el mapa”, vuelvo a interrumpir.

          –   “Bueno, ó 25”.

          Observo cómo se alejan, mientras yo también camino. Andan de memoria, con los ojos vueltos a los paisajes interiores de su conversación. Paso delante de la casa blanca, grande y simple, que veía al final del camino, junto a un caserío lujoso con bello jardín. Según las indicaciones del sr. Amézola, cualquiera de las dos podría ser su residencia.

La sutil ironía del señor Amézola

          Pronto me doy cuenta que el pueblo es en realidad una sucesión de palacios. De un coche de lujo aparcado junto a la torre fuerte de los Zúñiga (según reza el cartel), sale un elegante conductor con equipaje de mano. Le abordo, me explica que esto no es un pueblo sino una suma de haciendas y edificios propiedad de diversos miembros de la misma familia, los Manso de Zúñiga.

          – “Está usted en tierras del Conde de Hervias” .

          Sólo me queda esperar, y lo hago en la intersección de las tres casas: la blanca y con los ventanales cerrados, la de la arbolada llamativa y aquella en la que alguien toca la guitarra eléctrica. Hago de mi mochila un trono y allí me siento, mordisqueando mi último trozo de queso mientras hojeo mi cuaderno de notas. El cielo enrojece y Torremontalbo duda entre lo tétrico y lo cálido. El crepúsculo recorta las figuras del sr. Amézola y acompañante. Cuando llega a mi lado, me pongo en pie y sonrío.

          –  “¿Qué tal le fue en el pueblo?”

          –  “Me encantó la torre”.

          El sr. Amézola me invita a entrar en un cuidado jardín. Alcanzo a su lado el porche de la vivienda principal. Alrededor de una larga mesa, tres adultos saborean el caer de la tarde con una conversación lenta. Su hija deja el que está leyendo encima de la mesa y me da un fuerte apretón de manos. Su hijo, algo distante, me saluda educadamente. Su nuera sonríe con delicadeza. El primogénito, que le acompañaba en el paseo, me ofrece un sitio. Me comentan que en este momento viven en la finca cinco hijos, nueve nietos, el yerno y las nueras y los abuelos, y que esta es una residencia de verano, aunque fue donde creció el sr. Amézola.

El tío Domingo (santo y “de la Calzada”)

          Conversan con naturalidad sobre lo cotidiano, a medio camino entre la confianza y la indiferencia. Uno de sus hijos, el arquitecto, ha pasado el día en Bilbao; quería ver una exposición de Chillida y comer en el restaurante de un conocido cocinero vasco. Escucho en silencio, mientras bebo agua fresca y acepto un dulce. El sr. Amézola está deseando hilar su relato.

          – “Esta finca es de la familia de los Montalbo desde el siglo XV. Yo soy Montalbo por parte de madre”.

          La familia ostenta el título de condado de Hervías porque éste (Hervías) era el pueblo de nacimiento de los Manso. Ahora mi anfitrión es dueño de las viñas mientras que las bodegas son de su hermano. Mientras habla incorpora a sus hijos en la conversación, buscando la complicidad de su memoria. Así, hablan del “tío Domingo” para referirse a Santo Domingo de la Calzada, del convento de Silos. Y luego me explican que llevan Domingo de segundo o tercer apellido.

          La torre que da nombre al pueblo data del siglo XIII y es propiedad de su primo. El alcalde fue un primo hermano suyo durante años, pero murió atropellado (una carretera importante parte el pueblo en dos) y pasó a ser alcalde su sobrino, por supuesto después de unas elecciones democráticas. Torremontalbo es un municipio con casa consistorial, alcalde y concejales. De hecho es el primer pueblo que aparece en televisión con el resultado electoral porque son diez personas censadas y siete pertenecen a la misma familia. Como todo edil que se precie, cada aspirante a la alcaldía hace campaña, elabora su programa electoral, tiene estrategias… En las últimas elecciones se presentaron el primo y el sobrino del sr. Amézola como independientes y ganó el sobrino. Su oponente, dolido, se refugió en París (donde reside habitualmente) durante unos meses, hasta que se le pasó la indignación.

El noble amor por la tierra y la memoria

          Conservar esta unidad administrativa y de sangre es difícil, de hecho hasta el momento las tierras no han salido de la familia gracias a que el abuelo tenía varias fincas, lo que ha evitado problemas a la hora de repartir la herencia, pero ahora “le tocará una cepa a cada uno de mis hijos” . Esto cambiará la identidad del pueblo en pocos años, pues la tierra dejará de ser rentable por sí misma y alguno caerá en la tentación de vender; por eso el sr. Amézola se empeña en recordar (por cierto, me entero que su nombre de pila es Rafael), que hace tan sólo cincuenta años el 40% del país era agrícola. Reivindica que la relación con la tierra va más allá que su uso urbanístico y que todo ha cambiado a demasiado velocidad; sin ir más lejos, aquellas tierras en las que hoy se enseñorea el vino hace veinticinco años estaban dedicadas casi exclusivamente al cereal.

          – “Se cultivaba con peones y las cepas se labraban de una a una”.

          Los jornaleros abrían un surco en torno a cada raíz. Había de 10 a 12 por cada arranque.

          – “Era pura artesanía, frente a esta producción industrial”

           Rafael mira a los ojos cuando habla y yo le imagino de niño, en un pueblo en el que llegaron a habitar unas 120 personas.

          – “Aquí vivía el ferroviario (capataz de la vía), los peones de la finca, la maestra… Don Juan, el cura, venía de Cenicero y vivía aquí. Y además estaba mi familia, claro”.

          Tenían hasta cárcel, aguardentería, herrería… Así era el mundo cuando estalló la guerra. Le pregunto por ella. Él sólo se enteró por los trenes llenos de soldados que iban al frente de un lado y del otro, pero sí recuerda los sucesos del 33. Aquellas navidades la Rioja se cubrió de incendios y asaltos. Ardieron Logroño, Haro, Calahorra, Arnedo y Santo Domingo. En Cenicero y otros se proclamó el comunismo libertario. El pregonero municipal de Briones, precedido por la bandera rojinegra anarquista leyó un bando en el que se aseguraba que  “Acaba de implantarse el comunismo libertario en toda la península ibérica, y todo aquel que no obedezca al régimen será fusilado o deportado a saco”. Ocurrió lo mismo en San Vicente, se rebelaron contra la República. En San Asensio, incluso, quemaron el retablo y mataron a palos a dos guardias civiles.

          – “Fueron años difíciles. La guerra siempre es cruel”.

Coincido con Melchor Gaspar de Jovellanos

          Enseguida cambia de tema. No creo que sólo sea porque es políticamente incorrecto, sino porque prefiere hablarme del río. De vez en cuando insiste en que los datos y anécdotas que me da son para mi libro. Me impresiona su formalidad y que ya crea en él. Para el sr. Amézola ya existe, por eso me da, me da…

          El Najerilla nace en la sierra de la Demanda, es de corto recorrido y fue muy bravo durante años, hasta que hicieron el pantano de Mansilla, entonces desaparecieron las riadas, ciertos trabajos y muchos juegos. Por ejemplo, dejaron de bajar con neumáticos de camión por el Najerilla hasta la boca del Ebro. El pueblo empezó a cambiar su fisonomía a finales de los años cincuenta. Se fueron tirando casas y aunque alguna se ha reconstruido como segunda residencia, al menos han desaparecido 10 viviendas…

          Hasta que no llega ella no me doy cuenta de que todo este tiempo hemos estado esperándola. Es elegante y rígida, peina un moño que sólo he visto en Carmen Polo de Franco, sin un pelo fuera de sitio. Al enterarse que soy de Madrid me dice que se crió en el barrio de Salamanca, Serrano con Diego de León. Se disculpa ante todos, se le alargó la merienda, y me mira con extrañeza, Mi anfitrión le explica que estoy escribiendo un libro sobre el Ebro y entonces le da un argumento que me deja de piedra: el político, escritor y economista, Melchor Gaspar de Jovellanos, pasó por esta casa.

          – “Y durmió dos noches en la hostería, que era la casa de la tía Maripi. Estaba escribiendo su libro “Viajes por la Rioja””.

Duelo de damas

          Parezco la única sobrecogida. Si hoy paso la noche bajo techo y en mullido colchón es gracias al bisabuelo del conde de Hervías y a Gaspar de Jovellanos. Me doy cuenta que a la dama le pasa como a mí, que no es capaz de descubrir en mí algún rasgo excelso. Concierto desdén comenta:

          –  “Irás preparada para todo”.

          –  “Si así fuera me pesaría demasiado la mochila”.

          Prefiero colocarme yo en mi sitio. Educadamente ella me ofrece cama y ducha; lo de cenar es sólo una formalidad que yo también rechazo muy formalmente.

          – “Ya cené, mientras esperaba..”.

          Todos sabemos; ellos, yo y mi estómago, que no es posible. Aún así, les doy las buenas noches con un beso. Sé que este gesto invade pero también yo quiero establecer los límites. La dueña me da la mano, yo me acerco a su mejilla y beso el aire, un “cheek to cheek”. Dejo para el final a Rafael Amézola, con él es otro el juego. Entonces me toma del brazo y me cuela en el interior de la vivienda, sorprendiendo a todos, incluida su esposa. Quiere enseñarme una fotografía. Se trata de un recorte de prensa que pende de una de las habitaciones, enmarcada y tras un cristal. Es un retrato de familia.

          –  “El día en que fueron héroes”.

          El artículo está datado el 4 de julio de 1903, en Torre del monte Albo. Se titula “La catástrofe del puente de Montalvo”. El pie de foto reza: “La familia del exmo. Sr. Conde de Hervías, que prestó los primeros y más eficaces auxilios”. Se refiere al abuelo de Rafael. Aquel día, su tía Soledad fue nombrada heroína porque, haciendo caso omiso al peligro, se rasgó sus vestiduras para salvar a los viajeros que fueron a parar al río tras el descarrilamiento del tren. Me acerco al retrato, reviso los rasgos de la regordeta heroína, su vestido blanco, las enaguas, el Ebro (línea sepia a sus espaldas). Con el relato a medio contar, me retiro. El sr. Amézola ha de  cenar. Con los suyos.

“Vagabund@s suci@s, de pies doloridos, alegres y desastrad@s. Observa: Ellas, casi siempre, van solas”.Cuando los ríos cuentan. Consejo n. 15

Ahora tocaba aprender que también las pesadillas tienen los días contados y que para salir de ellas es importante saber gestionar las energías.

Instinto neardenthal


          Los condes de Hervías duermen. Salgo de puntillas de su hacienda. Me muero de hambre. Ante mis ojos las vides e invernaderos en los que ahora descubro jornaleros de Indonesia son supermercados naturales llenos de tentaciones. El estómago me hace torcijones. Miro con deseo las peras y las uvas, pero freno el hambre por miedo a los insecticidas. Unos frutales crecen por su cuenta junto al río, en las lindes de las parcelas. Los tractores les obvian. Sus frutas son irregulares, formadas al capricho de la madre. Arranco con avidez lo que estrictamente pienso comer: dos ciruelas, una pera y una manzana. Froto su piel contra mi ropa una y otra vez.

          Hinco el diente con ganas, sin dejar de caminar y me invade la placidez. El camino es más verde de lo acostumbrado en los últimos días y eso aumenta mi sosiego. Miro el Ebro con dulzura. Un río no es sólo agua sino lo que ella genera, su presencia. El río, que durante siglos no tuvo una existencia más que parcial, ahora es un objeto de valor. La escasez de agua le hace visible. El agua es un objeto escaso en esta sociedad construida en la ley de la oferta y la demanda, por tanto su valor es cada vez mayor. Caminando a su lado, respetándolo, dejándome la piel, mi tiempo, mis sueños, el Ebro adquiere otra dimensión más cercana en la que sobran adjetivos (ética medioambiental, ecología…). Sencillamente el Ebro es; y él y yo somos parte de la trama de la vida en la que todos los seres vivos están vinculados por una red de interdependencias. Yo también.

El poder de las zanahorias

          Me gusta este sendero porque la vega está menos domada. Pequeñas huertas en las que la vid se mezcla con puerros, tomates, rosas, manzanos, ciruelos, pimientos… Aún no son las nueve de la mañana y los coches de los pequeños agricultores ya andan dando vueltas por los bordes de sus parcelas. Se paran junto a cada chisquero para podar, regar, vaciar acequias. Un hombre aparca una de esas motocicletas imposibles, hecha con restos de otras.

          – “Temprano se lanza al camino”.

          Su piel es sonrosada y limpia, con pocas arrugas a pesar de su vejez.

          – “Qué piel más bonita tiene usted”

          –  “Es por la zanahoria”.

          Julián Martínez es un buen conversador y no tiene prisa. Ha pasado casi la mitad de sus setenta y seis años fuera de esta tierra, en la que nació, para trabajar en la empresa Lambretta, en Guipúzcoa, de ahí su moto. Le digo que yo también tengo una. Me ofrece un melocotón. Lo acepto y le pego un generoso mordisco.

          – “Denomínalo el Ebro valeroso”.

          Da por supuesto que el cuaderno de viajes que llevo atado a la cintura será un libro. Me impresiona que desde que tomé la decisión (ayer) los otros me den naturaleza de escriba. Su argumento es que “el río tiene un valor incalculable”, sobre todo en esta zona de la Rioja de tierra generosa.

          – “Vale para todo, cae un trozo de maíz y sale”.

          Ahora está plantando el “género de invierno”: puerros, berzas, coliflor, repollo… Para el cultivo utiliza basura y humus de oveja.

          – “Lo que el regadío da hay que echarlo, no sólo las semillas. Y luego le pongo 15-15. Echo buenos abonos y por eso sale buen sabor. No acelero el proceso, dejo que la planta tenga su tiempo. Otros echan nitratos para adelantar los ciclos”.

          Y me anuncia que en este tramo de la vega hasta Cenicero hay 500 fanegas de regadío. No puedo hacerme una idea de qué significa esa cifra y me explica que una hectárea equivale a cinco fanegas de tierra. O lo que es lo mismo, una fanega equivale a 12 celemines, aunque en la provincia hablan por robadas…

!Que no es igual todo!

          Para Julián el problema es que tanta belleza tiene sus días contados, porque nadie quiere el regadío, “sólo los mayores”. Él cultiva para el autoconsumo y las despensas familiares, pero una parte la coloca en el mercado de Nájera. Allí lleva los productos recién cortados porque en una hora “se oxidan, por los nitratos”. Me da un tomate. No tengo ya nada de hambre. Quiere que lo pruebe. Hoy reviento.

          –  “Una vez madurado el tomate, no le echo nada. Se nota ¿eh?”.

          Me regala unos cuantos más y un par de pepinos. Bien pertrechada, regreso al camino. No llevo andados ni cien metros cuando escucho un silbido. Es Julián que quiere darme un último consejo:

          – “!Y de la vida yo le digo que todo no es igual, no es igual todo!”.

          La frase llega a mi corazón como una flecha. No es igual todo, no todo vale.

          Más adelante, otro agricultor desbordado por su cosecha, me regala cuatro melocotones, así, sin pedirlo (probablemente sea mi aspecto). Como muestra de agradecimiento como uno. Creo que me voy a poner mala.

          Entro en Cenicero por la “Ribera paseo de Labradores”, hoy es fácil ir pegada al Ebro. En cambio salir del pueblo respetando el paso del río resulta complicado, fundamentalmente porque es utilizado como una especie de desagüe natural y a su orilla van a parar cañerías, tubos… Es como si el río discurriera, realmente, por el fondo de un enorme cenicero. A la altura del puente que lleva a El Ciego, el río se encajona y termino dejándole a mis pies. Al llegar ahí el río es un estercolero con colchones pegados a las viñas. Cuando abandono la zona me encuentro con el consabido cartel: “Prohibido tirar escombros” y una depuradora. Creamos los problemas y luego las soluciones ¿por qué no evitar el proceso?.

Soy el conejo en una carrera de galgos

          De fondo veo a un agricultor tras una mascarilla, a pleno sol, echando pesticidas entre las cepas, con el saco en la espalda, como se hacía en los años cincuenta. Se trata de una zona en la que no puede pasar la fumigadora a motor, de ahí el método artesanal.

          No corre el aire y el sol del mediodía empieza a enseñorearse de la jornada. Me doy de bruces con un pequeño barranco artificial hecho por restos de cascotes, en su cima se levanta una enorme mansión. Trepo por la rampa. Se trata de la “Finca Valdepiedra”. “Bodega del grupo Martinez Bujanda, inaugurada el 12 de junio de 1999”. Por supuesto, no venía en el mapa. Está pegada al río, en medio del meandro, y nadie la habita. Imagino que el lugar es punto de encuentro de gobernadores, terratenientes y demás próceres por la profusión de zorzales. No sé por qué los prohombres suelen ser amantes de la caza. Durante unos minutos robados, observo el mundo desde su posición habitual. Desde arriba veo cómo el paseo se despeja, el río se abre de piernas y su agua hace requiebros a las esquinas del cultivo. Camino con certeza de ilegitimidad, como si me hubiera colado en la ambición de otro, y avanzo entre cepas hasta plantarme en medio del absurdo. Los árboles de la vega se han encrespado a mi izquierda, donde murmura el Ebro, y me empujan hacia la senda con gravilla que rodea la propiedad y desemboca en una enorme reja encarnada que no puedo franquear.

          Soy capaz de distinguir las pesadillas con sólo olerlas, una capacidad que procede de mi infancia. Entonces ellas se metían en todos mis huecos, incluida el alma, como se empeña el frío o la humedad. Al principio sólo era capaz de espantarlas a gritos, pero con el tiempo aprendí a enfrentarme a solas. Aprendí que un mal sueño siempre es más largo de lo que una quisiera y que es mejor no gastar energías innecesarias.

          Ahora, por ejemplo, abandono el curso del Ebro y sigo la linde que separa esta villa de otra dedicada a la explotación de manzanas (no son árboles sino ramas sujetas por hilos metálicos y cargadas de frutos sabiendo que de un momento a otro comenzará el delirio, por eso despotrico contra la propiedad privada que no respeta los márgenes de los ríos, porque estoy bordeando la valla y no encuentro una salida. Buen principio para una pesadilla: Tras un cuarto de hora de improperios, doy con una enorme puerta corrediza frente a la que se levanta la casona que custodia la viña Valdelapiedra. Me acerco a este edificio confiando en que encontraré al dueño de la bicicleta que se reclina sobre una de sus paredes. Además, un coche aparcado con prisas calienta su carrocería bajo el sol. Más cerca distingo dos perros que toman la fresca a la sombra del auto. Vuelvo a la verja y me encaramo a ella preocupada por la reacción de esos guardianes. Me miran, sin abandonar sus puestos. Grito “!Ah de la casa!”. Es sábado, mediodía, el sol cae de llano sobre mi cabeza, los tractores vecinos ahogan mi voz. Decido bordear el edificio con cautela. Los perros se acercan, ladrando, hacia mí.

          Corro a todo trapo por el trayecto que resulte más largo para ellos y más corto para mí. Me precipito entre las viñas. Elijo un firme difícil de seguir para sus patas. Troto como alma en pena. Musito “ay-dios-ay-dios-ay-dios”. No sé por qué pero no me alcanzan. Será que le estoy dando el 100 por 100 a mi zancada. Les huelo, les oigo, les veo. Espero no llegar al tacto.Corro hacia la verja en busca de un agujero por el que poder colarme y salir de aquel infierno, y de golpe veo ¡que no hay reja!, que la pared de metal ha desaparecido del horizonte, sin venir a cuento. No entiendo tantas cámaras de seguridad y tantas medidas para que luego en un tramo se abandone la frontera, así, sin más. Donde debía continuar la alambrada hay una vereda que discurre junto a la vía y frente a la hacienda.

Cuanto más tienen, más se protegen

          Continúo la carrera en dirección a Cenicero, pero al cabo de unos metros me doy cuenta que se trata de un camino ciego. Estoy en el extremo más empinado del barranco artificial. Siguen ladrando a mis espaldas. Me lanzo hacia los raíles, en diagonal. Los perros pisan mi sombra. Me doy la vuelta, les planto cara. En vez de lanzarse contra mí, se paran. Ladran y me enseñan los dientes. Estoy a punto del desmayo. Intento dominar mi miedo. Ellos permanecen en la hacienda, con el rabo tieso y las patas dispuestas para saltar. Pasan unos segundos y no abandonan su territorio. Tengo una intuición y la sigo. Mirándoles de soslayo, tomo el camino que discurre al otro lado de la verja, es decir, me acerco aún más a sus fauces. Sin dejar de ladrar, los dos perros me siguen detrás de la línea. Yo camino al otro lado del metal. Recorremos así unas decenas de metros hasta llegar a la verja verde de la plantación de manzanas. Entonces dejan de seguirme. En el otro extremo de la reja verde me pongo a llorar y a reír. Suelto todo tipo de exabruptos contra los dueños, los amos y sus perros.

          Los que más tienen son los que más se protegen. En medio de mi berrinche me doy cuenta que me he sentado junto a una zarzamora y, claro, pico para ahogar las penas. Estoy impresionada, he conectado con mis orígenes más primigenios, me he enfrentado a otros animales por un territorio. Quizá por eso la propiedad de la tierra tenga un inconsciente bestia.

          Salvaje. Las verjas de la empresa que “fabrica” manzanas me separan del río un kilómetro más. Cuando le encuentre, será en ese punto en el ferrocarril se asoma a la vega calva del río verde. El paisaje es el amarillo y rojo de las minas y la arcilla. Los tomates que me regaló Julián se espachurran en la bolsa de plástico. Encuentro un pequeño remanso junto a un árbol pelado que se asoma al agua. Me deshago del equipaje con alegría… pero, como ha ocurrido hasta ahora, lo que es bello para mis ojos es incómodo para el resto de los sentidos. Zarzas, avispas, mosquitos, todo tipo de insectos interrumpen mi ideal. Además, el río está lleno de vertiginosos remolinos. El baño, que preveía completo, terminará siendo tan sólo de tobillos.

          Un poco más adelante, tras la segunda isla y en el otro lado de la vega, el río acoge el jolgorio de los niños que se pegan un chapuzón a la hora de la siesta. Uno de ellos se asoma al puente y se sorprende por mi presencia. Llama a los demás amigos. Durante unos minutos soy la atracción de la siesta, pero enseguida vuelve todo a la normalidad: ellos, a un lado, bañándose, y yo, a este lado, con el gaznate seco. Cerca, la central eléctrica de “El Buicio”, que domestica la naturaleza alegre del río.

Cuando las niñas iban al río

          De nuevo me veo en la obligación de escalar, esta vez la subida acaba al lado de unos raíles. En esas estoy cuando aparecen a mi lado tres chicas del pueblo de Fuenmayor (Rosa, Marian y Maricarmen). Hace dieciséis años que no pasaban por aquí. Cuando eran niñas, como recuerda Rosa.

          – “Se iba hacia Peñagorda, donde nos bañábamos. El río hacía un rellano, donde el agua se amansaba, pero ahora no hay manera de llegar hasta allí”.

          Los mapas no es que sean mentirosos, es que son fugaces. Caminamos entre los raíles. De vez en cuando imagino mi cuerpo arrollado por un tren. Las tres hablan de sus cosas y yo las escucho, sonriente. Aprendo que el Ebro a veces “se sobra” o “va sobrado” y anega parte de las cepas. Marian asegura que, en época de lluvias, el puente que está junto al camping de la estación, se llega a cubrir. Al llegar a la vega del río, ya cerca de la estación, nos separamos.

          Allí se acumulan edificios vacíos, industriales, bodegas, todos cerrados por ser festivo. Cada día me duele un punto nuevo: primero fueron las ingles, luego las rodillas, más tarde el empeine derecho, luego el izquierdo, ahora los tobillos y talones interiores. Con el hombro siempre ocurre lo mismo, es el izquierdo. El dolor impide la reflexión, ahora sólo pienso en el orden de mis actos una vez que llegue a mi destino: Las chicas de Fuentemayor me hablaron de un camping y hacia allá voy. Quiero ducha con jabón, un largo en la piscina, un masajito en los pies, lavar la ropa…

Los consejos de la vagabunda Box Car

          Lo hago todo muy lentamente. Junto a la piscina abro mi cuaderno de viaje como si fuera el bálsamo de Fierabrás. De la cocina sale un atractivo olor a chistorra. Leo un fragmento de la vida de una vagabunda americana, Berta, conocida como “Box Car”. Explica que la comida, lavar la ropa y charlar sobre las montañas cruzadas o lo aprendido por el camino, eran las preocupaciones propias del vagabundo “profesional”. Y añado la de encontrar un lugar donde dormir. Hoy será aquí, en “La Boca del Ebro”. Apunto en mi cuaderno alguna de las frases de Box Car:

          “Vagabundos sucios, de pies doloridos, alegres y desastrados”. “Las vagabundas, casi siempre, iban solas”. “De vez en cuando aparecía una que viajaba sin ningún objetivo, tal como hacen hoy en día cientos de mujeres, sin rumbo fijo”.

          Los residentes del camping aparecen de nuevo, con la piel lustrosa, con los pies calzados, con la ropa limpia… como si salieran de paseo. Algunos no se quedarán en el recinto sino que irán a cenar fuera. Los de Logroño y los de Álava se distinguen entre sí, dicen “esos son de Álava” o viceversa, con voluntad separatista. Compongo mi mochila. Gracias al calor, la ropa se ha secado completamente. Estiro el saco, me coloco la linterna en la frente. Una señora baja del coche y me pregunta si puedo “quitarme de ahí”. Le digo que es mi plaza (de nuevo, el territorio). Ella vuelve sobre sus pasos y le dice a su marido:

          – “Deja el coche ahí, que a él (por mí) no le molesta”.

          Resulta tan “imposible” que una mujer vaya sola que da por supuesto que soy chico, aunque mis pantalones cortos tengan forma de faldita. Entiendo a ciertas viajeras de finales del XIX que, al quedarse viudas o huérfanas, sin responsabilidades familiares, dejaban todo y partían…

“Toda persona que inicie un proceso creativo necesita perder el miedo a la desorientación, porque es necesaria, porque es germinadora.”  Cuando los ríos cuentan. Consejo n. 16.

Le prometí a mi amiga que escribiría sobre la expropiación de los nombres, sobre la pérdida… y aquí estoy 13 años después, sin ella, con río.

Caminar como se escribe


          Llevo horas escribiendo con la cabeza. He pensado “el río permanece, imperturbable a mis disquisiciones” para no caer en el vértigo. Una y otra vez, y a pesar de tener el Ebro como faro, me desoriento. Hay algo en este viaje de intrincado laberinto. Imagino mis razonamientos, también aturdidos en los recovecos de mi mente. Conocer obliga a perderse. Hay culturas en las que perderse es obligado ejercicio iniciático para alcanzar la madurez. Esta mañana mis vericuetos mentales se encarnan en vías, mis pies parecen deshacer madejas de senderos que antes fueron pensamientos. Es el río el que me bordea a mí.

          Por eso me he sentado en este merendero con columpios y basura de campistas. Estoy dispuesta a no levantarme hasta entender el recorrido. Despliego el mapa sobre la mesa de madera. Comparto banco con dos señoras. El marido de una de ellas se está “quitando el vicio de jugar” y su esposa se ha ofrecido a ayudarle. La fórmula que utiliza es controlarle el gasto: le da como máximo cuatro euros por jornada. Por lo que entiendo, juega a las maquinitas. También hablan de cuando llega la noche y él “quiere” y ella le dice que si durante el día le complaciera en algo ella iría más dispuesta a la cama, pero como no es así… Su amiga contesta con aplomo:

          – “ Porque el matrimonio es así, como dice Chiquetete”.

          Yo no sé cómo dice Chiquetete y me quedo con las ganas de saber en qué consiste el matrimonio. Por lo que se ve ellas sí, por eso pasan a discutir sobre las novias de sus hijos. Uno de ellos tiene 18 años y no quiere compromisos. La otra levanta las cejas y mueve la cabeza:

          – “El mío se ha sentido un pelele”.

Confidencias  junto al Ebro

          Procuro centrarme en mi orientación, pero no puedo. Ellas esperan a sus maridos y a nuestro lado hace lo propio un pescador que, con la radio del coche a todo volumen, espera a que piquen. Los contertulios del programa matinal hablan de cómo será la pareja del siglo XXI: monogamia consecutiva. Si quiero saber mi lugar, no es éste el mejor sitio. Recojo mis bártulos y tomo una carretera a medio asfaltar que desposee de árboles al río y convierte el arbusto en rey. Por supuesto, el despiste me sigue los talones. Para darle esquinazo utilizo los ojos: Observo que antes de entrar en el túnel sobre el que cruza el tren sale un sendero de tierra y piedra que lleva a la “Casa de compuertas”. Observo que allí la central deja completamente desnudo al Ebro. Observo que el camino se aprieta entre la vía y las instalaciones…ando mientras observo, pero sé que no me doy cuenta de nada. Con mirar no basta.

          Quizá se deba a que hoy veré a Yolanda en El Cortijo y que pensar en nuestro encuentro borra el paisaje. Intento atarme a él con uñas y dientes, pero el espíritu se me escapa en el porvenir: un abrazo, una sonrisa, una profunda conversación. Desisto, dejo de poner resistencias y me dejo llevar por la certeza de que a partir de ahora me moveré en resúmenes.

          Obro en consecuencia y cuando diviso El Cortijo en el horizonte corto el meandro por la mitad y alcanzo de forma atropellada el de la plaza mayor. Llegará en coche y con los perros. El camarero me explica que este barrio de Logroño es el fin de la frontera con Euskadi y que en él viven unas doscientas personas. Lleno la espera con mi curiosidad y lazos, por ejemplo, el cartel que da nombre a la calle reza “Distrito 52, calle 42”, sé que a Yolanda le recordará a las calles de Cuba.

Mi querida amiga Yolanda

          Llega acalorada, con prisas y mucho antes de lo que la esperaba. Viene dispuesta a caminar conmigo un par de días. Enseguida nos ponemos en marcha. Nuestro primer tramo es el meandro del Ebro que atajé a media mañana. Sus perros nos siguen con la lengua fuera, encantados por la aventura. Hablamos, hablamos, hablamos… de lo de siempre, de las últimas novedades, de los pormenores del recorrido. Vamos de la gravera que come el paisaje y llega a escarbar no sólo el río sino el monte, a su próximo viaje. Bordeamos un basural mientras sacamos punta a nuestras últimas jornadas. Andamos entre zarzas y matas al tiempo que diseñamos sueños y proyectos, y así llegamos de nuevo al pueblo, rendidas, acaloradas, risueñas, y con dos perros felices por las correrías.

          Su mirada añade matices a los lugares en los que me fijo. Descubre mundos ocultos debajo del tamaño, las curvas o el olor: El perro encerrado en la casa que enseñorea el basural, el reflejo de los árboles en el agua… También ocurre cuando llegamos a Logroño, que protege al río con sus parques. Entonces interrumpe nuestra conversación para hacerme ver el tamaño del pescador con respecto al puente y las ventanas del edificio rojo o el de la señora con respecto al árbol, para luego volver a asuntos como qué hacer para soportar la distancia o cómo crear futuro después del futuro, para de nuevo comentar si he observado ese olor o celebrar que hemos encontrado la sombra más fresca. Tenemos urgencias, de decirnos todo antes de que se vaya, de dejar hecho el resumen de emociones.

Los nombres robados

          Mientras tanto, el río se viste de domingo. Hacemos a pie lo que adelantamos en coche, de modo que nuestros paseos son circulares, como nuestras conversaciones. Los parques y la ciudad universitaria mezclan el césped con la vegetación original. Nos sentamos tras un seto. Aprovecho para mostrarle mi cuaderno de viaje y ella saca de su bolsa una revista. Me quedo mirando la contraportada, que reproduce el detalle de un cuadro de Toni Sánchez. Se trata de una sirena. Lleva un tridente en la derecha y una bola del mundo, casi de cristal, en la izquierda. Bajo su cola de pescado muestra parte de su pubis. Su trono es la isla de Mallorca. Digo en alto que me gustan los colores. Entonces, no sé por qué gesto desafortunado, a Yolanda se le salta la cremallera del pantalón y se convierte en la sirena del cuadro.

          Marco en el mapa las zonas por las que pasamos a pie y aquellas que atajamos sobre ruedas con el compromiso de que completaré esos tramos. Anoto en el cuaderno que la industria en ocasiones respeta la vega y mantiene senderos en las partes traseras de sus fincas. Hay trazados que mueren entre dos tapias, tramos arbolados de difícil acceso…  Una de esas fábricas se llama “Hormigones Ebro”. Mi amiga hace una observación:

          –  “Cuenta que el río da identidad incluso a las industrias que le destruyen”.

          Y entonces recuerda a los indios kayapó. Me cuenta que hasta sus tierras llegaron los blancos y les desposeyeron. Esos colonizadores terminaron bautizando todos sus negocios (hoteles, gasolineras, etc.) con el nombre del pueblo que habían esquilmado: kayapó. Violaron el cementerio indígena y allí instalaron el gran hotel Kayapó. Mientras, los descendientes de la tribu vivían en las reservas, tras una enorme y larga verja.

          – “No les bastó con apropiarse de sus tierras, también lo hicieron con sus nombres. Es absolutamente perverso, como si el asesino se terminara apodando con el nombre de su víctima”.

          Bautizar es una forma de poseer. Intentamos hacer memoria. A las dos nos suena que los vertidos de gasoil en el río a su paso por Logroño han sido noticia en los últimos años. Dejamos el asunto en el aire. En el restaurante donde comeremos el joven camarero entrará al trapo:

Una cloaca con vegas dulces

          – “El Ebro llega a Logroño convertido en una cloaca y después de nuestro municipio es una cloaca mayor. Los vertidos de las industrias y polígonos cercanos no tienen depuradoras”.

          Por él nos enteramos que en su momento los grupos municipales de la oposición denunciaron el vertido de cerca 15.000 litros de gasóleo en el río Ebro; la responsable es una empresa líder mundial en producción de cápsulas para botellas. Es sorprendente el maquillaje. A simple vista, el Ebro me ha parecido majestuoso en Logroño.

          Volvemos a él en busca de un buen rincón para la siesta. Elegimos el lugar donde comienza el canal de Mendavía, que discurre paralelo al río hasta la ciudad del mismo nombre. Está lleno de helechos secos. Es un remanso. Dormimos. Horas después completamos los tramos del Ebro que hemos saltado con el coche.

          Al caer el sol regresamos a la capital. Aparcamos junto a un locutorio telefónico especializado en países africanos. Sus clientes conversan a gritos como para acortar distancias. Frente a la puerta de la catedral, preguntamos a una señora embutida en un traje de chaqueta imposible, amarillo ribeteado de llamativas puntillas blancas, que nos habla de los huevos con carne que podremos encontrar en “La Rueda” y de las setas del “Blanco y Negro”. Se despide con un “hasta luego, morretes” y sigue al grupo, encantada con “esa juventud” (entiendo que se refiere a nosotras).

          Turbadas por el caldo y el sueño, regresaremos al Ebro en plena noche. La ciudad se refleja, serena, en sus aguas pulidas. Las frases nos salen deshilachadas. Yolanda me recomienda la lectura de “Paseos con Robert Walser”. Antes de dormir, en la parte trasera del coche, preguntamos a las estrellas qué será.

“Observa lo constante. Conversa con la niña que siempre va contigo. Cántate bajito”   Cuando los ríos cuentan. Consejo 17

No podía ser de otra manera: Un día de verano, a hora de la siesta, el niño se despide de la infancia… Nos pintamos los labios con sangre de grosellas… La infancia no se va, lo saben l@s viej@s.

La sombra de las despedidas


          Nos ha comido uno de los remolinos del Ebro y no podemos más que dar vueltas por las mismas calles mientras la ciudad se llena de peregrinos que abandonan los albergues para continuar hacia Santiago. Caminamos en sentido contrario a ellos. Van a Finisterre, río arriba, y nosotros vamos hacia el Mediterráneo. El camino jacobeo del Ebro pasa por pueblos como Alfaro, Rincón de Soto, Calahorra, Pradejón, Alcanadre, Arrubal, Agoncillo (lugar por el que ya he pasado), Navarrete, Nájera, Azofra, Santo Domingo de la Calzada y Grañón. Este viaje es un desandar.

          Hemos enganchado nuestros pasos en algún hilo invisible. Repasamos una y otra vez el mismo recorrido: cabina telefónica, cafetería, tienda para comprar el cuaderno, casa de la juventud (donde navegamos por Internet) y oficina de la asociación de amigos del camino de Santiago. Hacemos chistes sobre el pozo sin fondo en que se está convirtiendo Logroño…

           Estamos buscando las llaves del coche, en el que se han quedado encerrados los perros, esa es la razón de tanta vuelta. Como último recurso, y después de una hora de perdernos en tirabuzones, nos acercamos a la comisaría de la policía municipal. Nada más entrar vemos refulgir en la distancia el llavero, que nos espera en el mostrador. Lo dejó allí una joven peregrina que lo había encontrado en la cabina de teléfono.

Los caminantes de Santiago dan pistas

          Aún así, la sensación de enredo perdura. Quizá simplemente es que nos resulta difícil separarnos. Regresamos al canal de Mendavía y hacemos un receso entre cultivos de maíz, girasoles y vides. Los perros siguen, fieles, nuestros pasos. Desde este lado la enorme isla que hemos dejado atrás es una arbolada lejana. Se trata del “soto de los americanos”, nos han dicho que en él se puede encontrar una fauna preciosa, sobre todo de aves. Para llegar habría que cruzar el canal y uno de los brazos del río. Yolanda elige un chopo bajo el que dormitar y yo devoro los consejos prácticos de un folleto que he recogido durante nuestro enredo matinal:

  • La mochila cómoda y ligera, preferiblemente menos de 10 kilos.
  • Lo más pesado ha de ir al fondo y lo más próximo a la espalda.
  • Llevar saco de dormir y esterilla.
  • Calzado, más de un par, de tejido ligero y que proteja los tobillos de esguinces.
  • Ropa, dos juegos de cada pieza, jersey, capa de agua, detergente, sombrero, pantalón largo.
  • Además de mapas, algún libro pequeño que ayude a la reflexión.
  • Una libreta para tomar notas. Dinero encima y tarjetas de crédito.
  • La cartilla de la Social, yodo, esparadrapo, gasas estériles, tiritas, laxante, antidiarreico, crema anti inflamatoria, protección solar.
  • Lo normal es recorrer entre 25 y 30 kilómetros cada día.
  • No te desanimes ante los problemas, forman parte de “tu camino”. ULTREIA.

          Ultreia es un germanismo que da nombre a un antiguo himno de peregrinación a Compostela, que podría traducirse como “Adelante”.

          “!Ultreia!”, repito, para despertar a Yolanda. Quiero patear con ella el otro lado del Ebro, a la altura de Recajo, antes de que nos separemos. Nos han hablado de sus sotos, donde reinan los chopos, álamos, fresnos, sauces y alisos entre otros, además de todo un cortejo acompañante de matorrales, hierbas y lianas. Mi amiga me mira de hito en hito, sin entender de dónde saco la energía. Yo lo veo de otro modo: es ella la que se ha chupado kilómetros en coche para llegar aquí, ha pintado su casa y empaquetado todo un hogar antes de venirse. En ese tiempo yo, simplemente, he andado.

Yolanda me deja a las puertas de la infancia

          Para Yolanda el camino no tiene más sentido que el que yo le doy, a su lado me impongo firmeza para no romper mi compromiso con el Ebro. Esto resulta más difícil de lo que creía. Se empeña en buscar un lugar bello y cómodo donde dejarme.

          – “Si puedes elegir un sitio más agradable por qué quedarte con el desagradable”.

          Le explico que quiero pegarme al río, ya, exactamente en el último punto en el que ayer estuvimos, pero el adiós nos pillará delante de la torre de Agoncillo, a una hora destartalada: las 5:45. Cambio de mochila, me quedo con una más pequeña. Nos abrazamos (no todo el mundo sabe abrazarse). Entra en el coche, yo voy hacia una sombra, arranca y se va.

          Escribo frases breves en mi cabeza, sobre el vacío, el adiós, el año que me queda, dónde estoy, el camino, septiembre, lo que he hecho a su lado y lo que haré en su ausencia. Unos niños en bicicleta me sacan de este monólogo. Su jolgorio sale de una puerta de metal de una casa bajita que se levanta frente al palacio de Aguas Calmas. Se trata de la tienda de chucherías del pueblo, que además es estanco y kiosco de prensa. Entro con ellos. Mercedes, la dueña, regatea céntimos a sus pequeños clientes. Está inmunizada contra los chantajes y las pequeñas cuentas y cuando no les llega la paga ella zanja con un “no hay de eso” y se acabó el problema. El lugar resulta un pequeño faro desde el que observar el mundo.

          Una anciana, su madre, lee revistas del corazón. La tienduca vuelve a llenarse. Fuera, me topo con un chaval de unos quince años, granitos en la frente y un cuerpo a punto de lo definitivo. También él llega en bici. Al verme enseguida establece conversación. Le pregunto si conoce un sitio donde pueda pasar la noche.

          – “Pero no un hotel, ni una casa, un lugar tranquilo y protegido, un escondite”.

Aquel niño-novio que no tuve

          En pocos minutos me convierto en la protegida de David. Dejamos nuestras pertenencias (su bicicleta y mi mochila) y nos vamos a dar una vuelta. Y de golpe, como un regalo llovido del cielo, regreso a mi pubertad. Tengo doce años y David es mi galán. Para empezar me regala la leyenda del castillo de Aguas Mansas:

          – “Según me cuenta, en él vivían los moros. Un buen día la princesa se enamoró de un príncipe cristiano. Como no podían salir, la mora se subió a la torre del homenaje con un vestido blanco para ver huir al príncipe por el túnel. Cuentan que cada cierto tiempo su fantasma aparece en la iglesia y que nadie debe mirarla. Hubo uno que lo hizo y se convirtió en toro. Me lo contaron en el campamento, a la hora de “la hablada”, junto al fuego”.

          Más tarde sabré que los arqueólogos, al descubrir el fortín que rodea el castillo, están a vueltas sobre el embarcadero que existía en la desembocadura con el río Leza, a la altura de Velilla, entre Recejo y Agoncillo. Una crecida del Ebro se lo llevó por delante, pero lo importante es que da fe que el río era navegable, al menos hasta Varea, donde un asentamiento romano corrobora que llegó a tener hasta puerto. Pero ahora prefiero los paisajes de David, esos rincones que los adultos olvidamos, como el molino viejo, donde vivía una anciana que él no conoció y en el que se colaba para ver las tinas de aceite, los carros abandonados, la acequia, los muebles aún en pie…

           Habla de la infancia como algo remoto y caigo en la cuenta que probablemente éste sea su “último verano”. Sabe que la madurez le ronda porque ya echa de menos los paraísos infantiles. Le escucho y se me agrandan los ojos, como cuando todo era “antes”: antes del primer beso, antes del primer adiós, antes de lo bueno y de lo malo. Los parajes con fantasmas, abejas que no pican, perales, uvas e higueras generosas, el río pleno de pozas y alevines de peces, cataratas (un fuerte chorro de agua que desde la acequia movía el molino), paredes derruidas… aparecen ante nosotros. Si él se despide de la infancia ¿cómo es que yo puedo volver?. Dentro de mi corazón responde mi parte niña: Por donde se entra, se sale ¿no?.

          – “Hace cuatro años que no paso por aquí”…

El tío Félix tiene una barca

          Mi amigo asegura que sólo fue ayer cuando creía en los mapas del tesoro. Me estremezco. Vamos hacia la Veguilla, quiere presentarme a un tío lejano suyo, Félix Oroz Ortiz, que tiene una chabola en el regadío de la desembocadura del río Lexa y una barca con la que podríamos cruzar a la otra vega. Allí existen rincones secretos que sólo él conoce.

          Félix aparece sobre una bicicleta destartalada, camino de su guarida. Es más bien bajito pero muy fuerte, tiene una sonrisa muy agradable y enseguida acepta la propuesta. La casucha en la que le espera su perro y en la que pasa las horas muertas en solitario o con sus amigos, se tambalea entre almendros. Es como la cabaña que construíamos en la infancia entre los arbustos en los meses de verano, pero con cemento y algún que otro apaño de metal. Tres generaciones de púberes (David, su tío y yo) saboreamos una enorme rodaja de melón antes de lanzarnos a la aventura. Entre mordisco y mordisco hablamos de esa tierra en la que Félix ha llegado a plantar viñas “porque daban dinero por ellas” y olivos; pero estamos en una zona de regadío y es mejor plantar otras cosas, como mijo para hacer escobas.

          Espantando moscas deshace cotilleos sobre los adultos: que si el gobierno ha comprado en el Alto Molino unas fanegas para hacer una residencia de ancianos, que si allí quedaba un pueblo que se llamaba Agón, que si en el otro lado del Leza el aeródromo se va ampliar hasta el borde del río…

          Tras el dulce avío, nos preparamos para cruzar al otro lado del Ebro, frente a la Veguilla. David me mira con los ojos brillantes. Félix nos va a enseñar un lugar secreto donde se “hacen experimentos” con las cebollas, las uvas, las zanahorias.

          –  “Allí pueden crecer hasta hacerse descomunales”.

En busca de las habas gigantes

          Es la versión en carne y hueso del cuento de los guisantes gigantes. Nos subimos a una barca triangular. Jamás había visto una igual. Las fabrica él, aunque en la que paseamos fue de su padre. Antes las compraba en Mendavía, allí había unos 40 pescadores con embarcaciones parecidas, pero ahora sólo son dos los que pescan así. Además hay poco donde rascar. Hubo tiempos en los que el Ebro ofrecía mermejuelas, lampreas, tencas, quisquillas, truchas, anguilas, madrillas, barbos, cangrejos, nutrias… Recuerda que una vez cogieron una carpa enorme, de las que ya no se encuentran.

          –  “Ahora han echado una azul, sin raspas ni tripas. Se parecen a las mandrillas”.

          Me da detalles sobre cómo las centrales eléctricas “cortan mucha anguila”, hasta qué punto la pesca ha dejado de subir el río… La barca se mueve gracias a la pértiga con la que Félix empuja el fondo, lentamente. El agua está cubierta por una sábana verde, Félix me asegura que antes el que era de cristal pero ahora sólo le queda esperar a la depuradora que van a poner en Logroño a ver si consiguen aclararla un poco.

          Atracamos en “la costa” del soto de Viana, un lugar lleno de lianas, perfecto para imaginar que somos piratas. Félix sabe dónde enganchar la barca porque en primavera se viene hasta aquí para buscar hongos y porque cuando era mozo cruzaba en barco el río con el resto de los jóvenes para recorrer a pie los siete kilómetros que les separaban de las fiestas de Mendavía. De un salto nos plantamos en tierra firme. David me avisa sobre las culebras de agua.

          – “Si aparecen no sé cuál de los dos sale antes corriendo”.

          Sorteamos ortigas y juncos. Me muero por ver los girasoles gigantes de los que ha hablado Félix. Nuestra primera parada son los pozos que han abierto junto a la central eléctrica. Según nuestro “capitán”, abrieron estos enormes agujeros para llevar agua a Pamplona. Ni lo cuestiono. Félix está orgulloso de su hazaña, es un privilegio ver de cerca la central automática, pues no hay manera de acceder por tierra y son muchos los del pueblo que se mueren por asomarse a sus instalaciones. Existen muchos rumores sobre la cantidad de carpas muertas que flotan alrededor de la central y sobre el lugar en el que se realizan los extraños experimentos científicos…

El tesoro de la isla de los americanos

          Saco el mapa que me acompaña desde que salí de Fontibre y le pido que me señale dónde nos encontramos. Félix y David parecen encantados con tener de verdad un mapa del tesoro. Señalo con una x un lugar que figura como “El Tamerigal”, donde se levanta la central eléctrica. Felix está seguro que es ahí donde nos encontramos porque fue su padre quien aconsejó “a los ricos” para que compraran el terreno de al lado, que ahora pertenece al centro de investigaciones agrarias. Mientras él señala con el dedo el aire, observo que mientras que la central pertenece a Navarra, el lugar en el que se levanta el centro es de Agoncillo, es decir, de Logroño. Enseguida vuelvo al paisaje. Le pregunto por las enormes berzas, los frutos colosales, las plantas desmedidas de las que me habló. Como restándole importancia, me dice que ese fenómeno sólo ocurre en primavera y da por zanjado el cuento. Restalla la mirada de David. Antes de que nos llegue la desilusión, Félix comienza a narrar otras historias:

          La isla de los americanos era de un marqués, Don Félix de Iturriaga, y allí pasó gran parte de su infancia… a la recogida de la remolacha iban hasta 200 de Agoncillo… el jabón que hacían con sebo junto al río atraía a los peces a cientos, dispuestos a hartarse de grasa… el agua azufrada de San Martín es buena para depurar la sangre…

Sangre de Grosellas y cien ojos de gato

          Cuando regresamos a la costa de Agoncillo, David y yo salimos disparados de la caseta de Félix. Aún quedan muchos rincones por descubrir. El siguiente, el puente desde donde se ve el pueblo y bajo el que pasa el tren. Allí jugamos al vértigo, luego pasamos a mancharnos la cara y las manos con las “moras de árbol”, que son como enormes grosellas.

          –  “Sólo hay doce en la Rioja, lo dijeron en Tele-Rioja”.

          Nos tintan de sangre los dedos, los brazos, la sonrisa. Reímos por el “asesinato” y el qué dirán cuando nos vean. Tintados de rojo y felices, David me habla del futuro. El sol se oculta allá a lo lejos. Hará humanidades o magisterio o turismo o bellas artes, porque tiene buena mano para las manualidades, de hecho no hay año que no gane algún concurso en el pueblo con sus bodegones de frutas, cepas viejas y verduras. Le premian no sólo por la belleza de las piezas “sino por la decoración”.

          Ya cerca del pueblo, tras pasar por la iglesia en torno a la que giran cuitas sentimentales sobre feligresas no tan pías y relaciones ilícitas, David me invita a regresar al pueblo en septiembre, cuando se celebran las fiestas de Sanroquillo y el día del niño. Para entonces, el área recreativa de “Las fuentes” habrá preparado el lugar con un sabroso concurso que no me debería de perder, el de las calderetas.

          – “La carne la pone el ayuntamiento”

          La luz se va escapando y no he encontrado un sitio donde dormir. De camino, David me presenta a la dueña de una casa a medio construir, allí pasaré la noche. Resuelto el problema, salimos corriendo para recuperar nuestras pertenencias, que hemos dejado en la tienda de chuches. De camino señala una puerta desvencijada:

          – “El chamizo de los mayores, lo llamamos Ministerio de agricultura” y se ríe.

          Nos despedimos frente al palacio fortificado de Aguas Mansas, el castillo donde la princesa… El patio está iluminado con dulzura.

          – “Mi madre estará preocupada, llego tarde a cenar”

          David acelera el paso y se sube a la bicicleta. Ni nos abrazamos, ni un apretón de manos. Me asegura que antes de acostarse aparecerá en la casa en obras donde pernoctaré y me dará algunos libros suyos sobre el pueblo….

          – “!Ah!, y mañana te iré a buscar en bici a Arrubal”.

          Le espero escribiendo, con medio cuerpo en el saco, rodeada de gatos y polvo, pero no llega. Los felinos me miran. Sus pares de ojos se multiplican alrededor de mi foco de luz. Prefiero no sumar retinas y me meto en el saco. Espero con los ojos cerrados. Espero hasta que comienzo a solas mi propio sueño.

“Pregúntale a tus manos, pregúntale a tus pies… quién eres”.   Cuando los ríos cuentan. Consejo 18

Hablé de política en torno a un vaso de agua, aquella tarde supe lo que era la sed infinita, y de repente me ví bebiendo conversaciones.

Semillas viajeras


El Ebro que deseo casi nunca coincide con el real. En este viaje estoy entendiendo la naturaleza de los sueños, por qué te dan alas y al mismo tiempo pesan. Imaginé un hilo azul de 1.000 kilómetros pero el Ebro es más largo, infinitamente, pues el agua se adapta a los accidentes de su ruta mientras que mis pies no sólo rodean, remontan, sino que se retractan.

Es más, en este viaje estoy dándome cuenta de la contradicción de los sentidos. Sin ir más lejos, el “valle del Ebro” son montañas domadas por la mano de los agricultores, sin riscos, dulces, cubiertas de regadíos, y sin embargo el relato de mis pies es otro: el suelo está minado de canalillos, lindes de arbustos, vías de agua entre árboles frutales y esto dificulta mi recorrido. Para mi estómago, estoy en un lugar generoso, donde puedo arrancar peras y manzanas. Comprendo, pues, que las certezas son poliédricas, poseen miles de caras. Sin ir más lejos, las choperas me ofrecen mosquitos cuando yo sólo espero que preserven las orillas del Ebro. Podrían ser dos aspectos compatibles pero no es cierto: la chopera real me separa del río, me impide andar a su lado, me afecta, me fastidia, me pica, supone un reto que supero con estrategias… en cambio en la construcción que hago de ellas son mis aliadas, recuerdan el empeño de la naturaleza por sobrevivir a los desmanes de los seres humanos, las quiero.

          Retratar el Ebro, pues, resulta difícil. Precisamente en este instante, frente a mí, muestra con todo su esplendor su condición de frontera administrativa: a este lado es Logroño y al otro, Navarra. Hace años que nadie le observa como ser vivo, quizá desde que el ser humano empezó a reescribir la historia. Primero le hicieron carretera fluvial por la que entraban los pueblos no peninsulares para pasar, rápidamente a ser línea de demarcación entre reinos, regiones, autonomías, ayuntamientos… Con el tiempo le convirtieron también en fuente de energía eléctrica y lavadora de centrales nucleares. Ahora los próceres se plantean convertirle en tubo de cemento y cambiar aún más el rumbo de sus aguas.

            Estas construcciones de la realidad se apropian de la geografía hasta que ésta se ajusta a nuestra mirada. Sin embargo, a espaldas de los seres humanos, libre de sus ojos, la naturaleza logra a veces retomar su condición original, como ahora: el meandro no coincide con el linde administrativo y esto ha facilitado la existencia de islotes de tierra que dejan de cultivarse de modo que las plantas imponen sus ritmos, las aves se enseñorean y convierten el río en un pequeño Amazonas… Hasta sus graznidos son distintos: son más potentes, están menos viciados, las aves pían a voces. Veo garzas, aves de cuello largo y blanco y patas zancudas.

Anoche se me encajó un hueso…

          Junto a mi, el Ebro se muestra espectacular. Espero a David en Bubal, en medio de la solana, pero no encuentro ni asomo de él, ni de su bicicleta. Y regreso a la orilla del río con desilusión infantil.

          En medio de mi pequeño pesar, caigo en la cuenta que algo ha pasado esta noche: se me encajó un hueso. Estaba estirada en el suelo y seguía el rastro de la punzada que procedía del pié derecho hacia arriba. Rodeé con mi imaginación la pantorrilla, giré el muslo, me entretuve en la ingle, sentí el coxis… y entonces, de repente, mi cuerpo lanzó un crujido leve. Así es como una parte incógnita de mi osamenta encontró su sitio. Ahora camino sin dolor.

          La meseta se quiebra en un enorme escalón de arcilla roja a cuyos pies pasa el río haciendo codos, sotos y requiebros de difícil acceso para los bípedos. El Ebro mina el acantilado arcilloso en láminas terrosas que luego formarán islotes, saltos, presas.

          Un gran cortijo bien conservado y sin inquilinos (San Martín de Berberana) prohíbe mi paso pues soy “persona o vehículo que no tiene una autorización por escrito” (según reza el cartel). Aún así, me cuelo en la vega de regadío que cuidan con esmero un grupo de jornaleros con acento andaluz. La sombra es difícil para todos; la primera la ocupan ellos, la segunda, a unos cinco minutos andando, la tomo yo.

          Camino entre el Ebro y los raíles, por una de esas vías que la RENFE siempre ha mantenido junto a los raíles para poder arreglar sus instalaciones. Pregunto al horizonte dónde esconde las salinas. Ayer vi cómo se deposita sal entre las plantas en las tierras regadas de Agoncillo. Probablemente se trate de la salinificación que se produce al sustituir un cultivo de secano por otro de regadío. Doy un salto en la Historia. Hace 4.500 años dos ciudades de Mesopotamia se enfrentaron a propósito del Tigris y el Éufrates. Ya entonces los ríos nacían en un país, se desarrollaban en el vecino y desembocaban en otro. La mala gestión del agua empezaba entonces a dejar huella en el paisaje, un rastro que con el tiempo fue irreversible. Se salinizó la tierra hasta convertir el que fue uno de los mayores vergeles de la tierra en un desierto. La crisis del Medio Oriente gira hoy alrededor del agua, ¿Por qué no va a ocurrir esta situación en España?.

La ironía de morirse de sed junto a un río

          Me salen al paso montes partidos en cuyas heridas se muestran inmensas capas blancas, horizontales y perfectamente equidistantes, como un enorme milhojas salado. Sudo, jadeo, me hierven los pies, llevo seco el paladar y el Ebro ni se inmuta. Está tan bajo que logro asomarme a él, después de lo que he visto cada vez le bebo menos. Es como si bebiera de una herida.

          También siento hambre. Me deben quedar unos cinco kilómetros para las bodegas llenas de viandas que he imaginado en Alcanadre. Tengo que administrar mi escasa energía, o lo que es lo mismo, mi abundante agotamiento. La sostenibilidad probablemente se base en esta lógica. Me tumbo bajo una sombra. Me descalzo. Las moscas hacen convocatoria. Veo asentamientos de buitres. Imagino la posibilidad de una comilona en grupo en la que yo soy el postre y me arranco de allí hasta adentrarme en el regadío de la vega que corresponde a Alcanadre. He visto el fulgor de una camisa blanca entre el espesor verde, allá a lo lejos. A medida que me acerco escucho las voces de hombres cantando mientras trabajan.

          Me comentan que, en línea recta, el pueblo está a trescientos metros. Antes de entrar en él adecento mi aspecto y procuro andar con la mayor naturalidad, quiero una apariencia digna. Paso delante de la única cuadrilla de jóvenes que dan vueltas a los postres a la sombra, junto a un bar (un lugar oscuro y con aire acondicionado en el que sólo los hombres juegan a las cartas). No pienso salir de este agujero hasta dentro de muchas horas. No necesito más que agua, debe de notarse, porque no dejan de llenarme el vaso, sin pedirlo. Dejo que avance la tarde y que la sangre me fluya por las piernas y que el descanso haga sus efectos. Observo en silencio cada movimiento. El bar despliega sus sillas en el lado más fresco de la calle. El final de las fiestas ha dejado a todos medio derrengados. Observo, sonrío, escucho, pero no inicio ninguna conversación. Espero a que den las siete para dirigirme  a Lodosa en busca de un refugio en el que dormir. Me llevo el interminable vaso de agua a la terraza. Nadie me exige consumir más.

          Poco antes de alcanzar la hora prevista para mi partida, llegan los más animados del pueblo. Entre ellos Félix y su mujer, Susana. Hablan sobre cómo encontrar más fondos para Honduras. Ya han convencido al Ayuntamiento, también a particulares, han agotado el boca a boca. La asociación que han montado lleva semillas a este país. Les comento mi sorpresa de encontrarme en un lugar del mundo tan comprometido con una geografía lejana. Felix lo aclara: su iniciativa es el resultado de un compromiso personal de su compañera, que un día fue a Honduras y desde entonces no deja de ayudarles. Le digo que sus semillas funcionan como una maternidad de esas que se producen gracias a las nuevas técnicas de reproducción asistida y a la generosidad de los donantes. Pero Félix me baja del guindo. Esto no significa que la fraternidad existe en Alcandre.

          – “Por ejemplo, nadie se ha manifestado contra la existencia de un vertedero con residuos peligrosos, porque no son solidarios con la tierra, lo que no quieren es que se instale en el pueblo y ya está. Así no hay forma de organizar una protesta en condiciones”.

Féculas hiere

          A su juicio Alcanadre nunca se ha implicado en pelear contra ese vertedero al que van a parar los deshechos químicos de una empresa de féculas porque no tienen conciencia de las consecuencias de ese peligro, porque la empresa ha generado empleo en la zona durante muchos años y porque les mueve más la envidia por el devenir del pueblo de enfrente (Lodosa). Hasta el momento, los gobiernos que se han sucedido en el poder han consentido la existencia de una “celda de seguridad” (así denominan al vertedero) de la que nadie sabe.

          “Féculas”, es la empresa que ha alimentado a unas 250 personas de Alcanadre aunque ahora no da trabajo más que a 50 y es el nombre que marca los territorios y designa la propiedad de los mismos (las presas que genera la unión del río Madre con el Ebro y la isla que ombliga el río). En los años sesenta se dedicaba a sacar azúcar y alcohol de la patata, pero ahora “Féculas” es una empresa de abonos y otros productos químicos. Aunque ha cambiado de nombre y está en manos de franceses, todos la siguen llamando “Féculas”.

          Felix me pregunta qué hago, por qué, a dónde, con qué fin. Mi viaje le provoca, me ofrece datos como otros me han ofrecido frutos. Los tomo, agradecida: el 50% de la población de Lodosa vive directamente de la empresa de abonos o trabajan en empresas subsidiarias, mientras que el 60% de los ciudadanos de Alcanadre son agricultores, por eso la creación del basurero generó más problemas en este lado del río, y porque el ayuntamiento expropió fincas privadas para enterrar los ácidos. Porque originalmente “Féculas” usaba ácido sulfúrico. Contaminaban tanto que secaron las tierras de alrededor y contaminaron los pozos. Hubo protestas, pidieron indemnizaciones, pero la empresa se convirtió en un almacén de abonos y sus basuras peligrosas se quedaron en la zona. En estos momentos el vertedero está ubicado en tierra de Navarra, casi con límite con Alcanadre. Entre presa y presa han creado un desmonte donde en algún momento (no muy lejano) instalarán el cementerio químico, que disimularan cubriéndolo de tierra y verde y bautizándole con un eufemismo: “área de descanso”. Todo lo que me cuenta sucede junto a la vega del Ebro.

En Alcanadre tienen añoranza del Ebro

          Me sobresalto y Félix se complace por mi empatía. No es fácil que en Alcanadre alguien se levante de la silla (o, como es mi caso, se le erice el vello) por este panorama. Félix continúa con su historia: a un lado y a otro del río se levantan dos presas que siguen generando electricidad. Ambas eran propiedad de “Féculas” como parte del ingenio necesario para mover la empresa, pero ahora no la utilizan y ha pasado a otras manos que nadie de la localidad conoce.

          Lo que ha sido casi un monólogo por parte de Félix, pronto se convierte en una animada conversación en la que participa una concejala vasca, del MK (creo que se llamaba Susana), y Arturo, jubilado con anticipación a raíz de un accidente laboral y cuyo sentido del compromiso le lleva a trabajar en actividades solidarias. ¡Una tertulia ecologista improvisada!. De lo local a lo global. Me hace gracia el encuentro. Entonces comento en alto algo que hasta ahora me parecía una obviedad: supongo que ninguno de los presentes utilizará fertilizantes ni abonos químicos en sus tierras.

          Me equivoco. Ninguno de ellos hace cultivos biológicos, ni siquiera el propio Félix. Es él quien me sale al quite: no puede, está “sometido a las leyes del sistema capitalista”, que le obliga a formar parte de un mercado, el de la industria alimentaria, que impone sus plazos al margen de los ciclos naturales. Félix cree que debe usar fitostatos para poder hacer frente a los créditos, para llevar a sus hijas a la escuela, para sumar inviernos. La tertulia es cada vez más bulliciosa. Mis interlocutores hablan de las consecuencias de la agricultura industrial a la que se ven abocados. Según su experiencia, el monocultivo llega a empobrecer el suelo porque siempre pide el mismo tipo de nutrientes. Por otra parte, la vid siempre absorbe el agua del subsuelo y eso seca las fuentes del Ebro porque les exige mucho. Esta demanda de agua alcanza el nivel freático, pero el mercado del vino y las denominaciones de origen consideran que precisamente el freático añade más grado a la uva y prohíbe que las viñas se rieguen con agua del río, de lo contrario perderán su lugar privilegiado en el mercado. Sólo las uvas blandas de mesa beben del Ebro. Se quejan de la falta de apoyo social a cualquier iniciativa solidaria.

          – “No se puede dividir más el pueblo de lo que ya ha estado”, explica Félix.

          – “Tenemos añoranza del Ebro. Entonces no había piscinas y nos íbamos a las pozas”, dice Antonio, a quien la conversación le remonta muy atrás.

          Susana comenta que ayer hizo comida para 20 como fin de fiesta; Félix tercia que en el área de descanso hubo una barca que funcionó hasta los años setenta porque El Campillo es una vega muy fértil. Ahora aquel rincón, se ha abandonado porque los agricultores deben tomar la carretera, desde el lado de Lodosa, para acercarse a ese lugar, y esto hace que muchos hayan perdido el interés por la tierra. Por lo que escucho, imagino que Lodosa debe ser la localidad rica, frente a Alcanadre, que pasa por la hermana pobre; esto explicaría la palpable rivalidad entre los dos pueblos. Se hace de noche. Félix se ofrece a llevarme al otro lado del puente, en el municipio de los pudientes. Me hace gracia que el lecho esté en el pueblo de “los ricos”.

Atravesar el espejo

“Cuando te falten las fuerzas y tu orgullo se quede sí respuestas, confía. Sentirás una gratitud estremecedora”.   Cuando los ríos cuentan. Consejo 19

La mujer que soy, con sus actuales vínculos y sus amores presentes, regala hoy una frase a la que fue. Viene de la mano de Mali Ka. La llevo en la boca desde hace días, como un caramelo dulce: “Que el viento siempre sople en tu espalda, y que el sol brille en tu frente, y que los vientos del destino te lleven a bailar con las estrellas”No sólo el tiempo y los ríos son circulares, el amor también lo es.


El calor y los mosquitos hacen una suma pésima. No he pegado ojo en toda la noche, por eso a las siete de la mañana soy capaz de esperar sentada en unos escalones a que abran el bar de esta gasolinera. Tengo tanto sueño…

          No soporto la idea de que me pueda rozar la piel otro bicho y vigilo el aire en distancias cortas como quien espera un bombardeo y otea el cielo. Leo la revista que me regaló Yolanda, “The Walking Society”, una especie de monográfico en el que se vinculan los zapatos con los indígenas. Me miro los pies como por acto reflejo y me subo los calcetines hasta la rodilla.

          Leo que la diversidad biológica y diversidad cultural van unidas y que la amenaza de ambas pone en peligro la gran variedad de especies y ecosistemas; leo que la homogeneización podría llegar a terminar con la vida sobre la tierra. No es mi mejor momento para hermanarme con los mosquitos y cambio de texto. Para los indígenas no existe la propiedad privada porque no se sienten dueños de la tierra…Levanto los ojos buscando mi propio discurso. No hace falta remitirse a otros continentes para recordar que también la civilización occidental existió miles de años antes que la propiedad privada. Hago un silencio, me ratifico y otra vez me zambullo en la lectura: Usan materiales del lugar y las formas son suaves, adaptadas al ojo humano y al entorno natural. Sobre mí, el azul empieza a adueñarse del cielo. Veo el Ebro de lejos, sé que la naturaleza es irregular y tiende a la armonía y que la mente humana es capaz de romper ese equilibrio y crear nuevos cánones de belleza…

Pueblo pobre, pueblo rico

          Esta lectura en olas no hubiera sido posible hace un mes. Existe gracias a mis polémicas con los mapas, a mi escucha atenta del Ebro, las negociaciones con el cuerpo, las múltiples preguntas al horizonte, las respuestas insospechadas de los desconocidos…

          La barra del bar despierta con lentitud de la mano de una jovencita vestida de uniforme. Me invade el sueño… estoy en un dulce parque estrecho al que se asoman todo tipo de instalaciones, desde el embarcadero del club de regatas hasta el campo de fútbol, la piscina, la pista de atletismo, me rasco.

          Unas minúsculas placas dan nombre a las flores y plantas del camino se levantan sobre un césped bien mantenido (hybiscus, libocederus, sequioia, fatsia japónica…) parecen pequeños nichos de naturaleza muerta. No sé si he despertado. Una anciana me muestra sus varices como si fueran medallas (fruto de cuarenta años al frente de una tienda de comestibles). Su marido insiste en que las tierras de Lodosa se están muriendo, eso mismo les paso a las suyas, que rodeaban la ermita de San Gregorio. Las tuvo que abandonar por falta máquinas… las parcelas son pequeñas y no hay nadie que se anime a unir sus terrenos porque no hay braceros que quieran trabajar por poco dinero. En cambio (dice señalando con la barbilla los huertos del otro lado del río), los de Alcanadre hacen monocultivo “tras la estación de féculas y los abejares”, aunque algunos alternan lechuga, borraja…como Félix. Ahora resulta que la “hermana pobre” es un referente también envidiable para los de Lodosa. Había olvidado que los ricos también tienen su versión de los hechos.

          En los sueños todo ocurre a otro ritmo, es posible que el aire sea agua o que los árboles hablen. José Luis se apellida Encina, como el inmenso árbol que crecía junto al que fue el apeadero de la barca. Su copa era tan frondosa, su tronco tan imponente, que todos los novios querían fotografiarse junto a él tras la ceremonia de bodas. Fue su mudo maestro de ceremonias durante años, bendijo a los recién casados con su sombra.

El Ebro al otro lado del espejo

          Hasta ahora las historias como ésta sólo aparecían en mis sueños, junto a geografías imposibles y arquitecturas absurdas, incluso es posible que en ellos aparezcan carteles como éste: “Comunidad foral de Navarra”. Junto a él, toman aliento dos viejos ciclistas, enjutos músculos embutidos en majots amarillos. Los dos coquetos me cuentan que aquel retazo de piedras que se levanta cerca de uno de los tres espantapájaros que unen Lodosa y Mendavía. Se trata del “puente de los moros”. Reviso el roquedal. Efectivamente, es un acueducto pulcramente reconstruido. Según la pareja de ciclistas, lo levantaron los romanos para llevar agua hasta Calahorra y allí estuvo impertérrito, durante siglos, hasta que alguien lo rompió con el tractor creyendo que eran puritas piedras:

          – “Me cago en… estaba bien duro casi no lo “pidía” romper la máquina”.

          Hasta ahora todo lo vivido bien podría formar parte de la trama de “Alicia a través del espejo”. Espero que la reina de corazones aparezca de un momento a otro ante mí, o una pequeña nota que me diga “cómeme”, pero lo que encuentro es otro cartel que sólo dice: “Estella, 32 kms”. Se me dispara la memoria. Hago cálculos. Debió ser en el 98. Entonces tenía un salario fijo, formaba parte de un equipo de periodistas de investigación. Intento recordar el contenido de aquel pacto, firmado por PNV, HB, EA e Izquierda Unida, entre otros. Se inspiraba en el acuerdo de paz en Irlanda del Norte; entendía el origen y la naturaleza política del conflicto y contemplaba el diálogo sin condiciones previas entre las partes implicadas. Creo que reconocía el derecho de autodeterminación de los ciudadanos vascos, aunque no sé si de manera explícita. Lo que no recuerdo es por qué fue en Estella. Lo único que sé es que no llegó a buen fin.

          Es el bullicio del mercadillo callejero el que definitivamente me pone en mi sitio. Camino entre amas de casa, que se hacen un sitio entre los puestos. Las calles anuncian conservas del piquillo, de alcachofas y de espárragos de Navarra; unos las fabrican y otros las venden. En una fachada alguien anima a comprar estos productos locales con eslóganes como  “de la nata a la lata” o “asados con carbón vegetal”. Todo esto es verdad, aunque parezca ás un mercado persa: manteles, ollas, objetos que nunca metería en mi mochila, frutos secos, ropa… En una esquina un anciano comenta a otro que las conservas tiñen el río en ciertas épocas del año, la industria mancha sus aguas con el jugo oscuro de la alcachofa y deja un rastro largo: de abril a junio el río se tiñe de azul oscuro. Las alcachofas solidifican el cielo.

Por mucha Walking society, yo no quiero andar

          Cuando vuelvo a la revista el sol está en la cumbre del cielo. La “Walking society” parece que no ha dejado de relatar en todo este tiempo. La encuentro en pleno discurso: “Ten equilibrio en todo. Camina recto detrás del arado” (Evan T. Pritchard, de su libro,“Piensa con el corazón”). “Me gustaría no olvidarme del herido cuando denuncio, ni olvidarme de quien lo ha herido cuando le estoy curando” (Jaume, un sacerdote que se declara homosexual y trabaja en Mallorca con toxicómanos al margen de las instituciones). “¿Cuándo se ha de producir la reinserción del marginado?. Cuando ya se ha curado, cuando sea un buen chico. El gran reto, que no se quiere encarar, consiste en encontrarnos un hueco en esta sociedad como lo que somos. El marginado como marginado, el ciego como ciego, el sacerdote como sacerdote. Todo el mundo ha de ser lo que es. No hay que crear ghettos, enviarles profesionales, curarlos, pintarlos y sacarlos de ahí” (el mismo Jaume).

          No quiero andar. ¿Qué hago?. Me tiro piedrecitas delante de mis pies y sigo su pequeño rodar. Camino como si mis ojos estuvieran en el dedo gordo de mis pies. Me fijo en el ras del suelo. Me entretengo en la orografía de cientos de tomates colorados desparramados en un margen del camino; su piel podrida, reventada por el sol junto a una plantación de neumáticos de coche, naranja, marrón, arrugas tersas, olor a vaca, su lecho es una larga lengua de gravilla. Al salir de la finca leo un viejo cartel: “Puesto de malviz. Caza sembrada. Entrenamiento de perros”. El aviso pertenece a un universo tan alejado del mío que me invade un extrañamiento poético.

          Neumáticos, casonas abandonadas y carteles del mismo tipo me acompañan hasta el interior del “Barranco de Sartaguda”. Realidad y ensueño van hoy de la mano. Me acompaña un paisaje desolador de troncos secos y rotos. Me cuelo en una presa la sensación de haberme perdido en un pensamiento por terminar, en un texto olvidado, en los huecos blancos que quedan entre palabras a medio escribir. Camino por un texto descartado. El barranco seco está rodeado de melocotoneros y almendros que nacen espontáneamente (la inspiración siempre da sus frutos, aunque sean absurdos); retumban los tiros a los lejos. Me deshilacho. Ato la mirada en el extremo de la carretera nueva por la que paso. Sartaguda hace de zanahoria tras la que voy y cruzo el Ebro como un animal busco agua con el hocico. Es él quien me lleva a la cafetería de una piscina municipal. Son las 16,00. Me doy al azúcar del refresco y a la sal de las patatas fritas, me descalzo, pongo en remojo las frutas que he robado por el camino y me abandono al alivio. Mi mirada es corta y se pierde en los pequeños detalles del salón. En una de las mesas del fondo veo un pequeño objeto abandonado. Es un libro. Por supuesto, me acerco, arrastrando los pies. Se llama “leyendas de la Rioja”. Lo abro al azar. Leo:

          – “¿Ónde vas?.

          –  A por hornija pa,l pan.

          –  ¿No es mejor que lleves la salma en vez del serón?.”

Chuches y leyendas

          Sin moverme de su sitio juego con él y le hago oráculo.(una mancia a la que acuden incluso poetas excelsos como Gonzalo Rojas). Quiero saber qué estoy haciendo. Abro el libro y la frase que me asalta es: “El cachibirrio de Hornilla gritó a sus convecinos un verso”. No entiendo el mensaje y vuelvo a preguntar. Esta vez dice que  los curas del pueblo llevaban un “libro de Matrícula de almas” en el que registraron dos imágenes de la virgen que se habían incorporado a la iglesia recientemente, como dos seres vivos más.

          El texto termina atrapándome por su lenguaje. Sus páginas son terrenos con frutos desconocidos (“cernedora”, por ejemplo), insultos que nunca pronuncié (“Calla, so abanto”), formas de ver la vida (uno de los autores dice que ha de “urdir el escriño de este relato” y por el contexto entiendo que habla de la red de mimbres que forman un cesto). Hinco el diente a alimentos que mi boca nunca ha probado (“Prepararé para los lambiones rosquillitas, tortas de anís, sobadas con chincharras, preñaos…”) y situaciones que no logro imaginar (“L yasa rugía en el Iregua y el granujo helaba los rostros”).

          Y, una vez más, me vuelven a contar el nacimiento del Ebro:

          “Cuenta la leyenda que Túbal, hijo de Jafet y nieto de Noé, en torno al año 2800 de la creación del mundo, atravesando el Mediterráneo con excéntricas naves de Oriente a Occidente, en las cercanías de las costas de Cataluña, donde se encontraba la desembocadura de un río, cerca de Tortosa, sintió que perdía el control de su embarcación y que era impulsado hacia el interior de la península por las misteriosas corrientes de ese río, el Ebro. Sin dominio alguno de la nave, lo dejó todo a los designios divinos y así siguió remontando fácilmente la corriente hasta alcanzar un valle que cegó sus ojos por su belleza. Se trataba de Varea”.

          A las 18,00 dejo el juego y vuelvo a la ruta pero estoy atrapada en mi misma, algo me pesa y no está en la mochila. Rebusco en ella mi gorra. En esas estoy cuando me aborda Mohamed, de 35 años. Ha nacido en Argelia, su familia reside en Orán, desde hace tres años vive en Benidorm como obrero de la Construcción pero en verano viene a la zona para recoger el melocotón, luego la pera, la manzana y , en septiembre, en Mendavía, la uva. Trabaja de ocho a dos y de cuatro a seis más o menos, gana 900 por hora, al día unas 7.500. Yo no le pregunto nada. No le doy pistas sobre mi ruta ni la razón por la que he aparecido ahí, con la mochila llena de polvo y el pelo revuelto por el sudor, pero le escucho. También él es una sorpresa para mí.

Entre el techo de Mohamed y la ikastola

          Mohamed sigue con su presentación: forma parte de un grupo que ha ocupado una fábrica abandonada donde han levantado sus viviendas, se trata de un lugar al que vuelven cada año de modo que poco a poco van haciendo el lugar más habitable, hasta el punto de ganar en luz y en gas. Allí viven unas 30 personas, la mayoría de Argelia, aunque algunos proceden de Túnez. Los rumanos vienen de Logroño cada día en coche.

          Le observo. ¿A qué mundo cree él que pertenezco? ¿Al de los bañistas, que en agosto se dejan llevar dulcemente por las horas, o al de los agricultores, para quienes ésta es la época del trabajo más esclavo?. Ahora habla sobre el reparto del petróleo en su país. Mohamed insiste en que la riqueza de la tierra no se corresponde con la miseria de sus gentes. También me explica de que la familia real de Marruecos está mezclada con el negocio del hachís. Es entonces cuando suelta lo que llevo esperando desde que empezó: me invita a su cuarto (y aclara que tiene uno para él sólo). Me dice que el año que viene levantarán un campamento para los temporeros pero por el momento se trata de una antigua fábrica ocupada. Me pregunta si tengo novio, me avisa que está soltero y se interesa por saber si saldré esta noche. Le digo que no.

          – “¿Y el domingo?”.

           Sé que hoy dormiré en Sartaguda pero no voy a hacerlo al aire libre. Mohamed se queda junto a la cabina de teléfono en el que ya esperan otros dos emigrantes. Ahí tercia una conversación en su lengua y yo aprovecho para perderme. Escudriño Sartaguda en busca de un refugio. Sus casas son simples. Por primera vez veo ikastolas y me doy cuenta que aún no he escuchado hablar en euskera.

          Entro en el bar de la plaza del pueblo sin haber encontrado mi sitio. Me siento mal. Lo que al principio me parecía “interesante” en este viaje (dormir donde me dejan, pedir agua, regalar amabilidad) ahora me echa para atrás. Ponerme en las manos de los otros es un ejercicio de confianza que me abochorna. Al principio me pareció un juego simbólico, ahora me pringa, pasa por mi carne, me da o me quita el alimento, el alivio, el sueño…Aún así, lo digo:

          – “Necesito un lugar para dormir, sólo dormir”.

          Y precisamente a quien he interpelado es el alguacil. Cuando me propone que pase por su casa a eso de las 21,30 para tomar las llaves de una de las ikastolas, casi lloro. Una hora y media después me encierro en mi saco, por fin cerraré los ojos de verdad. Antes, escribo en mi cuaderno las palabras que cuelgan en las paredes. A cada una le corresponde un dibujito: toalla=eskuzapia, lavabo=konketa, jabón=saboia, ducha=garastaillua, champú=txampua, aseo vestuario=dutxann eta aldapelau…

“Camina y deja que las palabras salgan, verás qué cosas guarda la punta de tu lengua”.  Cuando los ríos cuentan. Consejo 20

Hoy mi boca despertó chistera de maga. No deja de decir… conejo! gaviota! cucurucho! piedra! caballos azules! mar!… Ebro!

Siete vidas en Venecia


“En un lugar de Navarra, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un joven cocinero de los de academia y libro, cacharro y puchero, bicicleta y manta, mapa y  ganas de volar.

          (…)  “Yo, como D. Quijote, me invento pasiones sólo para ejercitarme”.

          (…) Un buen día, después de mucho leer aventuras, desde Tom Sawyer en mis jóvenes comienzos, hasta mi último libro, el periplo de un hombre explorando el sur de dollarlandia y México, como fue Cabeza de Vaca, me cogí la bicicleta y me fui a Milán (como de aquí a Sotojuela). (…).

          Llegó a Atenas, con 2.100 kilómetros entre las piernas, “Con dos cojones como Camacho. Las rodillas un poco cargadas y las posaderas un tanto resentidas, pero la satisfacción de haber logrado tu objetivo. Atrás quedaron amigos y gente conocida, como aquella pareja de holandeses que se estaban haciendo la ruta Ámsterdam-Nueva Delhi en bicicleta, 10.000 kims (casi nada). O la guapa mexicana, profesora de español en Philadelphia, de vacaciones por Grecia, ella solita.

          También eso de que el mundo es un pañuelo es tan verdad como que soy el hijo del gato, porque mira que ir a encontrarme con un ex profesor mío de Zaragoza en un museo perdido de Atenas. Manda huevos, como una vez dijo algún político.

          A veces me sentía observado, pero claro, pensaba yo, lo que pasa es que no han visto nunca a un gato en bicicleta y claro, ello les debe de resultar raro (…)

          – ¿Quiere orujo?

          Hoy comienzo el día por el final porque la jornada se me ha figurado como una cárcel hasta que esta tarde encontré, por fin, la salida.

          Carlos, el hijo menor de Jesús Berisa (“Gato”) me ha ofrecido leer el breve relato de su viaje mientras atendía a los clientes. Bordeó con su bici un tramo del Mediterráneo hasta alcanzar Grecia un verano en el que se dejó llevar por sus impulsos. La mochila observa nuestra animada conversación desde el final de la barra. Después de 20 días de viaje en solitario los objetos adquieren otro valor. Mi mochila es mi casa, mi almohada, mi despensa, el lugar donde guardo mi identidad, la cueva de mis secretos, mi testigo y compañera de aventuras. Carlos guarda la misma relación con su bici. Su padre tuvo también su objeto: un barco.

El principio, visto desde el final

          Me encontré con él a las ocho de la tarde. En la tele terminaba la película de vaqueros que vi empezar en San Adrián, la chica lloraba, la música era triunfal y el sheriff corría a galope tras el malo que esta vez sí estaba herido. Los espectadores comentan lo que ven: que si menuda forma de despertarse, que si menudos son los indios, que si el sheriff es un “pasmao”, que si la chica le quitó el dinero a su madre para comprar el vestido, que si “ya se yo dónde le aprieta la alpargata”… La televisión parece una ventana por la que se asoman a la vida de sus vecinos y ante ella lanzan cuitas. ¿Habrán olvidado que se trata de un película?.

          Mi mochila miraba a otro lado, permanecía de cara a una pared tapizada por fotografías del año 59 esmeradamente enmarcadas, junto al otro lado del televisor. Las imágenes congeladas de un pueblo en blanco y negro, competían con el bullicio del western. En silencio, insistían en mostrar el pueblo extrañamente cubierto de agua. Se trata de Azagra, hace casi medio siglo, cuando el Ebro aún no tenía dique y sus crecidas llevaban el agua hasta la plaza. Entonces la villa se convertía realmente en una pequeña Venecia por la que sólo se podía pasear en barca. Es entonces cuando caigo en la cuenta que estoy en el restaurante del hotel Venecia. Esas fotos son más que una mera exposición. Dejo la película y me entrego a un artículo colgado en la pared:

          “Cuentan que antiguamente los reinos de Castilla y Navarra se comunicaban a través de una barca que unía las dos orillas del Ebro en los términos de Aragón y Calahorra. En la ribera navarra se construyó un fortín que sirvió, a mediados del siglo XIX para luchar en las guerras carlistas. Ese mismo fuerte del que todavía se conservan las mirillas por las que disparaban, se usó durante los primeros años del siglo XX de casa de arbitrios, lugar donde el barquero, un funcionario del Estado, cobraba el impuesto correspondiente a todos los usuarios que necesitaban cruzar el río y, por tanto, de los servicios de la barca. Se conocía como La barca de Azagra”.

Azagra tenía un barquero

          Mi interés es bien acogido por la camarera, una de las hijas del dueño del negocio, Jesús Berisa, que además es el cocinero del restaurante. Me invita a tomar asiento en el restaurante dando por supuesto que cenaré allí cuando yo sólo pensaba tomar un respiro, pero me dejo llevar porque preveo una bella historia. Una vez en mi sitio me acerca el artículo enmarcado y me comenta que su padre es uno de los barqueros a los que hace referencia y promete que él será quien traiga mi plato a la mesa. Mientras les espero sigo leyendo: En la barca, realizada con troncos y madreas, montaban animales y agricultores que conseguían atravesar el río. En la Guerra civil la barca se hundió y luego se reconstruyó, pero una fortísima crecida en el año 1964 se llevó definitivamente la barca de Azagra. El último barquero se llamaba Crispín quien, gracias a la sirga y apoyado en un poste que servía de palanca en el centro del río, unía las dos orillas en beneficio, sobre todo, de los agricultores navarros con tierras en la rivera de Calahorra, que cruzaban con sus carromatos. Jesús Berisa es nieto del tal Crispín, un agricultor que un buen día logró convertirse en marinero en tierra.

          Plato y hombre se quedan en mi mesa. Ceno caliente, mi cuerpo se reconforta al tiempo que Jesús me va abriendo los ojos, que hoy tuve cerrados. Transcurrió el día junto a un Ebro tortuoso hecho de graveras, escombreras, canales, vías, resbalones y subidas de adrenalina. En ocasiones fue un muñón con arrugas hechas por la cirugía y no por el tiempo…

          Escucho a Jesús y me doy cuenta que he tenido los ojos saturados de sol y polvo y más que ver, simplemente he discurrido. No es la vista el sentido que hoy me ha gobernado. Jesús es un agricultor con vida marinera, poesía encarnada, una realidad mágica. Cuando nació, su abuelo aún conserva la chalupa pero Jesús creció sin ella, por eso, cuando alcanzó la edad en la que los hombres tienen el lujo de recuperar su infancia, buscó la barca de sus sueños, aquella que estaba en su imaginación y que mejoraba mil veces la que poseyó su abuelo.

          –  “De color blanco y azul, parecía salir de las películas de Tom Sawyer, con sus luces y su bocina”.

Los sueños también tienen vegas

          La suya daría cabida al menos a 20 pasajeros y no debía tener calado porque el Ebro iba vacío. Un día se puso a decir su sueño en alto y descubrió que todos tenían morriña de barca. Cuando salió a subasta una caseta a orillas del Ebro, en el punto exacto donde éste cruzaba con el Azagra, el rincón en el que había estado atracada la barca durante más de 400 años, Jesús vio el cielo abierto y compró el terreno con la excusa de ofrecer allí almuerzos y comidas. Pero en su cabeza llevaba la barca de Tom Sawyer. La figura de este personaje de ficción fue motor de sus sueños de adulto y las de su hijo Carlos, a él se refiere en el relato de su viaje en bici.

          Dispuesto a cumplir su sueño, viajó por toda España hasta llegar a parar al salón náutico de Barcelona y allí empezaron a ponerle números al proyecto; luego fue descartando embarcaciones durante meses hasta que un día encontró lo que buscaba en Madrid, en una feria de muestras. Se trataba de una foto de una barca anclada en un puerto de EEUU, en concreto en Indiana, igualita que la de Sawyer. Era exacta a la de sus sueños, aunque de metal, pero tenía motor y fuelle suficiente como para llegar hasta el paraje de Argadiel, a 8 kilómetros del embarcadero…

          –  “Así que pedí hablar con el hombre de los yates” .

          Para poder navegar tuvo que solicitar permiso a la Confederación del Ebro, legalizar el terreno como zona recreativa, estudiar y pasar un examen en Mequinenza que le permitiera ser el barquero. El triunfo de su sueño se resume en la pequeña moneda que le dio el mismísimo Alfonso XIII a su abuelo por su paseo en barca.

          –  “Yo también hice cosas preciosas. Anduve siete kilómetros en ocho minutos, iba sólo. Veía pájaros que estaban protegidos de cerca, como nunca. Llevaba un motor de 100 caballos de gasolina super (eso era cuando no iba con pasajeros) y a los pasajeros les ponía jotas para que se entretuvieran. Si eran de Bilbao les ponía de Bilbao y si era de Zaragoza… pues hacía los apaños”.

De dónde le viene el nombre al gato

          El asunto se lió tanto que había domingos que se presentaban 1.000 pasajeros.

          –  “Además hice una plaza de toros y echaba vaquillas y por la noche hacia actuaciones con artistas de Zaragoza”.

          Jesús tuvo la barca 4 larguísimos y fructíferos años hasta que empezó a exigirle demasiada dedicación, sus hijos buscaban su destino fuera del pueblo… Para venderla se anunciaron en una revista de Barcelona de compra/venta de barcos y encontraron al nuevo propietario en Lugo.

          –  “Hasta el final fue un buen negocio. Le sacamos 6.000 euros más del precio que pusimos como punto de partida”.

          Corría el año 95 y Jesús Berisa después de cumplir su sueño volvió a ser el de siempre, que para eso le apodan “el gato”:

          – “Me llaman así porque era “mucho ágil” desde pequeño y por eso a la barca la puse siete vidas”.

          Jesús sigue siendo un emprendedor, locuaz y amabilísimo con más vitalidad que un saltamontes que no puede contar su historia sin meter baza en otras conversaciones. Le observo ahora. Carlos pone en orden las botellas tras la barra mientras la noche ya empieza a oscurecer el cielo de Azagra. Hago caso a mis pies y los descalzo. Dejo mis botas junto a mi minúscula casa de lona. Mis pies han avanzado como si fueran agua, como ella, han ido donde encontraban un hueco. Se colaron en una acequia mustia hasta topar con la vía del tren, cuyo trazado siguieron hasta desembocar en un cultivo de girasoles, que bordearon sin que les frenara el ladrido de unos perros presos en una nave (uera de esa cárcel que protegen está el universo) y así llegaron a una carreterita de grava y de ahí a otra asfaltada que se despeña ante dos grandes empresas de abono a la altura de Cantarroyuela y luego a una enorme gravera y a la caseta abandonada del guarda del canal y más tarde la central eléctrica… el camino adquiere la pequeña inmensidad que retratan mis pies, la parte de mi anatomía más cercana al agua.

Errar no es confundirse

          Creo que ya entiendo qué es “errar”, implica “vagar”. Son palabras que dejaron de vincularse con el camino y que hoy sólo remiten a error, vagancia, a vendedores ambulantes, vagos y maleantes… Caminar como el agua permite sumar paisajes sin argumentos, caminar por una geografía carente de significados, no ordenada. En este tipo de geografía perderse carece de valor porque no hay destino más que la tendencia hacia el mar, que para el río es un aparente fin… Durante unas horas simplemente, no he ordenado el paisaje, quizá por eso el Ebro me compensó con capas de tierra que se abrían de piernas para mostrar sus sedimentos con enormes troncos talados que, contagiados por tanta obscenidad, descubren sin inhibición los anillos de su edad. Ahora que lo recuerdo el Ebro es voluptuoso, forma meandros, islas, sotos…

          En la memoria, San Adrián, uno de los pueblos que dejé en el camino, es ahora una mezcla de sensaciones: la chimenea abandonada, de ladrillo, y esa cigüeña que señalaba con su pico la dirección hacia la que ir. El silencio, los pensamientos esponjosos, informes, inabarcables, intraducibles, producidos por el agotamiento, que absorben los sentidos y hacen perder la mirada. Hoy  he caminado como si fuera agua y quizá en eso consista este viaje.

          Vuelve a mí Jesús, con el postre, dispuesto a hablarme de su batalla más larga: la de activista agrario. Participó activamente en las reuniones clandestinas previas a la tractorada del 77. En los años en los que el Ebro abandonó sus crecidas y España todavía era agrícola, Azagra fue el pueblo con más emigrantes de toda Navarra. Hasta aquí llegaban los jornaleros andaluces. Pese a la prosperidad, Berisa se daba cuenta que estaba a punto de producirse una reconversión agraria y debían estar preparados para un periodo de profundos cambios. De forma intuitiva se dedicó a dar conferencias por toda Navarra explicando a los agricultores qué estaba a punto de suceder, no hacía falta más que ponerse en contacto con los sindicatos agrarios de Francia e Italia para entenderlo. Comenzaron así los años de las huelgas de los agricultores. Aún así, cuando llegó la crisis Berisa tuvo que vender sus tierras y abrir este restaurante.

          – “Aún recuerdo aquella tractorada. Eran tantas las reuniones que regaba las fincas por la noche”.

          Como ahora, atravieso las calles del pueblo y simplemente dejo caer mis sentidos. Sus habitantes han sacado las sillas a la puerta de sus casas y conversan, ríen. Los edificios, la mayoría de dos pisos, con plantas casi idénticas, parecen salidas de la mano del mismo constructor y guardan la estética de las viviendas sociales de la época de Franco. Los jornaleros peruanos que cultivaban el meandro al caer la tarde no están, quizás descansen ya en sus lechos.

“Quien no se renueva muere. . Tus células saben cómo cambiar los cuentos”.  Cuando los ríos cuentan. Consejo 21

Sudo consciente de que me desprendo. Soy agua que transpira agua. Abandono agua y bebo. Estoy a punto de iniciar la tercera botella de litro. Mis gotas  vuelven a la tierra.

Crónicas taurinas

Dos ancianos se azotan cuello y espalda con ramas en las manos. Su cilicio tiene un utilísimo fin: es un mosquitero natural que ahora yo también blando. En los alrededores del embarcadero sesenta terneritas de cara blanca y negra asoman su cabeza por las cajas donde pastan, encerradas, obligadas a comer pienso como única actividad en sus vidas. Sin barca, el lugar es cemento, mesas y bancos de madera, sombras hechas en serie. Sombra industrial. No reconozco el paisaje que ayer vi en las fotos. Sólo cuando leo el nombre de “Arzadiel” doy veracidad a lo que me contaron ayer, el lugar en el que Jesús terminaba sus excursiones en barco aún existe.

          Agito las manos en el río. ¿Soñará el Ebro con crecidas? ¿Tendrá memoria el agua de sí misma? ¿Cuánta de aquella es la que hoy veo? ¿Cuánta de la que me moja el rostro sabe del verde original y de Burgos y de Cortiguera? ¿Debería contarle al Ebro quién es? ¿Cuántas de estas preguntas son mías y cuántas provienen de la sombra de estos frondosos robles en la que me cobijo?. Probablemente una parte de mi inquietud proviene de la desolación que me producen las presas.

          Sé que racionalmente no tengo argumentos ,sé que la electricidad es hoy un bien de primera necesidad, pero me espanta esa sangría del río. En cada una de ellas el Ebro pierde fuerza, se ablanda, agoniza, lanza un pequeño gemido. Es cierto que kilómetros después vuelve a arrancarse, impelido de manera natural hacia el mar, pero es sólo una verdad a medias, de esas que alivian al culpable. Su capacidad para recuperarse no es infinita. Si no fuera porque guardo la memoria de su recorrido, hasta yo misma podría creer que cada presa no le resta. De hecho a mí también me sorprende la capacidad que tiene de reescribir su trayecto, pero no olvido que en cada una de estas sangrías pierde, pierde, ahí están las fotografías del año 59. Aquel que fue ya no es. Imagino cómo sería hace 100 años, 300, 1.000. Tan sólo hace mil. Me cuesta apostar por la “civilización” que se expande rodeada de argumentos, prefiero encontrar las razones del Ebro.

La tentación es una linea recta

          Cuando veo, como ahora, aún un poco en alto, la U que forma el Ebro y en la que me perderé en las próximas horas, me entran tentaciones de líneas rectas, pero tomo aliento y me lanzo al meandro y sus requiebros.

          ¿Mi deseo es mi destino?. El viento ríe entre las hojas y deja huecos en mi interior que luego el cansancio llena de sombras y apesadumbra mi paso. Salgo de la trampa con recuerdos que nunca tuve hasta ahora, por ejemplo, Yeyo y sus cinco años sólo en Cortiguera y sus otros cinco con pareja. O lo que me comentó Yolanda sobre el diálogo con el paisaje. O la frase que Carlos atribuye a Voltaire: “Me invento pasiones para sólo ejercitarme”. Ay, el afán de ser otra cuando ni la propia carne vuelve a su sitio. Recuerdo a las chicas que me encontré antes de llegar al camping de Fuenmayor, volvían al recorrido de hace 16 años, sus cuerpos no eran los mismos, la memoria había alargado y acortado tramos, el camino tampoco era el mismo, ni siquiera el río. Caigo en la cuenta que comparto recuerdos con el Ebro. Como una pareja recién hecha, me sorprendo ante la certeza de tener un pasado común que recupero de manera natural en mis gestos cotidianos, en los pensamientos corrientes.

           La calima borra el horizonte y Rincón de Soto refulge a lo lejos. Ahora pienso en los náufragos, a solas con su propia esencia, sin poder escaparse de sí mismos, sin más vida que la que son capaces de conservar… Quizás mis pensamientos circulares delaten mi condición de náufraga en tierra: Camino rodeada de agua, agua y ni una gota para beber. Sudo. Sudaba a las siete cuando desperté, sudé al andar por carretera y ahora, que es la hora de sudar (13,15). Sudo mientras me pierdo entre los chopos nuevos, queriendo ser fiel al curso del río y mientras se cuelan, entre el calcetín y la bota, los caracolitos del camino.

“Noli me tangere”

          Sudo y pienso que hoy también sumaré horas andando, y ando y me sorprendo porque yo, en Madrid, nunca anduve. Y pienso, mientras sudo, que cuando el espermatozoide fertiliza el óvulo, el huevo es agua al 95% y que la cantidad que hay en un cuerpo maduro es del 70%. Sudo consciente de que me desprendo. Soy agua que transpira agua. Abandono agua y bebo. Estoy a punto de iniciar la tercera botella de litro. Quien no se renueva muere. Mis gotas alcanzan el suelo y vuelven a la tierra. Aproximadamente el 70% de su superficie está cubierta de agua. El Ebro es a este planeta lo que una glándula sudorípara a mi piel. Agua pluvial, corrientes subterráneas, lagos, pantanos, ríos, mar, niebla, nubes, lluvia, el hielo de la Antártida, la nieve de las montañas más altas… también están en mi propia orografía, mi fisonomía, parte de mi biología es fluvial. ¿En qué lugar de mi cuerpo colocar el Ebro?. ¿En el fluido que engrasa mi cerebro? ¿El que enlaza mis emociones?. Y dentro del Ebro: ¿Tiene cada gota su propia identidad, su genética, su memoria?. Sudo y pensar en agua aumenta mi sed. ¡Dios mio! ¿Y esa nube que prometió el hombre del tiempo?.

          No sé por qué, mi mente lleva repitiendo toda la mañana. “Noli me tangere”. Una y otra vez acude a mi esa frase mientras camino. Creo que la traducción es “no me toques” y que la frase proviene de la Biblia, pero no entiendo por qué mi mente trae de mi pasado más recóndito esa frase. La digo en alto mientras miro al Ebro. “Noli me tangere” no me provoca ninguna emoción… Busco sus variantes en castellano. Me paro y se las digo al río:

          – “No me agarres. No me modeles a tu antojo. No me atrapes”.

          ¿Y si fuera él quien me lo estuviera diciendo?. El Ebro dice “Noli me tangere”. Intento ponerme en su lugar y me digo:

          – “Desborda los diques en los que encasillas el mundo. No quieras marcar mi camino, ni concertar el día, ni la hora. Suéltame. Noli me tangere”.

          Escucho el ruido de un motor y salgo del juego, aún así le doy la bienvenida porque me recuerda que esta belleza tiene un límite y he de disfrutar con lo real. Por lo que veo, animales llaman a animales pues aquí abundan las zancudas. El río arroja piedras sonoras que casi juntan las dos orillas. La isla que aparece en el mapa es enorme y en ella pastan vacas.

          Tal y como insinuaba el sonido de un motor, tras el breve vergel llegan las “excavaciones tratadas con herbicidas” (así reza el cartel) y junto a ellas un campamento de temporeros rodeado de plásticos y cartones. Las furgonetas que les llevan y les traen a los cultivos están aparcadas a la sombra, esperando a que finalicen su jornada. Cruzo el puente sobre el río que les separa del pueblo, Rincón de Soto. Las mujeres han tendido al sol manteles, bragas, camisetas y trozos de tela lavados a mano. Un pequeño grupo de hombres me grita invitándome a que repose a la sombra de sus tiendas de campaña. Tienen marcado acento portugués. Están partiendo una sandía. No me lo permito. Soy un animal asustadizo.

Mujeres de negro

          Unos metros más allá, un marroquí me anuncia que me queda poco para el bar más cercano. La dueña del local atiende a dos ecuatorianos. Comento mi sorpresa ante tanta presencia internacional en el pueblo y ella especifica que en Rincón de Soto se dan cita 18 nacionalidades distintas, entre ecuatorianos, argentinos, peruanos, colombianos, del Este, magrebíes…

          Bebo un litro de agua de tirón. Una familia de portugueses entra en el bar y pide una ronda de cervezas. Son dos hombres adultos, uno joven y otros dos adolescentes. Suman rondas de botellines. Beben sin parar a pesar de que las mujeres que les acompañan (dos de mediana edad, dos niñas, un anciana y otra algo más joven) les insten a que lo dejen. La mayor de todas, ataviada con refajos negros, debe ser la madre de los hombres porque ellos no terminan de mandarla para casa. Mientras toman pipas para despistar el aburrimiento de la espera, sus hombres se van en grupo al servicio y las dejan solas. Ellas ni se inmutan. Cuando regresan es la dueña del local la que les alienta para que se vayan.

          Son más de 40 grados. Camino pegada a la pared, pues el pequeño oasis cierra al mediodía. El mosquito que se ha cebado en mi frente ha borrado mi entrecejo, que no por eso no frunzo. La chica eslava que espera estación de tren me indica que hay un parador a un kilómetro de distancia, junto a la gasolinera, donde podría picar algo.

           A la vera de la gasolinera un hangar tiene nombre propio: Macumba. He oído antes ese nombre… sí, a uno de los tertulianos que anoche hablaban a las puertas de su casa, en Azagra. Un hombre decía algo sobre que tuvieron que salir a orinar fuera. El local tiene pinta de haber sido una gran sala de fiesta que hoy vive un momento bajo. Si se fija una bien, ya han encendido los neones verdes y rosas (a pesar del sol de las 16,30). Hay coches aparcados en la puerta y camiones. El polvo de la siesta, imagino.

           El aparcamiento de la gasolinera está a rebosar, la barra desborda tortillas variadas casi como única oferta (de patatas, paisana, con embutido, de calabacín, de espinaca, en pincho, en bocata…), al volumen de la televisión le sobran decibelios y los hombres (únicos clientes del local) se voltean a mi paso. Imagino que el hecho de que la gasolinera esté abierta las 24 horas y tenga servicio de habitaciones añade interés a los habituales de Macumba.

          El camarero me indica con el dedo que sea yo la que me acerque a su esquina. Obedezco lentamente. Se dirige a mí con marcado acento italiano. Me pregunta casi en susurros si vengo sola. Le digo que sí en igual tono.

          – “Ah, entonces sí hay habitaciones”.

El lujo de dormir en un motel de carretera

          Yo no había pensado contratar esos servicios pero la idea de una siesta se convierte, de golpe, en una necesidad vital. Acepto la llave (el camarero me recomienda que no diga el número en alto) y subo las escaleras con pesadez. Antes le hago una broma sobre su extraño acento, y me explica que es siciliano aunque residió en Inglaterra durante 15 años.

          Mi cuarto está en el primer piso, junto a la escalera. Veo todo en blanco, negro y gris. En las habitaciones vecinas escucho un enorme revuelo. Imagino que es el efecto de la siesta compartida con las chicas del vecino club de alterne. Las paredes de mi cuarto  están manchadas con salpicaduras ocres y chorretones oscuros, alguien ha garabateado un corazón sin iniciales. Sobre la cabecera otra pequeña pintada, esta vez grabado en el yeso con una punta: “Cata y R”. Las sábanas están limpias. Suelto la mochila, me dejo caer en la cama. No puedo moverme. Escucho voces de hombres y sus risas, entre ellas no encuentro la voz de sus mujeres y me sorprendo. Caigo en un profundo sopor. De fondo, la voz de un andaluz requiebra a su amante por el móvil.

          Me despierta el ruido de mis tripas. En el espejo del armario veo mi pelo quemado por el sol, las piernas tostadas, el pantalón raído, la camiseta (que intenta recordar que un día fue blanca) pegada al cuerpo. No me importa, tengo verdadera urgencia estomacal. Ato los cordones de mis botas y salgo al pasillo con el sueño pegado a los ojos. Me deslumbra el resol que se cuela tras los cristales. A diferencia de antes, el piso permanece en silencio. Alcanzo el primer tramo de las escaleras con torpeza. Ante mí aparece un monosabio, con traje ajustado, sombrero de latón, capote… No doy crédito. Le miro a los ojos, a una distancia de dos escalones

          – “¿Pero dónde estoy? ¿Qué es esto?”

          – . “Estamos en España, señora, y es agosto”

          El monosabio sigue su camino y dejo pasar a dos banderilleros (montera negra y traje de luces incluidos), que me saludan con la cabeza sin dejar su conversación. Avanzo con la cabeza vuelta del revés. En el bar un grupo de admiradores habla en alto con el resto de la cuadrilla. Se dan palmadas en la espalda, ríen. Todo son parabienes. Mi estómago sigue marcando la ruta, que acaba en la barra, junto a una tortilla de espárragos, mientras no dejo de mirarles. Vuelvo a hacer la misma pregunta, esta vez a un camarero que al llegar yo no estaba en la barra.

          – “Toreros de Aldeanueva del Ebro, el pueblo de las cuatro mentiras: ni es aldea, ni es nueva, ni pasa el Ebro y el cura mayor es casi enano”.

          Al camarero no le hace mucha gracia el cuadro. Es más, le indigna.

          – “Y luego dicen que es arte, lo llaman cultura”

El olfato manda

          Por supuesto que saco mi cuaderno de viajes de la bolsa que llevo enganchada a la cintura, este momento es como para retratarlo. Escribo mientras como a dos carrillos. Primero observo (el apoderado fuma un puro; un joven alto y fuerte espera en silla de ruedas a que baje el diestro; su padre comenta la corrida con uno de los clientes…) y luego escribo “Suman diez hombres”. Levanto los ojos del cuaderno y aparece el camarero siciliano pulcrísimo, recién salido de la ducha, junto a una de esas mujeronas a las que sería fácil encontrar clientes en Macumba. Tiene las cejas altas, estilo años sesenta, y pómulos pronunciados. Es esbelta, algo mayor que él, de una belleza cansada. A él se le ve más satisfecho y a ella más enamorada. Me reconoce y con un gesto me dice “ella es de Bogotá”. Le sonrío por la complicidad. Ella le agarra la mano.

          Estoy escribiendo su historia, ya de espaldas a las mesas, cuando huelo un hombre a mi espalda. Es la justa combinación de sudor, jabón y perfume, por eso sé que me va a gustar, sin tener que verle la cara. Pienso en mi aspecto: la antítesis de la lujuria. Me acuerdo de los chorretones en mis piernas y creo morirme. El hombre aprieta algo más su pecho a mi espalda, intentando acceder a un bote de ajos en conserva. Pregunta si están buenos. Entonces mi lengua se pone a hablar:

          – “Son buenísimos, no sólo saben bien sino que van muy bien para la salud y no dejan olor porque le han quitado el corazón”.

          Me muero de vergüenza por mi osadía, como si mi yo más lanzado arrastrara al resto de mí sin mi permiso. Digo la frase y luego me doy la vuelta. Efectivamente, ese hombre me gusta. Es un morenazo de buen porte y amplia sonrisa. Se mueve como un hombre satisfecho. Me hace caso y pide tres botes de ajos, que se lleva para casa, según comenta al camarero.

          Disimulando mi fragilidad, me vuelvo al cuaderno, doy un nuevo mordisco a mi tortilla y sigo escribiendo. El hombre se pone a mi lado y se deja oler. Bromea con el resto del grupo. Yo le miro con disimulo.

¿Estoy ligando, maestro?

          –  “¿Eres escritora?”

          “No, soy pánfila”, estoy a punto de contestar, pero me contengo y mientras intento tragar el último trozo de tortilla, le cuento lo de mi idilio con el Ebro. El hombre se presenta (“Víctor Méndes, torero y ganadero”) y me besa la mano. Me pide detalles sobre el libro, parece que le interesa. El me da algunos datos suyos: es matador, contemporáneo de Ortega Cano. Nacido en Portugal, donde tiene parte de su ganadería. Su década es la de los ochenta. Lo dejó por las cornadas en las piernas pero de vez en cuando se apunta a festivales como el de esta tarde

          – “Para pasar mi rato de miedo. No me haría falta porque tengo fincas, pero es una especie de doble personalidad, de esquizofrenia. Necesito mirar la cara del toro”.

          Por otra parte, no deja de meterse en líos. Por ejemplo, ahora están organizando una corrida en Moscú. Tienen problemas con las licencias y las mafias pero confía en que saldrá adelante el proyecto… La cuadrilla va bajando de sus habitaciones. El bar está cada vez más lleno. Le reclaman. Me roza la piel con la punta de sus dedos. Yo hago como si no fuera conmigo. El color de sus ojos es miel y también lo son sus modales. Antes de irse, me escribe su teléfono en mi cuaderno y vuelve a besarme la mano. Ya fuera del local, junto a su enorme coche, acepta hacerse una foto de grupo con el joven minusválido y otros admiradores, amén de parte de la cuadrilla. Siempre con su amplia sonrisa. Le miro desde el otro lado de la ventana. Entonces él se da la vuelta y me mira a los ojos unos segundos, los suficientes como para entender el reto. Se sube al coche y al pasar delante de mí saca la mano.

“Observa el comportamiento del agua y encontrarás otro tipo de soluciones”. Cuando los ríos cuentan. Consejo 22

Creí entender que los infiernos, los laberintos, los problemas, se anuncian con tiempo. Aquel día desperté y el malestar ya estaba allí, luego fue adquiriendo fora. Llevamos dentro una hormiga que sabe que se acerca un terremoto.

Fiebre junto al ferrocarril

Las ronchas que pican, son 52. Los fui sumando mientras el sol aparecía, rojo, en el horizonte, detrás del río. Hacia él me dirigí a las 7,30. Al Gobierno de Navarra le gusta rotular sus territorios. Así el lugar donde la vega del río empieza a emocionarme se llama “Zona periférica de protección”. “Enclave natural”. Y detrás siempre su firma: “Gobierno de Navarra”. Es el lugar donde se levanta una bella granja, reina del meandro, cuyos cipreses y su estética romántica (he visto semejantes en San Juan de Luz) dan un toque señorial el entorno. Mi nariz se emborracha libremente con el aroma del hinojo, ajeno a cualquier componente químico. Una parte de mi corazón reside en la punta de mi hipófisis.

          En este “enclave natural” las aves son las reinas. De él salgo completamente equipada: una caña como cayado y una rama de hinojo como mosquitero. Un rótulo enmarca una propiedad pero nunca logrará definirlo.

          Me cuelo entre perales y pillo a un hombre cagando. Le he visto el culo y nos damos los buenos días, él continúa con su acto y yo con el mío. Poco después me pierdo. A veces ir abrazada al río obliga a perder el rumbo, como ocurre con algunos hombres (supongo que ellos dirán lo mismo de las mujeres): Les dedicas una vida creyendo que estás a punto de alcanzar su corazón y cuando te quieres dar cuenta vuelves al punto de partida. En el caso del Ebro sé al menos que se trata de asuntos de lindes, propiedades privadas y falsas pistas. Por ejemplo, he seguido la rodada de un tractor, convencida de que me llevaría a otro cultivo en un infinito abrir de puertas, pero con lo que me he encontrado es con un muro infranqueable, así que he de volver por donde he entrado.

Aprender a no hacer planes

          Lo peor es la cara de imbécil que se me queda, tanto en el asunto de hombres como en el de ahora. Y todo probablemente proceda de este afán mío por hacer previsiones. Ayer mismo cotilleé los planos de los próximos días y ante mí aparecieron las Bárdenas Reales, el desierto más grande de Europa. En ese mismo instante deseé estar allí, en medio de su impresionante paisaje lunar (que la aviación utiliza como campo de tiro) y ahora que me acerco caigo en la cuenta de mi torpeza occidental, estoy acostumbrada a los servicios y, por tanto, soy una monísima inútil para casi todo. Acabo de ver en el mapa, las Bárdenas Reales empiezan en Tudela pero muy alejadas del río, luego pasan a ser Bárdenas Negras o “Las negras”, más tarde adquieren el nombre de “Las 5 millas” para terminar en los Monegros… Y ya me he perdido dentro del mapa, un lugar donde en principio todo está en orden.

          Quizá se deba a que en vez de aprender a potabilizar agua o a mejorar mi forma física, lo único que se me ocurrió antes de partir fue saber el origen de la palabra “Bárdena”. No aparecía en los diccionarios, de modo que me puse a consultar en libros especializados. Por supuesto que me enteré de cosas, por ejemplo, que el término tiene un origen incierto. Unos dicen que deriva de un vocablo aragonés, “pardina”, que significa zona de pastos o regiones bajas; otros recuerdan que los árabes llamaron a esta zona Yabal (montes de) al-Bardi y que podría tener que ver con “barda”, (que viene a significar seto o vallado de espinos). Incluso charlé hasta las tantas con una fotógrafa fascinada por los efectos de la intervención del hombre en el paisaje, sobre cómo, antes de ser desierto, las Bárdenas fueron bosque espléndido. Así me enteré que en la segunda mitad del XVIII la marina española precisó una inusitada cantidad de madera para la construcción de sus barcos y donde hubo… dejó de haber… para siempre. Nos despedimos y no le pregunté el nombre.

          Pero de qué me sirve ahora toda esta información cuando estoy a un par de jornadas de distancia. He conseguido que las Bárdenas sean la simple medida de mi torpeza. ¿Dónde empiezan exactamente, cuál es su área de influencia? Con este ánimo sigo el río y me topo en mitad de la vega con una verja de madera y un cartel en el que han escrito a mano “Cierren la puerta, ganado bravo”. La verja maltrecha corta el camino injustamente en un tramo en el que el Ebro se empieza a llenar de trinos. Salto y continúo mi camino.

En el paraíso de los toros bravos

          El lugar es una delicia. El río, que baja muy flojo este año, se expande. Veo excrementos secos por mi camino y me tranquilizo diciéndome que eso significa que ya no están pastando en esta zona del río (de todos modos ruego al cielo que no me encuentre con animal bravo alguno). Ahí está el agua limpia, los pájaros, el camino que se deshace entre las gravas, los chopos… y las heces frescas de las reses. Me animo, asegurándome que en ese tremendo terreno los animales andan por un lado y yo por otro. Las aves cazan peces con el pico a ras de río.

          Una hora después, las primeras casas de Alfaro miran desde lo alto al Ebro. Al doblar la última esquina del río, aparece ante mí lo que más temía: la ganadería brava. Toros y vacas vuelven sus cabezas. Alguno muge. Son docenas. Retrocedo, muy despacio, intentando controlar mi adrenalina (me han dicho que los animales huelen el miedo). Busco un atajo que me devuelva al pie de las casas, pero por el momento sólo encuentro una mezcla de ortigas, vacas, cacas, chopos secos con las que tropiezo, mientras que intento no transpirar. Me caigo de puntillas; me raspo, me araño, me enzarzo con gestos aparentemente calmos ante la mirada de decenas de pares de ojos negros.

          El número de reses se multiplica a medida que avanzo. Mugen las reses, se mueven lentamente hacia mí. Sigo acortando entre chopos caídos, excrementos y ortigas. Voy con un pantalón demasiado corto, ese azul con pompones blancos que en otra ocasión me acompañó en la tortura. Una de las bestias se acerca. Alargo el paso, no quiero que note que me acelero. Todo menos caerme y menos transpirar miedo. Vigilo mis glándulas. Observo cada paso que doy, me adelanto a los tropezones y logro salir a una zona despejada, pero el toro insiste en acompañarme. Debe pesar toneladas. Noto su tibieza. La manada ya le queda lejos. Estamos él y yo. En el peor de los casos, sé que mi palo sólo me serviría como tercera pierna. Es decir, no voy armada. Él es dueño de sus cuernos.

Y para postre, el del todoterreno

          En lontananza veo un todo terreno, el mismo que observé a lo lejos antes de que esto se convirtiera en una pesadilla. Como sea el dueño, me lo como. Le odio. No es propietario del río, debería tener las reses de otro modo. ¡Atadas!. No sé cuáles son las reglas del juego ganadero, pero ahora me importan un bledo. Me dirijo a él con ganas de guerra y al mismo tiempo con alivio. En la parte trasera de su coche lleva a un perro de presa negro, un pit-bull.

          La finca no es suya. Se llama Francisco, es de Alfaro. Dice que le gusta mucho la naturaleza. También me dice que buscaba el camino para pasear a su can con libertad cuando tropezó conmigo. Su afirmación huele a mentira por los cuatro costados, aún así acepto subirme a su coche. Estoy temblando y soy incapaz de sacar mi ira.

          Deshacemos en coche el camino que hace dos horas comencé en medio de mi temeroso entusiasmo. Empiezan a arderme las piernas por las ortigas.. Observo los rasguños. Sangro. Procuro ser amable pero salgo esquiva. El hombre me observa. Ha ido del desapego a la amabilidad. Poco a poco se va a acercando al acoso. El peligro aún no ha pasado. Busco una estrategia.

          Alcachofa, tomate, pimientos, espárragos… hablar de todo para impedirle pensar. Centro el tema de conversación en los productos de la tierra. El asunto parece atraparle el interés. Mientras tanto dice que me está llevando al pueblo. Llevamos en el coche casi veinte minutos. Dice que busca un lugar para invitarme a un refresco mientras me pasea por las afueras, junto al río, a pocos metros de donde dejé el Ebro pero al otro lado de las reses, la antigua prisión donde hoy hay un albergue juvenil y un punto de información, los alrededores de un instituto laboral que está rodeado de casetas de profesores adosadas… Las instalaciones están vacías.

          Yo sigo hablando, sin parar. Ahora de las uvas. No sé si consigo despistar sus  ideas más oscuras con verborrea, sólo sé que no deja de observarme. A veces logro hacerle reír. Llevamos casi media hora en coche. Ahora le hablo de mis sobrinos. De repente dice que tiene prisa y me devuelve al río argumentando que no ha encontrado nada abierto. Me deja allí, donde comienza un sendero. Me comenta que me quedan 3 kilómetros para la desembocadura el Alhama en El Ebro, que es un bonito paseo y que luego me quedan otros tantos kilómetros para llegar a Castejón. Cuando cierra las puertas de su coche asoma la cabeza y me da un aviso:

          – “No vuelvas a subir a un coche con un desconocido, los hombres somos muy malos”.

 No soy la única a la que algo no le va bien

          Pasará aún media hora antes de que patee una rama figurando que es su estómago. Para mi sorpresa, el arrebato es más corto que mi ira, que queda dentro manchándome el fondo de la sonrisa como si la rabia fuera un poso del café. Existe una razón de peso: Siento cada una de las venas de las piernas arder en mil calambres bajo el sol. Una familia de pastores de tremendos ojos azules (matrimonio y dos hijos) que ya sestean su mediodía me ofrecen agua (¿Es por mi gesto o por lo que cuenta la piel de mis piernas?) y me aseguran que podré pasar a pie por el Alhama.

          Muerta de hambre y sed, busco un imposible: el bar a las afueras, cerca de Castejón, donde decía Francisco que me quería llevar. Necesito agua objetivamente limpia. No hay ninguno. Mojo mis piernas en el Ebro. Las heridas hierven bajo el agua. Están cada vez más hinchadas y me asusto. Las viejas picaduras quedan sepultadas bajo las nuevas, el sol fríe mis cicatrices. El río me lleva a una zona con asfalto dormido por el calor y abandonado pero en el que se sostiene a duras penas una gasolinera. Entro con mi cayado y disimulo mi malestar; hace horas que no me fío de nadie. Compro una botella de agua y tomo un respiro sentada en una silla. Empapo mis piernas con una toalla de papel y bebo. El responsable del local es un joven bien parecido que desgrana con su hermano los últimos cotilleos del pueblo. Les escucho, como si fueran radios de carne y hueso.

          – “La de Santos, esa que tiene un hijo que se llama Santi… pues tiene 60 años y el otro día iba a darse una vuelta por el polígono, de mañana, cuando se le apareció un hombre en pelotas. Desde entonces pasea acompañada”.

          Una hora después, miro el techo de mi habitación, acostada, tras la ducha y el baño de crema, esperando los efectos de la aspirina que me ha proporcionado la dueña del hostal. Me pregunto si he tenido suerte. He llegado hasta aquí temblando de frío, a pesar de que el sol de agosto a las 4 de la tarde no lo permita. El edificio se levanta junto a una estación de tren, lo que le imprime una certeza de provisionalidad que contagia. Sus paredes son claras, los pasillos anchos, las ventanas grandes, sus baños limpios de no usarse. Mi fiebre me hace sentir que me he colado en un hospital de posguerra.

          Cierro las ventanas. Tras ellas el Ebro se queda a tiro de pájaro. Hoy dormiremos separados, por fuerza. Mi cuerpo reacciona pidiéndome más agua y se la doy. Remojo mis pantorrillas en el lavabo que hay en el cuartucho. Antes de caer en un denso sueño, escucho de fondo los avisos de la estación de tren. El próximo lleva a Zaragoza (que ya está sólo a unos 100 kilómetros por carretera). El hotel es tan humilde como los que habité en Santiago de Cuba, hace tantos años… Esta noche es mi hospital, mi refugio, la primera cama en mucho tiempo.

Paseo para escampar la fiebre

          Me despierto tiritando y al mismo tiempo empapada en sudor. Me asomo a la azotea, donde encuentro ropa tendida, buscando el alivio de una posible brisa. Llega el siguiente tren. El cielo es azul y gris. No puedo pensar frases largas. Otro día con bochorno, y mañana, domingo. No hay domingos para el caminante. Un rayo a lo lejos, por donde estaba Milagro, promete lluvia. El calor me atrapa el pecho como si fuera agua. Me ahogo. Bajo a la vecina estación, quizá allí encuentre un botiquín, pero la terminal está vacía. Los carteles aseguran que en sus mejores horas tiene bar, guardia jurado (securitas), un acceso para peatones y coches, el “museo del ferrocarril” y las sedes de CGT, CCOO y UGT, pero ninguno dice nada de botiquines ni de servicios de urgencia. Empieza a invadirme la melancolía de las estaciones. Este humor contagia el hostal y su azotea, que desde aquí se muestran desolados.

          Regreso a mi guarida leyendo los carteles, por si en el camino apareciera un servicio médico o una farmacia, pero sólo se anuncian la Guardia Civil y la armería. Leo en la cama un folleto que he cazado en uno de los andenes para despistar el agobio. Dice que en 1850 Castejón contaba con una sola casa habitada por pastores y una venta perteneciente a la Diputación. Su suerte cambió gracias al ferrocarril. Noto el fluir de mi sangre en pantorrillas, muslos y nalgas, y pienso que quizá no me hagan falta más medicamentos que el agua fría, el reposo y seguir leyendo: La construcción del empalme que unía Pamplona con la línea ferroviaria del Ebro en el año 1859 dio un giro a la historia de Alfaro. Tras la guerra de 1872-1876, empezaron a multiplicarse los edificios alrededor de la estación y en 1927 adquirió la importancia suficiente como para segregarse como ayuntamiento.

          ¿No lloverá de una puñetera vez?. Tengo el calor metido en el cuerpo, la lengua ligeramente hinchada. ¿Me habré intoxicado?. Escucho el sonido del pueblo, que vuelve a ponerse en marcha a medida que se escapa el sol del horizonte. Parece que estén en fiestas. Quizá me asome, quizá consiga que este calor no me ahogue y me asome…

          – “Llevamos tres días con bochorno, diciendo a ver si aguanta, a ver si aguanta y ya ves, seguro que hoy, que tenemos la orquesta, será cuando llueva”, comenta el camarero del bar en el que busco compañía.

          No quería quedarme sola. Compré antihistamínicos, crema anti inflamatoria, analgésicos… en la farmacia y me metí en el cuerpo varias. Empiezo a notar que mis piernas reaccionan ante las sustancias pero temo recaer. Si ocurre, que me pille en público. Además, el bar tiene aire acondicionado.

          – “!Tengo unas ganas de pajarillos!”

          – “!Que están prohibidos, hombre!”.

Las fuentes del Nilo entre delirios 

          Cuando tengo las fuerzas suficientes como para andar, salgo a airear mi fragilidad. Pongo el pie donde los otros lo hacen. Me da miedo parar. Los conejos cuando huyen del zorro no dejan de correr, siempre hacia delante, porque la velocidad es su aliada. Yo también huyo, el hocico de la fiebre me persigue, detenerme significaría engancharme en sus fauces. Sé que los ratones mueren de un paro cardiaco en las garras de los gatos porque saben que ahí encontrarán la muerte, un susto mortal. A mí no me matará mi temor la calentura…

          Un niño parapléjico juega a ser toro y embiste desde su silla a sus seis amiguitos. La orquesta comienza a levantar el escenario. En uno de los bares que dan a la plaza, un anciano parapléjico sigue el partido desde la calle porque no puede superar los tres escalones que le separan del local. Dentro comentan las jugadas y él, sólo, mochila en la silla, mira absorto. En el otro extremo el niño-toro no deja de embestir.

          Los componentes de la orquesta esperan a que termine el partido. Mientras tanto desplantan al cielo probando los acordes de “agua dulce, agua salada”. Juan Ramón Jiménez se presenta al piano. La fiebre mezcla  los límites de la realidad, acercándolos a la ficción. Me despierto a media noche empapada en sudor. Mis piernas siguen entibiando el chorro de agua que no deja de manar del grifo. Enciendo el pequeño televisor que cuelga del techo en busca de un cuento; emiten un reportaje sobre las fuentes del Nilo. En una especie de borrachera absurda tomo notas sobre Richard Burton, historiador y John Spike, soldado. El primero no dio crédito al descubrimiento del soldado Spike que no tenía forma de demostrar que había llegado al lago Victora. En su mundo la verdad no sirve de nada si no se tienen pruebas. Livingstone era misionero y Stanley periodista. El segundo demostró que comunicar el descubrimiento tiene tanto valor como el propio hallazgo.

El escritor que no sabía leer

“Cuando no sepas cómo resolver, haz algo pequeño lo mejor que puedas… Será como tirar de un hilo”. Cuando los ríos cuentan. Consejo 23

Conocí a Dioni, un escritor analfabeto, y le seguí los pasos. Me llevó a dormir donde descansó Becker. Se aprendía de memoria las palabras bellas. Le conocí en una barra americana…

 

Hoy, día en el que entro en las recias Bárdenas Reales, el desierto. Enferma, he cambiado el orden de la mochila y dejado a mano el botiquín y el cuaderno, es decir, todo lo que me procure alivio. Llevo horas escuchando los tiros de los cazadores. A veces, incluso, me he cruzado con ellos.

          – “Cuidado que te vamos a dar”.

          He intentado desviar mi ruta, pero el Ebro estaba allí y no en otro lado. Realmente podrían haberme dado. Mientras miraba el vuelo de una codorniz me indicaban con la punta del arma que les había espantado la caza. Y mientras tanto, el Ebro, como siempre, se cerca y se leja, jugando con mi deseo. Me lleva del placer a la rabia. Este amante juega, el amante juega.

          Y además he perdido el mapa, de modo que desde hace horas camino sin saber si ya piso las Bárdenas. Puede que este desierto ya le pertenezca, justo en el punto donde aparecen los molinos de viento, y yo no me diera cuenta; puede que la calima, que abochorna el ambiente y abruma el horizonte, sea parte de su aridez; puede que el mismo Ebro, que ante mis ojos se descubre plata, ya me esté dando la pista… O puede que ocurra más tarde, cuando las piernas me vuelvan a flojear y ni siquiera tenga sombra.

          Busco las pistas en el entorno; quizá el gobierno de Navarra, en su afición por titular el paisaje, anuncie el lugar con su nombre propio, pero por el momento lo único que se atreve a rubricar es que me encuentro en una “Zona Periférica de Protección”, concepto que no entiendo.

El hambre como único guía

          Los senderos para las bicis peinan esta orilla por la que me muevo. Me invento que podrían llevar hasta El Bocal, donde comienza el Canal Imperial, y espero a que llegue el momento, a ver si acierto. Desde aquí arriba, el Ebro orada la tierra con terquedad, quizá sea la antesala del desierto que tanto espero. La administración territorial me da una pista: esto es una Reserva Natural, que por lo visto no es lo mismo que “Enclave Natural”.

          ¿Qué significará CDª? ¿Cañada? Probablemente estos rótulos vayan dirigidos a especialistas y no a simples caminantes. Mientras tanto, imagino que por donde yo camino también pasaba el ganado trashumante que luego pastaría en rincones de las Bárdenas. Si tuviera un teleobjetivo a mano, podría ver más allá de lo que se muestra ante mis ojos. Mirar más allá me daría un sitio en medio del paisaje. Si fuera capaz de ver dónde estoy…

          Incapaz de capturar lo inmenso, lo único que sé es que el hambre aprieta. Me desvío hacia los árboles frutales que muestran con coquetería sus frutos. Arranco uno. Sorber su jugo y entender mi cansancio es instantáneo. Me relampaguea una idea y tomo asiento bajo otro melocotonero. Escribo: toda sensación es relativa. Mi cansancio acaba de medirse con un melocotón. Antes de él me sentía indefinidamente laxa, así, sin adjetivos, ahora, con la fruta en el estómago, mi cansancio se vuelve más concreto: es hambre, dolor, fragilidad, agobio… Escribo: “Hacerse consciente es algo parecido a medirse”.  En este caso prefiero sentir que tengo más o menos sed y más o menos hambre, sin entrar en detalles, de modo que dudo si seguir comiendo, pero el desfallecimiento toma decisiones con más velocidad y me va ganando el terreno…

A dónde lleva caminar en eses

          Busco en el paisaje detalles que me confirmen que estoy llegando a Tudela. Me agarro a cada roca a cada rama, miro firmemente la cañada, la carretera, el comienzo del carril bici, la empresa química, el tren, la carretera que se acerca al río desde arriba, las curvas previas a la presa, el Ebro ensanchándose… Pasa un coche. Levanto la mano. Se para. Me ve la cara y me lleva a la ciudad a más velocidad de la que traía.

          – “Estás agotada, maja, andas en eses”

          Me deja en un lugar oscuro en el que me dan de comer. Pido tortilla con anchoas, un refresco, agua, una silla. Vuelve el frío. A medida que me alimento voy reconociendo el sitio. Lo primero que veo es que en la tele echan un episodio de la Guerra de las Galaxias, después que me atiende una mujer colombiana. Más tarde, que un hombre borracho busca pelea. En el último bocado me doy cuenta que estoy en un bar donde las mujeres están “al servicio” del consumidor. Mi único problema es que no puedo moverme. Lejos de hacerlo, sigo comiendo, ahora un bocadillo de sardinas, una ensalada. Agua. Y escribo.

          El hombre que está a mi espalda lleva un rato sin quitarme ojo. Habla con el protagonista de la guerra de las Galaxias, que programan en televisión. Le increpa su  torpeza, le exige, le abuchea, le anima… Bajito, poco pelo, cara redonda, dos dientes verdes asomando tras una amplia sonrisa.

          – “¿Escribes algo de viajes?”.

          Me doy la vuelta. Es Dionisio Sánchez, de 65 años y oriundo de Tudela.

          – “Te veo apuntando de aquí y de allá”.

          Le sonrío con educación. Segundos después, insiste:

          – “Comes como a mí me gusta que lo hagan las mujeres. Eliges primero y te lo comes despacio, hasta el final. Se nota que tienes hambre y que te gusta. Eso es buen comer”.

Dionisio Sánchez, escritor oral

          Lo más gracioso es que me siento realmente halagada. Le cuento que vengo del nacimiento del Ebro y voy en dirección al mar.

          – “¡Qué barbaridad, se va a andar usted 930 kilómetros”.

          Me quedo sorprendida. Sabe cuánto mide el Ebro.

          – “Si quiere le digo los afluentes y las ciudades por donde pasa”.

          Y, con carrerilla, añade:

          – “Enhuesado por torrentes y riachuelos, pasa por Miranda, Logroño y Calahorra y aumentando su caudal con afluentes importantes, pasa por Tudela, Zaragoza, Caspe y Tortosa. Desemboca en el Mediterráneo con dos bocas principales que forman la isla de Buda, a orillas estaba la ciudad de la Rosa. Por supuesto que lo habrán oído. Recibe como afluentes por la derecha el Jalón, el Huelva, el Martín (ya más debajo de Zaragoza) y el Guadalupe. Y por la izquierda, el Egea, Arga y Aragón, que hacen al Ebro varón. Y ya más abajo recibe Gallego, el Cinca y el Segre”.

          Recita de memoria, relame cada palabra.

          – “Estuve en los curas 5 años”

          Sus ganas de mostrar conocimiento es imparable. Va de un asunto a otro. Me comenta que la rioja Alavesa debe su nombre a que el rio Oja en una de sus grandes crecidas cambió el Ebro de lado a lado y todas aquellas tierras que cubrió y llevó arenas se llamó Rioja… para callarse de golpe y, retirando la mirada de mis ojos dice:

          – “Soy analfabeto”.

          Lo dice como alguien que hubiera perdido algo que ya tenía, que ya era suyo. Él echa de menos la cultura. Le pregunto si no sabe leer. Me responde que con mucha dificultad, pero que a él le gusta el lenguaje y que aprende de memoria las frases que le parecen bonitas. Entonces empieza a hablarme de literatura.

          – “Me gusta Reverte. ¿Le conoce? ¿Y a Javier Marías?. Ese se enfada mucho con él y le critica”.

          Luego me nombra a Delibes, Cela, Paco Umbral…

          –  “Que tiene la misma mala leche, creo que se llevan mal porque se creen que se copian”.

          Pide a sus amigos que le lean. Su hija, que es profesora de empresariales en la Universidad, suele hacerlo.

          – “No sabe lo que se ríe con lo que escribo”.

          –  “¿También es escritor, Dionisio?”

          Su obra tiene hasta título: “El Campanilllero”, relata la vida de un toro enamorado, un “carriquiris”.

         – “Eran rollos o coloraos. Fueron de los mejores de España. Ahora han desaparecido. Tenían una raya blanca junto al ojo, luego una raya negra y cerca de la ceja estaba la raya rollo”.

          Me dibuja uno de sus ojos. El color rollo es el caoba, explica.

          – “¿Quiere que le diga la historia?”.

          Por supuesto, asiento.

          – “En las verdes praderas del norte…”.

“El Campanillero” y su novia pelirroja

          Dionisio vuelve a recitar que el toro enamorado vive en los campos charros de Salamanca, allí pasta feliz, hasta que un día encuentra a su amada.

          – “Frente a él y mirándolo fijamente, se encontró con pequeña pero preciosa pelirroja”.

          Arrobados por la pasión, los enamorados cruzan el Ebro y se encuentran con la rivera Navarra…

          Dioni (ya empezamos a tutearnos, de escritor a escritora) es un avezado conversador formado en la barra de los bares; pura tradición oral y mente avispada, que es capaz de hacerme reír con sus anécdotas.

          – “Es que soy una calamidad”.

          Si sabe de toros es porque en su mocedad se dedicó a “recortar toros”, es decir, saltaba a la plaza como espontáneo, con capote incluido, y robaba el toro al diestro para hacerle un par de pases. Lo hizo en una corrida con Paquirri, por ejemplo. En aquella ocasión le hicieron pagar 300 euros de multa. Cuando se presentó ante el juez, éste le miró de forma sospechosa:

          – “¿N o será usted de los que montan ciscos políticos?”.

          –  “¿Yo?, ¡si no sé decir ni el aeiou!”

          Lo hizo una y otra vez, porque también le hubiera gustado que alguien le diera la alternativa, pero no pudo ser.

          –  “ A mi lo que me ha tocado es ser un agricultor analfabeto”.

          Su trabajo en la tierra ha dado de comer a tres hijos, dos chicas y un chico, todos estudiantes con carrera en Zaragoza. Dioni se mira el corazón que lleva tatuado en el antebrazo.

          – “A mis compañera le cortaron el pie”.

Calamidad me lleva a Becker

          Empezaba a dar paso a las confidencias cuando, de repente, uno de los clientes, se enzarza en una pelea con uno de los camareros. Recojo mis cosas y pago, quiero ir a la estación de tren. Dioni se ofrece a acompañarme. Mientras salimos me explica que en ese bar también hay gente buena “ que sólo huele a tabaco”, refiriéndose a él.

          Caminamos buscando la sombra. En el trayecto nos encontramos con una gasolinera, “Sancho El Fuerte”, donde compra tabaco. Ahora me cuenta asuntos de la zona, para que enriquezca mi relato. Y de golpe recuerda que hubo movimientos sísmicos.

          –  “No es un volcán en erupción, son movimientos de tierra, de un grado a grado y medio. Allí hoy salen aguas calientes”.

          Me pregunta por mis avatares del viaje. Le cuento algunas aventuras y reflexiones, como la ocasión en la que me encontré a un jabalí o que me pastoreó un perro. De vez en cuando me jalea (“¡Pero cómo te sale eso del cogote!”).

          Cambiamos de tema al llegar a la estación. Necesito cotejar en un mapa el preciso lugar en dónde estoy, en relación con el Ebro y en relación con las Bárdenas.  Dionisio habla de caza. Tras recrearse en lo que prodiga la zona, añade que los cazadores mienten mucho, y si han cazado uno y suman cinco.

          – “En la taberna los matan que da gusto”.

          La estación no ofrece mapa sino horarios de salidas y entradas de trenes. Dionisio ya ha resuelto que hoy dormiré en Tudela, en el hotel Remigio, donde le conocen. Me deja a las puertas y busca una habitación para mí. Yo le dejo hacer. No parece que la negociación sea fácil porque dura un poco. El conserje mira una y otra vez el listado de habitaciones y por fin me da la mía: la 201. Nos despedimos con un fuerte apretón de manos. Minutos después, en uno de los pasillos que dan a mi habitación me encuentro con un pequeño cuadro. Bajo él, un rótulo: “Ruta de Becker Navarro-aragonesa. (Tudela-Tarazona-Veruela-Fitero). Desde este lugar, después de comer, se trasladó el poeta en diligencia en la primavera de 1864 a Tarazona”.

          Dionisio ha elegido, para mí, la posada donde durmió Becker. Todo un guiño.


“Párate y observa: El miedo es un mal lujo”. Cuando los ríos cuentan. Consejo n. 24

– “¿Miedo? No, señora, ¡qué dolor de pies! o de cabeza o qué calor o qué hambre… Y además, no ando por los caminos de Dios sino por los de l@s trabajador@s de la tierra, que salen a las siete de casa y están en el campo hasta que llega la hora de comer, y al volver, quemados por el sol, no creo que les queden muchas ganas de asaltar a nadie. Los problemas siempre me han llegado de los ociosos...”. (Minutos después me enteraría que dos años antes “La Revolución” salió ardiendo y nadie se dio cuenta).

A sueños de grandeza…

Cuando comencé este viaje no imaginaba que la intervención de los seres humanos en la naturaleza tuviera unas consecuencias tan palpables que se pudiera escribir un particular libro de Historia en el que el medioambiente sostuviera la memoria de la humanidad. Ayer estuve en el umbral del desierto más grande de Europa, no hace más que cuatro siglos ésta era tierra de bosques.

          No logro acercarme al Ebro más que por pequeños tramos pues las instalaciones previas al Canal Imperial hacen ya de las suyas en el territorio. En sus manos, el río se convierte en un perro de compañía cuyo comportamiento no obedece a sus instintos sino al orden de valores impuesto por sus dueños, que a estas alturas no son los pequeños agricultores (como Mosqueras, que se queja en alto porque le robaron sus pimientos esta mañana), sino los que ordenan su trazado.

          La historia de su domesticación tiene un capítulo interesante en manos de aquellos aragoneses que exigieron a Carlos V que iniciara el Canal Imperial de Aragón para acabar con las sequías. Como respuesta, el emperador planteó un proyecto que derivaba el agua del río en Fontella y beneficiaba las tierras que perdían las cosechas por falta de lluvia (no puedo evitar acordarme del trasvase). Hizo venir ingenieros de Flandes, pero no emprendieron las obras pues los pueblos de Navarra se opusieron. El asunto se volvió a plantear en las Cortes de Valladolid (en 1548) pero entonces los que se resistieron fueron los aristócratas. Será Felipe II quien llame al ingeniero italiano Juan Francisco Sittori para la prosecución del Canal y a Herrera, arquitecto capaz de expresar con su obsesión por la sillería los sueños de grandeza de la corte.

La Imperial domesticación

          El siglo XIX trajo a la zona una pléyade de ingenieros, financieros o simples visionarios dispuestos a hacer del Ebro la gran vía de navegación interior. En este empeño, la Real Compañia de canalización del Ebro, consiguió que una serie de vapores  llegaron desde el mar hasta Escatrón… pero todo quedó en mucho menos.

          Este capítulo de la Historia de España, que podría formar parte de la memoria de Gaia aún por escribir, está presente en mi actual recorrido. La regia construcción ha hecho de la vega del Ebro un parque descuidado capaz de acoger a todo tipo de basuras y permitir que dos bocas de agua fecales vomiten en el río; después, es pasillo de tierra entre el agua y los cultivos que promete llevar a los cicloturistas al Bocal tras pasar la desembocadura del río Arquetes, Campo Cerezo, Mosquera, la Canal, Rio Nuevo y Casa de Compuertas… Pero los criterios económicos se imponen sobre las promesas administrativas, así que ni las bicis ni yo podemos mirar al Ebro durante kilómetros por culpa de las paredes que protegen una enorme propiedad.

          Sólo cuando vuelvo a la orilla del río y observo el agua, comprendo, impresionada, que el agua tiene el poder de purificarse a sí misma. La tierra en la que se cuela es un filtro. Cuando se evapora y vuelve al cielo también se filtra. Cuando los insectos la liban o comen lo que flota en su superficie también la purifican…

          Para llegar a esta conclusión, he tenido que caminar durante horas sin su compañía, algo que cada vez llevo peor, por eso he entrado en El Bocal con la mandíbula encajada. El lugar es un poblado de corte austriaco, casas iguales alineadas con enormes portalones, un derroche de sombra y agua. Observo su belleza con displicencia, una mirada a la que no debe estar acostumbrada esta construcción, objeto de interés turístico. Sus cuidados jardines, me parecen una imposición y todo este espacio un mausoleo levantado por añejos sueños de grandeza. La casa Palacio de Carlos V me parece una huella sin sentido. Del lugar sólo me interesa su historia y aprender de ella no me hacen falta tantos metros cuadrados.

Veo el mundo con ojos de agua

          Alcanzo la presa de Pignatelli y la casa de compuertas con el ceño fruncido. Malencarada, me dirijo al topógrafo que mide el nivel de agua buscando información. El técnico me responde con el mismo tono.

          – “Pignatelli es el canónigo que construyó este canal, El Canal Imperial de Aragón, una de las más importantes obras hidráulicas realizadas en Europa. Se lo encargó Carlos I para llevar agua a Zaragoza, quería que fuera navegable. Está usted en el canal más antiguo de Europa”

          Escucho el silencio que impone al final de la frase como si hubiera dicho “que lo sepa”. Me suelta datos a espuertas: el canal alimenta la izquierda de Zaragoza, ha cumplido ya 210 años, tiene 9 compuertas, su agua ha permitido asentamientos de poblaciones desde Gallur…

          Es un hombre con carácter, suficiente como para que de ceñuda visitante paso a ser una entremetida recién llegada. El topógrafo encuentra respuestas a todas mis preguntas: está midiendo el nivel de agua del Ebro; el río va muy lleno para esta época en la que la cosecha ya está prácticamente recogida, y todo porque llovió en el norte; el agua que parte de Fontibre tarda en llegar aquí dos días y de aquí hasta Zaragoza otros tantos; aunque las instalaciones están gastadas, el canal cumple aún sus funciones…

          Aún así, después de nuestra charla yo sigo reparando en el agua y no en los edificios. A estas alturas, el río vuelve a dividirse, esta vez en tres: el Canal Imperial, la madre y un canalillo que riega unos huertos cercanos. A pesar del reparto de agua el Ebro mantiene su imagen.

          La terraza del bar que permanece cerrado se convierte en una improvisada oficina en la que transcribo a mi cuaderno los datos que me ha dado el topógrafo. Hace ya un rato que en el local trajinan los meseros, una pareja cercana a la jubilación que no cruzan palabra. Cortan su silencio con cuchillo y hasta aquí salpican sus tajadas. Pido el refresco de carrerilla, y regreso a la mesa de la terraza, por si pasan a los actos. Quien me trae la consumición es una guinda de mujer, todo sonrisas, con una dulzura capaz de cambiar el talante de los malencarados.

          Me cuenta, mientras barre, que está vinculada con la danza. Entonces recuerda que un día vio una coreografía cuya composición instrumental se llamaba “De perdidos al río”. Del autor sólo atina a decirme que era “un tipo latino” en cambio se le embruja la mirada cuando habla de la belleza de la danza y su armonía. Bailar una pérdida ¿armonía en el “defecto”…? Quizá en perderse no haya defecto sino un diálogo interior… que termina en armonía…

El Ebro flaco y los temores de la tendera

          Tras las compuertas, el dique. El camino es una recta lisa que persigue su piel como un traje de chaqueta enmarca las hechuras de un hombre. Por él avanzo, deseando desnudar orillas. Observo el canal que de tanto emular al río ha conseguido engendrar, como lo hacen los seres vivos, en este caso la Margaritifera auricularia una especie de molusco bivalvo estrictamente protegida en España y en la Unión Europea, incluida en el Catálogo Nacional de Especies Amenazadas con la categoría de “en peligro de extinción”. Hasta la actualidad sólo se ha confirmado la supervivencia en todo el mundo de dos poblaciones de Margaritifera auricularia en la cuenca del Ebro: una en el bajo Ebro a su paso por Cataluña y otra en el Canal Imperial de Aragón en el tramo aragonés. El Canal alberga unos 2.000 ejemplares vivos de esta especie.

          Ribaforada aparece junto a uno de los dientes del dique. El Ebro va tan bajo que deja ver sus enaguas y hasta da apuro mirarle. Aún sin mapa ya sé que avanzo por los vértices de las Bárdenas Reales, como quien besa un labio sin alcanzar la lengua. Al otro lado del río, sus cortados se parecen a la artesanía de Yeyo: rosa, blancas, negras, ocres, en capas, en aguas, difuminadas por el sol. Todo resulta fácil para mis pies y eso redunda en beneficio de la mirada. Contemplo, medito, templo mi interior.

          La brisa acompaña como si caminara por el mar. Hablo sola en alto. Me hago preguntas. El dique termina en Reserva Natural y mis monólogos en los aledaños de Buñuel, la localidad más cercana a las Bárdenas Reales. Entro en el pueblo, consciente de esta proximidad. Estoy incómoda de antes, lo reconozco, pero el entorno tampoco ayuda. Camino pegada a las paredes de la calle del General Franco, buscando sombra. Tomo aliento en un bar repleto de jóvenes en el que permanezco el tiempo estrictamente necesario como para recuperar el aliento. En medio de su ruido yo permanezco callada. ¿En qué pensarán los agricultores, vencidos sobre la tierra, mientras trabajan en silencio?. En cuanto puedo sigo mi camino.

          Entro en una mercería que tempranea la tarde, necesito unos calcetines. Elijo un par de color naranja. La tendera me observa con detenimiento.

          –  ¿Sola?. ¿No te da miedo? ¿Y qué piensan tus padres?.

          Me acribilla con preguntas infladas de temores. Estoy harta de frenar otros caballos amén de los míos. El miedo es una emoción carroñera que come todo lo que se encuentra a su paso, paisajes, gentes, ríos… nos hace recelosos y en su nombre negamos lo desconocido (que en un viaje es todo). La señora no deja de hablar mientras empaqueta lentamente mi pedido. Insiste en que cambie de ruta precisamente hoy, que levo el día negándome las Bárcenas, destino incompatible con el Ebro; hoy, que llevo el malestar chupándome el ánimo.

La revolución que salió ardiendo

          – “Vaya usted por la carretera, mujer”

          –  “Que no, señora, que voy andando, y la carretera es peor para los pies”.

          – “¡Pero por esos caminos de Dios, qué miedo!”

          – “¿Qué miedo? No, señora, ¡qué dolor de pies! o de cabeza o qué calor o qué hambre, pero miedo es un lujo. No ando por los caminos de Dios sino por los de los trabajadores de la tierra, que salen a las siete de casa y están en el campo recogiendo pimientos hasta que llega la hora de comer, y luego vuelven, y no crea usted que dan muchas ganas de asaltar a nadie cuando aprieta el calor y se está harto de trabajar. Los problemas siempre me han llegado de los ociosos.”

          Con los calcetines naranjas en una mano y la vuelta en otro, escruto los rincones en busca de un lugar donde guardarme. Sobre una puerta pequeña leo “La revolución”. A su lado hay un pequeño bar. El dueño, un flaco de ademanes almibarados, utiliza la penumbra para despistar el calor. Le pregunto por el local vecino, de puerta angosta.

          – “Hace dos años “La Revolución” salió ardiendo y yo ni me di cuenta”.

          Rumio su frase durane unos minutos. En uno de los puntos más oscuros de la barra, dos agricultores con boina ven una película del oeste mientras toman un chiquito. Los dos son tremendamente gordos. Nos saludamos con un gesto murmurado. Observo al mesero en su pulcro ir y venir. Me cuenta su estancia en Peñíscola como símbolo de su andar por el mundo. Encoge el dedo meñique al servirme el te y envuelve mi helado con una servilleta de papel. Junto a esos hombrones de voluminoso abdomen, piel enrojecida por los excesos, cabezones y con boina, sus movimientos delatan su diferencia. Al cabo de un buen rato, uno de ellos rompe el silencio:

          – “¿Y vas a andar ahora, con el calor que hace?”

          –  “Hará calor hasta octubre, así que ya puedo echar a andar”.

          Definitivamente, no tengo un buen día, a pesar de que el camino es fácil y mantiene la vega del Ebro con rutas ecológicas, enclaves naturales y caminos para las bicis…La intervención del hombre en el paisaje, es más y más patente. Cuando en medio de un camino, una flecha amarilla pintada en un poste insiste en que las bicicletas deben darse la vuelta, entiendo que he cruzado una frontera. El pie que tengo atrás pisa Navarra y el de delante, Aragón, en concreto Zaragoza.

          A medida que avanzo me doy cuenta que lo único que quiero es meditar a solas con el camino, silencio, seguir andando, no parar. No tengo prisa en encontrar mi rincón para la noche. Veo atardecer en el camino. Novillas tarda en aparecer. La oigo antes de verla, pues se oculta tras los árboles. Anochece. La tierra rezuma humedad, sudan las hortalizas hacia el cielo. El agua descansa de su labor de ser y sostener a casi todas las formas vivas. Vuelvo a pensar en los filtros del agua. La profusión de mosquitos incomoda un atardecer bellísimo. Un extraño vaho diluye el horizonte. El Huecha, nacido en las faldas del Moncayo, rinde sus aguas al Ebro.

          Llovizna. Con la cadencia en la que la lluvia demuestra que ama caer. Algo de mí se desliza hacia mis pies y me arrastra hacia mi propio destino. Alguien silba “montañas nevadas, banderas al viento”. La canción me devuelve a rincones de la infancia y tarareos heredados, a esa edad en la que las palabras tienen otros significados. Viejas melodías que hablan de rancios orgullos, irónicamente, me acunan, y yo sigo andando rodeada de lo oscuro.

 

“A sueños de grandeza, desertares humildes… Susurran las olas”Cuando los ríos cuentan. Consejo 25

Las ancianas me enseñan a sanar huesos, los ancianos resucitan a los muertos, comparto los rituales de los sin techo… Aquel día la verdad me resultó más poética que el mejor verso.

 

…despertares humildes


-  “¡Y que no se meta nadie con tú, que estamos en el mundo para cualquier cosa!”.

          José, el único pastor de Novillas, se despide donde el camino hace recodo, así, de repente, sin esquina de edificio al que echarle la culpa.

          Llevaba un tramo caminando detrás de mí, juntos habíamos dejado, en silencio, el club de piragüismo que el pueblo tiene medio abandonado bajo el puente que cruza el Ebro, donde he dormido, y juntos sorteábamos balidos. He sido yo quien le ha abordado, casi como quien da un codazo.

          – “¿Son todas suyas?” (me refiero a las ovejas)

          – “Mías y de mi mujer”.

          José se descorcha como quien se sirve un vino. Visto en cifras él es la suma de sus 500 ovejas, sus dos hijos (2) y su mujer (1).

          – “Tres años tiene más que yo, ya van pa 70; y le digo una cosa, ha sido la única mujer de mi vida y empezamos a los 15 años. ¿Y sabe qué es lo que más nos gusta hacer juntos?”.

          Descarto lo de hacer el amor porque no parece que para él eso sea noticia. Viajar, es lo que más les gusta hacer juntos. Hace unos meses pasó por Fontibre.

          – “Nos hicimos una foto juntos abrazados a la Pilarica”.

          No nos miramos, ésta es una conversación de las de vista al frente, aún así sé que lleva vendada una mano, quizá porque el ojo humano es capaz de ver como un gran angular. Lo que esconde el vendaje tiene historia: es un rasguño que se le infectó. El médico le dijo que debía haber ido antes, que podía haber pillado un carbunclo, enfermedad de la oveja que se transmite al hombre a través de las moscas, que infecta la sangre y, en este caso, podría haberle reventado el brazo. A su vez, los animales son infectados al comer. Concluyo que el carbunclo acecha en la hierba y elimino inmediatamente ese pensamiento que me impediría el reposo para el resto del viaje..

Cuánto es “mucho” para un pastor

          Afortunadamente José vuelve a las ovejas, uno de los ombligos en torno a los que gira su mundo. No se separa de ellas más de quince días, el tiempo que se toma para viajar con su mujer.

          –  “¡Quince días son muchos si ya has visto lo que tenías que ver!”.

          Y luego calla. Yo le sigo y también callo. José está pensando en mí.

          – “Por esos caminos, tan sola”

          – “Usted también viaja solo”.

          José describe su paso como queriéndome dar pistas. Por ejemplo, en verano él echa a andar a las seis y termina la jornada a las diez de la noche, con comida, y siesta en el medio. José no recomienda, simplemente dice cómo lo hace él y yo tomo apuntes, memorizo, aprendo. La siesta, terminar más tarde la jornada… hasta el momento mi horario no es el del pastor, por mucho que arranque el día bien temprano.

          En la esquina de la nada José quiebra su paso y yo sigo de frente, lamiendo el Ebro, hacia ese punto en el que los dos perdíamos la mirada. Alli me encuentro con tres agricultores. El lugar debe ser un cruce invisible de caminos, un trazado que sólo ven los hombres de la tierra, como sólo los aviadores saben de las autopistas del cielo. Somos uno por cada brazo de esta cruz imaginaria y cada uno subido a su vehículo: pies, cosechadora, tractor y furgoneta.

          He hecho una de mis preguntas obvias (¿cómo llegar a Gallur?) y ahora deliberan. Lo hacen durante largo rato, obviando mi presencia. Soy una mirona  que se cuela en un acto ajeno. El de la cosechadora, gordo y más joven, apuesta por el camino más corto y alejado del río. El de la furgoneta nunca estuvo en Gallur (y calculo que no habrá ni diez kilómetros). El tercero, el más viejo, sobre su tractor y sin dar opción, señala el camino mientras matiza que por allí el río siempre me va a quedar lejos, pero que es el más aproximado.

!Y dale con que ando sola!

          No sé su nombre pero a él debo un recorrido dulce. Paseo por maizales, entre choperas, en medio de un paisaje húmedo y tranquilo del que salgo encontrándome en una cosechadora a un hombre que trabaja sonriendo. A lo lejos dos hombres siegan alfalfa, les observo mientras muerdo los primeros higos de la temporada. Mi infancia se cuela por la nariz. En ese momento llega Félix, dueño de la higuera. Cruzamos frases. El también mastica un higo. En el último trago, me dice:

          – “El problema no es ir sola sino ir andando”.

          Me acompaña hasta la Casona de Huerta Alta para evitarme pérdidas.

          La antesala de Gallur tiene una playa de cantos rodados a la que se accede por un camino seco abierto entre matorrales, chopos, pinos y encinas. Aquí es agua más viva, capaz de desplazar el verde hacia sus márgenes. Una bandada de aves remonta el vuelo a mi paso. Pero, enseguida, la ciudad tala el Ebro y sus caminos, los propietarios de la tierra levantan muros que funcionan como llave en una cerradura y he de entrar a Gallur por donde ellos obligan: por la carretera al pie de laderas horadadas.

          En esas paredes de arcilla rojiza los pobladores abrieron cuevas sin puerta que me recuerdan a las bodegas de Briones. Hoy parecen abandonadas, menos aquella en la que vive un anciano y sus gatos, al que todos consideran loco. El dato me lo da una anciana con la que comparto sombra a la entrada del pueblo. Dice que aquellas covachas fueron viviendas habituales hasta la guerra, en la que sus habitantes se esmeraban hasta conseguir que las fachadas parecieran nieve pulida gracias a la cal.

Las abuelicas saben de huesos

          Platicamos sentadas en unas de las escalinatas que adornan el extremo de la calle, una de las más empinadas de Gallur. Parecemos tres perros compartiendo sombra. La más joven de las dos abuelas recuerda que una vez se hundió una cueva y mató a padre, madre e hijos, salvándose el perro. La mayor asiente y, con lentitud abandona su puesto, entra en su casa y me saca una tónica. Entonces me dice que por allí precisamente pasa el camino de Santiago. Están acostumbradas a ver pasar peregrinos, aunque lo hacen en contadas ocasiones. Una señora en bata blanca despide a dos jóvenes en la puerta de su casa.

          – “Coloca huesos. Hoy lleva ya cuatro la mujer y no son más que la una”

          La más joven mata un mosquito de un sopapo en mi espalda. Ni ella pide perdón ni yo me inmuto. Minutos después compro repelente en la farmacia y me cuelo en un bar estilo años sesenta y medio vacío. Pido un café y, como un feligrés más, repaso la prensa del día.

          El Heraldo de Aragón da la noticia: “El alcalde de Moscú, Yuri Luzkhov, prohibió ayer la celebración de dos corridas de toros programadas para los días 8 y 9 de septiembre en Moscú. Serguei Tosí, portavoz del ayuntamiento moscovita, declaró que el alcalde tomó la decisión pese a que las corridas iban a ser al estilo portugués, es decir, con toros embolados y sin motor al animal: “La exhibición de la violencia, en cualquiera de sus formas es inaceptable”, manifestó el portavoz en nombre de Luzhkov, para quien “la corrida no se corresponde con las tradiciones rusas”. El anuncio de la prohibición tuvo lugar dos horas después de una rueda de prensa de ecologistas y otros grupos opuestos a las corridas, que amenazaron con “echar a la calle a miles de manifestantes”.

           ¡Se trata del proyecto de Víctor Méndes!, cuyo olor aún me estremece. Se me achica el ombligo.

Conversando se llega a Roma

          –  “¿Peregrina?”

          Antonio Cuartero  se va a convetir en una persona clave en esta jornada. Este anciano comienza su charla con cuitas de las localidades vecinas. Asegura que Utebo es conocido en la zona por el miedo de sus vecinos. Allá por el siglo XV ó XVI se decía que Utebo era preso de brujerías y que el Ebro servía de escondite para un extraño bicho que por las noches asustaba a quien se asomara al río… Hasta que lo cogieron.

          No digo que dudo de la veracidad de su relato ni que cuestiono su autoría, pero prefiero seguir sus indicaciones y dirigirme al  centro cultural de la Tercera Edad que depende del Canal Imperial, donde podré contrastar su información. Me dibuja un mapa tan detallado que aparece hasta la puerta de la asociación de jubilados Pignatelli, con sus escalones previos y su barandilla. Mientras repasa sus trazos, me aclara que la asociación se levanta en las antiguas caballerizas del Canal.

          En la entrada, varios ancianos tercian lánguidas conversaciones. Dentro, muchos juegan a las cartas y, en un salón de lecturas (una estancia a media luz), uno de ellos lee el periódico junto a la televisión encendida. El que atiende en la barra me deja entrar a leer después de recibir la aprobación de un miembro de la junta, anciano como el que más. Pronto, alrededor de la mesa junto a la que tomo asiento, se organiza una tertulia. Los sabios me acercan libros y se asoman cuando me topo con viejas ilustraciones.  Así debió comenzar la biblioteca de Alejandría.

La historia de Petra, la molinera

          Voy del texto a sus historias, remendando mi ignorancia. El zurcido sale chismoso: Leo “Había un molino que sólo funcionaba en verano, pues se anegaba en invierno”. El primero en lanzar su cuita es Antonio, que añade que había una molinera viuda, a la que todos llamaban Petra. Yo sigo con el texto, en el que se asegura que en aquel entonces el río pasaba lamiendo el término, mellando y desportillando la vega con sus rúbricas. Entonces el coro de sabios precisa que tras él se asomaban los mismos cortados que hoy me han ceñido. El pueblo tenía entonces tantas casas como ahora (unas 50).

          Con la lectura y sus comentarios consigo completar la historia: resulta que un día un viajero, galante y caballero, se apeó de su carroza “en el caminejo de Utebo leyendo un librejo muy ricamente encuadernado con cuero de tafilete” y abordó a la molinera. Fue cosa de ambos descubrir que aquel monstruo que el pueblo veía aparecer entre las aguas del río no era más que “un madero grande del tamaño de los catorcenes o de 28 palmos, negro del uso y medio perdido”.

          Para mofarse del pueblo, Petra, lejos de aclararlo, ató el tronco con una cuerda y una piedra al fondo y potenció los berridos con un cántaro. Los habitantes de Utebo no cabían en sí de miedo. Llegaron a pedir ayuda a Zaragoza, a la Universidad, al Gobernador… Existe un documento que habla de “sirenas y tritones aparecidos en mares y ríos, sin olvidar, por supuesto, a toda la tropa de los místicos cerberos, hidras, quimeras, esfinges, dragones y equidnas”. Los habitantes del pueblo decidieron que lo primero que debían hacer era “pescalo”, pero… ¿Quién? y ¿Cómo?.

          Por aquel entonces los mozos de Monzalbarbe eran los oponentes a los de Utebo, de ahí la copla que dice: “Los guapos de Monzalbarbe/ y los valientes de Utebo/ fueron a pescar un barbo/ y pescaron un madero”. A lo que los aludidos contestan: “Y los tontos de Zaragoza/ venían en coche a velo”.

          Pregunto a los ancianos que me roedean y ríen: ninguno es de Utebo y ninguno de Monzalbarbe.

El cónclave de ancianos, la memoria del Canal

          Después de un silencio breve les hago en alto un resumen del Canal, que marca el perfil del pueblo y de esta residencia, es decir, les hablo en cierto modo de su identidad: En 1766 un francés con residencia en Madrid, Juan Agustín Badín, presenta a Carlos III un proyecto de la Acequia Imperial y sus reparaciones. Este proyecto, que se aprueba en 1768, será la larva del Canal Imperial. A él y sus aguas se adaptó el sindicato de riegos (hoy comunidad de regantes). En 1776 el secretario de Estado, conde de Floridablanca, encarga la obra al canónigo Pignatelli, nombre que bautiza la asociación en la que me encuentro. El agua llegará a Zaragoza en 1787.

          Era la época en la que Jovellanos cruzaba en coche de caballos la Rioja y alrededores. Eran los años en los que apostaba por  la parcelación y venta de baldíos y tierras comunales, la abolición de los privilegios de la Mesta (ganados) y la desamortización civil y eclesiástica.

          Pero la agricultura no será la razón por la que se ordena construir del Canal Imperial, como tampoco constituye las raíces de mi audiencia. Ninguno de ellos es agricultor. Para ellos, como para gran parte del pueblo, fue la navegabilidad del Canal la que les dio de comer. Hubo un tiempo en el que el canal fue una enorme carretera de agua en la que flotaban remolcadores. Ellos traían y llevaban remolacha, trigo, maíz… de Bocal a Zaragoza. Gallur se convirtió en un lugar de referencia, un puerto fluvial en el que se hacía la mejor parada. La cabeza de los asistentes vuelve a ponerse en marcha.

          –  “Aquí hubo hasta capilla”

          Todo giraba en torno al canal. La vía estrecha trazaba el recorrido de un ferrocarril que unía Sádaba con Gallur y aquí empezaba su recorrido el tren de vía ancha.

La resurrección de los muertos

          – “Mira el trenecico”

          Los ancianos lo recuerdan bien porque la línea vivió el ciclo de los seres humanos: la inauguraron en 1912 y murió en 1970, cuando la levantaron a favor de la carretera. Hubo trenes que hasta tuvieron apodo, como el que se ganan los vivos con el paso del tiempo, entre ellos uno destaca el “cangrejo”, un automotor que, en ciertos tramos de la vía podía ir hacia delante y hacia atrás.

           Por el canal bajaban muchos mundos, tantos como peces por el río. Tal era el caso de las almadías (maderas con las que construían sus casas), que llegaban desde el Boncal, flotando, aprovechando las primeras crecidas, es decir, en invierno.

          Los hombres, que se arraciman a mi alrededor, recuerdan que las riadas del 30 y del 60 fueron las más grandes, y se pierden en detalles pequeños con frases a medio terminar, quizás porque todos estuvieron allí. También dicen que los ladrillos venían de un lugar indeterminado situado río arriba, pero no a nado sino en barcazas, y que llegaron a tener hasta un aeródromo militar, con aviones imponentes. La memoria, que tiene su propia lógica, se le dispara a uno de ellos, que empieza a hablar de la guerra, en la que todos fueron niños bajo los bombardeos alemanes e italianos. Por lo visto ninguno cayó en la ciudad y a lo largo de la guerra sólo murieron 14 personas.

          El que habla no dice nada de Camilo José Cela, que se hospedó en una de las viviendas de la localidad durante la guerra. La memoria es así. Entonces otro me cuenta que trabajó cargando remolacha.

La remolacha como motor

          – “Aquí se cargaban hasta 120 toneladas de remolacha”.

          El autor de la frase no explica si es al día, al mes, al año… si era fruto del trabajo de una persona, de una cuadrilla, de toda una fábrica. No importa, yo continúo con esta lonja de datos, en la que todos aportan, incluso yo con mi lectura en alto. Mi intervención, más que nada, les ordena. A orillas del canal se levantó una enorme azucarera. Corría el año 1899, hacía un año que España había perdido sus colonias de Cuba y Puerto Rico y la remolacha se había convertido en un producto prestigioso y con buena salida en el mercado. Aprovechando la generosa producción de este rojo tubérculo y el suministro de agua con el canal y el río, se creó en Gallur uno de los complejos azucareros más importantes de la península.

          El pasado se les dispara a todos. Todos fueron niños. Uno de los ancianos recuerda que su abuelo se complacía en contar la historia del sabotaje que los de la azucarera hicieron para cambiar el rumbo de su historia. Lograron que la pulpa cayera por el barranco y así tuvieran más argumentos los cinco popes del lugar, que buscaban liquidar la fábrica. Eso ocurrió en los tiempos de crisis, allá por los años sesenta; la azucarera había creado un núcleo de asalariados que trabajaban al margen de la tierra y eso creó una realidad, una mentalidad… y un crecimiento demográfico, pero todo tenía un límite. Los asalariados no sabían que aquello era algo más que coyuntural, se les venía encima la reforma agraria, la reconversión industrial, el fin de la dictadura… En los setenta, Gallur albergaba a 5.000 habitantes. Hoy la población asciende 2.890, más o menos, y yo estoy entre los más ancianos.

          Al trasluz distingo la figura recortada de Antonio Cuartero, que viene a tertuliar después de la comida. Caigo en la cuenta que me he saltado el almuerzo y que llevo horas embriagándome en la biblioteca. Leer sin comer es tan desconcertante como beber sin haber comido. Me levanto del puesto, los hombres se despiden. Antonio me acompaña primero al bar (donde compro un bocadillo para el camino) y luego a la puerta. Allí, cabezota, se empeña en que tome la carretera hacia Boquiñeni, pero yo voy como siempre, del brazo del Ebro.

Los efectos de caminar entre dos aguas.

          Camino entre dos aguas, a un lado el Ebro, inesperado, al otro el previsible y lineal canal. Los dos corriente abajo, hacia el mar, como si la tierra estuviera inclinada siempre. Ambos comparten el mismo paisaje, los dos fabrican sus propias realidades, los dos tienen los Monegros como telón de fondo. Las porquerizas marcan nuestro paso. Avanzo como mercancía, río abajo, al encuentro de ciudades que siguen dando la espalda al origen, como si algún código genético trazara planos en el suelo y orientara las calles hacia el mar, ese lugar por donde la vida debió subir hace miles de años.

          Recorro el trazado sencillo de Boquiñeni en busca de agua. Han empapelado el pueblo con folios: “Coral Boayen de Boquiñeni. Ante el comienzo del nuevo curso y el inicio de un repertorio totalmente nuevo, solicitamos tu ayuda. Necesitamos voces nuevas, tanto masculinas como femeninas”.

           Miro a un lado y a otro de la calle. No hay nadie. Ni un alma. Por no haber no hay ni alturas (éste es un pueblo plano y de casas bajas). Una niña comienza a berrear a pleno pulmón. Quiere un chicle. Me acerco a donde procede el grito. ¡Un CHHHiiiIIIiiiiIICleEEEeeEEEEh!, Eh, Eh, eh…No sé si la nena tendrá oído pero pulmones no le faltan.

          En un bar la madre y la abuela de la niña consienten sus agudos (ahora grita porque sí, porque le quitan el chupachús, para que le hagan caso, porque grita…) y eso hace que el camarero también me indique a gritos que el pueblo en pleno se ha ido Luceni, que anda en fiestas. También me chilla que Boayen es el antiguo nombre de Boquiñeni y que la coral es de música clásica. Le doy las gracias en do de pecho, como se merece un pueblo con coral propia. La madre y la abuela ni se inmutan. Tampoco la niña. Ni el camarero. Yo sí; hace semanas que no levanto la voz. Tan sólo escucho mi ruido interior, allí es verdad que mis voces gritan.

          Las granjas de Boquiñeni se unen con las de Luceni plácidamente. La mies hecha flequillo albino se adueña de mi derecha. Encima, en el centro, un cielo inmenso y ancho, nubes malvas, blancas, grises. De repente el azul se parte con el vuelo de dos cigüeñas que se dirigen, en paralelo, a uno de los muchos nidos que tiene la ciudad.

Comparto los rituales de los sintecho

          Al entrar en el pueblo, la charanga arranca melodías taurinas en una plaza improvisada en el centro del pueblo, junto al Ayuntamiento. En uno de los bancos, en diagonal a mi esquina, un desarrapado registra en su bolsa y saca una naranja, que pela con parsimonia. Delgado, pantalón corto, pelo blanco de quien fue rubio. A su alrededor hay un vacío de seres ruidosos que festejan en grupo y voz en alto. Observo los dos mundos, uno sucede al lado del otro y al mismo tiempo están a años luz de distancia. Me asusto: Recuerdo el túnel del tiempo que formaban los trabajadores de Sintel en la Castellana, la vida de las grandes finanzas bullía alrededor de esos supervivientes congelados en sus reivindicaciones. ¿A qué dimensión pertenezco?.

          El hombre lleva a cabo sus ritos íntimos en público, esa forma de mirar en sus bolsillos, de coser una esquina de su bolsa,  ese modo de moverse de quien está acostumbrado a la soledad y el silencio. Me doy cuenta que ambos hacemos lo mismo: miramos a dentro para fabricar una falsa sensación de intimidad. Me asusto de nuevo Tomo conciencia de que mis gestos privados son observados de forma obscena por aquellos que se visten para ser vistos. No me gusta esta sensación de desposeimiento que pasa por la inexistencia de mi privacidad. Los presos de los campos de concentración recuerdan las letrinas comunes como una humillación. Quiero desaparecer de aquel mundo que no me hace un sitio. Hoy dormiré en un parque, en los jardines públicos de unas viejas escuelas, es la primera vez que preparo mi lecho a la vista de todos y siento la dignidad hecha pedazos.

          Procuro abstraerme y escucho las ramas de este chopo semi seco que se mece en esta noche de viento y me cubre. Los fuegos artificiales con los que coronan las fiestas del pueblo se cuelan entre las hojas de mi techo. Desde mi cama-banco, tras las verjas de madera, un hombre y Natalia (él la ha nombrado para que vea el espectáculo) miran, con el torso desnudo, el refulgir de los fuegos artificiales. No se dan un beso, pero por sus gestos sé que los ardores del cuerpo están a punto de empezar. El coloca su brazo sobre los hombros de ella. Natalia apoya en su pecho la barbilla. Es curiosa esta noche de intimidades compartidas. Yo, a la vista de todos, y ellos, que no imaginan mi presencia. Hoy la verdad me resulta más poética que el mejor verso.

“Cada vez hay más palabras y menos árboles. Reduce lo que dices, multiplica tus actos”. Cuando los ríos cuentan. Consejo n. 26

Vicenta, como Sancho Panza, tenía un señor. Un día ella le dijo: “¿Usted quiere entender?. Vengase conmigo al mar – Él no iba a la playa nunca, no-. Allí sabrá del alba, tan rojo, y los jardines, tan verdes…”. La anciana me recordó que decir verdades como puños lleva lejos. Ahora le tocaba decirle a su marido que se estaba muriendo.

 

La ínsula Barataria


El último en llegar a casa por las fiestas lo hizo a las 7 de la mañana. A esas horas di por finalizado el sueño. Con los párpados aún vencidos, me recreé en los trinos hasta distinguir que unas aves pían, otras silban, las de más allá graznan y de vez en cuando las cigüeñas castañetean. Retiro las pestañas, fuerzo la retina y descubro la razón de tanto gorjeo: he dormido al lado de las torres de una antigua azucarera, donde las cigüeñas han construido un enorme nido y los árboles crecen sin concierto. Su parloteo me ha acompañado durante la noche, junto con el paso esporádico de algún coche y los pitidos de trenes en la lejanía. La charanga tocó casi hasta el amanecer.

          Ando, en tensa calma, por el meandro de Luceni que se divide como las varillas de un abanico. Algunos de los caminos llegan al río, otros los bordean, pero todos terminan ciegos, o al menos los que tomo. Definitivamente, las líneas rectas alejan de los deseos.

          Alcalá de Ebro recibe el río con un rompeolas. El río hace islas de sedimentos y ahora mezcla los colores con la brisa de la humedad. Dos cúpulas marcan el centro del pueblo, que parece una postal.

          Me asiento a los pies de la estatua de un hombre rollizo que señala su frente con el dedo, dispuesta a escuchar el agua y los pájaros como si fueran una pieza musical, pero antes de hacerlo leo el cartel que reza a sus pies:

          “Hoy día a tantos de tal mes y de tal año. Tomó la posesión desta ínsula el señor don Sancho Panza, que muchos años la goce”. Cervantes.

          ¡He llegado a la Ínsula Barataria!. Contemplo los alrededores con conciencia.

La bella y silenciosa ínsula

          Miguel de Cervantes Saavedra, vivió en la villa de Pedrola en el invierno de 1568 como paje del Cardenal Julio Aguaviva y Aragón, hospedándose en la casa del duque de Villahermosa, gran amigo de letras y cultivado aragonés en su época. Durante esta estancia conoció Alcalá de Ebro, que durante las crecidas del río casi se convertía en una isla. En su novela, Alcalá se convertirá en la Ínsula Barataria y los duques de Villahermosa en sus señores.

          Pero si entro en la villa es por su silencio y no tanto por razones literarias. Sentados en la escalinata de acceso a la iglesia, un joven de ojos azules y un señor mayor ven jugar a un perro y a un gato de igual color y tamaño parecido. Ríen con los retozos. Me complace que hagan eso, concederse un tiempo para reírse con las perrerías. Me acerco a ellos. Les digo que me encanta el sosiego del pueblo, el envés de Luceni. El mayor comenta.

          –  “Al cura de Luceni se le han debido olvidar las buenaventuranzas. Aquí no te habría ocurrido eso. Tenemos la casa del cura, en la que no vive porque es de Alagón, e incluso instalaciones municipales”.

          – “Qué injusto, Alcalá es más que la ínsula de la ficción. De todos modos, qué cosas, una isla en mitad de los Monegros”.

          El más joven, carpintero, me habla del dique. Aún hoy, cuando el Ebro llega lleno, sus aguas vienen con fuerza y chocan en la presa haciendo miles de remolinos.

          –  “Cuando era niño tocaba desde el dique el agua con la mano”

          El otro, José Luis, de 58 años, va a comprar el periódico a Pedrola y se ofrece a llevarme en coche, así podré ver la residencia de los duques de Villahermosa. Acepto su propuesta, no tanto por visitar el palacete sino por su forma de pedirme que le acompañe. De camino al auto me explica que padece insuficiencia respiratoria y por eso disfruta de una jubilación anticipada, es decir, que es rico en tiempo.

El honor de recibir un secreto de confesión

          Ya en carretera, José Luis me espeta que estudió cuatro años en un seminario y un buen día lo dejó a pesar de su fe (de hecho en todos estos años ha mantenido su vocación dando catequesis, cuidando la iglesia…). Abandonó su vocación en contra de su voluntad, de forma traumática… y entonces toma el aire que tanto le cuesta aspirar y pide permiso:

          – “Necesito contárselo a alguien, es un secreto que llevo guardado desde entonces, a ti te lo cuento porque no nos conocemos y porque no nos volveremos a ver”.

          El interior del coche se convirtió durante unos kilómetros en un confesionario pagano y yo escuché en silencio, conmovida por las necesidades del alma.

          Cumplida la visita al palacio de Pedruela y con la prensa bajo el brazo. José Luis me acompañará hasta el borde del río. Dos horas después me encuentro con la furgoneta del carpintero, de quien no pude despedirme. El joven reside en Cabañas, cuya entrada queda a pocos metros, y me anima a que crucemos juntos el imaginario dintel. Al pasar junto a las instalaciones de Opel me cuenta que la multinacional tiene unas tomas de agua propias que funcionan aún cuando el Canal Imperial no puede garantizar el suministro de agua a los habitantes de la zona.

          Dejamos atrás la enorme báscula para pesar carruajes. El “pesador” es un hombre cojo al que se le paga un salario menor por su minusvalía, allí tasa los vehículos con sus cargas y luego en vacío, así saben cuánto pesa el material que sale en venta (cerdos, maíz, alfalfa…). El carpintero sonríe satisfecho ante su propio despliegue de conocimientos.

Los ratones y los matalé

          Esta tierra prodiga hombres con ternura. A esa idea le voy dando vueltas mientras resoplo junto al Ebro y mordisqueo una pera que he arrancado de un árbol del camino. Encuentro una caseta destartalada, con forma de vagón, en el que come una familia que no se siente muy a gusto con mi interrupción. Donde hubo un bar leo “bar” y, como es costumbre por mi tendencia a lo obvio, pregunto:

          – “¿Está abierto el bar?”.

          – “No, no lo está”.

          Y, claro, continúo el camino con una sonrisa inmutable y deseándoles una buena comida, es decir, mintiendo, porque andaba yo pensando en la ternura y porque no son horas para encontrarme con noes tan rotundos. (Más tarde me enteraré que los allí sentados, en torno a sus viandas, probablemente fueran familiares del sr. Viñuales, conocido como “Matalé” y dueño del negocio. Me cuentan que hace 150 años el tatarabuelo de Viñuales se encontró con un ratón y empezó a gritar a su compadre “mátale”. Desde entonces existen dos familias Viñuales, los “Ratones” y los “Matalé”. Los de esta segunda rama derivaron en panaderos (después de unos años de gloria al frente del bar junto al río), de eso hará más de veinte.

          Un enorme puente se interpone entre el meandro en el que me encuentro y el siguiente. Probablemente en ese lugar hubiera existido durante años una barcaza que comunicara las dos orillas, ¿será que las barcas son los antepasados de los puentes?. Voy al mapa para confirmar la sospecha, de algo me tiene que beneficiar que corresponda a la orografía de los años cincuenta y, en efecto, la barca que unía las dos orillas ha dejado de existir. Lo que no recordaba es que antes de mi partida tracé allí una cruz con la siguiente leyenda: “Don Quixote, cap. 29 parte II. El barco encantado”.

El barco encantado del Quijote

          Lo había olvidado por completo. Busco en mi cuaderno el día en la que me encontré con Buda. Aquella noche, mientras él se duchaba, yo garabateé la historia de esta andanza. Y la encuentro… En un paisaje como este, hace ya cientos de años, don Quijote y Sancho ven, atracado en la orilla del Ebro, un “pequeño barco”. Empujados por el afán de aventuras, atan “entrambas bestias … al tronco de un álamo” y se acercan al lugar. El hidalgo está convencido que, a imitación de los libros de caballerías, su destino le ha llevado a la vera del barco por alguna razón que aún desconoce; frente a él, el ánimo de Sancho es otro, no quiere separarse de sus dos animales.

          A pesar de sus diferencias y como es habitual, hidalgo y escudero se enrolan en el barco. Unos metros de navegación son suficientes para que el amo asegure que están atravesado “la línea equinoccial”, circunstancia que dejará huella en sus anatomías. Imbuido en el rigor científico, está convencido de que se les habrán muerto los piojos. Con esta misma voluntad y en vista del silencio de su escudero, le pregunta si “ha topado algo”, a lo que Sancho contesta “Y aún algos”, sin saber especificar más.

          Mientras don Quijote despliega todos sus conocimientos del vocabulario de la astronomía, el barco se acerca «a unas grandes aceñas». Lo que a la vista son molineros, a ojos del caballero aparecen como “demonios de hombres”, “malandrines y follones” con “feas cataduras”, frente a los que probablemente tenga que socorrer a “algún caballero oprimido, o alguna reina, infanta o princesa malparada”. Comienza así la suma de despropósitos que darán con el cuerpo de ambos en el agua, contrariedad que viven de diferente manera pues a Sancho se le hunde el cuerpo (no sabe nadar) mientras a don Quijote lo que se le anega es el ánimo. A la postre, el barco queda destruido y los hombres consiguen volver a tierra gracias a los molineros. Mientras Sancho paga los desperfectos a los pescadores, don Quijote intenta llegar a una conclusión. Por un lado se convence de que en esta aventura ha habido dos encantadores, el que le proporcionó el barco y el que se chocó con él al través. Pero hay algo más, su desaliento: “Dios lo remedie, que todo este mundo es máquinas y trazas, contrarias unas de otras. Y no puedo más”.

          Ahora, a las 5 de la tarde, en agosto, en España, en pleno siglo XXI, suscribo el pesar del hidalgo y me impresiona la relatividad del espíritu, que contradice los rigores científicos y el convencimiento de que el tiempo tira siempre hacia delante, como las bestias porque así, con el empuje de una acémila, entro en Alagón, buscando algo más que sombra. Por unas horas me separaré del río.

La deliciosa Vicenta

          Discurro por la ciudad, fijándome en nimiedades. Una anciana recupera el resuello en una esquina de una plaza. Es Vicenta y, a sus 82 años, parece dispuesta a acompañarme al fin del mundo. De manera natural, se puso a mi lado y yo aminoré mi marcha hasta pisar como ella, con pasos cortitos y lentos, muy lentos. Ella mira al frente y yo hacia abajo, (su talla no supera el metro y medio).

          Vicenta no pudo ser doncella porque no sabía leer, de otro modo su destino habría sido distinto, aunque tampoco reniega del que ha tenido, así que fue cocinera en casas particulares, y como siguió sin saber leer el resto de su vida, pasó a regentar la cocina de un convento de frailes (“Corazón de María”.) durante los últimos 17 años de su vida laboral, es decir, hasta los 65.

         Se casó a los 30 años tras 9 de noviazgo, un tiempo forzado por la escasez de dinero. La ceremonia nupcial podría haber tardado un par de años más en llegar de no haber sido por la intervención de su ama, que respetaba mucho a Vicenta porque siempre decía la verdad. Contagiada por su ánimo, la dueña dijo a sus padres que a partir de ese momento las pagas irían directamente al bolsillo de su hija porque ya era una mujer y necesitaba hacer su vida y, como colofón, compró a una “lagarterana” que pasaba por las casas una docena de sábanas y otra de toallas. A partir de ese momento Vicenta le fue pagando el regalo cada mes. El suyo fue un ajuar a cuenta.

          De todos modos no fueron malos años de espera porque la señora era de miras amplias y permitía que su futuro marido entrara a “festejar” a la casa. Entonces ganaba menos de un euro al mes y se veía en la necesidad de echar horas extras lo que en principio le hubiera restado tiempo libre para encontrarse con su hombre, pero no fue así. Cuando los domingos le pedían que se quedara a preparar la merienda ella aceptaba de mil amores porque el novio se quedaba en la cocina, “festejando”, y ella ganaba en una tarde el jornal de 15 días. Hoy su marido está recluido en una residencia, afectado de Alzheimer.

         –  “Se le apaga la vida”

          Vicenta asegura que ella siempre mantuvo en pie la vida de los dos, por eso aún hoy se mantiene activa

          – “Siempre fui muy mujer para trabajar”.

Comprender el secreto de los colores

          Después de un silencio me dice que cuando vaya a Zaragoza me daré cuenta de los bonitos escaparates que tiene.

          – “Nada que ver con los de San Sebastián”.

          En una de las casas en las que sirvió de joven, “los amos” le ofrecieron ir a San Sebastián en verano. Ella no quería ir, no le gustaba desplazarse tan lejos, alejarse de su vida, pero al final aceptó por dinero. Además, nunca había visto el mar y eso añadía alicientes al viaje. Para poder bañarse en él, el personal de servicio (2 doncellas, 1 ama y ella, la cocinera) tenía que levantarse a las seis de la mañana. Aún así, lo hacían, porque aquello no era sacrificio.

          – “Allí veía esos verdes en los jardines y ese sol, tan rojo”.

          A Vicenta enseguida se le borró el ceño de la cara y su sonrisa fue ampliándose a medida que pasaban las vacaciones. En vista del buen resultado de su insistencia, el ama le preguntó si le había gustado San Sebastián, tenía que aceptar que aquella era una ciudad bonita y no como Zaragoza (el colmo del atractivo para Vicenta). Muy digna, la analfabeta Vicenta contestó:

          –  “No me gusta, sólo me gusta el color”.

          –  “¿El color?”

          –  “¿Tantas veces ha venido y no se ha fijado en el color?”

          Los amos debieron hablar aquella noche porque al día siguiente llegó él y le hizo la misma pregunta y Vicenta contestó lo mismo.

          –  “Sólo me gusta el color. Las paredes de las casas son muy oscuras y prefiero los escaparates de Zaragoza. Lo único que me gusta es el color”.

          – “¿Pero cómo una mujer que no sabe leer sabe del color?”

          – “¿Usted quiere entender?. Vengase conmigo al mar – Él no iba a la playa nunca, no-. Allí sabrá del alba, tan rojo, y los jardines, tan verdes…”

          Al día siguiente el amo se levantó antes del amanecer y a las seis de la mañana, de la mano de Vicenta, entendió el color.

          – “Qué se pensó. Yo no sé leer, pero siempre me he defendido preguntando y poniendo mucha atención y usando la cabeza. Y hasta aquí ha llegado”.

El derecho a la alpargata

          De todos modos lo que ahora le preocupa es su marido, al que va a ver tres veces cada día, coincidiendo con las horas de las comidas.

          – “Esto puede ser muy largo o muy corto. Lo que le pasa es que tiene que morirse… pero tiene miedo”.

          Su marido siempre encontró en ella la razón para vivir

          –  “Porque yo siempre le he dicho lo que pensaba, los he tenido bien puestos”.

          Fue así desde el primer momento. Por ejemplo, cuando se casó, su marido no tenía alpargatas. En su casa sólo había un par, que compartían el padre y el hijo, el primero que llegaba se las ponía y el otro se quedaba en casa, una relación de igualdad que ocultaba una injusticia, porque el padre siempre es el padre. Harta de tanta farsa, cuando llegó el momento de la boda Vicenta se dirigió “al abuelo”

          – “¿Cuál te gustan más, tus alpargatas o las nuevas?”.

          – “Mis alpargatas, mis alpargatas…”.

          –  “Pues le compraré unas nuevas a su hijo y cada uno tendrá las suyas y quien las rompa tendrá que andar con el agujero hasta que haya dinero para arreglarlas”.

          Por eso la quería su marido. Y por eso la han respetado todos, hasta ahora. Como muestra de su osadía me cuenta que, trabajando en el convento del Corazón de María, un día le espetó al fraile:

          – “Sus problemas con el estómago son suyos, no los pague con los chicos. Porque el superior quería que los curas fueran curas-curas y los jóvenes ya se sabe… así que fueron yendo al comedor cada vez menos. Empezaron 50 y terminaron 5”.

El “don” de decir lo que se piensa

          Ella formó parte de la transformación del convento y su modernización. Al principio no dejaban entrar a mujeres, pero a ella le dejaron.

          – “Yo tenía un don: le decía lo que pensaba y se lo zampaba todo”.

          Con igual gallardía le dice a su marido que le ha llegado la hora, que no se aferre, que pierda el miedo, pero no le hace caso.

          – “Es muy cabezota”.

          Los pasos cortos de Vicenta acaban una esquina en la que cuatro ancianos despistan la siesta. Están sentados en sendas sillas. Uno de ellos canta una jota.

          – “Un beso le di al Jalón/ Pa que el Ebro lo llevara/ Y al pasar por Zaragoza/ Y en el Pilar lo dejara/ Le di un besito al Jalón”.

          Néstor Pérez lanza otra:

          – “Y como no sé rezar/ entré un día a ver la virgen/ y como no sé rezar/ canté una jota espacito/ y vi a la virgen llorar/ y vi a la virgen llorar/ entré un día en el Pilar”

          Levanto los ojos: delante de mí se ofrece el hostal “Los Ángeles” y no lo dudo. Por qué no, yo también puedo pensar que las aceñas son castillos o, como es el caso, que un coro de seres celestes calmará mis flaquezas y que en algún rincón de ese edificio me esperan los algodones del cielo. Miro en mi bolsillo, apenas tengo dinero… Me siento a escuchar las jotas y dejo que “Los Ángeles” trabajen, ya se me ocurrirá algo…

 

“Recuerda cómo hacen amig@s l@s niñ@s: Les dejan un sitio en su juego… y ya está”. Cuando los ríos cuentan. Consejo 27

El sueño fue circular, giraba en torno a una boca carnosa y ácida como las cerezas. El día fue circular… Sin embargo nada parecía repetirse…

 

Naufragio en una partitura


Anoche tuve un sueño circular. Soñé que llegaba a un local donde un grupo de jóvenes (hombres y mujeres) seleccionados íbamos a pasar un fin de semana de lujo. Había llegado el momento de las presentaciones, en medio de un enorme jardín, rodeados de instalaciones de lujo, todos lucíamos guapos y elegantes. De repente, una chica vestida de naranja, aparece en el local. Los dueños la reciben con una sonrisa y le dan su equipaje (una mochila). Ella les dice algo así como “no sé qué les habrá dicho él, pero… en fin, aquí estoy, recojo mi equipaje y me marcho”. Ellos parecen estar de su lado y la invitan a pasar todo el tiempo que necesite ya que no ha podido disfrutar de la estancia como le hubiera correspondido.

          La chica acepta, sonriente. La observo, tiene mucha energía y es atractiva. El grupo de recién llegados se va a tomar unas copas fuera pero ella decide quedarse, no le apetece salir. Lo mismo le pasa a uno de los jóvenes, de boca carnosa y ademanes lánguidos. En realidad quiere quedarse a solas con ella, le gusta. A ella le enternece su actitud y le hace bromas, juegan, se ríen, se van a dar una vuelta por los jardines… y dulcemente ella, atraída por esos labios carnosos, besa al joven. La boca de él es terriblemente ácida y se sorprende. Vuelve a besarle, no puede con su sabor.

          Ella duda si continuar o no. No quiere volver a cometer errores. Entonces sale de su pensamiento y él ha desaparecido y ella no está en los jardines, sino en la calle. Busca el lugar del que salió, absolutamente perdida y sorprendida. Cuando llega y lo encuentra, recibe la mirada sorprendida de un grupo de jóvenes que se va a tomar una copa después de las presentaciones. Y ella dice a los dueños del local: “No sé qué os habrá dicho él”. Y entonces ellos la sonríen…

Las moscas llegan con el cierzo

          Vuelvo a la chopera que dejé ayer junto al río. Vista desde arriba parece pequeña. Alagón queda en alto y me permite adivinar mi porvenir. El calor empolva el horizonte y maquilla de azules el paisaje. A babor una fronda desorganizada, a estribor, unos huertos delineados y allá en el frente… un tractor de navegar sinuoso. Le observo sin catalejo, no hace falta. La mancha amarilla navega lenta y armónicamente entre el oleaje del cultivo. No tiene izada la bandera. Surca el verde.

          Sigo un camino que a medida que avanzo se abandona. La nube de mosquitos que me acompaña va ampliando su diámetro de acción y llega hasta en el pelo. Procuro controlar mi ira pero reviento, como si fuera una breva madura, no por los imponderables aguijonazos sino porque he pasado ya tres veces delante de la misma porquera. Freno delante de ella, aunque me rompa la pituitaria. Según mi mapa, la enorme pocilga debía aparecer a mi derecha y no a mi izquierda, que es donde está. El olor me da náuseas.

          – “Por lo menos 5 000 cochinos tendrá, y cuando viene el cierzo es terrible”.

          Es una frase de Néstor. Anoche el jotero y uno de sus amigos me explicaban que el cierzo enloquece porque va a no sé cuantos kilómetros por hora, que empieza en el invierno, arrecia en primavera y se calma en otoño y que arrastra todo tipo de olores. Dispuesta a triunfar, rectifico y giro a la derecha por un trazado que hasta ahora nunca pisé. Hasta cuatro vueltas doy por el único meandro antes de encontrar el río y el cortado impresionante del que me hablaban anoche.

          – “Notarás lo que hace el Ebro cuando crece”.

Un músico en su tractor

          Ahora entiendo el mensaje encriptado de Néstor. Efectivamente, a mi lado el Ebro fabrica una “playa” hecha de los sedimentos que arranca de la pared de enfrente. La tierra se rompe al rozar el río pero mantiene sus estratos de la mitad hacia arriba. El blanco muestra todas sus gamas frente a mí, aquí el verde, allí el muro, después el agua. Mereció la pena el laberinto.

          Cuando vuelvo a las huertas veo, a lo lejos, esa mancha amarilla que descubrí a primera hora de la mañana. La enorme carabela es un tractor ocre que sigue marcando eses a pesar de su rígida estructura. Al frente de él, Benigno, el único Benigno de Alagón. Levanto la mano como lo hace un náufrago. Quiero conocer a quien es capaz de moverse con tanta ligereza. Tras los saludos, el intercambio de nombres. Pronuncia el suyo silabeando, como si de golpe fuera extranjera. Repito “Be-nig-no” con la misma precisión y el hombre se echa a reír para contarme después, con mucha gracia, que harto de que le llamen Menino, Benino, Minino… bautizó a sus hijos como Sergio y Javier. Sin bajarse del tractor me explica algo que parece obvio: es agricultor, profesión que aprendió de su padre. Su mujer tiene una zapatería. Pero cuando llegan los sábados, la jornada se complica porque llega el turno de los ensayos. Hay temporadas, como en Semana Santa que empiezan a las 14 h y terminan 3 horas después.

          Benigno también es músico. Toca el saxo alto en la charanga (El Mañaco), la corneta en Semana santa y canta en una coral. Dice que lleva la música en la sangre, que incluso cuando trabaja la tierra le brotan melodías de no sabe dónde y canta, tararea, musita… Asegura que no es tan buen profesor como su padre, por eso no ha enseñado a sus hijos el cuidado de la tierra, y eso que su hijo (ciscornio segundo en Santander y también trompetista) aprendió FP agraria para ser capataz.

          Be-nig-no se anima a invitarme a subir al tractor. Por supuesto, caigo en la tentación. Subo. Estoy encantada. Voy apoyada en la puerta, medio recostada contra el cristal. Entonces, Be-nig-no empieza a bailar con su máquina. Desde lo alto, en la cabina, veo cómo el Ebro discurre pegado al cortado hasta enlazarse al Jalón y más allá. Noto la música que nadie nombra, aquella que proviene del lugar de los secretos, donde duermen los sueños de los recién nacidos. El Ebro rompe en ese cortado durante un buen trecho, a lo largo del meandro mas grande de Alagón y luego frente a la desembocadura del Jalón. La tierra, entre sol y nubes, cambia de color, del rosa al blanco y luego al gris. Benigno me devuelve al río, mecida.

!Mujer, mujer!

          La desembocadura del Jalón es la más clara y dulce que he visto en este viaje. En el lado derecho del afluente un dique dirige sus aguas de forma razonable. Ante mí, un embarcadero que sólo se utiliza dos veces, en mayo y en septiembre, para subir a la ermita del Castellar, que es lo único que existe al otro lado del río para los vecinos de Torre de Berrellán. Al final del verano los fieles llevan la comida en cestas mientras que en mayo la excursión es sólo mañanera, con almuerzo incluido, pues por la tarde están las fiestas del pueblo.

          Observo la ermita, en lo alto del cortado, e imagino el rosario de romeros subiendo por el escarpado sendero, con la lengua fuera y regando el gollete con buen vino para hacer más leve el esfuerzo. Aquí abajo, el embarcadero es el mejor lugar del mundo. Sombra y agua en remanso, no hace falta mucho más. Y en medio de él un ingenio que intento descifrar: un complejo sistema de poleas y cuerdas dispuestas para arriar una enorme barca (que no está) en la que deberían viajar los paisanos.

          Un poco más allá unos niños ríen mientras se tiran de cabeza a la corriente y caen al agua como si fueran fardos. Las niñas, vestidas, les miran. El griterío es general, al cincuenta por ciento. El más gordito llama mi atención.

          – “!Mujer, mujer!”

          Cuando me giro a verle se tira formando un magnifico remolino; detrás de él otro más pequeño, con la espalda algo encorvada y en calzoncillos, le remeda.

          – “¡Mujer, mujer!”

          Pero esta vez, en medio del salto, me enseña el culo.

          – “¡Le ha hecho un calvo!”

          Ríen las niñas… y yo también.

Ahora los barqueros se llaman Antonios

          El viento mece las mazorcas de maíz como si fueran trigo. Invento que es otoño y que me he vuelto río. Sólo oigo mis pasos y el viento en el cultivo mientras me acerco y separo del río, que hoy me devuelve una y otra vez a mi condición de náufraga. Susurro de hojas. Ando y desando sin rumbo, presa de un oleaje verde que no entiendo. El canalón al que va a parar el agua de varias acequias determina mi recorrido y me corta el paso. Soy un ahogado sin muerte que el mar expulsa a su punto de partida pues me doy cuenta que una y otra vez vuelvo sobre mis pasos, ando haciendo remolinos. Soy el madero que vaga de una costa a otra después de un naufragio.

          Ocurre cada vez que me despego del río, así que adapto mi andar a las difíciles riberas, feraces huertas. Las Mejanas pobladas de álamos, fresnos, sauces y tamarices forman islas junto al Ebro. Los chopos no son buenos  para los pies, el barro sobre el que crecen convoca a todos los insectos. Al otro lado del río, descubro El Castellar, un secarral a cuyo pié se ubica una finca a la que se pasa todavía en barca privada, la de Sobrabiel. Llego a ella en el momento en que recoge un tractor y lo transporta a la otra orilla. El barquero se llama Antonio y está sustituyendo por un día al verdadero barquero, también llamado Antonio.

          –  “Antes los barqueros se llamaban Migueles, ahora somos Antonios”.

          Le digo que la suya es la única barca funcionando diariamente desde el comienzo del Ebro y, orgulloso, se lo comenta al siguiente pasajero, el conductor de un tractor. A raíz de este comentario, sus actos adquieren mayor valor, y despliega el ceremonial de su trabajo.

          Por fin entiendo cómo funcionan estos barcos con funciones de puente. Primero se desengancha la plataforma de la orilla (con ayuda del pasajero), luego se enciende el motor, que irá recogiendo por un lado la cuerda y por otro la irá soltando. La polea permite el avance. Una segunda cuerda, arriba, hace de tope a una especie de mástil, que sirve para orientar la barcaza, junto con el timón (una enorme barra que se moja en el río según la voluntad de dos rodillos que van a manivela).

          De regreso a mi orilla, Antonio recuerda que de Abril a Junio el agua llega negra a Sobrabiel por las conserveras de espárragos y alcachofas de Tudela y que ya nadie drena el Ebro.

          – “!Con lo sano que es para el río!”

Me buscan un hombre de confianza

          ¿Cómo de “sano”, como las purgas, los ayunos o los regímenes de frutas para limpiar los intestinos?. ¿Y los diques, embalses, presas, centrales eléctricas, nucleares… no son ya suficientes peines?. Antonio no explica “sano” y yo tampoco le pregunto, porque ahora más que saber, lo que necesito es beber. Encuentro lo que quiero en una tienda de Sobrabiel que es estanco, supermercado, tienda de chucherías y punto de encuentro de amas de casa. Allí compro un refresco y un nuevo cuaderno. Pido permiso para sentarme en la silla que preside la entrada del establecimiento, justo frente a la caja registradora, y me lo conceden. Allí, entre sorbo y sorbo, tercio conversación con la madre y dos hijas que regentan el local. Me hacen una entrevista en toda regla sobre el viaje, mis anécdotas y razones.

          Ellas rebuscan en su memoria sus propias travesuras. A raíz de reconstruir para mí un camino de la infancia (saliendo del pueblo por el camino recto hasta un molino antiguo, se bordea, se tira a la derecha, se pasa una acequia, unas autovías y trenes y de frente aparece Casetas) recuerdan que después de muchos años volvieron a tomar esta ruta el verano anterior, antes de que los niños terminaran su siesta.

          La charla es animada y se enlaza con los encargos de las mujeres que completan la compra del día hasta que la anciana pregunta a un representante “de confianza” si podría acercarme a Casetas porque no quiere que pase más penalidades. Para ella los tres kilómetros que me faltan para llegar allí suponen ya demasiado esfuerzo. Me impresiona tanto su preocupación que acepto su ofrecimiento, además, son las siete de la tarde.

A solas con Sael

          Entro en el coche del representante con todo el protocolo necesario. Él se presenta como Sael (españolizado, Samuel) y es de origen sirio. Al decirle el mío me descubre que mi apellido procede de su país. Me explica que allí Zein significa “la belleza, la bella” y me mira de arriba abajo convirtiendo el dato en un piropo, aunque su mirada me hace sentir que mi aspecto está pasando por la ITV. Por mi parte, valoro sus ojos azules y acento afrancesado, aún así me hace sentir incómoda. Como si lo notara, Sael cambia de tercio y empieza a animarme a que venda mi historia a los medios de comunicación. Le señalo que se ha pasado la salida. Pide excusas y en vez de volver sobre sus pasos me asegura que me dejará en el pueblo siguiente. Mientras pregunta si tengo hijos, si estoy casada, la edad…

          – “Porque la gente que hace lo que tú o trabaja en algo por el camino o vende su historia a los medios o se lía por el camino con alguien”.

          –  “Lo más desagradable es la última propuesta”.

          – “Claro que te tiene que gustar el hombre que elijas”

          Le miro fijamente a los ojos y le señalo con el dedo mi punto de destino. Frena, entra en Utebo, recorre el pueblo con parsimonia, como si cupiera la posibilidad de una reconsideración de su propuesta. Reduce la velocidad cada vez que pasamos delante de una pensión. Insiste.

          – “Quizás nos veamos más adelante”.

          Al llegar al Ayuntamiento, me apeo. Sael refuerza el brillo de sus ojos, que lejos de atraerme, me espantan. Frente a mí, una residencia de ancianos me ilumina como un viejo farol de gasoil. El asistente social que atiende en la entrada corta mi paso. Explica que la residencia da de comer gratis a los transeúntes que tengan razones legítimas y, por lo visto, la mía carece de legitimidad. Aún así, se ofrece a devolverme a Casetas.

          Por lo visto, y hasta el final, este día es circular.

“En los márgenes de los ríos se multiplica la vida. Sé marginal, olvida los tronos. Germina”. Cuando los ríos cuentan. Consejo 28

 

Fenómenos “paranaturales”

¿Se puede querer a un río?. Nunca tuve mascotas, sólo entiendo del amor humano… del amor fluvial nadie me ha hablado. Después de un mes de convivencia, entiendo al Ebro, quiero estar a su lado, le echo de menos si me aparto.

          Hoy los cortados se me figuran como puños que aprietan la vega izquierda del Ebro. Es el efecto de las escasas lluvias y el paso del largo tiempo. En la medida en que los pies del paisaje se van convirtiendo en tierra por la que pisar, mi ánimo se crece. Poco a poco distingo rocas, riscos, collados, caminos, soto bajo… y consigo que el sonido de la autopista quede en un segundo lugar. Lejos del asfalto, la humedad del aire me acaricia como el aroma de un ser querido. Al lado del río mi pensamiento cambia de tono, me vuelvo más orgánica.

          Ya no me afecta la presencia de edificios, que cada vez son más numerosos y más grandes y se acercan a los más altos. Utebo se une a Zaragoza con constantes construcciones, fundamentalmente chalets adosados. Cerca de la “Torre de la mejana del tiemblo” me cuelo en una vieja hacienda. Escucho la voz de dos ancianos que parece salir de la rejilla antimosquitos de una de las ventanas de la casona. Discuten. Me acerco al tragaluz. Exclamo “!Ah de la casa!” y callan. Insisto, esta vez digo “me he perdido”. Una voz sale de la penumbra y explica que estoy en las inmediaciones de territorios expropiados por los militares. Se refieren al regimiento de Pontoneros e Ingenieros que tienen su cuartel en Monzalbarba, ya junto al término de Almazara. Cuando consideran que me he distanciado lo suficiente como para recuperar su intimidad, vuelven a discutir.

Una colección de nombres árabes

          Me llama la atención el eco árabe de los nombres que encuentro a mi paso: Monzalbarba en origen fue un asentamiento bereber, Manzil Barbat. Alfocea viene de la época en la que fue residencia de musulmanes, que la llamaron Al-Hauz. Almazara no sé de donde viene, de hecho en los años cincuenta no figuraba en los mapas…

          Cuentan que en tiempos lejanos, un señor de la villa de Alfocea se empeñó en volar igual que los cuervos. Terco, se ató dos alas de caña a los brazos, subió a un peñasco de altura considerable y desde allí se arrojó al vacío. Tras el golpe, del que salió maltrecho, los vecinos acudieron a visitar al caballero y le llenaron de consejos. Todos coincidían en que no debía repetir la prueba, pero el mencionado señor ya había llegado a sus propias conclusiones:

          – “¿Que no?. En cuanto pueda ponerme de pie. No he volado porque me faltaba la cola”.

          Mi mapa fue editado en los 50 de modo que me acerco a Zaragoza como quien va buscando a un ser querido con una foto antigua. En mis manos llevo dibujado el perfil de la España agraria y ante mis ojos se levanta la de los servicios, es decir, profusión de asfalto, reducción de cultivos, multiplicación de casas… y meandros que no reconozco. Los carteles anuncian la cercanía de los “Galachos de Juslibol” y sin embargo mi mapa no sabe de ellos. Es como si el tiempo se hubiera comido una de las curvas del Ebro. ¿Me encontraré ante un caso de “meandro abducido”?.

Conversaciones con los soldados tras la verja

          Fijo claramente en mi carta el último punto en que lo que ven mis ojos coincide con lo que ofrecen mis manos: el puente de Alfocea, donde comienza un camino junto al Ebro que lleva a Zaragoza. Los soldados se acercan a la verja y me animan a que  les acerque el mapa. Se lo cuelo por un agujerito de la valla. Ellos tampoco ven los galachos de Juslibol…

          – “Vaya usted por el camino, es del ejército”.

          – “¿Es usted famosa?”.

          – “Verá “anadés” al final del camino de bicis”.

         – “¿Está haciendo el camino de Santiago?”.

          – “Lo podía usted hacer en piragua”.

          – “Tenemos embarcaciones y hay que saber dónde cubre hasta los tobillos o dónde hay remolinos”.

          Los soldados me hacen rebasar la verja, han llamado a un superior por si él pudiera darme una información más detallada. Después de un saludo marcial, el oficial me da permiso para andar por sus terrenos después de confirmar mis sospechas: en los años 50 no existía este galacho. Ya sé que la naturaleza tiene sus propios procesos, ya sé el efecto de los glaciares y la desaparición de los dinosaurios, los efectos de los terremotos, riadas o alisios, pero me sorprende que un río pueda modificar su trayecto de forma tan radical en apenas cincuenta años. Por lo que parece, un día el Ebro apostó por la línea recta y eso me parece poco cabal para un río.

Experimentar un galacho

          Es entonces cuando me entero: En 1961 hubo una enorme crecida y el Ebro reencauzó su rumbo, abandonó uno de sus meandros dejando en su lugar centenares de hectáreas húmedas, de abundante vegetación y fauna, que solían inundarse en la época de lluvias o en las del deshielo. Para nombrar este fenómeno los aragoneses acuñaron un nuevo término: galacho. En tan sólo 10 años, donde hubo río se instalaron las graveras y tanto horadaron la tierra que el suelo se minó de pozas. Alimentadas por lluvias, inundaciones y por el propio acuífero del río, formaron lagunas artificiales que dieron alimento a las aves.

          Impresionada por el relato, sigo el recorrido de unas rodadas hechas por las bicis junto al Ebro hasta desembocar en un cartel que indica “prohibido bicicletas”. En realidad, se prohíbe todo menos pasear con el perro (siempre y cuando vaya atado). El itinerario que ofrece de los galachos es: Lagunilla de Tamariz, a la derecha del Ebro. De frente la laguna del Sur. A la izquierda la laguna de Graveras y la de Alama, después de la laguna de Mejana y la de Gachos. Llego a un nuevo cruce y voy a la izquierda, hacia la laguna del Sol, la del Pescador, la del Puente y luego todo seguido a mi derecha hacia Juslibol. A un lado se queda el castillo de Miranda.

          Seco, abandonado, rancio. Escribo esto con miedo a que se enfaden los galachos y me coman. Me molesta que me digan dónde tengo que mirar. Aún así, un banco y una sombra junto a una laguna ayudan a aliviar mi dolor de pies. Con los dedos al aire y las piernas en alto, leo uno de los numerosos carteles explicativos. Ahí entiendo el origen de la línea recta.

Naturaleza abandonada = próxima construcción

          “La extracción de gravas para la construcción en la década de los setenta originó grandes pozas que, alimentadas por las inundaciones y por el agua subterránea (acuífero aluvial) han formado las lagunas artificiales que ahora contempla. Estas lagunas tienen diferentes profundidades. El agua suele estar fría y su calidad va mejorando a medida que nos alejamos del río y de las acequias de riego”.

          Juslibol es el resultado de una suma de abandonos. La naturaleza está allí a medio camino entre el parque temático y el cementerio asalvajado. Como para llevarme la contraria, un cartel explica en qué consiste “la vida en los cortados” que en su momento ajustaron el cauce del Ebro y que luego la mano del hombre agudizó con sus excavadoras. La extraña dureza del yeso (puro carácter pues no se caracteriza precisamente por la rigidez de su estructura) hace que en la parte superior del cortado se extienda una inmensa estepa que parece extenderse sobre una frágil milhoja. Camino pegada a ella, a pasos pequeños, consciente de que a este paisaje todavía podría sumarse algún derrumbe…y a mí pillarme debajo.

          Los carteles amarillos, descoloridos por el sol, explican los entresijos de lo que fue paisaje, referente, empeño, pasillo… con cierto toque de “soberbia colonial”, como si de lo natural (que desgraciadamente cada vez es menos) se quisiera hacer algo simbólico, un gesto congelado, un montón de actos llenos de significado. Así, conservadas, la flora y fauna tienen nombres, apellidos, derechos, jurisprudencia, turnos y hasta planes de jubilación. No en vano el Galacho de Juslibol fue reconocido en 1990 por la UNESCO como “zona periurbana de máxima importancia”, e incluido dentro de los proyectos MaB “Hombre y Biosfera”. Pero nadie debería olvidar que la Estrella Polar no sabe que señala el norte y que la naturaleza no necesita conciencia de sí misma, sino que es el ser humano quien debe tener conciencia de su propia naturaleza.

Las ranillas y aquel tren de madera

          El pueblo de Juslibol aparenta ser una de las barriadas agrícolas de la periferia de Zaragoza. Mira desde lo alto al río, sabiendo su naturaleza traidora y deja a su pies un largo entramado de huertas que pretendo atravesar para no alejarme de su cauce. Con esa voluntad y en el meandro de las “Ranillas” pido consejo a un agricultor que a esas alturas de la jornada parece un alma tan perdida como yo. Le muestro el mapa, que reorienta delante de mí: coloca el sur más al este y el este más centrado…hasta hacerme entender dónde estuvo realmente el meandro desaparecido por la riada y explicarme cómo, con el paso del tiempo, el actual trazado también desaparecerá.

         Para él todo corresponde al orden natural de la ambición humana. Hace 25 años el Estado expropió los terrenos de la vega de la derecha del Ebro por 65 pesetas. Pero mientras la Administración no daba otro uso a las tierras, algunos agricultores siguieron trabajándolas, sin derechos sobre ella, pero al menos recogiendo sus frutos. Ahora el ayuntamiento de Zaragoza quiere construir en parte de esos terrenos el centro de la Expo del 2008. Algunos cultivos del meandro de las “Ranillas” se convertirán así en la casa de tío Gilito en medio de la ciudad de Walt Disney. Los escasos agricultores que aún poseen su tierra se verán rodeados de turistas, una combinación imposible. Si la España agrícola fue sustituida por la turística y de servicios ¿Cómo van a poderse combinar dos ritmos de vida, dos formas de entender la tierra que son incompatibles?

          Es entonces cuando me habla del “trenecito”. Al salir de los galachos he visto, “el tren del carrizal”, de madera. En él se transporta a una media de 60 niños en cada visita; día a día pasan por ese pasillo al que he visto que el Ayuntamiento avisa que hay peligros de desprendimiento. Por lo visto, el municipio pone el cartel y así pretende desprenderse de sus obligaciones.

          – “Hay una piedra que caerá, es su destino, tardará 2, 4 años, pero lo hará y 60 familias vivirán una tragedia”.

El protocolo de un club náutico de río

          Sus palabras me traen a la memoria la película “Tormenta de nieve” y me estremezco doblemente, por lo posible y real y por su dimensión en mi imaginación. Desde el puente de Almazara, Zaragoza parece una isla del Ebro. Pronto la vega del Ebro se convierte en paseos y avenidas. Las flechas indican indistintamente “puerto” y “El Pilar”. Me cruzo con tres ciegos haciendo bromas a la orilla del río, asomándose a su frescor. Hablan de él con la desinhibición de los que se creen solos. Me atrapa su impudicia, burlan al Ebro y su apariencia. La sede de la ONCE queda 100 pasos. El “Club Náutico” queda ya a 100 metros. Junto a él, un torreoncito anuncia. “Animales y plantas. Excmo. Ayto. S. Aragonesa protectora”.

          El club tiene “reciprocidad mutua” con Tuy (Pontevedra), Villanueva y Geltrú, Melilla, Ceuta,  Tenerife, Masnou (Barcelona), Los Alcazeres (Murcia), Ciudadela (Menorca), Algeciras (Cádiz), Vitoria, Bañolas (Gerona), Cádiz, Ceuta, Huelva, Marbella, Sta. Lucía (Málaga), Villagarcía de Arosa (Pontevedra), Cádiz, Badalona, La Coruña, Sitges, Vitoria, Cartagena, Las Palmas, Valencia, Alicante, Gijón, Arenys de Mar (Barcelona), Casino de Arrecife (Las Palmas), Cartagena, Castellón, La Laguna (Tenerife), Madrid, Mahón (Menorca), Sevilla, Tarragona, La línea de la Concepción, Almería y Estepona. El mismo cartel en el que se da cuenta de esta ristra de nombres explica también que el club cuenta con una “Comisión de Relaciones Públicas y Protocolo”.

          Protocolo. No sé si mi presencia (mujer con mochila) se contempla en alguna regla. Mi aspecto evidentemente inadecuado coincide con que la hora es también inadecuada. Me asomo a la piscina irregular y minúscula que el club ha instalado al lado del río en la que sestean varias carnes blandas con la placidez de los que  “tienen”. Sus bikinis son apacibles y grandes. El azul de la piscina contrasta con el verde grisáceo del río.

          Leo la lista de requisitos que se exigen para poder cruzar el dintel. El club se reserva el derecho de admisión a menores de edad, personas con indumentaria inadecuada, que presenten síntomas de embriaguez, cuya actitud resulte perjudicial para la integridad del resto de los clientes, que porten bebidas…

          Un camarero sale del interior, vez empujando una caja de bebidas y al llegar a la puerta se hace un lío. Me ofrezco a ayudarle. Le sujeto la puerta.

Una mochila da pinta de sospechosa

          –  “Prefiero hacerlo sólo, no, no, lo hago mejor sólo”.

         Le suelto la hoja sin miramientos. Él da dos patadas, resopla y sigue. Yo también continúo con los requisitos. Prohibido el acceso a quienes porten objetos innecesarios, que vistan ropa deportiva y que presenten un aspecto falto de aseo.

          ¿La mochila se puede considerar un objeto innecesario?. ¿Mi indumentaria de caminante (que hoy remato con unas sandalias con calcetines, blancos) es inadecuada o deportiva?. ¿El polvo del camino se consideraría un “aspecto falto de aseo”?. En cuanto a la blandura de piernas que empiezo a sentir ¿da una apariencia de embriaguez?

          Doy por cerrada la jornada. Reservo una habitación en la “Posada de las ánimas”. Recuerdo “las sánimas” de mi cuarta jornada junto al Ebro, las vecinas hablando desde la ventana y el hombretón espantando fantasmas sobre aquel banco. Siento que me cuelo en aquellas hornacinas del camino… Ya no soy aquella observadora. En recepción pido una con cama de matrimonio. Paredes con humedad, ventana con vistas a patio interior… me da por pensar que aquel lugar es reposo para mi alma y me estremezco. El techo es alto. Con la llave me han dado un folleto: “Fundada el 3-1-1705. Su nombre aparece en crónicas, guías, anuncios oficiales y publicaciones de los ss XVIII y XIX. Citada por Galdós en sus “Episodios Nacionales”. Es el lugar de revelado de la primera película española ‘Salida del Pilar de misa de 12’”.

Una noche con las ánimas

          Escudriño su logotipo: dos personas con las manos juntas, oran mientras se queman en el fuego. El documento es la copia de facsímil de 1908.

          “Comida baturra. Verificada en la posada.. El día 9 de agosto de 1908. 1º judías con chorizo y oreja de cerdo 2º pollos a la chilindrón 3º abadejo en ajoarriero 4º magras de Illueca. Postres: melocotón en vino con azucar y canela. Tortas de cariñena. Almendras turradas. Vinos: tinto de los padres escolapios. Pan: dobleros, del año ocho (blandicos). Licores: aguardiente (balarasa) al estilo del que fabrica el tío cartujo en la calle predicadores. Café: será servido por el café de la calle de San Pablo. Advertencia: no se permite beber agua, y el que tenga necesidad de tomarla pagará por cada jarra una cuaderna (10 cts) con destino a la caridad. Nota: dato el carácter de la fiesta y rigor de la estación, se permite comer en mangas de camisa. A los postres una rondalla tocará aires populares. Fdo: La Comisión”.

          Los arrieros y comerciantes habituales del lugar recibían, junto a estas viandas, la ración de paja y el cuidado de los animales de tiro que les acompañaban.

          Me repongo, abandono la mochila y, en silencio, con los labios apretados, como si no quisiera que se me fuera a escapar un verbo, voy a El Pilar. En la plaza, unos gitanillos persiguen a una paloma. El chaval más flaco pisa un ala con contundencia. De otro pisotón quiebran la otra ala de la paloma presa. El tercero es mortal: le revienta el buche. La única niña del grupo toma el ave de un ala y echa su cadáver en una papelera… y siguen jugando. Me estremezco al ver la crueldad en manos de un niño. De golpe recuerdo el gallo descuartizado en el documental sobre las Hurdes realizado por Buñuel.

Buñuel reordena el mundo

          Soy una más entre las decenas de turistas. Me recreo en el Puente de Piedra. Ahora sé que desde el siglo XV en el que se construyó hasta hace pocos años, fue el único puente de obra por el que se podía cruzar el Ebro. El barrio rezuma emigrantes, la mayoría africanos.

          Ceno pronto en uno de los comedores de la Posada, animada por la reseña que leí en el cuarto. Elijo el que anuncian como “típico aragonés”, está en la segunda planta y se llama “La chimenea”. La estancia está alicatada hasta el techo con azulejos azules. En una de las paredes aún se guarda el espacio que debió ocupar el antiguo fogón y que hoy es un bodegón hecho con utensilios de cobre y barril sacados de un “todo a 100”.

          Los camareros, como el recepcionista, parecen realmente almas en pena: pálidos, encorvados, habitantes de cuerpos algo desproporcionados (o con kilos o centímetros de más) que cubren con uniformes negros muy usados… todos superan los 50 y parecen agotados. Al que me atiende le duelen los pies, aunque mantiene la apostura. Da varias vueltas antes de servir mi mesa, como si siempre estuviera a punto de olvidarse de algo. Su compañero tiene el pelo escaso repartido hacia la derecha, sus inacabables ojeras y ojos caídos me convencen de que quizá nació cansado. Una mujer joven espera su cena en la mesa de al lado. Lleva a sus gemelos en un cochecito. El que va delante tiene fiebre y el que va detrás se agobia porque se siente preso en su silla. Siento su ahogo, la madre también. De golpe le zarandea, el niño llora y ella le azuza aún más. Grita a media voz.

          – “¿Quieres llamar la atención y que todo el mundo te mire o qué?”.

          Y se levanta, sin tomar el postre. Al salir golpea al niño, que vuelve a berrear. Impune brutalidad.

“¿Cuantas gotas lleva un río? Búrlate de las cifras”. Cuando los ríos cuentan. Consejo 29

Mientras se multiplicaba mi hambre de abrazos, el Ebro me explicaba qué significa ser superviviente.

En busca de un abrazo

Hace casi un mes que dejé a Rafa. Nos dimos la espalda como si no nos costara (o al menos a mí), es decir, que sé hasta qué punto separarse es un verbo difícil de practicar con el amado, pero creo que a partir de ahora tendré que ampliar esta afirmación: me pasa con el Ebro. Me desespera despegarme de su vega y sonrío cuando le encuentro. La compañía del agua y su entorno me conmueve, quizás por eso uno de los momentos más luminosos de cada jornada sean mis despertares junto al río. Nuestro saludo matinal me resulta siempre energético.

          – “Se levantó el cierzo”.

          Así empezó hoy. Se lo oí decir a una de las paseantes, de esas que andan previniendo el reuma, en su paseo junto al río cerca del Pilar. Habla con alguien que no está. Va de luto. Camina con las manos juntas, como las ánimas de la posada en la que he dormido.

          – “Y cuando levante el cierzo, ya se sabe, se acabó el agosto”.

          La mujer llevaba el paso apretado y yo me brindé a ser su sombra. Llevaba puestos unos casquitos y cantaba una zarzuela “para sí”, o  eso debía creer, porque los auriculares le impedían escucharse. Por el estribillo creí reconocer a “La tabernera del puerto”.  Nos despegamos a la altura del puente que cruza el Herva, antes de llegar al de Las Fuentes, el último que figura en mi mapa. El afluente “desaparece” (canalizado) a la altura del Paseo de la Constitución y vuelve a asomar unas calles más allá, casi cruzándose con el Canal Imperial.

Rincones agrícolas de un río de ciudad

          El despertar de hoy ha sido especialmente animado porque al poco tiempo me salió al encuentro un pasacalles, alborotaba el “barrio de las fuentes”, que está en fiestas. A su paso las ventanas se abrieron y algún niño se animó a saltar al ritmo del tambor. De pronto algunas personas comenzaron a cantar. Por un momento creí que me había colado en un musical de Broadway. La idea me hizo sonreír durante un buen rato. No distinguí la letra por el estruendo del trombón, pero no importó, todo me pareció luminoso, incluso  el diálogo del trazado urbano con el río.

          El origen agrícola del barrio está presente en sus muros, sus habitantes aprovechan las “fronteras naturales” de la ciudad, como las vías del ferrocarril, para marcar sus lindes, de modo que el maíz crece al pie de los edificios, las coles en un hueco que deja el ferrocarril, la alfalfa junto a la piscina…

          El colmo de la placidez fue el encuentro con los dos hombres con bastón que miraban la tierra como si nunca hubieran hecho otra cosa, mientras sus escuálidas y remendadas motocicletas les esperaban a la sombra, no importaba el cierzo.

          Me siento reconfortada y pienso en Rafa. Hoy le veré. Si en este tiempo me ha cambiado la forma de andar no sé si le habrá ocurrido algo a mi corazón. Pienso en los viajeros, hombres, que inventaron el sexo con precio, el tacto de usar y tirar, el polvo como desahogo, como alivio, como parte de su camino… Muchas mujeres se vistieron de hombres y renunciaron a su apariencia femenina, que es una parte de la sexualidad, para poder viajar. Es un mal principio, pues niega una parte de la naturaleza. Las hubo también que no se disfrazaron, pero se asexuaron y eso es igualmente mal principio. El placer de usar y tirar… Hubo quienes gozaron de encuentros lúbricos con precio por medio… Mi única certeza es que no conozco a ningún hombre que se vistiera de mujer para poder viajar…

Pienso como un río

           Es increíble cómo mis monólogos van tan enlazados con el entorno. A medida que los polígonos complican el acceso al Ebro (no pude ver la desembocadura del Gállego) mis reflexiones se enredan. El caminito de tierra que me devuelve al Ebro tras la gasolinera me da una paz en la que se larva cierta melancolía. ¿Será a esto a lo que se refieren los científicos cuando hablan de que todos formamos parte de un macroorganismo? La tierra, un ser vivo al que pertenezco… Puedo asegurar que siento afirmación más que comprenderla. ¿Será la emoción una forma de conocimiento?.

          Al entrar en la Cartuja, me entero que el río es un “espacio natural protegido” hasta Burgo de Ebro y que forma parte de la “reserva natural de los galachos de Alfranca de Pastriz, la Cartuja y Burgo de Ebro”. Miro el mapa con ojos elementales: si estoy en el lado de “la Cartuja Baja” es que eso que asoma al frente es Pastriz.

          Camino por el interior del antiguo monasterio, que hoy alberga un pueblo entre sus muros. La iglesia está cerrada y  por tanto mi visita es un simple callejeo. Para mejor ubicación, encuentro un cartel explicativo. La Cartuja dispone de un edificio singular, “la C. de M., construcción amurallada cuya iglesia fue construida entre 1700 y 1718. Alojó hasta el siglo XIX una comunidad de Cartujos. Desde entonces, ha sufrido diversas transformaciones: las galerías del claustro se han convertido en calles y las celdas en viviendas”.

… Pero sigo sin hacerme caso

          Se acerca una pareja. Él lleva gorra, gafas de sol, buen calzado para andar, pantalones bermudas y camiseta. Su mujer lleva la misma indumentaria. Se han vestido así para el paseo matutino. Disimulo mi desconcierto preguntándoles cómo se llega a Burgo de Ebro por el río, viendo la reserva natural.

           A los pocos minutos me doy cuenta que el sendero que me han recomendado, en vez de acercarme al río, me aleja de él. Los despropósitos empiezan a acumularse: camino está rodeado de desperdicios y escombreras. ¡El peor recorrido para disfrutar de una reserva natural!. De golpe me vi machacando sus gafas de un pisotón, como lo hicieron los niños con el ala de la paloma, y le deseé que no se le levantara durante un buen tiempo.

          Regreso al galacho de Pastriz atravesando hectáreas de alfalfa y desde alí bordeo el Ebro hasta el Soto del Francés. Debe ser que la certeza de que esta noche alcanzaré a mi amante me hace más vulnerable al Ebro. Ahora que lo pienso, si todo el universo está relacionado… ¿Podría cambiar el orden de la frase?: la certeza del Ebro me hace más vulnerable ante el amor; el Ebro se muestra más vulnerable ante la certeza de que esta noche abrazaré a mi amante; mi amante se vuelve más vulnerable por mis certezas con el Ebro…No paro hasta llegar a un cartel que se dirige a mi con todas las letras. El primero del viaje que me trata de usted: “Está usted en un entorno natural”.

El Ebro me da una pista

          En el citado entorno natural, el camino se convierte en terraplén, luego en sendero de tractor… y termina a los pies del conductor que me acompaña con su máquina hasta donde empieza un sendero oculto.

          – “Es una senda que yo tomaba incluso con el tractor, hace años… pero uno que corre en la Cartuja me ha dicho que por aquí pasó el otro día…De toda la vida ha habido aquí ganado bravo, ovejas y vacas de toda la vida, pero ahora no dejan ¿Y qué quieren que hagamos con los animales? ¿Nos vamos a otro pueblo?. Además, ahí hay una fábrica que echa todos los vertidos a ese galacho, que está ciego. ¿Ve usted?. Todo está seco. Si dejaran pastar a los animales esto estaría cortadico, cortadico, pero así, con un simple cristal podría terminar ardiendo… Es el último año que dejan cortar los chopos, en fin, si no hay nada aquí, no hay animales, qué se yo, algunos más que ecologistas son oportunistas”.

          Entonces caigo, que lo “natural” se considera opuesto a lo “cultivado”, como si no existieran métodos tradicionales de control de la fauna y los recursos, a los que se refiere mi nuevo guía. Ciertas respuestas ecológicas se convierten en remiendos del artificio, un respeto aparente que no busca realmente el equilibrio ecológico sino mantener el sistema tal y como está. De repente el “entorno natural” se convierte en una conserva.

          El camino está hecho para el pie y mantenido para las escasas visitas. Hace tiempo que perdió su condición de tierra de labranza. Camino con intriga, no sé muy bien en qué se convierte la naturaleza cuando se conserva. Entonces me encuentro con los carteles del gobierno de Aragón y comprendo: el conocimiento sobre la naturaleza que se encuentra en las bibliotecas ha venido a su lugar a explicarle a quienes no trabajan la tierra en qué consiste todo este asunto. El lugar se ha aislado de sus propios habitantes. La conserva exige de antemano que el conocimiento del bosque, la huerta, las llanuras, el río… de los ancianos y ancianas de las aldeas quede en un segundo lugar. El río se convierte así en un muestrario.

Leer no es experimentar

          Echo de menos el primer Ebro. Estos remiendos me recuerdan que estoy en “lo excepcional” y no en “lo normal”. Cuando el río deja de serlo para constituirse en un ejemplo de sí mismo, en un mal resumen, aparece tan lleno de explicaciones que se me muere la vista. El exceso de palabras ciega. Cuando explicamos el amor nos emborrachamos de frases. Lo recorro sin reparo, porque algo más allá, detrás de los chopos del fondo, se agazapa un abrazo y eso también ordena el mundo.

          Alcanzo el siguiente cartel y frente a mí aparecen “los tamizales”: Me paro, como quien se detiene en un galería de retratos. El tamariz se autorrepresenta.

          “El tamariz es una especie característica de zonas húmedas, constituyendo el estrato arbóreo dominante en las riberas de los ríos. Muy bien adaptado en situaciones cambiantes, es capaz de colonizar zonas inestables sujetas a crecidas, encharcamiento, aporte de sedimentos, etc… Poco exigente en cuanto a la naturaleza del suelo, se da tanto en zonas limosas como sobre guijarros”.

          Y a continuación leo “Reserva natural”. El lugar ha dejado de ser “entorno natural” para convertirse oficialmente en reserva. La intervención en el territorio se hace tan evidente que no entiendo cómo no hay nadie que diga en alto que el emperador está desnudo. Un río conservado es un río que de alguna manera ha sido relegado al pasado, una indirecta aceptación de la tragedia.

          Como los indios americanos que viven en las “reservas” como si pertenecieran a un pasado que se fue, como si después del “mea culpa” por haberles desposeído de la tierra, estos pobladores originales tuvieran que vivir el sueño de los muertos. Entender el río como reserva esconde una expropiación de la tierra a la propia naturaleza… Su soberanía está en la boca de otros, en los intereses de terceros. El Ebro pasa a ser un concepto.

          Mi encuentro con Rafa me está obligando de alguna manera a la recapitulación. Camino llevando el rumor del río a mi interior, ajena a mis ojos y buscando una palabra que pueda regalarle. ¿Soy superviviente?. ¿Podría decir que he sobrevivido, que estoy superviviendo?. El superviviente se ve y se siente solo, su poder deriva de su unicidad, fuera de él están los otros, el resto, los vencidos, los que ya no están. Para ser superviviente hace falta un enemigo activo. Si fuera mi caso… ¿Dónde reside el enemigo?. Quizás en el tacto de lo extraño, en la proximidad de lo extraño (que es algo inmenso cuando todo resulta ajeno salvo yo misma). ¿Lo he vencido o he pactado?. No he terminado mi ruta, continúo andando hacia lo inmenso.

Me preparo para el reencuentro

          Llevo 29 días “salvándome” del contacto con lo cercano (donde duerme el enemigo) y lanzando la vista al horizonte, porque de lejos todo es menos hostil, porque donde duerme el mar todo parece hermanarse con el alivio.  Y de repente, aquí estoy hoy, a horas del abrazo de mi amante. ¿Me sentará bien? ¿Nos sentará bien?. ¿No será esto más que la “manía de sobrevivir”?. En unas horas mi piel ya no será un campo de batalla…

          El Ebro sigue ahí, delante. Me conmuevo. ¿Será posible el abrazo de un río?. No quiero abandonar este regazo, no quiero abrazar otra cosa que no sea esta corriente de agua. El pensamiento me resulta tan absurdo que lo doy por zanjado. Lo hago sentada junto a un mojón alto, blanco, con una cruz roja en el pilar y la imagen de San Isidro haciendo manar agua de la tierra en su cúspide.

          Vuelvo a observar la realidad: Lo que primero fue “entorno natural” y luego “reserva natural” ahora es “zona en restauración”. No puede negarse que las instituciones mantienen cierta inquietud por la zona aunque no sé si detrás de tanta explicación realmente se escucha al Ebro; quizás si se le hubiera hecho caso no habría hecho falta llegar a la reserva. Después de la agresión, ahora, llega el remiendo. Tras los malos tratos, la restauración.

          En los últimos kilómetros el Ebro me está ofreciendo un resumen de sí mismo, como quien entrega una foto antes de la despedida. Sé que el encuentro con Rafa no es una separación y, sin embargo, algo pasa.  La nuestra será casi una cita a ciegas. Hemos quedado en Burgo de Ebro, en el bar más cercano al Ayuntamiento, a eso de las 4 de la tarde. Voy con un ojo en el paisaje y otro en su búsqueda: Entro el en pueblo sabiendo que allí acaba el Canal Imperial. Ni sombra de mi amante. Recorro la calle dedicada a “Sender, don Ramón J” y a la jota aragonesa. Su fuertes brazos… Veo monumentos al constructor del “Embalse del Ebro”. En su regazo temblaré como una hoja. Busco el bar de la plaza del Ayuntamiento…pero Burgo es un pueblo sin plaza consistorial. Doy vueltas hasta encontrarle en un oscuro y profundo local, el único abierto en el pueblo.

          Ni superviviente, ni escritora, hoy dormiré abrazada a Rafa.


“Mide el tiempo en pasos, en besos, en actos, en verbos… Y harás reversible la vida”. Cuando los ríos cuentan. Consejo 30

Un mes caminando junto al río. Lo sé porque me lo recordó Rafa. A veces los demás son el referente del tiempo. Desde hace un mes para mí todo son distancias…

El ave por los cielos


Despierto a las ocho. Espero a que Rafa abra los ojos. Nuestra conversación de ayer me dejó preocupada. Sabía, antes de mi partida, que los próximos kilómetros serán más difíciles, de ahí nuestro encuentro, de ahí el cambio de mochila, de ahí la pequeña máquina potabilizadora que he incorporado a mi petate, de ahí el cambio de calzado y los mapas más detallados… Me abruma el porvenir, no sólo es la escasez, es ese enorme embalse que impone una geografía artificial. Anoche mi amante me aportó informaciones determinantes. Por ejemplo: embalses como el de Riba-Roja o el de Mequinenza hacen que el delta del Ebro se hunda 6 milímetros cada año. También me contó que en los sedimentos de la presa de Mequinenza duermen capas de contaminación química y radiactiva e imagino ahora el fondo del Ebro a esas alturas, como un silencioso y oculto cementerio de contaminación.

         Le miro. Alargo el contacto y controlo el impulso de levantarme y partir. Soy como un potrillo salvaje, no es mi compañero el que me doma sino el Ebro el que me hace saltar. Me sorprende mi propio desapego y en cambio a Rafa no.

          He logrado que la nueva mochila pese 9 kilos (según la farmacia local). Me he deshecho de la riñonera, la cámara de video y la de fotos (que prácticamente no he utilizado). También me desprendo de las ceras de colores. Con el agua y la comida no superaré los diez kilos, perfecto.

          Desayuno con conciencia de que será uno de mis últimos almuerzos “civilizados” y me recreo en mi parloteo con Rafa y en la lectura. Hacemos juntos un tramo, desde la Mejana El Sotico, por un sendero de fácil comienzo. Nos han dicho que allí se yergue un árbol monumental, un álamo blanco, conocido como el “álamo del Burgo”, con un tronco de cinco metros y medio de perímetro y 23,8 metros de alto, pero no lo vemos. En cambio sí nos encontramos con una granja de animales donde las vacas mugen como si se lamentaran por el encierro.

Alegre como un potrillo

          Frente a una fábrica enorme, que irrumpe en el paisaje con chimeneas y camiones, volvemos a separarnos. Acopio toda la respiración y todo el latido que lleva nuestro abrazo y hago como la primera vez: no me doy la vuelta. El siguiente encuentro será en el Mediterráneo. Justo a las puertas de la industria un cartel anuncia: “Cañada Real Las Peñas”. Por ella vuelve Rafa a Burgo de Ebro, donde le espera el coche.

          A las once de la mañana tomo un respiro bajo unos chopos sin moscas, sentada en un banco de plástico que bien podrían haber instalado unos niños en sus juegos. Mi relación con el mapa sigue siendo un diálogo para sordos. Yo avanzo y él permanece, mientras el río va improvisando. Imagino que he sorteado la Mejana del Marqués, un “barrio” de casitas de campo o urbanización rural de Fuentes de Ebro, con indicaciones para los automovilistas de “ojo, niños” u “ojo, bicis”.

          El Ebro va acusando la aridez de lo que fue un antiquísimo mar interior. Los afluentes se hacen más débiles y escasos, y los suelos, más resecos e improductivos. La fertilidad del suelo queda prácticamente relegada a las riberas, cada vez más estrechas. Me acerco al desierto de los Monegros, con sus lagunillas saladas, yesos y calizas.

          Son las horas del sol alto pero no descanso, simplemente reduzco la velocidad de mi paso. A partir de hoy las poblaciones están cada vez más alejadas y eso significa uqe el acceso al agua será cada vez más difícil. Por eso quiero sopesar cuánto bebo al cabo del día, así sabré cuántas botellas necesito. Ésta será una jornada “de entrenamiento”, sé que llegaré a Quinto de Ebro tarde, de noche.

Sestear en el camino como los gatos

          El camino regala pequeños encuentros: 7 pescadores juntos en una presa, aves picando entre los cultivos (son esbeltas, de cuerpo largo y blanco y alas grandes y negras, patas largas, elegantes, ¿serán garzas?)… y un puente de ferrocarril con muchos ojos que cruza el Ebro. El tren debería pasar por este tubo agujereado, una enorme viga de hormigón, con la apariencia de una celosía metálica, por la que debía penetrar el tren, pero no lo hace. El río tendrá en este cruce unos 100 metros de anchura La obra se apoya en ambos márgenes del Ebro y es de tal envergadura que bien pudiera sostener el paso del AVE, pero en mi mapa no figura este cruce.

          Aunque se trata del lugar menos idílico del camino, aquí me quedo. He pasado por otros más bellos como  el “Soto de la Barca”, o aquel en el que pastaban vacas y caballos…pero aquí me descalzo y cuelo mis pies en el agua. Mastico con parsimonia unas frutas de Aragón bañadas en chocolate y dos peras… y me dejo llevar por el sueño.

          Dos horas y media más tarde despierto empapada. El sol empieza a perder su fuerza y aún así todo arde. Mis pasos se vuelven minúsculos y no consigo avanzar a la velocidad que necesito. Alcanzo Pina de Ebro a cámara lenta. Los metros más largos son los que separan la entrada de un pueblo del lugar donde se puede calmar la sed. No he bebido lo suficiente, por eso me duelen las articulaciones. Cuando alcanzo el bar, pido un granizado de café, un vaso de agua, un granizado de limón… en este orden y casi el mismo tiempo. Luego paso a saciar el hambre…

No, el desarrollo no es inócuo

          Escribo mientras rebaño una enorme ensalada, que sabe a gloria, y espero el segundo plato. Como a pequeños bocados (tengo el estómago lleno de líquido) mientras centro mi atención donde miramos todos: en la lámpara que fríe las oleadas de mosquitos que entran en el local según se abre la puerta, esto hace que cada persona que entra sea recibida con un crepitar de minúsculos aplausos (en realidad insectos asados). Enseguida me doy cuenta que no soy la única fascinada con el desagradable espectáculo, un lugareño también lo observa con detenimiento. Lleva una especie de diadema gris que enseguida descubro que son unos auriculares. Es sordo. Como si me hubiera leído el pensamiento me explica que fumigan el pueblo una vez al mes para acabar con la plaga pero que en verano no es suficiente. Lo hacen de día, cuando los mosquitos “duermen”, de modo que cuando llega la noche comienza la batalla…

          Perdió el oído por razones laborales, ha sido maquinista de tren. Le han operado 25 veces y aún le queda una trompa por recuperar. No quiere más intervenciones, lo único a lo que aspira es a ponerse el audífono en sus gafas bifocales, que se oscurecen con la luz. Está encantado con ellas, me muestra todas sus posibilidades, como quien luce su coche nuevo. A sus “supergafas” sólo le faltan los auriculares y este “extra” cuesta 1.500 euros, demasiado para él, que es pensionista, así que ahí está, ahorrando.

          Le observo. El “desarrollo” no es inócuo pasa por la carne amén de generar desigualdades sociales. Pienso en el AVE, el no va más de los ferrocarriles. Caí bajo su puente como nunca me había pasado, quedé sin energía. ¿Cuánta energía necesita un ferrocarril como el de Alta Velocidad para moverse? ¿Necesitará también la mía?. De golpe recuerdo a una amiga mía, azafata del AVE que enlaza Madrid con Sevilla. Las trabajadoras de esta línea abortan con mucha facilidad, tanta, que el comité de empresa ha conseguido lo que en ningún otro centro de trabajo: en cuanto se saben embarazadas les conceden una baja, que dura los 9 meses de gestación más los de rigor como baja maternal. Eso las que llegan a engendrar porque, por el camino, hay mujeres que tardan años en ser fértiles. Las chicas dicen que todo se debe a las radiaciones electromagnéticas, pero nadie les ha dado pruebas fehacientes.

          Pregunté a mi amiga si había alguna que hubiera dejado ese trabajo porque minaba la fertilidad de sus ovarios y me dijo que todas ellas son jóvenes y no tienen prisa en parir. Usan un increíble y potente anovulatorio laboral. Tienen un trabajo. Qué encrucijada tan falsa…La evolución tecnológica se confunde con la evolución propiamente dicha. El progreso no siempre significa avance. La tecnología no es neutral, mi vecino de mesa lo sabe. Mira el crepitar de los mosquitos pero no los oye, lo que le fascina es el movimiento que genera a su alrededor.

“Vivir significa llevar la contraria a la entropía. Tiende al desorden; lo natural es la rebeldía”. Cuando los ríos cuentan. Consejo 31.

Instante africano

A partir de esta jornada encontraré un pueblo cada 11 kilómetros, de los que se miden en asfalto y no campo a través.

          –  “No hay pierde”

Como si pudiera escuchar mis temores, el primer ser humano al que pregunto por el acceso al río termina su frase dándome aliento: no me perderé… Que cada vez encontraré menos personas con quienes torear el día pero que no me perderé. Sonrío, sé que no es cierto; a medida que avanzo la certeza de que me desorientaré va a más; intento burlarla, me digo que si pienso que seré incapaz de llegar a mi destino es porque temo viajar en un cuerpo a la deriva… que probablemente sea un simple producto cultural (en la sociedad a la que pertenezco el miedo a perderse es precisamente el origen de pingues negocios, ahí está la profusión de mapas, guías, gps…), pero de nada me valen mis propias explicaciones. Entonces doy un giro al cuento y me digo que cada vez estaremos más solos el río y yo. Ahora sí, vuelve la sonrisa. El caos es algo próximo y palpable y no me asusta. Sigo esta curva del pensamiento: La tendencia al desorden es algo que llevamos dentro, sabemos que de alguna manera vivir significa llevar la contraria a esta inevitable entropía. Somos seres organizados con irremediable querencia por el desorden, de ahí mi irremediable inclinación a perderme. Ahora, por fin, tomo largo aliento.

          No sé dónde colgar las botellas y al final engancho la pequeña en la cintura, guardo dentro de la mochila una grande y la tercera queda en la zona superior, bajo el saco de dormir. En el aire queda algo del olor a pesticida. Me dijeron que al amanecer fumigarían el pueblo contra los mosquitos. Toco mi rostro desfigurado con alivio: las viejas picaduras que se suman a las señales de las mas antiguas, las nuevas picaduras… nada extraño.

Al fin camino desarmada.

          Mi silencio cada vez es mayor, más largo, más profundo. Los hombres del bar me anunciaron que hoy se prevé bochorno. En 31 días de viaje hay algo que no ha cambiado: no distingo aves ni plantas; no logro discernir los secretos que duermen en las rocas; no entiendo de estrellas, ni de nubes, ni de insectos, ni de aromas, y esto significa que dentro de poco mi único interlocutor seré yo misma. La idea va tomando cuerpo. Me veo lanzada hacia mis paisajes interiores, sin escapatoria. Escucho mis pasos y noto ya el eco de mis soliloquios. Caminaré absoluta y plenamente desarmada. Soy la única que pisa en kilómetros a la redonda. Si me hubiera fijado antes en este sonido ahora podría distinguir hasta qué punto el viaje ha ido cambiando mi ritmo, la música de mi cuerpo, podría ordenar mi íntima geografía, llenarme el ama de caminos…

          El sol juega conmigo y ahora me ciega, cuando antes no lo hacía. Durante unos kilómetros ha estado a mi izquierda en vez del lugar en el que le esperaba, según mis cálculos, tendría que haberme retado de frente, como ayer. Es lógico, no en vano me dirijo al Este, el Ebro desemboca allí, aún así, el sol me sorprende y esto, de algún modo, le humaniza. Los requiebros del río me recuerdan que no todo es geometría. Pesco con los ojos, poco a poco pican vistas. Colecciono calas en la retina. La primera la encontré bajo el puente de Pina, la última hace un par de kilómetros. En el primer paraje decidí cruzar descalza la desembocadura de un canal. Su anchura era escasa (cerca de un metro) pero desconocía su profundidad, así que tenté la suerte y me puse el límite: avanzar hasta que se mojen las ingles y no más porque llevo mochila.

No me pierdo en los laberintos

          La última cala estaba enredada a un laberinto. El acceso era intrincado y favorecía el despiste, pero conseguí salir del lío fijando con la mirada puntos entre los cultivos. Esto de pescar con los ojos funciona. Algo he aprendido en estos días. Al salir me encuentro con un grupo de jornaleros preparando la recogida del melocotón en una finca cercana. Son 15, todos hombres y negros, hablan un idioma que me resulta indescifrable. Observan mi paso como yo a ellos. Unos minutos más tarde las tornas cambian y seré yo la quieta entre melocotones. Al pasar a mi lado tercian un par de palabras amables en castellano. Por unos instantes me imagino que estoy en un país africano y que transito por él de forma lenta, también a pie. Me gusta la idea, pero vuelvo a ellos. Observo su cadencia. Soy la única blanca en el paisaje. El pie izquierdo me late y le escucho, también me fijo en el sonido de las pisadas de los jornaleros negros que pasan delante de mí. Es otra música. Les veo alejarse hacia el final del camino con cierta sorpresa. Hace unos minutos dejé atrás cinco coches viejos, blancos y con matrícula de Zaragoza junto a uno rojo, aparcado al otro lado del camino. Imaginé que se trataba del coche del capataz y que los agricultores negros irían embutidos en esos destartalados autos blancos al final de la jornada, pero vuelven andando.

          Sigo su estela. Tres tractores me salen al paso, en sentido contrario, sus conductores también son africanos. Me enfada mi resumen, pienso “africanos” como si todo un continente fuera un solo país. No puedo con mi ignorancia. Ahora me adelantan dos de los autos blancos, que también conducen negros. Esta vez sé que son de Senegal porque he abordado a uno de los que regresan a pie y en torpe inglés consigo descifrar su origen. De repente acelera el paso, ha visto que se acerca el auto rojo. Acerté, lo conduce un hombre blanco y barrigón, que cuando llegue a su destino les indicará desde lo alto por dónde tienen que pasear el azadón.

La fiesta incluye vaquillas

          Frente de mí aparece Quinto y a mi derecha la isla que divide al río en dos. Se puede cruzar al islote gracias a un dique pequeño que facilita el acceso de los cazadores. Por supuesto, lo cruzo. Los carteles indican “coto deportivo de caza”  y, por si acaso, me quedo en un lugar despejado y aún así en sombra, para que vean como descanso. Oigo tiros y coros de iglesia. Son voces de mujer.

          Cuando llego al pueblo me lo encuentro en fiestas. Han corrido las vaquillas y más de un joven jalea, aún sudoroso, sus hazañas. La farmacia está cerrada. Me siento en una terraza junto a un grupo nutrido en el que destacan dos mujeres vestidas con este tipo de ropa que no se encuentra en las tiendas de los pueblos. La mayor lleva un traje de chaqueta de hilo color oscuro, gafas de sol con patillas de concha, sandalias marrones con adornos dorados imitando la piel de un cocodrilo. Está uniformemente tostada. La más joven usa una falda vaquera y enseña el piercing que lleva en el ombligo bajo la camisa de cuadros rojos y azules, Sus sandalias son rojas con adornos metálicos “muy vaqueros”. También ellas me observan.

          Deduzco que se trata de la boticaria y su ayudante y, por tanto, que la farmacia está cerrada. Me siento a su lado en una silla de plástico y pongo el pie en alto, porque se me está hinchando el tobillo. Escucho que la vaquilla ha pillado a un joven del pueblo. Una de ellos rechaza una invitación porque están de guardia y no deben beber mucho. Confirmada mi sospecha, la abordo, preguntándole por el horario de la botica. Será la más joven la que se ofrezca a atenderme.

“Viviré bien hasta los 25″

          Encontré el apeadero exactamente donde me indicó la boticaria.

          –  “Un caminito antes de llegar al cuartel de la Guardia Civil”.

          Cuando llegué al edificio pensé que se trataba de una casa abandonada. Sólo los carteles en buen estado aseveraban que las instalaciones no estaban en desuso Llamé a la puerta del jefe de estación con poca esperanza y de ella salió un guapísimo de ojos azules que resultó ser el mismísimo responsable y que me abrió la oscura y destartalada sala donde ahora me alivio. Y aquí estoy, en la oscura y fresca sala de espera de la estación, embadurnándome el tobillo con la crema antiinflamatoria.

         La pulcra y desangelada sala de espera me acoge hasta hacerme caer en un profundo sueño… del que me sacan dos jóvenes. Los dos se llaman Toni. El de 14 años es gordito, lleva un pantalón de peto vaquero y el pelo rizado, es gitano y habla con soltura de sus vacas, bueyes y toros, “todo ganadería brava.” El de 22 años dice que tiene una hija de un año aunque no se ha casado con su mujer. Tiene un acento tan cerrado que me cuesta entenderle. Están agotados y satisfechos, llevan dos días sin dormir, disfrutando de las fiestas. Se complacen de haber malvivido tanto tiempo, lo cuentan con aire travieso. El más locuaz es el Toni pequeño, que salta de un tema a otro. Dice que el dueño de los toros cobra 3.000 euros por cada turno de la vaquillada.

          – “Yo pienso vivir bien hasta los 25, entonces me casaré y zas”.

          – “Oye, la vida no se acaba a los 25. Yo vivo bien y tengo 40”.

          El mayor agranda sus preciosos ojos garzos.

          – “!Hostia, como mi madre!, yo pensaba que tendrías 28 o 29. Te lo dirán todos. ¿No? Que no lo pareces”.

          Me río. Le doy las gracias. Les enseño los mapas y compadreo con ellos. No sé cómo voy a llegar hasta el siguiente pueblo con este pie. Resuelven que no esperarán al tren sino que me acompañarán el tramo hasta la Zaida y allí cogerán el suyo porque esa noche quieren seguir la fiesta y necesitan pasar por casa para cambiarse. Nos organizamos: un Toni me lleva la mochila, en el otro me apoyo de vez en cuando.

Compadreo vagabundo

          Por el camino, y bajo un sol prepotente, burlamos el calor hablando de asuntos graciosos. Ellos hacen hincapié en las vaquillas. Dicen que recortan sus cuernos y los “embolan” para que no hagan demasiado daño al embestir. El Toni redondo me dice que su tío acorta el máximo (3 cms) a las que están “flojas”. A los buenos les da pena y sólo les reduce entre 1,50 y 2 cms. Les comento lo que escuché en la terraza, que hubo un joven herido esta mañana…El asunto les lleva a comentar entre ellos el perfil del personaje, no es de su grupo pero también se han enterado. Cuando lo aclaran vuelven a dirigirse a mí. De nuevo es el Toni ganadero el que lleva la voz cantante de la conversación.

          –  “De niño casi me embiste un toro bravo”

          Y nos cuenta con pelos y señales cómo se salvó de milagro (el cayó del caballo, al barro, y entonces apareció la bestia y su jamelgo se puso nervioso…). Después de su aventura, el Toni mayor suelta la suya. En esta ocasión él volvía, como ahora, de pasar varios días sin dormir en unas fiestas y subió al tren de regreso a casa. Se quedó dormido y cuando abrió el ojo estaba…!en Francia!, sin dinero, sin saber el idioma, sin poderse explicar.

          – “Mi madre no se lo podía creer, menos mal que guardé el billete”.

          Se escuchan el uno al otro como si se acabaran de conocer, con una complicidad y un asombro genuino. Tercian historias, alguna de ellas compartidas, como brincar burros jóvenes como si fueran cow boys y conseguir mantenerse el máximo tiempo posible sobre la grupa. Los tortazos son tales (incluidas las coces) que más de una ocasión han terminado en enfermería. Se ríen. Recuerdan los coscorrones como si fueran mordiscos de mujeres en pleno juego amoroso.

Una guarida en Cinco Olivas

          Nos despedimos en la estación de la Zaida, un lugar que me parece feísimo. Ellos aguardan allí su tren y yo continúo renqueante a Cinco Olivas. El camino se me hace muy duro, por el paisaje seco y sin sombra, por el sol de justicia, por el pie… Engancho mi escasa voluntad a una torre a lo alto de un monte, la iglesia de Alforque.

          A su paso por Alforque, el Ebro se endulza. El azud le amansa de modo que cuando llega a Cinco Olivas adquiere una serenidad impecable. Este pueblo mira al río desde una de las laderas del monte, (en alto es más atractivo observar los nudos del agua) y es tan coqueto que se me figura un hogar en el que cada casa haría las veces de habitación; de hecho las calles parecen recién barridas, como si alguien acabara de pasar el trapo de polvo a todos los rincones.

          Sé que la villa es paso del camino jacobeo y eso hace que me imagine a sus pobladores acostumbrados a la acogida. La gente se solaza ante mí como en el patio de su casa, como estos hombres que preparan las luces y el sistema eléctrico de un pequeño escenario. Organizan un sarao con orquestita en directo, como quien extiende el mantel de tela sobre una mesa. El que está al frente de los preparativos es un talludito regordete y calvo con pendiente en la oreja.

          Enseguida entiendo parte de esta agradable sensación de vacuidad: lo más nutrido del pueblo disfruta de la cena organizada en el pabellón municipal y fuera quedan sólo los niños, los ocupados o los perdidos… Antes de que empiece la fiesta en el local vuelvo a la altura del azud, junto al viejo molino de harina. Por fin, bajo un cielo inmensamente estrellado y una luna redonda, mecida por el bombeo del agua que incuba el molino, duermo. Sola y absolutamente en paz.

“Imagina que un río es una risa que inicia su curso en la comisura y comprenderás hasta qué punto la naturaleza sonríe”. Cuando los ríos cuentan. Consejo 32

Enemigos minúsculos

Cada día me cuesta más hablar. Llevo siete horas andando y he evitado ya un par de conversaciones. En medio de este ayuno de palabras me asalta una frase: “no hay enemigo pequeño ni insolencia sin castigo”. Viene de algún rincón oscuro de mi mente… o de mi corazón. No la reconozco, pero la llevo dentro.

          Al comenzar la jornada creí que era capaz de describir lo que veía sin implicarme porque los pensamientos me salían concretos. Por ejemplo: “El embarcadero de Cinco Olivas se inauguró el 17 de junio del año 2000″. “La torre de Alborge es más señorial que su vecina, la de Alforque”. “Al otro lado de las tierras de Cinco Olivas se abre un caminito que lleva a Alborgue”… Pero fui despegándome del contexto. Todo empezó cuando, al abandonar aquel malecón, encontré un embarcadero al que deben de acudir los paisanos cuando quieren alcanzar a nado la orilla de sus vecinos, y me convenció de que la voluntad de enlazarse, cuando es cotidiana, es capaz de endulzar riscos. Quizá esta frase que mascullo y que tanto me cuesta entender sea una roca desgajada de alguna de mis montañas interiores…

          Para ser honesta, a estas alturas creo que simplemente se me está deshaciendo la lógica. Evidentemente, ya no es ella la que me ordena. Escupo la frase como si supiera masticar tabaco mientras observo cómo el Ebro separa dos planetas. Por el que transito es una vega domada por pequeños y medianos cultivos, en el de enfrente reina la agreste caliza y una vegetación que apenas despunta de la orilla y se empina por las laderas del monte. Encima de ambos mundos, un cielo gris exige borrasca.

          El Ebro se va abriendo, como una risa que iniciara su curso en la comisura. Sé que en breve desembocaremos en el Mar de Aragón. Durante horas camino sin más interrupciones que las que el entorno pone a mi cuerpo. El río se despereza a mi lado con calma dominical. Él es desde hace días mi reloj, mi calendario. Sólo me interesa el mundo en relación con el Ebro.

No hay enemigo pequeño

          Entro en Sástago y encuentro nada abierto y nadie en la calle. Su meandro me permite fantasear la escasez en la que poco a poco me voy metiendo. Quiero convocar a los miedos para verles en fila y así perderles el respeto; sudo, sé que dentro de un par de días la soledad no será una opción, ni la sed; quiero entender las reglas, por eso caminar sin lógica me asusta porque necesito que mis sentidos aprendan a ser certeros. El cuerpo es la máxima representación del orden. Sólo la cabeza entiende el caos… y el corazón. Hago inventario de mis sentidos, quiero saber hasta qué punto puedo contar conmigo cuando la aparición del otro (que me socorra) sea un imposible. Reviso mis pies, mis huesos, mis músculos: han dejado de dolerme.

         Pongo en mancha mis ojos y me asomo al Ebro a la altura de la plaza el ayuntamiento donde unas señales amarillas recuerdan que por ahí transita el camino Jacobeo del Ebro. Como quien hace una prueba de motor al coche, enfilo el monte. Dejo a mi izquierda las huertas que bordean el río por un sendero que se estrecha y desemboca a un lado de un risco, una pared de 10 metros, escarpada y absurda. Considero que es una buena rampa para mi puesta a punto y la subo como si fuera la única opción.

          Mis arañazos, resbalones y rebufos son tan reales como gratuitos. En plena batalla vuelve la frase a mi cabeza (“No hay enemigo pequeño ni mal que cien años dure”) y me agarro a una raíz para no resbalarme. Alcanzo mi mísera cima con un orgullo necio. Miro el resultado de mi esfuerzo (en el que he gastado media hora) y me invade una desolación nimia pero profunda: no estoy hecha para medirme con las inclemencias de la naturaleza. Para colmo de mi pesar descubro que el camino que parecía morir en la pared reaparece más adelante, tras una roca. Por poco que me hubiera fijado habría descubierto el dulce sendero que bordea el río hasta el centro del meandro. En cambio ahí estoy yo, sofocada, sin la botella de agua (se me cayó) y en medio de un maizal mucho menos atractivo que la vega del Ebro. Desde lo alto me sacan la lengua los montes mochos que rodean el meandro, granjas de conejos, el fortín, la iglesia de Alforque al fondo, el mirador de Rueda…y en el centro de una enorme finca, la granja de Diego Funes y su hijo David, una porquera enorme que acoge a unos 2.100 cerdos.

Del nacar que fué

          Conozco al señor Funes cuando ya estoy de regreso al pueblo, tras recorrer el perímetro de la perfecta circunferencia que traza aquí el Ebro. Cuando para su coche a mi lado y se ofrece a llevarme. Vuelve la frase: “No hay enemigo pequeño ni amigo demasiado grande”.

          En los escasos minutos que dura nuestro viaje, el señor Funes me pone al tanto de las claves de Sástago e insiste en que el mundo no es como lo cuentan. Por ejemplo, los cerdos se han vuelto animales muy delicados (“Antes, cuando procedían de madres fuertes, eran recios. Ahora muchos mueren por el calor. Les afecta a los pulmones y se ahogan”); que en Sástago ya nadie fabrica vidrio aunque aún figure así en las guías turísticas, y que los cuchillos y navajas que sus antepasados fabricaron con el nácar extraído de los moluscos del Ebro, son ahora preciados objetos de coleccionistas. Aquella fama descansaba en una única familia, los Liso, que durante tres generaciones se dedicaron a labrar la empuñadura de los cuchillos en concha. Ahora, Dioni, el nieto, se dedica a recuperar el diseño de sus predecesores con restos de nácar que ya no proceden del río. Restaura los cuchillos de su padre (que murió hace dos años) y rescata piezas de las series que él no pudo terminar para darles buen fin.

          Lo máximo que puede hacer Sástago con la realidad es reinventarla. Esos edificios grandes a medio usar como el de las fábricas de alabastro o la de los componentes con cables, también en desuso. Las revueltas del Ebro que siempre fueron fértiles ven cómo el desierto empieza a morder sus cultivos gracias a mezclas explosivas como el cambio climático, la invasión de plagas nunca vistas y las técnicas de agricultura industrial.

          – “Sástago va a menos”.

La plaga de los mejillones cebra

          Mi ameno guía me explica que desde que llegó el mejillón cebra a las aguas del Ebro, empezaron a desaparecer los moluscos autóctonos. El nuevo mejillón, procedente del mar Negro (aunque en el caso español viene de EEUU) se alimenta de fitoplancton de una manera tan agresiva que compite con las especies originales al tiempo que aumenta el nivel de materia orgánica de las aguas y esto altera el ecosistema.

         – “Puedes encontrar mejillones cebra por todas partes, cubren como una alfombra todo lo que encuentran: el fondo del río, las vegas, turbinas, desagües, depósitos, cascos, motores y anclas de embarcaciones, embarcaderos, industrias, centrales hidroeléctricas, plantas potabilizadoras de agua, presas, azudes, acequias, canales de riego, centrales, cañerías, tuberías, conductos de irrigación …”

          El último de los Liso sabe hasta qué punto no hay enemigo pequeño; el que minó el sueño de los suyos, el que acabó con el negocio familiar y la herencia artística, mide tan sólo tres centímetros, tres devastadores centímetros.

          El termómetro del coche marca 39 grados. Le invito a tomar un refresco.

          – “Yo no voy a los bares porque soy algo sordo y para decir que sí sin saber, mejor no voy”.

          Ésta fue una de las últimas frase del sr. Funes. Recuerdo “no hay enemigo pequeño…” mientras ojeo el periódico. Un grupo colombiano quiere abrir un parque temático dedicado a la vida en el campo en Caspe, en pleno embalse de Mequinenza. Lo levantarán en el denominado “Mas de la Punta”, a 18 kilómetros de Caspe, en un enclave natural que está catalogado, de modo que se trata de una cesión municipal, un “negocio de Estado” y no entre particulares. El proyecto también interesa a alemanes y estadounidenses, que compiten por una mejor oferta. Voy al mapa y señalo la zona con un enorme círculo. Me asusta la idea.Mas de Punta está situado frente a la Isla de Magdalena, un lugar privilegiado para las aves. En primavera y otoño se dan cita allí patos, cormoranes, azulones, ánades, cercetas…

Los nombres tardan más en morirse

          Estoy ojeando el periódico mientras zambullo mis pies en el lateral del río al que aún denominan “donde las conchas”. Imagino el río como un inmenso hormiguero líquido, plagado de mejillones cebra. A pesar de todo, el meandro refulge como el nácar bajo el sol. La tierra ocre parece pulirse ante mis ojos. Tengo el estómago tan lleno que no puedo ni sestear. He comido en un restaurante y llevo ya un rato caminando sin mochila. Es tanta la aridez que he decidido hacer una parte de este meandro pegada al río, regresar al restaurante atravesándolo por el medio, recuperar la mochila y pedir a alguien que me cruce al otro lado para poder dormir en Escatrón. Al día siguiente haré el tramo restante.

         Una hora después, aplastada en un lugar incómodo, que he elegido a base de desestimar posibilidades peores, no me arrepiento de mi decisión. Atrás ha dejado unas casas abandonadas, que en el mapa reciben el nombre de “Mases de la Porta de allá”. Una de las calles reza “Calle sin salida”. Durante 60 minutos inacabables he forzado los ojos en busca de un rincón bajo el que guarecerme, pero no hubo más rincones, salvo este escuálido peral con el que me estoy fundiendo.

          Imagino miles de mejillones cebra instalados en mi mente, eliminando mi oxígeno hasta ahogar mi capacidad de observación. Mientras aliento mi pesadilla, el árbol me entiende más que yo a él y me ofrece su frágil copa, sbajo la cual yo oy solamente una pila de hojas. Observo la pera aún verde entre las ramas. Quizás el manzano supiera antes que Newton en qué consistía la ley de la gravedad y el hombre simplemente viviera un despertar científico. El mío es orgánico. Mi descubrimiento está a la altura de tales circunstancias: si reside en mi interior, el enemigo pequeño es tan grande como yo.

Multiplicación de centrales

          Alargo el trayecto hasta lo que considero la mitad geométrica del meandro. Aderezo mi regreso dialogando con el mapa. En sus coordenadas sitúo todo: la central eléctrica que se levanta al otro lado del río, la sequedad, la aridez, la nada.

          Regreso al restaurante donde dejé la mochila por la raya en medio con la que se peina el pequeño montículo que enseñorea el meandro.

          José María será quien me lleve a Escatrón en coche. Le acompaña su amigo Paco. Charlamos. Apuntala mi recorrido con sus datos, por ejemplo, en este meandro hay tres centrales eléctricas que restan fuerza al río, bajan su caudal y, en fechas como ésta, con escasez de lluvia, provocan que las algas se multipliquen en las orillas. Si a su presencia se une el mejillón cebra y el siluro, la fauna autóctona tiene los días contados.

          Dice “algas” y por un momento se me dispara la imaginación, pienso en el micromundo que debe vivir en las aguas del Ebro. Multitud de invertebrados, alevines de peces, insectos, larvas, que por ser pequeños pasan desapercibidos. Les imagino en un primerísimo plano, ampliado su rostro al tamaño de los humanos y me provoco un pequeño estremecimiento. Desde fuera aparentemente el agua oscura no esconde nada, pero justo detrás de esta capa brillante, en el preciso y concreto envés, debe existir una población minúscula con las fauces abiertas, en movimiento, en constante actividad.  Y todos ellos, microfauna, también en peligro.

          No entiendo la profusión de centrales en tan poco espacio. José María me da la respuesta: las centrales daban energía a unos hornos en los que se fabricaban compuestos que luego se usaban para generar gas. Los hornos se cerraron a partir de la normativa europea que prohibió la fabricación de aerosoles y ahora los watios se venden a algunas compañías eléctricas. Dos de las centrales están comunicadas por una gran tubería de agua para aprovechar energéticamente el salto de agua. En la boca de salida el Ebro pierde fuelle y aún así permite la presencia de una tercera central.

Y para terminar, el siluro

          Mi futuro acompañante fuma en pipa (“sólo por las tardes”) y le gusta el Juli. Es de Sástago y a pesar de que estudió, logró quedarse en el pueblo porque encontró trabajo en una de las centrales. Igual suerte ha corrido la mayor de sus dos hijos, que buscaba otro destino para su vida, pero al final optó por el camino que le exige menos desarraigo. Los amigos, la infancia, el amor, el hogar, están en Sástago y no allí donde la oferta de trabajo es más amplia. El pequeño aún estudia EGB.

          Me gusta cómo mira, tiene unos ojos limpios. De vez en cuando apoya sus afirmaciones poniendo el dedo en mi mapa. Le señalo la repetición de un nombre, Menuza, en pocos centímetros se puede leer “Paridera de Menuza”, “Menuza”, “Caserío de Menuza” y “Ermita de Menuza”. José me explica que todo ello es hoy propiedad privada de un señor que ha plantado 5.000 olivos en la zona, los que peinan la ladera por la que he caminado.

          Paco también interviene en la charla, sobre todo cuando sale a colación el siluro, un pez de origen alemán implantado en el embalse de Mequinenza y sus alrededores por los pescadores germanos y que tiene buen predicamento entre los japoneses. Me cuenta que es este pez invasor el que ha traído a la zona una nutrida comunidad de alemanes que se encargan de pescar estos animales (llegan a pesar hasta 300 kilos) incluso con sondas. Aunque la carne del siluro no tiene salida en España, en Alemania sí es todo un negocio. El mismo interés despierta entre los nipones, hasta el punto en que hace unos cinco años los japoneses intentaron meterse en ese negocio y el asunto terminó con muertos, al menos así me lo cuenta Paco.

Forrest Gump entre olivares

He despertado en el mundo inventado. Ante mis ojos una bruma de mar licúa el paisaje; a mis pies las barcas están deseando deslizarse por el Mar de Aragón. A fuerza de nombrar así el embalse y sus efectos, mi boca es capaz de recordar el sabor de los rizos azules de las olas, mi piel se saliniza, mi oído aprecia rumores marinos… En este rincón del mundo el Mediterráneo se adelanta y anticipa el final de mi viaje. Pienso “mar”, digo “mar” y la palabra es capaz de crear el mundo.

          Espero sentada en un banco junto al embarcadero a que abran la cafetería. Quiero un desayuno caliente. Lo necesito. Dámaso, que es así cómo se llama el dueño, llega diez minutos más tarde de lo previsto y con cara de pocos amigos. Conozco malos despertares y el suyo es uno de esos, de modo que intercambiamos los mínimos gestos de cortesía y desayuno en silencio. Mi cabeza no puede sujetar muchos esfuerzos. A la única conclusión a la que soy capaz de llegar es que el olivar que hoy bordearé pertenece a Gertrusa.

          Busco entre las viejas revistas que se acumulan en una de las mesas algo que pueda ordenarme el despertar y me encuentro con un viejo dominical cuya portada anuncia “Los otros Forrest Gump”. El artículo relata la experiencia de andariegos que han recorrido el mundo. La primera historia la protagoniza Bernard Ollivier, de 54 años, que hizo “La ruta de la seda”. Asegura que después de prepararse el viaje durante tres meses se llevó la sorpresa que “los mapas no se ajustaban a la realidad”. Me alegro no ser la única y miro de reojo al mío, que me espera indiferente al lado de la magdalena.

Caminar como sanación

          Bernard Ollivier escribe libros de sus viajes y con los fondos financia a una ONG que usa la marcha a pie como herramienta de trabajo para ciertos desarrollos personales. Según el redactor del artículo, este francés camina entre 35 y 45 kilómetros diarios y asegura que la dificultad no estriba en el esfuerzo físico, “el verdadero problema es la soledad”. Y añade: “Supongo que es preciso realizar tus sueños, por imposibles o disparatados que parezcan”. Bebo la frase, la relamo, cae en mí como agua en tierra seca. Necesitaba escuchar algo así en un día en el que, como hoy, el cansancio es tan previsible que espanta. Ollivier dice que en momentos como éste echa mano de la insolencia, que bien llevada resuelve muchas papeletas. Miro el meandro que se asoma tras los cristales con desfachatez pendenciera y sigo la lectura.

          El segundo nombre en aparecer es el de Cristina Bernat, de 38 años, la única mujer de esta reseña. Ella es de las que camina en grupo, nunca ha andado sola. Hubiera preferido que se atreviera a marchar sin nadie al lado, aún así, la escucho… y ella, en buena correspondencia, me avisa: “La vuelta a la gran ciudad se hace más cuesta arriba que la subida al monte. Sientes que ya no quieres ese tipo de vida”. ¿Cómo aparecerá Madrid a mi regreso?

          El tercero es Pep Gaya. Tiene 44 años y lo suyo es caminar por el desierto. Como Cristina, él más que andar practica “trekking” y algo más: organiza viajes a pie por la zona bereber. Creo que caminar como viaje organizado es cultivar la ceguera y eso me espanta, aún así, por lo que cuenta, cuando se mueven los pies algo también se mueve dentro, por eso aconseja “Un viaje a pie por el desierto a alguien que tenga problemas, porque sale todo a flote”. Leo “desierto” y la palabra genera realidades: se me despierta la sed.

Lo más difícil es empezar a andar

          El cuarto se llama Jean Beliveau, es de Toronto y ha dado la vuelta al mundo en solitario. El día en que publicaron el artículo cruzaba Bolivia, dos años después de su partida. Lejos de sentirse solo, cuenta con el apoyo de su mujer, que se encarga, entre otras responsabilidades, de mantener al día su página en la web y recoger fondos para una fundación por la paz. Beliveau se ha creado un gran paraguas espiritual que le ampara de los momentos de duda, cuando el caminante se queda a solas con su viaje y se da cuenta que la única razón para tanto es fuerzo parte de su íntimo y gratuito deseo y que por tanto el destino no está fuera sino dentro de él mismo, entonces… la certeza puede convertirse en algo insoportable. Por eso viene bien que el andariego revista su trayecto con objetivos que le trasciendan de modo que en caso de crisis aligeran el peso de la fragilidad. Y no hay nada más trascendente que las sublimes razones espirituales.

          Unas líneas más allá confirmo mi sospecha: a los dos meses de salir de su casa pensó en abandonar su aventura porque se dio cuenta que sus razones para el viaje eran otras, una certeza que no sabía expresar en palabras. “En realidad lo más difícil es empezar a andar”. Lo suscribo. Tomo impulso y salgo.

           Camino durante horas, cantando, por la finca privada que domina esta parte del meandro del río. Desde el comienzo de mi caminata los frutales anuncian que no están colocados allí por azar y su orden me permite andar despreocupadamente. La vega es húmeda y el sol aún no arremete. Cuando llego al caserío de Gertrusa decido presentarme. Atravieso la finca hacia el edificio principal. Los trabajadores no interrumpen su trabajo , es evidente que a nadie le molesta que yo me cuele en esta propiedad cultivada exclusivamente por hombres y que no es necesario que pida permiso, pero llevo mi inútil determinación hasta el final. Pregunto por el responsable, espero frente a su despacho y cuando me llega el turno le digo que pretendo llegar a la ermita bordeando el río y que, por tanto, transitaré por sus propiedades.

Cantar caminando

          Ángel se muestra encantado. Quiere dejar constancia de que el Ebro se está muriendo y se ofrece a enseñarme la antigua noria con la que siguen sacando agua, allí se puede ver con toda claridad que el río está alcanzando uno de los niveles más bajos de su historia. En el trayecto me inunda a datos: El nivel de salinidad del agua debería de estar entre los 0,8 y los 1,5 grados, pero hoy alcanza los 2,6 (…) La empresa que se dedica a exportar sus melocotones, ciruelas, tomates y peras se llama Frutesa (…) En la finca encontraré 80.000 olivos (…) Sufren heladas cada 5/6 años…Yo no pregunto pero Ángel ni se da cuenta.

          La noria aparece entre matorrales. Le separan muchos metros de la orilla del Ebro. El río discurre cada vez más seco y el agua no mueve la rueda que durante siglos empujó. Ahora la noria no es más que una edificación sin sentido que mira la corriente de lejos. Me cuelo en sus secas instalaciones. Desde allí el Ebro se ve más escuálido que nunca. A nuestra derecha el azud va flaco y, a pesar de la distancia, se adivinan los saltos de las truchas (en vez de nadar, caminan). Ángel me explica que esta enorme hacienda a duras penas saca agua para el regadío pues el Ebro ya no es capaz de soportar tanta sangría: tres veces en esta última zona de meandros y después el embalse y tras él la “línea recta” hacia el mar…

          Ángel me acompañará hasta el túnel que atraviesa el meandro y que lleva el agua del desagüe de la Central eléctrica de Mendoza al otro lado de esta curva. El suelo se abomba bajo nuestros pies y a lo lejos aparece “la tierra de los colonos”, cultivos de pequeños agricultores que aprovechan los huecos que deja Gertrusa y Frutesa para mejorar su economía. A juicio de Ángel, la forma de entender la tierra de estos ”colonos” me impedirá caminar con holgura, pues “abajo está todo muy salvaje”. No sabe que a mí precisamente es esa forma de manejar la tierra que por lo visto tienen los colonos la que me parece atractiva.

Un mapa en el pie

          No he cantado el resto del camino porque ni los cultivos son frutales, ni los cortados dan sombra aquí. Aún así, nunca hubiera considerado este trayecto como algo “salvaje” sino “entretenido”, lo suficientemente difícil como para llegar a la ermita con la sensación de haber alcanzado un pequeño éxito, pero tan relajado como para no visitarme el cansancio. Aquí escribo, encantada por haber cumplido un objetivo que esta mañana me parecía tan lejano. No ha sido para tanto. Durante el trayecto he ido negociando con la naturaleza, cuya voluntad hostil no ha terminado de aparecer: Yo preveo, ella ofrece, yo transijo, ella regala, yo aprovecho… este diálogo ha hecho más breve un camino que se perdía en tramos.

          La ermita está cerrada, en medio de la finca. Desde su entrada puedo ver la última curva del meandro. Caigo en la cuenta de que tiene forma de bota. Observo bien su silueta. Tiene gracia, si el mapa fuera mi pie izquierdo (que se me ha vuelto a hinchar esta mañana) ayer estuve andando por la zona que me duele. Sigo con el juego: me despedí de Ángel en el empeine, donde comienza mi hinchazón.

          En esas estaba cuando me encontré con la encarnación del minino de Cheshire. Le pregunté qué dirección debía tomar y me contestó: “ten la seguridad que llegarás si andas lo bastante”. Se llama Antonio y se dedica al mantenimiento de los canales. Al verle inclinado sobre la tierra en un rincón aparentemente inhóspito, me acerqué a charlar sobre mi recorrido. Con mirada obtusa, me dio unas instrucciones tan ambiguas que a la hora de nuestra conversación, después de desandar tres tramos en busca la caseta de las turbinas, aparecí de nuevo a su lado. Esta vez volvimos a hablar, pero ya con el mapa delante y sus ojos centrados, hasta que conseguimos entendernos. El diálogo nos sale extraño.

          – “Hasta dentro de un rato”

          – “Te recojo a la salida”.

          – “¿Cuándo terminas?”

          – “A las dos y cuarto”

           –  “Pues si a esas horas me encuentras, recógeme en medio de la nada”.

          – “Será fácil, en la nada la única que estarás serás tú”

Compruebo que los ángeles existen

          Como en los viejos tiempos del Ebro, he caminado entre chopos, zarzas y acequias hasta llegar a “El Cabezo” (el monte que despunta del valle, masculino de “la cabeza”). He terminado el trayecto que completa mi recorrido de ayer. Es la una de la tarde. Llevo conmigo una pequeña botella de agua, suficiente para lo que me queda. Guardé el mapa creyendo que no me restaba más que volver por donde había venido y tomé el camino que atraviesa el meandro hasta el puente con Escatrón, una amplia y recta línea… Pero me pierdo.

          No he calculado las proporciones, he confundido de cruce y he terminado en un acantilado a cuyos pies reconozco mi recorrido mañanero, a pesar de la cercanía está fuera de mi alcance, nos separa un cortado. Deduzco por los cables de alta tensión que estoy muy cerca de la central eléctrica, en ángulo con el posible camino. Aún así, no logro encontrar la salida. De repente la línea recta que me unía a casa se ha convertido en un laberinto que poco a poco va ganándose el adjetivo de peligroso.  Son las dos de la tarde y el sol me aplasta contra una gravera de la que han huido los obreros, o quizá se hayan fundido con el asfalto, o quizá aquellas piedras sean sus huesos fosilizados. Dosifico el agua que cada vez es más escasa. La escasez. ¿Cuántas veces tendré que pasar por esta tortura?.

          Los almendros no dan sombra. El polvo de la gravera ha embarrado mi sudor y las moscas patinan sobre mi piel, satisfechas por el nuevo entretenimiento. Tomo el último sorbo de agua con la conciencia de que es el úl-ti-mo. Entonces, escucho un claxon a mi espalda. Ni levanto la mano, el conductor me abre directamente la portezuela de su coche. Es demasiado destartalado y viejo para ser mágico. No hago caso a mi corazón. No hago caso a mi desfallecimiento. Está demasiado sudado para ser angelical. Miro el reloj, es la hora prevista. Estoy en medio de la nada.

          No hace falta que me de la vuelta. Tal y como me había dicho, Antonio me ha venido a buscar. Una vez en el coche me cuenta que apostó por desviarse de su trayecto habitual porque, ante mi demostrado escaso sentido de la orientación, creyó que yo apostaría por el camino más absurdo… Y aquí estamos.

Salvada por la campana

          ¿Y si le beso? No puedo, estoy seca. Antonio suda por los dos. Acaba de ser padre de un niño que ya va para los diez meses y por el que se le cae la baba, según cuenta. Envidio su glándulas, sonrío sus comentarios. Se declara contrario al trasvase. Ha ido a todas las manifestaciones, salvo a la que coincidió con el nacimiento del niño. Nunca tuve un salvador tan tierno. ¿Será cuestión glandular?.

          Apergaminada, me sostengo a duras penas sobre mis pies. Es tan evidente que Antonio no me deja hasta que no me esponjo: bebo todo lo que lleva en el coche y lo que me ofrecen en el bar en el que desayuné hace unas horas. Entonces sí, ya blanda, le suelto un abrazo apretado y me despido. Pido una habitación, hoy dormiré en cama. Vacío una ducha sobre mí. Aún desnuda, observo al enemigo desde la ventana.

          Ya en mi refugio tengo la certeza de he pasado el día colada en un hormiguero en el que cada grano de tierra es un accidente geográfico difícil de sortear. Entretengo la mirada en sus surcos. De lejos dan ganas de pintarlos, el ojo me atrapa. En la otra orilla, a lo lejos, el monasterio de Rueda se deja observar. Caminar hasta él sería lo último que haría en estos momentos, cuando me recupere habrá pasado el horario de visitas. Por otra parte, si espero a mañana perderé una jornada completa… Definitivamente, pasaré de largo. El cielo se encapota. Un fugaz rayo lo atraviesa. Me doy cuenta de que debo comprar provisiones en el pueblo, de modo que retraso el descanso y vuelvo al exterior.

          Recorro Escatrón a ritmo onírico, con este ánimo registro sus calles ocres y derruidas. La central termoeléctrica que se instaló en la zona en la década de los 50 cambió la estructura medieval que poseía el pueblo. Sus habitantes dejaron de mirar el río y abandonaron calles enteras donde aún hoy se deterioran enormes caseríos. Escatrón eligió crecer hacia el interior, al borde de las carreteras, en el punto más elevado sobre el cauce del Ebro.

Del peso de la lluvia al amor de los tomates

          El cielo adquiere textura terrosa y acelero el paso, con el pan, los dulces y los cinco litros de agua golpeándome en las piernas. Llevo la bolsa llena a pesar de que la tienda de ultramarinos no ofrecía demasiadas posibilidades. Por los restos que me encuentro al paso, deduzco que el primitivo Scatro debió conocer una vida esplendorosa durante siglos. Ya en el hotel, con el marrón invadiendo el cielo, el mesero me contará que hubo un tiempo en el que el tráfico de camiones llenos de carbón era incesante y eso cambió la estructura del pueblo, que de mirar al río pasó a mirar las carreteras. Los habitantes cambiaron el eje comercial de la localidad, abandonando casonas sólidas por nuevas edificaciones… y ahora, ni río ni camiones. También me contó que el monasterio de Rueda está en plena restauración y por tanto está cerrado. En su momento las autoridades locales instalaron en su interior el “museo del Ebro”, en un intento frustrado de atraer al turismo pues poco a poco las piezas que lograron coleccionar fueron enviadas a otros destinos. Lo último que se sacó de su interior fue el llagut que en su momento funcionó en Escatrón, tal y como se muestra en una de las fotos que decoran el hotel.

          El par de canoas y los dos patines de agua que se enganchan al embarcadero no se librarán esta tarde de probar el agua. Se levanta una enorme tormenta de arena…

          …Pero a mi no me importa. Estoy feliz porque la esponjosidad que he alcanzado esta tarde, va en aumento y ha llegado a mi corazón hasta desbordar mi lagrimal: Antonio Secanella, mi tierno salvador, se pasó por el bar mientras yo compraba en el pueblo y me ha dejado un regalo: 5 tomates biológicos, un pepino y una cebolla.

          ¿Y si me lo como? Me refiero, por supuesto, al propio Antonio.

          Me instalo en mi cama como si fuera la balsa de un náufrago. Sobre ella distribuyo mis bienes más preciados, desde la crema para los pies hasta la revista que retrata a los andariegos. En la contraportada me llama la atención una palabra: “Desierto”. Se trata de una columna que su autor dedica a la muerte de un amigo:

          “Perdemos la vida yendo hacia aquel lugar donde queremos ganarla, donde soñamos conquistarla con los nuestros” (…) “Buscamos un lugar donde el tiempo se eterniza y se hace más cotidiano y hermoso. Y nos gusta ese viento que nos acaricia, el paisaje que se nos mete en los ojos con la rapidez de un bólido, nos gusta ganarle kilómetros a la distancia” (…) “Soñaba con el placer de llegar al abrazo” (…) “Llevamos en la cabeza un planeta de detalles y deseos”.

          Fuera, la arena empieza a caer del cielo.


En el planeta de los solitarios

Hoy comienzo la jornada más larga de este viaje. Si soy fiel a los requiebros del río, tendré que recorrer más de 40 kilómetros antes de llegar a la primera población. Por carretera no llegarían a 20. Llevo alimento y bebida suficiente. A partir de ahora el viaje reside más que nunca en mi voluntad y mis pies, no debo de dejarme impresionar por los números.

          La partida ha sido también más temprana que nunca, poco antes del amanecer, por eso he podido desayunar en el meandro de Gotor, cuyos agricultores alimentan sus campos con el agua del río Martín. Él y su lluvia de mosquitos fueron los primeros en recibirme, sucedidos por las ruinas del antiguo Scatro, las flechas que señalaban el trazado del camino jacobeo, el guiño del monasterio de Rueda al otro lado, los trazados secos con los que arranca este meandro y luego este vergel que crean los cultivos. Observo el mundo en medio de un “cabezo” (así lo bautiza mi mapa, deduzco que es una entrada de tierra elevada que se asoma al río como si fuera una enorme cabeza), frente a una chopera, rodeada de sombras que ahora no necesito. Mordisqueo fruta. Me nace la sonrisa.

          La medida calma al ser humano, por eso quizás lo medimos todo: la vida, en años, días, minutos, segundos; el horizonte, en kilómetros, metros; la belleza, en kilos o centímetros; la fiebre, en grados… el camino, el mío, lo mido en objetivos, voy marcando en el mapa pequeños retos que cada vez que cumplo me alivian. Si medimos, reducimos la realidad a unidades más aprehensibles, la abarcamos, la digerimos.

Empresaria del andar

          Esta mañana me he convertido en una empresaria del andar. Gestiono mis recursos, marco objetivos, busco rentabilidades, pienso en riesgos… Ahora entiendo por qué los hombres de negocios manejan tan fácilmente el mundo. ¡Ni siquiera hace falta comprenderlo!. Atrapar, poseer, alivia el miedo, lo disuelve, aunque nadie garantice los resultados. Necesito llegar a la meta para aliviar mi miedo a quedarme, definitivamente, sola. Sé que así dificulto aún más mis conversaciones con el Ebro pero en estos momentos me importa menos que el alivio. Me apropio de la frase “divide y vencerás” y divido la jornada en mordiscos de diferente tamaño. Éste primero ha durado unas dos horas. El que viene se llama “cinglo de Bacon” y obliga a un bocado mayor. No sé qué es un cinglo ni quién es Bacon, pero para mí constituyen mi próximo puerto.

          El Ebro permanece a mis pies, muy abajo, esperando, paciente, a que vuelva a él. El río fabrica remansos en rincones de difícil acceso en los que sólo entretengo la mirada desde aquí arriba, desde los riscos. Gracias a estos obstáculos, los escondites del Ebro son pequeños milagros de la naturaleza en los que abundan las aves. Agarro el mapa con todas mis ganas, sin dejar de pedirle que dé un sentido a mi mirada, que ordene la información que acumulan mis sentidos, pero no lo consigo.

          Alcanzo el cinglo a las 12 de la mañana y vuelvo a celebrar mi pequeño éxito con un largo trago de agua y el pepino de Antonio. El mapa señala, en medio de una mancha verde clara, la existencia de una “caseta nuclear”. Quiero ver de qué se trata y me organizo. Para llegar a ella es más práctico que salga a la carretera y entre por el kilómetro 9. Obedezco. A los pocos minutos un camionero se ofrece a llevarme a algún sitio. Somos sólo él y yo en esa vía de asfalto. Su enorme camión me impresiona. Rechazo su ofrecimiento con educación. El camionero debe de ser consciente de su imponente presencia porque, lejos de irse, se explica desde su asiento, él inclinado hacia sus pies y yo mirando de reojo, hacia arriba, alejada de la puerta: reparte piensos por la zona, es la primera vez que hace este recorrido y ha creído que yo, como él, me he perdido. Le agradezco su interés e insisto en que no vamos por el mismo camino. Entonces él, antes de arrancar, me lanza una gorra azul por la ventana que, según leo, es de piensos para gallinas, insiste en que no debo llevar la cabeza desnuda y me la pongo, por supuesto, ante su mirada, ocultando la que llevo atada a la cintura, para no desmerecer.

Algo en medio de la nada

          Ya en el interior, abrupto, seco, destartalado y cruzado de caminos de tierra que parecen no tener sentido, en medio de un paisaje lunar, agarrada al plano como si fuera un timón, convencida que es posible encontrar cualquier aparición en esta tierra inhóspita, viendo tiburones entre los arbustos dispuestos a desmembrarme de un mordisco, aparece ante mi lo imposible: un coche. En este planeta, la voluntad de los solitarios es saludarse. Igual que me pasó con el camionero, el conductor del auto frena y me habla. De nuevo, respetuoso, se presenta. Se llama Marcelino y se encarga de recoger los datos de la “estación meteorológica nuclear”. Esta vez sí le contesto. Voy entendiendo las leyes del camino.

          – “¿Me podría llevar a la estación, por favor?”.

          Marcelino se muestra sorprendido por mi interés y convierte el corto recorrido en una suma de preguntas. También me regala alguna historia. Por ejemplo: cerca de la estación había un puente romano que cruzaba los canalones que alimentaban esta zona, agrícola en época musulmana. Él tuvo la fortuna de pasar por aquel viejo puente con la bici, pero los agricultores terminaron destruyéndolo con sus tractores, pues allí crecía regaliz, una planta de elevado interés medicinal que acabó con el puente y su historia.

          La estación es la suma de dos casetas: la de la propia estación meteorológica (interesada sobre todo en analizar la luz, el agua de la lluvia y la velocidad del viento) y aquella que quiso ser una estación nuclear en los años 70. Intentando imitar a la vecina Ascó, los empresarios y políticos de entonces hicieron las prospecciones pertinentes para instalar una central en este corazón seco, pero la presión popular evitó que se construyera y ahí quedó la caseta: para siempre en pie como un involuntario memorial.

El poder de quedarse quieta

          Nos separamos en la verja que rodea el recinto, él entra y yo me asomo al cinglo, atraída por el único pino, donde encuentro sombra y descanso. Me doy cuenta de que mis conversaciones son cada vez más breves, pero tampoco parece extrañarle a Marcelino.

          Contemplo el Ebro. Tengo conciencia estética, un privilegio que me concedo en muy contadas ocasiones a lo largo del viaje. La estética es la ciencia del conocimiento de lo sensible, es decir, estoy alcanzando el conocimiento a través de los sentidos. Probablemente consigo hacer este ejercicio porque estoy sola, soy el único ser humano a varios kilómetros a la redonda (Marcelino hace tiempo que arrancó su coche). Los cortados dejan algunas vegas pequeñas donde crece la vegetación de la zona. Poseo, visualmente poseo. La tierra que está a mis pies me pertenece, durante unas horas, en estos instantes. El río es un trazado de agua que se desnuda sólo para mí. Este pino que da sombra entre rocas es el lugar donde me guareceré en las próximas horas, las más duras del día.

          Incapaz de dormir la siesta, organizo pequeñas incursiones en el entorno, la mayoría hacia mi izquierda, para escudriñar la curva del Ebro que tracé durante unos kilómetros por el interior. Es así como encuentro el puente romano roto, efectivamente, como si hubieran querido atravesarlo con un vehículo mayor de lo que permitía su arco. Es un puente desgarrado por su ojo.

          De golpe intuyo que quedarme quieta es una forma física de guardar silencio y vuelvo a la sombra y me ato al árbol a través del estómago. Como. Doy las gracias a Antonio Secanella por sus tomates, sin su regalo el bocadillo de queso se me hubiera pegado al paladar; y a Marcelino, por acercarme a este árbol, el único del lugar con sombra.

El recorrido de los pensamientos

         Esta actitud durará poco, me cuesta llevar el silencio hasta las últimas consecuencias. Antes de que el reloj marque las cuatro ya he oteado varias veces el recorrido que me espera a la derecha, un altiplano seco cuya ribera verde discurre pegada al río, libre de la pisada del hombre, y que en el mapa figura como “La Cerollera”. Discuto con la carta y sus proporciones antes de mi partida.

          Ayer pensé que el lema con el que inicié mi viaje (“cabezonería y mala leche”) ha quedado en desuso en mi biografía. He sustituido ceño por sonrisa. Ahora practico la confianza y la paciencia; confianza en las propias intuiciones y en los demás y paciencia para que la naturaleza y el tiempo me dé lo que corresponde. Sin árboles, sólo con el alivio de la brisa y bajo un sol depredador voy repitiéndome el lema sabiendo que son un verdadero reto para mi propia naturaleza hostil.

          ¿A dónde irán los pensamientos?. Ando y pienso en mi pareja, pensar en él se ha convertido en un gesto cotidiano. Ando y matizo pensamientos anteriores: Caminar marcándose objetivos puede alimentar un comportamiento adictivo, pues los objetivos ayudan a evadirse del presente. Es como la heroína, que hace un favor a los drogodependientes: les hace irresponsables de los miles de pequeños problemas cotidianos. Un objetivo que cumplir borra cicatrices, rasguños, picaduras, tropezones… Plantar un objetivo en el futuro es asfaltar el trayecto, supone controlar el presente y convierte el recorrido en un simple ejercicio de fuerza.

El embalse hace que el río pierda sus formas

          Llevo más de 7 horas caminando y he conseguido arrancarle al día kilómetros de incertidumbres. Efectivamente, he llegado a la siguiente cruz que marqué en el mapa, pero ¿eso era realmente lo que quería? ¿alcanzar la meta?. ¿No consistía este viaje en hablar con el río?. Hoy sólo he hablado conmigo misma, con mi cuerpo, con mi dolor, con mis vacíos, con mis miedos, con lo que he encontrado en el camino. Me siento en deuda y me asomo a este Ebro desnudo que aún observo desde arriba y prometo que dejaré de marcarme metas. Empiezo a darme cuenta de que a medida que alcanzo una meta me invade el sinsentido. El vacío que debe sentir un empresario sin nuevas metas que alcanzar debe ser tremenda, quizás por eso la ambición capitalista es desmedida, porque si se sacia llega el gran agujero. Abandono el espíritu empresarial con el que he iniciado esta jornada. Le doy las gracias y le dejo pasar, con él he avanzado muchos kilómetros pero ya no lo necesito.

          En algún momento del camino he dejado un mapa para pasar a otro, el que describe el meandro de “Chiprana”. En esta nueva curva del Ebro, el agua ha dejado de cumplir una de sus primigenias funciones, ya no marca su propio trazado. A fuerza de siglos, de eras, eones, el agua ha abierto su camino entre los granos de tierra, ha arrastrado, minado y pulido el suelo hasta ganarse su condición de río. Un río es una manifestación de gotas cambiando el mundo, pero ahora algo pasa. El Ebro ya no arrastra el paisaje; agua y tierra no tienen diálogos de río. Por eso la vega cada vez es menos lengua de tierra, el agua retenida deja otra huella en el paisaje, de alguna manera artificial.

          Frente a mí, en la otra orilla, el Ebro ya es cola del embalse y tiene maneras de marisma. Las aguas se remansan paulatinamente. El “camino del soto” por el que discurro está peinado de árboles frutales. La huerta de Chiprana que se mantiene a flote parece saber que una parte permanece ahogada bajo las aguas del embalse porque su fortaleza no termina de convencer. Adornados con pequeñas bolsitas blancas, los perales pierden compostura. Oigo voces que hablan un idioma lleno de óes y úes. Entre los árboles. aparece alguien cuya piel, acento, ojos, me transportan a un lugar en el que nunca he estado, la India.

Mi cuerpo se alía con el Ebro

          ¿Cuántas veces el Ebro me ha devuelto a otras geografías?. Senegal, Perú, ahora la India…La tierra y sus frutos es el lazo común de todos los seres humanos, visto así el mundo, conceptos como “extranjero”, “turismo”, “tercer mundo”, pierden sentido. El Ebro recuerda a todos los ríos del mundo, es uno más. La naturaleza es común, permanece, somos los seres humanos los que llenamos el mundo de categorías.

          El peso hace que se me hinchen los brazos. Los 5 litros de agua que me acompañan desde el amanecer han ido desapareciendo paulatinamente pero a estas alturas, aún con el calor a cuestas y con horas de camino por delante, estaría dispuesta a beberme toda el agua de golpe para aligerar la carga. Mis hombros son más delicados que mi sed. Me tumbo en una de las curvas de este camino carretero en el que campea uno de esos avisos para cazadores que normalmente se instalan en los rincones con mejores vistas al río. Lo elijo por eso, aunque sé que es un punto de tiro. Belleza y muerte. Hay estetas que saben deleitarse con esa extraña pareja.

          Estoy en propiedad privada, con frutales comiendo el camino y el camino mordiendo el río. Yo también lo hago, mastico suavemente un dulce para combatir el desmayo. Hace unos minutos creí ver Chiprana en el horizonte y sin embargo no puedo dar por supuesto que dormiré allí, todo parece difícil y extraño. Estoy almorzando en una especie de cortijo con campo de tiro junto al río, en cuyo interior hay una capillita, un pavo real en una jaula y dos bancos de madera maciza en torno a sendas mesas también de madera. Tienen prohibido el acceso a cualquier persona ajena al recinto, pero es la única vía que tengo para alcanzar Chiprana. Por otra parte, que me llamen la atención no es nada comparado a los riesgos que ya he pasado: para llegar al cortijo he tenido que pasar por “zona de reglamentación especial de caza” y eso seguro que es bastante más grave.

Me rindo

          A dos kilómetros de Chiprana, tras cruzar el puente sobre el anunciado embalse de Mequinenza, me quiebro. La certeza del final alimenta la sensación de dolor que invade todo mi cuerpo. Después de 15 horas de camino cada paso es un mundo. Me desplomo en un lugar cualquiera y ahí permanezco, con los ojos cerrados, escuchando mi respiración y el viento. Mis pies vuelven a ser residencia del corazón, arden. Es entonces cuando me doy cuenta de que estoy jugando, que ahora que el final está a mano me permito caer. Estoy zambulléndome en ese miedo con el que he estado toreando toda la jornada. Lo hago a conciencia, durante unos minutos, hasta entender que no pasa nada, entonces me incorporo. El miedo y mi flaqueza ocupan tanto espacio que para movernos juntos tenemos que obrar con lentitud. Me organizo. Cien metros para mis pies, cinco minutos para mi flaqueza, otros tanto para mis pies, otros tantos… Cada vez que paro miro a mi alrededor: los escarabajos que se ocultan bajo una de las piedras, junto a la mochila; la matrícula de los coches que pasan de cuando en cuando y esos nombres del monolito que han levantado junto a la carretera y que recuerdan las ciudades del camino jacobeo del Ebro. Del final al principio, en el sentido en el que yo viajo, han escrito: Calahorra, Tudela, Zaragoza, Monasterio de Rueda, Chiprana, Caspe, Gandesa, Tortosa, Los Alfaques.

          La jornada termina a las diez y media de la noche, sobre la pesa de un silo, cuyo acceso me ha facilitado el alguacil de Chiprana, Ángel. Antes de llegar a él, una anciana me pregunta:

          – “¿Por qué tanto sacrificio?”

          – “¿Sacrificio? Nunca he pensado que estuviera haciendo un sacrificio”.

          Gracias a la fuente de este improvisado refugio, tengo los dientes limpios, he dado una jabonada a la ropa, disuelvo un sobrecito de café que ayer compré en Escatrón…Coloco el saco sobre una enorme mesa. ¿Sacrificio?.


Pateando la Isla del Tesoro

Son las nueve y media de la mañana y el cielo sigue encapotado. Dormí como una bendita. Estaba tan a gusto que incluso dentro del sueño me enviaba mensajes diciéndome lo bien que estaba durmiendo. El viento no dejó de bandear las puertas de metal del recinto, incluida la de mi cuartucho, y eso aumentaba mi alivio. La pesa del silo ha sido un refugio generoso. El polvo tiñe de blanco todo: mi piel, mi ropa y mis escasas pertenencias, pero no me importa. La enorme mesa de madera que ha servido de cama esta mañana es el lugar en el que me organizo. Incluso he podido enchufar el móvil, pues el silo tenía red eléctrica.

          Antes de partir, regreso al pueblo y lo recorro hasta el punto más alto para comprobar distancias, caminos… El atajo por el que me he encaramado para ganar altura me ha obligado a mover el cuerpo de otra manera: los hombros no sirven para sostener la mochila sino para aguantar mi propio peso. Remonto una bajada de aguas que ahora está seca, escalo, camino con los dedos de la mano y eso aporta otra dimensión a mi cuerpo que había olvidado. Disfruto con el ejercicio. Al final de la pared me esperaba un campo de mies seco y unas magníficas vistas del Ebro. Regreso al río siguiendo las rodadas del tractor entre el trigo hasta alcanzar de nuevo el agua en una preciosa playa por la que he andado descalza en esta mañana gris, gris, gris…

          Mientras ando y escalo rocas me repito: ante los grandes problemas, lo más práctico es acercarse mucho, verles de cerca, pegarse a ellos y a partir de ahí dar numerosas, constantes y pequeñas soluciones. Al final un gran conflicto no es más que un cúmulo de inconvenientes. Sonrío. Es una variante de la división de ayer.

Por primera vez camino dentro del agua

          Horas después ando descalza junto al Ebro. Aquí el barro es limo. Me encuentro con unas huellas de animal: pequeñas, más pesadas que yo porque se hunden más. El ser desconocido camina y lo ha hecho poco antes que yo. Lo curioso es que más parece que anda a dos patas que a cuatro, y no es ave, juraría que es un ungulado… mi desconocimiento de zoología dispara la imaginación… un animal enorme, una moderna versión del dinosaurio, un grifo, un unicornio, un animal milenario, un monstruo con las patas separadas y andar “espatarrado”. ¿Quién es?

          El juego consiste en que el mapa me da la forma del embalse y yo soy una exploradora que encuentra playas (inmensas, como las que ayer vi desde lo alto de los riscos). Tengo la sensación de ir bordeando el mar y descubrir calas prácticamente intransitadas, fauna desconocida (de alguna manera es cierto, gracias a mi ignorancia), lugares sin nombre, mágicos como la casa excavada en la roca junto a la desembocadura de un riachuelo. Una bandada de garcetas remonta al cielo al asomarme a una de estas “calas” desiertas. En medio del juego el mapa a veces vuela. Y yo, coja, corro tras él. Hacemos travesuras.

          Después de cinco horas de bucólico camino me encuentro, al final de una escarpada cuesta, con una casa vacía. Está situada en uno de los balcones de tierra que se asoman al Ebro. Se trata de una segunda residencia, de esas que permanecen cerradas a cal y canto la mayor parte del año, en medio del paraíso. He entrado por la zona que los dueños de la tierra intuyen menos peligro, como siempre, de modo que para salir de la propiedad vuelvo a vérmelas con verjas y alambradas, pero esta vez fácilmente salvables. En uno de esos extremos descubro a un perro, atado a una larga cuerda. Después de transitar tantas horas por tierras libres, conociendo como conozco el gozo de olisquear, escudriñar, embarrarme, gozar con animales, me apena este animal preso, a dos patadas del Edén.

Me pierdo en un helado preñado de conservantes

          Caspe es ya un perfil en el horizonte. El referente urbano me anima a leer el mapa como lo hago siempre: hablo con él por hablar, pura autodefensa. El punto en el que vuelvo a tomar contacto con la civilización se llama “Chacón Viejo”. Ante mí, un cartel explica que es un lugar indicado para la pesca. Sé que he “descubierto” rincones que luego me explicarán los folletos, pero nadie me quita esta certeza, la de mi descubrimiento. Transitar por espacios no bautizados, como cuando llega el rapto de amor y es tan sólo un brillo gratuito, antes de que vengan la doma y los conflictos…

          Para colmo de integración, tomo un respiro en una gasolinera a dos kilómetros de Caspe. Junto a los surtidores de gasolina han instalado unas mesas a modo de merendero. Huele a gas, a petróleo, a plástico. Chupo un helado de chocolate petado de conservantes, lleno de grasas saturadas y de las otras. Mis sentidos se descolocan. El viento es fortísimo y quema. Para colmo de intoxicación, leo un folleto sobre Caspe que he encontrado junto a la máquina registradora. Lo peor: ponen un número a mi camino: El mar de Aragón tiene más de 500 kilómetros de costas, de Sástago a Mequinenza.

          Quedo desolada por este estoque certero. Es evidente que se refiere al perímetro del pantano, aún así: me esperan 250 kilómetros orillando el embalse. Es cierto que llevo dos días avanzando pero… quedan aún los que me separan del Mediterráneo…

          Ya veremos cómo lo hago. Por lo pronto en Calpe compraré provisiones. El camino, aunque seco, está salpicado de árboles frutales y pinos, que con el viento, hacen más agradable el recorrido. El Ebro tiene 1.000 kilómetros para quienes le entienden como una línea azul y no piensan en su diálogo con la tierra. Sus orillas podrían contar el relato de otro modo.

Después, miro la televisión

          Llego al restaurante “El Dique” y como sobre un mantel, con servilleta de tela y copas de cristal, en el salón contiguo al de los pescadores, donde un grupo de hombres celebran algo. Uno de ellos se arranca con una jota y luego todos le corean. Pido albóndigas con tomate y gazpacho; que no falte el potasio. Evidentemente hoy dormiré bajo las estrellas. El próximo sitio de avituallamiento será el “Camping Lake Caspe”. Bueno, ya veremos.

          Sin pudor alguno, me arrebujo frente al televisor, en un área del restaurante que han hecho acogedora, con sofá, sillones y persianas para evitar la luz. Los camareros hacen de verdaderos anfitriones y, lejos de amonestarme, bajan aún más los estores para que el sol no me invada el sueño.

          En el fondo de la mochila duerme el folleto de la gasolinera, lleno de números: El Mar de Aragón nació a principios de los 60 con la construcción de la presa de Mequinenza para explotar los recursos hidroeléctricos del río. Volumen 1.530 litros. Longitud máxima: 110 kms. Anchura media: 600 m. Profundidad máxima: 61 m. 550 km de costa. Ocupa 7.540 hectáreas. Cota máxima: 1.215 m,  aunque la media es de 112. Tres rampas para acceder al embalse en barco: en Chiprana (la Barca), en el Club Náutico Mar de Aragón (estoy cerca) y en el camping ya mencionado.

          Cuando abro los ojos uno de los camareros me ofrece la posibilidad de darme una ducha y usar las instalaciones de la piscina. Acepto la primera parte. Me aseo. Sé que limpia se hace más ligero el viaje. Es un regalo reparador. Cuando regreso, tengo energía como para comunicarme con el grupo de pescadores. Me invitan a un café. Acepto. De entre toda la peña establezco conversación con Juan, el más corpulento, que me invita a un segundo café con leche.

El remate: como con mantel

          Dice que rezará por mí a la virgen en la Seo, para que me vaya bien. Le pregunto cómo les ha ido la pesca y responde que hoy regresan sin nada.

          – “Con viento de Huesca, ni caza ni pesca”.

          Otro del grupo se acerca con varios folletos en la mano. Ha estado escuchando la conversación. Me dice que le interesa mucho leer y escucha en la radio, a las cuatro de la madrugada, un programa “muy bonito” dedicado a los libros. En menos de lo que tardamos en bebernos nuestros cafés, un nutrido grupo de mujeres les arrastran. Entre ellas están sus esposas. Antes de dejar la barra, Juan y su amigo me explican que vienen aquí todos los miércoles en autobús y mientras ellas se quedan en la piscina del restaurante, los hombres se lanzan al río, a ver si pican.

          Tras ellos salgo yo. El primer tramo del recorrido es un paseo por la urbanización, donde abundan las construcciones de la clase media y media-alta. Parte de las instalaciones del club náutico ha sido presa del fuego. En las paredes quemadas han pintado una esvástica y unas frases: “te vas a enterar”, “te vamos a quemar la moto”.

          El recorrido que va del Dique al futuro camping está trufado de pequeños senderos que unen el Ebro con puertas de fincas, portones, tranqueras, cancelas, que una y otra vez van a parar a la nada; marcan una entrada a una propiedad y una salida, la del recinto cerrado a la naturaleza. Camino por el escarpado, incómodo, divertido, extenuante y retador espacio que va del río a ellas. Subo y bajo de la orilla a las puertas para asomarme como si fueran escotillas inmensas que dieran a un ridículo espectáculo. Luego, agotada como lo saben estar los niños, vuelvo a asomarme al agua.

Y para dormir, techo de estrellas

          No sé a qué altura estoy del mapa. En algún lugar del soto de Vinué, eso seguro. Frente a mí, una barca de pescadores apura la luz del sol. He subido a un risco y desde él veo los meandros del embalse. A sus orillas no hay muchos árboles. ¿Cómo es posible que la abundancia no alimente?.

          Hoy no me he sentido con fuerzas para escribir en mi cuaderno, pero he redactado frases en mi cabeza. Las regurgito ahora en él, una a una: “Los coches tienen querencia por las puntas de los paisajes”, allí donde hay un extremo del pantano es fácil que encuentre un coche con “domingueros” dentro. “Después de ver tanta valla puedo asegurar que la propiedad privada favorece la industria del metal”. “Aún no he encontrado esas arañas gigantes de las que me hablaron en Sástago”. Me dijeron que en esta zona del embalse existen los arácnidos más grandes de Europa, razón por la que en su momento quisieron hacer un parque temático. Quizás las arañas, asustadas ante la idea, abandonaron el lugar. “La propiedad fragmenta, promueve la violación, el robo, el asalto porque en sí misma es agresiva”.

          Tengo frío. Llevo pantalón largo y el jersey. La temperatura ha empezado a caer y la humedad se hace cada vez más presente.

          La frase del día la dijo el camarero que me ofreció la ducha:

          –  “¿Sabes lo que hacemos con la lluvia en Caspe?, dejar que caiga”.

El universo es una herradura

He despertado sobresaltada. Me estaba empapando.

          Anoche me quedé dormida con rayos sin truenos de fondo, pero confié en que sería sólo una tormenta eléctrica (como la que presencié la primera noche en Escatrón) y me dejé llevar por el sueño…

          Debía de llevar un buen rato lloviendo, porque el saco estaba empapado. Tuve que vaciarlo para encontrar la capa de lluvia y el chubasquero. Armé el petate como pude, sin olvidar nada, y dejé fuera el saco; simplemente, lo doblé. Chorreaba. Un cuarto de hora después encontré este refugio, formado por los árboles de un cuidado jardín y aquí espero a que escampe. Las ramas son tan frondosas que he podido extender mis cosas y dejar que se aireen aunque la lluvia no haya cesado.

          Al fondo, donde se divisa una luz, se oyen ladridos. Al lado de estos pinos hay una casa que aparentemente está vacía; aunque su porche es una tentación prefiero quedarme en el jardín para no asustar.

          Me quedé dormida creyendo que saldría volando. Mirando a las estrellas y enfundada hasta las orejas, soñé que había comenzado a pensar de una manera extraña, como nunca había hecho: dibujaba palabras en el aire. Delante de mí el firmamento era una inmensa hoja de papel oscuro y brillante y allí aparecían frases que una vez enunciadas cobraban un cuerpo que yo esculpía hasta conseguir un texto armónico.

          Ahora, bajo la luz de mi linterna, guarecida al fin de la lluvia, repaso el cielo para acunarme: En época colonial, las mujeres burguesas (inglesas) se dieron cuenta que el mundo se acababa para ellas a los cuarenta (la edad media rondaba entonces esa cifra), pero la ciencia, la fotografía, el cine, los medios de transporte… denunciaban una y otra vez que fuera de las paredes de su casa el mundo era más grande y exótico de lo que nadie hubiera imaginado. Y además, disponible. Puestas a morir, era más apasionante que la parca te pillara fuera. La mayoría de ellas aprendieron a vivir sin hombres, aunque hubo otras (pocas) que fueron seres libres capaces de mantener relaciones libres.

El destino común del Ebro y las mujeres

          Del XIX al XX, las mujeres se lanzaron a exigir su derecho al voto. Las sufragistas reivindicaban la conciencia y la madurez de la mujer y una existencia que también era política, reivindicaban el derecho a elegir su destino dentro de la sociedad. Con el tiempo el sistema admitió que las mujeres tenían “derechos”, que acabarían siendo exactamente esos que al propio sistema le interesaba reconocer en pro de garantizar una mayor productividad, por ejemplo, y no tanto en nombre de la igualdad, pero ellas estaban tan enfocadas en reivindicar sus existencias frente a los hombres, que entraron en el juego. Así, las mujeres ganaron autonomía frente a la “colonización” masculina, aunque eso no significó recuperar su esencia.

          Cada derecho ganado fue una derrota para los hombres pero no para el sistema, que también sometía a sus varones. Comenzó una guerra de sexos que en la vida cotidiana ha llevado a la incomprensión mutua. Mientras ellas y ellos se peleaban, las instituciones fueron conquistando a hombres y mujeres en su propio beneficio. Cada señal de progreso no fue más que una transacción. Dudo que hubiera realmente un cambio de mentalidad. Por ejemplo, si se aceptaba el derecho al voto de las mujeres era porque el voto femenino influía en la balanza electoral. Así ocurrió en los años de la república española, las defensoras del voto de las mujeres prefirieron que no se les reconociera tal derecho hasta después de las elecciones pues estaban convencidas que sus maridos y el clero determinaría su decisión y el resultado electoral beneficiaría al bando conservador. Ganadas las elecciones, la Constitución del 31 sería una de las primeras en el mundo en declarar la igualdad de hombres y mujeres a ejercer este derecho ciudadano. De igual modo, si se admitió su acceso a un puesto de trabajo fue porque su participación como mano de obra en la cadena de producción resultaba imprescindible, algo que queda patente tras las dos grandes guerras mundiales. Y así se fueron haciendo un sitio propio en el mercado, hasta convertirse en las mayores consumidoras, es decir, no sólo en objetos sexuales sino en sujetos capaces de concebirse libres para circular como mercancías, capaces de asumir con la cabeza los sacrificios del corazón… Seres humanos fraccionados, parceladas, propietarias de partículas desintegradas… ese es el presente de las mujeres. Hace días pensé en el común destino del Ebro y las mujeres….

Un paraguas hecho de historias da para mucho

          Mi cabeza no da más de sí. Son las 6 de la mañana y el sol sigue sin aparecer. Permanezco sentada, bajo la lluvia, en medio de la oscuridad. Leo. Escribo. Miro. Oigo. Leo. Oigo. Escribo…Con la aparición de la luz se aleja la tormenta. Aireo el resto de mis pertenencias. No puedo volver a tumbarme, el suelo está empapado. Tomo prestadas dos manzanas de los frutales vecinos y desayuno.

          Es fácil comenzar la caminata con la sensación de estar en Galicia. No es sólo por la temperatura, la textura del aire o el paisaje, sino por esa fábrica a orillas del embalse, que aparece tras una curva. Se trata de una gran plataforma herrumbrosa y gigante, que me recordó a una de esas mariscadoras que hace años vi de cerca en Villagarcía de Arousa. Preparo el equipaje para la lluvia y camino bajo un viento recio y un cielo encapotado.

          Horas después, continúo en el soto de Vinué, que en este tramo es algo más verde gracias a los frutales, aunque gran parte de la tierra amarillea (el trigo seco se cuela por las botas). Los dueños de un par de casas del camino tratan sus huertas como si fueran jardines. Poco a poco, lo que durante kilómetros han sido playas se va convirtiendo en cortados de difícil acceso por tierra. La loma de enfrente (al otro lado del embalse) es arenosa, a diferencia de este margen abrupto. A pesar de que el entorno me obliga bruscamente a romper una y otra vez mi camino junto al río, mi relación con el Ebro ni se inmuta.

          El soto de la Herradura despierta interés entre los pescadores y eso me beneficia porque los senderos que ellos han hecho a pie facilitan mi recorrido. De este modo, voy de zanjas y barrancos artificiales como la raja creada por un tractor en la loma y por cuyo trazado, roto por la lluvia y las rocas, me resbalo, y de ella las sendas que terminan en rincones hechos para la espera del mejor pez.

Caminar con un ojo

          Por lo que veo de lejos, la isla de la Herradura es alcanzada en pequeñas barcas y algunas lanchas motoras de manera esporádica. Adivino las huellas de amarres y los senderitos hechos por los pies a pesar de la distancia. A este lado reinan las calas, unidas en ocasiones por rodadas de vehículos de todo terreno, como ese en el que aún duermen dos familias de campistas. En las calas me cuelo durante horas, pasaré por tres antes de que vuelva a encontrarme con huella de vida humana.

          Llego con la vista nublada a un terreno cultivado por culpa del golpe que me he dado en un ojo con una rama. Esta fragilidad visual está tardando mucho tiempo en desaparecer, no tengo agua suficiente como para enjuagarme el lagrimal y temo que el cielo vuelva a hacer de las suyas, de modo que encontrarme con un cultivo me da esperanzas de que, si esto va a peor, podría encontrar ayuda. Sin embargo, mi torpeza convierte el terreno en un laberinto absurdo en el que me pierdo: llego una y otra vez a caminos ciegos que van a parar a la nada. Buscando parámetros que me encaucen, trepo entre las rocas hasta el risco más alto, donde un largo palo a modo de mástil sin vela domina el horizonte. Me asusta la nube que se me ha instalado en el ojo. Distingo una furgoneta blanca en el horizonte, que por el momento es un punto. Se acerca a mí, me siento en un lugar cualquiera, sin sombra, confiando en que nuestros caminos se crucen. Minutos después le hago frenar llamando su atención con los brazos. Antes de preguntar ya avisa que va cargado pero logro explicarle que no sé salir de allí y que sólo necesito que me deje en un punto desde donde él considere que es fácil seguir el camino que me saca del meandro. No le digo nada del ojo, me da vergüenza. Cuando me quiero dar cuenta me ha dejado en una estrecha carretera recién asfaltada y lo suficientemente alejada del río como para que, queriendo recuperar la vega, vuelva a perderme. Mi vista, que sigue nublada, toma la decisión: contemplaré el Ebro de lejos, la prioridad es encontrar un lugar donde lavar mis pupilas.

Hago trampas

          El camping no debe quedar muy lejos, faltarán unos 10 kilómetros si bordeo la orilla. No son muchos si pienso en el perímetro del embalse. “¡Son excesivos!”, tercia mi cuerpo. No tengo espejo para saber qué aspecto tiene aquello que me escuece. Me he de conformar con el tacto, que tampoco está muy limpio. No noto ningún bulto.

          Conecto con la rabia, prima lejana de la desesperación, y peleo con mis moscas como si fueran las causantes de todos los males. ¿Van solas o se turnan? ¿Son nómadas o vuelven al lugar donde las encontramos? ¿Si las dejáramos estar se quedarían quietas? ¿Nos corresponde una mosca por persona? ¿Cada uno tenemos la nuestra? ¿Será que simplemente quieren comunicarse? ¿Se posan porque quieren descansar después de tanto revoloteo? ¿Somos nosotros su medio de transporte?. ¡Las odio!.

          Al cabo de una hora camino sobre el asfalto de una carretera solitaria ayudada por una larga rama de madera que hace las veces de cayado. Negocio con un mago imaginario: le juro que si algún coche me llevara al camping abandonaría allí la bolsa y volvería a ella, desandando el meandro, como hice en Escatrón… Incrédula, una familia de alemanes me recoge segundos después en un viejo Chevrolet. ¿Estaré alucinando? Su hija, de unos siete años, se aferra a su cinturón de seguridad mientras me observa de arriba a abajo. No entiende castellano pero cuando su padre le traduce que yo llevo caminando 36 días sin parar, pregunta a su madre por qué hago tanto esfuerzo. No sé qué responder y sonrío. Yo tampoco estoy muy convencida de que, si la toco, ella y el coche se desvanecerán, demostrando que la situación no es más que un sueño.

          Hacemos juntos esos tres kilómetros que para mí son la salvación.

          Alcanzo el camping con alegría. Nadie diría, al verme entrar, que hace tan sólo diez minutos creía que me daba un sincope. Mientras espero a que den las 5 y abran la tienda y la recepción, Rita, una de las empleadas, deja me duche. Después, lleno el estómago con refrescos y un enorme bocadillo. El ojo continúa rojo pero ya pasó la nube. Ahora sí, ahora me siento capaz de volver sobre mis pasos.

Desandar lo andado

          Después de pagar, comprar algo de alimento, etc, cumplo con mis promesas. Salgo por la derecha del camping, por el Soto Serafín, hasta encontrarme con unas vistas preciosas entre frutales. Son playas “abandonadas” que bien podrían figurar en un folleto turístico sobre los paraísos del Pacífico. Hacia ellas voy y allí encuentro mundos, universos de huellas y colores, despojos de naufragios, como cuando era pequeña y el Mediterráneo de otoño sembraba de algas la playa donde veraneábamos. Entre los restos, un barco abandonado, encallado a propósito en la orilla. Parece un transbordador, una de esas barcazas que se dedicaban a cruzar de una orilla a otra con material de todo tipo.

          Bordeo el soto, primero desde lo alto (el primer tramo es un cortado) y luego a pie de embalse. Las calas se unen por la sequía y eso me permite avanzar con rapidez. Me da tiempo a doblar la punta de la Cuesta Falcón y volver a ver la isla de la Herradura, que esta mañana apenas divisé. Gran parte del trayecto de regreso lo haré después de la hora mágica, cuando la tarde empiece a fundir siluetas.

            De noche, ya en el camping, estableceré de nuevo conversación con Rita. Ella me ha explicado que la isla es considerada un paraíso zoológico pues hace unos años soltaron allí varias especies y un pescador se ha encargado de llevarles el alimento necesario para que sobrevivieran. Imagino al doctor Zhivago. Le pido más detalles, pero no conoce más que este enunciado. Intento recordar alguna señal, algún sonido que diera más consistencia a la historia de Rita. Lo único que consigo es confirmar que he pasado horas cultivando la certeza de lo agreste. Esta vez, desandar lo andado ha resultado nolvidable.


Diálogos mudos

Por un pequeño mapa hecho a mano alzada por los propietarios del camping sé que, al salir del mismo, a mano izquierda, me encontraré con un pequeño refugio, lugar de cobijo en la época en que están cerradas las instalaciones (de diciembre a febrero) y que a partir de ahí el camino me llevará a las playas. Recojo mi petate con prisas para dar esquinazo al sueño.

          Arrancar de una manera tan concreta me alivia. Me fío más de este trazado a lápiz que de mi preciso plano cartográfico, por una sencilla razón, el dibujo marca un destino concreto, las playas más cercanas, mientras que en el mapa soy yo la que tiene que darle sentido a las líneas.

          El alivio se transforma en desapego al alcanzar la primera de una serie de playas que no consiguen igualar en belleza a las de ayer; sus rocas no se trufan con los limos finos ni con los pastos. Ay, siempre dejándome alcanzar por las expectativas… Me las sacudo y sigo caminando, cosiendo las orillas  a través de veredas que, por supuesto, no aparecen en mi mapa. De vez en cuando me salto alguna. sobre todo para dar esquinazo a la compulsión, a la rigidez… !Qué difícil me resulta aún fluir, avanzar de forma líquida hacia el mar!. Opto por el camino ignoto que rodea la costa, en alto y entre pinos y que desemboca en esa casona que promete el plano.

          Avanzo cada vez más lentamente. Creo que se debe a que no tengo que llegar a ningún lugar preciso antes del anochecer. Esto me provoca una sensación de libertad especial, como si dispusiera de una jornada de 48 horas sólo para mí. Caigo en la cuenta de la trampa constante: Los relojes hicieron del tiempo un destino. Cuántas geografías invisibles. Sé que en coche, haciendo dedo, esas 48 horas se convertirían en 20 minutos. El tiempo es una distancia. Por otro lado, podría acabar con el viaje en cualquier momento y las 48 horas nunca llegarían a ser… Mientras tanto, ando en, junto, para y por el Ebro, ese es mi deseo y mi opción. Hago del río mi reloj, cada hora y minuto que pasa cruzo muchos mundos, dentro y fuera, detrás y hacia delante, nuevos y repetidos, hasta que el concepto del tiempo estalla y las prisas, por fin, desaparecen.

Una orilla llena de calas

          La casona, de ladrillo, podría ser un buen refugio en invierno. A su vera nace un camino que lleva al embalse y desde ahí se pueden “visitar” las calas que antes he visto desde arriba. Es un paraje bello, solitario y entre pinos. El embalse arranca al río su capacidad guerrera. Aquí la corriente no endulza valles porque el hombre tampoco ha creado vínculos con el río. El embalse deja huella y borra, y sobre todo, enmudece las orillas e impone riscos artificiales. El agua lame laderas que nunca se trabajó, no hay caminos ni forma de improvisar encuentros con el Ebro, de modo que me asomo a él en un zigzag, voy del camino carretero a los lugares mágicos que arranco al paisaje.

          Se nota que el embalse ha sido “adecentado” con algún fin turístico o empresarial. La carretera acaba de ser asfaltada, como si esperara visitas. Hay un momento en que se divide en dos. En este cruce el gobierno de Aragón avisa que está prohibido hacer fuego. Tomo el de mi izquierda, que por lógica va más pegado al embalse y que, además, es el menos “acicalado”. Me lleva a los alrededores de una casa en ruinas, de ahí sale otro que lleva a zona de playas… poco a poco el trazado se va abandonando. Mis pies eligen por intuición los senderos más rebeldes.

          Ayer uno de los clientes del camping me pasó información sobre la ermita de la Magdalena, excursión que aquel día acababan de hacer, mezclando coche y barca. No la leí entonces y no la leo ahora. Me han descrito tan profusamente la isla en la que se ubica, que simplemente espero a encontrarme ella y, ante su presencia, imbuirme en la historia que narran estos papeles.

Pierdo de vista el río

          El embalse queda cada vez más abajo, las pendientes son más imposibles. No voy equipada para escalar. Pierdo de vista el agua en numerosas ocasiones, de modo que, cuando aparece tras una curva me entretengo durante unos minutos. Le observo. No veo un río sino aguas muertas. Los embalses impiden las crecidas periódicas necesarias para respetar los ciclos de la naturaleza. Con la construcción del embalse de Mequinenza se rompió el milenario flujo de materiales sólidos. Veo con mis propios ojos hasta qué punto las aguas estancadas acaban con la función erosiva del Ebro y la llevan hasta las últimas consecuencias. Los embalses se aterran con los sedimentos que antes llegaban al mar y son como salinas (concentran las sales del agua por evaporación). Así es como el Ebro, en vez de nutrir, puede llegar a matar.

          A medida que avanza hacia su desembocadura, el río se va pareciendo a la imagen que le han inventado los que defienden su trasvase: un simple canal de agua que “se pierde en el mar”. El mar… Los nutrientes, vitales para multitud de especies no llegan a su destino. El agua, cuando está viva, permite el alevinaje de muchas especies en las desembocaduras, que luego se reparten por las plataformas costeras. Hace días que no transito por meandros, curvas naturales labradas durante milenios por el río. Ahora estos requiebros son imposiciones de la tierra al agua amansada y, por tanto, tan artificiales como una autopista. Más que meandros, encuentro tierra cortada abruptamente, anegación.

          Me acerco al “Mas de la Punta”. En los bordes de este Ebro encarcelado han creado un verdor artificial, repoblando la tierra abrumada con pinos que nunca fueron autóctonos. Algún visitante hizo mesa y sillitas en uno de los claros del camino, con piedras. Varios carteles anuncian el “Mas”; cuando acaban las flechas, aparece un edificio en ruinas en cuya esquina mejor conservada han levantado un refugio.

La ermita de la isla Magdalena

          Intento dar sentido a lo que voy encontrando por el camino, a esa caseta con la que topo, al sendero hecho por ruedas de tractor que lleva a una cala demasiado alta como para ser embarcadero…Todo obedece a un plan que aún no está desarrollado, un negocio que no consigo descifrar: ¿un parque temático? ¿una futura urbanización de lujo? ¿una explotación hotelera? ¿una granja a espaldas de Hacienda?.

          Por fin me cuelo en un rincón asombrado en esta cala imposible desde el que puedo observar con bastante claridad la isla “Magdalena” y la ermita que convoca el embalse sobre un pequeño y empinado montículo en el que el hombre ha aprovechado los cortados de la naturaleza para levantar este edificio mágico. De lejos la ermita parece un castillo salido de un cuento de hadas.

          Se salvó de quedar inundada por las aguas del embalse y ahora, desligada de fieles y romerías, va deteriorándose hasta convertirse en un espectro. Su historia duerme bajo las aguas. Durante siglos, el cuidado del recinto estuvo a cargo de dos ermitaños que nunca cerraban sus puertas. Al pie del monte  había una casa llamada “La venta de la Magdalena”. Era lugar de parada y reposo para los barqueros de paso regular por el Ebro, pues la ermita estaba situada a unos 20 kilómetros (por tierra) de Caspe, es decir, a cinco horas de camino en carro por un trazado malo y en ocasiones difícil (hasta que se construyó la presa había que cruzar el río en un pontón). Pero para los viajeros, la ermita poseía un papel estratégico para el comercio de cereal, lanas, cueros y sal, entre otros, con Zaragoza pues servía de faro a sus barcas ligeras, “de poco calado y a vela”, que usaban como transporte. Además actuaba como torre-vigía, una más de las numerosas presentes en el curso del Ebro.

          Observo de nuevo la isla, ahí, dibujada en medio del embalse. Seguro que cada visitante despierta un retazo de su memoria y le devuelve parte de su identidad perdida. Hasta aquí llega su ligero ronquido. La observo y entiendo hasta qué punto las consecuencias de la construcción del embalse de Mequinenza fueron irreversibles. Más de 3000 personas fueron obligadas a abandonar sus casas en Mequinenza y Fayón; se rompió la navegabilidad del Ebro; se quebró del flujo de materiales sólidos hacia el mar, se abrió la crisis de sostenibilidad del Delta y la falta de arenas en las playas mediterráneas a lo largo de cientos de kilómetros de litoral; se rompió la continuidad del hábitat fluvial, acabando con especies tradicionales en el Ebro tan emblemáticas como el esturión o la anguila; se generaron importantes impactos sobre el alevinaje de especies pesqueras marinas en la plataforma litoral…

El Ebro me alumbra

          La carretera asfaltada termina junto a una casa en construcción, un soto con canchas de fútbol, campistas y un trocito de embalse a pie de baño. Es decir, otro  paraíso artificial al lado de una panorámica hermosa. El Ebro, azul intenso, exige la contemplación. Vuelve la escritura en el aire. Ahora el papel es el lienzo celeste del agua. El texto imaginario habla sobre la autodeterminación y la libertad, conceptos que si defienden los burgueses llevan a territorios de enajenación y división, principios que también pasan por el cuerpo de las mujeres. En esas relaciones con la vida y los seres que en ella existimos, apuesto por un nuevo tipo de relación con mis semejantes y con la naturaleza.

          No sé si el río tendrá conciencia de sí, pero me alumbra. Mis sedimentos, mis sales, mis nutrientes. En Occidente lo orgánico y las relaciones humanas se canalizan, se dominan, se explotan, se les saca rentabilidad. En esta batalla todo cambia de valor, ¿la menstruación?, ha de taponarse; ¿el sudor?, eliminarlo; ¿heces?, soy estreñida; ¿flujos?, sida…

          Calculo que me quedan unos 25 kilómetros de Mequinenza. No he encontrado frutales con los que pueda completar mi alimento, no pesco, no cazo. No entiendo de raíces. No estoy preparada para encontrar recursos durante días.

          La tarde va cayendo. En busca de refugio, paso junto a un abrevadero de ganado, lleno de restos de basura y un hombre pescando, con su autocaravana. Le dejo atrás en silencio y escudriño los rincones. Ya es tarde cuando lo encuentro en la esquina que hace el embalse con una hoya llamada “Val de Mamet”, en el lado opuesto de esta “cala”, un matrimonio recoge sus flotadores, radios, neveras portátiles, balones, sillas e hijos y abandona en coche el lugar.

El periodo me ha llegado, sí señor.

Hacerse río


Hago un descanso para mis pies a la altura del km 306. Ya queda poco para Mequinenza. Contra todo pronóstico (ayer nos metimos en el saco unas 30 moscas y yo) he dormido espantar bichos. Me he abandonado completamente.

          La “Sierra de los rincones” está llena de escondrijos de difícil acceso y naturaleza bestial; los sigo con el dedo sobre el papel. Nada parece tener sentido para quien quiera avanzar fluidamente hacia el mar, unas veces los senderos mueren en un punto cualquiera, en mitad del monte, otras me alejan de la orilla, sólo un par de ellos se asoman al borde el Ebro. Recorrer la sierra a pie resulta atractivo para quienes deambulen por el paisaje, pero nada práctico para los que quieran avanzar como los ríos. Siento la contención del agua embalsamada, más hecha para desbordarse que para avanzar. Del mismo modo, podría intrincarme en uno de estos laberintos por los que se ve forzada el agua mientras busca su natural salida. No, no voy a seguir estos pasos, yo soy menos inmensa que el Ebro, si lamiera los bordes del embalse podría permanecer en este lugar durante mucho tiempo, estancada. No, no lo haré, se me indignan todas las gotas que llevo dentro. No, encontraré mi propio camino en nombre de los dos, Ebro y yo. Haré mi propia riada, ocupando otros espacios, los no consentidos.

          El resultado es un trayecto que va del agua al asfalto y de allí de nuevo al Ebro embalsamado. Lo curioso es que mi emoción va por su lado: Cada vez que un sendero asoma a la carretera y promete un rincón en el interior de la sierra, se me agría el carácter. Y al revés, en cada tramo que abandono junto al Ebro me comprometo a que volveré aquí con Rafa y que desde el agua escalaremos las paredes. La costa de la Sierra de los Rincones es impenetrable para mis pies pero mi corazón hoy no se anda con contemplaciones..

          Me encuentro por última vez con el asfalto en el kilómetro 299. Allí se anuncia que existe un pueblo, a 6 km. Han borrado el nombre de la placa de tal manera que se hace ininteligible. ¿Yesca?. El mapa tampoco lo reconoce. No lo tomo. Cortaré la sierra por donde me venga en gana. Debería asumir mi condición fluvial antes de que alcance el Mediterráneo. Tengo que llegar al mar haciendo posibles mis caminos, como lo hacen los verdaderos ríos. Frente al embalse, que impide al Ebro su ruta original, yo buscaré mi propio recorrido.

La carretera es un flotador   

          Por primera vez en este viaje llevo la pena enganchada al corazón. ¿Será que por primera vez el Ebro y yo tomamos caminos diferentes para llegar al mismo punto? ¿Será que adivino el final? ¿Por qué, si experimento mi condición fluvial, no logro la alegría de los torrentes? O quizá porque compruebo que necesito aún la ruta del Ebro, que sigo sin saber manejar la mía. Necesito ir pegada a él. Más de 700 kilómetros juntos y aún no me siento preparada para ser río.

          Le observo ahora, desde lo alto, y se me humedecen los ojos. Es más sencillo, puramente humano: Intuyo el mar, el desprendimiento, la despedida. El brillante reflejo azul del agua que me atrapó el primer día hoy contrasta con la oscura estepa sin apenas vegetación. Seguirle es difícil. Está abajo, muy abajo. No sé si es el Ebro el que me abandona o es la tierra la que impone o es el embalse el que fuerza. Hoy experimento mi propia condición de río y no quiero nadar sola. Así de humana soy. Me ato a la vega en los últimos kilómetros y compruebo desde allí que la carretera es una especie de “flotador” para mi ánimo y mis pies, pues permite caminar al lado del Ebro, sin retorcer mi cuerpo. El camino facilita mis íntimos consensos. En el peor de los casos, no pierdo el contacto visual, y eso ahuyenta mi malestar.

          Mequinenza se va anunciando poco a poco. Primero fueron los coches equipados con bicicletas de montaña y barquichuelas o piraguas, todas ellas provenían del otro extremo de la carretera, en sentido contrario al mío. Después llegaron las construcciones junto al embalse, como el pequeño embarcadero, capaz de acoger tan sólo a cuatro barquitas (a la quinta no le queda más remedio que fondear en medio de esta boca). Ya cerca de la presa y la central eléctrica, una rampa de uso público permite al dueño de una barca a motor cargarla en su coche.

           Cruzo el puente y bordeo una zona del pueblo abandonada. Sus paredes ocres besan los pies de una larga pared también ocre, sobre la que se levanta un castillo que desde este lado muestra toda la majestuosidad de una atalaya. Apuro con lentitud una curva cerrada y ante mí aparece la moderna Mequinenza. Bordean el embalse pequeñas casetas con aire marinero, aperos de pescadores, instalaciones de deportes náuticos, un ambiente que estoy acostumbrada a encontrar junto el mar y no en los ríos. La siesta asola las calles. Mequinenza a estas horas parece muerta, un escenario de cartón piedra dispuesto para un rodaje, un pueblo abandonado por una catástrofe química, quizás el sol derritió a los hombres y el agua deshizo a las mujeres…

La identidad lingüística se hace un sitio

          Dicen que a Mequinenza le lamen tres ríos y quiero ver el punto en el que se encuentran, pero enseguida me doy cuenta que el Cinca llega a Mequinenza ya unido al Segre, de modo que aquí se unen realmente dos, este último y el Ebro. Si a mí uno me atrapa el espíritu y el cuerpo, ¿Cómo afectará vivir en el vértice de tres?. El lugar se conoce como “Aiguabarreig” (mezcla de aguas). ¿No es catalán?. Sé que estoy en terreno aragonés y que Cataluña queda a un tiro de piedra, pero por un momento…

          A los cinco minutos una señora del pueblo me comenta que en Mequinenza se habla el catalán.

          –  “Y antes más que ahora. ¿Eres de Zaragoza?”

          Cuando le contesto que no, sonríe.

          – “Ah, porque a los de Zaragoza les molesta mucho esto”

          Hasta los carteles anunciando el castillo o el molino de aceite están en catalán. Los que lo hicieron en castellano fueron modificados a mano, con la connivencia del Ayuntamiento, que no ha procedido a enmendar los tachones. De este modo, por ejemplo, Fayón pasa a ser Faió, según las correcciones. En el mapa que regalan en el Ayuntamiento, los anunciantes ofrecen sus productos en catalán, alemán y castellano, en ese riguroso orden.

          Me empeño en subir al “castell”, que se levanta al final de una cuesta casi vertical y con cerradas curvas que todos suben en coche menos dos, un corredor de fondo y yo. Tras 15 minutos de ascenso y bajo un calor que sofoca al menor esfuerzo, me encuentro con que las instalaciones están cerradas: los pocos coches que han subido se han quedado en las casitas de los aledaños. Una pareja joven aún permanece en el suyo, son todo brazos y piernas. El corredor me sonríe, cómplice, en su camino de regreso y yo, sin saber qué hacer, me asomo al acantilado por un hueco que han hecho los mirones en la muralla.

Llega la hora del reconocimiento

             Mientras me acerco al cortado embriago el olfato, paseo los ojos por la luz, amago al horizonte, intento distinguir graznidos… saboreo el encuentro con la belleza, lo retardo, y cuando ya afloran las ganas de sorprenderme por una nueva perspectiva del Ebro, me asomo.

         Lo que no me esperaba era que las vistas me dejaran fría. He intentado estremecerme, pero no he encontrado resquicio de emoción alguna. Me sorprende que ahora no sea capaz de alcanzar el placer estético, lo único que soy capaz de afirmar es que allí no encuentro nada que no haya visto ya abajo. Entonces, ¿Qué necesidad tengo de estar arriba?. De golpe entiendo que cuando alguien ha andado su propia vida no necesita ocupar ningún lugar, ya tiene su espacio, para siempre, y entonces sí, entonces lloro desconsoladamente: por las negaciones recibidas, que entendí como desposesión; por el amor vislumbrado que no fue y confundí con el abandono, por los proyectos intuidos que se quedaron en el aire y creí que fueron fracasos, por los caminos que no pude transitar convencida que me eran negados… porque mientras tanto perdí la conciencia de estar andando mi propio recorrido. Pierdo la mirada en el embalse y prometo no dejar, nunca, de caminar mi historia, la única manera de ser.

          Con el pellizco en el corazón pero ya sin lágrimas en los ojos, regreso al pueblo resuelta a que el embalse de Riba-Roja no sea un problema en las próximas jornadas. Me acerco a una tienda de útiles para pesca y alquiler de barcos y pregunto al dueño (Ramón) si podría acercarme en barca hacia un punto concreto del embalse. El local está atestado de pescadores, en su mayoría alemanes atraídos por el siluro y el Black Bass (ambos introducidos en los 60). Ramón y yo empezamos el regateo mientras él cierra otros negocios. El precio es muy elevado, pero al final convenimos que mañana, a las 9,30 pasará a recogerme en el malecón del puerto. Estoy encantada con la idea: recorrer el embalse por su interior no me separará del Ebro y además aún estoy a tiempo de elegir el punto preciso en el que vuelva a poner el pie en la vega.

La pareja vecina y su noche gozosa

          La luna llena se adueña del cielo. En la tele emiten un bolero, “Nosotros”. Subo a mi habitación con dos vinos blancos en el cuerpo, embriagada además por el aire dulzón que desprende el pasillo del hostal, sus paredes parecen transpirar. No es perfume, es un extraño aroma. Asciendo lentamente y presto atención al mural que domina la primera planta. Se trata de una fotografía en blanco y negro, que muestra cómo era Mequinenza antes de la construcción del embalse. Reviso la anatomía de la ciudad, que está casi irreconocible. El antiguo casco, que ha desaparecido, iba del puente que crucé esta mañana a la esquina que hoy es erial y ruinas. El nivel del Ebro es ahora más alto, pero antes tenía aún más aire marinero gracias a los diques que le encauzaban por el margen izquierdo para controlar sus crecidas. La vida de Mequinenza debió cambiar radicalmente a partir de la construcción del embalse tanto como si hubiera pasado una segunda guerra privada (la primera fue la “Batalla del Ebro”).

          Me digo: “Donde hubo ya no hay”. Esta frase crece nada más entrar en mi habitación. Por las risas de la habitación vecina, la noche promete ser intensa. A la una y media de la madrugada me despiertan sus gemidos de forma definitiva. Ella goza, goza, goza, goza. A él, en cambio, no se le oye ni un suspiro. Los susurros de la hembra se cuelan en mi duermevela hasta no saber si son míos o suyos, mientras el hombre permanece como incógnita.

           En la habitación de al lado un río se desborda. Hay días realmente interminables.


Herr Siluro

Por fin he puesto cara a la chica de anoche. La escuché gemir, susurrar, seguí sus ritmos. Y a él, pura acción silente. Un cigarrillo. Unas risas. Escapada al cuarto de baño. De nuevo el arrebato y ellos, otra vez, enganchados. Ella va vestida de montañera, como su amante. Tiene el pelo rojo y rizado. Los dos son menuditos. Me sorprende, se les oía tan fuertes… Durmieron poco. Yo también. La diferencia entre ellos y yo es que me he levantado con el corazón encogido. Van en canoa. Quieren saber el perímetro de Mequinenza. Se lo digo. La noche avanzaba y no podía quedarme en silencio ante sus rumores, encendí el televisor. Me tragué una película entera, una comedia de amor entre ancianos. Aproveché uno de los descansos de la fiebre sexual vecina para caer dormida, pero horas después a los tres nos despertó el deseo.

          Llego antes a la cita. Me preparo. Durante unas horas cambiaré de velocidad, ya no transcurrirá el camino al ritmo orgánico del pie y los latidos del corazón, de mi pulmón tomando aire o la sudoración de mis glándulas; atravesaré el embalse de Riba-Roja a la velocidad que marque la lancha, una línea recta y constante. A cambio, es la primera vez que recorro el Ebro por donde pasa el agua. No camino junto al río, estoy en él. Preparo mis ojos, mi piel, mi olfato, todos mis sentidos, hasta el sexto. Ayer la altura me estampó una pregunta en la frente, hoy no sé a dónde me llevará el agua.

En las grupa del Ebro

          La espera da para mucho, me entretengo en los piragüistas que madrugan para lanzarse al embalse (más tarde me enteraré que Mequinenza cuenta con un club de regatas con renombre nacional) y prometo que regresaré para recorrer la zona en canoa. Creía que viajaría con Ramón pero quien llega es David, más joven que él, risueño. Tras el intercambio de nombres, llegan las explicaciones. Iniciar una conversación con un viajero es fácil. Si el viajero no quiere comunicarse, simplemente genera interés y a partir de ahí los demás cuentan. Me aprovecho de esta ventaja, pues no me salen del cuerpo más que palabras contadas, y doy respuestas breves e intencionadas; a la última, mi barquero añade que un grupo de turistas (más o menos seis pasajeros) le pidieron hace diez días que les llevara en lancha hasta La Herradura porque querían bajar andando parte de la Sierra de los Rincones (hay tramos que se pueden hacer entrando por las calas). El recorrido les habrá parecido espectacular.

         Le pido que no vaya muy deprisa pues necesito señalar en el mapa mis observaciones y es así como jugamos, sin decirlo, a los exploradores. Nada más salir del embarcadero y en el camino de la derecha (de pescadores) se encuentra una mina cerrada, imagino que será de lignito. Ayer supe que durante muchos años, los llauts surcaron las aguas del Ebro transportando lignito. A mediados del pasado siglo llegaron a contabilizarse hasta 80 de esta embarcaciones. El único que se conserva es precisamente ese que durante años fue una de las joyas del Museo del Ebro del Monasterio de Rueda. El trayecto que hacían los llauts comenzaba en las viejas minas de Mequinenza y terminaba en la estación de RENFE en Fayón. Desde allí, el lignito se repartía a todo el país.

La impronta de los alemanes

          David me explica que el meandro más pequeño del embalse de Riba-Roja traza el límite entre Zaragoza y Lérida y que al final de este embalse entra en Tarragona. El Ebro se cuela en la lancha hasta ser tres. Le observo: no logra fabricar playas con sus sedimentos, ni arrancar calas a las montañas, porque no tiene fuerza, porque es demasiado profundo. El Ebro deja que en él beban las garzas. Mi barquero insiste en que las orillas del embalse de Riba-Roja están puntualmente colonizadas por comunidades de alemanes hasta el punto que los dos únicos camping que se asoman al río son de uso exclusivamente germano. Según él, lo han conseguido a fuerza de poner problemas a los españoles que solicitan una plaza. Las dos casas que se pegan al embalse, ya cerca de la presa, son ilegales y sus dueños también son alemanes.

          –  “Pero nadie ha conseguido echarles de allí, a pasar de las protestas”.

       Parece que los alemanes lo ocuparan todo, por tierra, por agua y con total impunidad. Éste es un rincón perdido de Europa, no hay costa cerca, no hay unas infraestructuras hoteleras de primera categoría, en cambio vienen, repiten, se instalan, compran tierras, abren negocios. La razón está en un pez que ellos mismos trajeron de Alemania: el siluro. El perfil del pescador forofo sería el de un alemán que se hace al río en compañía de otra persona y es capaz de esperar con la caña echada durante 24 horas. Las autoridades, que conocen su compulsión desmedida, han puesto un límite legal: las embarcaciones han de retirarse a las doce de la noche, pero la mayoría de ellos no lo hacen. Dispuestos a todo, a ser ilegales, a emular a los filibusteros, a los cazadores de focas o a los kamikazes, se saltan las leyes y siguen buscando, con premeditación y nocturnidad. Viven atrapados por una idea: alcanzar la pieza más grande, pescar una que haga temblar a sus colegas, junto a la que fotografiarse y luego lucir en una estantería. Dice David que él ha visto uno de 50 kilos. Hasta tal punto que utilizan radares para localizar a sus presas.

          – “Cuando la ven en el sónar echan la caña y se quedan a dormir en sus barcos hasta que pica. El acceso por tierra es difícil para los vigilantes así que les burlan. Además, los hay que disfrutan saliendo sin el ticket de pesca; adoran cometer todo tipo de infracciones. Navegar sin permiso alguno, acercarse a la orilla peligrosamente con embarcaciones que no son ninguna broma, romper el flotador, pescar con auténticos palangres.. Bueno, ahí les ves, no parece que las autoridades les pongan mucho freno”.

          Le pregunto por el siluro y resulta que el animal también es compulsivo.

      – “Son unos glotones insaciables de carroña, de peces y hasta de aves. Al diseccionarlos se han llegado a hallar cadáveres de pollas de agua en el interior de sus estómagos. Se dice que los introdujeron en los años sesenta pescadores deportivos alemanes para conseguir pescas más numerosas”

          – “Y al final el cebo se comió a la presa”.

          – “Encima ni sabe bien”.

          – “No me extraña, con el estado actual del río, no lo veo muy aconsejable”.

          – “La carne de los peces sabe a lo que ellos comen”.

La granja de cerdos de Roldán

          Frente a nosotros se esboza la punta del campanario de Fayón. El embalse inundó medio pueblo y ahí está el vértice contestatario de la torre, denunciando la invasión de agua. Recuerdo que las campanas pesan más cuando suenan debido a la resonancia y pregunto a David si cuando baja el nivel del agua las campanas asoman la cabeza pero resulta que el embalse de Riba-Roja siempre tiene la misma altura, a diferencia del de Mequinenza. Concluyo que quizás por eso resulte tan difícil que se creen playas pues no hay bailes de sedimentos. David añade que ahora el pueblo se asoma al río Matarraña, que desemboca en el embalse. Lo que veo es la boca del afluente comida por el embalse y pienso en la chica del pelo colorado y su novio.

          Observo con detenimiento el mapa y compruebo que Fayón sigue teniendo ferrocarril. Probablemente la ruta de los llauts tomara en cuenta esta parada. Ahora está el embalse y no están los llauts, ni el lignito, ni la torre de la iglesia…En una y otra orilla voy sumando reliquias arquitectónicas. La que más sitio ocupa es la cementera abandonada, que moja sus pies en el margen izquierdo del embalse. Según mi anfitrión sirvió para construir el de Riba-Roja y quizá el de Mequinenza. No sabe decirme más. En mi mapa se da fe de su existencia pero tampoco yo sé alcanzar más conclusiones.

          David escudriña una y otra vez su memoria con generosidad, regala datos sueltos. Por ejemplo, en el interior de la Magdalena, frente a la ermita, Luis Roldán tenía granjas de cerdos. Vuelvo atrás. Intento recordar las señales de ese negocio. Imagino dónde podría estar la cochiquera del ex director de la Guardia Civil presuntamente implicado en los GAL y en tanto juego sucio.

Mary Juana es un llaut

          La lancha me deja a la altura de uno de los camping de alemanes. Recupero los pies con desgana y aún así aprieto el paso, para impedir que se queden dormidos. No pararé hasta alcanzar el embarcadero. Estoy dispuesta a beberme toda el agua de la mochila, para aligerar peso, para celebrarlo, para saturar la sed, para inundar mis ganas. Pongo los pies en alto. Leo “Mary Juana” en los lomos del llaut que reina en la orilla. Me monto el chiringuito a su lado. Canto. En esas estoy cuando me encuentro con Josep, un catalán afincado en Barcelona y con familia en el pueblo. Viene a regar el césped del club náutico, es decir, que estoy acampando en sus instalaciones. Pido excusas y recojo mis pocos bienes, pero lejos de increparme Josep me cuenta que él también quiere bajar hasta la desembocadura, del pueblo hasta el Mediterráneo en piragua. Su cordialidad es contagiosa y en pocos minutos estoy en su coche, dándole detalles de mi viaje, mientras insiste en proporcionarme la reseña de un libro (“En barca por el Ebro”) que probablemente me pueda inspirar.

          Me colma de explicaciones, tantas, que abro mi cuaderno y tomo apuntes, en una improvisada y peculiar rueda de prensa. Me cuenta que Mary Juana fue durante años el único medio de transporte desde Flix. Se movía con cuerdas de metal (sirga), con las que se tiraba a pulso desde tierra para empujar la barca. Lo hacían varias personas. Por eso, el camino frente al pueblo se llama “camí de sirga” y lleva hasta Flix a través de un parque natural. También me indica que en este meandro hay cuatro islas, tres son oficiales y la cuarta la descubrió él el año pasado y ya tiene un árbol.

Cómo se hace un museo del pueblo

          Le esperan su mujer y otras parejas en un bar vecino. En un instante me encuentro compartiendo un tinto de verano con el grupo. La conversación es animada y eso provoca que se tercien raciones, más cañas… y tiempo. Han habilitado una casa para reconstruir el ambiente de su infancia, tal y como los habitantes del lugar recordaban su hogar y sus costumbres. La dueña de la vivienda no reside en el pueblo y la inquilina, que se llama Isabel, se ha convertido en la directora del proyecto por el hecho de ceder parte de la vivienda. Cada uno de los amigos ha hecho un esfuerzo, se ha implicado, y el resultado es un pequeño y coqueto museo etnológico que me enseñarán al final de nuestro tapeo.

          Antes de verlo me explican que Isabel ha reservado el primer piso como vivienda y el resto lo ha restaurado ella misma. En las habitaciones han colocado el material que han recaudado durante años entre las gentes de la zona: trillo, cocinas, camas, objetos de la vida cotidiana del s. XX, jarras para ahumar las colmenas (y así hacer huir a las abejas), cajitas de metal donde los niños llevaban las piedras para calentar las manos, telares, herramientas de carpintero, de ganadero, pesas, cestas de mimbre, un ventilador de madera a pedales y una bañera de metal con forma de sillón.

          La información se trufa de comentarios sobre las pequeñas sorpresas de la jornada. Uno de los comensales es amigo de Josep desde muy jóvenes. Cuando tenían 17, es decir, en la década de los 70,  hicieron el Camino de Santiago.

          –  “En plan hippy”.

          Y Josep me guiña el ojo. Ahora entiendo su empatía. Le atrae mi forma de andar, el hecho que lo haga sola. Al despedirnos (es el primero en regresar a casa) me invita a bajar el Ebro desde Riba-Roja en piragua.

          –  “Serán tres días, en septiembre”

          – “Ya veremos, ¿por qué no?”.

Todo empezó con unas fotos antiguas

          Me quedo con su mujer, que se ofrece a mostrarme el museo antes de mi partida. Mientras veo con mis propios ojos los objetos de los que me hablaron en el bar, explica cómo empezó todo:

          Un año, las mujeres del grupo decidieron organizar una exposición de fotos antiguas. Querían recuperar la memoria de Riba-Roja, cuando éste era un pueblo de pescadores (tal y como denuncian sus construcciones) y lo consiguieron. Copiaron aquellas en las que salía más favorecido el pueblo y las regalaron. La iniciativa tuvo tanto éxito que decidieron pasar a restaurar objetos. Por las noches, a la fresca, en las reuniones con la silla en la calle, fueron restaurando las piezas que los habitantes de Riba Roja les hacían llegar. Una vez recuperadas, las mujeres habilitaron esa parte de la vivienda de Isabel y crearon, casi sin darse cuenta, un museo etnológico. La última adquisición fue esa silla de barbero que domina una de las estancias y por la que paso la mano con emoción. Manos educadas para dar cobijo y alimento, sin más pretensiones que recuperar sus días felices, crearon este lugar, que llaman museo etnológico por darle un sitio administrativo al impulso pero es más, mucho más que eso.

          Al terminar no dejarán que atraviese el pueblo bajo el sol y Josep volverá a subirme en su coche para acercarme al otro lado del puente, hasta la boca de la pecuaria más cercana, para que continúe bien encauzada hacia el parque natural.

          Poco a poco, y sin calcular bien las distancias, me voy adentrando en la reserva natural del pantano de Flix. Se trata de un cerradísimo meandro que el Ebro hace rodeando el pueblo de mismo nombre, que queda en la orilla de enfrente. Josep me ha dicho que en esta zona estaba situada una de las industrias químicas más contaminantes de Cataluña pero que desde 1995 la zona es una reserva natural de fauna salvaje. Me fijo en las tres islas de las que me habló. Las paso sin tropezarme con la cuarta, la del árbol. Me la había imaginado como el pequeño planeta de El Principito, rosa incluida.

Por el corazón de un parque pretérito

          No reconoceré el entorno por el que paso hasta alcanzar el caserío desde el que tomo notas. Se trata del “Mas del Director”, es decir, la vivienda del responsable de la empresa química que estuvo instalada en Flix a principios del siglo XX. El edificio era la segunda residencia del director y se restauró entre 1996 y 1999 tras donarlo al Ayuntamiento el propietario, Ramón Escriche. El lugar por el que he caminado se llama desde los años 90 “Reserva Natural de Sebes” y es en su centro de información donde tomo notas. Sin saberlo, el camino que he dejado a mi espalda es lugar de residencia de más de 350 especies diferentes, entre ellos el freixe. Existen 200 especies de animales, la mayoría son ocells. La más emblemática de la reserva es l’arpella, en peligro de extinción. Cualquiera de esos nombres carece de sentido para mí. Aún así, continúo con mis notas:

          “El extenso carrizal alcanza anchuras de hasta 300 metros junto a la Vall de Sant Joan y el bosque de rivera se puede atravesar hacia una isla por un paseo de madera”. Lo hice, sin saber de qué se trataba, algo mosca por verme obligada a pasar por un parque temático con sus pasillos, sus bodoques, sus estanterías y sus piezas de museo.

          “Fauna: Aguila pescadora; culebra de agua; zampullín común; oropéndola; carricero común; polla de agua; martín pescador; ánade real; aguilucho lagunero; lagartija colirroja; galápago leproso; cigüeña común, garza imperial”. Reviso los dibujos, como si asistiera a una gira de reconocimiento en busca del asesino. Ninguno me suena. Probablemente ninguno cometiera el delito.

          “Flora: lirios amarillos, carrizo común, junco, taray”. A los lirios llego, el junco lo conocía, el taray me suena más a un insulto cheli…Ahora caigo en la incomodidad que pese a todo me atora los sentidos: un parque de este tipo es como un Zoo botánico, naturaleza enjaulada en cárceles invisibles, ordenada según las explicaciones, encauzada por construcciones que aparentemente facilitan el acceso, una forma que tienen de tapar las heridas provocadas por años de existencia de una empresa altamente contaminante.

La punta de la torre de la central

          Por lo que respecta a la laguna creada por sedimentos, para mí ha sido una gran charca verde en la que me han acribillado los mosquitos. Por lo que veo, una reserva natural pierde todo su glamour si no se presenta antes. Es el claro ejemplo de que la palabra se ha apropiado del objeto. Por eso, cuando salgo de la reserva natural y un cartel me explica que el siguiente es el Meandro de Flix, voy preparada para el evento.

          Gracias a las explicaciones que se ofrecen en la “Mas del Director”, antes de llegar a él ya sé que mide 204 hectáreas, que está situado aguas abajo de la presa y que podré seguir cómodamente sus 5 kilómetros si tomo en cuenta las explicaciones. Por supuesto, no las sigo, lo que hace que multiplique por dos mi recorrido. Lo único positivo es que he alcanzado una panorámica que me ha permitido ver el impresionante tubo blanco de la central de Ascó. Pegada al río, su torre compite en tamaño con los montes de alrededor. La imagen me resulta tan inquietante que decido acabar la jornada antes de toparme con sus instalaciones y me hago un hueco entre los árboles que crecen frente a Flix. Un par de aves negras y pequeñas vienen a picar de las frutas, un par de conejos se cruzan delante de mí. A ninguno les molesta mi presencia.

          Anochece. En la otra orilla la carretera convoca faros de coches, blancos y rojos, el tren cruza… Parece que aquello fuera la costa y yo estuviera fondeada en el mar, en medio de una bahía, estoy fuera del alcance de aquel ruido, sólo escucho el rumor del río y los insectos que habitan entre estos frutales plantados en serie. Soy consciente de los pesticidas y demás baños químicos y sitúo el saco en las zonas más próximas al agua, fantaseando que con la humedad y la brisa los fertilizantes dejarán menos huella.

El monstruo

¿Se puede considerar un río patrimonio de la humanidad?.

          Defender el Ebro desde su desembocadura no es más que una triquiñuela legal, sé que su delta está protegido por la normativa europea y que lleva más de cuarenta años en la Lista Mar de Zonas Euroafricanas que deben de conservarse de manera urgente. Sé que las autoridades españolas consideran su desembocadura como una Zona de Especial Protección para las Aves… pero un extremo no puede rescatar todo un río. El acto final no redime toda una trayectoria. El Ebro se muere mucho antes de llegar al mar.

          Copio en el cuaderno el texto del primer cartel con el que me topo tras iniciar mi camino: “Arranjament camí Aixalelles”, “Zona controlada”, oficialmente estoy en el área de influencia de la central de Ascó aunque siento su presencia desde hace horas. Comencé la jornada a las seis de la mañana,  nada más despuntar el sol y a las 8,30 ya estaba frente a las torres de la central nuclear. Sus instalaciones han permanecido ocultas tras los chopos altos y las curvas de la montaña durante todo este tiempo, aunque los altavoces que llamaban al orden a los trabajadores y la boca de su enorme tubo de escape dieran fe de su presencia. El peso de su huella es mucho más sutil de lo que pueden percibir conscientemente mis sentidos. La vida no fluye en este lugar, los árboles frutales parecen abandonarse a la química, como si crecieran sin deseo, los caminos se entristecen por no ser pisados, los que sobrevivieron al embalse sucumbieron ante la central. El cartel dice “Zona controlada” y la naturaleza parece encarnar ese control.

          Poco después de estos rótulos, aparece la central. Lo primero que encuentro es el cúmulo de hierros viejos y oxidados en las que se han convertido las viejas instalaciones y luego la alta torre en toda su dimensión. Se me encoge el alma. Está claro que es la vista el sentido que más alimenta el miedo, en estrecha competición con el oído.

Agarrar la bestia por los cuernos

          Pongo el rostro a la bestia de la que hasta ahora sólo sabía por su cuerno. Durante todo el camino me he ido contando que el reactor se mueve gracias al uranio enriquecido, el mismo que alimentó la bomba nuclear, y que utiliza el agua del río para refrigerar sus vísceras. El corazón de esa enorme máquina se conecta con el gigantesco tubo que compite en altura con los montes del paisaje, los unos verdes y ocres y él inmaculadamente blanco, de hormigón por fuera y acero por dentro. El Ebro, a su lado, es tratado realmente como una mera cañería de agua, un natural circuito de refrigeración, que al salir alcanza los 30 grados, una temperatura idónea para la proliferación de algas y capaz de aniquilar a gran parte de los especies que en ella viven.

          Hace poco, los técnicos de la central tuvieron un arrebato ecológico, junto a biólogos, zoólogos, agricultores, pescadores…se mostraron a favor de la erradicación del mejillón cebra; pero su razón no pasaba por encontrar el equilibrio del ecosistema, sino librarse de esa plaga que ataca las aortas de su corazón nuclear, los sistemas de refrigeración de la central. Propusieron una solución bestial: soltar directamente el agua de los dos reactores de tal manera que la temperatura del río subiera a 38 grados durante media hora dos o tres veces al año. El choque térmico impediría que el mejillón cebra se reprodujese… y detrás de él todos los seres acuáticos. Su solución es tan peligrosa que ya de antemano la ley limita la temperatura de las centrales a un máximo de 30 grados para evitar episodios de mortandad piscícola. Sin embargo, ahí queda su propuesta.

          Eólica, solar… Dicen que las centrales nucleares de Ascó y Vandellòs II producen más del 70% del consumo anual de electricidad en Catalunya; el problema es que no se trata de un servicio público sino de una empresa privada que se rige por las leyes de mercado, es decir, un negocio cuyos resortes están diseñados no para el bien común sino para generar pingües beneficios económicos, que van a parar a las compañías multinacionales (Eneco, Endesa e Iberdrola son sus propietarias, su constructora, Westinghouse ).

          Dispuestas a no perder, estas empresas cargan en los recibos de la luz el coste del tratamiento de los residuos radiactivos de modo que cada ciudadano subvenciona esta partida. Lo que aún nadie sabe es quién correrá con los elevados costes que supone el tratamiento de tales residuos cuando estas centrales cierren, teniendo en cuenta que hacen falta miles de años para que dejen de representar un peligro para la salud pública. Y mientras tanto, en España aún no hay un cementerio definitivo.

          La normativa que pretende regular la fabricación de esta energía, el interés de los gobiernos por fiscalizar la información y separarla del control de los consumidores, la proliferación de técnicos que impiden con su lenguaje el acceso al conocimiento por parte del resto de la población, ratifica que la energía nuclear favorece la concentración de poder en detrimento de los intereses colectivos. Por todo ello entiendo que el cierre de las centrales seguirá siendo un hueso duro de roer. De momento ahí está la moratoria.

Aquí vive, probablemente, el ángel caído

          En paralelo, colectivos de uno y otro lado de la balanza se preocupan por la eliminación de los residuos radiactivos (su energía letal para la vida permanece durante 250.000 años). Dónde colocar los cementerios nucleares, quién se encarga del transporte, quién costea todo esto, es una batalla internacional en la que también intervienen los colectivos con inquietudes medioambientales, pero pocos hablan de los residuos intangibles. En una era capaz de entender que la materia y la energía tienen entidad propia, la mayoría de las entidades y colectivos que agreden el medioambiente sólo reconocen su peligrosa acción cuando la energía deja su huella en la materia, las radiaciones, por ejemplo, no existen mientras no dejen su sello en la salud de los trabajadores o en los habitantes de la zona. Esas mismas radiaciones no sólo están en el agua que beben, en la ropa que utilizan, no sólo “impregnan”.

          Camino sin parar. Me digo que ni un paso atrás, ni para tomar aliento y a ese ritmo cruzo el azud en el tramo que sucede a la central de Ascó. Allí me encuentro con un palacete abandonado. Mientras me cuelo en la finca imagino a sus primeros propietarios, soñando para sí y sus descendientes un lugar paradisíaco a orillas de un río que a esas alturas era la suma de millones de fuentes, de decenas de afluentes: un río fuerte dando sus últimas brazadas hacia el mar. Sorteo los cuatro edificios, la piscina, las chumberas, los álamos… Transcurrían los años sesenta, veinte después llegó la central. Sin haberse movido del sitio, esta casa de lujo se convirtió en un ridículo edificio levantado sobre una bomba de relojería, en medio de una zona “controlada” por la “asociación nuclear de Ascó”. La paz que atrajo a sus primeros moradores hoy es un silencio atroz, con rincones convertidos en falsas promesas. Sus elegantes hechuras son hoy osamenta carcomida por no sé qué sarpullido del aire. Escribo en mi cuaderno: “Aquí probablemente viva el ángel caído”.

A 100 kms del Mediterráneo el Ebro es marinero

          Abandono Ascó cantando a pleno pulmón. “Mediterráneo”, de Serrat. Las estrofas aparecen en mi cabeza, como peces en una red y las voy repitiendo hasta conseguir armar su lógica. El desfiladero estrecho en el que reverbera mi voz se ha ganado el nombre de Pas de L´Ase (Paso del Asno). De vez en cuando relamo con la vista en sus laderas o en su encuentro con el río; incluso dedico tiempo a la estación de alerta de calidad de las aguas en que estoy terminando el viaje y mas que andar, vago.

          Empujada por el viento, sigo cosiendo frases y estribillos: “A tus atardeceres rojos / se acostumbraron mis ojos / como el recodo al camino…/ Soy cantor, soy embustero, / me gusta el juego y el vino, / Tengo alma de marinero… / Y qué le voy a hacer, si yo / nací en el Mediterráneo./ Na-cien-elme-dite-rrrráááá neee óóóó”.

          Despendolo la garganta y la vergüenza y canto como si no lo hubiera hecho nunca. Treinta ovejas balan, tres perros ladran y el pastor aparece tras ellos. No sé si disimula o es sordo pero hacemos como que no existimos.

          Las viñas de Vinebre me devuelven a la carretera y por ella transito cuando para a mi lado una furgoneta. Al asomarme a la ventanilla para negar el posible ofrecimiento me sorprende el rostro sonriente de Ramón, el dueño de la lancha que alquilé en Mequinenza. Sin bajarse del vehículo me cuenta que va a por cebo al mar (que en coche queda a tres cuartos de hora).

          Subo a su furgoneta para el cortísimo trayecto a García, que se encuentra a un kilómetro de nosotros. Yo no puedo abandonar mi estupefacción. Estoy a menos de cien kilómetros del final, es una distancia que aunque se haga a la velocidad del pie empieza a ser corta, limita el futuro de mi aventura a unos pocos días.

          Tomo conciencia de que si este viaje lo hubiera hecho en un vehículo mis diálogos con el entorno no hubieran sido los mismos, ni mis conclusiones, porque mi comprensión hubiera ido también en línea recta. Probablemente existan autopistas del pensamiento igual que laberintos y vericuetos mentales. En los primeros pensar es un simple tragar datos, en los segundos la observación interviene.

          Tan embebida me quedo por la cercanía del mar que cuando vuelvo a mirar mi entorno me doy cuenta que he cruzado García a ciegas. Tomo conciencia delante de un cartel que han instalado a la salida del pueblo. En él, el gobierno de Tarragona señaliza el comienzo de una ruta para ciclistas, de unos 10 kilómetros y de interés natural. El texto está escrito en catalán y he de deducir que el recorrido cruza el río Ciurana. Intentando situarlo en el mapa, me doy cuenta que puedo dar un valor a cada “cuadradito” de la carta: cada unidad equivale a un kilómetro. Con esta intuición continúo mi camino. Y canto. “Y yooooo, nací en el Me di te rrrráneo / nací en el Me di te rráááá ne ooooóóó´, naranaino naino naino”.

Jacqueline, atrapada en la nieve

          Leo en un periódico local el siguiente titular: “Desembarco templario en Miravet para presentar la ruta Domus Templi”. El artículo explica que han recreado el histórico desembarco “de la comitiva del maestro comendador de Masdeu, Ramón de Saguardia, quién acabó capitaneando el sitio del castillo Miravet”. Con este montaje las autoridades de cinco municipios presentaban la ruta templaria “Domus Templi” (dominios de la casa del temple, en latín). “La ruta pretende aglutinar esfuerzos para relanzar turística y culturalmente el patrimonio templario común de la antigua corona de Aragón”… Miro en el mapa: hoy pasaré por la zona.

          Jacqueline es rubia, pequeñita, con un coqueto mechón negro que parte su melenita afrancesada en dos. Sus generosas curvas se sostienen en piernas extremadamente finas. En las tres horas que llevo en el restaurante no se ha sentado. La carne a la brasa se amontona en los platos de los comensales que viajan en grupo. En las mesas individuales donde se sientan hombres enfundados en monos azules y en las largas que concitan exclusivamente a obreros, el postre es un aguardiente con fama en la localidad, el de la alcoholera Cubells, que funciona desde 1.720.

         Yo alargo mi generosa ensalada hasta que llega el cambio de turno y multiplico los refrescos a la altura del postre. Hace un buen rato que Jacqueline no quita ojo a mi cuaderno de viaje mientras barre el suelo, pasa la bayeta sobre las mesas y lanza exclamaciones sobre la telenovela que en ese momento ponen en la televisión, en la que la protagonista está a punto de ser violada (se indigna como si fuera verdad lo que estuviera viendo y Sabrina, su compañera, llega incluso a gesticular delante de la pantalla). De repente, con la naturalidad con la que se desprende una fruta de un árbol, me cuenta que al poco de instalarse en el pueblo se salvó de una tormenta de nieve gracias a la previsión de su jefe, que le obligó a salir de trabajar antes de su hora para que no se quedara bloqueada.

          – “!Hice un trayecto de cinco minutos en una hora!. Imagínate”.

          Su comentario coincide con mi reflexión sobre la relatividad del tiempo y presto más atención a sus palabras. Einstein debería comer en este restaurante. Escribo en mi cuaderno: “Por lo que se ve, la relación del tiempo y la distancia es una certeza exclusivamente tecnológica porque medida en con los parámetros humanos puede dar lugar a resultados dispares” y a continuación escucho con todos mis sentidos el siguiente altercado de Jacqueline con el río.

          –  “Casi se desborda el año pasado por culpa de las nieves. Fue el 16 de diciembre,  tuvieron que evacuar a muchos, sobre todo a los que viven cerca de la vera”.

Lejos de Liverpool todo es literatura

          Los últimos camioneros abandonan el local, que por unos minutos queda ocupado tan sólo por sus empleados y yo. Entonces la conversación permite las confidencias. Jacqueline entra al trapo. Su profundo acento inglés (de Liverpool) entona el rico vocabulario con el que se expresa. Me revela que vive aquí por amor, se casó hace 30 años y fue madre de su único hijo, pero en realidad lo que me quiere contar es que es sensible a la escritura. Le encanta hacerse amiga de escritores. Cada vez que alguno llega a la zona establece un vínculo con ellos, por ejemplo, la señora canadiense que hoy reside en Mora de Ebro.

          –  “Escribió sobre una aventura que le supuso a ella salvar la vida de un niño en El Salvador. Su vida estaba en peligro porque había visto cómo mataban a sus padres. Hoy la señora tiene 80 años”.

          Otro de los casos que recuerda es el “del anciano de la Enciclopedia Británica”. Este jubilado está escribiendo un libro sobre su paso como brigadista por esta zona.

          –  “Luego le enviaron preso a un campo de concentración alemán”.

          Ahora yo formo parte de su lista. Me pide el título de este libro y repentizo:

         –  “De perdidos al río ¿Qué te parece?”

          – “!Es verdad!, yo era una jovencita muy perdida y aquí, junto al Ebro, encontré mi sitio; ya ves, tan lejos de Liverpool”.

La carretera, el Ebro y yo compartimos orilla

          Las dos Moras, la Nueva (en donde se ubica el restaurante de carretera) y la del Ebro están pegadas, su costura empieza a la altura de “Purina Gallina Blanca”, frente a Cepsa, y termina en el puente que lleva a la otra orilla. En una de las laderas, un cartel bien alto anuncia “Mora de l’Ebre” estilo Hollywood, sin complejos. Las casas tienen aspecto “marinero” y a sus pies los habitantes de Mora señalan con una flecha (en pintura, grabada en azulejos e labrada en placas de mármol) la altura a la que llego el nivel de agua en diferentes desbordamientos. Hago cálculos. Si miden casi 2,50 m. de altura y ya se encuentran a más de 4 m. sobre el nivel del río actual, el Ebro se debió de poner en pie como una ola gigante en pleno temporal. Quizás ejercitara su fuerza antes de rendirse al mar.

          Cruzo de nuevo el puente. No sé por qué pero prefiero continuar por la izquierda del Ebro. El recorrido es de lo más variado: varias propiedades privadas avisan con carteles que está prohibido el paso; la playa de cantos rodados que originó la construcción de un segundo puente, más funcional, que también lleva a Mora de Ebro; una chopera como hacía tiempo que no veía… y esta gran casona a medio rehabilitar, cuyo jardín me dejan atravesar sus inquilinos con tal de que vuelva a mi supuesto “redil”, la carretera. La certeza de que pronto llegarán las despedidas me ablanda el ánimo. El río también sortea escollos en sus últimos 90 kilómetros hacia el mar.

          A dos kilómetros de Ginesta, a la altura de Benissanet, encuentro un lugar atractivo y allí me instalo. No es precisamente agreste, al contrario, la carretera lame el recinto, que se abre tras una verja; una especie de tubería, a modo de puente de metal, une las dos orillas desde lo alto; los perales se enfilan en orden casi militar enredados en postes también metálicos y el río ladea un dique de piedras… pero el escondrijo me da la certeza de nido entre las zarzas, un hueco que me abre la tierra al borde del Ebro, a la altura de las laderas de la “Sierra de la Creu”.

          Las estrellas titilan potentes al pie de la Cruz. De golpe el cielo estalla en colores, son fuegos artificiales, vienen de Mora. Bajo su resplandor leo en el cuaderno “Aquí reside el ángel caído” y pienso quién de los dos se está desmoronando, si el Ebro o yo.

El quinto elemento


“La vida es vida hasta el último aliento. Rebaña los instantes”

Hay un antiguo texto tibetano que vincula los sentidos con la mente y los elementos. Así, la carne, los huesos, el olfato y los olores se relacionan con el elemento tierra; la sangre, el gusto y los líquidos del cuerpo con el agua; la glándulas de la piel y la vista con el fuego: el aliento y el tacto con el aire. Los tibetanos entienden que existe un quinto elemento con el que están enlazadas “las cavidades del cuerpo” y el oído: el espacio.

          Esta mañana me desperté en el quinto elemento. El calor aún no marcaba las fronteras de mi piel, los ojos me pesaban demasiado, no tenía hambre…simplemente me levanté y me acerqué al rumor del Ebro. Me asomé a él, como para mirarme en el agua, pero no vi mi reflejo. A mi lado, varios metros a la izquierda, un perro salvaje hacía lo mismo. Nos observamos durante unos segundos en silencio y seguimos a lo nuestro, yo en busca del resto de mis sentidos y él lamiendo su rostro dentro del agua.

          Recojo mis aperos consciente de que soy una parte limitada en el tiempo y en el espacio, como lo es mi compañero perro, que no se ha extrañado. Por lo que se velgo ha cambiado desde que salí del Pico Tres Mares, los perros y yo no somos “ajenos”, las fronteras que antes nos separaban han desaparecido.

          Me siento frente al mapa, veo los cuadraditos, las curvas del meandro, con un desprendimiento asombroso. Tampoco me importa la distancia que me separa del mar. Sé que me quedan tres días y dos noches pero el valor de la medida ha dejado de existir. Observo los perales, los montes que me observan de cerca. Es como si todo, desde lo más pequeño a lo más grande fuera de mi misma condición. El Ebro… Sé que a él le pasa lo mismo, sabe que en una sola gota de agua se encuentra el secreto de todos los mares.

¿Cómo separarnos si ya forma parte de mí?

          Caigo en la cuenta ahora que es un error que entienda estas jornadas como una despedida porque ¿Cómo me voy a separar de lo que nunca deja de ser si yo formo parte también de lo mismo? ¿A qué muerte me estoy refiriendo?. Desde esta lógica ¿Nos morimos los dos, el Ebro y yo, cuando enfría una planta de energía nuclear, cuando limpia los filtros de una eléctrica o enjuaga a una industria química?. Cada vez que me ha dolido el río quizás no fuera un acto de amor sino una reacción ante mi propio duelo. Quizás su desembocadura en el mar no sea más que una simple apariencia.

          Hoy el gusto ha sido el último sentido en despertar y ocurre en el embarcadero de Ginestar, donde me animo a mordisquear las peras que he robado de mi natural dormitorio. Entretengo la cabeza con el escueto texto del cartel que ha instalado la administración catalana. Recuerda que lo que tengo enfrente es un río y que en el pasado fue navegable. Me fascina la evidencia y me sorprende la voluntad de precisión aunque sé a qué viene. Probablemente sean muchos los turistas que acudan al lugar interesados por el llaut que en su tiempo enlazaba: Benissallet y Ginestar pero ahora el único salto de la barca que permanece en pie en este tramo del río es el de Miravet, localidad para la que quedan aún varios kilómetros.

          Lo cierto es que el Ebro baja muy deprisa, muy deprisa. He tropezado a su lado entre pinchos, ramas, raíces, hasta alcanzar el lugar en el que una enorme barca se ofrece a cruzar a la otra orilla a vehículos de todo tipo, se trata de una oferta “pintoresca” que pretende mantener viva la tradición del llaut porque también es posible cruzar el Ebro por el puente. El castillo Templario de este pueblo enseñorea la orilla opuesta a la que me encuentro, muy cerca. El gobierno anuncia, además, la Catedral “del Vi del Pinell de Brai” y las “Coves Meravelles de Benifallet”.

Recuperar nuestra parte animal

          La certeza de que estoy a dos días del final me ayuda a desprenderme poco a poco de mi equipaje. Para empezar, me he cambiado de ropa y me deshago el pantalón corto de flores y la camiseta naranja de Time’s Up, mis compañeros de fatiga desde el origen del viaje. También me he deshecho de la ropa interior que llevaba puesta, de parte de mi jabón y del libro de Vandana Shiva. Dejo el volumen a un lado del camino, mi regalo para un lector anónimo. Tendría gracia que algún día volviera a mis manos. Apunto en mi cuaderno una pequeña reflexión sobre el texto de Vandana: “Frente a un sistema unificador, patriarcal, opuesto a la diversidad, basado en las relaciones productivas y en un concepto de vida en el que la plusvalía es un elemento definitivo, debemos apostar por unas nuevas relaciones con los demás, con los hombres, con nuestros cuerpos, con nuestros ovarios y con la naturaleza. El sistema ha ido “adaptando” las revoluciones humanas, alejándolas de sus primeros impulsos. Por eso, hemos de recuperar para así poder transformar, recuperar nuestra parte animal”.

          Sigo las indicaciones de un par de campesinos, que están convencidos que existe la vereda que tomaban los burros cuando empujaban el llaut (ese que ahora se limita a transportar vehículos de un lado a otro del Ebro). Ante un argumento tan contundente no puedo permanecer incrédula y voy ladera abajo hasta el agua. Largo rato después una furgoneta azul se para a mi espalda. Los dos no cabemos por el mismo sendero de manera que me retiro. Cuando el rostro del anciano llega a mi altura se me ocurre saludarle con una pregunta ¿He elegido la bifurcación mejor para alcanzar la orilla?. El anciano de rostro colorado responde a mi saludo con una propuesta ¿Quiero subir?. Creyendo que me restan unos metros por el interior acepto y al cabo de unos minutos lo celebro porque el camino desaparece bajo las llantas en una suma de curvas.

El regaliz crece junto a caminos ciegos

          Tras un ajetreado cuarto de hora, Juan aparca su auto en un huerto encajonado en la falda de la montaña. Según explica, estamos en “Los biens”, una zona de huertas detrás del monte que antiguamente pertenecía a Miravet y ahora a Rasquera.

          – “Venía mal cruzar el río y al final nos las vendieron”.

          La tierra que pisamos pertenece a su primo. El lugar está tan encerrado en el valle que debe crear una especie de microclima porque los naranjos y las palmeras crecen de forma robusta y desordenada en este lugar. En silencio, los dos nos ponemos a buscar el sendero de los burros. Le he explicado que mi intención es bordear el río por ese viejo camino y obedece sin rechistar, pero no logramos encontrar el arbusto tras el que pudiera ocultarse tal sendero. El agujero de madriguera por el que se cuela Alicia no existe.

          – “Las lluvias han debido cegar el acceso”

          No parece muy sorprendido y se lo comento. Entonces, mientras hurga en la tierra, Juan reconoce que nuestro encuentro no es casual: Salió detrás de mí después de que el camarero del bar de la gasolinera le dijera que iba en busca del sendero. Él estaba convencido de que no existía y se acercó para avisarme pero al ver mi convencimiento me quiso llevar hasta la última punta para que me diese cuenta por mí misma. Por fin encuentra lo que busca y corta unos tallos con unas tijeras abandonadas por su primo.

          – “Seguro que usted ha tomado de esto cuando niña”.

          Chupo. Le festejo la idea, son troncos de regaliz. Sonríe. Definitivamente bajamos la guardia. Le digo que es un ángel y todo un caballero y él me demuestra que además es un gran conversador. El viaje de regreso a la carretera se llenará con sus comentarios sobre de las fincas que vamos sorteando, como la de “los ingleses”.

El Ebro se deshace en titulares

          – “Ella es enfermera. Vienen todos los veranos acá. Tienen dos casas, una en el pueblo y la otra, rehabilitada, en medio del huerto”.

          Se siente tan bien que pronto abandona las descripciones para implicarse en argumentaciones.

          – “No entiendo a los ingleses aunque tienen buena pinta, pero a los que no entiendo, de verdad, es a los del pueblo. Cuando llegan los de fuera y después de vivir ahí y ser bien acogidos les critican”.

           Después de legitimar su punto de vista, toma el poder y reordena mi recorrido.

           –  “¿Recuerdas el botijo del logotipo de la entrada del pueblo?. Se refiere a la alfarería de Miravet y no a la de Rasquera”

           –  “¿Y la cima de la montaña que me encontré a continuación?”.

           –  “Pues hay un refugio, para los que les gusta andar, como usted”.

          –  “¿Ha visto esa botella que llevo en la cintura?”.

          –  “Pues pertenece al antiguo balneario que hoy es una fábrica de botellas de agua mineral y que está en lo más alto, el balneario Cardó”

          Cuando llegamos al cruce de caminos en el que me desvié hace más de una hora, Juan sonroja aún más su ya encarnada cara y aprieta mi mano con afecto. Nos regalamos una despedida generosa si se tiene en cuenta que nuestro encuentro ha durado poco. Después, desde la carretera, ya en alto, lograré situar el punto de la huerta en la que buscamos juntos el sendero de los burros y, efectivamente, no hay camino. Por los claros entre arbustos entiendo que hace años debió de pasar por allí un sendero, pero ahora está anegado de vegetación.

Dejar el asfalto para tocar el agua

          Desde el mismo lugar me encuentro con una magnífica vista del palacio templario de Miravet. Un poco mas allá, a la altura del km 47, la administración me informará que llego al Bajo Ebro y un poco más adelante que estoy en el Eje del Ebro, aunque no sé muy bien a qué eje se refiere.

          Hace rato que la carretera dejó de sumar kilómetros; ahora los resta, los mojones han organizado una cuenta atrás que me recuerda que falta menos para alcanzar el delta. Recuerdo la mirada del perro salvaje, no sé si la mía era tan serena. El animal conoce la muerte tan solo cuando muere; en cambio yo me aproximo a la desembocadura peleando con mi conciencia de finitud y ni siquiera sé si esto me convierte en más sabia. Desde luego, no aligera.

          A 45 kms del delta, desciendo por el sendero que rodea un enorme risco. Sé, gracias a la altura, que me meto en un paisaje casi lunar. Mi fantasía se pone en marcha: me he colado en el decorado de las películas del Lejano Oeste. Después de sortear varios riscos y decidir en más de cinco ocasiones cuál camino escoger, llama a la puerta el pánico. La lógica tira de mí hacia los caminos más anchos y hacia los que tiran hacia abajo, pero no siempre van a dar a buen fin, algunos se retuercen y me llevan ladera arriba. Acorto, improviso mi propio trayecto. El vacío, la ausencia de huellas, ya, tan cerca del final, materializan la imagen de la muerte, la mía. El Ebro no está y me obliga a crear mi propio sendero, a ser agua que se abre camino, pero la idea no consigue tranquilizarme. Camino sin saber qué decirme, vulnerable, me siento pequeña frente a mi propio destino.

          Al final las curvas logran orientarse hacia el Ebro y mi encuentro con el agua es dulce, nos rodean pequeñas huertas y casas en las que se escuchan voces familiares, batir de huevos, ladridos de perros y chapoteo de agua. En las pequeñas haciendas veo árboles frutales (melocotones y naranjas burlan mi deseo tras las vallas) y en algunos casos creo distinguir almendros.

Negociar cada curva

          El camino, esta vez casi una recta, desemboca en un puente que hace las veces de arco del triunfo para Benifallet. En su eje han colocado una enorme plataforma pintada de blanco y azul, se trata de un llaut varado. Si el enorme puente no figura en el mapa es porque se construyó hará 10 años… El encuentro con esa enorme construcción vial es tan inesperado que durante unos segundos dudo qué camino tomar, si el que continúa frente a mí (Benifallet aparece derrengada por el calor) o el que sale a mi derecha (tras el puente se desenvuelve con soltura la nueva carretera que lleva a Cherta). Opto por lo más fácil: despistar el sol del mediodía en el pueblo vecino.

          El sendero que lame el río, me empuja a colarme en los patios de las casas hasta el embarcadero. Allí encuentro diez canoas con sendos adolescentes y algunos monitores, que terminan de comer a la sombra. Son las dos de la tarde. Al verles zampar recuerdo mi bocadillo de queso y allí me quedo, masticando el pan con el gaznate seco y apurando las botellas que ellos me regalan antes de partir. También me dejan unos folletos sobre las cuevas que han visitado, las “Aumedielles”, en la sierra de Cardó.

          Leo que forman una red espeológica compuesta por seis grutas y observo el mapa con detenimiento, como si me importara. No consigo fijar el interés en nada. Simplemente espero a que baje el sol para seguir andando. Con la misma actitud cruzo el puente horas después, tras una leve siesta. Desde la otra orilla observo los trazados de la antigua carretera a Xerta, llena de curvas, casi en desuso. Para construir por la que camino, de asfalto inmaculado, rompieron laderas en busca de una línea recta. En torno al km 35, atravieso un túnel. A la derecha de este enorme ojo se abre un agujero estrecho por el que debió pasar el antiguo ferrocarril; a su izquierda, el Ebro se esconde tras las peñas. Durante unos minutos la oscuridad será absoluta. La única luz procede de los faros de los coches y del final.

Luz verde al final del túnel

          Acostumbro mis ojos a la luz y me doy cuenta de que han rehabilitado el camino del antiguo ferrocarril para construir una “vía verde” para cicloturistas. Su trayecto va pegado al mío, entre el río y la carretera, pero no consigo saltar a él pues está mucho más abajo. Lograré hacerlo cuando el azud me saque su lengua en el horizonte, será a la altura del  “Assut Xerta”, que proclama la navegabilidad en este tramo del Ebro. Tras él, la carretera de acceso al pueblo, las calles, los callejones, las aceras… No me quedaré a dormir aquí. Cae en mis manos un ejemplar atrasado de “La veu de L’Ebre” en el que informa que el día en que yo me encuentre con el Mediterráneo los miembros de Greenpeace desplegarán un cartel en el puente colgante de Amposta en apoyo a la plataforma de Defensa del Ebro y después atracarán en el delta. Ocurrirá a eso de las diez de la mañana.

          A la salida de Xerta me doy cuenta que es aquí donde comienza el “canal derecho del Ebro”, ese que tantas veces he observado en mis mapas, una línea recta de hormigón que lleva el agua hasta el mar. El final ya no es un diagnóstico, llegará en cuestión de horas. El Ebro se me aparece como un ser añoso, entre ambos canales, empujado por las prótesis propias de un enfermo, como si estuviera entubado.

          Encuentro un lugar entre el Ebro y el canal, bajo unos limoneros en el que podré pasar la noche. Los perros rebufan en la finca vecina, pero no ladran. Despliego mis escasos bienes: mi único libro, mi único jersey, mi única botella de agua. Enciendo la linterna y procuro crear intimidad. Escribo en el cuaderno “Cada uno se acerca al conocimiento a su manera: a través de la certeza, de la negación o de la duda”. No dejo de observar a derecha e izquierda, hace un rato que un paseante solitario cruzó delante de mí y no sé si me ha visto.

Comprendo el aullido de los canes

          El resoplido de los perros me acompaña, por alguna razón no les resulto extraña. Mirando a las estrellas pienso en Cerbero, un monstruoso can tres cabezas, serpiente por cola y cabezas de serpiente a lo largo de su cuerpo. Guardaba la entrada al infierno, un lugar del que nadie debía salir, los conocedores de la mitología clásica le consideran el guardián las puertas del conocimiento. El último de los trabajos de Hércules consistió, precisamente, en capturar a este temible perro. Antes de bajar a los infiernos se hizo una corona de hojas de ramas de álamo, símbolo de la inmortalidad. Aterrado por su aspecto, el barquero Caronte lo transportó sin reparos a la otra orilla de la laguna Estigia; cuando Hércules bajó de aquel llaut, los espíritus de los muertos huyeron aterrados… Cuando Hércules pidió el perro Cerbero a Hades, éste le dio permiso para llevárselo si conseguía dominarlo sin emplear armas. Tras un prolongado forcejeo, logró vencer al can, se lo llevó a Micenas y tras presentarlo ante Euristeo se lo devolvió a Hades.

          Me arrebujo en el saco procurando la calma pero los perros no dejan de ladrar. Contengo la respiración. El hombre que antes cruzó en sentido contrario está buscándome entre los árboles. No me muevo. Sigue su camino. “Simplemente, le he generado curiosidad”, me digo, para tranquilizarme.  Está anocheciendo. Poco rato después los perros vuelven a ladrar, doy un respingo, el hombre vuelve a acercarse, esta vez con mayor sigilo. Recojo mis cosas con prisas. Los perros ladran cada vez más fuerte, su alteración también acelera mis movimientos y en unos segundos estoy saltando una verja en busca de un camino alternativo que me lleve a un lugar con gente, necesito testigos. Detrás de mí oigo los pasos alterados del hombre. Es noche de luna llena y hasta los árboles tienen sombras. Tortosa está a 11 kms y estoy dispuesta a alcanzar la carretera y seguir andando hasta allí sin parar.

          En esas estoy cuando reparo que la huertita en la que me he colado da a una casona, entre la carretera y el canal, en la que reina la armonía. Escucho un rumor de voces infantiles. Dos niños pelean y una mujer intenta establecer la paz antes de acostarles. La madre arropa a sus hijos en su cuarto. Las azaleas blancas trazan un círculo en el que se refleja la luna. Dejo la mochila en el eje y tomo aliento. Cuando reposo la mirada me doy cuenta que estoy sentada en una pequeña construcción que los niños han hecho con piedras.

          Extiendo el saco por segunda vez en esta noche en este minúsculo “salón de juegos”. Por primera vez en muchas horas me siento a salvo.

Un río flaco y sinuoso y su recto sosías

“Por si el universo fuera una larga víspera y vivir un constante duermevela… practica la alegre vigilia”

Avanzo. Vamos muy ordenados: a la izquierda el sol, a continuación el Ebro, luego el camino para vehículos de labranza, algo más en alto voy yo,a mi derecha el canal y luego la carretera. Cada vez somos más los que nos acercamos a la desembocadura. En Alcover me compro una coca de manzana en el horno recién abierto cuando en el campanario suenan las siete. En la pared de una de las casas una flecha recuerda la “Inundación del Ebro. 24-mayo-1853”. La placa está situada a unos tres metros del suelo.

          Cuando la emoción es grande las frases salen cortas. El silencio es el que manda. Cualquier pensamiento hiere. Los ojos se limitan a ver. Cada sentido aporta las informaciones precisas, ni una más. El resto de la energía se centra en las batallas interiores. El final está a pocos kilómetros. El mar tiene un nombre corto, corto en cualquier idioma.

          A diferencia de ayer, mino mi trayecto con constantes paradasen las que toco al Ebro, no hace falta que sean lugares bellos. El de ahora, por ejemplo, es un rincón algo sucio pero con un río apacible enfrente. Memorizo las últimas vegas naturales de mi compañero de viaje, que siguen imponiendo su belleza (esta vez casi melancólica) a canales, carreteras y caminos. Creo que las únicas veces que los seres humanos somos capaces de integrar las curvas de la naturaleza es cuando bailamos, o cuando hacemos el amor.  Hacer el amor como un río. Nadar al amante. Mi emoción no es capaz de ir más allá de este enunciado. No me quiero despistar con ningún otro pensamiento.

Las últimas ciudades del camino

          El Ebro, en su camino hacia la desembocadura, va hacia el sur y no al este; lo dice el sol. Lo mismo ocurre con las flechas, que siguen señalando en el sentido contrario en el que discurre el río. Hacia mí se dirige el camino para las bicis, hacia el mar nos dirigimos Ebro y yo. Sin dejar de observarnos, a veces nos separan decenas de parcelitas y otras estamos a tiro de piedra. Los pequeños agricultores son respetuosos con el soto de la ribera pero marcan lindes con verjas, perros y maleza de modo que resulta imposible andar de la mano, así que voy del canal al río, pero sin abandonar el rumor del agua.

          En el km 20 de la carretera un cartel anuncia la entrada a Tortosa por el Raval de Jesús. Minutos después, mi paladar se enciende al ver cómo una inmensa gorda sorbe con deleite un enorme vaso de horchata mientras espera a que abran el supermercado. La imito hasta en el croissant artificial relleno de chocolate. Yo también necesito azúcar.

          El encuentro del río con Tortosa me recuerda a Logroño. En ambas ciudades el Ebro pasa primero por los arrabales y la zona industrial, donde ambas muestran el mismo contraste: las armónicas huertas arañan el límite del trazado urbano y los contornos desaliñados de las casas. Como Logroño, Tortosa también fabrica un paseo de ladrillo con el que sustituye vega y sombra de árboles, un camino que lleva al centro, anunciado por un puente que separa las miserias radiales de los edificios señoriales (muchos de ellos son hoy escombros de lujo). Me siento frente a una extraña escultura de metal que engalana el Ebro, fiel reflejo del pasado franquista: una cruz, una figura humana mirando al cielo con estrella polar agarrada entre los dientes, un águila a sus pies y a su alrededor los jirones de una pancarta contra el trasvase.

Desprenderme de los datos

          Aquí reposo, dispuesta a aligerar aún más mi mochila. Quiero abandonar los recortes que he ido acumulando por el camino. Sé que muchos de ellos se refieren a Tortosa. Me acomodo y los proceso. Estos son algunos de sus datos: La ciudad no sólo tuvo diversos puertos marítimos, desde donde se enviaban las mercancías hacia cualquier lugar del Mediterráneo, sino astilleros muy conocidos por la factura de sus obras y la calidad de sus maderas. Cuando llegó el ferrocarril, las mercancías que se intercambiaban Zaragoza y Valencia pasaron a utilizar el transporte terrestre y fue el principio del fin del tráfico marítimo. Los comerciantes tenían razones de peso: El Ebro tenía una naturaleza irregular. A las fuertes crecidas (en los que la navegación se volvía difícil debido al gran caudal y a la fuerza de las aguas) sumaba periodos de temibles sequías que dejaban insuficiente su caudal. A esto se sumaban las continuas modificaciones del delta. A cada crecida, el curso del río, modificaba los pasos navegables, los cambiaba de lugar, abría nuevos y cerraba los anteriores y esto despistaba a los navegantes. Los interesados en remontar el Ebro diseñaron embarcaciones con poco calado que evitara encallarse en el fondo del río. Nacieron, así, los llauts, que si bien tenían poca capacidad, servían para que el comercio a pequeña escala siguiera existiendo hacia el interior del valle del Ebro.

          Uno de estos llauts alcanzó su propia fama en la localidad. Se conocía como la “Barcaza de Tortosa”, estaba hecha de restos de otras embarcaciones y hacía de puente entre la ciudad y Ferrerías. La ciudad llegó a tener su propio “barrio de pescadores”, estos hombres se dirigían en llauts y en pequeños veleros hacia un delta entonces mas lejano, lleno de peces y abundancia.  Su vida transcurría entre la vivienda familiar, en el barrio y la barraca que poseían en la garganta del río.

          Uno de los folletos que manejo recoge el testimonio de uno de aquellos calafateros. Me llama la atención esta afirmación suya:

          “Un carpintero es pura escuadra. Nosotros, curvas y lo que no son curvas, las costillas, por ejemplo. No te entendían, ni podían hacerlo, ni sabían hacerlo. No es que sean unas curvas de escuadra, es que son unas curvas con descensos y ascensos. Nos servíamos del galibo; que es una plantilla que tiene cuatro reglas: estiba, cobriment, trabuquet y estella. Son estudios antiguos, las construcciones que se hacen hoy en día, utilizan un modelo”.

Todo huele a despedida

          Los constructores de llauts entendían de curvas… sonrío. Volveré a hacerlo cuando me entere que hubo un tiempo en el que la ley garantizaba que el río, y en general todas sus aguas, fueran propiedad de todos los ciudadanos… Pero aún así, la lectura no me alivia. Mi sombrero ya no sostiene el calor del día. Tiro los papeles en un destartalado contenedor. El asfalto se ha comido las sombras del río, por eso no me extraña que no encuentre a nadie en el paseo. Al final del mismo, en el cruce con el puente del tren, una calle homenajea a “Abú Báhr de Tortosa, jurista y poeta. Tortosa 1159-Alejandría 1126”. En la siguiente esquina le cambian la fecha de defunción: 1130.

          No hay nada que más desee en este momento que quedarme a solas con el Ebro; cuando lo consigo, llega el llanto. Cada vez que veo que el río recupera algo de su fortaleza (como ahora, entre los huecos de los chopos y las zarzas, después de sortear huertas, lejos del ruido de los coches) lloro. He tenido que imponerme calma a viva voz, imaginar que quedan aún días de camino, recordar cómo era el tiempo en el que el anuncio de una ciudad era una esperanza de techo o guarida.

          Me enredo entre canales, caminos (uno con nombre propio, “el camí del pont”), antiguas vías de tren y edificios esporádicos, como aquél en el que las senyeres decoran los postes de la luz y cuyo dueño ha llegado a levantar su propio parquecito, con farolas, columpios y arbolitos en tiestos. En algunas pequeñas huertas trabajan en silencio las parejas de jubilados, que cultivan la tierra como si fuera un jardín. Me llama la atención el cuerpo de las mujeres, que siempre es el mismo: tetas anchas, culo amplísimo y piernas finas. Ningún pensamiento es profundo. La vista del canal recto junto al lento Ebro me devuelven la visión de un río entubado en una unidad de cuidados intensivos, con las sondas compitiendo con las venas, los pulmones artificiales con los alvéolos, el corazón al límite…y me quedo en silencio, por dentro y por fuera.

La inevitable cuenta atrás

          A tan sólo 9 kilómetros de Amposta, tomo un respiro bajo la sombra de un álamo aislado. Por primera vez me entretengo en sus hojas con forma de corazón y su tronco blanco y recuerdo que Hércules, cuando partió hacia el infierno, se hizo una corona con las hojas de un álamo. Yo también tomo una de ellas y la meto en el cuaderno.

          Cuando faltan 4 kilómetros para llegar a la ciudad caigo en la cuenta de que las torres que me he ido encontrando por el camino tenían la función de vigilar el recorrido del Ebro, lo que pasa es que están tan alejadas de su flaco curso que ahora son fortalezas sin sentido. La que tengo enfrente (algo lejos, pues sigo pegada al río) ha sido recuperada para el turismo y en ella se levanta un merendero con fuente y pequeñas lagunas. Un coche atestado de pakistaníes pasa a mi lado. El mayor de ellos, hace que el conductor dé marcha atrás. Vienen de la fábrica de pollos en la que trabaja mi “mentor”, Alí, y regresan a Amposta para comer.

          Alí se empeñará en acompañarme hasta la agencia de viajes donde acabo de reservar el pasaje de regreso a Madrid. Insiste en que sólo quiere invitarme a un helado, pero lo que en realidad quiere es saber dónde me alojaré, qué hago, que haré en los próximos días, si viajo sola o acompañada, si estoy casada, si tengo casa en Madrid, si allí hay trabajo…Me habla de las amapolas de su país, de la guerra, de su amplio piso en Amposta, de su trabajo bien remunerado, de sus amigos y de su disponibilidad sentimental.

Un billete de autobús al final del trayecto

          Le digo una verdad a medias y dejo que me acompañe hasta las puertas del hotel como muestra de mi gratitud. A solas en mi habitación agotaré mis últimas energías antes de dejarme caer: lavo mi única camiseta, mi única ropa interior, mis únicos calcetines, mi cuerpo, mi pelo, me depilo, me embadurno de crema hidratante… me acicalo, me embellezco, me dispongo para una hermosa despedida.

          El billete de autobús parece latir en el interior de mi mochila. Por supuesto, no era cierto. El cielo está encapotado y tengo que comprobar varias veces la esfera de mi reloj para entender que la oscuridad es meteorológica. No quiero hablar, soy huraña. En la oficina de turismo pronuncio las frases precisas para que me den información sobre los kilómetros que me separan realmente del Mediterráneo: 30, es decir, exactamente a una jornada de caminante.

          La oscuridad va cobrando fuerza y el viento incomoda el paseo. Apuesto por una cena frugal y exquisita junto a una enorme cristalera donde observo cómo cae la tarde sobre el Ebro. Al pedir la cuenta, el camarero pone sobre mi mesa el recibo y un sencillo folleto sobre la ciudad. La frase que lo encabeza es de Victor Hugo: “No existe en el mundo nada más poderoso que una idea a la que le ha llegado su tiempo”.

          A veces todo encaja de la manera más insospechada.

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