Sucedió en pleno fragor sobre el trasvase del Ebro. Aquel posible zarpazo al ecosistema del planeta me empujó a interesarme por la naturaleza de los ríos. Sentí un enorme deseo de experimentar el Ebro, es decir, estar a su lado, contemplarlo, caminar junto a él en dirección al mar, avanzar a su ritmo y escucharle con todo mi cuerpo.

Sólo cuando me ví junto a su vega, con la mochila a cuestas y casi mil kilómetros por delante, empecé a cuestionarme por qué salí a su encuentro realmente. El viaje fue, desde ese momento, la construcción de esta respuesta.

Caminando a su lado durante 43 jornadas aprendí a pensar con todo el cuerpo y a construir frases moviendo los pies; comprendí que un río puede estremecerte, hacerte sonreir, dolerte… como cuando se ama. No imaginaba que tiempo después de aquel viaje levantaría este relato, una alcoba en la que seguimos encontrándonos, el Ebro y yo…

Con esta narración pretendo enhebrar mi experiencia a la de tod@s aquell@s que viven junto al agua y saben que los ríos son circulares. Formamos parte de l@s habitantes de este planeta que avanzan por esos caminos azules que dibuja el agua desde que cae del cielo hasta que regresa al mar.

Si tienes Google Earth, pincha aquí y podrás leer y seguir mi itinerario, con un golpe de vista, sobre el mapa. Podrás distinguir las etapas, jornada por jornada

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