Un río flaco y sinuoso y su recto sosías

“Por si el universo fuera una larga víspera y vivir un constante duermevela… practica la alegre vigilia”

Avanzo. Vamos muy ordenados: a la izquierda el sol, a continuación el Ebro, luego el camino para vehículos de labranza, algo más en alto voy yo,a mi derecha el canal y luego la carretera. Cada vez somos más los que nos acercamos a la desembocadura. En Alcover me compro una coca de manzana en el horno recién abierto cuando en el campanario suenan las siete. En la pared de una de las casas una flecha recuerda la “Inundación del Ebro. 24-mayo-1853”. La placa está situada a unos tres metros del suelo.

          Cuando la emoción es grande las frases salen cortas. El silencio es el que manda. Cualquier pensamiento hiere. Los ojos se limitan a ver. Cada sentido aporta las informaciones precisas, ni una más. El resto de la energía se centra en las batallas interiores. El final está a pocos kilómetros. El mar tiene un nombre corto, corto en cualquier idioma.

          A diferencia de ayer, mino mi trayecto con constantes paradasen las que toco al Ebro, no hace falta que sean lugares bellos. El de ahora, por ejemplo, es un rincón algo sucio pero con un río apacible enfrente. Memorizo las últimas vegas naturales de mi compañero de viaje, que siguen imponiendo su belleza (esta vez casi melancólica) a canales, carreteras y caminos. Creo que las únicas veces que los seres humanos somos capaces de integrar las curvas de la naturaleza es cuando bailamos, o cuando hacemos el amor.  Hacer el amor como un río. Nadar al amante. Mi emoción no es capaz de ir más allá de este enunciado. No me quiero despistar con ningún otro pensamiento.

Las últimas ciudades del camino

          El Ebro, en su camino hacia la desembocadura, va hacia el sur y no al este; lo dice el sol. Lo mismo ocurre con las flechas, que siguen señalando en el sentido contrario en el que discurre el río. Hacia mí se dirige el camino para las bicis, hacia el mar nos dirigimos Ebro y yo. Sin dejar de observarnos, a veces nos separan decenas de parcelitas y otras estamos a tiro de piedra. Los pequeños agricultores son respetuosos con el soto de la ribera pero marcan lindes con verjas, perros y maleza de modo que resulta imposible andar de la mano, así que voy del canal al río, pero sin abandonar el rumor del agua.

          En el km 20 de la carretera un cartel anuncia la entrada a Tortosa por el Raval de Jesús. Minutos después, mi paladar se enciende al ver cómo una inmensa gorda sorbe con deleite un enorme vaso de horchata mientras espera a que abran el supermercado. La imito hasta en el croissant artificial relleno de chocolate. Yo también necesito azúcar.

          El encuentro del río con Tortosa me recuerda a Logroño. En ambas ciudades el Ebro pasa primero por los arrabales y la zona industrial, donde ambas muestran el mismo contraste: las armónicas huertas arañan el límite del trazado urbano y los contornos desaliñados de las casas. Como Logroño, Tortosa también fabrica un paseo de ladrillo con el que sustituye vega y sombra de árboles, un camino que lleva al centro, anunciado por un puente que separa las miserias radiales de los edificios señoriales (muchos de ellos son hoy escombros de lujo). Me siento frente a una extraña escultura de metal que engalana el Ebro, fiel reflejo del pasado franquista: una cruz, una figura humana mirando al cielo con estrella polar agarrada entre los dientes, un águila a sus pies y a su alrededor los jirones de una pancarta contra el trasvase.

Desprenderme de los datos

          Aquí reposo, dispuesta a aligerar aún más mi mochila. Quiero abandonar los recortes que he ido acumulando por el camino. Sé que muchos de ellos se refieren a Tortosa. Me acomodo y los proceso. Estos son algunos de sus datos: La ciudad no sólo tuvo diversos puertos marítimos, desde donde se enviaban las mercancías hacia cualquier lugar del Mediterráneo, sino astilleros muy conocidos por la factura de sus obras y la calidad de sus maderas. Cuando llegó el ferrocarril, las mercancías que se intercambiaban Zaragoza y Valencia pasaron a utilizar el transporte terrestre y fue el principio del fin del tráfico marítimo. Los comerciantes tenían razones de peso: El Ebro tenía una naturaleza irregular. A las fuertes crecidas (en los que la navegación se volvía difícil debido al gran caudal y a la fuerza de las aguas) sumaba periodos de temibles sequías que dejaban insuficiente su caudal. A esto se sumaban las continuas modificaciones del delta. A cada crecida, el curso del río, modificaba los pasos navegables, los cambiaba de lugar, abría nuevos y cerraba los anteriores y esto despistaba a los navegantes. Los interesados en remontar el Ebro diseñaron embarcaciones con poco calado que evitara encallarse en el fondo del río. Nacieron, así, los llauts, que si bien tenían poca capacidad, servían para que el comercio a pequeña escala siguiera existiendo hacia el interior del valle del Ebro.

          Uno de estos llauts alcanzó su propia fama en la localidad. Se conocía como la “Barcaza de Tortosa”, estaba hecha de restos de otras embarcaciones y hacía de puente entre la ciudad y Ferrerías. La ciudad llegó a tener su propio “barrio de pescadores”, estos hombres se dirigían en llauts y en pequeños veleros hacia un delta entonces mas lejano, lleno de peces y abundancia.  Su vida transcurría entre la vivienda familiar, en el barrio y la barraca que poseían en la garganta del río.

          Uno de los folletos que manejo recoge el testimonio de uno de aquellos calafateros. Me llama la atención esta afirmación suya:

          “Un carpintero es pura escuadra. Nosotros, curvas y lo que no son curvas, las costillas, por ejemplo. No te entendían, ni podían hacerlo, ni sabían hacerlo. No es que sean unas curvas de escuadra, es que son unas curvas con descensos y ascensos. Nos servíamos del galibo; que es una plantilla que tiene cuatro reglas: estiba, cobriment, trabuquet y estella. Son estudios antiguos, las construcciones que se hacen hoy en día, utilizan un modelo”.

Todo huele a despedida

          Los constructores de llauts entendían de curvas… sonrío. Volveré a hacerlo cuando me entere que hubo un tiempo en el que la ley garantizaba que el río, y en general todas sus aguas, fueran propiedad de todos los ciudadanos… Pero aún así, la lectura no me alivia. Mi sombrero ya no sostiene el calor del día. Tiro los papeles en un destartalado contenedor. El asfalto se ha comido las sombras del río, por eso no me extraña que no encuentre a nadie en el paseo. Al final del mismo, en el cruce con el puente del tren, una calle homenajea a “Abú Báhr de Tortosa, jurista y poeta. Tortosa 1159-Alejandría 1126”. En la siguiente esquina le cambian la fecha de defunción: 1130.

          No hay nada que más desee en este momento que quedarme a solas con el Ebro; cuando lo consigo, llega el llanto. Cada vez que veo que el río recupera algo de su fortaleza (como ahora, entre los huecos de los chopos y las zarzas, después de sortear huertas, lejos del ruido de los coches) lloro. He tenido que imponerme calma a viva voz, imaginar que quedan aún días de camino, recordar cómo era el tiempo en el que el anuncio de una ciudad era una esperanza de techo o guarida.

          Me enredo entre canales, caminos (uno con nombre propio, “el camí del pont”), antiguas vías de tren y edificios esporádicos, como aquél en el que las senyeres decoran los postes de la luz y cuyo dueño ha llegado a levantar su propio parquecito, con farolas, columpios y arbolitos en tiestos. En algunas pequeñas huertas trabajan en silencio las parejas de jubilados, que cultivan la tierra como si fuera un jardín. Me llama la atención el cuerpo de las mujeres, que siempre es el mismo: tetas anchas, culo amplísimo y piernas finas. Ningún pensamiento es profundo. La vista del canal recto junto al lento Ebro me devuelven la visión de un río entubado en una unidad de cuidados intensivos, con las sondas compitiendo con las venas, los pulmones artificiales con los alvéolos, el corazón al límite…y me quedo en silencio, por dentro y por fuera.

La inevitable cuenta atrás

          A tan sólo 9 kilómetros de Amposta, tomo un respiro bajo la sombra de un álamo aislado. Por primera vez me entretengo en sus hojas con forma de corazón y su tronco blanco y recuerdo que Hércules, cuando partió hacia el infierno, se hizo una corona con las hojas de un álamo. Yo también tomo una de ellas y la meto en el cuaderno.

          Cuando faltan 4 kilómetros para llegar a la ciudad caigo en la cuenta de que las torres que me he ido encontrando por el camino tenían la función de vigilar el recorrido del Ebro, lo que pasa es que están tan alejadas de su flaco curso que ahora son fortalezas sin sentido. La que tengo enfrente (algo lejos, pues sigo pegada al río) ha sido recuperada para el turismo y en ella se levanta un merendero con fuente y pequeñas lagunas. Un coche atestado de pakistaníes pasa a mi lado. El mayor de ellos, hace que el conductor dé marcha atrás. Vienen de la fábrica de pollos en la que trabaja mi “mentor”, Alí, y regresan a Amposta para comer.

          Alí se empeñará en acompañarme hasta la agencia de viajes donde acabo de reservar el pasaje de regreso a Madrid. Insiste en que sólo quiere invitarme a un helado, pero lo que en realidad quiere es saber dónde me alojaré, qué hago, que haré en los próximos días, si viajo sola o acompañada, si estoy casada, si tengo casa en Madrid, si allí hay trabajo…Me habla de las amapolas de su país, de la guerra, de su amplio piso en Amposta, de su trabajo bien remunerado, de sus amigos y de su disponibilidad sentimental.

Un billete de autobús al final del trayecto

          Le digo una verdad a medias y dejo que me acompañe hasta las puertas del hotel como muestra de mi gratitud. A solas en mi habitación agotaré mis últimas energías antes de dejarme caer: lavo mi única camiseta, mi única ropa interior, mis únicos calcetines, mi cuerpo, mi pelo, me depilo, me embadurno de crema hidratante… me acicalo, me embellezco, me dispongo para una hermosa despedida.

          El billete de autobús parece latir en el interior de mi mochila. Por supuesto, no era cierto. El cielo está encapotado y tengo que comprobar varias veces la esfera de mi reloj para entender que la oscuridad es meteorológica. No quiero hablar, soy huraña. En la oficina de turismo pronuncio las frases precisas para que me den información sobre los kilómetros que me separan realmente del Mediterráneo: 30, es decir, exactamente a una jornada de caminante.

          La oscuridad va cobrando fuerza y el viento incomoda el paseo. Apuesto por una cena frugal y exquisita junto a una enorme cristalera donde observo cómo cae la tarde sobre el Ebro. Al pedir la cuenta, el camarero pone sobre mi mesa el recibo y un sencillo folleto sobre la ciudad. La frase que lo encabeza es de Victor Hugo: “No existe en el mundo nada más poderoso que una idea a la que le ha llegado su tiempo”.

          A veces todo encaja de la manera más insospechada.

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