El quinto elemento


“La vida es vida hasta el último aliento. Rebaña los instantes”

Hay un antiguo texto tibetano que vincula los sentidos con la mente y los elementos. Así, la carne, los huesos, el olfato y los olores se relacionan con el elemento tierra; la sangre, el gusto y los líquidos del cuerpo con el agua; la glándulas de la piel y la vista con el fuego: el aliento y el tacto con el aire. Los tibetanos entienden que existe un quinto elemento con el que están enlazadas “las cavidades del cuerpo” y el oído: el espacio.

          Esta mañana me desperté en el quinto elemento. El calor aún no marcaba las fronteras de mi piel, los ojos me pesaban demasiado, no tenía hambre…simplemente me levanté y me acerqué al rumor del Ebro. Me asomé a él, como para mirarme en el agua, pero no vi mi reflejo. A mi lado, varios metros a la izquierda, un perro salvaje hacía lo mismo. Nos observamos durante unos segundos en silencio y seguimos a lo nuestro, yo en busca del resto de mis sentidos y él lamiendo su rostro dentro del agua.

          Recojo mis aperos consciente de que soy una parte limitada en el tiempo y en el espacio, como lo es mi compañero perro, que no se ha extrañado. Por lo que se velgo ha cambiado desde que salí del Pico Tres Mares, los perros y yo no somos “ajenos”, las fronteras que antes nos separaban han desaparecido.

          Me siento frente al mapa, veo los cuadraditos, las curvas del meandro, con un desprendimiento asombroso. Tampoco me importa la distancia que me separa del mar. Sé que me quedan tres días y dos noches pero el valor de la medida ha dejado de existir. Observo los perales, los montes que me observan de cerca. Es como si todo, desde lo más pequeño a lo más grande fuera de mi misma condición. El Ebro… Sé que a él le pasa lo mismo, sabe que en una sola gota de agua se encuentra el secreto de todos los mares.

¿Cómo separarnos si ya forma parte de mí?

          Caigo en la cuenta ahora que es un error que entienda estas jornadas como una despedida porque ¿Cómo me voy a separar de lo que nunca deja de ser si yo formo parte también de lo mismo? ¿A qué muerte me estoy refiriendo?. Desde esta lógica ¿Nos morimos los dos, el Ebro y yo, cuando enfría una planta de energía nuclear, cuando limpia los filtros de una eléctrica o enjuaga a una industria química?. Cada vez que me ha dolido el río quizás no fuera un acto de amor sino una reacción ante mi propio duelo. Quizás su desembocadura en el mar no sea más que una simple apariencia.

          Hoy el gusto ha sido el último sentido en despertar y ocurre en el embarcadero de Ginestar, donde me animo a mordisquear las peras que he robado de mi natural dormitorio. Entretengo la cabeza con el escueto texto del cartel que ha instalado la administración catalana. Recuerda que lo que tengo enfrente es un río y que en el pasado fue navegable. Me fascina la evidencia y me sorprende la voluntad de precisión aunque sé a qué viene. Probablemente sean muchos los turistas que acudan al lugar interesados por el llaut que en su tiempo enlazaba: Benissallet y Ginestar pero ahora el único salto de la barca que permanece en pie en este tramo del río es el de Miravet, localidad para la que quedan aún varios kilómetros.

          Lo cierto es que el Ebro baja muy deprisa, muy deprisa. He tropezado a su lado entre pinchos, ramas, raíces, hasta alcanzar el lugar en el que una enorme barca se ofrece a cruzar a la otra orilla a vehículos de todo tipo, se trata de una oferta “pintoresca” que pretende mantener viva la tradición del llaut porque también es posible cruzar el Ebro por el puente. El castillo Templario de este pueblo enseñorea la orilla opuesta a la que me encuentro, muy cerca. El gobierno anuncia, además, la Catedral “del Vi del Pinell de Brai” y las “Coves Meravelles de Benifallet”.

Recuperar nuestra parte animal

          La certeza de que estoy a dos días del final me ayuda a desprenderme poco a poco de mi equipaje. Para empezar, me he cambiado de ropa y me deshago el pantalón corto de flores y la camiseta naranja de Time’s Up, mis compañeros de fatiga desde el origen del viaje. También me he deshecho de la ropa interior que llevaba puesta, de parte de mi jabón y del libro de Vandana Shiva. Dejo el volumen a un lado del camino, mi regalo para un lector anónimo. Tendría gracia que algún día volviera a mis manos. Apunto en mi cuaderno una pequeña reflexión sobre el texto de Vandana: “Frente a un sistema unificador, patriarcal, opuesto a la diversidad, basado en las relaciones productivas y en un concepto de vida en el que la plusvalía es un elemento definitivo, debemos apostar por unas nuevas relaciones con los demás, con los hombres, con nuestros cuerpos, con nuestros ovarios y con la naturaleza. El sistema ha ido “adaptando” las revoluciones humanas, alejándolas de sus primeros impulsos. Por eso, hemos de recuperar para así poder transformar, recuperar nuestra parte animal”.

          Sigo las indicaciones de un par de campesinos, que están convencidos que existe la vereda que tomaban los burros cuando empujaban el llaut (ese que ahora se limita a transportar vehículos de un lado a otro del Ebro). Ante un argumento tan contundente no puedo permanecer incrédula y voy ladera abajo hasta el agua. Largo rato después una furgoneta azul se para a mi espalda. Los dos no cabemos por el mismo sendero de manera que me retiro. Cuando el rostro del anciano llega a mi altura se me ocurre saludarle con una pregunta ¿He elegido la bifurcación mejor para alcanzar la orilla?. El anciano de rostro colorado responde a mi saludo con una propuesta ¿Quiero subir?. Creyendo que me restan unos metros por el interior acepto y al cabo de unos minutos lo celebro porque el camino desaparece bajo las llantas en una suma de curvas.

El regaliz crece junto a caminos ciegos

          Tras un ajetreado cuarto de hora, Juan aparca su auto en un huerto encajonado en la falda de la montaña. Según explica, estamos en “Los biens”, una zona de huertas detrás del monte que antiguamente pertenecía a Miravet y ahora a Rasquera.

          – “Venía mal cruzar el río y al final nos las vendieron”.

          La tierra que pisamos pertenece a su primo. El lugar está tan encerrado en el valle que debe crear una especie de microclima porque los naranjos y las palmeras crecen de forma robusta y desordenada en este lugar. En silencio, los dos nos ponemos a buscar el sendero de los burros. Le he explicado que mi intención es bordear el río por ese viejo camino y obedece sin rechistar, pero no logramos encontrar el arbusto tras el que pudiera ocultarse tal sendero. El agujero de madriguera por el que se cuela Alicia no existe.

          – “Las lluvias han debido cegar el acceso”

          No parece muy sorprendido y se lo comento. Entonces, mientras hurga en la tierra, Juan reconoce que nuestro encuentro no es casual: Salió detrás de mí después de que el camarero del bar de la gasolinera le dijera que iba en busca del sendero. Él estaba convencido de que no existía y se acercó para avisarme pero al ver mi convencimiento me quiso llevar hasta la última punta para que me diese cuenta por mí misma. Por fin encuentra lo que busca y corta unos tallos con unas tijeras abandonadas por su primo.

          – “Seguro que usted ha tomado de esto cuando niña”.

          Chupo. Le festejo la idea, son troncos de regaliz. Sonríe. Definitivamente bajamos la guardia. Le digo que es un ángel y todo un caballero y él me demuestra que además es un gran conversador. El viaje de regreso a la carretera se llenará con sus comentarios sobre de las fincas que vamos sorteando, como la de “los ingleses”.

El Ebro se deshace en titulares

          – “Ella es enfermera. Vienen todos los veranos acá. Tienen dos casas, una en el pueblo y la otra, rehabilitada, en medio del huerto”.

          Se siente tan bien que pronto abandona las descripciones para implicarse en argumentaciones.

          – “No entiendo a los ingleses aunque tienen buena pinta, pero a los que no entiendo, de verdad, es a los del pueblo. Cuando llegan los de fuera y después de vivir ahí y ser bien acogidos les critican”.

           Después de legitimar su punto de vista, toma el poder y reordena mi recorrido.

           –  “¿Recuerdas el botijo del logotipo de la entrada del pueblo?. Se refiere a la alfarería de Miravet y no a la de Rasquera”

           –  “¿Y la cima de la montaña que me encontré a continuación?”.

           –  “Pues hay un refugio, para los que les gusta andar, como usted”.

          –  “¿Ha visto esa botella que llevo en la cintura?”.

          –  “Pues pertenece al antiguo balneario que hoy es una fábrica de botellas de agua mineral y que está en lo más alto, el balneario Cardó”

          Cuando llegamos al cruce de caminos en el que me desvié hace más de una hora, Juan sonroja aún más su ya encarnada cara y aprieta mi mano con afecto. Nos regalamos una despedida generosa si se tiene en cuenta que nuestro encuentro ha durado poco. Después, desde la carretera, ya en alto, lograré situar el punto de la huerta en la que buscamos juntos el sendero de los burros y, efectivamente, no hay camino. Por los claros entre arbustos entiendo que hace años debió de pasar por allí un sendero, pero ahora está anegado de vegetación.

Dejar el asfalto para tocar el agua

          Desde el mismo lugar me encuentro con una magnífica vista del palacio templario de Miravet. Un poco mas allá, a la altura del km 47, la administración me informará que llego al Bajo Ebro y un poco más adelante que estoy en el Eje del Ebro, aunque no sé muy bien a qué eje se refiere.

          Hace rato que la carretera dejó de sumar kilómetros; ahora los resta, los mojones han organizado una cuenta atrás que me recuerda que falta menos para alcanzar el delta. Recuerdo la mirada del perro salvaje, no sé si la mía era tan serena. El animal conoce la muerte tan solo cuando muere; en cambio yo me aproximo a la desembocadura peleando con mi conciencia de finitud y ni siquiera sé si esto me convierte en más sabia. Desde luego, no aligera.

          A 45 kms del delta, desciendo por el sendero que rodea un enorme risco. Sé, gracias a la altura, que me meto en un paisaje casi lunar. Mi fantasía se pone en marcha: me he colado en el decorado de las películas del Lejano Oeste. Después de sortear varios riscos y decidir en más de cinco ocasiones cuál camino escoger, llama a la puerta el pánico. La lógica tira de mí hacia los caminos más anchos y hacia los que tiran hacia abajo, pero no siempre van a dar a buen fin, algunos se retuercen y me llevan ladera arriba. Acorto, improviso mi propio trayecto. El vacío, la ausencia de huellas, ya, tan cerca del final, materializan la imagen de la muerte, la mía. El Ebro no está y me obliga a crear mi propio sendero, a ser agua que se abre camino, pero la idea no consigue tranquilizarme. Camino sin saber qué decirme, vulnerable, me siento pequeña frente a mi propio destino.

          Al final las curvas logran orientarse hacia el Ebro y mi encuentro con el agua es dulce, nos rodean pequeñas huertas y casas en las que se escuchan voces familiares, batir de huevos, ladridos de perros y chapoteo de agua. En las pequeñas haciendas veo árboles frutales (melocotones y naranjas burlan mi deseo tras las vallas) y en algunos casos creo distinguir almendros.

Negociar cada curva

          El camino, esta vez casi una recta, desemboca en un puente que hace las veces de arco del triunfo para Benifallet. En su eje han colocado una enorme plataforma pintada de blanco y azul, se trata de un llaut varado. Si el enorme puente no figura en el mapa es porque se construyó hará 10 años… El encuentro con esa enorme construcción vial es tan inesperado que durante unos segundos dudo qué camino tomar, si el que continúa frente a mí (Benifallet aparece derrengada por el calor) o el que sale a mi derecha (tras el puente se desenvuelve con soltura la nueva carretera que lleva a Cherta). Opto por lo más fácil: despistar el sol del mediodía en el pueblo vecino.

          El sendero que lame el río, me empuja a colarme en los patios de las casas hasta el embarcadero. Allí encuentro diez canoas con sendos adolescentes y algunos monitores, que terminan de comer a la sombra. Son las dos de la tarde. Al verles zampar recuerdo mi bocadillo de queso y allí me quedo, masticando el pan con el gaznate seco y apurando las botellas que ellos me regalan antes de partir. También me dejan unos folletos sobre las cuevas que han visitado, las “Aumedielles”, en la sierra de Cardó.

          Leo que forman una red espeológica compuesta por seis grutas y observo el mapa con detenimiento, como si me importara. No consigo fijar el interés en nada. Simplemente espero a que baje el sol para seguir andando. Con la misma actitud cruzo el puente horas después, tras una leve siesta. Desde la otra orilla observo los trazados de la antigua carretera a Xerta, llena de curvas, casi en desuso. Para construir por la que camino, de asfalto inmaculado, rompieron laderas en busca de una línea recta. En torno al km 35, atravieso un túnel. A la derecha de este enorme ojo se abre un agujero estrecho por el que debió pasar el antiguo ferrocarril; a su izquierda, el Ebro se esconde tras las peñas. Durante unos minutos la oscuridad será absoluta. La única luz procede de los faros de los coches y del final.

Luz verde al final del túnel

          Acostumbro mis ojos a la luz y me doy cuenta de que han rehabilitado el camino del antiguo ferrocarril para construir una “vía verde” para cicloturistas. Su trayecto va pegado al mío, entre el río y la carretera, pero no consigo saltar a él pues está mucho más abajo. Lograré hacerlo cuando el azud me saque su lengua en el horizonte, será a la altura del  “Assut Xerta”, que proclama la navegabilidad en este tramo del Ebro. Tras él, la carretera de acceso al pueblo, las calles, los callejones, las aceras… No me quedaré a dormir aquí. Cae en mis manos un ejemplar atrasado de “La veu de L’Ebre” en el que informa que el día en que yo me encuentre con el Mediterráneo los miembros de Greenpeace desplegarán un cartel en el puente colgante de Amposta en apoyo a la plataforma de Defensa del Ebro y después atracarán en el delta. Ocurrirá a eso de las diez de la mañana.

          A la salida de Xerta me doy cuenta que es aquí donde comienza el “canal derecho del Ebro”, ese que tantas veces he observado en mis mapas, una línea recta de hormigón que lleva el agua hasta el mar. El final ya no es un diagnóstico, llegará en cuestión de horas. El Ebro se me aparece como un ser añoso, entre ambos canales, empujado por las prótesis propias de un enfermo, como si estuviera entubado.

          Encuentro un lugar entre el Ebro y el canal, bajo unos limoneros en el que podré pasar la noche. Los perros rebufan en la finca vecina, pero no ladran. Despliego mis escasos bienes: mi único libro, mi único jersey, mi única botella de agua. Enciendo la linterna y procuro crear intimidad. Escribo en el cuaderno “Cada uno se acerca al conocimiento a su manera: a través de la certeza, de la negación o de la duda”. No dejo de observar a derecha e izquierda, hace un rato que un paseante solitario cruzó delante de mí y no sé si me ha visto.

Comprendo el aullido de los canes

          El resoplido de los perros me acompaña, por alguna razón no les resulto extraña. Mirando a las estrellas pienso en Cerbero, un monstruoso can tres cabezas, serpiente por cola y cabezas de serpiente a lo largo de su cuerpo. Guardaba la entrada al infierno, un lugar del que nadie debía salir, los conocedores de la mitología clásica le consideran el guardián las puertas del conocimiento. El último de los trabajos de Hércules consistió, precisamente, en capturar a este temible perro. Antes de bajar a los infiernos se hizo una corona de hojas de ramas de álamo, símbolo de la inmortalidad. Aterrado por su aspecto, el barquero Caronte lo transportó sin reparos a la otra orilla de la laguna Estigia; cuando Hércules bajó de aquel llaut, los espíritus de los muertos huyeron aterrados… Cuando Hércules pidió el perro Cerbero a Hades, éste le dio permiso para llevárselo si conseguía dominarlo sin emplear armas. Tras un prolongado forcejeo, logró vencer al can, se lo llevó a Micenas y tras presentarlo ante Euristeo se lo devolvió a Hades.

          Me arrebujo en el saco procurando la calma pero los perros no dejan de ladrar. Contengo la respiración. El hombre que antes cruzó en sentido contrario está buscándome entre los árboles. No me muevo. Sigue su camino. “Simplemente, le he generado curiosidad”, me digo, para tranquilizarme.  Está anocheciendo. Poco rato después los perros vuelven a ladrar, doy un respingo, el hombre vuelve a acercarse, esta vez con mayor sigilo. Recojo mis cosas con prisas. Los perros ladran cada vez más fuerte, su alteración también acelera mis movimientos y en unos segundos estoy saltando una verja en busca de un camino alternativo que me lleve a un lugar con gente, necesito testigos. Detrás de mí oigo los pasos alterados del hombre. Es noche de luna llena y hasta los árboles tienen sombras. Tortosa está a 11 kms y estoy dispuesta a alcanzar la carretera y seguir andando hasta allí sin parar.

          En esas estoy cuando reparo que la huertita en la que me he colado da a una casona, entre la carretera y el canal, en la que reina la armonía. Escucho un rumor de voces infantiles. Dos niños pelean y una mujer intenta establecer la paz antes de acostarles. La madre arropa a sus hijos en su cuarto. Las azaleas blancas trazan un círculo en el que se refleja la luna. Dejo la mochila en el eje y tomo aliento. Cuando reposo la mirada me doy cuenta que estoy sentada en una pequeña construcción que los niños han hecho con piedras.

          Extiendo el saco por segunda vez en esta noche en este minúsculo “salón de juegos”. Por primera vez en muchas horas me siento a salvo.

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