El monstruo

¿Se puede considerar un río patrimonio de la humanidad?.

          Defender el Ebro desde su desembocadura no es más que una triquiñuela legal, sé que su delta está protegido por la normativa europea y que lleva más de cuarenta años en la Lista Mar de Zonas Euroafricanas que deben de conservarse de manera urgente. Sé que las autoridades españolas consideran su desembocadura como una Zona de Especial Protección para las Aves… pero un extremo no puede rescatar todo un río. El acto final no redime toda una trayectoria. El Ebro se muere mucho antes de llegar al mar.

          Copio en el cuaderno el texto del primer cartel con el que me topo tras iniciar mi camino: “Arranjament camí Aixalelles”, “Zona controlada”, oficialmente estoy en el área de influencia de la central de Ascó aunque siento su presencia desde hace horas. Comencé la jornada a las seis de la mañana,  nada más despuntar el sol y a las 8,30 ya estaba frente a las torres de la central nuclear. Sus instalaciones han permanecido ocultas tras los chopos altos y las curvas de la montaña durante todo este tiempo, aunque los altavoces que llamaban al orden a los trabajadores y la boca de su enorme tubo de escape dieran fe de su presencia. El peso de su huella es mucho más sutil de lo que pueden percibir conscientemente mis sentidos. La vida no fluye en este lugar, los árboles frutales parecen abandonarse a la química, como si crecieran sin deseo, los caminos se entristecen por no ser pisados, los que sobrevivieron al embalse sucumbieron ante la central. El cartel dice “Zona controlada” y la naturaleza parece encarnar ese control.

          Poco después de estos rótulos, aparece la central. Lo primero que encuentro es el cúmulo de hierros viejos y oxidados en las que se han convertido las viejas instalaciones y luego la alta torre en toda su dimensión. Se me encoge el alma. Está claro que es la vista el sentido que más alimenta el miedo, en estrecha competición con el oído.

Agarrar la bestia por los cuernos

          Pongo el rostro a la bestia de la que hasta ahora sólo sabía por su cuerno. Durante todo el camino me he ido contando que el reactor se mueve gracias al uranio enriquecido, el mismo que alimentó la bomba nuclear, y que utiliza el agua del río para refrigerar sus vísceras. El corazón de esa enorme máquina se conecta con el gigantesco tubo que compite en altura con los montes del paisaje, los unos verdes y ocres y él inmaculadamente blanco, de hormigón por fuera y acero por dentro. El Ebro, a su lado, es tratado realmente como una mera cañería de agua, un natural circuito de refrigeración, que al salir alcanza los 30 grados, una temperatura idónea para la proliferación de algas y capaz de aniquilar a gran parte de los especies que en ella viven.

          Hace poco, los técnicos de la central tuvieron un arrebato ecológico, junto a biólogos, zoólogos, agricultores, pescadores…se mostraron a favor de la erradicación del mejillón cebra; pero su razón no pasaba por encontrar el equilibrio del ecosistema, sino librarse de esa plaga que ataca las aortas de su corazón nuclear, los sistemas de refrigeración de la central. Propusieron una solución bestial: soltar directamente el agua de los dos reactores de tal manera que la temperatura del río subiera a 38 grados durante media hora dos o tres veces al año. El choque térmico impediría que el mejillón cebra se reprodujese… y detrás de él todos los seres acuáticos. Su solución es tan peligrosa que ya de antemano la ley limita la temperatura de las centrales a un máximo de 30 grados para evitar episodios de mortandad piscícola. Sin embargo, ahí queda su propuesta.

          Eólica, solar… Dicen que las centrales nucleares de Ascó y Vandellòs II producen más del 70% del consumo anual de electricidad en Catalunya; el problema es que no se trata de un servicio público sino de una empresa privada que se rige por las leyes de mercado, es decir, un negocio cuyos resortes están diseñados no para el bien común sino para generar pingües beneficios económicos, que van a parar a las compañías multinacionales (Eneco, Endesa e Iberdrola son sus propietarias, su constructora, Westinghouse ).

          Dispuestas a no perder, estas empresas cargan en los recibos de la luz el coste del tratamiento de los residuos radiactivos de modo que cada ciudadano subvenciona esta partida. Lo que aún nadie sabe es quién correrá con los elevados costes que supone el tratamiento de tales residuos cuando estas centrales cierren, teniendo en cuenta que hacen falta miles de años para que dejen de representar un peligro para la salud pública. Y mientras tanto, en España aún no hay un cementerio definitivo.

          La normativa que pretende regular la fabricación de esta energía, el interés de los gobiernos por fiscalizar la información y separarla del control de los consumidores, la proliferación de técnicos que impiden con su lenguaje el acceso al conocimiento por parte del resto de la población, ratifica que la energía nuclear favorece la concentración de poder en detrimento de los intereses colectivos. Por todo ello entiendo que el cierre de las centrales seguirá siendo un hueso duro de roer. De momento ahí está la moratoria.

Aquí vive, probablemente, el ángel caído

          En paralelo, colectivos de uno y otro lado de la balanza se preocupan por la eliminación de los residuos radiactivos (su energía letal para la vida permanece durante 250.000 años). Dónde colocar los cementerios nucleares, quién se encarga del transporte, quién costea todo esto, es una batalla internacional en la que también intervienen los colectivos con inquietudes medioambientales, pero pocos hablan de los residuos intangibles. En una era capaz de entender que la materia y la energía tienen entidad propia, la mayoría de las entidades y colectivos que agreden el medioambiente sólo reconocen su peligrosa acción cuando la energía deja su huella en la materia, las radiaciones, por ejemplo, no existen mientras no dejen su sello en la salud de los trabajadores o en los habitantes de la zona. Esas mismas radiaciones no sólo están en el agua que beben, en la ropa que utilizan, no sólo “impregnan”.

          Camino sin parar. Me digo que ni un paso atrás, ni para tomar aliento y a ese ritmo cruzo el azud en el tramo que sucede a la central de Ascó. Allí me encuentro con un palacete abandonado. Mientras me cuelo en la finca imagino a sus primeros propietarios, soñando para sí y sus descendientes un lugar paradisíaco a orillas de un río que a esas alturas era la suma de millones de fuentes, de decenas de afluentes: un río fuerte dando sus últimas brazadas hacia el mar. Sorteo los cuatro edificios, la piscina, las chumberas, los álamos… Transcurrían los años sesenta, veinte después llegó la central. Sin haberse movido del sitio, esta casa de lujo se convirtió en un ridículo edificio levantado sobre una bomba de relojería, en medio de una zona “controlada” por la “asociación nuclear de Ascó”. La paz que atrajo a sus primeros moradores hoy es un silencio atroz, con rincones convertidos en falsas promesas. Sus elegantes hechuras son hoy osamenta carcomida por no sé qué sarpullido del aire. Escribo en mi cuaderno: “Aquí probablemente viva el ángel caído”.

A 100 kms del Mediterráneo el Ebro es marinero

          Abandono Ascó cantando a pleno pulmón. “Mediterráneo”, de Serrat. Las estrofas aparecen en mi cabeza, como peces en una red y las voy repitiendo hasta conseguir armar su lógica. El desfiladero estrecho en el que reverbera mi voz se ha ganado el nombre de Pas de L´Ase (Paso del Asno). De vez en cuando relamo con la vista en sus laderas o en su encuentro con el río; incluso dedico tiempo a la estación de alerta de calidad de las aguas en que estoy terminando el viaje y mas que andar, vago.

          Empujada por el viento, sigo cosiendo frases y estribillos: “A tus atardeceres rojos / se acostumbraron mis ojos / como el recodo al camino…/ Soy cantor, soy embustero, / me gusta el juego y el vino, / Tengo alma de marinero… / Y qué le voy a hacer, si yo / nací en el Mediterráneo./ Na-cien-elme-dite-rrrráááá neee óóóó”.

          Despendolo la garganta y la vergüenza y canto como si no lo hubiera hecho nunca. Treinta ovejas balan, tres perros ladran y el pastor aparece tras ellos. No sé si disimula o es sordo pero hacemos como que no existimos.

          Las viñas de Vinebre me devuelven a la carretera y por ella transito cuando para a mi lado una furgoneta. Al asomarme a la ventanilla para negar el posible ofrecimiento me sorprende el rostro sonriente de Ramón, el dueño de la lancha que alquilé en Mequinenza. Sin bajarse del vehículo me cuenta que va a por cebo al mar (que en coche queda a tres cuartos de hora).

          Subo a su furgoneta para el cortísimo trayecto a García, que se encuentra a un kilómetro de nosotros. Yo no puedo abandonar mi estupefacción. Estoy a menos de cien kilómetros del final, es una distancia que aunque se haga a la velocidad del pie empieza a ser corta, limita el futuro de mi aventura a unos pocos días.

          Tomo conciencia de que si este viaje lo hubiera hecho en un vehículo mis diálogos con el entorno no hubieran sido los mismos, ni mis conclusiones, porque mi comprensión hubiera ido también en línea recta. Probablemente existan autopistas del pensamiento igual que laberintos y vericuetos mentales. En los primeros pensar es un simple tragar datos, en los segundos la observación interviene.

          Tan embebida me quedo por la cercanía del mar que cuando vuelvo a mirar mi entorno me doy cuenta que he cruzado García a ciegas. Tomo conciencia delante de un cartel que han instalado a la salida del pueblo. En él, el gobierno de Tarragona señaliza el comienzo de una ruta para ciclistas, de unos 10 kilómetros y de interés natural. El texto está escrito en catalán y he de deducir que el recorrido cruza el río Ciurana. Intentando situarlo en el mapa, me doy cuenta que puedo dar un valor a cada “cuadradito” de la carta: cada unidad equivale a un kilómetro. Con esta intuición continúo mi camino. Y canto. “Y yooooo, nací en el Me di te rrrráneo / nací en el Me di te rráááá ne ooooóóó´, naranaino naino naino”.

Jacqueline, atrapada en la nieve

          Leo en un periódico local el siguiente titular: “Desembarco templario en Miravet para presentar la ruta Domus Templi”. El artículo explica que han recreado el histórico desembarco “de la comitiva del maestro comendador de Masdeu, Ramón de Saguardia, quién acabó capitaneando el sitio del castillo Miravet”. Con este montaje las autoridades de cinco municipios presentaban la ruta templaria “Domus Templi” (dominios de la casa del temple, en latín). “La ruta pretende aglutinar esfuerzos para relanzar turística y culturalmente el patrimonio templario común de la antigua corona de Aragón”… Miro en el mapa: hoy pasaré por la zona.

          Jacqueline es rubia, pequeñita, con un coqueto mechón negro que parte su melenita afrancesada en dos. Sus generosas curvas se sostienen en piernas extremadamente finas. En las tres horas que llevo en el restaurante no se ha sentado. La carne a la brasa se amontona en los platos de los comensales que viajan en grupo. En las mesas individuales donde se sientan hombres enfundados en monos azules y en las largas que concitan exclusivamente a obreros, el postre es un aguardiente con fama en la localidad, el de la alcoholera Cubells, que funciona desde 1.720.

         Yo alargo mi generosa ensalada hasta que llega el cambio de turno y multiplico los refrescos a la altura del postre. Hace un buen rato que Jacqueline no quita ojo a mi cuaderno de viaje mientras barre el suelo, pasa la bayeta sobre las mesas y lanza exclamaciones sobre la telenovela que en ese momento ponen en la televisión, en la que la protagonista está a punto de ser violada (se indigna como si fuera verdad lo que estuviera viendo y Sabrina, su compañera, llega incluso a gesticular delante de la pantalla). De repente, con la naturalidad con la que se desprende una fruta de un árbol, me cuenta que al poco de instalarse en el pueblo se salvó de una tormenta de nieve gracias a la previsión de su jefe, que le obligó a salir de trabajar antes de su hora para que no se quedara bloqueada.

          – “!Hice un trayecto de cinco minutos en una hora!. Imagínate”.

          Su comentario coincide con mi reflexión sobre la relatividad del tiempo y presto más atención a sus palabras. Einstein debería comer en este restaurante. Escribo en mi cuaderno: “Por lo que se ve, la relación del tiempo y la distancia es una certeza exclusivamente tecnológica porque medida en con los parámetros humanos puede dar lugar a resultados dispares” y a continuación escucho con todos mis sentidos el siguiente altercado de Jacqueline con el río.

          –  “Casi se desborda el año pasado por culpa de las nieves. Fue el 16 de diciembre,  tuvieron que evacuar a muchos, sobre todo a los que viven cerca de la vera”.

Lejos de Liverpool todo es literatura

          Los últimos camioneros abandonan el local, que por unos minutos queda ocupado tan sólo por sus empleados y yo. Entonces la conversación permite las confidencias. Jacqueline entra al trapo. Su profundo acento inglés (de Liverpool) entona el rico vocabulario con el que se expresa. Me revela que vive aquí por amor, se casó hace 30 años y fue madre de su único hijo, pero en realidad lo que me quiere contar es que es sensible a la escritura. Le encanta hacerse amiga de escritores. Cada vez que alguno llega a la zona establece un vínculo con ellos, por ejemplo, la señora canadiense que hoy reside en Mora de Ebro.

          –  “Escribió sobre una aventura que le supuso a ella salvar la vida de un niño en El Salvador. Su vida estaba en peligro porque había visto cómo mataban a sus padres. Hoy la señora tiene 80 años”.

          Otro de los casos que recuerda es el “del anciano de la Enciclopedia Británica”. Este jubilado está escribiendo un libro sobre su paso como brigadista por esta zona.

          –  “Luego le enviaron preso a un campo de concentración alemán”.

          Ahora yo formo parte de su lista. Me pide el título de este libro y repentizo:

         –  “De perdidos al río ¿Qué te parece?”

          – “!Es verdad!, yo era una jovencita muy perdida y aquí, junto al Ebro, encontré mi sitio; ya ves, tan lejos de Liverpool”.

La carretera, el Ebro y yo compartimos orilla

          Las dos Moras, la Nueva (en donde se ubica el restaurante de carretera) y la del Ebro están pegadas, su costura empieza a la altura de “Purina Gallina Blanca”, frente a Cepsa, y termina en el puente que lleva a la otra orilla. En una de las laderas, un cartel bien alto anuncia “Mora de l’Ebre” estilo Hollywood, sin complejos. Las casas tienen aspecto “marinero” y a sus pies los habitantes de Mora señalan con una flecha (en pintura, grabada en azulejos e labrada en placas de mármol) la altura a la que llego el nivel de agua en diferentes desbordamientos. Hago cálculos. Si miden casi 2,50 m. de altura y ya se encuentran a más de 4 m. sobre el nivel del río actual, el Ebro se debió de poner en pie como una ola gigante en pleno temporal. Quizás ejercitara su fuerza antes de rendirse al mar.

          Cruzo de nuevo el puente. No sé por qué pero prefiero continuar por la izquierda del Ebro. El recorrido es de lo más variado: varias propiedades privadas avisan con carteles que está prohibido el paso; la playa de cantos rodados que originó la construcción de un segundo puente, más funcional, que también lleva a Mora de Ebro; una chopera como hacía tiempo que no veía… y esta gran casona a medio rehabilitar, cuyo jardín me dejan atravesar sus inquilinos con tal de que vuelva a mi supuesto “redil”, la carretera. La certeza de que pronto llegarán las despedidas me ablanda el ánimo. El río también sortea escollos en sus últimos 90 kilómetros hacia el mar.

          A dos kilómetros de Ginesta, a la altura de Benissanet, encuentro un lugar atractivo y allí me instalo. No es precisamente agreste, al contrario, la carretera lame el recinto, que se abre tras una verja; una especie de tubería, a modo de puente de metal, une las dos orillas desde lo alto; los perales se enfilan en orden casi militar enredados en postes también metálicos y el río ladea un dique de piedras… pero el escondrijo me da la certeza de nido entre las zarzas, un hueco que me abre la tierra al borde del Ebro, a la altura de las laderas de la “Sierra de la Creu”.

          Las estrellas titilan potentes al pie de la Cruz. De golpe el cielo estalla en colores, son fuegos artificiales, vienen de Mora. Bajo su resplandor leo en el cuaderno “Aquí reside el ángel caído” y pienso quién de los dos se está desmoronando, si el Ebro o yo.

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