Herr Siluro

Por fin he puesto cara a la chica de anoche. La escuché gemir, susurrar, seguí sus ritmos. Y a él, pura acción silente. Un cigarrillo. Unas risas. Escapada al cuarto de baño. De nuevo el arrebato y ellos, otra vez, enganchados. Ella va vestida de montañera, como su amante. Tiene el pelo rojo y rizado. Los dos son menuditos. Me sorprende, se les oía tan fuertes… Durmieron poco. Yo también. La diferencia entre ellos y yo es que me he levantado con el corazón encogido. Van en canoa. Quieren saber el perímetro de Mequinenza. Se lo digo. La noche avanzaba y no podía quedarme en silencio ante sus rumores, encendí el televisor. Me tragué una película entera, una comedia de amor entre ancianos. Aproveché uno de los descansos de la fiebre sexual vecina para caer dormida, pero horas después a los tres nos despertó el deseo.

          Llego antes a la cita. Me preparo. Durante unas horas cambiaré de velocidad, ya no transcurrirá el camino al ritmo orgánico del pie y los latidos del corazón, de mi pulmón tomando aire o la sudoración de mis glándulas; atravesaré el embalse de Riba-Roja a la velocidad que marque la lancha, una línea recta y constante. A cambio, es la primera vez que recorro el Ebro por donde pasa el agua. No camino junto al río, estoy en él. Preparo mis ojos, mi piel, mi olfato, todos mis sentidos, hasta el sexto. Ayer la altura me estampó una pregunta en la frente, hoy no sé a dónde me llevará el agua.

En las grupa del Ebro

          La espera da para mucho, me entretengo en los piragüistas que madrugan para lanzarse al embalse (más tarde me enteraré que Mequinenza cuenta con un club de regatas con renombre nacional) y prometo que regresaré para recorrer la zona en canoa. Creía que viajaría con Ramón pero quien llega es David, más joven que él, risueño. Tras el intercambio de nombres, llegan las explicaciones. Iniciar una conversación con un viajero es fácil. Si el viajero no quiere comunicarse, simplemente genera interés y a partir de ahí los demás cuentan. Me aprovecho de esta ventaja, pues no me salen del cuerpo más que palabras contadas, y doy respuestas breves e intencionadas; a la última, mi barquero añade que un grupo de turistas (más o menos seis pasajeros) le pidieron hace diez días que les llevara en lancha hasta La Herradura porque querían bajar andando parte de la Sierra de los Rincones (hay tramos que se pueden hacer entrando por las calas). El recorrido les habrá parecido espectacular.

         Le pido que no vaya muy deprisa pues necesito señalar en el mapa mis observaciones y es así como jugamos, sin decirlo, a los exploradores. Nada más salir del embarcadero y en el camino de la derecha (de pescadores) se encuentra una mina cerrada, imagino que será de lignito. Ayer supe que durante muchos años, los llauts surcaron las aguas del Ebro transportando lignito. A mediados del pasado siglo llegaron a contabilizarse hasta 80 de esta embarcaciones. El único que se conserva es precisamente ese que durante años fue una de las joyas del Museo del Ebro del Monasterio de Rueda. El trayecto que hacían los llauts comenzaba en las viejas minas de Mequinenza y terminaba en la estación de RENFE en Fayón. Desde allí, el lignito se repartía a todo el país.

La impronta de los alemanes

          David me explica que el meandro más pequeño del embalse de Riba-Roja traza el límite entre Zaragoza y Lérida y que al final de este embalse entra en Tarragona. El Ebro se cuela en la lancha hasta ser tres. Le observo: no logra fabricar playas con sus sedimentos, ni arrancar calas a las montañas, porque no tiene fuerza, porque es demasiado profundo. El Ebro deja que en él beban las garzas. Mi barquero insiste en que las orillas del embalse de Riba-Roja están puntualmente colonizadas por comunidades de alemanes hasta el punto que los dos únicos camping que se asoman al río son de uso exclusivamente germano. Según él, lo han conseguido a fuerza de poner problemas a los españoles que solicitan una plaza. Las dos casas que se pegan al embalse, ya cerca de la presa, son ilegales y sus dueños también son alemanes.

          –  “Pero nadie ha conseguido echarles de allí, a pasar de las protestas”.

       Parece que los alemanes lo ocuparan todo, por tierra, por agua y con total impunidad. Éste es un rincón perdido de Europa, no hay costa cerca, no hay unas infraestructuras hoteleras de primera categoría, en cambio vienen, repiten, se instalan, compran tierras, abren negocios. La razón está en un pez que ellos mismos trajeron de Alemania: el siluro. El perfil del pescador forofo sería el de un alemán que se hace al río en compañía de otra persona y es capaz de esperar con la caña echada durante 24 horas. Las autoridades, que conocen su compulsión desmedida, han puesto un límite legal: las embarcaciones han de retirarse a las doce de la noche, pero la mayoría de ellos no lo hacen. Dispuestos a todo, a ser ilegales, a emular a los filibusteros, a los cazadores de focas o a los kamikazes, se saltan las leyes y siguen buscando, con premeditación y nocturnidad. Viven atrapados por una idea: alcanzar la pieza más grande, pescar una que haga temblar a sus colegas, junto a la que fotografiarse y luego lucir en una estantería. Dice David que él ha visto uno de 50 kilos. Hasta tal punto que utilizan radares para localizar a sus presas.

          – “Cuando la ven en el sónar echan la caña y se quedan a dormir en sus barcos hasta que pica. El acceso por tierra es difícil para los vigilantes así que les burlan. Además, los hay que disfrutan saliendo sin el ticket de pesca; adoran cometer todo tipo de infracciones. Navegar sin permiso alguno, acercarse a la orilla peligrosamente con embarcaciones que no son ninguna broma, romper el flotador, pescar con auténticos palangres.. Bueno, ahí les ves, no parece que las autoridades les pongan mucho freno”.

          Le pregunto por el siluro y resulta que el animal también es compulsivo.

      – “Son unos glotones insaciables de carroña, de peces y hasta de aves. Al diseccionarlos se han llegado a hallar cadáveres de pollas de agua en el interior de sus estómagos. Se dice que los introdujeron en los años sesenta pescadores deportivos alemanes para conseguir pescas más numerosas”

          – “Y al final el cebo se comió a la presa”.

          – “Encima ni sabe bien”.

          – “No me extraña, con el estado actual del río, no lo veo muy aconsejable”.

          – “La carne de los peces sabe a lo que ellos comen”.

La granja de cerdos de Roldán

          Frente a nosotros se esboza la punta del campanario de Fayón. El embalse inundó medio pueblo y ahí está el vértice contestatario de la torre, denunciando la invasión de agua. Recuerdo que las campanas pesan más cuando suenan debido a la resonancia y pregunto a David si cuando baja el nivel del agua las campanas asoman la cabeza pero resulta que el embalse de Riba-Roja siempre tiene la misma altura, a diferencia del de Mequinenza. Concluyo que quizás por eso resulte tan difícil que se creen playas pues no hay bailes de sedimentos. David añade que ahora el pueblo se asoma al río Matarraña, que desemboca en el embalse. Lo que veo es la boca del afluente comida por el embalse y pienso en la chica del pelo colorado y su novio.

          Observo con detenimiento el mapa y compruebo que Fayón sigue teniendo ferrocarril. Probablemente la ruta de los llauts tomara en cuenta esta parada. Ahora está el embalse y no están los llauts, ni el lignito, ni la torre de la iglesia…En una y otra orilla voy sumando reliquias arquitectónicas. La que más sitio ocupa es la cementera abandonada, que moja sus pies en el margen izquierdo del embalse. Según mi anfitrión sirvió para construir el de Riba-Roja y quizá el de Mequinenza. No sabe decirme más. En mi mapa se da fe de su existencia pero tampoco yo sé alcanzar más conclusiones.

          David escudriña una y otra vez su memoria con generosidad, regala datos sueltos. Por ejemplo, en el interior de la Magdalena, frente a la ermita, Luis Roldán tenía granjas de cerdos. Vuelvo atrás. Intento recordar las señales de ese negocio. Imagino dónde podría estar la cochiquera del ex director de la Guardia Civil presuntamente implicado en los GAL y en tanto juego sucio.

Mary Juana es un llaut

          La lancha me deja a la altura de uno de los camping de alemanes. Recupero los pies con desgana y aún así aprieto el paso, para impedir que se queden dormidos. No pararé hasta alcanzar el embarcadero. Estoy dispuesta a beberme toda el agua de la mochila, para aligerar peso, para celebrarlo, para saturar la sed, para inundar mis ganas. Pongo los pies en alto. Leo “Mary Juana” en los lomos del llaut que reina en la orilla. Me monto el chiringuito a su lado. Canto. En esas estoy cuando me encuentro con Josep, un catalán afincado en Barcelona y con familia en el pueblo. Viene a regar el césped del club náutico, es decir, que estoy acampando en sus instalaciones. Pido excusas y recojo mis pocos bienes, pero lejos de increparme Josep me cuenta que él también quiere bajar hasta la desembocadura, del pueblo hasta el Mediterráneo en piragua. Su cordialidad es contagiosa y en pocos minutos estoy en su coche, dándole detalles de mi viaje, mientras insiste en proporcionarme la reseña de un libro (“En barca por el Ebro”) que probablemente me pueda inspirar.

          Me colma de explicaciones, tantas, que abro mi cuaderno y tomo apuntes, en una improvisada y peculiar rueda de prensa. Me cuenta que Mary Juana fue durante años el único medio de transporte desde Flix. Se movía con cuerdas de metal (sirga), con las que se tiraba a pulso desde tierra para empujar la barca. Lo hacían varias personas. Por eso, el camino frente al pueblo se llama “camí de sirga” y lleva hasta Flix a través de un parque natural. También me indica que en este meandro hay cuatro islas, tres son oficiales y la cuarta la descubrió él el año pasado y ya tiene un árbol.

Cómo se hace un museo del pueblo

          Le esperan su mujer y otras parejas en un bar vecino. En un instante me encuentro compartiendo un tinto de verano con el grupo. La conversación es animada y eso provoca que se tercien raciones, más cañas… y tiempo. Han habilitado una casa para reconstruir el ambiente de su infancia, tal y como los habitantes del lugar recordaban su hogar y sus costumbres. La dueña de la vivienda no reside en el pueblo y la inquilina, que se llama Isabel, se ha convertido en la directora del proyecto por el hecho de ceder parte de la vivienda. Cada uno de los amigos ha hecho un esfuerzo, se ha implicado, y el resultado es un pequeño y coqueto museo etnológico que me enseñarán al final de nuestro tapeo.

          Antes de verlo me explican que Isabel ha reservado el primer piso como vivienda y el resto lo ha restaurado ella misma. En las habitaciones han colocado el material que han recaudado durante años entre las gentes de la zona: trillo, cocinas, camas, objetos de la vida cotidiana del s. XX, jarras para ahumar las colmenas (y así hacer huir a las abejas), cajitas de metal donde los niños llevaban las piedras para calentar las manos, telares, herramientas de carpintero, de ganadero, pesas, cestas de mimbre, un ventilador de madera a pedales y una bañera de metal con forma de sillón.

          La información se trufa de comentarios sobre las pequeñas sorpresas de la jornada. Uno de los comensales es amigo de Josep desde muy jóvenes. Cuando tenían 17, es decir, en la década de los 70,  hicieron el Camino de Santiago.

          –  “En plan hippy”.

          Y Josep me guiña el ojo. Ahora entiendo su empatía. Le atrae mi forma de andar, el hecho que lo haga sola. Al despedirnos (es el primero en regresar a casa) me invita a bajar el Ebro desde Riba-Roja en piragua.

          –  “Serán tres días, en septiembre”

          – “Ya veremos, ¿por qué no?”.

Todo empezó con unas fotos antiguas

          Me quedo con su mujer, que se ofrece a mostrarme el museo antes de mi partida. Mientras veo con mis propios ojos los objetos de los que me hablaron en el bar, explica cómo empezó todo:

          Un año, las mujeres del grupo decidieron organizar una exposición de fotos antiguas. Querían recuperar la memoria de Riba-Roja, cuando éste era un pueblo de pescadores (tal y como denuncian sus construcciones) y lo consiguieron. Copiaron aquellas en las que salía más favorecido el pueblo y las regalaron. La iniciativa tuvo tanto éxito que decidieron pasar a restaurar objetos. Por las noches, a la fresca, en las reuniones con la silla en la calle, fueron restaurando las piezas que los habitantes de Riba Roja les hacían llegar. Una vez recuperadas, las mujeres habilitaron esa parte de la vivienda de Isabel y crearon, casi sin darse cuenta, un museo etnológico. La última adquisición fue esa silla de barbero que domina una de las estancias y por la que paso la mano con emoción. Manos educadas para dar cobijo y alimento, sin más pretensiones que recuperar sus días felices, crearon este lugar, que llaman museo etnológico por darle un sitio administrativo al impulso pero es más, mucho más que eso.

          Al terminar no dejarán que atraviese el pueblo bajo el sol y Josep volverá a subirme en su coche para acercarme al otro lado del puente, hasta la boca de la pecuaria más cercana, para que continúe bien encauzada hacia el parque natural.

          Poco a poco, y sin calcular bien las distancias, me voy adentrando en la reserva natural del pantano de Flix. Se trata de un cerradísimo meandro que el Ebro hace rodeando el pueblo de mismo nombre, que queda en la orilla de enfrente. Josep me ha dicho que en esta zona estaba situada una de las industrias químicas más contaminantes de Cataluña pero que desde 1995 la zona es una reserva natural de fauna salvaje. Me fijo en las tres islas de las que me habló. Las paso sin tropezarme con la cuarta, la del árbol. Me la había imaginado como el pequeño planeta de El Principito, rosa incluida.

Por el corazón de un parque pretérito

          No reconoceré el entorno por el que paso hasta alcanzar el caserío desde el que tomo notas. Se trata del “Mas del Director”, es decir, la vivienda del responsable de la empresa química que estuvo instalada en Flix a principios del siglo XX. El edificio era la segunda residencia del director y se restauró entre 1996 y 1999 tras donarlo al Ayuntamiento el propietario, Ramón Escriche. El lugar por el que he caminado se llama desde los años 90 “Reserva Natural de Sebes” y es en su centro de información donde tomo notas. Sin saberlo, el camino que he dejado a mi espalda es lugar de residencia de más de 350 especies diferentes, entre ellos el freixe. Existen 200 especies de animales, la mayoría son ocells. La más emblemática de la reserva es l’arpella, en peligro de extinción. Cualquiera de esos nombres carece de sentido para mí. Aún así, continúo con mis notas:

          “El extenso carrizal alcanza anchuras de hasta 300 metros junto a la Vall de Sant Joan y el bosque de rivera se puede atravesar hacia una isla por un paseo de madera”. Lo hice, sin saber de qué se trataba, algo mosca por verme obligada a pasar por un parque temático con sus pasillos, sus bodoques, sus estanterías y sus piezas de museo.

          “Fauna: Aguila pescadora; culebra de agua; zampullín común; oropéndola; carricero común; polla de agua; martín pescador; ánade real; aguilucho lagunero; lagartija colirroja; galápago leproso; cigüeña común, garza imperial”. Reviso los dibujos, como si asistiera a una gira de reconocimiento en busca del asesino. Ninguno me suena. Probablemente ninguno cometiera el delito.

          “Flora: lirios amarillos, carrizo común, junco, taray”. A los lirios llego, el junco lo conocía, el taray me suena más a un insulto cheli…Ahora caigo en la incomodidad que pese a todo me atora los sentidos: un parque de este tipo es como un Zoo botánico, naturaleza enjaulada en cárceles invisibles, ordenada según las explicaciones, encauzada por construcciones que aparentemente facilitan el acceso, una forma que tienen de tapar las heridas provocadas por años de existencia de una empresa altamente contaminante.

La punta de la torre de la central

          Por lo que respecta a la laguna creada por sedimentos, para mí ha sido una gran charca verde en la que me han acribillado los mosquitos. Por lo que veo, una reserva natural pierde todo su glamour si no se presenta antes. Es el claro ejemplo de que la palabra se ha apropiado del objeto. Por eso, cuando salgo de la reserva natural y un cartel me explica que el siguiente es el Meandro de Flix, voy preparada para el evento.

          Gracias a las explicaciones que se ofrecen en la “Mas del Director”, antes de llegar a él ya sé que mide 204 hectáreas, que está situado aguas abajo de la presa y que podré seguir cómodamente sus 5 kilómetros si tomo en cuenta las explicaciones. Por supuesto, no las sigo, lo que hace que multiplique por dos mi recorrido. Lo único positivo es que he alcanzado una panorámica que me ha permitido ver el impresionante tubo blanco de la central de Ascó. Pegada al río, su torre compite en tamaño con los montes de alrededor. La imagen me resulta tan inquietante que decido acabar la jornada antes de toparme con sus instalaciones y me hago un hueco entre los árboles que crecen frente a Flix. Un par de aves negras y pequeñas vienen a picar de las frutas, un par de conejos se cruzan delante de mí. A ninguno les molesta mi presencia.

          Anochece. En la otra orilla la carretera convoca faros de coches, blancos y rojos, el tren cruza… Parece que aquello fuera la costa y yo estuviera fondeada en el mar, en medio de una bahía, estoy fuera del alcance de aquel ruido, sólo escucho el rumor del río y los insectos que habitan entre estos frutales plantados en serie. Soy consciente de los pesticidas y demás baños químicos y sitúo el saco en las zonas más próximas al agua, fantaseando que con la humedad y la brisa los fertilizantes dejarán menos huella.

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