Hacerse río


Hago un descanso para mis pies a la altura del km 306. Ya queda poco para Mequinenza. Contra todo pronóstico (ayer nos metimos en el saco unas 30 moscas y yo) he dormido espantar bichos. Me he abandonado completamente.

          La “Sierra de los rincones” está llena de escondrijos de difícil acceso y naturaleza bestial; los sigo con el dedo sobre el papel. Nada parece tener sentido para quien quiera avanzar fluidamente hacia el mar, unas veces los senderos mueren en un punto cualquiera, en mitad del monte, otras me alejan de la orilla, sólo un par de ellos se asoman al borde el Ebro. Recorrer la sierra a pie resulta atractivo para quienes deambulen por el paisaje, pero nada práctico para los que quieran avanzar como los ríos. Siento la contención del agua embalsamada, más hecha para desbordarse que para avanzar. Del mismo modo, podría intrincarme en uno de estos laberintos por los que se ve forzada el agua mientras busca su natural salida. No, no voy a seguir estos pasos, yo soy menos inmensa que el Ebro, si lamiera los bordes del embalse podría permanecer en este lugar durante mucho tiempo, estancada. No, no lo haré, se me indignan todas las gotas que llevo dentro. No, encontraré mi propio camino en nombre de los dos, Ebro y yo. Haré mi propia riada, ocupando otros espacios, los no consentidos.

          El resultado es un trayecto que va del agua al asfalto y de allí de nuevo al Ebro embalsamado. Lo curioso es que mi emoción va por su lado: Cada vez que un sendero asoma a la carretera y promete un rincón en el interior de la sierra, se me agría el carácter. Y al revés, en cada tramo que abandono junto al Ebro me comprometo a que volveré aquí con Rafa y que desde el agua escalaremos las paredes. La costa de la Sierra de los Rincones es impenetrable para mis pies pero mi corazón hoy no se anda con contemplaciones..

          Me encuentro por última vez con el asfalto en el kilómetro 299. Allí se anuncia que existe un pueblo, a 6 km. Han borrado el nombre de la placa de tal manera que se hace ininteligible. ¿Yesca?. El mapa tampoco lo reconoce. No lo tomo. Cortaré la sierra por donde me venga en gana. Debería asumir mi condición fluvial antes de que alcance el Mediterráneo. Tengo que llegar al mar haciendo posibles mis caminos, como lo hacen los verdaderos ríos. Frente al embalse, que impide al Ebro su ruta original, yo buscaré mi propio recorrido.

La carretera es un flotador   

          Por primera vez en este viaje llevo la pena enganchada al corazón. ¿Será que por primera vez el Ebro y yo tomamos caminos diferentes para llegar al mismo punto? ¿Será que adivino el final? ¿Por qué, si experimento mi condición fluvial, no logro la alegría de los torrentes? O quizá porque compruebo que necesito aún la ruta del Ebro, que sigo sin saber manejar la mía. Necesito ir pegada a él. Más de 700 kilómetros juntos y aún no me siento preparada para ser río.

          Le observo ahora, desde lo alto, y se me humedecen los ojos. Es más sencillo, puramente humano: Intuyo el mar, el desprendimiento, la despedida. El brillante reflejo azul del agua que me atrapó el primer día hoy contrasta con la oscura estepa sin apenas vegetación. Seguirle es difícil. Está abajo, muy abajo. No sé si es el Ebro el que me abandona o es la tierra la que impone o es el embalse el que fuerza. Hoy experimento mi propia condición de río y no quiero nadar sola. Así de humana soy. Me ato a la vega en los últimos kilómetros y compruebo desde allí que la carretera es una especie de “flotador” para mi ánimo y mis pies, pues permite caminar al lado del Ebro, sin retorcer mi cuerpo. El camino facilita mis íntimos consensos. En el peor de los casos, no pierdo el contacto visual, y eso ahuyenta mi malestar.

          Mequinenza se va anunciando poco a poco. Primero fueron los coches equipados con bicicletas de montaña y barquichuelas o piraguas, todas ellas provenían del otro extremo de la carretera, en sentido contrario al mío. Después llegaron las construcciones junto al embalse, como el pequeño embarcadero, capaz de acoger tan sólo a cuatro barquitas (a la quinta no le queda más remedio que fondear en medio de esta boca). Ya cerca de la presa y la central eléctrica, una rampa de uso público permite al dueño de una barca a motor cargarla en su coche.

           Cruzo el puente y bordeo una zona del pueblo abandonada. Sus paredes ocres besan los pies de una larga pared también ocre, sobre la que se levanta un castillo que desde este lado muestra toda la majestuosidad de una atalaya. Apuro con lentitud una curva cerrada y ante mí aparece la moderna Mequinenza. Bordean el embalse pequeñas casetas con aire marinero, aperos de pescadores, instalaciones de deportes náuticos, un ambiente que estoy acostumbrada a encontrar junto el mar y no en los ríos. La siesta asola las calles. Mequinenza a estas horas parece muerta, un escenario de cartón piedra dispuesto para un rodaje, un pueblo abandonado por una catástrofe química, quizás el sol derritió a los hombres y el agua deshizo a las mujeres…

La identidad lingüística se hace un sitio

          Dicen que a Mequinenza le lamen tres ríos y quiero ver el punto en el que se encuentran, pero enseguida me doy cuenta que el Cinca llega a Mequinenza ya unido al Segre, de modo que aquí se unen realmente dos, este último y el Ebro. Si a mí uno me atrapa el espíritu y el cuerpo, ¿Cómo afectará vivir en el vértice de tres?. El lugar se conoce como “Aiguabarreig” (mezcla de aguas). ¿No es catalán?. Sé que estoy en terreno aragonés y que Cataluña queda a un tiro de piedra, pero por un momento…

          A los cinco minutos una señora del pueblo me comenta que en Mequinenza se habla el catalán.

          –  “Y antes más que ahora. ¿Eres de Zaragoza?”

          Cuando le contesto que no, sonríe.

          – “Ah, porque a los de Zaragoza les molesta mucho esto”

          Hasta los carteles anunciando el castillo o el molino de aceite están en catalán. Los que lo hicieron en castellano fueron modificados a mano, con la connivencia del Ayuntamiento, que no ha procedido a enmendar los tachones. De este modo, por ejemplo, Fayón pasa a ser Faió, según las correcciones. En el mapa que regalan en el Ayuntamiento, los anunciantes ofrecen sus productos en catalán, alemán y castellano, en ese riguroso orden.

          Me empeño en subir al “castell”, que se levanta al final de una cuesta casi vertical y con cerradas curvas que todos suben en coche menos dos, un corredor de fondo y yo. Tras 15 minutos de ascenso y bajo un calor que sofoca al menor esfuerzo, me encuentro con que las instalaciones están cerradas: los pocos coches que han subido se han quedado en las casitas de los aledaños. Una pareja joven aún permanece en el suyo, son todo brazos y piernas. El corredor me sonríe, cómplice, en su camino de regreso y yo, sin saber qué hacer, me asomo al acantilado por un hueco que han hecho los mirones en la muralla.

Llega la hora del reconocimiento

             Mientras me acerco al cortado embriago el olfato, paseo los ojos por la luz, amago al horizonte, intento distinguir graznidos… saboreo el encuentro con la belleza, lo retardo, y cuando ya afloran las ganas de sorprenderme por una nueva perspectiva del Ebro, me asomo.

         Lo que no me esperaba era que las vistas me dejaran fría. He intentado estremecerme, pero no he encontrado resquicio de emoción alguna. Me sorprende que ahora no sea capaz de alcanzar el placer estético, lo único que soy capaz de afirmar es que allí no encuentro nada que no haya visto ya abajo. Entonces, ¿Qué necesidad tengo de estar arriba?. De golpe entiendo que cuando alguien ha andado su propia vida no necesita ocupar ningún lugar, ya tiene su espacio, para siempre, y entonces sí, entonces lloro desconsoladamente: por las negaciones recibidas, que entendí como desposesión; por el amor vislumbrado que no fue y confundí con el abandono, por los proyectos intuidos que se quedaron en el aire y creí que fueron fracasos, por los caminos que no pude transitar convencida que me eran negados… porque mientras tanto perdí la conciencia de estar andando mi propio recorrido. Pierdo la mirada en el embalse y prometo no dejar, nunca, de caminar mi historia, la única manera de ser.

          Con el pellizco en el corazón pero ya sin lágrimas en los ojos, regreso al pueblo resuelta a que el embalse de Riba-Roja no sea un problema en las próximas jornadas. Me acerco a una tienda de útiles para pesca y alquiler de barcos y pregunto al dueño (Ramón) si podría acercarme en barca hacia un punto concreto del embalse. El local está atestado de pescadores, en su mayoría alemanes atraídos por el siluro y el Black Bass (ambos introducidos en los 60). Ramón y yo empezamos el regateo mientras él cierra otros negocios. El precio es muy elevado, pero al final convenimos que mañana, a las 9,30 pasará a recogerme en el malecón del puerto. Estoy encantada con la idea: recorrer el embalse por su interior no me separará del Ebro y además aún estoy a tiempo de elegir el punto preciso en el que vuelva a poner el pie en la vega.

La pareja vecina y su noche gozosa

          La luna llena se adueña del cielo. En la tele emiten un bolero, “Nosotros”. Subo a mi habitación con dos vinos blancos en el cuerpo, embriagada además por el aire dulzón que desprende el pasillo del hostal, sus paredes parecen transpirar. No es perfume, es un extraño aroma. Asciendo lentamente y presto atención al mural que domina la primera planta. Se trata de una fotografía en blanco y negro, que muestra cómo era Mequinenza antes de la construcción del embalse. Reviso la anatomía de la ciudad, que está casi irreconocible. El antiguo casco, que ha desaparecido, iba del puente que crucé esta mañana a la esquina que hoy es erial y ruinas. El nivel del Ebro es ahora más alto, pero antes tenía aún más aire marinero gracias a los diques que le encauzaban por el margen izquierdo para controlar sus crecidas. La vida de Mequinenza debió cambiar radicalmente a partir de la construcción del embalse tanto como si hubiera pasado una segunda guerra privada (la primera fue la “Batalla del Ebro”).

          Me digo: “Donde hubo ya no hay”. Esta frase crece nada más entrar en mi habitación. Por las risas de la habitación vecina, la noche promete ser intensa. A la una y media de la madrugada me despiertan sus gemidos de forma definitiva. Ella goza, goza, goza, goza. A él, en cambio, no se le oye ni un suspiro. Los susurros de la hembra se cuelan en mi duermevela hasta no saber si son míos o suyos, mientras el hombre permanece como incógnita.

           En la habitación de al lado un río se desborda. Hay días realmente interminables.

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