Diálogos mudos

Por un pequeño mapa hecho a mano alzada por los propietarios del camping sé que, al salir del mismo, a mano izquierda, me encontraré con un pequeño refugio, lugar de cobijo en la época en que están cerradas las instalaciones (de diciembre a febrero) y que a partir de ahí el camino me llevará a las playas. Recojo mi petate con prisas para dar esquinazo al sueño.

          Arrancar de una manera tan concreta me alivia. Me fío más de este trazado a lápiz que de mi preciso plano cartográfico, por una sencilla razón, el dibujo marca un destino concreto, las playas más cercanas, mientras que en el mapa soy yo la que tiene que darle sentido a las líneas.

          El alivio se transforma en desapego al alcanzar la primera de una serie de playas que no consiguen igualar en belleza a las de ayer; sus rocas no se trufan con los limos finos ni con los pastos. Ay, siempre dejándome alcanzar por las expectativas… Me las sacudo y sigo caminando, cosiendo las orillas  a través de veredas que, por supuesto, no aparecen en mi mapa. De vez en cuando me salto alguna. sobre todo para dar esquinazo a la compulsión, a la rigidez… !Qué difícil me resulta aún fluir, avanzar de forma líquida hacia el mar!. Opto por el camino ignoto que rodea la costa, en alto y entre pinos y que desemboca en esa casona que promete el plano.

          Avanzo cada vez más lentamente. Creo que se debe a que no tengo que llegar a ningún lugar preciso antes del anochecer. Esto me provoca una sensación de libertad especial, como si dispusiera de una jornada de 48 horas sólo para mí. Caigo en la cuenta de la trampa constante: Los relojes hicieron del tiempo un destino. Cuántas geografías invisibles. Sé que en coche, haciendo dedo, esas 48 horas se convertirían en 20 minutos. El tiempo es una distancia. Por otro lado, podría acabar con el viaje en cualquier momento y las 48 horas nunca llegarían a ser… Mientras tanto, ando en, junto, para y por el Ebro, ese es mi deseo y mi opción. Hago del río mi reloj, cada hora y minuto que pasa cruzo muchos mundos, dentro y fuera, detrás y hacia delante, nuevos y repetidos, hasta que el concepto del tiempo estalla y las prisas, por fin, desaparecen.

Una orilla llena de calas

          La casona, de ladrillo, podría ser un buen refugio en invierno. A su vera nace un camino que lleva al embalse y desde ahí se pueden “visitar” las calas que antes he visto desde arriba. Es un paraje bello, solitario y entre pinos. El embalse arranca al río su capacidad guerrera. Aquí la corriente no endulza valles porque el hombre tampoco ha creado vínculos con el río. El embalse deja huella y borra, y sobre todo, enmudece las orillas e impone riscos artificiales. El agua lame laderas que nunca se trabajó, no hay caminos ni forma de improvisar encuentros con el Ebro, de modo que me asomo a él en un zigzag, voy del camino carretero a los lugares mágicos que arranco al paisaje.

          Se nota que el embalse ha sido “adecentado” con algún fin turístico o empresarial. La carretera acaba de ser asfaltada, como si esperara visitas. Hay un momento en que se divide en dos. En este cruce el gobierno de Aragón avisa que está prohibido hacer fuego. Tomo el de mi izquierda, que por lógica va más pegado al embalse y que, además, es el menos “acicalado”. Me lleva a los alrededores de una casa en ruinas, de ahí sale otro que lleva a zona de playas… poco a poco el trazado se va abandonando. Mis pies eligen por intuición los senderos más rebeldes.

          Ayer uno de los clientes del camping me pasó información sobre la ermita de la Magdalena, excursión que aquel día acababan de hacer, mezclando coche y barca. No la leí entonces y no la leo ahora. Me han descrito tan profusamente la isla en la que se ubica, que simplemente espero a encontrarme ella y, ante su presencia, imbuirme en la historia que narran estos papeles.

Pierdo de vista el río

          El embalse queda cada vez más abajo, las pendientes son más imposibles. No voy equipada para escalar. Pierdo de vista el agua en numerosas ocasiones, de modo que, cuando aparece tras una curva me entretengo durante unos minutos. Le observo. No veo un río sino aguas muertas. Los embalses impiden las crecidas periódicas necesarias para respetar los ciclos de la naturaleza. Con la construcción del embalse de Mequinenza se rompió el milenario flujo de materiales sólidos. Veo con mis propios ojos hasta qué punto las aguas estancadas acaban con la función erosiva del Ebro y la llevan hasta las últimas consecuencias. Los embalses se aterran con los sedimentos que antes llegaban al mar y son como salinas (concentran las sales del agua por evaporación). Así es como el Ebro, en vez de nutrir, puede llegar a matar.

          A medida que avanza hacia su desembocadura, el río se va pareciendo a la imagen que le han inventado los que defienden su trasvase: un simple canal de agua que “se pierde en el mar”. El mar… Los nutrientes, vitales para multitud de especies no llegan a su destino. El agua, cuando está viva, permite el alevinaje de muchas especies en las desembocaduras, que luego se reparten por las plataformas costeras. Hace días que no transito por meandros, curvas naturales labradas durante milenios por el río. Ahora estos requiebros son imposiciones de la tierra al agua amansada y, por tanto, tan artificiales como una autopista. Más que meandros, encuentro tierra cortada abruptamente, anegación.

          Me acerco al “Mas de la Punta”. En los bordes de este Ebro encarcelado han creado un verdor artificial, repoblando la tierra abrumada con pinos que nunca fueron autóctonos. Algún visitante hizo mesa y sillitas en uno de los claros del camino, con piedras. Varios carteles anuncian el “Mas”; cuando acaban las flechas, aparece un edificio en ruinas en cuya esquina mejor conservada han levantado un refugio.

La ermita de la isla Magdalena

          Intento dar sentido a lo que voy encontrando por el camino, a esa caseta con la que topo, al sendero hecho por ruedas de tractor que lleva a una cala demasiado alta como para ser embarcadero…Todo obedece a un plan que aún no está desarrollado, un negocio que no consigo descifrar: ¿un parque temático? ¿una futura urbanización de lujo? ¿una explotación hotelera? ¿una granja a espaldas de Hacienda?.

          Por fin me cuelo en un rincón asombrado en esta cala imposible desde el que puedo observar con bastante claridad la isla “Magdalena” y la ermita que convoca el embalse sobre un pequeño y empinado montículo en el que el hombre ha aprovechado los cortados de la naturaleza para levantar este edificio mágico. De lejos la ermita parece un castillo salido de un cuento de hadas.

          Se salvó de quedar inundada por las aguas del embalse y ahora, desligada de fieles y romerías, va deteriorándose hasta convertirse en un espectro. Su historia duerme bajo las aguas. Durante siglos, el cuidado del recinto estuvo a cargo de dos ermitaños que nunca cerraban sus puertas. Al pie del monte  había una casa llamada “La venta de la Magdalena”. Era lugar de parada y reposo para los barqueros de paso regular por el Ebro, pues la ermita estaba situada a unos 20 kilómetros (por tierra) de Caspe, es decir, a cinco horas de camino en carro por un trazado malo y en ocasiones difícil (hasta que se construyó la presa había que cruzar el río en un pontón). Pero para los viajeros, la ermita poseía un papel estratégico para el comercio de cereal, lanas, cueros y sal, entre otros, con Zaragoza pues servía de faro a sus barcas ligeras, “de poco calado y a vela”, que usaban como transporte. Además actuaba como torre-vigía, una más de las numerosas presentes en el curso del Ebro.

          Observo de nuevo la isla, ahí, dibujada en medio del embalse. Seguro que cada visitante despierta un retazo de su memoria y le devuelve parte de su identidad perdida. Hasta aquí llega su ligero ronquido. La observo y entiendo hasta qué punto las consecuencias de la construcción del embalse de Mequinenza fueron irreversibles. Más de 3000 personas fueron obligadas a abandonar sus casas en Mequinenza y Fayón; se rompió la navegabilidad del Ebro; se quebró del flujo de materiales sólidos hacia el mar, se abrió la crisis de sostenibilidad del Delta y la falta de arenas en las playas mediterráneas a lo largo de cientos de kilómetros de litoral; se rompió la continuidad del hábitat fluvial, acabando con especies tradicionales en el Ebro tan emblemáticas como el esturión o la anguila; se generaron importantes impactos sobre el alevinaje de especies pesqueras marinas en la plataforma litoral…

El Ebro me alumbra

          La carretera asfaltada termina junto a una casa en construcción, un soto con canchas de fútbol, campistas y un trocito de embalse a pie de baño. Es decir, otro  paraíso artificial al lado de una panorámica hermosa. El Ebro, azul intenso, exige la contemplación. Vuelve la escritura en el aire. Ahora el papel es el lienzo celeste del agua. El texto imaginario habla sobre la autodeterminación y la libertad, conceptos que si defienden los burgueses llevan a territorios de enajenación y división, principios que también pasan por el cuerpo de las mujeres. En esas relaciones con la vida y los seres que en ella existimos, apuesto por un nuevo tipo de relación con mis semejantes y con la naturaleza.

          No sé si el río tendrá conciencia de sí, pero me alumbra. Mis sedimentos, mis sales, mis nutrientes. En Occidente lo orgánico y las relaciones humanas se canalizan, se dominan, se explotan, se les saca rentabilidad. En esta batalla todo cambia de valor, ¿la menstruación?, ha de taponarse; ¿el sudor?, eliminarlo; ¿heces?, soy estreñida; ¿flujos?, sida…

          Calculo que me quedan unos 25 kilómetros de Mequinenza. No he encontrado frutales con los que pueda completar mi alimento, no pesco, no cazo. No entiendo de raíces. No estoy preparada para encontrar recursos durante días.

          La tarde va cayendo. En busca de refugio, paso junto a un abrevadero de ganado, lleno de restos de basura y un hombre pescando, con su autocaravana. Le dejo atrás en silencio y escudriño los rincones. Ya es tarde cuando lo encuentro en la esquina que hace el embalse con una hoya llamada “Val de Mamet”, en el lado opuesto de esta “cala”, un matrimonio recoge sus flotadores, radios, neveras portátiles, balones, sillas e hijos y abandona en coche el lugar.

El periodo me ha llegado, sí señor.

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