El universo es una herradura

He despertado sobresaltada. Me estaba empapando.

          Anoche me quedé dormida con rayos sin truenos de fondo, pero confié en que sería sólo una tormenta eléctrica (como la que presencié la primera noche en Escatrón) y me dejé llevar por el sueño…

          Debía de llevar un buen rato lloviendo, porque el saco estaba empapado. Tuve que vaciarlo para encontrar la capa de lluvia y el chubasquero. Armé el petate como pude, sin olvidar nada, y dejé fuera el saco; simplemente, lo doblé. Chorreaba. Un cuarto de hora después encontré este refugio, formado por los árboles de un cuidado jardín y aquí espero a que escampe. Las ramas son tan frondosas que he podido extender mis cosas y dejar que se aireen aunque la lluvia no haya cesado.

          Al fondo, donde se divisa una luz, se oyen ladridos. Al lado de estos pinos hay una casa que aparentemente está vacía; aunque su porche es una tentación prefiero quedarme en el jardín para no asustar.

          Me quedé dormida creyendo que saldría volando. Mirando a las estrellas y enfundada hasta las orejas, soñé que había comenzado a pensar de una manera extraña, como nunca había hecho: dibujaba palabras en el aire. Delante de mí el firmamento era una inmensa hoja de papel oscuro y brillante y allí aparecían frases que una vez enunciadas cobraban un cuerpo que yo esculpía hasta conseguir un texto armónico.

          Ahora, bajo la luz de mi linterna, guarecida al fin de la lluvia, repaso el cielo para acunarme: En época colonial, las mujeres burguesas (inglesas) se dieron cuenta que el mundo se acababa para ellas a los cuarenta (la edad media rondaba entonces esa cifra), pero la ciencia, la fotografía, el cine, los medios de transporte… denunciaban una y otra vez que fuera de las paredes de su casa el mundo era más grande y exótico de lo que nadie hubiera imaginado. Y además, disponible. Puestas a morir, era más apasionante que la parca te pillara fuera. La mayoría de ellas aprendieron a vivir sin hombres, aunque hubo otras (pocas) que fueron seres libres capaces de mantener relaciones libres.

El destino común del Ebro y las mujeres

          Del XIX al XX, las mujeres se lanzaron a exigir su derecho al voto. Las sufragistas reivindicaban la conciencia y la madurez de la mujer y una existencia que también era política, reivindicaban el derecho a elegir su destino dentro de la sociedad. Con el tiempo el sistema admitió que las mujeres tenían “derechos”, que acabarían siendo exactamente esos que al propio sistema le interesaba reconocer en pro de garantizar una mayor productividad, por ejemplo, y no tanto en nombre de la igualdad, pero ellas estaban tan enfocadas en reivindicar sus existencias frente a los hombres, que entraron en el juego. Así, las mujeres ganaron autonomía frente a la “colonización” masculina, aunque eso no significó recuperar su esencia.

          Cada derecho ganado fue una derrota para los hombres pero no para el sistema, que también sometía a sus varones. Comenzó una guerra de sexos que en la vida cotidiana ha llevado a la incomprensión mutua. Mientras ellas y ellos se peleaban, las instituciones fueron conquistando a hombres y mujeres en su propio beneficio. Cada señal de progreso no fue más que una transacción. Dudo que hubiera realmente un cambio de mentalidad. Por ejemplo, si se aceptaba el derecho al voto de las mujeres era porque el voto femenino influía en la balanza electoral. Así ocurrió en los años de la república española, las defensoras del voto de las mujeres prefirieron que no se les reconociera tal derecho hasta después de las elecciones pues estaban convencidas que sus maridos y el clero determinaría su decisión y el resultado electoral beneficiaría al bando conservador. Ganadas las elecciones, la Constitución del 31 sería una de las primeras en el mundo en declarar la igualdad de hombres y mujeres a ejercer este derecho ciudadano. De igual modo, si se admitió su acceso a un puesto de trabajo fue porque su participación como mano de obra en la cadena de producción resultaba imprescindible, algo que queda patente tras las dos grandes guerras mundiales. Y así se fueron haciendo un sitio propio en el mercado, hasta convertirse en las mayores consumidoras, es decir, no sólo en objetos sexuales sino en sujetos capaces de concebirse libres para circular como mercancías, capaces de asumir con la cabeza los sacrificios del corazón… Seres humanos fraccionados, parceladas, propietarias de partículas desintegradas… ese es el presente de las mujeres. Hace días pensé en el común destino del Ebro y las mujeres….

Un paraguas hecho de historias da para mucho

          Mi cabeza no da más de sí. Son las 6 de la mañana y el sol sigue sin aparecer. Permanezco sentada, bajo la lluvia, en medio de la oscuridad. Leo. Escribo. Miro. Oigo. Leo. Oigo. Escribo…Con la aparición de la luz se aleja la tormenta. Aireo el resto de mis pertenencias. No puedo volver a tumbarme, el suelo está empapado. Tomo prestadas dos manzanas de los frutales vecinos y desayuno.

          Es fácil comenzar la caminata con la sensación de estar en Galicia. No es sólo por la temperatura, la textura del aire o el paisaje, sino por esa fábrica a orillas del embalse, que aparece tras una curva. Se trata de una gran plataforma herrumbrosa y gigante, que me recordó a una de esas mariscadoras que hace años vi de cerca en Villagarcía de Arousa. Preparo el equipaje para la lluvia y camino bajo un viento recio y un cielo encapotado.

          Horas después, continúo en el soto de Vinué, que en este tramo es algo más verde gracias a los frutales, aunque gran parte de la tierra amarillea (el trigo seco se cuela por las botas). Los dueños de un par de casas del camino tratan sus huertas como si fueran jardines. Poco a poco, lo que durante kilómetros han sido playas se va convirtiendo en cortados de difícil acceso por tierra. La loma de enfrente (al otro lado del embalse) es arenosa, a diferencia de este margen abrupto. A pesar de que el entorno me obliga bruscamente a romper una y otra vez mi camino junto al río, mi relación con el Ebro ni se inmuta.

          El soto de la Herradura despierta interés entre los pescadores y eso me beneficia porque los senderos que ellos han hecho a pie facilitan mi recorrido. De este modo, voy de zanjas y barrancos artificiales como la raja creada por un tractor en la loma y por cuyo trazado, roto por la lluvia y las rocas, me resbalo, y de ella las sendas que terminan en rincones hechos para la espera del mejor pez.

Caminar con un ojo

          Por lo que veo de lejos, la isla de la Herradura es alcanzada en pequeñas barcas y algunas lanchas motoras de manera esporádica. Adivino las huellas de amarres y los senderitos hechos por los pies a pesar de la distancia. A este lado reinan las calas, unidas en ocasiones por rodadas de vehículos de todo terreno, como ese en el que aún duermen dos familias de campistas. En las calas me cuelo durante horas, pasaré por tres antes de que vuelva a encontrarme con huella de vida humana.

          Llego con la vista nublada a un terreno cultivado por culpa del golpe que me he dado en un ojo con una rama. Esta fragilidad visual está tardando mucho tiempo en desaparecer, no tengo agua suficiente como para enjuagarme el lagrimal y temo que el cielo vuelva a hacer de las suyas, de modo que encontrarme con un cultivo me da esperanzas de que, si esto va a peor, podría encontrar ayuda. Sin embargo, mi torpeza convierte el terreno en un laberinto absurdo en el que me pierdo: llego una y otra vez a caminos ciegos que van a parar a la nada. Buscando parámetros que me encaucen, trepo entre las rocas hasta el risco más alto, donde un largo palo a modo de mástil sin vela domina el horizonte. Me asusta la nube que se me ha instalado en el ojo. Distingo una furgoneta blanca en el horizonte, que por el momento es un punto. Se acerca a mí, me siento en un lugar cualquiera, sin sombra, confiando en que nuestros caminos se crucen. Minutos después le hago frenar llamando su atención con los brazos. Antes de preguntar ya avisa que va cargado pero logro explicarle que no sé salir de allí y que sólo necesito que me deje en un punto desde donde él considere que es fácil seguir el camino que me saca del meandro. No le digo nada del ojo, me da vergüenza. Cuando me quiero dar cuenta me ha dejado en una estrecha carretera recién asfaltada y lo suficientemente alejada del río como para que, queriendo recuperar la vega, vuelva a perderme. Mi vista, que sigue nublada, toma la decisión: contemplaré el Ebro de lejos, la prioridad es encontrar un lugar donde lavar mis pupilas.

Hago trampas

          El camping no debe quedar muy lejos, faltarán unos 10 kilómetros si bordeo la orilla. No son muchos si pienso en el perímetro del embalse. “¡Son excesivos!”, tercia mi cuerpo. No tengo espejo para saber qué aspecto tiene aquello que me escuece. Me he de conformar con el tacto, que tampoco está muy limpio. No noto ningún bulto.

          Conecto con la rabia, prima lejana de la desesperación, y peleo con mis moscas como si fueran las causantes de todos los males. ¿Van solas o se turnan? ¿Son nómadas o vuelven al lugar donde las encontramos? ¿Si las dejáramos estar se quedarían quietas? ¿Nos corresponde una mosca por persona? ¿Cada uno tenemos la nuestra? ¿Será que simplemente quieren comunicarse? ¿Se posan porque quieren descansar después de tanto revoloteo? ¿Somos nosotros su medio de transporte?. ¡Las odio!.

          Al cabo de una hora camino sobre el asfalto de una carretera solitaria ayudada por una larga rama de madera que hace las veces de cayado. Negocio con un mago imaginario: le juro que si algún coche me llevara al camping abandonaría allí la bolsa y volvería a ella, desandando el meandro, como hice en Escatrón… Incrédula, una familia de alemanes me recoge segundos después en un viejo Chevrolet. ¿Estaré alucinando? Su hija, de unos siete años, se aferra a su cinturón de seguridad mientras me observa de arriba a abajo. No entiende castellano pero cuando su padre le traduce que yo llevo caminando 36 días sin parar, pregunta a su madre por qué hago tanto esfuerzo. No sé qué responder y sonrío. Yo tampoco estoy muy convencida de que, si la toco, ella y el coche se desvanecerán, demostrando que la situación no es más que un sueño.

          Hacemos juntos esos tres kilómetros que para mí son la salvación.

          Alcanzo el camping con alegría. Nadie diría, al verme entrar, que hace tan sólo diez minutos creía que me daba un sincope. Mientras espero a que den las 5 y abran la tienda y la recepción, Rita, una de las empleadas, deja me duche. Después, lleno el estómago con refrescos y un enorme bocadillo. El ojo continúa rojo pero ya pasó la nube. Ahora sí, ahora me siento capaz de volver sobre mis pasos.

Desandar lo andado

          Después de pagar, comprar algo de alimento, etc, cumplo con mis promesas. Salgo por la derecha del camping, por el Soto Serafín, hasta encontrarme con unas vistas preciosas entre frutales. Son playas “abandonadas” que bien podrían figurar en un folleto turístico sobre los paraísos del Pacífico. Hacia ellas voy y allí encuentro mundos, universos de huellas y colores, despojos de naufragios, como cuando era pequeña y el Mediterráneo de otoño sembraba de algas la playa donde veraneábamos. Entre los restos, un barco abandonado, encallado a propósito en la orilla. Parece un transbordador, una de esas barcazas que se dedicaban a cruzar de una orilla a otra con material de todo tipo.

          Bordeo el soto, primero desde lo alto (el primer tramo es un cortado) y luego a pie de embalse. Las calas se unen por la sequía y eso me permite avanzar con rapidez. Me da tiempo a doblar la punta de la Cuesta Falcón y volver a ver la isla de la Herradura, que esta mañana apenas divisé. Gran parte del trayecto de regreso lo haré después de la hora mágica, cuando la tarde empiece a fundir siluetas.

            De noche, ya en el camping, estableceré de nuevo conversación con Rita. Ella me ha explicado que la isla es considerada un paraíso zoológico pues hace unos años soltaron allí varias especies y un pescador se ha encargado de llevarles el alimento necesario para que sobrevivieran. Imagino al doctor Zhivago. Le pido más detalles, pero no conoce más que este enunciado. Intento recordar alguna señal, algún sonido que diera más consistencia a la historia de Rita. Lo único que consigo es confirmar que he pasado horas cultivando la certeza de lo agreste. Esta vez, desandar lo andado ha resultado nolvidable.

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