Pateando la Isla del Tesoro

Son las nueve y media de la mañana y el cielo sigue encapotado. Dormí como una bendita. Estaba tan a gusto que incluso dentro del sueño me enviaba mensajes diciéndome lo bien que estaba durmiendo. El viento no dejó de bandear las puertas de metal del recinto, incluida la de mi cuartucho, y eso aumentaba mi alivio. La pesa del silo ha sido un refugio generoso. El polvo tiñe de blanco todo: mi piel, mi ropa y mis escasas pertenencias, pero no me importa. La enorme mesa de madera que ha servido de cama esta mañana es el lugar en el que me organizo. Incluso he podido enchufar el móvil, pues el silo tenía red eléctrica.

          Antes de partir, regreso al pueblo y lo recorro hasta el punto más alto para comprobar distancias, caminos… El atajo por el que me he encaramado para ganar altura me ha obligado a mover el cuerpo de otra manera: los hombros no sirven para sostener la mochila sino para aguantar mi propio peso. Remonto una bajada de aguas que ahora está seca, escalo, camino con los dedos de la mano y eso aporta otra dimensión a mi cuerpo que había olvidado. Disfruto con el ejercicio. Al final de la pared me esperaba un campo de mies seco y unas magníficas vistas del Ebro. Regreso al río siguiendo las rodadas del tractor entre el trigo hasta alcanzar de nuevo el agua en una preciosa playa por la que he andado descalza en esta mañana gris, gris, gris…

          Mientras ando y escalo rocas me repito: ante los grandes problemas, lo más práctico es acercarse mucho, verles de cerca, pegarse a ellos y a partir de ahí dar numerosas, constantes y pequeñas soluciones. Al final un gran conflicto no es más que un cúmulo de inconvenientes. Sonrío. Es una variante de la división de ayer.

Por primera vez camino dentro del agua

          Horas después ando descalza junto al Ebro. Aquí el barro es limo. Me encuentro con unas huellas de animal: pequeñas, más pesadas que yo porque se hunden más. El ser desconocido camina y lo ha hecho poco antes que yo. Lo curioso es que más parece que anda a dos patas que a cuatro, y no es ave, juraría que es un ungulado… mi desconocimiento de zoología dispara la imaginación… un animal enorme, una moderna versión del dinosaurio, un grifo, un unicornio, un animal milenario, un monstruo con las patas separadas y andar “espatarrado”. ¿Quién es?

          El juego consiste en que el mapa me da la forma del embalse y yo soy una exploradora que encuentra playas (inmensas, como las que ayer vi desde lo alto de los riscos). Tengo la sensación de ir bordeando el mar y descubrir calas prácticamente intransitadas, fauna desconocida (de alguna manera es cierto, gracias a mi ignorancia), lugares sin nombre, mágicos como la casa excavada en la roca junto a la desembocadura de un riachuelo. Una bandada de garcetas remonta al cielo al asomarme a una de estas “calas” desiertas. En medio del juego el mapa a veces vuela. Y yo, coja, corro tras él. Hacemos travesuras.

          Después de cinco horas de bucólico camino me encuentro, al final de una escarpada cuesta, con una casa vacía. Está situada en uno de los balcones de tierra que se asoman al Ebro. Se trata de una segunda residencia, de esas que permanecen cerradas a cal y canto la mayor parte del año, en medio del paraíso. He entrado por la zona que los dueños de la tierra intuyen menos peligro, como siempre, de modo que para salir de la propiedad vuelvo a vérmelas con verjas y alambradas, pero esta vez fácilmente salvables. En uno de esos extremos descubro a un perro, atado a una larga cuerda. Después de transitar tantas horas por tierras libres, conociendo como conozco el gozo de olisquear, escudriñar, embarrarme, gozar con animales, me apena este animal preso, a dos patadas del Edén.

Me pierdo en un helado preñado de conservantes

          Caspe es ya un perfil en el horizonte. El referente urbano me anima a leer el mapa como lo hago siempre: hablo con él por hablar, pura autodefensa. El punto en el que vuelvo a tomar contacto con la civilización se llama “Chacón Viejo”. Ante mí, un cartel explica que es un lugar indicado para la pesca. Sé que he “descubierto” rincones que luego me explicarán los folletos, pero nadie me quita esta certeza, la de mi descubrimiento. Transitar por espacios no bautizados, como cuando llega el rapto de amor y es tan sólo un brillo gratuito, antes de que vengan la doma y los conflictos…

          Para colmo de integración, tomo un respiro en una gasolinera a dos kilómetros de Caspe. Junto a los surtidores de gasolina han instalado unas mesas a modo de merendero. Huele a gas, a petróleo, a plástico. Chupo un helado de chocolate petado de conservantes, lleno de grasas saturadas y de las otras. Mis sentidos se descolocan. El viento es fortísimo y quema. Para colmo de intoxicación, leo un folleto sobre Caspe que he encontrado junto a la máquina registradora. Lo peor: ponen un número a mi camino: El mar de Aragón tiene más de 500 kilómetros de costas, de Sástago a Mequinenza.

          Quedo desolada por este estoque certero. Es evidente que se refiere al perímetro del pantano, aún así: me esperan 250 kilómetros orillando el embalse. Es cierto que llevo dos días avanzando pero… quedan aún los que me separan del Mediterráneo…

          Ya veremos cómo lo hago. Por lo pronto en Calpe compraré provisiones. El camino, aunque seco, está salpicado de árboles frutales y pinos, que con el viento, hacen más agradable el recorrido. El Ebro tiene 1.000 kilómetros para quienes le entienden como una línea azul y no piensan en su diálogo con la tierra. Sus orillas podrían contar el relato de otro modo.

Después, miro la televisión

          Llego al restaurante “El Dique” y como sobre un mantel, con servilleta de tela y copas de cristal, en el salón contiguo al de los pescadores, donde un grupo de hombres celebran algo. Uno de ellos se arranca con una jota y luego todos le corean. Pido albóndigas con tomate y gazpacho; que no falte el potasio. Evidentemente hoy dormiré bajo las estrellas. El próximo sitio de avituallamiento será el “Camping Lake Caspe”. Bueno, ya veremos.

          Sin pudor alguno, me arrebujo frente al televisor, en un área del restaurante que han hecho acogedora, con sofá, sillones y persianas para evitar la luz. Los camareros hacen de verdaderos anfitriones y, lejos de amonestarme, bajan aún más los estores para que el sol no me invada el sueño.

          En el fondo de la mochila duerme el folleto de la gasolinera, lleno de números: El Mar de Aragón nació a principios de los 60 con la construcción de la presa de Mequinenza para explotar los recursos hidroeléctricos del río. Volumen 1.530 litros. Longitud máxima: 110 kms. Anchura media: 600 m. Profundidad máxima: 61 m. 550 km de costa. Ocupa 7.540 hectáreas. Cota máxima: 1.215 m,  aunque la media es de 112. Tres rampas para acceder al embalse en barco: en Chiprana (la Barca), en el Club Náutico Mar de Aragón (estoy cerca) y en el camping ya mencionado.

          Cuando abro los ojos uno de los camareros me ofrece la posibilidad de darme una ducha y usar las instalaciones de la piscina. Acepto la primera parte. Me aseo. Sé que limpia se hace más ligero el viaje. Es un regalo reparador. Cuando regreso, tengo energía como para comunicarme con el grupo de pescadores. Me invitan a un café. Acepto. De entre toda la peña establezco conversación con Juan, el más corpulento, que me invita a un segundo café con leche.

El remate: como con mantel

          Dice que rezará por mí a la virgen en la Seo, para que me vaya bien. Le pregunto cómo les ha ido la pesca y responde que hoy regresan sin nada.

          – “Con viento de Huesca, ni caza ni pesca”.

          Otro del grupo se acerca con varios folletos en la mano. Ha estado escuchando la conversación. Me dice que le interesa mucho leer y escucha en la radio, a las cuatro de la madrugada, un programa “muy bonito” dedicado a los libros. En menos de lo que tardamos en bebernos nuestros cafés, un nutrido grupo de mujeres les arrastran. Entre ellas están sus esposas. Antes de dejar la barra, Juan y su amigo me explican que vienen aquí todos los miércoles en autobús y mientras ellas se quedan en la piscina del restaurante, los hombres se lanzan al río, a ver si pican.

          Tras ellos salgo yo. El primer tramo del recorrido es un paseo por la urbanización, donde abundan las construcciones de la clase media y media-alta. Parte de las instalaciones del club náutico ha sido presa del fuego. En las paredes quemadas han pintado una esvástica y unas frases: “te vas a enterar”, “te vamos a quemar la moto”.

          El recorrido que va del Dique al futuro camping está trufado de pequeños senderos que unen el Ebro con puertas de fincas, portones, tranqueras, cancelas, que una y otra vez van a parar a la nada; marcan una entrada a una propiedad y una salida, la del recinto cerrado a la naturaleza. Camino por el escarpado, incómodo, divertido, extenuante y retador espacio que va del río a ellas. Subo y bajo de la orilla a las puertas para asomarme como si fueran escotillas inmensas que dieran a un ridículo espectáculo. Luego, agotada como lo saben estar los niños, vuelvo a asomarme al agua.

Y para dormir, techo de estrellas

          No sé a qué altura estoy del mapa. En algún lugar del soto de Vinué, eso seguro. Frente a mí, una barca de pescadores apura la luz del sol. He subido a un risco y desde él veo los meandros del embalse. A sus orillas no hay muchos árboles. ¿Cómo es posible que la abundancia no alimente?.

          Hoy no me he sentido con fuerzas para escribir en mi cuaderno, pero he redactado frases en mi cabeza. Las regurgito ahora en él, una a una: “Los coches tienen querencia por las puntas de los paisajes”, allí donde hay un extremo del pantano es fácil que encuentre un coche con “domingueros” dentro. “Después de ver tanta valla puedo asegurar que la propiedad privada favorece la industria del metal”. “Aún no he encontrado esas arañas gigantes de las que me hablaron en Sástago”. Me dijeron que en esta zona del embalse existen los arácnidos más grandes de Europa, razón por la que en su momento quisieron hacer un parque temático. Quizás las arañas, asustadas ante la idea, abandonaron el lugar. “La propiedad fragmenta, promueve la violación, el robo, el asalto porque en sí misma es agresiva”.

          Tengo frío. Llevo pantalón largo y el jersey. La temperatura ha empezado a caer y la humedad se hace cada vez más presente.

          La frase del día la dijo el camarero que me ofreció la ducha:

          –  “¿Sabes lo que hacemos con la lluvia en Caspe?, dejar que caiga”.

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