En el planeta de los solitarios

Hoy comienzo la jornada más larga de este viaje. Si soy fiel a los requiebros del río, tendré que recorrer más de 40 kilómetros antes de llegar a la primera población. Por carretera no llegarían a 20. Llevo alimento y bebida suficiente. A partir de ahora el viaje reside más que nunca en mi voluntad y mis pies, no debo de dejarme impresionar por los números.

          La partida ha sido también más temprana que nunca, poco antes del amanecer, por eso he podido desayunar en el meandro de Gotor, cuyos agricultores alimentan sus campos con el agua del río Martín. Él y su lluvia de mosquitos fueron los primeros en recibirme, sucedidos por las ruinas del antiguo Scatro, las flechas que señalaban el trazado del camino jacobeo, el guiño del monasterio de Rueda al otro lado, los trazados secos con los que arranca este meandro y luego este vergel que crean los cultivos. Observo el mundo en medio de un “cabezo” (así lo bautiza mi mapa, deduzco que es una entrada de tierra elevada que se asoma al río como si fuera una enorme cabeza), frente a una chopera, rodeada de sombras que ahora no necesito. Mordisqueo fruta. Me nace la sonrisa.

          La medida calma al ser humano, por eso quizás lo medimos todo: la vida, en años, días, minutos, segundos; el horizonte, en kilómetros, metros; la belleza, en kilos o centímetros; la fiebre, en grados… el camino, el mío, lo mido en objetivos, voy marcando en el mapa pequeños retos que cada vez que cumplo me alivian. Si medimos, reducimos la realidad a unidades más aprehensibles, la abarcamos, la digerimos.

Empresaria del andar

          Esta mañana me he convertido en una empresaria del andar. Gestiono mis recursos, marco objetivos, busco rentabilidades, pienso en riesgos… Ahora entiendo por qué los hombres de negocios manejan tan fácilmente el mundo. ¡Ni siquiera hace falta comprenderlo!. Atrapar, poseer, alivia el miedo, lo disuelve, aunque nadie garantice los resultados. Necesito llegar a la meta para aliviar mi miedo a quedarme, definitivamente, sola. Sé que así dificulto aún más mis conversaciones con el Ebro pero en estos momentos me importa menos que el alivio. Me apropio de la frase “divide y vencerás” y divido la jornada en mordiscos de diferente tamaño. Éste primero ha durado unas dos horas. El que viene se llama “cinglo de Bacon” y obliga a un bocado mayor. No sé qué es un cinglo ni quién es Bacon, pero para mí constituyen mi próximo puerto.

          El Ebro permanece a mis pies, muy abajo, esperando, paciente, a que vuelva a él. El río fabrica remansos en rincones de difícil acceso en los que sólo entretengo la mirada desde aquí arriba, desde los riscos. Gracias a estos obstáculos, los escondites del Ebro son pequeños milagros de la naturaleza en los que abundan las aves. Agarro el mapa con todas mis ganas, sin dejar de pedirle que dé un sentido a mi mirada, que ordene la información que acumulan mis sentidos, pero no lo consigo.

          Alcanzo el cinglo a las 12 de la mañana y vuelvo a celebrar mi pequeño éxito con un largo trago de agua y el pepino de Antonio. El mapa señala, en medio de una mancha verde clara, la existencia de una “caseta nuclear”. Quiero ver de qué se trata y me organizo. Para llegar a ella es más práctico que salga a la carretera y entre por el kilómetro 9. Obedezco. A los pocos minutos un camionero se ofrece a llevarme a algún sitio. Somos sólo él y yo en esa vía de asfalto. Su enorme camión me impresiona. Rechazo su ofrecimiento con educación. El camionero debe de ser consciente de su imponente presencia porque, lejos de irse, se explica desde su asiento, él inclinado hacia sus pies y yo mirando de reojo, hacia arriba, alejada de la puerta: reparte piensos por la zona, es la primera vez que hace este recorrido y ha creído que yo, como él, me he perdido. Le agradezco su interés e insisto en que no vamos por el mismo camino. Entonces él, antes de arrancar, me lanza una gorra azul por la ventana que, según leo, es de piensos para gallinas, insiste en que no debo llevar la cabeza desnuda y me la pongo, por supuesto, ante su mirada, ocultando la que llevo atada a la cintura, para no desmerecer.

Algo en medio de la nada

          Ya en el interior, abrupto, seco, destartalado y cruzado de caminos de tierra que parecen no tener sentido, en medio de un paisaje lunar, agarrada al plano como si fuera un timón, convencida que es posible encontrar cualquier aparición en esta tierra inhóspita, viendo tiburones entre los arbustos dispuestos a desmembrarme de un mordisco, aparece ante mi lo imposible: un coche. En este planeta, la voluntad de los solitarios es saludarse. Igual que me pasó con el camionero, el conductor del auto frena y me habla. De nuevo, respetuoso, se presenta. Se llama Marcelino y se encarga de recoger los datos de la “estación meteorológica nuclear”. Esta vez sí le contesto. Voy entendiendo las leyes del camino.

          – “¿Me podría llevar a la estación, por favor?”.

          Marcelino se muestra sorprendido por mi interés y convierte el corto recorrido en una suma de preguntas. También me regala alguna historia. Por ejemplo: cerca de la estación había un puente romano que cruzaba los canalones que alimentaban esta zona, agrícola en época musulmana. Él tuvo la fortuna de pasar por aquel viejo puente con la bici, pero los agricultores terminaron destruyéndolo con sus tractores, pues allí crecía regaliz, una planta de elevado interés medicinal que acabó con el puente y su historia.

          La estación es la suma de dos casetas: la de la propia estación meteorológica (interesada sobre todo en analizar la luz, el agua de la lluvia y la velocidad del viento) y aquella que quiso ser una estación nuclear en los años 70. Intentando imitar a la vecina Ascó, los empresarios y políticos de entonces hicieron las prospecciones pertinentes para instalar una central en este corazón seco, pero la presión popular evitó que se construyera y ahí quedó la caseta: para siempre en pie como un involuntario memorial.

El poder de quedarse quieta

          Nos separamos en la verja que rodea el recinto, él entra y yo me asomo al cinglo, atraída por el único pino, donde encuentro sombra y descanso. Me doy cuenta de que mis conversaciones son cada vez más breves, pero tampoco parece extrañarle a Marcelino.

          Contemplo el Ebro. Tengo conciencia estética, un privilegio que me concedo en muy contadas ocasiones a lo largo del viaje. La estética es la ciencia del conocimiento de lo sensible, es decir, estoy alcanzando el conocimiento a través de los sentidos. Probablemente consigo hacer este ejercicio porque estoy sola, soy el único ser humano a varios kilómetros a la redonda (Marcelino hace tiempo que arrancó su coche). Los cortados dejan algunas vegas pequeñas donde crece la vegetación de la zona. Poseo, visualmente poseo. La tierra que está a mis pies me pertenece, durante unas horas, en estos instantes. El río es un trazado de agua que se desnuda sólo para mí. Este pino que da sombra entre rocas es el lugar donde me guareceré en las próximas horas, las más duras del día.

          Incapaz de dormir la siesta, organizo pequeñas incursiones en el entorno, la mayoría hacia mi izquierda, para escudriñar la curva del Ebro que tracé durante unos kilómetros por el interior. Es así como encuentro el puente romano roto, efectivamente, como si hubieran querido atravesarlo con un vehículo mayor de lo que permitía su arco. Es un puente desgarrado por su ojo.

          De golpe intuyo que quedarme quieta es una forma física de guardar silencio y vuelvo a la sombra y me ato al árbol a través del estómago. Como. Doy las gracias a Antonio Secanella por sus tomates, sin su regalo el bocadillo de queso se me hubiera pegado al paladar; y a Marcelino, por acercarme a este árbol, el único del lugar con sombra.

El recorrido de los pensamientos

         Esta actitud durará poco, me cuesta llevar el silencio hasta las últimas consecuencias. Antes de que el reloj marque las cuatro ya he oteado varias veces el recorrido que me espera a la derecha, un altiplano seco cuya ribera verde discurre pegada al río, libre de la pisada del hombre, y que en el mapa figura como “La Cerollera”. Discuto con la carta y sus proporciones antes de mi partida.

          Ayer pensé que el lema con el que inicié mi viaje (“cabezonería y mala leche”) ha quedado en desuso en mi biografía. He sustituido ceño por sonrisa. Ahora practico la confianza y la paciencia; confianza en las propias intuiciones y en los demás y paciencia para que la naturaleza y el tiempo me dé lo que corresponde. Sin árboles, sólo con el alivio de la brisa y bajo un sol depredador voy repitiéndome el lema sabiendo que son un verdadero reto para mi propia naturaleza hostil.

          ¿A dónde irán los pensamientos?. Ando y pienso en mi pareja, pensar en él se ha convertido en un gesto cotidiano. Ando y matizo pensamientos anteriores: Caminar marcándose objetivos puede alimentar un comportamiento adictivo, pues los objetivos ayudan a evadirse del presente. Es como la heroína, que hace un favor a los drogodependientes: les hace irresponsables de los miles de pequeños problemas cotidianos. Un objetivo que cumplir borra cicatrices, rasguños, picaduras, tropezones… Plantar un objetivo en el futuro es asfaltar el trayecto, supone controlar el presente y convierte el recorrido en un simple ejercicio de fuerza.

El embalse hace que el río pierda sus formas

          Llevo más de 7 horas caminando y he conseguido arrancarle al día kilómetros de incertidumbres. Efectivamente, he llegado a la siguiente cruz que marqué en el mapa, pero ¿eso era realmente lo que quería? ¿alcanzar la meta?. ¿No consistía este viaje en hablar con el río?. Hoy sólo he hablado conmigo misma, con mi cuerpo, con mi dolor, con mis vacíos, con mis miedos, con lo que he encontrado en el camino. Me siento en deuda y me asomo a este Ebro desnudo que aún observo desde arriba y prometo que dejaré de marcarme metas. Empiezo a darme cuenta de que a medida que alcanzo una meta me invade el sinsentido. El vacío que debe sentir un empresario sin nuevas metas que alcanzar debe ser tremenda, quizás por eso la ambición capitalista es desmedida, porque si se sacia llega el gran agujero. Abandono el espíritu empresarial con el que he iniciado esta jornada. Le doy las gracias y le dejo pasar, con él he avanzado muchos kilómetros pero ya no lo necesito.

          En algún momento del camino he dejado un mapa para pasar a otro, el que describe el meandro de “Chiprana”. En esta nueva curva del Ebro, el agua ha dejado de cumplir una de sus primigenias funciones, ya no marca su propio trazado. A fuerza de siglos, de eras, eones, el agua ha abierto su camino entre los granos de tierra, ha arrastrado, minado y pulido el suelo hasta ganarse su condición de río. Un río es una manifestación de gotas cambiando el mundo, pero ahora algo pasa. El Ebro ya no arrastra el paisaje; agua y tierra no tienen diálogos de río. Por eso la vega cada vez es menos lengua de tierra, el agua retenida deja otra huella en el paisaje, de alguna manera artificial.

          Frente a mí, en la otra orilla, el Ebro ya es cola del embalse y tiene maneras de marisma. Las aguas se remansan paulatinamente. El “camino del soto” por el que discurro está peinado de árboles frutales. La huerta de Chiprana que se mantiene a flote parece saber que una parte permanece ahogada bajo las aguas del embalse porque su fortaleza no termina de convencer. Adornados con pequeñas bolsitas blancas, los perales pierden compostura. Oigo voces que hablan un idioma lleno de óes y úes. Entre los árboles. aparece alguien cuya piel, acento, ojos, me transportan a un lugar en el que nunca he estado, la India.

Mi cuerpo se alía con el Ebro

          ¿Cuántas veces el Ebro me ha devuelto a otras geografías?. Senegal, Perú, ahora la India…La tierra y sus frutos es el lazo común de todos los seres humanos, visto así el mundo, conceptos como “extranjero”, “turismo”, “tercer mundo”, pierden sentido. El Ebro recuerda a todos los ríos del mundo, es uno más. La naturaleza es común, permanece, somos los seres humanos los que llenamos el mundo de categorías.

          El peso hace que se me hinchen los brazos. Los 5 litros de agua que me acompañan desde el amanecer han ido desapareciendo paulatinamente pero a estas alturas, aún con el calor a cuestas y con horas de camino por delante, estaría dispuesta a beberme toda el agua de golpe para aligerar la carga. Mis hombros son más delicados que mi sed. Me tumbo en una de las curvas de este camino carretero en el que campea uno de esos avisos para cazadores que normalmente se instalan en los rincones con mejores vistas al río. Lo elijo por eso, aunque sé que es un punto de tiro. Belleza y muerte. Hay estetas que saben deleitarse con esa extraña pareja.

          Estoy en propiedad privada, con frutales comiendo el camino y el camino mordiendo el río. Yo también lo hago, mastico suavemente un dulce para combatir el desmayo. Hace unos minutos creí ver Chiprana en el horizonte y sin embargo no puedo dar por supuesto que dormiré allí, todo parece difícil y extraño. Estoy almorzando en una especie de cortijo con campo de tiro junto al río, en cuyo interior hay una capillita, un pavo real en una jaula y dos bancos de madera maciza en torno a sendas mesas también de madera. Tienen prohibido el acceso a cualquier persona ajena al recinto, pero es la única vía que tengo para alcanzar Chiprana. Por otra parte, que me llamen la atención no es nada comparado a los riesgos que ya he pasado: para llegar al cortijo he tenido que pasar por “zona de reglamentación especial de caza” y eso seguro que es bastante más grave.

Me rindo

          A dos kilómetros de Chiprana, tras cruzar el puente sobre el anunciado embalse de Mequinenza, me quiebro. La certeza del final alimenta la sensación de dolor que invade todo mi cuerpo. Después de 15 horas de camino cada paso es un mundo. Me desplomo en un lugar cualquiera y ahí permanezco, con los ojos cerrados, escuchando mi respiración y el viento. Mis pies vuelven a ser residencia del corazón, arden. Es entonces cuando me doy cuenta de que estoy jugando, que ahora que el final está a mano me permito caer. Estoy zambulléndome en ese miedo con el que he estado toreando toda la jornada. Lo hago a conciencia, durante unos minutos, hasta entender que no pasa nada, entonces me incorporo. El miedo y mi flaqueza ocupan tanto espacio que para movernos juntos tenemos que obrar con lentitud. Me organizo. Cien metros para mis pies, cinco minutos para mi flaqueza, otros tanto para mis pies, otros tantos… Cada vez que paro miro a mi alrededor: los escarabajos que se ocultan bajo una de las piedras, junto a la mochila; la matrícula de los coches que pasan de cuando en cuando y esos nombres del monolito que han levantado junto a la carretera y que recuerdan las ciudades del camino jacobeo del Ebro. Del final al principio, en el sentido en el que yo viajo, han escrito: Calahorra, Tudela, Zaragoza, Monasterio de Rueda, Chiprana, Caspe, Gandesa, Tortosa, Los Alfaques.

          La jornada termina a las diez y media de la noche, sobre la pesa de un silo, cuyo acceso me ha facilitado el alguacil de Chiprana, Ángel. Antes de llegar a él, una anciana me pregunta:

          – “¿Por qué tanto sacrificio?”

          – “¿Sacrificio? Nunca he pensado que estuviera haciendo un sacrificio”.

          Gracias a la fuente de este improvisado refugio, tengo los dientes limpios, he dado una jabonada a la ropa, disuelvo un sobrecito de café que ayer compré en Escatrón…Coloco el saco sobre una enorme mesa. ¿Sacrificio?.

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