Forrest Gump entre olivares

He despertado en el mundo inventado. Ante mis ojos una bruma de mar licúa el paisaje; a mis pies las barcas están deseando deslizarse por el Mar de Aragón. A fuerza de nombrar así el embalse y sus efectos, mi boca es capaz de recordar el sabor de los rizos azules de las olas, mi piel se saliniza, mi oído aprecia rumores marinos… En este rincón del mundo el Mediterráneo se adelanta y anticipa el final de mi viaje. Pienso “mar”, digo “mar” y la palabra es capaz de crear el mundo.

          Espero sentada en un banco junto al embarcadero a que abran la cafetería. Quiero un desayuno caliente. Lo necesito. Dámaso, que es así cómo se llama el dueño, llega diez minutos más tarde de lo previsto y con cara de pocos amigos. Conozco malos despertares y el suyo es uno de esos, de modo que intercambiamos los mínimos gestos de cortesía y desayuno en silencio. Mi cabeza no puede sujetar muchos esfuerzos. A la única conclusión a la que soy capaz de llegar es que el olivar que hoy bordearé pertenece a Gertrusa.

          Busco entre las viejas revistas que se acumulan en una de las mesas algo que pueda ordenarme el despertar y me encuentro con un viejo dominical cuya portada anuncia “Los otros Forrest Gump”. El artículo relata la experiencia de andariegos que han recorrido el mundo. La primera historia la protagoniza Bernard Ollivier, de 54 años, que hizo “La ruta de la seda”. Asegura que después de prepararse el viaje durante tres meses se llevó la sorpresa que “los mapas no se ajustaban a la realidad”. Me alegro no ser la única y miro de reojo al mío, que me espera indiferente al lado de la magdalena.

Caminar como sanación

          Bernard Ollivier escribe libros de sus viajes y con los fondos financia a una ONG que usa la marcha a pie como herramienta de trabajo para ciertos desarrollos personales. Según el redactor del artículo, este francés camina entre 35 y 45 kilómetros diarios y asegura que la dificultad no estriba en el esfuerzo físico, “el verdadero problema es la soledad”. Y añade: “Supongo que es preciso realizar tus sueños, por imposibles o disparatados que parezcan”. Bebo la frase, la relamo, cae en mí como agua en tierra seca. Necesitaba escuchar algo así en un día en el que, como hoy, el cansancio es tan previsible que espanta. Ollivier dice que en momentos como éste echa mano de la insolencia, que bien llevada resuelve muchas papeletas. Miro el meandro que se asoma tras los cristales con desfachatez pendenciera y sigo la lectura.

          El segundo nombre en aparecer es el de Cristina Bernat, de 38 años, la única mujer de esta reseña. Ella es de las que camina en grupo, nunca ha andado sola. Hubiera preferido que se atreviera a marchar sin nadie al lado, aún así, la escucho… y ella, en buena correspondencia, me avisa: “La vuelta a la gran ciudad se hace más cuesta arriba que la subida al monte. Sientes que ya no quieres ese tipo de vida”. ¿Cómo aparecerá Madrid a mi regreso?

          El tercero es Pep Gaya. Tiene 44 años y lo suyo es caminar por el desierto. Como Cristina, él más que andar practica “trekking” y algo más: organiza viajes a pie por la zona bereber. Creo que caminar como viaje organizado es cultivar la ceguera y eso me espanta, aún así, por lo que cuenta, cuando se mueven los pies algo también se mueve dentro, por eso aconseja “Un viaje a pie por el desierto a alguien que tenga problemas, porque sale todo a flote”. Leo “desierto” y la palabra genera realidades: se me despierta la sed.

Lo más difícil es empezar a andar

          El cuarto se llama Jean Beliveau, es de Toronto y ha dado la vuelta al mundo en solitario. El día en que publicaron el artículo cruzaba Bolivia, dos años después de su partida. Lejos de sentirse solo, cuenta con el apoyo de su mujer, que se encarga, entre otras responsabilidades, de mantener al día su página en la web y recoger fondos para una fundación por la paz. Beliveau se ha creado un gran paraguas espiritual que le ampara de los momentos de duda, cuando el caminante se queda a solas con su viaje y se da cuenta que la única razón para tanto es fuerzo parte de su íntimo y gratuito deseo y que por tanto el destino no está fuera sino dentro de él mismo, entonces… la certeza puede convertirse en algo insoportable. Por eso viene bien que el andariego revista su trayecto con objetivos que le trasciendan de modo que en caso de crisis aligeran el peso de la fragilidad. Y no hay nada más trascendente que las sublimes razones espirituales.

          Unas líneas más allá confirmo mi sospecha: a los dos meses de salir de su casa pensó en abandonar su aventura porque se dio cuenta que sus razones para el viaje eran otras, una certeza que no sabía expresar en palabras. “En realidad lo más difícil es empezar a andar”. Lo suscribo. Tomo impulso y salgo.

           Camino durante horas, cantando, por la finca privada que domina esta parte del meandro del río. Desde el comienzo de mi caminata los frutales anuncian que no están colocados allí por azar y su orden me permite andar despreocupadamente. La vega es húmeda y el sol aún no arremete. Cuando llego al caserío de Gertrusa decido presentarme. Atravieso la finca hacia el edificio principal. Los trabajadores no interrumpen su trabajo , es evidente que a nadie le molesta que yo me cuele en esta propiedad cultivada exclusivamente por hombres y que no es necesario que pida permiso, pero llevo mi inútil determinación hasta el final. Pregunto por el responsable, espero frente a su despacho y cuando me llega el turno le digo que pretendo llegar a la ermita bordeando el río y que, por tanto, transitaré por sus propiedades.

Cantar caminando

          Ángel se muestra encantado. Quiere dejar constancia de que el Ebro se está muriendo y se ofrece a enseñarme la antigua noria con la que siguen sacando agua, allí se puede ver con toda claridad que el río está alcanzando uno de los niveles más bajos de su historia. En el trayecto me inunda a datos: El nivel de salinidad del agua debería de estar entre los 0,8 y los 1,5 grados, pero hoy alcanza los 2,6 (…) La empresa que se dedica a exportar sus melocotones, ciruelas, tomates y peras se llama Frutesa (…) En la finca encontraré 80.000 olivos (…) Sufren heladas cada 5/6 años…Yo no pregunto pero Ángel ni se da cuenta.

          La noria aparece entre matorrales. Le separan muchos metros de la orilla del Ebro. El río discurre cada vez más seco y el agua no mueve la rueda que durante siglos empujó. Ahora la noria no es más que una edificación sin sentido que mira la corriente de lejos. Me cuelo en sus secas instalaciones. Desde allí el Ebro se ve más escuálido que nunca. A nuestra derecha el azud va flaco y, a pesar de la distancia, se adivinan los saltos de las truchas (en vez de nadar, caminan). Ángel me explica que esta enorme hacienda a duras penas saca agua para el regadío pues el Ebro ya no es capaz de soportar tanta sangría: tres veces en esta última zona de meandros y después el embalse y tras él la “línea recta” hacia el mar…

          Ángel me acompañará hasta el túnel que atraviesa el meandro y que lleva el agua del desagüe de la Central eléctrica de Mendoza al otro lado de esta curva. El suelo se abomba bajo nuestros pies y a lo lejos aparece “la tierra de los colonos”, cultivos de pequeños agricultores que aprovechan los huecos que deja Gertrusa y Frutesa para mejorar su economía. A juicio de Ángel, la forma de entender la tierra de estos ”colonos” me impedirá caminar con holgura, pues “abajo está todo muy salvaje”. No sabe que a mí precisamente es esa forma de manejar la tierra que por lo visto tienen los colonos la que me parece atractiva.

Un mapa en el pie

          No he cantado el resto del camino porque ni los cultivos son frutales, ni los cortados dan sombra aquí. Aún así, nunca hubiera considerado este trayecto como algo “salvaje” sino “entretenido”, lo suficientemente difícil como para llegar a la ermita con la sensación de haber alcanzado un pequeño éxito, pero tan relajado como para no visitarme el cansancio. Aquí escribo, encantada por haber cumplido un objetivo que esta mañana me parecía tan lejano. No ha sido para tanto. Durante el trayecto he ido negociando con la naturaleza, cuya voluntad hostil no ha terminado de aparecer: Yo preveo, ella ofrece, yo transijo, ella regala, yo aprovecho… este diálogo ha hecho más breve un camino que se perdía en tramos.

          La ermita está cerrada, en medio de la finca. Desde su entrada puedo ver la última curva del meandro. Caigo en la cuenta de que tiene forma de bota. Observo bien su silueta. Tiene gracia, si el mapa fuera mi pie izquierdo (que se me ha vuelto a hinchar esta mañana) ayer estuve andando por la zona que me duele. Sigo con el juego: me despedí de Ángel en el empeine, donde comienza mi hinchazón.

          En esas estaba cuando me encontré con la encarnación del minino de Cheshire. Le pregunté qué dirección debía tomar y me contestó: “ten la seguridad que llegarás si andas lo bastante”. Se llama Antonio y se dedica al mantenimiento de los canales. Al verle inclinado sobre la tierra en un rincón aparentemente inhóspito, me acerqué a charlar sobre mi recorrido. Con mirada obtusa, me dio unas instrucciones tan ambiguas que a la hora de nuestra conversación, después de desandar tres tramos en busca la caseta de las turbinas, aparecí de nuevo a su lado. Esta vez volvimos a hablar, pero ya con el mapa delante y sus ojos centrados, hasta que conseguimos entendernos. El diálogo nos sale extraño.

          – “Hasta dentro de un rato”

          – “Te recojo a la salida”.

          – “¿Cuándo terminas?”

          – “A las dos y cuarto”

           –  “Pues si a esas horas me encuentras, recógeme en medio de la nada”.

          – “Será fácil, en la nada la única que estarás serás tú”

Compruebo que los ángeles existen

          Como en los viejos tiempos del Ebro, he caminado entre chopos, zarzas y acequias hasta llegar a “El Cabezo” (el monte que despunta del valle, masculino de “la cabeza”). He terminado el trayecto que completa mi recorrido de ayer. Es la una de la tarde. Llevo conmigo una pequeña botella de agua, suficiente para lo que me queda. Guardé el mapa creyendo que no me restaba más que volver por donde había venido y tomé el camino que atraviesa el meandro hasta el puente con Escatrón, una amplia y recta línea… Pero me pierdo.

          No he calculado las proporciones, he confundido de cruce y he terminado en un acantilado a cuyos pies reconozco mi recorrido mañanero, a pesar de la cercanía está fuera de mi alcance, nos separa un cortado. Deduzco por los cables de alta tensión que estoy muy cerca de la central eléctrica, en ángulo con el posible camino. Aún así, no logro encontrar la salida. De repente la línea recta que me unía a casa se ha convertido en un laberinto que poco a poco va ganándose el adjetivo de peligroso.  Son las dos de la tarde y el sol me aplasta contra una gravera de la que han huido los obreros, o quizá se hayan fundido con el asfalto, o quizá aquellas piedras sean sus huesos fosilizados. Dosifico el agua que cada vez es más escasa. La escasez. ¿Cuántas veces tendré que pasar por esta tortura?.

          Los almendros no dan sombra. El polvo de la gravera ha embarrado mi sudor y las moscas patinan sobre mi piel, satisfechas por el nuevo entretenimiento. Tomo el último sorbo de agua con la conciencia de que es el úl-ti-mo. Entonces, escucho un claxon a mi espalda. Ni levanto la mano, el conductor me abre directamente la portezuela de su coche. Es demasiado destartalado y viejo para ser mágico. No hago caso a mi corazón. No hago caso a mi desfallecimiento. Está demasiado sudado para ser angelical. Miro el reloj, es la hora prevista. Estoy en medio de la nada.

          No hace falta que me de la vuelta. Tal y como me había dicho, Antonio me ha venido a buscar. Una vez en el coche me cuenta que apostó por desviarse de su trayecto habitual porque, ante mi demostrado escaso sentido de la orientación, creyó que yo apostaría por el camino más absurdo… Y aquí estamos.

Salvada por la campana

          ¿Y si le beso? No puedo, estoy seca. Antonio suda por los dos. Acaba de ser padre de un niño que ya va para los diez meses y por el que se le cae la baba, según cuenta. Envidio su glándulas, sonrío sus comentarios. Se declara contrario al trasvase. Ha ido a todas las manifestaciones, salvo a la que coincidió con el nacimiento del niño. Nunca tuve un salvador tan tierno. ¿Será cuestión glandular?.

          Apergaminada, me sostengo a duras penas sobre mis pies. Es tan evidente que Antonio no me deja hasta que no me esponjo: bebo todo lo que lleva en el coche y lo que me ofrecen en el bar en el que desayuné hace unas horas. Entonces sí, ya blanda, le suelto un abrazo apretado y me despido. Pido una habitación, hoy dormiré en cama. Vacío una ducha sobre mí. Aún desnuda, observo al enemigo desde la ventana.

          Ya en mi refugio tengo la certeza de he pasado el día colada en un hormiguero en el que cada grano de tierra es un accidente geográfico difícil de sortear. Entretengo la mirada en sus surcos. De lejos dan ganas de pintarlos, el ojo me atrapa. En la otra orilla, a lo lejos, el monasterio de Rueda se deja observar. Caminar hasta él sería lo último que haría en estos momentos, cuando me recupere habrá pasado el horario de visitas. Por otra parte, si espero a mañana perderé una jornada completa… Definitivamente, pasaré de largo. El cielo se encapota. Un fugaz rayo lo atraviesa. Me doy cuenta de que debo comprar provisiones en el pueblo, de modo que retraso el descanso y vuelvo al exterior.

          Recorro Escatrón a ritmo onírico, con este ánimo registro sus calles ocres y derruidas. La central termoeléctrica que se instaló en la zona en la década de los 50 cambió la estructura medieval que poseía el pueblo. Sus habitantes dejaron de mirar el río y abandonaron calles enteras donde aún hoy se deterioran enormes caseríos. Escatrón eligió crecer hacia el interior, al borde de las carreteras, en el punto más elevado sobre el cauce del Ebro.

Del peso de la lluvia al amor de los tomates

          El cielo adquiere textura terrosa y acelero el paso, con el pan, los dulces y los cinco litros de agua golpeándome en las piernas. Llevo la bolsa llena a pesar de que la tienda de ultramarinos no ofrecía demasiadas posibilidades. Por los restos que me encuentro al paso, deduzco que el primitivo Scatro debió conocer una vida esplendorosa durante siglos. Ya en el hotel, con el marrón invadiendo el cielo, el mesero me contará que hubo un tiempo en el que el tráfico de camiones llenos de carbón era incesante y eso cambió la estructura del pueblo, que de mirar al río pasó a mirar las carreteras. Los habitantes cambiaron el eje comercial de la localidad, abandonando casonas sólidas por nuevas edificaciones… y ahora, ni río ni camiones. También me contó que el monasterio de Rueda está en plena restauración y por tanto está cerrado. En su momento las autoridades locales instalaron en su interior el “museo del Ebro”, en un intento frustrado de atraer al turismo pues poco a poco las piezas que lograron coleccionar fueron enviadas a otros destinos. Lo último que se sacó de su interior fue el llagut que en su momento funcionó en Escatrón, tal y como se muestra en una de las fotos que decoran el hotel.

          El par de canoas y los dos patines de agua que se enganchan al embarcadero no se librarán esta tarde de probar el agua. Se levanta una enorme tormenta de arena…

          …Pero a mi no me importa. Estoy feliz porque la esponjosidad que he alcanzado esta tarde, va en aumento y ha llegado a mi corazón hasta desbordar mi lagrimal: Antonio Secanella, mi tierno salvador, se pasó por el bar mientras yo compraba en el pueblo y me ha dejado un regalo: 5 tomates biológicos, un pepino y una cebolla.

          ¿Y si me lo como? Me refiero, por supuesto, al propio Antonio.

          Me instalo en mi cama como si fuera la balsa de un náufrago. Sobre ella distribuyo mis bienes más preciados, desde la crema para los pies hasta la revista que retrata a los andariegos. En la contraportada me llama la atención una palabra: “Desierto”. Se trata de una columna que su autor dedica a la muerte de un amigo:

          “Perdemos la vida yendo hacia aquel lugar donde queremos ganarla, donde soñamos conquistarla con los nuestros” (…) “Buscamos un lugar donde el tiempo se eterniza y se hace más cotidiano y hermoso. Y nos gusta ese viento que nos acaricia, el paisaje que se nos mete en los ojos con la rapidez de un bólido, nos gusta ganarle kilómetros a la distancia” (…) “Soñaba con el placer de llegar al abrazo” (…) “Llevamos en la cabeza un planeta de detalles y deseos”.

          Fuera, la arena empieza a caer del cielo.

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