“Imagina que un río es una risa que inicia su curso en la comisura y comprenderás hasta qué punto la naturaleza sonríe”. Cuando los ríos cuentan. Consejo 32

Enemigos minúsculos

Cada día me cuesta más hablar. Llevo siete horas andando y he evitado ya un par de conversaciones. En medio de este ayuno de palabras me asalta una frase: “no hay enemigo pequeño ni insolencia sin castigo”. Viene de algún rincón oscuro de mi mente… o de mi corazón. No la reconozco, pero la llevo dentro.

          Al comenzar la jornada creí que era capaz de describir lo que veía sin implicarme porque los pensamientos me salían concretos. Por ejemplo: “El embarcadero de Cinco Olivas se inauguró el 17 de junio del año 2000”. “La torre de Alborge es más señorial que su vecina, la de Alforque”. “Al otro lado de las tierras de Cinco Olivas se abre un caminito que lleva a Alborgue”… Pero fui despegándome del contexto. Todo empezó cuando, al abandonar aquel malecón, encontré un embarcadero al que deben de acudir los paisanos cuando quieren alcanzar a nado la orilla de sus vecinos, y me convenció de que la voluntad de enlazarse, cuando es cotidiana, es capaz de endulzar riscos. Quizá esta frase que mascullo y que tanto me cuesta entender sea una roca desgajada de alguna de mis montañas interiores…

          Para ser honesta, a estas alturas creo que simplemente se me está deshaciendo la lógica. Evidentemente, ya no es ella la que me ordena. Escupo la frase como si supiera masticar tabaco mientras observo cómo el Ebro separa dos planetas. Por el que transito es una vega domada por pequeños y medianos cultivos, en el de enfrente reina la agreste caliza y una vegetación que apenas despunta de la orilla y se empina por las laderas del monte. Encima de ambos mundos, un cielo gris exige borrasca.

          El Ebro se va abriendo, como una risa que iniciara su curso en la comisura. Sé que en breve desembocaremos en el Mar de Aragón. Durante horas camino sin más interrupciones que las que el entorno pone a mi cuerpo. El río se despereza a mi lado con calma dominical. Él es desde hace días mi reloj, mi calendario. Sólo me interesa el mundo en relación con el Ebro.

No hay enemigo pequeño

          Entro en Sástago y encuentro nada abierto y nadie en la calle. Su meandro me permite fantasear la escasez en la que poco a poco me voy metiendo. Quiero convocar a los miedos para verles en fila y así perderles el respeto; sudo, sé que dentro de un par de días la soledad no será una opción, ni la sed; quiero entender las reglas, por eso caminar sin lógica me asusta porque necesito que mis sentidos aprendan a ser certeros. El cuerpo es la máxima representación del orden. Sólo la cabeza entiende el caos… y el corazón. Hago inventario de mis sentidos, quiero saber hasta qué punto puedo contar conmigo cuando la aparición del otro (que me socorra) sea un imposible. Reviso mis pies, mis huesos, mis músculos: han dejado de dolerme.

         Pongo en mancha mis ojos y me asomo al Ebro a la altura de la plaza el ayuntamiento donde unas señales amarillas recuerdan que por ahí transita el camino Jacobeo del Ebro. Como quien hace una prueba de motor al coche, enfilo el monte. Dejo a mi izquierda las huertas que bordean el río por un sendero que se estrecha y desemboca a un lado de un risco, una pared de 10 metros, escarpada y absurda. Considero que es una buena rampa para mi puesta a punto y la subo como si fuera la única opción.

          Mis arañazos, resbalones y rebufos son tan reales como gratuitos. En plena batalla vuelve la frase a mi cabeza (“No hay enemigo pequeño ni mal que cien años dure”) y me agarro a una raíz para no resbalarme. Alcanzo mi mísera cima con un orgullo necio. Miro el resultado de mi esfuerzo (en el que he gastado media hora) y me invade una desolación nimia pero profunda: no estoy hecha para medirme con las inclemencias de la naturaleza. Para colmo de mi pesar descubro que el camino que parecía morir en la pared reaparece más adelante, tras una roca. Por poco que me hubiera fijado habría descubierto el dulce sendero que bordea el río hasta el centro del meandro. En cambio ahí estoy yo, sofocada, sin la botella de agua (se me cayó) y en medio de un maizal mucho menos atractivo que la vega del Ebro. Desde lo alto me sacan la lengua los montes mochos que rodean el meandro, granjas de conejos, el fortín, la iglesia de Alforque al fondo, el mirador de Rueda…y en el centro de una enorme finca, la granja de Diego Funes y su hijo David, una porquera enorme que acoge a unos 2.100 cerdos.

Del nacar que fué

          Conozco al señor Funes cuando ya estoy de regreso al pueblo, tras recorrer el perímetro de la perfecta circunferencia que traza aquí el Ebro. Cuando para su coche a mi lado y se ofrece a llevarme. Vuelve la frase: “No hay enemigo pequeño ni amigo demasiado grande”.

          En los escasos minutos que dura nuestro viaje, el señor Funes me pone al tanto de las claves de Sástago e insiste en que el mundo no es como lo cuentan. Por ejemplo, los cerdos se han vuelto animales muy delicados (“Antes, cuando procedían de madres fuertes, eran recios. Ahora muchos mueren por el calor. Les afecta a los pulmones y se ahogan”); que en Sástago ya nadie fabrica vidrio aunque aún figure así en las guías turísticas, y que los cuchillos y navajas que sus antepasados fabricaron con el nácar extraído de los moluscos del Ebro, son ahora preciados objetos de coleccionistas. Aquella fama descansaba en una única familia, los Liso, que durante tres generaciones se dedicaron a labrar la empuñadura de los cuchillos en concha. Ahora, Dioni, el nieto, se dedica a recuperar el diseño de sus predecesores con restos de nácar que ya no proceden del río. Restaura los cuchillos de su padre (que murió hace dos años) y rescata piezas de las series que él no pudo terminar para darles buen fin.

          Lo máximo que puede hacer Sástago con la realidad es reinventarla. Esos edificios grandes a medio usar como el de las fábricas de alabastro o la de los componentes con cables, también en desuso. Las revueltas del Ebro que siempre fueron fértiles ven cómo el desierto empieza a morder sus cultivos gracias a mezclas explosivas como el cambio climático, la invasión de plagas nunca vistas y las técnicas de agricultura industrial.

          – “Sástago va a menos”.

La plaga de los mejillones cebra

          Mi ameno guía me explica que desde que llegó el mejillón cebra a las aguas del Ebro, empezaron a desaparecer los moluscos autóctonos. El nuevo mejillón, procedente del mar Negro (aunque en el caso español viene de EEUU) se alimenta de fitoplancton de una manera tan agresiva que compite con las especies originales al tiempo que aumenta el nivel de materia orgánica de las aguas y esto altera el ecosistema.

         – “Puedes encontrar mejillones cebra por todas partes, cubren como una alfombra todo lo que encuentran: el fondo del río, las vegas, turbinas, desagües, depósitos, cascos, motores y anclas de embarcaciones, embarcaderos, industrias, centrales hidroeléctricas, plantas potabilizadoras de agua, presas, azudes, acequias, canales de riego, centrales, cañerías, tuberías, conductos de irrigación …”

          El último de los Liso sabe hasta qué punto no hay enemigo pequeño; el que minó el sueño de los suyos, el que acabó con el negocio familiar y la herencia artística, mide tan sólo tres centímetros, tres devastadores centímetros.

          El termómetro del coche marca 39 grados. Le invito a tomar un refresco.

          – “Yo no voy a los bares porque soy algo sordo y para decir que sí sin saber, mejor no voy”.

          Ésta fue una de las últimas frase del sr. Funes. Recuerdo “no hay enemigo pequeño…” mientras ojeo el periódico. Un grupo colombiano quiere abrir un parque temático dedicado a la vida en el campo en Caspe, en pleno embalse de Mequinenza. Lo levantarán en el denominado “Mas de la Punta”, a 18 kilómetros de Caspe, en un enclave natural que está catalogado, de modo que se trata de una cesión municipal, un “negocio de Estado” y no entre particulares. El proyecto también interesa a alemanes y estadounidenses, que compiten por una mejor oferta. Voy al mapa y señalo la zona con un enorme círculo. Me asusta la idea.Mas de Punta está situado frente a la Isla de Magdalena, un lugar privilegiado para las aves. En primavera y otoño se dan cita allí patos, cormoranes, azulones, ánades, cercetas…

Los nombres tardan más en morirse

          Estoy ojeando el periódico mientras zambullo mis pies en el lateral del río al que aún denominan “donde las conchas”. Imagino el río como un inmenso hormiguero líquido, plagado de mejillones cebra. A pesar de todo, el meandro refulge como el nácar bajo el sol. La tierra ocre parece pulirse ante mis ojos. Tengo el estómago tan lleno que no puedo ni sestear. He comido en un restaurante y llevo ya un rato caminando sin mochila. Es tanta la aridez que he decidido hacer una parte de este meandro pegada al río, regresar al restaurante atravesándolo por el medio, recuperar la mochila y pedir a alguien que me cruce al otro lado para poder dormir en Escatrón. Al día siguiente haré el tramo restante.

         Una hora después, aplastada en un lugar incómodo, que he elegido a base de desestimar posibilidades peores, no me arrepiento de mi decisión. Atrás ha dejado unas casas abandonadas, que en el mapa reciben el nombre de “Mases de la Porta de allá”. Una de las calles reza “Calle sin salida”. Durante 60 minutos inacabables he forzado los ojos en busca de un rincón bajo el que guarecerme, pero no hubo más rincones, salvo este escuálido peral con el que me estoy fundiendo.

          Imagino miles de mejillones cebra instalados en mi mente, eliminando mi oxígeno hasta ahogar mi capacidad de observación. Mientras aliento mi pesadilla, el árbol me entiende más que yo a él y me ofrece su frágil copa, sbajo la cual yo oy solamente una pila de hojas. Observo la pera aún verde entre las ramas. Quizás el manzano supiera antes que Newton en qué consistía la ley de la gravedad y el hombre simplemente viviera un despertar científico. El mío es orgánico. Mi descubrimiento está a la altura de tales circunstancias: si reside en mi interior, el enemigo pequeño es tan grande como yo.

Multiplicación de centrales

          Alargo el trayecto hasta lo que considero la mitad geométrica del meandro. Aderezo mi regreso dialogando con el mapa. En sus coordenadas sitúo todo: la central eléctrica que se levanta al otro lado del río, la sequedad, la aridez, la nada.

          Regreso al restaurante donde dejé la mochila por la raya en medio con la que se peina el pequeño montículo que enseñorea el meandro.

          José María será quien me lleve a Escatrón en coche. Le acompaña su amigo Paco. Charlamos. Apuntala mi recorrido con sus datos, por ejemplo, en este meandro hay tres centrales eléctricas que restan fuerza al río, bajan su caudal y, en fechas como ésta, con escasez de lluvia, provocan que las algas se multipliquen en las orillas. Si a su presencia se une el mejillón cebra y el siluro, la fauna autóctona tiene los días contados.

          Dice “algas” y por un momento se me dispara la imaginación, pienso en el micromundo que debe vivir en las aguas del Ebro. Multitud de invertebrados, alevines de peces, insectos, larvas, que por ser pequeños pasan desapercibidos. Les imagino en un primerísimo plano, ampliado su rostro al tamaño de los humanos y me provoco un pequeño estremecimiento. Desde fuera aparentemente el agua oscura no esconde nada, pero justo detrás de esta capa brillante, en el preciso y concreto envés, debe existir una población minúscula con las fauces abiertas, en movimiento, en constante actividad.  Y todos ellos, microfauna, también en peligro.

          No entiendo la profusión de centrales en tan poco espacio. José María me da la respuesta: las centrales daban energía a unos hornos en los que se fabricaban compuestos que luego se usaban para generar gas. Los hornos se cerraron a partir de la normativa europea que prohibió la fabricación de aerosoles y ahora los watios se venden a algunas compañías eléctricas. Dos de las centrales están comunicadas por una gran tubería de agua para aprovechar energéticamente el salto de agua. En la boca de salida el Ebro pierde fuelle y aún así permite la presencia de una tercera central.

Y para terminar, el siluro

          Mi futuro acompañante fuma en pipa (“sólo por las tardes”) y le gusta el Juli. Es de Sástago y a pesar de que estudió, logró quedarse en el pueblo porque encontró trabajo en una de las centrales. Igual suerte ha corrido la mayor de sus dos hijos, que buscaba otro destino para su vida, pero al final optó por el camino que le exige menos desarraigo. Los amigos, la infancia, el amor, el hogar, están en Sástago y no allí donde la oferta de trabajo es más amplia. El pequeño aún estudia EGB.

          Me gusta cómo mira, tiene unos ojos limpios. De vez en cuando apoya sus afirmaciones poniendo el dedo en mi mapa. Le señalo la repetición de un nombre, Menuza, en pocos centímetros se puede leer “Paridera de Menuza”, “Menuza”, “Caserío de Menuza” y “Ermita de Menuza”. José me explica que todo ello es hoy propiedad privada de un señor que ha plantado 5.000 olivos en la zona, los que peinan la ladera por la que he caminado.

          Paco también interviene en la charla, sobre todo cuando sale a colación el siluro, un pez de origen alemán implantado en el embalse de Mequinenza y sus alrededores por los pescadores germanos y que tiene buen predicamento entre los japoneses. Me cuenta que es este pez invasor el que ha traído a la zona una nutrida comunidad de alemanes que se encargan de pescar estos animales (llegan a pesar hasta 300 kilos) incluso con sondas. Aunque la carne del siluro no tiene salida en España, en Alemania sí es todo un negocio. El mismo interés despierta entre los nipones, hasta el punto en que hace unos cinco años los japoneses intentaron meterse en ese negocio y el asunto terminó con muertos, al menos así me lo cuenta Paco.

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