“Vivir significa llevar la contraria a la entropía. Tiende al desorden; lo natural es la rebeldía”. Cuando los ríos cuentan. Consejo 31.

Instante africano

A partir de esta jornada encontraré un pueblo cada 11 kilómetros, de los que se miden en asfalto y no campo a través.

          –  “No hay pierde”

Como si pudiera escuchar mis temores, el primer ser humano al que pregunto por el acceso al río termina su frase dándome aliento: no me perderé… Que cada vez encontraré menos personas con quienes torear el día pero que no me perderé. Sonrío, sé que no es cierto; a medida que avanzo la certeza de que me desorientaré va a más; intento burlarla, me digo que si pienso que seré incapaz de llegar a mi destino es porque temo viajar en un cuerpo a la deriva… que probablemente sea un simple producto cultural (en la sociedad a la que pertenezco el miedo a perderse es precisamente el origen de pingues negocios, ahí está la profusión de mapas, guías, gps…), pero de nada me valen mis propias explicaciones. Entonces doy un giro al cuento y me digo que cada vez estaremos más solos el río y yo. Ahora sí, vuelve la sonrisa. El caos es algo próximo y palpable y no me asusta. Sigo esta curva del pensamiento: La tendencia al desorden es algo que llevamos dentro, sabemos que de alguna manera vivir significa llevar la contraria a esta inevitable entropía. Somos seres organizados con irremediable querencia por el desorden, de ahí mi irremediable inclinación a perderme. Ahora, por fin, tomo largo aliento.

          No sé dónde colgar las botellas y al final engancho la pequeña en la cintura, guardo dentro de la mochila una grande y la tercera queda en la zona superior, bajo el saco de dormir. En el aire queda algo del olor a pesticida. Me dijeron que al amanecer fumigarían el pueblo contra los mosquitos. Toco mi rostro desfigurado con alivio: las viejas picaduras que se suman a las señales de las mas antiguas, las nuevas picaduras… nada extraño.

Al fin camino desarmada.

          Mi silencio cada vez es mayor, más largo, más profundo. Los hombres del bar me anunciaron que hoy se prevé bochorno. En 31 días de viaje hay algo que no ha cambiado: no distingo aves ni plantas; no logro discernir los secretos que duermen en las rocas; no entiendo de estrellas, ni de nubes, ni de insectos, ni de aromas, y esto significa que dentro de poco mi único interlocutor seré yo misma. La idea va tomando cuerpo. Me veo lanzada hacia mis paisajes interiores, sin escapatoria. Escucho mis pasos y noto ya el eco de mis soliloquios. Caminaré absoluta y plenamente desarmada. Soy la única que pisa en kilómetros a la redonda. Si me hubiera fijado antes en este sonido ahora podría distinguir hasta qué punto el viaje ha ido cambiando mi ritmo, la música de mi cuerpo, podría ordenar mi íntima geografía, llenarme el ama de caminos…

          El sol juega conmigo y ahora me ciega, cuando antes no lo hacía. Durante unos kilómetros ha estado a mi izquierda en vez del lugar en el que le esperaba, según mis cálculos, tendría que haberme retado de frente, como ayer. Es lógico, no en vano me dirijo al Este, el Ebro desemboca allí, aún así, el sol me sorprende y esto, de algún modo, le humaniza. Los requiebros del río me recuerdan que no todo es geometría. Pesco con los ojos, poco a poco pican vistas. Colecciono calas en la retina. La primera la encontré bajo el puente de Pina, la última hace un par de kilómetros. En el primer paraje decidí cruzar descalza la desembocadura de un canal. Su anchura era escasa (cerca de un metro) pero desconocía su profundidad, así que tenté la suerte y me puse el límite: avanzar hasta que se mojen las ingles y no más porque llevo mochila.

No me pierdo en los laberintos

          La última cala estaba enredada a un laberinto. El acceso era intrincado y favorecía el despiste, pero conseguí salir del lío fijando con la mirada puntos entre los cultivos. Esto de pescar con los ojos funciona. Algo he aprendido en estos días. Al salir me encuentro con un grupo de jornaleros preparando la recogida del melocotón en una finca cercana. Son 15, todos hombres y negros, hablan un idioma que me resulta indescifrable. Observan mi paso como yo a ellos. Unos minutos más tarde las tornas cambian y seré yo la quieta entre melocotones. Al pasar a mi lado tercian un par de palabras amables en castellano. Por unos instantes me imagino que estoy en un país africano y que transito por él de forma lenta, también a pie. Me gusta la idea, pero vuelvo a ellos. Observo su cadencia. Soy la única blanca en el paisaje. El pie izquierdo me late y le escucho, también me fijo en el sonido de las pisadas de los jornaleros negros que pasan delante de mí. Es otra música. Les veo alejarse hacia el final del camino con cierta sorpresa. Hace unos minutos dejé atrás cinco coches viejos, blancos y con matrícula de Zaragoza junto a uno rojo, aparcado al otro lado del camino. Imaginé que se trataba del coche del capataz y que los agricultores negros irían embutidos en esos destartalados autos blancos al final de la jornada, pero vuelven andando.

          Sigo su estela. Tres tractores me salen al paso, en sentido contrario, sus conductores también son africanos. Me enfada mi resumen, pienso “africanos” como si todo un continente fuera un solo país. No puedo con mi ignorancia. Ahora me adelantan dos de los autos blancos, que también conducen negros. Esta vez sé que son de Senegal porque he abordado a uno de los que regresan a pie y en torpe inglés consigo descifrar su origen. De repente acelera el paso, ha visto que se acerca el auto rojo. Acerté, lo conduce un hombre blanco y barrigón, que cuando llegue a su destino les indicará desde lo alto por dónde tienen que pasear el azadón.

La fiesta incluye vaquillas

          Frente de mí aparece Quinto y a mi derecha la isla que divide al río en dos. Se puede cruzar al islote gracias a un dique pequeño que facilita el acceso de los cazadores. Por supuesto, lo cruzo. Los carteles indican “coto deportivo de caza”  y, por si acaso, me quedo en un lugar despejado y aún así en sombra, para que vean como descanso. Oigo tiros y coros de iglesia. Son voces de mujer.

          Cuando llego al pueblo me lo encuentro en fiestas. Han corrido las vaquillas y más de un joven jalea, aún sudoroso, sus hazañas. La farmacia está cerrada. Me siento en una terraza junto a un grupo nutrido en el que destacan dos mujeres vestidas con este tipo de ropa que no se encuentra en las tiendas de los pueblos. La mayor lleva un traje de chaqueta de hilo color oscuro, gafas de sol con patillas de concha, sandalias marrones con adornos dorados imitando la piel de un cocodrilo. Está uniformemente tostada. La más joven usa una falda vaquera y enseña el piercing que lleva en el ombligo bajo la camisa de cuadros rojos y azules, Sus sandalias son rojas con adornos metálicos “muy vaqueros”. También ellas me observan.

          Deduzco que se trata de la boticaria y su ayudante y, por tanto, que la farmacia está cerrada. Me siento a su lado en una silla de plástico y pongo el pie en alto, porque se me está hinchando el tobillo. Escucho que la vaquilla ha pillado a un joven del pueblo. Una de ellos rechaza una invitación porque están de guardia y no deben beber mucho. Confirmada mi sospecha, la abordo, preguntándole por el horario de la botica. Será la más joven la que se ofrezca a atenderme.

“Viviré bien hasta los 25”

          Encontré el apeadero exactamente donde me indicó la boticaria.

          –  “Un caminito antes de llegar al cuartel de la Guardia Civil”.

          Cuando llegué al edificio pensé que se trataba de una casa abandonada. Sólo los carteles en buen estado aseveraban que las instalaciones no estaban en desuso Llamé a la puerta del jefe de estación con poca esperanza y de ella salió un guapísimo de ojos azules que resultó ser el mismísimo responsable y que me abrió la oscura y destartalada sala donde ahora me alivio. Y aquí estoy, en la oscura y fresca sala de espera de la estación, embadurnándome el tobillo con la crema antiinflamatoria.

         La pulcra y desangelada sala de espera me acoge hasta hacerme caer en un profundo sueño… del que me sacan dos jóvenes. Los dos se llaman Toni. El de 14 años es gordito, lleva un pantalón de peto vaquero y el pelo rizado, es gitano y habla con soltura de sus vacas, bueyes y toros, “todo ganadería brava.” El de 22 años dice que tiene una hija de un año aunque no se ha casado con su mujer. Tiene un acento tan cerrado que me cuesta entenderle. Están agotados y satisfechos, llevan dos días sin dormir, disfrutando de las fiestas. Se complacen de haber malvivido tanto tiempo, lo cuentan con aire travieso. El más locuaz es el Toni pequeño, que salta de un tema a otro. Dice que el dueño de los toros cobra 3.000 euros por cada turno de la vaquillada.

          – “Yo pienso vivir bien hasta los 25, entonces me casaré y zas”.

          – “Oye, la vida no se acaba a los 25. Yo vivo bien y tengo 40”.

          El mayor agranda sus preciosos ojos garzos.

          – “!Hostia, como mi madre!, yo pensaba que tendrías 28 o 29. Te lo dirán todos. ¿No? Que no lo pareces”.

          Me río. Le doy las gracias. Les enseño los mapas y compadreo con ellos. No sé cómo voy a llegar hasta el siguiente pueblo con este pie. Resuelven que no esperarán al tren sino que me acompañarán el tramo hasta la Zaida y allí cogerán el suyo porque esa noche quieren seguir la fiesta y necesitan pasar por casa para cambiarse. Nos organizamos: un Toni me lleva la mochila, en el otro me apoyo de vez en cuando.

Compadreo vagabundo

          Por el camino, y bajo un sol prepotente, burlamos el calor hablando de asuntos graciosos. Ellos hacen hincapié en las vaquillas. Dicen que recortan sus cuernos y los “embolan” para que no hagan demasiado daño al embestir. El Toni redondo me dice que su tío acorta el máximo (3 cms) a las que están “flojas”. A los buenos les da pena y sólo les reduce entre 1,50 y 2 cms. Les comento lo que escuché en la terraza, que hubo un joven herido esta mañana…El asunto les lleva a comentar entre ellos el perfil del personaje, no es de su grupo pero también se han enterado. Cuando lo aclaran vuelven a dirigirse a mí. De nuevo es el Toni ganadero el que lleva la voz cantante de la conversación.

          –  “De niño casi me embiste un toro bravo”

          Y nos cuenta con pelos y señales cómo se salvó de milagro (el cayó del caballo, al barro, y entonces apareció la bestia y su jamelgo se puso nervioso…). Después de su aventura, el Toni mayor suelta la suya. En esta ocasión él volvía, como ahora, de pasar varios días sin dormir en unas fiestas y subió al tren de regreso a casa. Se quedó dormido y cuando abrió el ojo estaba…!en Francia!, sin dinero, sin saber el idioma, sin poderse explicar.

          – “Mi madre no se lo podía creer, menos mal que guardé el billete”.

          Se escuchan el uno al otro como si se acabaran de conocer, con una complicidad y un asombro genuino. Tercian historias, alguna de ellas compartidas, como brincar burros jóvenes como si fueran cow boys y conseguir mantenerse el máximo tiempo posible sobre la grupa. Los tortazos son tales (incluidas las coces) que más de una ocasión han terminado en enfermería. Se ríen. Recuerdan los coscorrones como si fueran mordiscos de mujeres en pleno juego amoroso.

Una guarida en Cinco Olivas

          Nos despedimos en la estación de la Zaida, un lugar que me parece feísimo. Ellos aguardan allí su tren y yo continúo renqueante a Cinco Olivas. El camino se me hace muy duro, por el paisaje seco y sin sombra, por el sol de justicia, por el pie… Engancho mi escasa voluntad a una torre a lo alto de un monte, la iglesia de Alforque.

          A su paso por Alforque, el Ebro se endulza. El azud le amansa de modo que cuando llega a Cinco Olivas adquiere una serenidad impecable. Este pueblo mira al río desde una de las laderas del monte, (en alto es más atractivo observar los nudos del agua) y es tan coqueto que se me figura un hogar en el que cada casa haría las veces de habitación; de hecho las calles parecen recién barridas, como si alguien acabara de pasar el trapo de polvo a todos los rincones.

          Sé que la villa es paso del camino jacobeo y eso hace que me imagine a sus pobladores acostumbrados a la acogida. La gente se solaza ante mí como en el patio de su casa, como estos hombres que preparan las luces y el sistema eléctrico de un pequeño escenario. Organizan un sarao con orquestita en directo, como quien extiende el mantel de tela sobre una mesa. El que está al frente de los preparativos es un talludito regordete y calvo con pendiente en la oreja.

          Enseguida entiendo parte de esta agradable sensación de vacuidad: lo más nutrido del pueblo disfruta de la cena organizada en el pabellón municipal y fuera quedan sólo los niños, los ocupados o los perdidos… Antes de que empiece la fiesta en el local vuelvo a la altura del azud, junto al viejo molino de harina. Por fin, bajo un cielo inmensamente estrellado y una luna redonda, mecida por el bombeo del agua que incuba el molino, duermo. Sola y absolutamente en paz.

Anuncios