“¿Cuantas gotas lleva un río? Búrlate de las cifras”. Cuando los ríos cuentan. Consejo 29

Mientras se multiplicaba mi hambre de abrazos, el Ebro me explicaba qué significa ser superviviente.

En busca de un abrazo

Hace casi un mes que dejé a Rafa. Nos dimos la espalda como si no nos costara (o al menos a mí), es decir, que sé hasta qué punto separarse es un verbo difícil de practicar con el amado, pero creo que a partir de ahora tendré que ampliar esta afirmación: me pasa con el Ebro. Me desespera despegarme de su vega y sonrío cuando le encuentro. La compañía del agua y su entorno me conmueve, quizás por eso uno de los momentos más luminosos de cada jornada sean mis despertares junto al río. Nuestro saludo matinal me resulta siempre energético.

          – “Se levantó el cierzo”.

          Así empezó hoy. Se lo oí decir a una de las paseantes, de esas que andan previniendo el reuma, en su paseo junto al río cerca del Pilar. Habla con alguien que no está. Va de luto. Camina con las manos juntas, como las ánimas de la posada en la que he dormido.

          – “Y cuando levante el cierzo, ya se sabe, se acabó el agosto”.

          La mujer llevaba el paso apretado y yo me brindé a ser su sombra. Llevaba puestos unos casquitos y cantaba una zarzuela “para sí”, o  eso debía creer, porque los auriculares le impedían escucharse. Por el estribillo creí reconocer a “La tabernera del puerto”.  Nos despegamos a la altura del puente que cruza el Herva, antes de llegar al de Las Fuentes, el último que figura en mi mapa. El afluente “desaparece” (canalizado) a la altura del Paseo de la Constitución y vuelve a asomar unas calles más allá, casi cruzándose con el Canal Imperial.

Rincones agrícolas de un río de ciudad

          El despertar de hoy ha sido especialmente animado porque al poco tiempo me salió al encuentro un pasacalles, alborotaba el “barrio de las fuentes”, que está en fiestas. A su paso las ventanas se abrieron y algún niño se animó a saltar al ritmo del tambor. De pronto algunas personas comenzaron a cantar. Por un momento creí que me había colado en un musical de Broadway. La idea me hizo sonreír durante un buen rato. No distinguí la letra por el estruendo del trombón, pero no importó, todo me pareció luminoso, incluso  el diálogo del trazado urbano con el río.

          El origen agrícola del barrio está presente en sus muros, sus habitantes aprovechan las “fronteras naturales” de la ciudad, como las vías del ferrocarril, para marcar sus lindes, de modo que el maíz crece al pie de los edificios, las coles en un hueco que deja el ferrocarril, la alfalfa junto a la piscina…

          El colmo de la placidez fue el encuentro con los dos hombres con bastón que miraban la tierra como si nunca hubieran hecho otra cosa, mientras sus escuálidas y remendadas motocicletas les esperaban a la sombra, no importaba el cierzo.

          Me siento reconfortada y pienso en Rafa. Hoy le veré. Si en este tiempo me ha cambiado la forma de andar no sé si le habrá ocurrido algo a mi corazón. Pienso en los viajeros, hombres, que inventaron el sexo con precio, el tacto de usar y tirar, el polvo como desahogo, como alivio, como parte de su camino… Muchas mujeres se vistieron de hombres y renunciaron a su apariencia femenina, que es una parte de la sexualidad, para poder viajar. Es un mal principio, pues niega una parte de la naturaleza. Las hubo también que no se disfrazaron, pero se asexuaron y eso es igualmente mal principio. El placer de usar y tirar… Hubo quienes gozaron de encuentros lúbricos con precio por medio… Mi única certeza es que no conozco a ningún hombre que se vistiera de mujer para poder viajar…

Pienso como un río

           Es increíble cómo mis monólogos van tan enlazados con el entorno. A medida que los polígonos complican el acceso al Ebro (no pude ver la desembocadura del Gállego) mis reflexiones se enredan. El caminito de tierra que me devuelve al Ebro tras la gasolinera me da una paz en la que se larva cierta melancolía. ¿Será a esto a lo que se refieren los científicos cuando hablan de que todos formamos parte de un macroorganismo? La tierra, un ser vivo al que pertenezco… Puedo asegurar que siento afirmación más que comprenderla. ¿Será la emoción una forma de conocimiento?.

          Al entrar en la Cartuja, me entero que el río es un “espacio natural protegido” hasta Burgo de Ebro y que forma parte de la “reserva natural de los galachos de Alfranca de Pastriz, la Cartuja y Burgo de Ebro”. Miro el mapa con ojos elementales: si estoy en el lado de “la Cartuja Baja” es que eso que asoma al frente es Pastriz.

          Camino por el interior del antiguo monasterio, que hoy alberga un pueblo entre sus muros. La iglesia está cerrada y  por tanto mi visita es un simple callejeo. Para mejor ubicación, encuentro un cartel explicativo. La Cartuja dispone de un edificio singular, “la C. de M., construcción amurallada cuya iglesia fue construida entre 1700 y 1718. Alojó hasta el siglo XIX una comunidad de Cartujos. Desde entonces, ha sufrido diversas transformaciones: las galerías del claustro se han convertido en calles y las celdas en viviendas”.

… Pero sigo sin hacerme caso

          Se acerca una pareja. Él lleva gorra, gafas de sol, buen calzado para andar, pantalones bermudas y camiseta. Su mujer lleva la misma indumentaria. Se han vestido así para el paseo matutino. Disimulo mi desconcierto preguntándoles cómo se llega a Burgo de Ebro por el río, viendo la reserva natural.

           A los pocos minutos me doy cuenta que el sendero que me han recomendado, en vez de acercarme al río, me aleja de él. Los despropósitos empiezan a acumularse: camino está rodeado de desperdicios y escombreras. ¡El peor recorrido para disfrutar de una reserva natural!. De golpe me vi machacando sus gafas de un pisotón, como lo hicieron los niños con el ala de la paloma, y le deseé que no se le levantara durante un buen tiempo.

          Regreso al galacho de Pastriz atravesando hectáreas de alfalfa y desde alí bordeo el Ebro hasta el Soto del Francés. Debe ser que la certeza de que esta noche alcanzaré a mi amante me hace más vulnerable al Ebro. Ahora que lo pienso, si todo el universo está relacionado… ¿Podría cambiar el orden de la frase?: la certeza del Ebro me hace más vulnerable ante el amor; el Ebro se muestra más vulnerable ante la certeza de que esta noche abrazaré a mi amante; mi amante se vuelve más vulnerable por mis certezas con el Ebro…No paro hasta llegar a un cartel que se dirige a mi con todas las letras. El primero del viaje que me trata de usted: “Está usted en un entorno natural”.

El Ebro me da una pista

          En el citado entorno natural, el camino se convierte en terraplén, luego en sendero de tractor… y termina a los pies del conductor que me acompaña con su máquina hasta donde empieza un sendero oculto.

          – “Es una senda que yo tomaba incluso con el tractor, hace años… pero uno que corre en la Cartuja me ha dicho que por aquí pasó el otro día…De toda la vida ha habido aquí ganado bravo, ovejas y vacas de toda la vida, pero ahora no dejan ¿Y qué quieren que hagamos con los animales? ¿Nos vamos a otro pueblo?. Además, ahí hay una fábrica que echa todos los vertidos a ese galacho, que está ciego. ¿Ve usted?. Todo está seco. Si dejaran pastar a los animales esto estaría cortadico, cortadico, pero así, con un simple cristal podría terminar ardiendo… Es el último año que dejan cortar los chopos, en fin, si no hay nada aquí, no hay animales, qué se yo, algunos más que ecologistas son oportunistas”.

          Entonces caigo, que lo “natural” se considera opuesto a lo “cultivado”, como si no existieran métodos tradicionales de control de la fauna y los recursos, a los que se refiere mi nuevo guía. Ciertas respuestas ecológicas se convierten en remiendos del artificio, un respeto aparente que no busca realmente el equilibrio ecológico sino mantener el sistema tal y como está. De repente el “entorno natural” se convierte en una conserva.

          El camino está hecho para el pie y mantenido para las escasas visitas. Hace tiempo que perdió su condición de tierra de labranza. Camino con intriga, no sé muy bien en qué se convierte la naturaleza cuando se conserva. Entonces me encuentro con los carteles del gobierno de Aragón y comprendo: el conocimiento sobre la naturaleza que se encuentra en las bibliotecas ha venido a su lugar a explicarle a quienes no trabajan la tierra en qué consiste todo este asunto. El lugar se ha aislado de sus propios habitantes. La conserva exige de antemano que el conocimiento del bosque, la huerta, las llanuras, el río… de los ancianos y ancianas de las aldeas quede en un segundo lugar. El río se convierte así en un muestrario.

Leer no es experimentar

          Echo de menos el primer Ebro. Estos remiendos me recuerdan que estoy en “lo excepcional” y no en “lo normal”. Cuando el río deja de serlo para constituirse en un ejemplo de sí mismo, en un mal resumen, aparece tan lleno de explicaciones que se me muere la vista. El exceso de palabras ciega. Cuando explicamos el amor nos emborrachamos de frases. Lo recorro sin reparo, porque algo más allá, detrás de los chopos del fondo, se agazapa un abrazo y eso también ordena el mundo.

          Alcanzo el siguiente cartel y frente a mí aparecen “los tamizales”: Me paro, como quien se detiene en un galería de retratos. El tamariz se autorrepresenta.

          “El tamariz es una especie característica de zonas húmedas, constituyendo el estrato arbóreo dominante en las riberas de los ríos. Muy bien adaptado en situaciones cambiantes, es capaz de colonizar zonas inestables sujetas a crecidas, encharcamiento, aporte de sedimentos, etc… Poco exigente en cuanto a la naturaleza del suelo, se da tanto en zonas limosas como sobre guijarros”.

          Y a continuación leo “Reserva natural”. El lugar ha dejado de ser “entorno natural” para convertirse oficialmente en reserva. La intervención en el territorio se hace tan evidente que no entiendo cómo no hay nadie que diga en alto que el emperador está desnudo. Un río conservado es un río que de alguna manera ha sido relegado al pasado, una indirecta aceptación de la tragedia.

          Como los indios americanos que viven en las “reservas” como si pertenecieran a un pasado que se fue, como si después del “mea culpa” por haberles desposeído de la tierra, estos pobladores originales tuvieran que vivir el sueño de los muertos. Entender el río como reserva esconde una expropiación de la tierra a la propia naturaleza… Su soberanía está en la boca de otros, en los intereses de terceros. El Ebro pasa a ser un concepto.

          Mi encuentro con Rafa me está obligando de alguna manera a la recapitulación. Camino llevando el rumor del río a mi interior, ajena a mis ojos y buscando una palabra que pueda regalarle. ¿Soy superviviente?. ¿Podría decir que he sobrevivido, que estoy superviviendo?. El superviviente se ve y se siente solo, su poder deriva de su unicidad, fuera de él están los otros, el resto, los vencidos, los que ya no están. Para ser superviviente hace falta un enemigo activo. Si fuera mi caso… ¿Dónde reside el enemigo?. Quizás en el tacto de lo extraño, en la proximidad de lo extraño (que es algo inmenso cuando todo resulta ajeno salvo yo misma). ¿Lo he vencido o he pactado?. No he terminado mi ruta, continúo andando hacia lo inmenso.

Me preparo para el reencuentro

          Llevo 29 días “salvándome” del contacto con lo cercano (donde duerme el enemigo) y lanzando la vista al horizonte, porque de lejos todo es menos hostil, porque donde duerme el mar todo parece hermanarse con el alivio.  Y de repente, aquí estoy hoy, a horas del abrazo de mi amante. ¿Me sentará bien? ¿Nos sentará bien?. ¿No será esto más que la “manía de sobrevivir”?. En unas horas mi piel ya no será un campo de batalla…

          El Ebro sigue ahí, delante. Me conmuevo. ¿Será posible el abrazo de un río?. No quiero abandonar este regazo, no quiero abrazar otra cosa que no sea esta corriente de agua. El pensamiento me resulta tan absurdo que lo doy por zanjado. Lo hago sentada junto a un mojón alto, blanco, con una cruz roja en el pilar y la imagen de San Isidro haciendo manar agua de la tierra en su cúspide.

          Vuelvo a observar la realidad: Lo que primero fue “entorno natural” y luego “reserva natural” ahora es “zona en restauración”. No puede negarse que las instituciones mantienen cierta inquietud por la zona aunque no sé si detrás de tanta explicación realmente se escucha al Ebro; quizás si se le hubiera hecho caso no habría hecho falta llegar a la reserva. Después de la agresión, ahora, llega el remiendo. Tras los malos tratos, la restauración.

          En los últimos kilómetros el Ebro me está ofreciendo un resumen de sí mismo, como quien entrega una foto antes de la despedida. Sé que el encuentro con Rafa no es una separación y, sin embargo, algo pasa.  La nuestra será casi una cita a ciegas. Hemos quedado en Burgo de Ebro, en el bar más cercano al Ayuntamiento, a eso de las 4 de la tarde. Voy con un ojo en el paisaje y otro en su búsqueda: Entro el en pueblo sabiendo que allí acaba el Canal Imperial. Ni sombra de mi amante. Recorro la calle dedicada a “Sender, don Ramón J” y a la jota aragonesa. Su fuertes brazos… Veo monumentos al constructor del “Embalse del Ebro”. En su regazo temblaré como una hoja. Busco el bar de la plaza del Ayuntamiento…pero Burgo es un pueblo sin plaza consistorial. Doy vueltas hasta encontrarle en un oscuro y profundo local, el único abierto en el pueblo.

          Ni superviviente, ni escritora, hoy dormiré abrazada a Rafa.


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