“En los márgenes de los ríos se multiplica la vida. Sé marginal, olvida los tronos. Germina”. Cuando los ríos cuentan. Consejo 28

 

Fenómenos “paranaturales”

¿Se puede querer a un río?. Nunca tuve mascotas, sólo entiendo del amor humano… del amor fluvial nadie me ha hablado. Después de un mes de convivencia, entiendo al Ebro, quiero estar a su lado, le echo de menos si me aparto.

          Hoy los cortados se me figuran como puños que aprietan la vega izquierda del Ebro. Es el efecto de las escasas lluvias y el paso del largo tiempo. En la medida en que los pies del paisaje se van convirtiendo en tierra por la que pisar, mi ánimo se crece. Poco a poco distingo rocas, riscos, collados, caminos, soto bajo… y consigo que el sonido de la autopista quede en un segundo lugar. Lejos del asfalto, la humedad del aire me acaricia como el aroma de un ser querido. Al lado del río mi pensamiento cambia de tono, me vuelvo más orgánica.

          Ya no me afecta la presencia de edificios, que cada vez son más numerosos y más grandes y se acercan a los más altos. Utebo se une a Zaragoza con constantes construcciones, fundamentalmente chalets adosados. Cerca de la “Torre de la mejana del tiemblo” me cuelo en una vieja hacienda. Escucho la voz de dos ancianos que parece salir de la rejilla antimosquitos de una de las ventanas de la casona. Discuten. Me acerco al tragaluz. Exclamo “!Ah de la casa!” y callan. Insisto, esta vez digo “me he perdido”. Una voz sale de la penumbra y explica que estoy en las inmediaciones de territorios expropiados por los militares. Se refieren al regimiento de Pontoneros e Ingenieros que tienen su cuartel en Monzalbarba, ya junto al término de Almazara. Cuando consideran que me he distanciado lo suficiente como para recuperar su intimidad, vuelven a discutir.

Una colección de nombres árabes

          Me llama la atención el eco árabe de los nombres que encuentro a mi paso: Monzalbarba en origen fue un asentamiento bereber, Manzil Barbat. Alfocea viene de la época en la que fue residencia de musulmanes, que la llamaron Al-Hauz. Almazara no sé de donde viene, de hecho en los años cincuenta no figuraba en los mapas…

          Cuentan que en tiempos lejanos, un señor de la villa de Alfocea se empeñó en volar igual que los cuervos. Terco, se ató dos alas de caña a los brazos, subió a un peñasco de altura considerable y desde allí se arrojó al vacío. Tras el golpe, del que salió maltrecho, los vecinos acudieron a visitar al caballero y le llenaron de consejos. Todos coincidían en que no debía repetir la prueba, pero el mencionado señor ya había llegado a sus propias conclusiones:

          – “¿Que no?. En cuanto pueda ponerme de pie. No he volado porque me faltaba la cola”.

          Mi mapa fue editado en los 50 de modo que me acerco a Zaragoza como quien va buscando a un ser querido con una foto antigua. En mis manos llevo dibujado el perfil de la España agraria y ante mis ojos se levanta la de los servicios, es decir, profusión de asfalto, reducción de cultivos, multiplicación de casas… y meandros que no reconozco. Los carteles anuncian la cercanía de los “Galachos de Juslibol” y sin embargo mi mapa no sabe de ellos. Es como si el tiempo se hubiera comido una de las curvas del Ebro. ¿Me encontraré ante un caso de “meandro abducido”?.

Conversaciones con los soldados tras la verja

          Fijo claramente en mi carta el último punto en que lo que ven mis ojos coincide con lo que ofrecen mis manos: el puente de Alfocea, donde comienza un camino junto al Ebro que lleva a Zaragoza. Los soldados se acercan a la verja y me animan a que  les acerque el mapa. Se lo cuelo por un agujerito de la valla. Ellos tampoco ven los galachos de Juslibol…

          – “Vaya usted por el camino, es del ejército”.

          – “¿Es usted famosa?”.

          – “Verá “anadés” al final del camino de bicis”.

         – “¿Está haciendo el camino de Santiago?”.

          – “Lo podía usted hacer en piragua”.

          – “Tenemos embarcaciones y hay que saber dónde cubre hasta los tobillos o dónde hay remolinos”.

          Los soldados me hacen rebasar la verja, han llamado a un superior por si él pudiera darme una información más detallada. Después de un saludo marcial, el oficial me da permiso para andar por sus terrenos después de confirmar mis sospechas: en los años 50 no existía este galacho. Ya sé que la naturaleza tiene sus propios procesos, ya sé el efecto de los glaciares y la desaparición de los dinosaurios, los efectos de los terremotos, riadas o alisios, pero me sorprende que un río pueda modificar su trayecto de forma tan radical en apenas cincuenta años. Por lo que parece, un día el Ebro apostó por la línea recta y eso me parece poco cabal para un río.

Experimentar un galacho

          Es entonces cuando me entero: En 1961 hubo una enorme crecida y el Ebro reencauzó su rumbo, abandonó uno de sus meandros dejando en su lugar centenares de hectáreas húmedas, de abundante vegetación y fauna, que solían inundarse en la época de lluvias o en las del deshielo. Para nombrar este fenómeno los aragoneses acuñaron un nuevo término: galacho. En tan sólo 10 años, donde hubo río se instalaron las graveras y tanto horadaron la tierra que el suelo se minó de pozas. Alimentadas por lluvias, inundaciones y por el propio acuífero del río, formaron lagunas artificiales que dieron alimento a las aves.

          Impresionada por el relato, sigo el recorrido de unas rodadas hechas por las bicis junto al Ebro hasta desembocar en un cartel que indica “prohibido bicicletas”. En realidad, se prohíbe todo menos pasear con el perro (siempre y cuando vaya atado). El itinerario que ofrece de los galachos es: Lagunilla de Tamariz, a la derecha del Ebro. De frente la laguna del Sur. A la izquierda la laguna de Graveras y la de Alama, después de la laguna de Mejana y la de Gachos. Llego a un nuevo cruce y voy a la izquierda, hacia la laguna del Sol, la del Pescador, la del Puente y luego todo seguido a mi derecha hacia Juslibol. A un lado se queda el castillo de Miranda.

          Seco, abandonado, rancio. Escribo esto con miedo a que se enfaden los galachos y me coman. Me molesta que me digan dónde tengo que mirar. Aún así, un banco y una sombra junto a una laguna ayudan a aliviar mi dolor de pies. Con los dedos al aire y las piernas en alto, leo uno de los numerosos carteles explicativos. Ahí entiendo el origen de la línea recta.

Naturaleza abandonada = próxima construcción

          “La extracción de gravas para la construcción en la década de los setenta originó grandes pozas que, alimentadas por las inundaciones y por el agua subterránea (acuífero aluvial) han formado las lagunas artificiales que ahora contempla. Estas lagunas tienen diferentes profundidades. El agua suele estar fría y su calidad va mejorando a medida que nos alejamos del río y de las acequias de riego”.

          Juslibol es el resultado de una suma de abandonos. La naturaleza está allí a medio camino entre el parque temático y el cementerio asalvajado. Como para llevarme la contraria, un cartel explica en qué consiste “la vida en los cortados” que en su momento ajustaron el cauce del Ebro y que luego la mano del hombre agudizó con sus excavadoras. La extraña dureza del yeso (puro carácter pues no se caracteriza precisamente por la rigidez de su estructura) hace que en la parte superior del cortado se extienda una inmensa estepa que parece extenderse sobre una frágil milhoja. Camino pegada a ella, a pasos pequeños, consciente de que a este paisaje todavía podría sumarse algún derrumbe…y a mí pillarme debajo.

          Los carteles amarillos, descoloridos por el sol, explican los entresijos de lo que fue paisaje, referente, empeño, pasillo… con cierto toque de “soberbia colonial”, como si de lo natural (que desgraciadamente cada vez es menos) se quisiera hacer algo simbólico, un gesto congelado, un montón de actos llenos de significado. Así, conservadas, la flora y fauna tienen nombres, apellidos, derechos, jurisprudencia, turnos y hasta planes de jubilación. No en vano el Galacho de Juslibol fue reconocido en 1990 por la UNESCO como “zona periurbana de máxima importancia”, e incluido dentro de los proyectos MaB “Hombre y Biosfera”. Pero nadie debería olvidar que la Estrella Polar no sabe que señala el norte y que la naturaleza no necesita conciencia de sí misma, sino que es el ser humano quien debe tener conciencia de su propia naturaleza.

Las ranillas y aquel tren de madera

          El pueblo de Juslibol aparenta ser una de las barriadas agrícolas de la periferia de Zaragoza. Mira desde lo alto al río, sabiendo su naturaleza traidora y deja a su pies un largo entramado de huertas que pretendo atravesar para no alejarme de su cauce. Con esa voluntad y en el meandro de las “Ranillas” pido consejo a un agricultor que a esas alturas de la jornada parece un alma tan perdida como yo. Le muestro el mapa, que reorienta delante de mí: coloca el sur más al este y el este más centrado…hasta hacerme entender dónde estuvo realmente el meandro desaparecido por la riada y explicarme cómo, con el paso del tiempo, el actual trazado también desaparecerá.

         Para él todo corresponde al orden natural de la ambición humana. Hace 25 años el Estado expropió los terrenos de la vega de la derecha del Ebro por 65 pesetas. Pero mientras la Administración no daba otro uso a las tierras, algunos agricultores siguieron trabajándolas, sin derechos sobre ella, pero al menos recogiendo sus frutos. Ahora el ayuntamiento de Zaragoza quiere construir en parte de esos terrenos el centro de la Expo del 2008. Algunos cultivos del meandro de las “Ranillas” se convertirán así en la casa de tío Gilito en medio de la ciudad de Walt Disney. Los escasos agricultores que aún poseen su tierra se verán rodeados de turistas, una combinación imposible. Si la España agrícola fue sustituida por la turística y de servicios ¿Cómo van a poderse combinar dos ritmos de vida, dos formas de entender la tierra que son incompatibles?

          Es entonces cuando me habla del “trenecito”. Al salir de los galachos he visto, “el tren del carrizal”, de madera. En él se transporta a una media de 60 niños en cada visita; día a día pasan por ese pasillo al que he visto que el Ayuntamiento avisa que hay peligros de desprendimiento. Por lo visto, el municipio pone el cartel y así pretende desprenderse de sus obligaciones.

          – “Hay una piedra que caerá, es su destino, tardará 2, 4 años, pero lo hará y 60 familias vivirán una tragedia”.

El protocolo de un club náutico de río

          Sus palabras me traen a la memoria la película “Tormenta de nieve” y me estremezco doblemente, por lo posible y real y por su dimensión en mi imaginación. Desde el puente de Almazara, Zaragoza parece una isla del Ebro. Pronto la vega del Ebro se convierte en paseos y avenidas. Las flechas indican indistintamente “puerto” y “El Pilar”. Me cruzo con tres ciegos haciendo bromas a la orilla del río, asomándose a su frescor. Hablan de él con la desinhibición de los que se creen solos. Me atrapa su impudicia, burlan al Ebro y su apariencia. La sede de la ONCE queda 100 pasos. El “Club Náutico” queda ya a 100 metros. Junto a él, un torreoncito anuncia. “Animales y plantas. Excmo. Ayto. S. Aragonesa protectora”.

          El club tiene “reciprocidad mutua” con Tuy (Pontevedra), Villanueva y Geltrú, Melilla, Ceuta,  Tenerife, Masnou (Barcelona), Los Alcazeres (Murcia), Ciudadela (Menorca), Algeciras (Cádiz), Vitoria, Bañolas (Gerona), Cádiz, Ceuta, Huelva, Marbella, Sta. Lucía (Málaga), Villagarcía de Arosa (Pontevedra), Cádiz, Badalona, La Coruña, Sitges, Vitoria, Cartagena, Las Palmas, Valencia, Alicante, Gijón, Arenys de Mar (Barcelona), Casino de Arrecife (Las Palmas), Cartagena, Castellón, La Laguna (Tenerife), Madrid, Mahón (Menorca), Sevilla, Tarragona, La línea de la Concepción, Almería y Estepona. El mismo cartel en el que se da cuenta de esta ristra de nombres explica también que el club cuenta con una “Comisión de Relaciones Públicas y Protocolo”.

          Protocolo. No sé si mi presencia (mujer con mochila) se contempla en alguna regla. Mi aspecto evidentemente inadecuado coincide con que la hora es también inadecuada. Me asomo a la piscina irregular y minúscula que el club ha instalado al lado del río en la que sestean varias carnes blandas con la placidez de los que  “tienen”. Sus bikinis son apacibles y grandes. El azul de la piscina contrasta con el verde grisáceo del río.

          Leo la lista de requisitos que se exigen para poder cruzar el dintel. El club se reserva el derecho de admisión a menores de edad, personas con indumentaria inadecuada, que presenten síntomas de embriaguez, cuya actitud resulte perjudicial para la integridad del resto de los clientes, que porten bebidas…

          Un camarero sale del interior, vez empujando una caja de bebidas y al llegar a la puerta se hace un lío. Me ofrezco a ayudarle. Le sujeto la puerta.

Una mochila da pinta de sospechosa

          –  “Prefiero hacerlo sólo, no, no, lo hago mejor sólo”.

         Le suelto la hoja sin miramientos. Él da dos patadas, resopla y sigue. Yo también continúo con los requisitos. Prohibido el acceso a quienes porten objetos innecesarios, que vistan ropa deportiva y que presenten un aspecto falto de aseo.

          ¿La mochila se puede considerar un objeto innecesario?. ¿Mi indumentaria de caminante (que hoy remato con unas sandalias con calcetines, blancos) es inadecuada o deportiva?. ¿El polvo del camino se consideraría un “aspecto falto de aseo”?. En cuanto a la blandura de piernas que empiezo a sentir ¿da una apariencia de embriaguez?

          Doy por cerrada la jornada. Reservo una habitación en la “Posada de las ánimas”. Recuerdo “las sánimas” de mi cuarta jornada junto al Ebro, las vecinas hablando desde la ventana y el hombretón espantando fantasmas sobre aquel banco. Siento que me cuelo en aquellas hornacinas del camino… Ya no soy aquella observadora. En recepción pido una con cama de matrimonio. Paredes con humedad, ventana con vistas a patio interior… me da por pensar que aquel lugar es reposo para mi alma y me estremezco. El techo es alto. Con la llave me han dado un folleto: “Fundada el 3-1-1705. Su nombre aparece en crónicas, guías, anuncios oficiales y publicaciones de los ss XVIII y XIX. Citada por Galdós en sus “Episodios Nacionales”. Es el lugar de revelado de la primera película española ‘Salida del Pilar de misa de 12’”.

Una noche con las ánimas

          Escudriño su logotipo: dos personas con las manos juntas, oran mientras se queman en el fuego. El documento es la copia de facsímil de 1908.

          “Comida baturra. Verificada en la posada.. El día 9 de agosto de 1908. 1º judías con chorizo y oreja de cerdo 2º pollos a la chilindrón 3º abadejo en ajoarriero 4º magras de Illueca. Postres: melocotón en vino con azucar y canela. Tortas de cariñena. Almendras turradas. Vinos: tinto de los padres escolapios. Pan: dobleros, del año ocho (blandicos). Licores: aguardiente (balarasa) al estilo del que fabrica el tío cartujo en la calle predicadores. Café: será servido por el café de la calle de San Pablo. Advertencia: no se permite beber agua, y el que tenga necesidad de tomarla pagará por cada jarra una cuaderna (10 cts) con destino a la caridad. Nota: dato el carácter de la fiesta y rigor de la estación, se permite comer en mangas de camisa. A los postres una rondalla tocará aires populares. Fdo: La Comisión”.

          Los arrieros y comerciantes habituales del lugar recibían, junto a estas viandas, la ración de paja y el cuidado de los animales de tiro que les acompañaban.

          Me repongo, abandono la mochila y, en silencio, con los labios apretados, como si no quisiera que se me fuera a escapar un verbo, voy a El Pilar. En la plaza, unos gitanillos persiguen a una paloma. El chaval más flaco pisa un ala con contundencia. De otro pisotón quiebran la otra ala de la paloma presa. El tercero es mortal: le revienta el buche. La única niña del grupo toma el ave de un ala y echa su cadáver en una papelera… y siguen jugando. Me estremezco al ver la crueldad en manos de un niño. De golpe recuerdo el gallo descuartizado en el documental sobre las Hurdes realizado por Buñuel.

Buñuel reordena el mundo

          Soy una más entre las decenas de turistas. Me recreo en el Puente de Piedra. Ahora sé que desde el siglo XV en el que se construyó hasta hace pocos años, fue el único puente de obra por el que se podía cruzar el Ebro. El barrio rezuma emigrantes, la mayoría africanos.

          Ceno pronto en uno de los comedores de la Posada, animada por la reseña que leí en el cuarto. Elijo el que anuncian como “típico aragonés”, está en la segunda planta y se llama “La chimenea”. La estancia está alicatada hasta el techo con azulejos azules. En una de las paredes aún se guarda el espacio que debió ocupar el antiguo fogón y que hoy es un bodegón hecho con utensilios de cobre y barril sacados de un “todo a 100”.

          Los camareros, como el recepcionista, parecen realmente almas en pena: pálidos, encorvados, habitantes de cuerpos algo desproporcionados (o con kilos o centímetros de más) que cubren con uniformes negros muy usados… todos superan los 50 y parecen agotados. Al que me atiende le duelen los pies, aunque mantiene la apostura. Da varias vueltas antes de servir mi mesa, como si siempre estuviera a punto de olvidarse de algo. Su compañero tiene el pelo escaso repartido hacia la derecha, sus inacabables ojeras y ojos caídos me convencen de que quizá nació cansado. Una mujer joven espera su cena en la mesa de al lado. Lleva a sus gemelos en un cochecito. El que va delante tiene fiebre y el que va detrás se agobia porque se siente preso en su silla. Siento su ahogo, la madre también. De golpe le zarandea, el niño llora y ella le azuza aún más. Grita a media voz.

          – “¿Quieres llamar la atención y que todo el mundo te mire o qué?”.

          Y se levanta, sin tomar el postre. Al salir golpea al niño, que vuelve a berrear. Impune brutalidad.

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