“Recuerda cómo hacen amig@s l@s niñ@s: Les dejan un sitio en su juego… y ya está”. Cuando los ríos cuentan. Consejo 27

El sueño fue circular, giraba en torno a una boca carnosa y ácida como las cerezas. El día fue circular… Sin embargo nada parecía repetirse…

 

Naufragio en una partitura


Anoche tuve un sueño circular. Soñé que llegaba a un local donde un grupo de jóvenes (hombres y mujeres) seleccionados íbamos a pasar un fin de semana de lujo. Había llegado el momento de las presentaciones, en medio de un enorme jardín, rodeados de instalaciones de lujo, todos lucíamos guapos y elegantes. De repente, una chica vestida de naranja, aparece en el local. Los dueños la reciben con una sonrisa y le dan su equipaje (una mochila). Ella les dice algo así como “no sé qué les habrá dicho él, pero… en fin, aquí estoy, recojo mi equipaje y me marcho”. Ellos parecen estar de su lado y la invitan a pasar todo el tiempo que necesite ya que no ha podido disfrutar de la estancia como le hubiera correspondido.

          La chica acepta, sonriente. La observo, tiene mucha energía y es atractiva. El grupo de recién llegados se va a tomar unas copas fuera pero ella decide quedarse, no le apetece salir. Lo mismo le pasa a uno de los jóvenes, de boca carnosa y ademanes lánguidos. En realidad quiere quedarse a solas con ella, le gusta. A ella le enternece su actitud y le hace bromas, juegan, se ríen, se van a dar una vuelta por los jardines… y dulcemente ella, atraída por esos labios carnosos, besa al joven. La boca de él es terriblemente ácida y se sorprende. Vuelve a besarle, no puede con su sabor.

          Ella duda si continuar o no. No quiere volver a cometer errores. Entonces sale de su pensamiento y él ha desaparecido y ella no está en los jardines, sino en la calle. Busca el lugar del que salió, absolutamente perdida y sorprendida. Cuando llega y lo encuentra, recibe la mirada sorprendida de un grupo de jóvenes que se va a tomar una copa después de las presentaciones. Y ella dice a los dueños del local: “No sé qué os habrá dicho él”. Y entonces ellos la sonríen…

Las moscas llegan con el cierzo

          Vuelvo a la chopera que dejé ayer junto al río. Vista desde arriba parece pequeña. Alagón queda en alto y me permite adivinar mi porvenir. El calor empolva el horizonte y maquilla de azules el paisaje. A babor una fronda desorganizada, a estribor, unos huertos delineados y allá en el frente… un tractor de navegar sinuoso. Le observo sin catalejo, no hace falta. La mancha amarilla navega lenta y armónicamente entre el oleaje del cultivo. No tiene izada la bandera. Surca el verde.

          Sigo un camino que a medida que avanzo se abandona. La nube de mosquitos que me acompaña va ampliando su diámetro de acción y llega hasta en el pelo. Procuro controlar mi ira pero reviento, como si fuera una breva madura, no por los imponderables aguijonazos sino porque he pasado ya tres veces delante de la misma porquera. Freno delante de ella, aunque me rompa la pituitaria. Según mi mapa, la enorme pocilga debía aparecer a mi derecha y no a mi izquierda, que es donde está. El olor me da náuseas.

          – “Por lo menos 5 000 cochinos tendrá, y cuando viene el cierzo es terrible”.

          Es una frase de Néstor. Anoche el jotero y uno de sus amigos me explicaban que el cierzo enloquece porque va a no sé cuantos kilómetros por hora, que empieza en el invierno, arrecia en primavera y se calma en otoño y que arrastra todo tipo de olores. Dispuesta a triunfar, rectifico y giro a la derecha por un trazado que hasta ahora nunca pisé. Hasta cuatro vueltas doy por el único meandro antes de encontrar el río y el cortado impresionante del que me hablaban anoche.

          – “Notarás lo que hace el Ebro cuando crece”.

Un músico en su tractor

          Ahora entiendo el mensaje encriptado de Néstor. Efectivamente, a mi lado el Ebro fabrica una “playa” hecha de los sedimentos que arranca de la pared de enfrente. La tierra se rompe al rozar el río pero mantiene sus estratos de la mitad hacia arriba. El blanco muestra todas sus gamas frente a mí, aquí el verde, allí el muro, después el agua. Mereció la pena el laberinto.

          Cuando vuelvo a las huertas veo, a lo lejos, esa mancha amarilla que descubrí a primera hora de la mañana. La enorme carabela es un tractor ocre que sigue marcando eses a pesar de su rígida estructura. Al frente de él, Benigno, el único Benigno de Alagón. Levanto la mano como lo hace un náufrago. Quiero conocer a quien es capaz de moverse con tanta ligereza. Tras los saludos, el intercambio de nombres. Pronuncia el suyo silabeando, como si de golpe fuera extranjera. Repito “Be-nig-no” con la misma precisión y el hombre se echa a reír para contarme después, con mucha gracia, que harto de que le llamen Menino, Benino, Minino… bautizó a sus hijos como Sergio y Javier. Sin bajarse del tractor me explica algo que parece obvio: es agricultor, profesión que aprendió de su padre. Su mujer tiene una zapatería. Pero cuando llegan los sábados, la jornada se complica porque llega el turno de los ensayos. Hay temporadas, como en Semana Santa que empiezan a las 14 h y terminan 3 horas después.

          Benigno también es músico. Toca el saxo alto en la charanga (El Mañaco), la corneta en Semana santa y canta en una coral. Dice que lleva la música en la sangre, que incluso cuando trabaja la tierra le brotan melodías de no sabe dónde y canta, tararea, musita… Asegura que no es tan buen profesor como su padre, por eso no ha enseñado a sus hijos el cuidado de la tierra, y eso que su hijo (ciscornio segundo en Santander y también trompetista) aprendió FP agraria para ser capataz.

          Be-nig-no se anima a invitarme a subir al tractor. Por supuesto, caigo en la tentación. Subo. Estoy encantada. Voy apoyada en la puerta, medio recostada contra el cristal. Entonces, Be-nig-no empieza a bailar con su máquina. Desde lo alto, en la cabina, veo cómo el Ebro discurre pegado al cortado hasta enlazarse al Jalón y más allá. Noto la música que nadie nombra, aquella que proviene del lugar de los secretos, donde duermen los sueños de los recién nacidos. El Ebro rompe en ese cortado durante un buen trecho, a lo largo del meandro mas grande de Alagón y luego frente a la desembocadura del Jalón. La tierra, entre sol y nubes, cambia de color, del rosa al blanco y luego al gris. Benigno me devuelve al río, mecida.

!Mujer, mujer!

          La desembocadura del Jalón es la más clara y dulce que he visto en este viaje. En el lado derecho del afluente un dique dirige sus aguas de forma razonable. Ante mí, un embarcadero que sólo se utiliza dos veces, en mayo y en septiembre, para subir a la ermita del Castellar, que es lo único que existe al otro lado del río para los vecinos de Torre de Berrellán. Al final del verano los fieles llevan la comida en cestas mientras que en mayo la excursión es sólo mañanera, con almuerzo incluido, pues por la tarde están las fiestas del pueblo.

          Observo la ermita, en lo alto del cortado, e imagino el rosario de romeros subiendo por el escarpado sendero, con la lengua fuera y regando el gollete con buen vino para hacer más leve el esfuerzo. Aquí abajo, el embarcadero es el mejor lugar del mundo. Sombra y agua en remanso, no hace falta mucho más. Y en medio de él un ingenio que intento descifrar: un complejo sistema de poleas y cuerdas dispuestas para arriar una enorme barca (que no está) en la que deberían viajar los paisanos.

          Un poco más allá unos niños ríen mientras se tiran de cabeza a la corriente y caen al agua como si fueran fardos. Las niñas, vestidas, les miran. El griterío es general, al cincuenta por ciento. El más gordito llama mi atención.

          – “!Mujer, mujer!”

          Cuando me giro a verle se tira formando un magnifico remolino; detrás de él otro más pequeño, con la espalda algo encorvada y en calzoncillos, le remeda.

          – “¡Mujer, mujer!”

          Pero esta vez, en medio del salto, me enseña el culo.

          – “¡Le ha hecho un calvo!”

          Ríen las niñas… y yo también.

Ahora los barqueros se llaman Antonios

          El viento mece las mazorcas de maíz como si fueran trigo. Invento que es otoño y que me he vuelto río. Sólo oigo mis pasos y el viento en el cultivo mientras me acerco y separo del río, que hoy me devuelve una y otra vez a mi condición de náufraga. Susurro de hojas. Ando y desando sin rumbo, presa de un oleaje verde que no entiendo. El canalón al que va a parar el agua de varias acequias determina mi recorrido y me corta el paso. Soy un ahogado sin muerte que el mar expulsa a su punto de partida pues me doy cuenta que una y otra vez vuelvo sobre mis pasos, ando haciendo remolinos. Soy el madero que vaga de una costa a otra después de un naufragio.

          Ocurre cada vez que me despego del río, así que adapto mi andar a las difíciles riberas, feraces huertas. Las Mejanas pobladas de álamos, fresnos, sauces y tamarices forman islas junto al Ebro. Los chopos no son buenos  para los pies, el barro sobre el que crecen convoca a todos los insectos. Al otro lado del río, descubro El Castellar, un secarral a cuyo pié se ubica una finca a la que se pasa todavía en barca privada, la de Sobrabiel. Llego a ella en el momento en que recoge un tractor y lo transporta a la otra orilla. El barquero se llama Antonio y está sustituyendo por un día al verdadero barquero, también llamado Antonio.

          –  “Antes los barqueros se llamaban Migueles, ahora somos Antonios”.

          Le digo que la suya es la única barca funcionando diariamente desde el comienzo del Ebro y, orgulloso, se lo comenta al siguiente pasajero, el conductor de un tractor. A raíz de este comentario, sus actos adquieren mayor valor, y despliega el ceremonial de su trabajo.

          Por fin entiendo cómo funcionan estos barcos con funciones de puente. Primero se desengancha la plataforma de la orilla (con ayuda del pasajero), luego se enciende el motor, que irá recogiendo por un lado la cuerda y por otro la irá soltando. La polea permite el avance. Una segunda cuerda, arriba, hace de tope a una especie de mástil, que sirve para orientar la barcaza, junto con el timón (una enorme barra que se moja en el río según la voluntad de dos rodillos que van a manivela).

          De regreso a mi orilla, Antonio recuerda que de Abril a Junio el agua llega negra a Sobrabiel por las conserveras de espárragos y alcachofas de Tudela y que ya nadie drena el Ebro.

          – “!Con lo sano que es para el río!”

Me buscan un hombre de confianza

          ¿Cómo de “sano”, como las purgas, los ayunos o los regímenes de frutas para limpiar los intestinos?. ¿Y los diques, embalses, presas, centrales eléctricas, nucleares… no son ya suficientes peines?. Antonio no explica “sano” y yo tampoco le pregunto, porque ahora más que saber, lo que necesito es beber. Encuentro lo que quiero en una tienda de Sobrabiel que es estanco, supermercado, tienda de chucherías y punto de encuentro de amas de casa. Allí compro un refresco y un nuevo cuaderno. Pido permiso para sentarme en la silla que preside la entrada del establecimiento, justo frente a la caja registradora, y me lo conceden. Allí, entre sorbo y sorbo, tercio conversación con la madre y dos hijas que regentan el local. Me hacen una entrevista en toda regla sobre el viaje, mis anécdotas y razones.

          Ellas rebuscan en su memoria sus propias travesuras. A raíz de reconstruir para mí un camino de la infancia (saliendo del pueblo por el camino recto hasta un molino antiguo, se bordea, se tira a la derecha, se pasa una acequia, unas autovías y trenes y de frente aparece Casetas) recuerdan que después de muchos años volvieron a tomar esta ruta el verano anterior, antes de que los niños terminaran su siesta.

          La charla es animada y se enlaza con los encargos de las mujeres que completan la compra del día hasta que la anciana pregunta a un representante “de confianza” si podría acercarme a Casetas porque no quiere que pase más penalidades. Para ella los tres kilómetros que me faltan para llegar allí suponen ya demasiado esfuerzo. Me impresiona tanto su preocupación que acepto su ofrecimiento, además, son las siete de la tarde.

A solas con Sael

          Entro en el coche del representante con todo el protocolo necesario. Él se presenta como Sael (españolizado, Samuel) y es de origen sirio. Al decirle el mío me descubre que mi apellido procede de su país. Me explica que allí Zein significa “la belleza, la bella” y me mira de arriba abajo convirtiendo el dato en un piropo, aunque su mirada me hace sentir que mi aspecto está pasando por la ITV. Por mi parte, valoro sus ojos azules y acento afrancesado, aún así me hace sentir incómoda. Como si lo notara, Sael cambia de tercio y empieza a animarme a que venda mi historia a los medios de comunicación. Le señalo que se ha pasado la salida. Pide excusas y en vez de volver sobre sus pasos me asegura que me dejará en el pueblo siguiente. Mientras pregunta si tengo hijos, si estoy casada, la edad…

          – “Porque la gente que hace lo que tú o trabaja en algo por el camino o vende su historia a los medios o se lía por el camino con alguien”.

          –  “Lo más desagradable es la última propuesta”.

          – “Claro que te tiene que gustar el hombre que elijas”

          Le miro fijamente a los ojos y le señalo con el dedo mi punto de destino. Frena, entra en Utebo, recorre el pueblo con parsimonia, como si cupiera la posibilidad de una reconsideración de su propuesta. Reduce la velocidad cada vez que pasamos delante de una pensión. Insiste.

          – “Quizás nos veamos más adelante”.

          Al llegar al Ayuntamiento, me apeo. Sael refuerza el brillo de sus ojos, que lejos de atraerme, me espantan. Frente a mí, una residencia de ancianos me ilumina como un viejo farol de gasoil. El asistente social que atiende en la entrada corta mi paso. Explica que la residencia da de comer gratis a los transeúntes que tengan razones legítimas y, por lo visto, la mía carece de legitimidad. Aún así, se ofrece a devolverme a Casetas.

          Por lo visto, y hasta el final, este día es circular.

Anuncios