“Cada vez hay más palabras y menos árboles. Reduce lo que dices, multiplica tus actos”. Cuando los ríos cuentan. Consejo n. 26

Vicenta, como Sancho Panza, tenía un señor. Un día ella le dijo: “¿Usted quiere entender?. Vengase conmigo al mar – Él no iba a la playa nunca, no-. Allí sabrá del alba, tan rojo, y los jardines, tan verdes…”. La anciana me recordó que decir verdades como puños lleva lejos. Ahora le tocaba decirle a su marido que se estaba muriendo.

 

La ínsula Barataria


El último en llegar a casa por las fiestas lo hizo a las 7 de la mañana. A esas horas di por finalizado el sueño. Con los párpados aún vencidos, me recreé en los trinos hasta distinguir que unas aves pían, otras silban, las de más allá graznan y de vez en cuando las cigüeñas castañetean. Retiro las pestañas, fuerzo la retina y descubro la razón de tanto gorjeo: he dormido al lado de las torres de una antigua azucarera, donde las cigüeñas han construido un enorme nido y los árboles crecen sin concierto. Su parloteo me ha acompañado durante la noche, junto con el paso esporádico de algún coche y los pitidos de trenes en la lejanía. La charanga tocó casi hasta el amanecer.

          Ando, en tensa calma, por el meandro de Luceni que se divide como las varillas de un abanico. Algunos de los caminos llegan al río, otros los bordean, pero todos terminan ciegos, o al menos los que tomo. Definitivamente, las líneas rectas alejan de los deseos.

          Alcalá de Ebro recibe el río con un rompeolas. El río hace islas de sedimentos y ahora mezcla los colores con la brisa de la humedad. Dos cúpulas marcan el centro del pueblo, que parece una postal.

          Me asiento a los pies de la estatua de un hombre rollizo que señala su frente con el dedo, dispuesta a escuchar el agua y los pájaros como si fueran una pieza musical, pero antes de hacerlo leo el cartel que reza a sus pies:

          “Hoy día a tantos de tal mes y de tal año. Tomó la posesión desta ínsula el señor don Sancho Panza, que muchos años la goce”. Cervantes.

          ¡He llegado a la Ínsula Barataria!. Contemplo los alrededores con conciencia.

La bella y silenciosa ínsula

          Miguel de Cervantes Saavedra, vivió en la villa de Pedrola en el invierno de 1568 como paje del Cardenal Julio Aguaviva y Aragón, hospedándose en la casa del duque de Villahermosa, gran amigo de letras y cultivado aragonés en su época. Durante esta estancia conoció Alcalá de Ebro, que durante las crecidas del río casi se convertía en una isla. En su novela, Alcalá se convertirá en la Ínsula Barataria y los duques de Villahermosa en sus señores.

          Pero si entro en la villa es por su silencio y no tanto por razones literarias. Sentados en la escalinata de acceso a la iglesia, un joven de ojos azules y un señor mayor ven jugar a un perro y a un gato de igual color y tamaño parecido. Ríen con los retozos. Me complace que hagan eso, concederse un tiempo para reírse con las perrerías. Me acerco a ellos. Les digo que me encanta el sosiego del pueblo, el envés de Luceni. El mayor comenta.

          –  “Al cura de Luceni se le han debido olvidar las buenaventuranzas. Aquí no te habría ocurrido eso. Tenemos la casa del cura, en la que no vive porque es de Alagón, e incluso instalaciones municipales”.

          – “Qué injusto, Alcalá es más que la ínsula de la ficción. De todos modos, qué cosas, una isla en mitad de los Monegros”.

          El más joven, carpintero, me habla del dique. Aún hoy, cuando el Ebro llega lleno, sus aguas vienen con fuerza y chocan en la presa haciendo miles de remolinos.

          –  “Cuando era niño tocaba desde el dique el agua con la mano”

          El otro, José Luis, de 58 años, va a comprar el periódico a Pedrola y se ofrece a llevarme en coche, así podré ver la residencia de los duques de Villahermosa. Acepto su propuesta, no tanto por visitar el palacete sino por su forma de pedirme que le acompañe. De camino al auto me explica que padece insuficiencia respiratoria y por eso disfruta de una jubilación anticipada, es decir, que es rico en tiempo.

El honor de recibir un secreto de confesión

          Ya en carretera, José Luis me espeta que estudió cuatro años en un seminario y un buen día lo dejó a pesar de su fe (de hecho en todos estos años ha mantenido su vocación dando catequesis, cuidando la iglesia…). Abandonó su vocación en contra de su voluntad, de forma traumática… y entonces toma el aire que tanto le cuesta aspirar y pide permiso:

          – “Necesito contárselo a alguien, es un secreto que llevo guardado desde entonces, a ti te lo cuento porque no nos conocemos y porque no nos volveremos a ver”.

          El interior del coche se convirtió durante unos kilómetros en un confesionario pagano y yo escuché en silencio, conmovida por las necesidades del alma.

          Cumplida la visita al palacio de Pedruela y con la prensa bajo el brazo. José Luis me acompañará hasta el borde del río. Dos horas después me encuentro con la furgoneta del carpintero, de quien no pude despedirme. El joven reside en Cabañas, cuya entrada queda a pocos metros, y me anima a que crucemos juntos el imaginario dintel. Al pasar junto a las instalaciones de Opel me cuenta que la multinacional tiene unas tomas de agua propias que funcionan aún cuando el Canal Imperial no puede garantizar el suministro de agua a los habitantes de la zona.

          Dejamos atrás la enorme báscula para pesar carruajes. El “pesador” es un hombre cojo al que se le paga un salario menor por su minusvalía, allí tasa los vehículos con sus cargas y luego en vacío, así saben cuánto pesa el material que sale en venta (cerdos, maíz, alfalfa…). El carpintero sonríe satisfecho ante su propio despliegue de conocimientos.

Los ratones y los matalé

          Esta tierra prodiga hombres con ternura. A esa idea le voy dando vueltas mientras resoplo junto al Ebro y mordisqueo una pera que he arrancado de un árbol del camino. Encuentro una caseta destartalada, con forma de vagón, en el que come una familia que no se siente muy a gusto con mi interrupción. Donde hubo un bar leo “bar” y, como es costumbre por mi tendencia a lo obvio, pregunto:

          – “¿Está abierto el bar?”.

          – “No, no lo está”.

          Y, claro, continúo el camino con una sonrisa inmutable y deseándoles una buena comida, es decir, mintiendo, porque andaba yo pensando en la ternura y porque no son horas para encontrarme con noes tan rotundos. (Más tarde me enteraré que los allí sentados, en torno a sus viandas, probablemente fueran familiares del sr. Viñuales, conocido como “Matalé” y dueño del negocio. Me cuentan que hace 150 años el tatarabuelo de Viñuales se encontró con un ratón y empezó a gritar a su compadre “mátale”. Desde entonces existen dos familias Viñuales, los “Ratones” y los “Matalé”. Los de esta segunda rama derivaron en panaderos (después de unos años de gloria al frente del bar junto al río), de eso hará más de veinte.

          Un enorme puente se interpone entre el meandro en el que me encuentro y el siguiente. Probablemente en ese lugar hubiera existido durante años una barcaza que comunicara las dos orillas, ¿será que las barcas son los antepasados de los puentes?. Voy al mapa para confirmar la sospecha, de algo me tiene que beneficiar que corresponda a la orografía de los años cincuenta y, en efecto, la barca que unía las dos orillas ha dejado de existir. Lo que no recordaba es que antes de mi partida tracé allí una cruz con la siguiente leyenda: “Don Quixote, cap. 29 parte II. El barco encantado”.

El barco encantado del Quijote

          Lo había olvidado por completo. Busco en mi cuaderno el día en la que me encontré con Buda. Aquella noche, mientras él se duchaba, yo garabateé la historia de esta andanza. Y la encuentro… En un paisaje como este, hace ya cientos de años, don Quijote y Sancho ven, atracado en la orilla del Ebro, un “pequeño barco”. Empujados por el afán de aventuras, atan “entrambas bestias … al tronco de un álamo” y se acercan al lugar. El hidalgo está convencido que, a imitación de los libros de caballerías, su destino le ha llevado a la vera del barco por alguna razón que aún desconoce; frente a él, el ánimo de Sancho es otro, no quiere separarse de sus dos animales.

          A pesar de sus diferencias y como es habitual, hidalgo y escudero se enrolan en el barco. Unos metros de navegación son suficientes para que el amo asegure que están atravesado “la línea equinoccial”, circunstancia que dejará huella en sus anatomías. Imbuido en el rigor científico, está convencido de que se les habrán muerto los piojos. Con esta misma voluntad y en vista del silencio de su escudero, le pregunta si “ha topado algo”, a lo que Sancho contesta “Y aún algos”, sin saber especificar más.

          Mientras don Quijote despliega todos sus conocimientos del vocabulario de la astronomía, el barco se acerca «a unas grandes aceñas». Lo que a la vista son molineros, a ojos del caballero aparecen como “demonios de hombres”, “malandrines y follones” con “feas cataduras”, frente a los que probablemente tenga que socorrer a “algún caballero oprimido, o alguna reina, infanta o princesa malparada”. Comienza así la suma de despropósitos que darán con el cuerpo de ambos en el agua, contrariedad que viven de diferente manera pues a Sancho se le hunde el cuerpo (no sabe nadar) mientras a don Quijote lo que se le anega es el ánimo. A la postre, el barco queda destruido y los hombres consiguen volver a tierra gracias a los molineros. Mientras Sancho paga los desperfectos a los pescadores, don Quijote intenta llegar a una conclusión. Por un lado se convence de que en esta aventura ha habido dos encantadores, el que le proporcionó el barco y el que se chocó con él al través. Pero hay algo más, su desaliento: “Dios lo remedie, que todo este mundo es máquinas y trazas, contrarias unas de otras. Y no puedo más”.

          Ahora, a las 5 de la tarde, en agosto, en España, en pleno siglo XXI, suscribo el pesar del hidalgo y me impresiona la relatividad del espíritu, que contradice los rigores científicos y el convencimiento de que el tiempo tira siempre hacia delante, como las bestias porque así, con el empuje de una acémila, entro en Alagón, buscando algo más que sombra. Por unas horas me separaré del río.

La deliciosa Vicenta

          Discurro por la ciudad, fijándome en nimiedades. Una anciana recupera el resuello en una esquina de una plaza. Es Vicenta y, a sus 82 años, parece dispuesta a acompañarme al fin del mundo. De manera natural, se puso a mi lado y yo aminoré mi marcha hasta pisar como ella, con pasos cortitos y lentos, muy lentos. Ella mira al frente y yo hacia abajo, (su talla no supera el metro y medio).

          Vicenta no pudo ser doncella porque no sabía leer, de otro modo su destino habría sido distinto, aunque tampoco reniega del que ha tenido, así que fue cocinera en casas particulares, y como siguió sin saber leer el resto de su vida, pasó a regentar la cocina de un convento de frailes (“Corazón de María”.) durante los últimos 17 años de su vida laboral, es decir, hasta los 65.

         Se casó a los 30 años tras 9 de noviazgo, un tiempo forzado por la escasez de dinero. La ceremonia nupcial podría haber tardado un par de años más en llegar de no haber sido por la intervención de su ama, que respetaba mucho a Vicenta porque siempre decía la verdad. Contagiada por su ánimo, la dueña dijo a sus padres que a partir de ese momento las pagas irían directamente al bolsillo de su hija porque ya era una mujer y necesitaba hacer su vida y, como colofón, compró a una “lagarterana” que pasaba por las casas una docena de sábanas y otra de toallas. A partir de ese momento Vicenta le fue pagando el regalo cada mes. El suyo fue un ajuar a cuenta.

          De todos modos no fueron malos años de espera porque la señora era de miras amplias y permitía que su futuro marido entrara a “festejar” a la casa. Entonces ganaba menos de un euro al mes y se veía en la necesidad de echar horas extras lo que en principio le hubiera restado tiempo libre para encontrarse con su hombre, pero no fue así. Cuando los domingos le pedían que se quedara a preparar la merienda ella aceptaba de mil amores porque el novio se quedaba en la cocina, “festejando”, y ella ganaba en una tarde el jornal de 15 días. Hoy su marido está recluido en una residencia, afectado de Alzheimer.

         –  “Se le apaga la vida”

          Vicenta asegura que ella siempre mantuvo en pie la vida de los dos, por eso aún hoy se mantiene activa

          – “Siempre fui muy mujer para trabajar”.

Comprender el secreto de los colores

          Después de un silencio me dice que cuando vaya a Zaragoza me daré cuenta de los bonitos escaparates que tiene.

          – “Nada que ver con los de San Sebastián”.

          En una de las casas en las que sirvió de joven, “los amos” le ofrecieron ir a San Sebastián en verano. Ella no quería ir, no le gustaba desplazarse tan lejos, alejarse de su vida, pero al final aceptó por dinero. Además, nunca había visto el mar y eso añadía alicientes al viaje. Para poder bañarse en él, el personal de servicio (2 doncellas, 1 ama y ella, la cocinera) tenía que levantarse a las seis de la mañana. Aún así, lo hacían, porque aquello no era sacrificio.

          – “Allí veía esos verdes en los jardines y ese sol, tan rojo”.

          A Vicenta enseguida se le borró el ceño de la cara y su sonrisa fue ampliándose a medida que pasaban las vacaciones. En vista del buen resultado de su insistencia, el ama le preguntó si le había gustado San Sebastián, tenía que aceptar que aquella era una ciudad bonita y no como Zaragoza (el colmo del atractivo para Vicenta). Muy digna, la analfabeta Vicenta contestó:

          –  “No me gusta, sólo me gusta el color”.

          –  “¿El color?”

          –  “¿Tantas veces ha venido y no se ha fijado en el color?”

          Los amos debieron hablar aquella noche porque al día siguiente llegó él y le hizo la misma pregunta y Vicenta contestó lo mismo.

          –  “Sólo me gusta el color. Las paredes de las casas son muy oscuras y prefiero los escaparates de Zaragoza. Lo único que me gusta es el color”.

          – “¿Pero cómo una mujer que no sabe leer sabe del color?”

          – “¿Usted quiere entender?. Vengase conmigo al mar – Él no iba a la playa nunca, no-. Allí sabrá del alba, tan rojo, y los jardines, tan verdes…”

          Al día siguiente el amo se levantó antes del amanecer y a las seis de la mañana, de la mano de Vicenta, entendió el color.

          – “Qué se pensó. Yo no sé leer, pero siempre me he defendido preguntando y poniendo mucha atención y usando la cabeza. Y hasta aquí ha llegado”.

El derecho a la alpargata

          De todos modos lo que ahora le preocupa es su marido, al que va a ver tres veces cada día, coincidiendo con las horas de las comidas.

          – “Esto puede ser muy largo o muy corto. Lo que le pasa es que tiene que morirse… pero tiene miedo”.

          Su marido siempre encontró en ella la razón para vivir

          –  “Porque yo siempre le he dicho lo que pensaba, los he tenido bien puestos”.

          Fue así desde el primer momento. Por ejemplo, cuando se casó, su marido no tenía alpargatas. En su casa sólo había un par, que compartían el padre y el hijo, el primero que llegaba se las ponía y el otro se quedaba en casa, una relación de igualdad que ocultaba una injusticia, porque el padre siempre es el padre. Harta de tanta farsa, cuando llegó el momento de la boda Vicenta se dirigió “al abuelo”

          – “¿Cuál te gustan más, tus alpargatas o las nuevas?”.

          – “Mis alpargatas, mis alpargatas…”.

          –  “Pues le compraré unas nuevas a su hijo y cada uno tendrá las suyas y quien las rompa tendrá que andar con el agujero hasta que haya dinero para arreglarlas”.

          Por eso la quería su marido. Y por eso la han respetado todos, hasta ahora. Como muestra de su osadía me cuenta que, trabajando en el convento del Corazón de María, un día le espetó al fraile:

          – “Sus problemas con el estómago son suyos, no los pague con los chicos. Porque el superior quería que los curas fueran curas-curas y los jóvenes ya se sabe… así que fueron yendo al comedor cada vez menos. Empezaron 50 y terminaron 5”.

El “don” de decir lo que se piensa

          Ella formó parte de la transformación del convento y su modernización. Al principio no dejaban entrar a mujeres, pero a ella le dejaron.

          – “Yo tenía un don: le decía lo que pensaba y se lo zampaba todo”.

          Con igual gallardía le dice a su marido que le ha llegado la hora, que no se aferre, que pierda el miedo, pero no le hace caso.

          – “Es muy cabezota”.

          Los pasos cortos de Vicenta acaban una esquina en la que cuatro ancianos despistan la siesta. Están sentados en sendas sillas. Uno de ellos canta una jota.

          – “Un beso le di al Jalón/ Pa que el Ebro lo llevara/ Y al pasar por Zaragoza/ Y en el Pilar lo dejara/ Le di un besito al Jalón”.

          Néstor Pérez lanza otra:

          – “Y como no sé rezar/ entré un día a ver la virgen/ y como no sé rezar/ canté una jota espacito/ y vi a la virgen llorar/ y vi a la virgen llorar/ entré un día en el Pilar”

          Levanto los ojos: delante de mí se ofrece el hostal “Los Ángeles” y no lo dudo. Por qué no, yo también puedo pensar que las aceñas son castillos o, como es el caso, que un coro de seres celestes calmará mis flaquezas y que en algún rincón de ese edificio me esperan los algodones del cielo. Miro en mi bolsillo, apenas tengo dinero… Me siento a escuchar las jotas y dejo que “Los Ángeles” trabajen, ya se me ocurrirá algo…

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