“A sueños de grandeza, desertares humildes… Susurran las olas”Cuando los ríos cuentan. Consejo 25

Las ancianas me enseñan a sanar huesos, los ancianos resucitan a los muertos, comparto los rituales de los sin techo… Aquel día la verdad me resultó más poética que el mejor verso.

 

…despertares humildes


–  “¡Y que no se meta nadie con tú, que estamos en el mundo para cualquier cosa!”.

          José, el único pastor de Novillas, se despide donde el camino hace recodo, así, de repente, sin esquina de edificio al que echarle la culpa.

          Llevaba un tramo caminando detrás de mí, juntos habíamos dejado, en silencio, el club de piragüismo que el pueblo tiene medio abandonado bajo el puente que cruza el Ebro, donde he dormido, y juntos sorteábamos balidos. He sido yo quien le ha abordado, casi como quien da un codazo.

          – “¿Son todas suyas?” (me refiero a las ovejas)

          – “Mías y de mi mujer”.

          José se descorcha como quien se sirve un vino. Visto en cifras él es la suma de sus 500 ovejas, sus dos hijos (2) y su mujer (1).

          – “Tres años tiene más que yo, ya van pa 70; y le digo una cosa, ha sido la única mujer de mi vida y empezamos a los 15 años. ¿Y sabe qué es lo que más nos gusta hacer juntos?”.

          Descarto lo de hacer el amor porque no parece que para él eso sea noticia. Viajar, es lo que más les gusta hacer juntos. Hace unos meses pasó por Fontibre.

          – “Nos hicimos una foto juntos abrazados a la Pilarica”.

          No nos miramos, ésta es una conversación de las de vista al frente, aún así sé que lleva vendada una mano, quizá porque el ojo humano es capaz de ver como un gran angular. Lo que esconde el vendaje tiene historia: es un rasguño que se le infectó. El médico le dijo que debía haber ido antes, que podía haber pillado un carbunclo, enfermedad de la oveja que se transmite al hombre a través de las moscas, que infecta la sangre y, en este caso, podría haberle reventado el brazo. A su vez, los animales son infectados al comer. Concluyo que el carbunclo acecha en la hierba y elimino inmediatamente ese pensamiento que me impediría el reposo para el resto del viaje..

Cuánto es “mucho” para un pastor

          Afortunadamente José vuelve a las ovejas, uno de los ombligos en torno a los que gira su mundo. No se separa de ellas más de quince días, el tiempo que se toma para viajar con su mujer.

          –  “¡Quince días son muchos si ya has visto lo que tenías que ver!”.

          Y luego calla. Yo le sigo y también callo. José está pensando en mí.

          – “Por esos caminos, tan sola”

          – “Usted también viaja solo”.

          José describe su paso como queriéndome dar pistas. Por ejemplo, en verano él echa a andar a las seis y termina la jornada a las diez de la noche, con comida, y siesta en el medio. José no recomienda, simplemente dice cómo lo hace él y yo tomo apuntes, memorizo, aprendo. La siesta, terminar más tarde la jornada… hasta el momento mi horario no es el del pastor, por mucho que arranque el día bien temprano.

          En la esquina de la nada José quiebra su paso y yo sigo de frente, lamiendo el Ebro, hacia ese punto en el que los dos perdíamos la mirada. Alli me encuentro con tres agricultores. El lugar debe ser un cruce invisible de caminos, un trazado que sólo ven los hombres de la tierra, como sólo los aviadores saben de las autopistas del cielo. Somos uno por cada brazo de esta cruz imaginaria y cada uno subido a su vehículo: pies, cosechadora, tractor y furgoneta.

          He hecho una de mis preguntas obvias (¿cómo llegar a Gallur?) y ahora deliberan. Lo hacen durante largo rato, obviando mi presencia. Soy una mirona  que se cuela en un acto ajeno. El de la cosechadora, gordo y más joven, apuesta por el camino más corto y alejado del río. El de la furgoneta nunca estuvo en Gallur (y calculo que no habrá ni diez kilómetros). El tercero, el más viejo, sobre su tractor y sin dar opción, señala el camino mientras matiza que por allí el río siempre me va a quedar lejos, pero que es el más aproximado.

!Y dale con que ando sola!

          No sé su nombre pero a él debo un recorrido dulce. Paseo por maizales, entre choperas, en medio de un paisaje húmedo y tranquilo del que salgo encontrándome en una cosechadora a un hombre que trabaja sonriendo. A lo lejos dos hombres siegan alfalfa, les observo mientras muerdo los primeros higos de la temporada. Mi infancia se cuela por la nariz. En ese momento llega Félix, dueño de la higuera. Cruzamos frases. El también mastica un higo. En el último trago, me dice:

          – “El problema no es ir sola sino ir andando”.

          Me acompaña hasta la Casona de Huerta Alta para evitarme pérdidas.

          La antesala de Gallur tiene una playa de cantos rodados a la que se accede por un camino seco abierto entre matorrales, chopos, pinos y encinas. Aquí es agua más viva, capaz de desplazar el verde hacia sus márgenes. Una bandada de aves remonta el vuelo a mi paso. Pero, enseguida, la ciudad tala el Ebro y sus caminos, los propietarios de la tierra levantan muros que funcionan como llave en una cerradura y he de entrar a Gallur por donde ellos obligan: por la carretera al pie de laderas horadadas.

          En esas paredes de arcilla rojiza los pobladores abrieron cuevas sin puerta que me recuerdan a las bodegas de Briones. Hoy parecen abandonadas, menos aquella en la que vive un anciano y sus gatos, al que todos consideran loco. El dato me lo da una anciana con la que comparto sombra a la entrada del pueblo. Dice que aquellas covachas fueron viviendas habituales hasta la guerra, en la que sus habitantes se esmeraban hasta conseguir que las fachadas parecieran nieve pulida gracias a la cal.

Las abuelicas saben de huesos

          Platicamos sentadas en unas de las escalinatas que adornan el extremo de la calle, una de las más empinadas de Gallur. Parecemos tres perros compartiendo sombra. La más joven de las dos abuelas recuerda que una vez se hundió una cueva y mató a padre, madre e hijos, salvándose el perro. La mayor asiente y, con lentitud abandona su puesto, entra en su casa y me saca una tónica. Entonces me dice que por allí precisamente pasa el camino de Santiago. Están acostumbradas a ver pasar peregrinos, aunque lo hacen en contadas ocasiones. Una señora en bata blanca despide a dos jóvenes en la puerta de su casa.

          – “Coloca huesos. Hoy lleva ya cuatro la mujer y no son más que la una”

          La más joven mata un mosquito de un sopapo en mi espalda. Ni ella pide perdón ni yo me inmuto. Minutos después compro repelente en la farmacia y me cuelo en un bar estilo años sesenta y medio vacío. Pido un café y, como un feligrés más, repaso la prensa del día.

          El Heraldo de Aragón da la noticia: “El alcalde de Moscú, Yuri Luzkhov, prohibió ayer la celebración de dos corridas de toros programadas para los días 8 y 9 de septiembre en Moscú. Serguei Tosí, portavoz del ayuntamiento moscovita, declaró que el alcalde tomó la decisión pese a que las corridas iban a ser al estilo portugués, es decir, con toros embolados y sin motor al animal: “La exhibición de la violencia, en cualquiera de sus formas es inaceptable”, manifestó el portavoz en nombre de Luzhkov, para quien “la corrida no se corresponde con las tradiciones rusas”. El anuncio de la prohibición tuvo lugar dos horas después de una rueda de prensa de ecologistas y otros grupos opuestos a las corridas, que amenazaron con “echar a la calle a miles de manifestantes”.

           ¡Se trata del proyecto de Víctor Méndes!, cuyo olor aún me estremece. Se me achica el ombligo.

Conversando se llega a Roma

          –  “¿Peregrina?”

          Antonio Cuartero  se va a convetir en una persona clave en esta jornada. Este anciano comienza su charla con cuitas de las localidades vecinas. Asegura que Utebo es conocido en la zona por el miedo de sus vecinos. Allá por el siglo XV ó XVI se decía que Utebo era preso de brujerías y que el Ebro servía de escondite para un extraño bicho que por las noches asustaba a quien se asomara al río… Hasta que lo cogieron.

          No digo que dudo de la veracidad de su relato ni que cuestiono su autoría, pero prefiero seguir sus indicaciones y dirigirme al  centro cultural de la Tercera Edad que depende del Canal Imperial, donde podré contrastar su información. Me dibuja un mapa tan detallado que aparece hasta la puerta de la asociación de jubilados Pignatelli, con sus escalones previos y su barandilla. Mientras repasa sus trazos, me aclara que la asociación se levanta en las antiguas caballerizas del Canal.

          En la entrada, varios ancianos tercian lánguidas conversaciones. Dentro, muchos juegan a las cartas y, en un salón de lecturas (una estancia a media luz), uno de ellos lee el periódico junto a la televisión encendida. El que atiende en la barra me deja entrar a leer después de recibir la aprobación de un miembro de la junta, anciano como el que más. Pronto, alrededor de la mesa junto a la que tomo asiento, se organiza una tertulia. Los sabios me acercan libros y se asoman cuando me topo con viejas ilustraciones.  Así debió comenzar la biblioteca de Alejandría.

La historia de Petra, la molinera

          Voy del texto a sus historias, remendando mi ignorancia. El zurcido sale chismoso: Leo “Había un molino que sólo funcionaba en verano, pues se anegaba en invierno”. El primero en lanzar su cuita es Antonio, que añade que había una molinera viuda, a la que todos llamaban Petra. Yo sigo con el texto, en el que se asegura que en aquel entonces el río pasaba lamiendo el término, mellando y desportillando la vega con sus rúbricas. Entonces el coro de sabios precisa que tras él se asomaban los mismos cortados que hoy me han ceñido. El pueblo tenía entonces tantas casas como ahora (unas 50).

          Con la lectura y sus comentarios consigo completar la historia: resulta que un día un viajero, galante y caballero, se apeó de su carroza “en el caminejo de Utebo leyendo un librejo muy ricamente encuadernado con cuero de tafilete” y abordó a la molinera. Fue cosa de ambos descubrir que aquel monstruo que el pueblo veía aparecer entre las aguas del río no era más que “un madero grande del tamaño de los catorcenes o de 28 palmos, negro del uso y medio perdido”.

          Para mofarse del pueblo, Petra, lejos de aclararlo, ató el tronco con una cuerda y una piedra al fondo y potenció los berridos con un cántaro. Los habitantes de Utebo no cabían en sí de miedo. Llegaron a pedir ayuda a Zaragoza, a la Universidad, al Gobernador… Existe un documento que habla de “sirenas y tritones aparecidos en mares y ríos, sin olvidar, por supuesto, a toda la tropa de los místicos cerberos, hidras, quimeras, esfinges, dragones y equidnas”. Los habitantes del pueblo decidieron que lo primero que debían hacer era “pescalo”, pero… ¿Quién? y ¿Cómo?.

          Por aquel entonces los mozos de Monzalbarbe eran los oponentes a los de Utebo, de ahí la copla que dice: “Los guapos de Monzalbarbe/ y los valientes de Utebo/ fueron a pescar un barbo/ y pescaron un madero”. A lo que los aludidos contestan: “Y los tontos de Zaragoza/ venían en coche a velo”.

          Pregunto a los ancianos que me roedean y ríen: ninguno es de Utebo y ninguno de Monzalbarbe.

El cónclave de ancianos, la memoria del Canal

          Después de un silencio breve les hago en alto un resumen del Canal, que marca el perfil del pueblo y de esta residencia, es decir, les hablo en cierto modo de su identidad: En 1766 un francés con residencia en Madrid, Juan Agustín Badín, presenta a Carlos III un proyecto de la Acequia Imperial y sus reparaciones. Este proyecto, que se aprueba en 1768, será la larva del Canal Imperial. A él y sus aguas se adaptó el sindicato de riegos (hoy comunidad de regantes). En 1776 el secretario de Estado, conde de Floridablanca, encarga la obra al canónigo Pignatelli, nombre que bautiza la asociación en la que me encuentro. El agua llegará a Zaragoza en 1787.

          Era la época en la que Jovellanos cruzaba en coche de caballos la Rioja y alrededores. Eran los años en los que apostaba por  la parcelación y venta de baldíos y tierras comunales, la abolición de los privilegios de la Mesta (ganados) y la desamortización civil y eclesiástica.

          Pero la agricultura no será la razón por la que se ordena construir del Canal Imperial, como tampoco constituye las raíces de mi audiencia. Ninguno de ellos es agricultor. Para ellos, como para gran parte del pueblo, fue la navegabilidad del Canal la que les dio de comer. Hubo un tiempo en el que el canal fue una enorme carretera de agua en la que flotaban remolcadores. Ellos traían y llevaban remolacha, trigo, maíz… de Bocal a Zaragoza. Gallur se convirtió en un lugar de referencia, un puerto fluvial en el que se hacía la mejor parada. La cabeza de los asistentes vuelve a ponerse en marcha.

          –  “Aquí hubo hasta capilla”

          Todo giraba en torno al canal. La vía estrecha trazaba el recorrido de un ferrocarril que unía Sádaba con Gallur y aquí empezaba su recorrido el tren de vía ancha.

La resurrección de los muertos

          – “Mira el trenecico”

          Los ancianos lo recuerdan bien porque la línea vivió el ciclo de los seres humanos: la inauguraron en 1912 y murió en 1970, cuando la levantaron a favor de la carretera. Hubo trenes que hasta tuvieron apodo, como el que se ganan los vivos con el paso del tiempo, entre ellos uno destaca el “cangrejo”, un automotor que, en ciertos tramos de la vía podía ir hacia delante y hacia atrás.

           Por el canal bajaban muchos mundos, tantos como peces por el río. Tal era el caso de las almadías (maderas con las que construían sus casas), que llegaban desde el Boncal, flotando, aprovechando las primeras crecidas, es decir, en invierno.

          Los hombres, que se arraciman a mi alrededor, recuerdan que las riadas del 30 y del 60 fueron las más grandes, y se pierden en detalles pequeños con frases a medio terminar, quizás porque todos estuvieron allí. También dicen que los ladrillos venían de un lugar indeterminado situado río arriba, pero no a nado sino en barcazas, y que llegaron a tener hasta un aeródromo militar, con aviones imponentes. La memoria, que tiene su propia lógica, se le dispara a uno de ellos, que empieza a hablar de la guerra, en la que todos fueron niños bajo los bombardeos alemanes e italianos. Por lo visto ninguno cayó en la ciudad y a lo largo de la guerra sólo murieron 14 personas.

          El que habla no dice nada de Camilo José Cela, que se hospedó en una de las viviendas de la localidad durante la guerra. La memoria es así. Entonces otro me cuenta que trabajó cargando remolacha.

La remolacha como motor

          – “Aquí se cargaban hasta 120 toneladas de remolacha”.

          El autor de la frase no explica si es al día, al mes, al año… si era fruto del trabajo de una persona, de una cuadrilla, de toda una fábrica. No importa, yo continúo con esta lonja de datos, en la que todos aportan, incluso yo con mi lectura en alto. Mi intervención, más que nada, les ordena. A orillas del canal se levantó una enorme azucarera. Corría el año 1899, hacía un año que España había perdido sus colonias de Cuba y Puerto Rico y la remolacha se había convertido en un producto prestigioso y con buena salida en el mercado. Aprovechando la generosa producción de este rojo tubérculo y el suministro de agua con el canal y el río, se creó en Gallur uno de los complejos azucareros más importantes de la península.

          El pasado se les dispara a todos. Todos fueron niños. Uno de los ancianos recuerda que su abuelo se complacía en contar la historia del sabotaje que los de la azucarera hicieron para cambiar el rumbo de su historia. Lograron que la pulpa cayera por el barranco y así tuvieran más argumentos los cinco popes del lugar, que buscaban liquidar la fábrica. Eso ocurrió en los tiempos de crisis, allá por los años sesenta; la azucarera había creado un núcleo de asalariados que trabajaban al margen de la tierra y eso creó una realidad, una mentalidad… y un crecimiento demográfico, pero todo tenía un límite. Los asalariados no sabían que aquello era algo más que coyuntural, se les venía encima la reforma agraria, la reconversión industrial, el fin de la dictadura… En los setenta, Gallur albergaba a 5.000 habitantes. Hoy la población asciende 2.890, más o menos, y yo estoy entre los más ancianos.

          Al trasluz distingo la figura recortada de Antonio Cuartero, que viene a tertuliar después de la comida. Caigo en la cuenta que me he saltado el almuerzo y que llevo horas embriagándome en la biblioteca. Leer sin comer es tan desconcertante como beber sin haber comido. Me levanto del puesto, los hombres se despiden. Antonio me acompaña primero al bar (donde compro un bocadillo para el camino) y luego a la puerta. Allí, cabezota, se empeña en que tome la carretera hacia Boquiñeni, pero yo voy como siempre, del brazo del Ebro.

Los efectos de caminar entre dos aguas.

          Camino entre dos aguas, a un lado el Ebro, inesperado, al otro el previsible y lineal canal. Los dos corriente abajo, hacia el mar, como si la tierra estuviera inclinada siempre. Ambos comparten el mismo paisaje, los dos fabrican sus propias realidades, los dos tienen los Monegros como telón de fondo. Las porquerizas marcan nuestro paso. Avanzo como mercancía, río abajo, al encuentro de ciudades que siguen dando la espalda al origen, como si algún código genético trazara planos en el suelo y orientara las calles hacia el mar, ese lugar por donde la vida debió subir hace miles de años.

          Recorro el trazado sencillo de Boquiñeni en busca de agua. Han empapelado el pueblo con folios: “Coral Boayen de Boquiñeni. Ante el comienzo del nuevo curso y el inicio de un repertorio totalmente nuevo, solicitamos tu ayuda. Necesitamos voces nuevas, tanto masculinas como femeninas”.

           Miro a un lado y a otro de la calle. No hay nadie. Ni un alma. Por no haber no hay ni alturas (éste es un pueblo plano y de casas bajas). Una niña comienza a berrear a pleno pulmón. Quiere un chicle. Me acerco a donde procede el grito. ¡Un CHHHiiiIIIiiiiIICleEEEeeEEEEh!, Eh, Eh, eh…No sé si la nena tendrá oído pero pulmones no le faltan.

          En un bar la madre y la abuela de la niña consienten sus agudos (ahora grita porque sí, porque le quitan el chupachús, para que le hagan caso, porque grita…) y eso hace que el camarero también me indique a gritos que el pueblo en pleno se ha ido Luceni, que anda en fiestas. También me chilla que Boayen es el antiguo nombre de Boquiñeni y que la coral es de música clásica. Le doy las gracias en do de pecho, como se merece un pueblo con coral propia. La madre y la abuela ni se inmutan. Tampoco la niña. Ni el camarero. Yo sí; hace semanas que no levanto la voz. Tan sólo escucho mi ruido interior, allí es verdad que mis voces gritan.

          Las granjas de Boquiñeni se unen con las de Luceni plácidamente. La mies hecha flequillo albino se adueña de mi derecha. Encima, en el centro, un cielo inmenso y ancho, nubes malvas, blancas, grises. De repente el azul se parte con el vuelo de dos cigüeñas que se dirigen, en paralelo, a uno de los muchos nidos que tiene la ciudad.

Comparto los rituales de los sintecho

          Al entrar en el pueblo, la charanga arranca melodías taurinas en una plaza improvisada en el centro del pueblo, junto al Ayuntamiento. En uno de los bancos, en diagonal a mi esquina, un desarrapado registra en su bolsa y saca una naranja, que pela con parsimonia. Delgado, pantalón corto, pelo blanco de quien fue rubio. A su alrededor hay un vacío de seres ruidosos que festejan en grupo y voz en alto. Observo los dos mundos, uno sucede al lado del otro y al mismo tiempo están a años luz de distancia. Me asusto: Recuerdo el túnel del tiempo que formaban los trabajadores de Sintel en la Castellana, la vida de las grandes finanzas bullía alrededor de esos supervivientes congelados en sus reivindicaciones. ¿A qué dimensión pertenezco?.

          El hombre lleva a cabo sus ritos íntimos en público, esa forma de mirar en sus bolsillos, de coser una esquina de su bolsa,  ese modo de moverse de quien está acostumbrado a la soledad y el silencio. Me doy cuenta que ambos hacemos lo mismo: miramos a dentro para fabricar una falsa sensación de intimidad. Me asusto de nuevo Tomo conciencia de que mis gestos privados son observados de forma obscena por aquellos que se visten para ser vistos. No me gusta esta sensación de desposeimiento que pasa por la inexistencia de mi privacidad. Los presos de los campos de concentración recuerdan las letrinas comunes como una humillación. Quiero desaparecer de aquel mundo que no me hace un sitio. Hoy dormiré en un parque, en los jardines públicos de unas viejas escuelas, es la primera vez que preparo mi lecho a la vista de todos y siento la dignidad hecha pedazos.

          Procuro abstraerme y escucho las ramas de este chopo semi seco que se mece en esta noche de viento y me cubre. Los fuegos artificiales con los que coronan las fiestas del pueblo se cuelan entre las hojas de mi techo. Desde mi cama-banco, tras las verjas de madera, un hombre y Natalia (él la ha nombrado para que vea el espectáculo) miran, con el torso desnudo, el refulgir de los fuegos artificiales. No se dan un beso, pero por sus gestos sé que los ardores del cuerpo están a punto de empezar. El coloca su brazo sobre los hombros de ella. Natalia apoya en su pecho la barbilla. Es curiosa esta noche de intimidades compartidas. Yo, a la vista de todos, y ellos, que no imaginan mi presencia. Hoy la verdad me resulta más poética que el mejor verso.

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