“Párate y observa: El miedo es un mal lujo”. Cuando los ríos cuentan. Consejo n. 24

– “¿Miedo? No, señora, ¡qué dolor de pies! o de cabeza o qué calor o qué hambre… Y además, no ando por los caminos de Dios sino por los de l@s trabajador@s de la tierra, que salen a las siete de casa y están en el campo hasta que llega la hora de comer, y al volver, quemados por el sol, no creo que les queden muchas ganas de asaltar a nadie. Los problemas siempre me han llegado de los ociosos...”. (Minutos después me enteraría que dos años antes “La Revolución” salió ardiendo y nadie se dio cuenta).

A sueños de grandeza…

Cuando comencé este viaje no imaginaba que la intervención de los seres humanos en la naturaleza tuviera unas consecuencias tan palpables que se pudiera escribir un particular libro de Historia en el que el medioambiente sostuviera la memoria de la humanidad. Ayer estuve en el umbral del desierto más grande de Europa, no hace más que cuatro siglos ésta era tierra de bosques.

          No logro acercarme al Ebro más que por pequeños tramos pues las instalaciones previas al Canal Imperial hacen ya de las suyas en el territorio. En sus manos, el río se convierte en un perro de compañía cuyo comportamiento no obedece a sus instintos sino al orden de valores impuesto por sus dueños, que a estas alturas no son los pequeños agricultores (como Mosqueras, que se queja en alto porque le robaron sus pimientos esta mañana), sino los que ordenan su trazado.

          La historia de su domesticación tiene un capítulo interesante en manos de aquellos aragoneses que exigieron a Carlos V que iniciara el Canal Imperial de Aragón para acabar con las sequías. Como respuesta, el emperador planteó un proyecto que derivaba el agua del río en Fontella y beneficiaba las tierras que perdían las cosechas por falta de lluvia (no puedo evitar acordarme del trasvase). Hizo venir ingenieros de Flandes, pero no emprendieron las obras pues los pueblos de Navarra se opusieron. El asunto se volvió a plantear en las Cortes de Valladolid (en 1548) pero entonces los que se resistieron fueron los aristócratas. Será Felipe II quien llame al ingeniero italiano Juan Francisco Sittori para la prosecución del Canal y a Herrera, arquitecto capaz de expresar con su obsesión por la sillería los sueños de grandeza de la corte.

La Imperial domesticación

          El siglo XIX trajo a la zona una pléyade de ingenieros, financieros o simples visionarios dispuestos a hacer del Ebro la gran vía de navegación interior. En este empeño, la Real Compañia de canalización del Ebro, consiguió que una serie de vapores  llegaron desde el mar hasta Escatrón… pero todo quedó en mucho menos.

          Este capítulo de la Historia de España, que podría formar parte de la memoria de Gaia aún por escribir, está presente en mi actual recorrido. La regia construcción ha hecho de la vega del Ebro un parque descuidado capaz de acoger a todo tipo de basuras y permitir que dos bocas de agua fecales vomiten en el río; después, es pasillo de tierra entre el agua y los cultivos que promete llevar a los cicloturistas al Bocal tras pasar la desembocadura del río Arquetes, Campo Cerezo, Mosquera, la Canal, Rio Nuevo y Casa de Compuertas… Pero los criterios económicos se imponen sobre las promesas administrativas, así que ni las bicis ni yo podemos mirar al Ebro durante kilómetros por culpa de las paredes que protegen una enorme propiedad.

          Sólo cuando vuelvo a la orilla del río y observo el agua, comprendo, impresionada, que el agua tiene el poder de purificarse a sí misma. La tierra en la que se cuela es un filtro. Cuando se evapora y vuelve al cielo también se filtra. Cuando los insectos la liban o comen lo que flota en su superficie también la purifican…

          Para llegar a esta conclusión, he tenido que caminar durante horas sin su compañía, algo que cada vez llevo peor, por eso he entrado en El Bocal con la mandíbula encajada. El lugar es un poblado de corte austriaco, casas iguales alineadas con enormes portalones, un derroche de sombra y agua. Observo su belleza con displicencia, una mirada a la que no debe estar acostumbrada esta construcción, objeto de interés turístico. Sus cuidados jardines, me parecen una imposición y todo este espacio un mausoleo levantado por añejos sueños de grandeza. La casa Palacio de Carlos V me parece una huella sin sentido. Del lugar sólo me interesa su historia y aprender de ella no me hacen falta tantos metros cuadrados.

Veo el mundo con ojos de agua

          Alcanzo la presa de Pignatelli y la casa de compuertas con el ceño fruncido. Malencarada, me dirijo al topógrafo que mide el nivel de agua buscando información. El técnico me responde con el mismo tono.

          – “Pignatelli es el canónigo que construyó este canal, El Canal Imperial de Aragón, una de las más importantes obras hidráulicas realizadas en Europa. Se lo encargó Carlos I para llevar agua a Zaragoza, quería que fuera navegable. Está usted en el canal más antiguo de Europa”

          Escucho el silencio que impone al final de la frase como si hubiera dicho “que lo sepa”. Me suelta datos a espuertas: el canal alimenta la izquierda de Zaragoza, ha cumplido ya 210 años, tiene 9 compuertas, su agua ha permitido asentamientos de poblaciones desde Gallur…

          Es un hombre con carácter, suficiente como para que de ceñuda visitante paso a ser una entremetida recién llegada. El topógrafo encuentra respuestas a todas mis preguntas: está midiendo el nivel de agua del Ebro; el río va muy lleno para esta época en la que la cosecha ya está prácticamente recogida, y todo porque llovió en el norte; el agua que parte de Fontibre tarda en llegar aquí dos días y de aquí hasta Zaragoza otros tantos; aunque las instalaciones están gastadas, el canal cumple aún sus funciones…

          Aún así, después de nuestra charla yo sigo reparando en el agua y no en los edificios. A estas alturas, el río vuelve a dividirse, esta vez en tres: el Canal Imperial, la madre y un canalillo que riega unos huertos cercanos. A pesar del reparto de agua el Ebro mantiene su imagen.

          La terraza del bar que permanece cerrado se convierte en una improvisada oficina en la que transcribo a mi cuaderno los datos que me ha dado el topógrafo. Hace ya un rato que en el local trajinan los meseros, una pareja cercana a la jubilación que no cruzan palabra. Cortan su silencio con cuchillo y hasta aquí salpican sus tajadas. Pido el refresco de carrerilla, y regreso a la mesa de la terraza, por si pasan a los actos. Quien me trae la consumición es una guinda de mujer, todo sonrisas, con una dulzura capaz de cambiar el talante de los malencarados.

          Me cuenta, mientras barre, que está vinculada con la danza. Entonces recuerda que un día vio una coreografía cuya composición instrumental se llamaba “De perdidos al río”. Del autor sólo atina a decirme que era “un tipo latino” en cambio se le embruja la mirada cuando habla de la belleza de la danza y su armonía. Bailar una pérdida ¿armonía en el “defecto”…? Quizá en perderse no haya defecto sino un diálogo interior… que termina en armonía…

El Ebro flaco y los temores de la tendera

          Tras las compuertas, el dique. El camino es una recta lisa que persigue su piel como un traje de chaqueta enmarca las hechuras de un hombre. Por él avanzo, deseando desnudar orillas. Observo el canal que de tanto emular al río ha conseguido engendrar, como lo hacen los seres vivos, en este caso la Margaritifera auricularia una especie de molusco bivalvo estrictamente protegida en España y en la Unión Europea, incluida en el Catálogo Nacional de Especies Amenazadas con la categoría de “en peligro de extinción”. Hasta la actualidad sólo se ha confirmado la supervivencia en todo el mundo de dos poblaciones de Margaritifera auricularia en la cuenca del Ebro: una en el bajo Ebro a su paso por Cataluña y otra en el Canal Imperial de Aragón en el tramo aragonés. El Canal alberga unos 2.000 ejemplares vivos de esta especie.

          Ribaforada aparece junto a uno de los dientes del dique. El Ebro va tan bajo que deja ver sus enaguas y hasta da apuro mirarle. Aún sin mapa ya sé que avanzo por los vértices de las Bárdenas Reales, como quien besa un labio sin alcanzar la lengua. Al otro lado del río, sus cortados se parecen a la artesanía de Yeyo: rosa, blancas, negras, ocres, en capas, en aguas, difuminadas por el sol. Todo resulta fácil para mis pies y eso redunda en beneficio de la mirada. Contemplo, medito, templo mi interior.

          La brisa acompaña como si caminara por el mar. Hablo sola en alto. Me hago preguntas. El dique termina en Reserva Natural y mis monólogos en los aledaños de Buñuel, la localidad más cercana a las Bárdenas Reales. Entro en el pueblo, consciente de esta proximidad. Estoy incómoda de antes, lo reconozco, pero el entorno tampoco ayuda. Camino pegada a las paredes de la calle del General Franco, buscando sombra. Tomo aliento en un bar repleto de jóvenes en el que permanezco el tiempo estrictamente necesario como para recuperar el aliento. En medio de su ruido yo permanezco callada. ¿En qué pensarán los agricultores, vencidos sobre la tierra, mientras trabajan en silencio?. En cuanto puedo sigo mi camino.

          Entro en una mercería que tempranea la tarde, necesito unos calcetines. Elijo un par de color naranja. La tendera me observa con detenimiento.

          –  ¿Sola?. ¿No te da miedo? ¿Y qué piensan tus padres?.

          Me acribilla con preguntas infladas de temores. Estoy harta de frenar otros caballos amén de los míos. El miedo es una emoción carroñera que come todo lo que se encuentra a su paso, paisajes, gentes, ríos… nos hace recelosos y en su nombre negamos lo desconocido (que en un viaje es todo). La señora no deja de hablar mientras empaqueta lentamente mi pedido. Insiste en que cambie de ruta precisamente hoy, que levo el día negándome las Bárcenas, destino incompatible con el Ebro; hoy, que llevo el malestar chupándome el ánimo.

La revolución que salió ardiendo

          – “Vaya usted por la carretera, mujer”

          –  “Que no, señora, que voy andando, y la carretera es peor para los pies”.

          – “¡Pero por esos caminos de Dios, qué miedo!”

          – “¿Qué miedo? No, señora, ¡qué dolor de pies! o de cabeza o qué calor o qué hambre, pero miedo es un lujo. No ando por los caminos de Dios sino por los de los trabajadores de la tierra, que salen a las siete de casa y están en el campo recogiendo pimientos hasta que llega la hora de comer, y luego vuelven, y no crea usted que dan muchas ganas de asaltar a nadie cuando aprieta el calor y se está harto de trabajar. Los problemas siempre me han llegado de los ociosos.”

          Con los calcetines naranjas en una mano y la vuelta en otro, escruto los rincones en busca de un lugar donde guardarme. Sobre una puerta pequeña leo “La revolución”. A su lado hay un pequeño bar. El dueño, un flaco de ademanes almibarados, utiliza la penumbra para despistar el calor. Le pregunto por el local vecino, de puerta angosta.

          – “Hace dos años “La Revolución” salió ardiendo y yo ni me di cuenta”.

          Rumio su frase durane unos minutos. En uno de los puntos más oscuros de la barra, dos agricultores con boina ven una película del oeste mientras toman un chiquito. Los dos son tremendamente gordos. Nos saludamos con un gesto murmurado. Observo al mesero en su pulcro ir y venir. Me cuenta su estancia en Peñíscola como símbolo de su andar por el mundo. Encoge el dedo meñique al servirme el te y envuelve mi helado con una servilleta de papel. Junto a esos hombrones de voluminoso abdomen, piel enrojecida por los excesos, cabezones y con boina, sus movimientos delatan su diferencia. Al cabo de un buen rato, uno de ellos rompe el silencio:

          – “¿Y vas a andar ahora, con el calor que hace?”

          –  “Hará calor hasta octubre, así que ya puedo echar a andar”.

          Definitivamente, no tengo un buen día, a pesar de que el camino es fácil y mantiene la vega del Ebro con rutas ecológicas, enclaves naturales y caminos para las bicis…La intervención del hombre en el paisaje, es más y más patente. Cuando en medio de un camino, una flecha amarilla pintada en un poste insiste en que las bicicletas deben darse la vuelta, entiendo que he cruzado una frontera. El pie que tengo atrás pisa Navarra y el de delante, Aragón, en concreto Zaragoza.

          A medida que avanzo me doy cuenta que lo único que quiero es meditar a solas con el camino, silencio, seguir andando, no parar. No tengo prisa en encontrar mi rincón para la noche. Veo atardecer en el camino. Novillas tarda en aparecer. La oigo antes de verla, pues se oculta tras los árboles. Anochece. La tierra rezuma humedad, sudan las hortalizas hacia el cielo. El agua descansa de su labor de ser y sostener a casi todas las formas vivas. Vuelvo a pensar en los filtros del agua. La profusión de mosquitos incomoda un atardecer bellísimo. Un extraño vaho diluye el horizonte. El Huecha, nacido en las faldas del Moncayo, rinde sus aguas al Ebro.

          Llovizna. Con la cadencia en la que la lluvia demuestra que ama caer. Algo de mí se desliza hacia mis pies y me arrastra hacia mi propio destino. Alguien silba “montañas nevadas, banderas al viento”. La canción me devuelve a rincones de la infancia y tarareos heredados, a esa edad en la que las palabras tienen otros significados. Viejas melodías que hablan de rancios orgullos, irónicamente, me acunan, y yo sigo andando rodeada de lo oscuro.

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