El escritor que no sabía leer

“Cuando no sepas cómo resolver, haz algo pequeño lo mejor que puedas… Será como tirar de un hilo”. Cuando los ríos cuentan. Consejo 23

Conocí a Dioni, un escritor analfabeto, y le seguí los pasos. Me llevó a dormir donde descansó Becker. Se aprendía de memoria las palabras bellas. Le conocí en una barra americana…

 

Hoy, día en el que entro en las recias Bárdenas Reales, el desierto. Enferma, he cambiado el orden de la mochila y dejado a mano el botiquín y el cuaderno, es decir, todo lo que me procure alivio. Llevo horas escuchando los tiros de los cazadores. A veces, incluso, me he cruzado con ellos.

          – “Cuidado que te vamos a dar”.

          He intentado desviar mi ruta, pero el Ebro estaba allí y no en otro lado. Realmente podrían haberme dado. Mientras miraba el vuelo de una codorniz me indicaban con la punta del arma que les había espantado la caza. Y mientras tanto, el Ebro, como siempre, se cerca y se leja, jugando con mi deseo. Me lleva del placer a la rabia. Este amante juega, el amante juega.

          Y además he perdido el mapa, de modo que desde hace horas camino sin saber si ya piso las Bárdenas. Puede que este desierto ya le pertenezca, justo en el punto donde aparecen los molinos de viento, y yo no me diera cuenta; puede que la calima, que abochorna el ambiente y abruma el horizonte, sea parte de su aridez; puede que el mismo Ebro, que ante mis ojos se descubre plata, ya me esté dando la pista… O puede que ocurra más tarde, cuando las piernas me vuelvan a flojear y ni siquiera tenga sombra.

          Busco las pistas en el entorno; quizá el gobierno de Navarra, en su afición por titular el paisaje, anuncie el lugar con su nombre propio, pero por el momento lo único que se atreve a rubricar es que me encuentro en una “Zona Periférica de Protección”, concepto que no entiendo.

El hambre como único guía

          Los senderos para las bicis peinan esta orilla por la que me muevo. Me invento que podrían llevar hasta El Bocal, donde comienza el Canal Imperial, y espero a que llegue el momento, a ver si acierto. Desde aquí arriba, el Ebro orada la tierra con terquedad, quizá sea la antesala del desierto que tanto espero. La administración territorial me da una pista: esto es una Reserva Natural, que por lo visto no es lo mismo que “Enclave Natural”.

          ¿Qué significará CDª? ¿Cañada? Probablemente estos rótulos vayan dirigidos a especialistas y no a simples caminantes. Mientras tanto, imagino que por donde yo camino también pasaba el ganado trashumante que luego pastaría en rincones de las Bárdenas. Si tuviera un teleobjetivo a mano, podría ver más allá de lo que se muestra ante mis ojos. Mirar más allá me daría un sitio en medio del paisaje. Si fuera capaz de ver dónde estoy…

          Incapaz de capturar lo inmenso, lo único que sé es que el hambre aprieta. Me desvío hacia los árboles frutales que muestran con coquetería sus frutos. Arranco uno. Sorber su jugo y entender mi cansancio es instantáneo. Me relampaguea una idea y tomo asiento bajo otro melocotonero. Escribo: toda sensación es relativa. Mi cansancio acaba de medirse con un melocotón. Antes de él me sentía indefinidamente laxa, así, sin adjetivos, ahora, con la fruta en el estómago, mi cansancio se vuelve más concreto: es hambre, dolor, fragilidad, agobio… Escribo: “Hacerse consciente es algo parecido a medirse”.  En este caso prefiero sentir que tengo más o menos sed y más o menos hambre, sin entrar en detalles, de modo que dudo si seguir comiendo, pero el desfallecimiento toma decisiones con más velocidad y me va ganando el terreno…

A dónde lleva caminar en eses

          Busco en el paisaje detalles que me confirmen que estoy llegando a Tudela. Me agarro a cada roca a cada rama, miro firmemente la cañada, la carretera, el comienzo del carril bici, la empresa química, el tren, la carretera que se acerca al río desde arriba, las curvas previas a la presa, el Ebro ensanchándose… Pasa un coche. Levanto la mano. Se para. Me ve la cara y me lleva a la ciudad a más velocidad de la que traía.

          – “Estás agotada, maja, andas en eses”

          Me deja en un lugar oscuro en el que me dan de comer. Pido tortilla con anchoas, un refresco, agua, una silla. Vuelve el frío. A medida que me alimento voy reconociendo el sitio. Lo primero que veo es que en la tele echan un episodio de la Guerra de las Galaxias, después que me atiende una mujer colombiana. Más tarde, que un hombre borracho busca pelea. En el último bocado me doy cuenta que estoy en un bar donde las mujeres están “al servicio” del consumidor. Mi único problema es que no puedo moverme. Lejos de hacerlo, sigo comiendo, ahora un bocadillo de sardinas, una ensalada. Agua. Y escribo.

          El hombre que está a mi espalda lleva un rato sin quitarme ojo. Habla con el protagonista de la guerra de las Galaxias, que programan en televisión. Le increpa su  torpeza, le exige, le abuchea, le anima… Bajito, poco pelo, cara redonda, dos dientes verdes asomando tras una amplia sonrisa.

          – “¿Escribes algo de viajes?”.

          Me doy la vuelta. Es Dionisio Sánchez, de 65 años y oriundo de Tudela.

          – “Te veo apuntando de aquí y de allá”.

          Le sonrío con educación. Segundos después, insiste:

          – “Comes como a mí me gusta que lo hagan las mujeres. Eliges primero y te lo comes despacio, hasta el final. Se nota que tienes hambre y que te gusta. Eso es buen comer”.

Dionisio Sánchez, escritor oral

          Lo más gracioso es que me siento realmente halagada. Le cuento que vengo del nacimiento del Ebro y voy en dirección al mar.

          – “¡Qué barbaridad, se va a andar usted 930 kilómetros”.

          Me quedo sorprendida. Sabe cuánto mide el Ebro.

          – “Si quiere le digo los afluentes y las ciudades por donde pasa”.

          Y, con carrerilla, añade:

          – “Enhuesado por torrentes y riachuelos, pasa por Miranda, Logroño y Calahorra y aumentando su caudal con afluentes importantes, pasa por Tudela, Zaragoza, Caspe y Tortosa. Desemboca en el Mediterráneo con dos bocas principales que forman la isla de Buda, a orillas estaba la ciudad de la Rosa. Por supuesto que lo habrán oído. Recibe como afluentes por la derecha el Jalón, el Huelva, el Martín (ya más debajo de Zaragoza) y el Guadalupe. Y por la izquierda, el Egea, Arga y Aragón, que hacen al Ebro varón. Y ya más abajo recibe Gallego, el Cinca y el Segre”.

          Recita de memoria, relame cada palabra.

          – “Estuve en los curas 5 años”

          Sus ganas de mostrar conocimiento es imparable. Va de un asunto a otro. Me comenta que la rioja Alavesa debe su nombre a que el rio Oja en una de sus grandes crecidas cambió el Ebro de lado a lado y todas aquellas tierras que cubrió y llevó arenas se llamó Rioja… para callarse de golpe y, retirando la mirada de mis ojos dice:

          – “Soy analfabeto”.

          Lo dice como alguien que hubiera perdido algo que ya tenía, que ya era suyo. Él echa de menos la cultura. Le pregunto si no sabe leer. Me responde que con mucha dificultad, pero que a él le gusta el lenguaje y que aprende de memoria las frases que le parecen bonitas. Entonces empieza a hablarme de literatura.

          – “Me gusta Reverte. ¿Le conoce? ¿Y a Javier Marías?. Ese se enfada mucho con él y le critica”.

          Luego me nombra a Delibes, Cela, Paco Umbral…

          –  “Que tiene la misma mala leche, creo que se llevan mal porque se creen que se copian”.

          Pide a sus amigos que le lean. Su hija, que es profesora de empresariales en la Universidad, suele hacerlo.

          – “No sabe lo que se ríe con lo que escribo”.

          –  “¿También es escritor, Dionisio?”

          Su obra tiene hasta título: “El Campanilllero”, relata la vida de un toro enamorado, un “carriquiris”.

         – “Eran rollos o coloraos. Fueron de los mejores de España. Ahora han desaparecido. Tenían una raya blanca junto al ojo, luego una raya negra y cerca de la ceja estaba la raya rollo”.

          Me dibuja uno de sus ojos. El color rollo es el caoba, explica.

          – “¿Quiere que le diga la historia?”.

          Por supuesto, asiento.

          – “En las verdes praderas del norte…”.

“El Campanillero” y su novia pelirroja

          Dionisio vuelve a recitar que el toro enamorado vive en los campos charros de Salamanca, allí pasta feliz, hasta que un día encuentra a su amada.

          – “Frente a él y mirándolo fijamente, se encontró con pequeña pero preciosa pelirroja”.

          Arrobados por la pasión, los enamorados cruzan el Ebro y se encuentran con la rivera Navarra…

          Dioni (ya empezamos a tutearnos, de escritor a escritora) es un avezado conversador formado en la barra de los bares; pura tradición oral y mente avispada, que es capaz de hacerme reír con sus anécdotas.

          – “Es que soy una calamidad”.

          Si sabe de toros es porque en su mocedad se dedicó a “recortar toros”, es decir, saltaba a la plaza como espontáneo, con capote incluido, y robaba el toro al diestro para hacerle un par de pases. Lo hizo en una corrida con Paquirri, por ejemplo. En aquella ocasión le hicieron pagar 300 euros de multa. Cuando se presentó ante el juez, éste le miró de forma sospechosa:

          – “¿N o será usted de los que montan ciscos políticos?”.

          –  “¿Yo?, ¡si no sé decir ni el aeiou!”

          Lo hizo una y otra vez, porque también le hubiera gustado que alguien le diera la alternativa, pero no pudo ser.

          –  “ A mi lo que me ha tocado es ser un agricultor analfabeto”.

          Su trabajo en la tierra ha dado de comer a tres hijos, dos chicas y un chico, todos estudiantes con carrera en Zaragoza. Dioni se mira el corazón que lleva tatuado en el antebrazo.

          – “A mis compañera le cortaron el pie”.

Calamidad me lleva a Becker

          Empezaba a dar paso a las confidencias cuando, de repente, uno de los clientes, se enzarza en una pelea con uno de los camareros. Recojo mis cosas y pago, quiero ir a la estación de tren. Dioni se ofrece a acompañarme. Mientras salimos me explica que en ese bar también hay gente buena “ que sólo huele a tabaco”, refiriéndose a él.

          Caminamos buscando la sombra. En el trayecto nos encontramos con una gasolinera, “Sancho El Fuerte”, donde compra tabaco. Ahora me cuenta asuntos de la zona, para que enriquezca mi relato. Y de golpe recuerda que hubo movimientos sísmicos.

          –  “No es un volcán en erupción, son movimientos de tierra, de un grado a grado y medio. Allí hoy salen aguas calientes”.

          Me pregunta por mis avatares del viaje. Le cuento algunas aventuras y reflexiones, como la ocasión en la que me encontré a un jabalí o que me pastoreó un perro. De vez en cuando me jalea (“¡Pero cómo te sale eso del cogote!”).

          Cambiamos de tema al llegar a la estación. Necesito cotejar en un mapa el preciso lugar en dónde estoy, en relación con el Ebro y en relación con las Bárdenas.  Dionisio habla de caza. Tras recrearse en lo que prodiga la zona, añade que los cazadores mienten mucho, y si han cazado uno y suman cinco.

          – “En la taberna los matan que da gusto”.

          La estación no ofrece mapa sino horarios de salidas y entradas de trenes. Dionisio ya ha resuelto que hoy dormiré en Tudela, en el hotel Remigio, donde le conocen. Me deja a las puertas y busca una habitación para mí. Yo le dejo hacer. No parece que la negociación sea fácil porque dura un poco. El conserje mira una y otra vez el listado de habitaciones y por fin me da la mía: la 201. Nos despedimos con un fuerte apretón de manos. Minutos después, en uno de los pasillos que dan a mi habitación me encuentro con un pequeño cuadro. Bajo él, un rótulo: “Ruta de Becker Navarro-aragonesa. (Tudela-Tarazona-Veruela-Fitero). Desde este lugar, después de comer, se trasladó el poeta en diligencia en la primavera de 1864 a Tarazona”.

          Dionisio ha elegido, para mí, la posada donde durmió Becker. Todo un guiño.

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