“Observa el comportamiento del agua y encontrarás otro tipo de soluciones”. Cuando los ríos cuentan. Consejo 22

Creí entender que los infiernos, los laberintos, los problemas, se anuncian con tiempo. Aquel día desperté y el malestar ya estaba allí, luego fue adquiriendo fora. Llevamos dentro una hormiga que sabe que se acerca un terremoto.

Fiebre junto al ferrocarril

Las ronchas que pican, son 52. Los fui sumando mientras el sol aparecía, rojo, en el horizonte, detrás del río. Hacia él me dirigí a las 7,30. Al Gobierno de Navarra le gusta rotular sus territorios. Así el lugar donde la vega del río empieza a emocionarme se llama “Zona periférica de protección”. “Enclave natural”. Y detrás siempre su firma: “Gobierno de Navarra”. Es el lugar donde se levanta una bella granja, reina del meandro, cuyos cipreses y su estética romántica (he visto semejantes en San Juan de Luz) dan un toque señorial el entorno. Mi nariz se emborracha libremente con el aroma del hinojo, ajeno a cualquier componente químico. Una parte de mi corazón reside en la punta de mi hipófisis.

          En este “enclave natural” las aves son las reinas. De él salgo completamente equipada: una caña como cayado y una rama de hinojo como mosquitero. Un rótulo enmarca una propiedad pero nunca logrará definirlo.

          Me cuelo entre perales y pillo a un hombre cagando. Le he visto el culo y nos damos los buenos días, él continúa con su acto y yo con el mío. Poco después me pierdo. A veces ir abrazada al río obliga a perder el rumbo, como ocurre con algunos hombres (supongo que ellos dirán lo mismo de las mujeres): Les dedicas una vida creyendo que estás a punto de alcanzar su corazón y cuando te quieres dar cuenta vuelves al punto de partida. En el caso del Ebro sé al menos que se trata de asuntos de lindes, propiedades privadas y falsas pistas. Por ejemplo, he seguido la rodada de un tractor, convencida de que me llevaría a otro cultivo en un infinito abrir de puertas, pero con lo que me he encontrado es con un muro infranqueable, así que he de volver por donde he entrado.

Aprender a no hacer planes

          Lo peor es la cara de imbécil que se me queda, tanto en el asunto de hombres como en el de ahora. Y todo probablemente proceda de este afán mío por hacer previsiones. Ayer mismo cotilleé los planos de los próximos días y ante mí aparecieron las Bárdenas Reales, el desierto más grande de Europa. En ese mismo instante deseé estar allí, en medio de su impresionante paisaje lunar (que la aviación utiliza como campo de tiro) y ahora que me acerco caigo en la cuenta de mi torpeza occidental, estoy acostumbrada a los servicios y, por tanto, soy una monísima inútil para casi todo. Acabo de ver en el mapa, las Bárdenas Reales empiezan en Tudela pero muy alejadas del río, luego pasan a ser Bárdenas Negras o “Las negras”, más tarde adquieren el nombre de “Las 5 millas” para terminar en los Monegros… Y ya me he perdido dentro del mapa, un lugar donde en principio todo está en orden.

          Quizá se deba a que en vez de aprender a potabilizar agua o a mejorar mi forma física, lo único que se me ocurrió antes de partir fue saber el origen de la palabra “Bárdena”. No aparecía en los diccionarios, de modo que me puse a consultar en libros especializados. Por supuesto que me enteré de cosas, por ejemplo, que el término tiene un origen incierto. Unos dicen que deriva de un vocablo aragonés, “pardina”, que significa zona de pastos o regiones bajas; otros recuerdan que los árabes llamaron a esta zona Yabal (montes de) al-Bardi y que podría tener que ver con “barda”, (que viene a significar seto o vallado de espinos). Incluso charlé hasta las tantas con una fotógrafa fascinada por los efectos de la intervención del hombre en el paisaje, sobre cómo, antes de ser desierto, las Bárdenas fueron bosque espléndido. Así me enteré que en la segunda mitad del XVIII la marina española precisó una inusitada cantidad de madera para la construcción de sus barcos y donde hubo… dejó de haber… para siempre. Nos despedimos y no le pregunté el nombre.

          Pero de qué me sirve ahora toda esta información cuando estoy a un par de jornadas de distancia. He conseguido que las Bárdenas sean la simple medida de mi torpeza. ¿Dónde empiezan exactamente, cuál es su área de influencia? Con este ánimo sigo el río y me topo en mitad de la vega con una verja de madera y un cartel en el que han escrito a mano “Cierren la puerta, ganado bravo”. La verja maltrecha corta el camino injustamente en un tramo en el que el Ebro se empieza a llenar de trinos. Salto y continúo mi camino.

En el paraíso de los toros bravos

          El lugar es una delicia. El río, que baja muy flojo este año, se expande. Veo excrementos secos por mi camino y me tranquilizo diciéndome que eso significa que ya no están pastando en esta zona del río (de todos modos ruego al cielo que no me encuentre con animal bravo alguno). Ahí está el agua limpia, los pájaros, el camino que se deshace entre las gravas, los chopos… y las heces frescas de las reses. Me animo, asegurándome que en ese tremendo terreno los animales andan por un lado y yo por otro. Las aves cazan peces con el pico a ras de río.

          Una hora después, las primeras casas de Alfaro miran desde lo alto al Ebro. Al doblar la última esquina del río, aparece ante mí lo que más temía: la ganadería brava. Toros y vacas vuelven sus cabezas. Alguno muge. Son docenas. Retrocedo, muy despacio, intentando controlar mi adrenalina (me han dicho que los animales huelen el miedo). Busco un atajo que me devuelva al pie de las casas, pero por el momento sólo encuentro una mezcla de ortigas, vacas, cacas, chopos secos con las que tropiezo, mientras que intento no transpirar. Me caigo de puntillas; me raspo, me araño, me enzarzo con gestos aparentemente calmos ante la mirada de decenas de pares de ojos negros.

          El número de reses se multiplica a medida que avanzo. Mugen las reses, se mueven lentamente hacia mí. Sigo acortando entre chopos caídos, excrementos y ortigas. Voy con un pantalón demasiado corto, ese azul con pompones blancos que en otra ocasión me acompañó en la tortura. Una de las bestias se acerca. Alargo el paso, no quiero que note que me acelero. Todo menos caerme y menos transpirar miedo. Vigilo mis glándulas. Observo cada paso que doy, me adelanto a los tropezones y logro salir a una zona despejada, pero el toro insiste en acompañarme. Debe pesar toneladas. Noto su tibieza. La manada ya le queda lejos. Estamos él y yo. En el peor de los casos, sé que mi palo sólo me serviría como tercera pierna. Es decir, no voy armada. Él es dueño de sus cuernos.

Y para postre, el del todoterreno

          En lontananza veo un todo terreno, el mismo que observé a lo lejos antes de que esto se convirtiera en una pesadilla. Como sea el dueño, me lo como. Le odio. No es propietario del río, debería tener las reses de otro modo. ¡Atadas!. No sé cuáles son las reglas del juego ganadero, pero ahora me importan un bledo. Me dirijo a él con ganas de guerra y al mismo tiempo con alivio. En la parte trasera de su coche lleva a un perro de presa negro, un pit-bull.

          La finca no es suya. Se llama Francisco, es de Alfaro. Dice que le gusta mucho la naturaleza. También me dice que buscaba el camino para pasear a su can con libertad cuando tropezó conmigo. Su afirmación huele a mentira por los cuatro costados, aún así acepto subirme a su coche. Estoy temblando y soy incapaz de sacar mi ira.

          Deshacemos en coche el camino que hace dos horas comencé en medio de mi temeroso entusiasmo. Empiezan a arderme las piernas por las ortigas.. Observo los rasguños. Sangro. Procuro ser amable pero salgo esquiva. El hombre me observa. Ha ido del desapego a la amabilidad. Poco a poco se va a acercando al acoso. El peligro aún no ha pasado. Busco una estrategia.

          Alcachofa, tomate, pimientos, espárragos… hablar de todo para impedirle pensar. Centro el tema de conversación en los productos de la tierra. El asunto parece atraparle el interés. Mientras tanto dice que me está llevando al pueblo. Llevamos en el coche casi veinte minutos. Dice que busca un lugar para invitarme a un refresco mientras me pasea por las afueras, junto al río, a pocos metros de donde dejé el Ebro pero al otro lado de las reses, la antigua prisión donde hoy hay un albergue juvenil y un punto de información, los alrededores de un instituto laboral que está rodeado de casetas de profesores adosadas… Las instalaciones están vacías.

          Yo sigo hablando, sin parar. Ahora de las uvas. No sé si consigo despistar sus  ideas más oscuras con verborrea, sólo sé que no deja de observarme. A veces logro hacerle reír. Llevamos casi media hora en coche. Ahora le hablo de mis sobrinos. De repente dice que tiene prisa y me devuelve al río argumentando que no ha encontrado nada abierto. Me deja allí, donde comienza un sendero. Me comenta que me quedan 3 kilómetros para la desembocadura el Alhama en El Ebro, que es un bonito paseo y que luego me quedan otros tantos kilómetros para llegar a Castejón. Cuando cierra las puertas de su coche asoma la cabeza y me da un aviso:

          – “No vuelvas a subir a un coche con un desconocido, los hombres somos muy malos”.

 No soy la única a la que algo no le va bien

          Pasará aún media hora antes de que patee una rama figurando que es su estómago. Para mi sorpresa, el arrebato es más corto que mi ira, que queda dentro manchándome el fondo de la sonrisa como si la rabia fuera un poso del café. Existe una razón de peso: Siento cada una de las venas de las piernas arder en mil calambres bajo el sol. Una familia de pastores de tremendos ojos azules (matrimonio y dos hijos) que ya sestean su mediodía me ofrecen agua (¿Es por mi gesto o por lo que cuenta la piel de mis piernas?) y me aseguran que podré pasar a pie por el Alhama.

          Muerta de hambre y sed, busco un imposible: el bar a las afueras, cerca de Castejón, donde decía Francisco que me quería llevar. Necesito agua objetivamente limpia. No hay ninguno. Mojo mis piernas en el Ebro. Las heridas hierven bajo el agua. Están cada vez más hinchadas y me asusto. Las viejas picaduras quedan sepultadas bajo las nuevas, el sol fríe mis cicatrices. El río me lleva a una zona con asfalto dormido por el calor y abandonado pero en el que se sostiene a duras penas una gasolinera. Entro con mi cayado y disimulo mi malestar; hace horas que no me fío de nadie. Compro una botella de agua y tomo un respiro sentada en una silla. Empapo mis piernas con una toalla de papel y bebo. El responsable del local es un joven bien parecido que desgrana con su hermano los últimos cotilleos del pueblo. Les escucho, como si fueran radios de carne y hueso.

          – “La de Santos, esa que tiene un hijo que se llama Santi… pues tiene 60 años y el otro día iba a darse una vuelta por el polígono, de mañana, cuando se le apareció un hombre en pelotas. Desde entonces pasea acompañada”.

          Una hora después, miro el techo de mi habitación, acostada, tras la ducha y el baño de crema, esperando los efectos de la aspirina que me ha proporcionado la dueña del hostal. Me pregunto si he tenido suerte. He llegado hasta aquí temblando de frío, a pesar de que el sol de agosto a las 4 de la tarde no lo permita. El edificio se levanta junto a una estación de tren, lo que le imprime una certeza de provisionalidad que contagia. Sus paredes son claras, los pasillos anchos, las ventanas grandes, sus baños limpios de no usarse. Mi fiebre me hace sentir que me he colado en un hospital de posguerra.

          Cierro las ventanas. Tras ellas el Ebro se queda a tiro de pájaro. Hoy dormiremos separados, por fuerza. Mi cuerpo reacciona pidiéndome más agua y se la doy. Remojo mis pantorrillas en el lavabo que hay en el cuartucho. Antes de caer en un denso sueño, escucho de fondo los avisos de la estación de tren. El próximo lleva a Zaragoza (que ya está sólo a unos 100 kilómetros por carretera). El hotel es tan humilde como los que habité en Santiago de Cuba, hace tantos años… Esta noche es mi hospital, mi refugio, la primera cama en mucho tiempo.

Paseo para escampar la fiebre

          Me despierto tiritando y al mismo tiempo empapada en sudor. Me asomo a la azotea, donde encuentro ropa tendida, buscando el alivio de una posible brisa. Llega el siguiente tren. El cielo es azul y gris. No puedo pensar frases largas. Otro día con bochorno, y mañana, domingo. No hay domingos para el caminante. Un rayo a lo lejos, por donde estaba Milagro, promete lluvia. El calor me atrapa el pecho como si fuera agua. Me ahogo. Bajo a la vecina estación, quizá allí encuentre un botiquín, pero la terminal está vacía. Los carteles aseguran que en sus mejores horas tiene bar, guardia jurado (securitas), un acceso para peatones y coches, el “museo del ferrocarril” y las sedes de CGT, CCOO y UGT, pero ninguno dice nada de botiquines ni de servicios de urgencia. Empieza a invadirme la melancolía de las estaciones. Este humor contagia el hostal y su azotea, que desde aquí se muestran desolados.

          Regreso a mi guarida leyendo los carteles, por si en el camino apareciera un servicio médico o una farmacia, pero sólo se anuncian la Guardia Civil y la armería. Leo en la cama un folleto que he cazado en uno de los andenes para despistar el agobio. Dice que en 1850 Castejón contaba con una sola casa habitada por pastores y una venta perteneciente a la Diputación. Su suerte cambió gracias al ferrocarril. Noto el fluir de mi sangre en pantorrillas, muslos y nalgas, y pienso que quizá no me hagan falta más medicamentos que el agua fría, el reposo y seguir leyendo: La construcción del empalme que unía Pamplona con la línea ferroviaria del Ebro en el año 1859 dio un giro a la historia de Alfaro. Tras la guerra de 1872-1876, empezaron a multiplicarse los edificios alrededor de la estación y en 1927 adquirió la importancia suficiente como para segregarse como ayuntamiento.

          ¿No lloverá de una puñetera vez?. Tengo el calor metido en el cuerpo, la lengua ligeramente hinchada. ¿Me habré intoxicado?. Escucho el sonido del pueblo, que vuelve a ponerse en marcha a medida que se escapa el sol del horizonte. Parece que estén en fiestas. Quizá me asome, quizá consiga que este calor no me ahogue y me asome…

          – “Llevamos tres días con bochorno, diciendo a ver si aguanta, a ver si aguanta y ya ves, seguro que hoy, que tenemos la orquesta, será cuando llueva”, comenta el camarero del bar en el que busco compañía.

          No quería quedarme sola. Compré antihistamínicos, crema anti inflamatoria, analgésicos… en la farmacia y me metí en el cuerpo varias. Empiezo a notar que mis piernas reaccionan ante las sustancias pero temo recaer. Si ocurre, que me pille en público. Además, el bar tiene aire acondicionado.

          – “!Tengo unas ganas de pajarillos!”

          – “!Que están prohibidos, hombre!”.

Las fuentes del Nilo entre delirios 

          Cuando tengo las fuerzas suficientes como para andar, salgo a airear mi fragilidad. Pongo el pie donde los otros lo hacen. Me da miedo parar. Los conejos cuando huyen del zorro no dejan de correr, siempre hacia delante, porque la velocidad es su aliada. Yo también huyo, el hocico de la fiebre me persigue, detenerme significaría engancharme en sus fauces. Sé que los ratones mueren de un paro cardiaco en las garras de los gatos porque saben que ahí encontrarán la muerte, un susto mortal. A mí no me matará mi temor la calentura…

          Un niño parapléjico juega a ser toro y embiste desde su silla a sus seis amiguitos. La orquesta comienza a levantar el escenario. En uno de los bares que dan a la plaza, un anciano parapléjico sigue el partido desde la calle porque no puede superar los tres escalones que le separan del local. Dentro comentan las jugadas y él, sólo, mochila en la silla, mira absorto. En el otro extremo el niño-toro no deja de embestir.

          Los componentes de la orquesta esperan a que termine el partido. Mientras tanto desplantan al cielo probando los acordes de “agua dulce, agua salada”. Juan Ramón Jiménez se presenta al piano. La fiebre mezcla  los límites de la realidad, acercándolos a la ficción. Me despierto a media noche empapada en sudor. Mis piernas siguen entibiando el chorro de agua que no deja de manar del grifo. Enciendo el pequeño televisor que cuelga del techo en busca de un cuento; emiten un reportaje sobre las fuentes del Nilo. En una especie de borrachera absurda tomo notas sobre Richard Burton, historiador y John Spike, soldado. El primero no dio crédito al descubrimiento del soldado Spike que no tenía forma de demostrar que había llegado al lago Victora. En su mundo la verdad no sirve de nada si no se tienen pruebas. Livingstone era misionero y Stanley periodista. El segundo demostró que comunicar el descubrimiento tiene tanto valor como el propio hallazgo.

Anuncios