“Quien no se renueva muere. . Tus células saben cómo cambiar los cuentos”.  Cuando los ríos cuentan. Consejo 21

Sudo consciente de que me desprendo. Soy agua que transpira agua. Abandono agua y bebo. Estoy a punto de iniciar la tercera botella de litro. Mis gotas  vuelven a la tierra.

Crónicas taurinas

Dos ancianos se azotan cuello y espalda con ramas en las manos. Su cilicio tiene un utilísimo fin: es un mosquitero natural que ahora yo también blando. En los alrededores del embarcadero sesenta terneritas de cara blanca y negra asoman su cabeza por las cajas donde pastan, encerradas, obligadas a comer pienso como única actividad en sus vidas. Sin barca, el lugar es cemento, mesas y bancos de madera, sombras hechas en serie. Sombra industrial. No reconozco el paisaje que ayer vi en las fotos. Sólo cuando leo el nombre de “Arzadiel” doy veracidad a lo que me contaron ayer, el lugar en el que Jesús terminaba sus excursiones en barco aún existe.

          Agito las manos en el río. ¿Soñará el Ebro con crecidas? ¿Tendrá memoria el agua de sí misma? ¿Cuánta de aquella es la que hoy veo? ¿Cuánta de la que me moja el rostro sabe del verde original y de Burgos y de Cortiguera? ¿Debería contarle al Ebro quién es? ¿Cuántas de estas preguntas son mías y cuántas provienen de la sombra de estos frondosos robles en la que me cobijo?. Probablemente una parte de mi inquietud proviene de la desolación que me producen las presas.

          Sé que racionalmente no tengo argumentos ,sé que la electricidad es hoy un bien de primera necesidad, pero me espanta esa sangría del río. En cada una de ellas el Ebro pierde fuerza, se ablanda, agoniza, lanza un pequeño gemido. Es cierto que kilómetros después vuelve a arrancarse, impelido de manera natural hacia el mar, pero es sólo una verdad a medias, de esas que alivian al culpable. Su capacidad para recuperarse no es infinita. Si no fuera porque guardo la memoria de su recorrido, hasta yo misma podría creer que cada presa no le resta. De hecho a mí también me sorprende la capacidad que tiene de reescribir su trayecto, pero no olvido que en cada una de estas sangrías pierde, pierde, ahí están las fotografías del año 59. Aquel que fue ya no es. Imagino cómo sería hace 100 años, 300, 1.000. Tan sólo hace mil. Me cuesta apostar por la “civilización” que se expande rodeada de argumentos, prefiero encontrar las razones del Ebro.

La tentación es una linea recta

          Cuando veo, como ahora, aún un poco en alto, la U que forma el Ebro y en la que me perderé en las próximas horas, me entran tentaciones de líneas rectas, pero tomo aliento y me lanzo al meandro y sus requiebros.

          ¿Mi deseo es mi destino?. El viento ríe entre las hojas y deja huecos en mi interior que luego el cansancio llena de sombras y apesadumbra mi paso. Salgo de la trampa con recuerdos que nunca tuve hasta ahora, por ejemplo, Yeyo y sus cinco años sólo en Cortiguera y sus otros cinco con pareja. O lo que me comentó Yolanda sobre el diálogo con el paisaje. O la frase que Carlos atribuye a Voltaire: “Me invento pasiones para sólo ejercitarme”. Ay, el afán de ser otra cuando ni la propia carne vuelve a su sitio. Recuerdo a las chicas que me encontré antes de llegar al camping de Fuenmayor, volvían al recorrido de hace 16 años, sus cuerpos no eran los mismos, la memoria había alargado y acortado tramos, el camino tampoco era el mismo, ni siquiera el río. Caigo en la cuenta que comparto recuerdos con el Ebro. Como una pareja recién hecha, me sorprendo ante la certeza de tener un pasado común que recupero de manera natural en mis gestos cotidianos, en los pensamientos corrientes.

           La calima borra el horizonte y Rincón de Soto refulge a lo lejos. Ahora pienso en los náufragos, a solas con su propia esencia, sin poder escaparse de sí mismos, sin más vida que la que son capaces de conservar… Quizás mis pensamientos circulares delaten mi condición de náufraga en tierra: Camino rodeada de agua, agua y ni una gota para beber. Sudo. Sudaba a las siete cuando desperté, sudé al andar por carretera y ahora, que es la hora de sudar (13,15). Sudo mientras me pierdo entre los chopos nuevos, queriendo ser fiel al curso del río y mientras se cuelan, entre el calcetín y la bota, los caracolitos del camino.

“Noli me tangere”

          Sudo y pienso que hoy también sumaré horas andando, y ando y me sorprendo porque yo, en Madrid, nunca anduve. Y pienso, mientras sudo, que cuando el espermatozoide fertiliza el óvulo, el huevo es agua al 95% y que la cantidad que hay en un cuerpo maduro es del 70%. Sudo consciente de que me desprendo. Soy agua que transpira agua. Abandono agua y bebo. Estoy a punto de iniciar la tercera botella de litro. Quien no se renueva muere. Mis gotas alcanzan el suelo y vuelven a la tierra. Aproximadamente el 70% de su superficie está cubierta de agua. El Ebro es a este planeta lo que una glándula sudorípara a mi piel. Agua pluvial, corrientes subterráneas, lagos, pantanos, ríos, mar, niebla, nubes, lluvia, el hielo de la Antártida, la nieve de las montañas más altas… también están en mi propia orografía, mi fisonomía, parte de mi biología es fluvial. ¿En qué lugar de mi cuerpo colocar el Ebro?. ¿En el fluido que engrasa mi cerebro? ¿El que enlaza mis emociones?. Y dentro del Ebro: ¿Tiene cada gota su propia identidad, su genética, su memoria?. Sudo y pensar en agua aumenta mi sed. ¡Dios mio! ¿Y esa nube que prometió el hombre del tiempo?.

          No sé por qué, mi mente lleva repitiendo toda la mañana. “Noli me tangere”. Una y otra vez acude a mi esa frase mientras camino. Creo que la traducción es “no me toques” y que la frase proviene de la Biblia, pero no entiendo por qué mi mente trae de mi pasado más recóndito esa frase. La digo en alto mientras miro al Ebro. “Noli me tangere” no me provoca ninguna emoción… Busco sus variantes en castellano. Me paro y se las digo al río:

          – “No me agarres. No me modeles a tu antojo. No me atrapes”.

          ¿Y si fuera él quien me lo estuviera diciendo?. El Ebro dice “Noli me tangere”. Intento ponerme en su lugar y me digo:

          – “Desborda los diques en los que encasillas el mundo. No quieras marcar mi camino, ni concertar el día, ni la hora. Suéltame. Noli me tangere”.

          Escucho el ruido de un motor y salgo del juego, aún así le doy la bienvenida porque me recuerda que esta belleza tiene un límite y he de disfrutar con lo real. Por lo que veo, animales llaman a animales pues aquí abundan las zancudas. El río arroja piedras sonoras que casi juntan las dos orillas. La isla que aparece en el mapa es enorme y en ella pastan vacas.

          Tal y como insinuaba el sonido de un motor, tras el breve vergel llegan las “excavaciones tratadas con herbicidas” (así reza el cartel) y junto a ellas un campamento de temporeros rodeado de plásticos y cartones. Las furgonetas que les llevan y les traen a los cultivos están aparcadas a la sombra, esperando a que finalicen su jornada. Cruzo el puente sobre el río que les separa del pueblo, Rincón de Soto. Las mujeres han tendido al sol manteles, bragas, camisetas y trozos de tela lavados a mano. Un pequeño grupo de hombres me grita invitándome a que repose a la sombra de sus tiendas de campaña. Tienen marcado acento portugués. Están partiendo una sandía. No me lo permito. Soy un animal asustadizo.

Mujeres de negro

          Unos metros más allá, un marroquí me anuncia que me queda poco para el bar más cercano. La dueña del local atiende a dos ecuatorianos. Comento mi sorpresa ante tanta presencia internacional en el pueblo y ella especifica que en Rincón de Soto se dan cita 18 nacionalidades distintas, entre ecuatorianos, argentinos, peruanos, colombianos, del Este, magrebíes…

          Bebo un litro de agua de tirón. Una familia de portugueses entra en el bar y pide una ronda de cervezas. Son dos hombres adultos, uno joven y otros dos adolescentes. Suman rondas de botellines. Beben sin parar a pesar de que las mujeres que les acompañan (dos de mediana edad, dos niñas, un anciana y otra algo más joven) les insten a que lo dejen. La mayor de todas, ataviada con refajos negros, debe ser la madre de los hombres porque ellos no terminan de mandarla para casa. Mientras toman pipas para despistar el aburrimiento de la espera, sus hombres se van en grupo al servicio y las dejan solas. Ellas ni se inmutan. Cuando regresan es la dueña del local la que les alienta para que se vayan.

          Son más de 40 grados. Camino pegada a la pared, pues el pequeño oasis cierra al mediodía. El mosquito que se ha cebado en mi frente ha borrado mi entrecejo, que no por eso no frunzo. La chica eslava que espera estación de tren me indica que hay un parador a un kilómetro de distancia, junto a la gasolinera, donde podría picar algo.

           A la vera de la gasolinera un hangar tiene nombre propio: Macumba. He oído antes ese nombre… sí, a uno de los tertulianos que anoche hablaban a las puertas de su casa, en Azagra. Un hombre decía algo sobre que tuvieron que salir a orinar fuera. El local tiene pinta de haber sido una gran sala de fiesta que hoy vive un momento bajo. Si se fija una bien, ya han encendido los neones verdes y rosas (a pesar del sol de las 16,30). Hay coches aparcados en la puerta y camiones. El polvo de la siesta, imagino.

           El aparcamiento de la gasolinera está a rebosar, la barra desborda tortillas variadas casi como única oferta (de patatas, paisana, con embutido, de calabacín, de espinaca, en pincho, en bocata…), al volumen de la televisión le sobran decibelios y los hombres (únicos clientes del local) se voltean a mi paso. Imagino que el hecho de que la gasolinera esté abierta las 24 horas y tenga servicio de habitaciones añade interés a los habituales de Macumba.

          El camarero me indica con el dedo que sea yo la que me acerque a su esquina. Obedezco lentamente. Se dirige a mí con marcado acento italiano. Me pregunta casi en susurros si vengo sola. Le digo que sí en igual tono.

          – “Ah, entonces sí hay habitaciones”.

El lujo de dormir en un motel de carretera

          Yo no había pensado contratar esos servicios pero la idea de una siesta se convierte, de golpe, en una necesidad vital. Acepto la llave (el camarero me recomienda que no diga el número en alto) y subo las escaleras con pesadez. Antes le hago una broma sobre su extraño acento, y me explica que es siciliano aunque residió en Inglaterra durante 15 años.

          Mi cuarto está en el primer piso, junto a la escalera. Veo todo en blanco, negro y gris. En las habitaciones vecinas escucho un enorme revuelo. Imagino que es el efecto de la siesta compartida con las chicas del vecino club de alterne. Las paredes de mi cuarto  están manchadas con salpicaduras ocres y chorretones oscuros, alguien ha garabateado un corazón sin iniciales. Sobre la cabecera otra pequeña pintada, esta vez grabado en el yeso con una punta: “Cata y R”. Las sábanas están limpias. Suelto la mochila, me dejo caer en la cama. No puedo moverme. Escucho voces de hombres y sus risas, entre ellas no encuentro la voz de sus mujeres y me sorprendo. Caigo en un profundo sopor. De fondo, la voz de un andaluz requiebra a su amante por el móvil.

          Me despierta el ruido de mis tripas. En el espejo del armario veo mi pelo quemado por el sol, las piernas tostadas, el pantalón raído, la camiseta (que intenta recordar que un día fue blanca) pegada al cuerpo. No me importa, tengo verdadera urgencia estomacal. Ato los cordones de mis botas y salgo al pasillo con el sueño pegado a los ojos. Me deslumbra el resol que se cuela tras los cristales. A diferencia de antes, el piso permanece en silencio. Alcanzo el primer tramo de las escaleras con torpeza. Ante mí aparece un monosabio, con traje ajustado, sombrero de latón, capote… No doy crédito. Le miro a los ojos, a una distancia de dos escalones

          – “¿Pero dónde estoy? ¿Qué es esto?”

          – . “Estamos en España, señora, y es agosto”

          El monosabio sigue su camino y dejo pasar a dos banderilleros (montera negra y traje de luces incluidos), que me saludan con la cabeza sin dejar su conversación. Avanzo con la cabeza vuelta del revés. En el bar un grupo de admiradores habla en alto con el resto de la cuadrilla. Se dan palmadas en la espalda, ríen. Todo son parabienes. Mi estómago sigue marcando la ruta, que acaba en la barra, junto a una tortilla de espárragos, mientras no dejo de mirarles. Vuelvo a hacer la misma pregunta, esta vez a un camarero que al llegar yo no estaba en la barra.

          – “Toreros de Aldeanueva del Ebro, el pueblo de las cuatro mentiras: ni es aldea, ni es nueva, ni pasa el Ebro y el cura mayor es casi enano”.

          Al camarero no le hace mucha gracia el cuadro. Es más, le indigna.

          – “Y luego dicen que es arte, lo llaman cultura”

El olfato manda

          Por supuesto que saco mi cuaderno de viajes de la bolsa que llevo enganchada a la cintura, este momento es como para retratarlo. Escribo mientras como a dos carrillos. Primero observo (el apoderado fuma un puro; un joven alto y fuerte espera en silla de ruedas a que baje el diestro; su padre comenta la corrida con uno de los clientes…) y luego escribo “Suman diez hombres”. Levanto los ojos del cuaderno y aparece el camarero siciliano pulcrísimo, recién salido de la ducha, junto a una de esas mujeronas a las que sería fácil encontrar clientes en Macumba. Tiene las cejas altas, estilo años sesenta, y pómulos pronunciados. Es esbelta, algo mayor que él, de una belleza cansada. A él se le ve más satisfecho y a ella más enamorada. Me reconoce y con un gesto me dice “ella es de Bogotá”. Le sonrío por la complicidad. Ella le agarra la mano.

          Estoy escribiendo su historia, ya de espaldas a las mesas, cuando huelo un hombre a mi espalda. Es la justa combinación de sudor, jabón y perfume, por eso sé que me va a gustar, sin tener que verle la cara. Pienso en mi aspecto: la antítesis de la lujuria. Me acuerdo de los chorretones en mis piernas y creo morirme. El hombre aprieta algo más su pecho a mi espalda, intentando acceder a un bote de ajos en conserva. Pregunta si están buenos. Entonces mi lengua se pone a hablar:

          – “Son buenísimos, no sólo saben bien sino que van muy bien para la salud y no dejan olor porque le han quitado el corazón”.

          Me muero de vergüenza por mi osadía, como si mi yo más lanzado arrastrara al resto de mí sin mi permiso. Digo la frase y luego me doy la vuelta. Efectivamente, ese hombre me gusta. Es un morenazo de buen porte y amplia sonrisa. Se mueve como un hombre satisfecho. Me hace caso y pide tres botes de ajos, que se lleva para casa, según comenta al camarero.

          Disimulando mi fragilidad, me vuelvo al cuaderno, doy un nuevo mordisco a mi tortilla y sigo escribiendo. El hombre se pone a mi lado y se deja oler. Bromea con el resto del grupo. Yo le miro con disimulo.

¿Estoy ligando, maestro?

          –  “¿Eres escritora?”

          “No, soy pánfila”, estoy a punto de contestar, pero me contengo y mientras intento tragar el último trozo de tortilla, le cuento lo de mi idilio con el Ebro. El hombre se presenta (“Víctor Méndes, torero y ganadero”) y me besa la mano. Me pide detalles sobre el libro, parece que le interesa. El me da algunos datos suyos: es matador, contemporáneo de Ortega Cano. Nacido en Portugal, donde tiene parte de su ganadería. Su década es la de los ochenta. Lo dejó por las cornadas en las piernas pero de vez en cuando se apunta a festivales como el de esta tarde

          – “Para pasar mi rato de miedo. No me haría falta porque tengo fincas, pero es una especie de doble personalidad, de esquizofrenia. Necesito mirar la cara del toro”.

          Por otra parte, no deja de meterse en líos. Por ejemplo, ahora están organizando una corrida en Moscú. Tienen problemas con las licencias y las mafias pero confía en que saldrá adelante el proyecto… La cuadrilla va bajando de sus habitaciones. El bar está cada vez más lleno. Le reclaman. Me roza la piel con la punta de sus dedos. Yo hago como si no fuera conmigo. El color de sus ojos es miel y también lo son sus modales. Antes de irse, me escribe su teléfono en mi cuaderno y vuelve a besarme la mano. Ya fuera del local, junto a su enorme coche, acepta hacerse una foto de grupo con el joven minusválido y otros admiradores, amén de parte de la cuadrilla. Siempre con su amplia sonrisa. Le miro desde el otro lado de la ventana. Entonces él se da la vuelta y me mira a los ojos unos segundos, los suficientes como para entender el reto. Se sube al coche y al pasar delante de mí saca la mano.

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