“Camina y deja que las palabras salgan, verás qué cosas guarda la punta de tu lengua”.  Cuando los ríos cuentan. Consejo 20

Hoy mi boca despertó chistera de maga. No deja de decir… conejo! gaviota! cucurucho! piedra! caballos azules! mar!… Ebro!

Siete vidas en Venecia


“En un lugar de Navarra, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un joven cocinero de los de academia y libro, cacharro y puchero, bicicleta y manta, mapa y  ganas de volar.

          (…)  “Yo, como D. Quijote, me invento pasiones sólo para ejercitarme”.

          (…) Un buen día, después de mucho leer aventuras, desde Tom Sawyer en mis jóvenes comienzos, hasta mi último libro, el periplo de un hombre explorando el sur de dollarlandia y México, como fue Cabeza de Vaca, me cogí la bicicleta y me fui a Milán (como de aquí a Sotojuela). (…).

          Llegó a Atenas, con 2.100 kilómetros entre las piernas, “Con dos cojones como Camacho. Las rodillas un poco cargadas y las posaderas un tanto resentidas, pero la satisfacción de haber logrado tu objetivo. Atrás quedaron amigos y gente conocida, como aquella pareja de holandeses que se estaban haciendo la ruta Ámsterdam-Nueva Delhi en bicicleta, 10.000 kims (casi nada). O la guapa mexicana, profesora de español en Philadelphia, de vacaciones por Grecia, ella solita.

          También eso de que el mundo es un pañuelo es tan verdad como que soy el hijo del gato, porque mira que ir a encontrarme con un ex profesor mío de Zaragoza en un museo perdido de Atenas. Manda huevos, como una vez dijo algún político.

          A veces me sentía observado, pero claro, pensaba yo, lo que pasa es que no han visto nunca a un gato en bicicleta y claro, ello les debe de resultar raro (…)

          – ¿Quiere orujo?

          Hoy comienzo el día por el final porque la jornada se me ha figurado como una cárcel hasta que esta tarde encontré, por fin, la salida.

          Carlos, el hijo menor de Jesús Berisa (“Gato”) me ha ofrecido leer el breve relato de su viaje mientras atendía a los clientes. Bordeó con su bici un tramo del Mediterráneo hasta alcanzar Grecia un verano en el que se dejó llevar por sus impulsos. La mochila observa nuestra animada conversación desde el final de la barra. Después de 20 días de viaje en solitario los objetos adquieren otro valor. Mi mochila es mi casa, mi almohada, mi despensa, el lugar donde guardo mi identidad, la cueva de mis secretos, mi testigo y compañera de aventuras. Carlos guarda la misma relación con su bici. Su padre tuvo también su objeto: un barco.

El principio, visto desde el final

          Me encontré con él a las ocho de la tarde. En la tele terminaba la película de vaqueros que vi empezar en San Adrián, la chica lloraba, la música era triunfal y el sheriff corría a galope tras el malo que esta vez sí estaba herido. Los espectadores comentan lo que ven: que si menuda forma de despertarse, que si menudos son los indios, que si el sheriff es un “pasmao”, que si la chica le quitó el dinero a su madre para comprar el vestido, que si “ya se yo dónde le aprieta la alpargata”… La televisión parece una ventana por la que se asoman a la vida de sus vecinos y ante ella lanzan cuitas. ¿Habrán olvidado que se trata de un película?.

          Mi mochila miraba a otro lado, permanecía de cara a una pared tapizada por fotografías del año 59 esmeradamente enmarcadas, junto al otro lado del televisor. Las imágenes congeladas de un pueblo en blanco y negro, competían con el bullicio del western. En silencio, insistían en mostrar el pueblo extrañamente cubierto de agua. Se trata de Azagra, hace casi medio siglo, cuando el Ebro aún no tenía dique y sus crecidas llevaban el agua hasta la plaza. Entonces la villa se convertía realmente en una pequeña Venecia por la que sólo se podía pasear en barca. Es entonces cuando caigo en la cuenta que estoy en el restaurante del hotel Venecia. Esas fotos son más que una mera exposición. Dejo la película y me entrego a un artículo colgado en la pared:

          “Cuentan que antiguamente los reinos de Castilla y Navarra se comunicaban a través de una barca que unía las dos orillas del Ebro en los términos de Aragón y Calahorra. En la ribera navarra se construyó un fortín que sirvió, a mediados del siglo XIX para luchar en las guerras carlistas. Ese mismo fuerte del que todavía se conservan las mirillas por las que disparaban, se usó durante los primeros años del siglo XX de casa de arbitrios, lugar donde el barquero, un funcionario del Estado, cobraba el impuesto correspondiente a todos los usuarios que necesitaban cruzar el río y, por tanto, de los servicios de la barca. Se conocía como La barca de Azagra”.

Azagra tenía un barquero

          Mi interés es bien acogido por la camarera, una de las hijas del dueño del negocio, Jesús Berisa, que además es el cocinero del restaurante. Me invita a tomar asiento en el restaurante dando por supuesto que cenaré allí cuando yo sólo pensaba tomar un respiro, pero me dejo llevar porque preveo una bella historia. Una vez en mi sitio me acerca el artículo enmarcado y me comenta que su padre es uno de los barqueros a los que hace referencia y promete que él será quien traiga mi plato a la mesa. Mientras les espero sigo leyendo: En la barca, realizada con troncos y madreas, montaban animales y agricultores que conseguían atravesar el río. En la Guerra civil la barca se hundió y luego se reconstruyó, pero una fortísima crecida en el año 1964 se llevó definitivamente la barca de Azagra. El último barquero se llamaba Crispín quien, gracias a la sirga y apoyado en un poste que servía de palanca en el centro del río, unía las dos orillas en beneficio, sobre todo, de los agricultores navarros con tierras en la rivera de Calahorra, que cruzaban con sus carromatos. Jesús Berisa es nieto del tal Crispín, un agricultor que un buen día logró convertirse en marinero en tierra.

          Plato y hombre se quedan en mi mesa. Ceno caliente, mi cuerpo se reconforta al tiempo que Jesús me va abriendo los ojos, que hoy tuve cerrados. Transcurrió el día junto a un Ebro tortuoso hecho de graveras, escombreras, canales, vías, resbalones y subidas de adrenalina. En ocasiones fue un muñón con arrugas hechas por la cirugía y no por el tiempo…

          Escucho a Jesús y me doy cuenta que he tenido los ojos saturados de sol y polvo y más que ver, simplemente he discurrido. No es la vista el sentido que hoy me ha gobernado. Jesús es un agricultor con vida marinera, poesía encarnada, una realidad mágica. Cuando nació, su abuelo aún conserva la chalupa pero Jesús creció sin ella, por eso, cuando alcanzó la edad en la que los hombres tienen el lujo de recuperar su infancia, buscó la barca de sus sueños, aquella que estaba en su imaginación y que mejoraba mil veces la que poseyó su abuelo.

          –  “De color blanco y azul, parecía salir de las películas de Tom Sawyer, con sus luces y su bocina”.

Los sueños también tienen vegas

          La suya daría cabida al menos a 20 pasajeros y no debía tener calado porque el Ebro iba vacío. Un día se puso a decir su sueño en alto y descubrió que todos tenían morriña de barca. Cuando salió a subasta una caseta a orillas del Ebro, en el punto exacto donde éste cruzaba con el Azagra, el rincón en el que había estado atracada la barca durante más de 400 años, Jesús vio el cielo abierto y compró el terreno con la excusa de ofrecer allí almuerzos y comidas. Pero en su cabeza llevaba la barca de Tom Sawyer. La figura de este personaje de ficción fue motor de sus sueños de adulto y las de su hijo Carlos, a él se refiere en el relato de su viaje en bici.

          Dispuesto a cumplir su sueño, viajó por toda España hasta llegar a parar al salón náutico de Barcelona y allí empezaron a ponerle números al proyecto; luego fue descartando embarcaciones durante meses hasta que un día encontró lo que buscaba en Madrid, en una feria de muestras. Se trataba de una foto de una barca anclada en un puerto de EEUU, en concreto en Indiana, igualita que la de Sawyer. Era exacta a la de sus sueños, aunque de metal, pero tenía motor y fuelle suficiente como para llegar hasta el paraje de Argadiel, a 8 kilómetros del embarcadero…

          –  “Así que pedí hablar con el hombre de los yates” .

          Para poder navegar tuvo que solicitar permiso a la Confederación del Ebro, legalizar el terreno como zona recreativa, estudiar y pasar un examen en Mequinenza que le permitiera ser el barquero. El triunfo de su sueño se resume en la pequeña moneda que le dio el mismísimo Alfonso XIII a su abuelo por su paseo en barca.

          –  “Yo también hice cosas preciosas. Anduve siete kilómetros en ocho minutos, iba sólo. Veía pájaros que estaban protegidos de cerca, como nunca. Llevaba un motor de 100 caballos de gasolina super (eso era cuando no iba con pasajeros) y a los pasajeros les ponía jotas para que se entretuvieran. Si eran de Bilbao les ponía de Bilbao y si era de Zaragoza… pues hacía los apaños”.

De dónde le viene el nombre al gato

          El asunto se lió tanto que había domingos que se presentaban 1.000 pasajeros.

          –  “Además hice una plaza de toros y echaba vaquillas y por la noche hacia actuaciones con artistas de Zaragoza”.

          Jesús tuvo la barca 4 larguísimos y fructíferos años hasta que empezó a exigirle demasiada dedicación, sus hijos buscaban su destino fuera del pueblo… Para venderla se anunciaron en una revista de Barcelona de compra/venta de barcos y encontraron al nuevo propietario en Lugo.

          –  “Hasta el final fue un buen negocio. Le sacamos 6.000 euros más del precio que pusimos como punto de partida”.

          Corría el año 95 y Jesús Berisa después de cumplir su sueño volvió a ser el de siempre, que para eso le apodan “el gato”:

          – “Me llaman así porque era “mucho ágil” desde pequeño y por eso a la barca la puse siete vidas”.

          Jesús sigue siendo un emprendedor, locuaz y amabilísimo con más vitalidad que un saltamontes que no puede contar su historia sin meter baza en otras conversaciones. Le observo ahora. Carlos pone en orden las botellas tras la barra mientras la noche ya empieza a oscurecer el cielo de Azagra. Hago caso a mis pies y los descalzo. Dejo mis botas junto a mi minúscula casa de lona. Mis pies han avanzado como si fueran agua, como ella, han ido donde encontraban un hueco. Se colaron en una acequia mustia hasta topar con la vía del tren, cuyo trazado siguieron hasta desembocar en un cultivo de girasoles, que bordearon sin que les frenara el ladrido de unos perros presos en una nave (uera de esa cárcel que protegen está el universo) y así llegaron a una carreterita de grava y de ahí a otra asfaltada que se despeña ante dos grandes empresas de abono a la altura de Cantarroyuela y luego a una enorme gravera y a la caseta abandonada del guarda del canal y más tarde la central eléctrica… el camino adquiere la pequeña inmensidad que retratan mis pies, la parte de mi anatomía más cercana al agua.

Errar no es confundirse

          Creo que ya entiendo qué es “errar”, implica “vagar”. Son palabras que dejaron de vincularse con el camino y que hoy sólo remiten a error, vagancia, a vendedores ambulantes, vagos y maleantes… Caminar como el agua permite sumar paisajes sin argumentos, caminar por una geografía carente de significados, no ordenada. En este tipo de geografía perderse carece de valor porque no hay destino más que la tendencia hacia el mar, que para el río es un aparente fin… Durante unas horas simplemente, no he ordenado el paisaje, quizá por eso el Ebro me compensó con capas de tierra que se abrían de piernas para mostrar sus sedimentos con enormes troncos talados que, contagiados por tanta obscenidad, descubren sin inhibición los anillos de su edad. Ahora que lo recuerdo el Ebro es voluptuoso, forma meandros, islas, sotos…

          En la memoria, San Adrián, uno de los pueblos que dejé en el camino, es ahora una mezcla de sensaciones: la chimenea abandonada, de ladrillo, y esa cigüeña que señalaba con su pico la dirección hacia la que ir. El silencio, los pensamientos esponjosos, informes, inabarcables, intraducibles, producidos por el agotamiento, que absorben los sentidos y hacen perder la mirada. Hoy  he caminado como si fuera agua y quizá en eso consista este viaje.

          Vuelve a mí Jesús, con el postre, dispuesto a hablarme de su batalla más larga: la de activista agrario. Participó activamente en las reuniones clandestinas previas a la tractorada del 77. En los años en los que el Ebro abandonó sus crecidas y España todavía era agrícola, Azagra fue el pueblo con más emigrantes de toda Navarra. Hasta aquí llegaban los jornaleros andaluces. Pese a la prosperidad, Berisa se daba cuenta que estaba a punto de producirse una reconversión agraria y debían estar preparados para un periodo de profundos cambios. De forma intuitiva se dedicó a dar conferencias por toda Navarra explicando a los agricultores qué estaba a punto de suceder, no hacía falta más que ponerse en contacto con los sindicatos agrarios de Francia e Italia para entenderlo. Comenzaron así los años de las huelgas de los agricultores. Aún así, cuando llegó la crisis Berisa tuvo que vender sus tierras y abrir este restaurante.

          – “Aún recuerdo aquella tractorada. Eran tantas las reuniones que regaba las fincas por la noche”.

          Como ahora, atravieso las calles del pueblo y simplemente dejo caer mis sentidos. Sus habitantes han sacado las sillas a la puerta de sus casas y conversan, ríen. Los edificios, la mayoría de dos pisos, con plantas casi idénticas, parecen salidas de la mano del mismo constructor y guardan la estética de las viviendas sociales de la época de Franco. Los jornaleros peruanos que cultivaban el meandro al caer la tarde no están, quizás descansen ya en sus lechos.

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