“Pregúntale a tus manos, pregúntale a tus pies… quién eres”.   Cuando los ríos cuentan. Consejo 18

Hablé de política en torno a un vaso de agua, aquella tarde supe lo que era la sed infinita, y de repente me ví bebiendo conversaciones.

Semillas viajeras


El Ebro que deseo casi nunca coincide con el real. En este viaje estoy entendiendo la naturaleza de los sueños, por qué te dan alas y al mismo tiempo pesan. Imaginé un hilo azul de 1.000 kilómetros pero el Ebro es más largo, infinitamente, pues el agua se adapta a los accidentes de su ruta mientras que mis pies no sólo rodean, remontan, sino que se retractan.

Es más, en este viaje estoy dándome cuenta de la contradicción de los sentidos. Sin ir más lejos, el “valle del Ebro” son montañas domadas por la mano de los agricultores, sin riscos, dulces, cubiertas de regadíos, y sin embargo el relato de mis pies es otro: el suelo está minado de canalillos, lindes de arbustos, vías de agua entre árboles frutales y esto dificulta mi recorrido. Para mi estómago, estoy en un lugar generoso, donde puedo arrancar peras y manzanas. Comprendo, pues, que las certezas son poliédricas, poseen miles de caras. Sin ir más lejos, las choperas me ofrecen mosquitos cuando yo sólo espero que preserven las orillas del Ebro. Podrían ser dos aspectos compatibles pero no es cierto: la chopera real me separa del río, me impide andar a su lado, me afecta, me fastidia, me pica, supone un reto que supero con estrategias… en cambio en la construcción que hago de ellas son mis aliadas, recuerdan el empeño de la naturaleza por sobrevivir a los desmanes de los seres humanos, las quiero.

          Retratar el Ebro, pues, resulta difícil. Precisamente en este instante, frente a mí, muestra con todo su esplendor su condición de frontera administrativa: a este lado es Logroño y al otro, Navarra. Hace años que nadie le observa como ser vivo, quizá desde que el ser humano empezó a reescribir la historia. Primero le hicieron carretera fluvial por la que entraban los pueblos no peninsulares para pasar, rápidamente a ser línea de demarcación entre reinos, regiones, autonomías, ayuntamientos… Con el tiempo le convirtieron también en fuente de energía eléctrica y lavadora de centrales nucleares. Ahora los próceres se plantean convertirle en tubo de cemento y cambiar aún más el rumbo de sus aguas.

            Estas construcciones de la realidad se apropian de la geografía hasta que ésta se ajusta a nuestra mirada. Sin embargo, a espaldas de los seres humanos, libre de sus ojos, la naturaleza logra a veces retomar su condición original, como ahora: el meandro no coincide con el linde administrativo y esto ha facilitado la existencia de islotes de tierra que dejan de cultivarse de modo que las plantas imponen sus ritmos, las aves se enseñorean y convierten el río en un pequeño Amazonas… Hasta sus graznidos son distintos: son más potentes, están menos viciados, las aves pían a voces. Veo garzas, aves de cuello largo y blanco y patas zancudas.

Anoche se me encajó un hueso…

          Junto a mi, el Ebro se muestra espectacular. Espero a David en Bubal, en medio de la solana, pero no encuentro ni asomo de él, ni de su bicicleta. Y regreso a la orilla del río con desilusión infantil.

          En medio de mi pequeño pesar, caigo en la cuenta que algo ha pasado esta noche: se me encajó un hueso. Estaba estirada en el suelo y seguía el rastro de la punzada que procedía del pié derecho hacia arriba. Rodeé con mi imaginación la pantorrilla, giré el muslo, me entretuve en la ingle, sentí el coxis… y entonces, de repente, mi cuerpo lanzó un crujido leve. Así es como una parte incógnita de mi osamenta encontró su sitio. Ahora camino sin dolor.

          La meseta se quiebra en un enorme escalón de arcilla roja a cuyos pies pasa el río haciendo codos, sotos y requiebros de difícil acceso para los bípedos. El Ebro mina el acantilado arcilloso en láminas terrosas que luego formarán islotes, saltos, presas.

          Un gran cortijo bien conservado y sin inquilinos (San Martín de Berberana) prohíbe mi paso pues soy “persona o vehículo que no tiene una autorización por escrito” (según reza el cartel). Aún así, me cuelo en la vega de regadío que cuidan con esmero un grupo de jornaleros con acento andaluz. La sombra es difícil para todos; la primera la ocupan ellos, la segunda, a unos cinco minutos andando, la tomo yo.

          Camino entre el Ebro y los raíles, por una de esas vías que la RENFE siempre ha mantenido junto a los raíles para poder arreglar sus instalaciones. Pregunto al horizonte dónde esconde las salinas. Ayer vi cómo se deposita sal entre las plantas en las tierras regadas de Agoncillo. Probablemente se trate de la salinificación que se produce al sustituir un cultivo de secano por otro de regadío. Doy un salto en la Historia. Hace 4.500 años dos ciudades de Mesopotamia se enfrentaron a propósito del Tigris y el Éufrates. Ya entonces los ríos nacían en un país, se desarrollaban en el vecino y desembocaban en otro. La mala gestión del agua empezaba entonces a dejar huella en el paisaje, un rastro que con el tiempo fue irreversible. Se salinizó la tierra hasta convertir el que fue uno de los mayores vergeles de la tierra en un desierto. La crisis del Medio Oriente gira hoy alrededor del agua, ¿Por qué no va a ocurrir esta situación en España?.

La ironía de morirse de sed junto a un río

          Me salen al paso montes partidos en cuyas heridas se muestran inmensas capas blancas, horizontales y perfectamente equidistantes, como un enorme milhojas salado. Sudo, jadeo, me hierven los pies, llevo seco el paladar y el Ebro ni se inmuta. Está tan bajo que logro asomarme a él, después de lo que he visto cada vez le bebo menos. Es como si bebiera de una herida.

          También siento hambre. Me deben quedar unos cinco kilómetros para las bodegas llenas de viandas que he imaginado en Alcanadre. Tengo que administrar mi escasa energía, o lo que es lo mismo, mi abundante agotamiento. La sostenibilidad probablemente se base en esta lógica. Me tumbo bajo una sombra. Me descalzo. Las moscas hacen convocatoria. Veo asentamientos de buitres. Imagino la posibilidad de una comilona en grupo en la que yo soy el postre y me arranco de allí hasta adentrarme en el regadío de la vega que corresponde a Alcanadre. He visto el fulgor de una camisa blanca entre el espesor verde, allá a lo lejos. A medida que me acerco escucho las voces de hombres cantando mientras trabajan.

          Me comentan que, en línea recta, el pueblo está a trescientos metros. Antes de entrar en él adecento mi aspecto y procuro andar con la mayor naturalidad, quiero una apariencia digna. Paso delante de la única cuadrilla de jóvenes que dan vueltas a los postres a la sombra, junto a un bar (un lugar oscuro y con aire acondicionado en el que sólo los hombres juegan a las cartas). No pienso salir de este agujero hasta dentro de muchas horas. No necesito más que agua, debe de notarse, porque no dejan de llenarme el vaso, sin pedirlo. Dejo que avance la tarde y que la sangre me fluya por las piernas y que el descanso haga sus efectos. Observo en silencio cada movimiento. El bar despliega sus sillas en el lado más fresco de la calle. El final de las fiestas ha dejado a todos medio derrengados. Observo, sonrío, escucho, pero no inicio ninguna conversación. Espero a que den las siete para dirigirme  a Lodosa en busca de un refugio en el que dormir. Me llevo el interminable vaso de agua a la terraza. Nadie me exige consumir más.

          Poco antes de alcanzar la hora prevista para mi partida, llegan los más animados del pueblo. Entre ellos Félix y su mujer, Susana. Hablan sobre cómo encontrar más fondos para Honduras. Ya han convencido al Ayuntamiento, también a particulares, han agotado el boca a boca. La asociación que han montado lleva semillas a este país. Les comento mi sorpresa de encontrarme en un lugar del mundo tan comprometido con una geografía lejana. Felix lo aclara: su iniciativa es el resultado de un compromiso personal de su compañera, que un día fue a Honduras y desde entonces no deja de ayudarles. Le digo que sus semillas funcionan como una maternidad de esas que se producen gracias a las nuevas técnicas de reproducción asistida y a la generosidad de los donantes. Pero Félix me baja del guindo. Esto no significa que la fraternidad existe en Alcandre.

          – “Por ejemplo, nadie se ha manifestado contra la existencia de un vertedero con residuos peligrosos, porque no son solidarios con la tierra, lo que no quieren es que se instale en el pueblo y ya está. Así no hay forma de organizar una protesta en condiciones”.

Féculas hiere

          A su juicio Alcanadre nunca se ha implicado en pelear contra ese vertedero al que van a parar los deshechos químicos de una empresa de féculas porque no tienen conciencia de las consecuencias de ese peligro, porque la empresa ha generado empleo en la zona durante muchos años y porque les mueve más la envidia por el devenir del pueblo de enfrente (Lodosa). Hasta el momento, los gobiernos que se han sucedido en el poder han consentido la existencia de una “celda de seguridad” (así denominan al vertedero) de la que nadie sabe.

          “Féculas”, es la empresa que ha alimentado a unas 250 personas de Alcanadre aunque ahora no da trabajo más que a 50 y es el nombre que marca los territorios y designa la propiedad de los mismos (las presas que genera la unión del río Madre con el Ebro y la isla que ombliga el río). En los años sesenta se dedicaba a sacar azúcar y alcohol de la patata, pero ahora “Féculas” es una empresa de abonos y otros productos químicos. Aunque ha cambiado de nombre y está en manos de franceses, todos la siguen llamando “Féculas”.

          Felix me pregunta qué hago, por qué, a dónde, con qué fin. Mi viaje le provoca, me ofrece datos como otros me han ofrecido frutos. Los tomo, agradecida: el 50% de la población de Lodosa vive directamente de la empresa de abonos o trabajan en empresas subsidiarias, mientras que el 60% de los ciudadanos de Alcanadre son agricultores, por eso la creación del basurero generó más problemas en este lado del río, y porque el ayuntamiento expropió fincas privadas para enterrar los ácidos. Porque originalmente “Féculas” usaba ácido sulfúrico. Contaminaban tanto que secaron las tierras de alrededor y contaminaron los pozos. Hubo protestas, pidieron indemnizaciones, pero la empresa se convirtió en un almacén de abonos y sus basuras peligrosas se quedaron en la zona. En estos momentos el vertedero está ubicado en tierra de Navarra, casi con límite con Alcanadre. Entre presa y presa han creado un desmonte donde en algún momento (no muy lejano) instalarán el cementerio químico, que disimularan cubriéndolo de tierra y verde y bautizándole con un eufemismo: “área de descanso”. Todo lo que me cuenta sucede junto a la vega del Ebro.

En Alcanadre tienen añoranza del Ebro

          Me sobresalto y Félix se complace por mi empatía. No es fácil que en Alcanadre alguien se levante de la silla (o, como es mi caso, se le erice el vello) por este panorama. Félix continúa con su historia: a un lado y a otro del río se levantan dos presas que siguen generando electricidad. Ambas eran propiedad de “Féculas” como parte del ingenio necesario para mover la empresa, pero ahora no la utilizan y ha pasado a otras manos que nadie de la localidad conoce.

          Lo que ha sido casi un monólogo por parte de Félix, pronto se convierte en una animada conversación en la que participa una concejala vasca, del MK (creo que se llamaba Susana), y Arturo, jubilado con anticipación a raíz de un accidente laboral y cuyo sentido del compromiso le lleva a trabajar en actividades solidarias. ¡Una tertulia ecologista improvisada!. De lo local a lo global. Me hace gracia el encuentro. Entonces comento en alto algo que hasta ahora me parecía una obviedad: supongo que ninguno de los presentes utilizará fertilizantes ni abonos químicos en sus tierras.

          Me equivoco. Ninguno de ellos hace cultivos biológicos, ni siquiera el propio Félix. Es él quien me sale al quite: no puede, está “sometido a las leyes del sistema capitalista”, que le obliga a formar parte de un mercado, el de la industria alimentaria, que impone sus plazos al margen de los ciclos naturales. Félix cree que debe usar fitostatos para poder hacer frente a los créditos, para llevar a sus hijas a la escuela, para sumar inviernos. La tertulia es cada vez más bulliciosa. Mis interlocutores hablan de las consecuencias de la agricultura industrial a la que se ven abocados. Según su experiencia, el monocultivo llega a empobrecer el suelo porque siempre pide el mismo tipo de nutrientes. Por otra parte, la vid siempre absorbe el agua del subsuelo y eso seca las fuentes del Ebro porque les exige mucho. Esta demanda de agua alcanza el nivel freático, pero el mercado del vino y las denominaciones de origen consideran que precisamente el freático añade más grado a la uva y prohíbe que las viñas se rieguen con agua del río, de lo contrario perderán su lugar privilegiado en el mercado. Sólo las uvas blandas de mesa beben del Ebro. Se quejan de la falta de apoyo social a cualquier iniciativa solidaria.

          – “No se puede dividir más el pueblo de lo que ya ha estado”, explica Félix.

          – “Tenemos añoranza del Ebro. Entonces no había piscinas y nos íbamos a las pozas”, dice Antonio, a quien la conversación le remonta muy atrás.

          Susana comenta que ayer hizo comida para 20 como fin de fiesta; Félix tercia que en el área de descanso hubo una barca que funcionó hasta los años setenta porque El Campillo es una vega muy fértil. Ahora aquel rincón, se ha abandonado porque los agricultores deben tomar la carretera, desde el lado de Lodosa, para acercarse a ese lugar, y esto hace que muchos hayan perdido el interés por la tierra. Por lo que escucho, imagino que Lodosa debe ser la localidad rica, frente a Alcanadre, que pasa por la hermana pobre; esto explicaría la palpable rivalidad entre los dos pueblos. Se hace de noche. Félix se ofrece a llevarme al otro lado del puente, en el municipio de los pudientes. Me hace gracia que el lecho esté en el pueblo de “los ricos”.

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