“Observa lo constante. Conversa con la niña que siempre va contigo. Cántate bajito”   Cuando los ríos cuentan. Consejo 17

No podía ser de otra manera: Un día de verano, a hora de la siesta, el niño se despide de la infancia… Nos pintamos los labios con sangre de grosellas… La infancia no se va, lo saben l@s viej@s.

La sombra de las despedidas


          Nos ha comido uno de los remolinos del Ebro y no podemos más que dar vueltas por las mismas calles mientras la ciudad se llena de peregrinos que abandonan los albergues para continuar hacia Santiago. Caminamos en sentido contrario a ellos. Van a Finisterre, río arriba, y nosotros vamos hacia el Mediterráneo. El camino jacobeo del Ebro pasa por pueblos como Alfaro, Rincón de Soto, Calahorra, Pradejón, Alcanadre, Arrubal, Agoncillo (lugar por el que ya he pasado), Navarrete, Nájera, Azofra, Santo Domingo de la Calzada y Grañón. Este viaje es un desandar.

          Hemos enganchado nuestros pasos en algún hilo invisible. Repasamos una y otra vez el mismo recorrido: cabina telefónica, cafetería, tienda para comprar el cuaderno, casa de la juventud (donde navegamos por Internet) y oficina de la asociación de amigos del camino de Santiago. Hacemos chistes sobre el pozo sin fondo en que se está convirtiendo Logroño…

           Estamos buscando las llaves del coche, en el que se han quedado encerrados los perros, esa es la razón de tanta vuelta. Como último recurso, y después de una hora de perdernos en tirabuzones, nos acercamos a la comisaría de la policía municipal. Nada más entrar vemos refulgir en la distancia el llavero, que nos espera en el mostrador. Lo dejó allí una joven peregrina que lo había encontrado en la cabina de teléfono.

Los caminantes de Santiago dan pistas

          Aún así, la sensación de enredo perdura. Quizá simplemente es que nos resulta difícil separarnos. Regresamos al canal de Mendavía y hacemos un receso entre cultivos de maíz, girasoles y vides. Los perros siguen, fieles, nuestros pasos. Desde este lado la enorme isla que hemos dejado atrás es una arbolada lejana. Se trata del “soto de los americanos”, nos han dicho que en él se puede encontrar una fauna preciosa, sobre todo de aves. Para llegar habría que cruzar el canal y uno de los brazos del río. Yolanda elige un chopo bajo el que dormitar y yo devoro los consejos prácticos de un folleto que he recogido durante nuestro enredo matinal:

  • La mochila cómoda y ligera, preferiblemente menos de 10 kilos.
  • Lo más pesado ha de ir al fondo y lo más próximo a la espalda.
  • Llevar saco de dormir y esterilla.
  • Calzado, más de un par, de tejido ligero y que proteja los tobillos de esguinces.
  • Ropa, dos juegos de cada pieza, jersey, capa de agua, detergente, sombrero, pantalón largo.
  • Además de mapas, algún libro pequeño que ayude a la reflexión.
  • Una libreta para tomar notas. Dinero encima y tarjetas de crédito.
  • La cartilla de la Social, yodo, esparadrapo, gasas estériles, tiritas, laxante, antidiarreico, crema anti inflamatoria, protección solar.
  • Lo normal es recorrer entre 25 y 30 kilómetros cada día.
  • No te desanimes ante los problemas, forman parte de “tu camino”. ULTREIA.

          Ultreia es un germanismo que da nombre a un antiguo himno de peregrinación a Compostela, que podría traducirse como “Adelante”.

          “!Ultreia!”, repito, para despertar a Yolanda. Quiero patear con ella el otro lado del Ebro, a la altura de Recajo, antes de que nos separemos. Nos han hablado de sus sotos, donde reinan los chopos, álamos, fresnos, sauces y alisos entre otros, además de todo un cortejo acompañante de matorrales, hierbas y lianas. Mi amiga me mira de hito en hito, sin entender de dónde saco la energía. Yo lo veo de otro modo: es ella la que se ha chupado kilómetros en coche para llegar aquí, ha pintado su casa y empaquetado todo un hogar antes de venirse. En ese tiempo yo, simplemente, he andado.

Yolanda me deja a las puertas de la infancia

          Para Yolanda el camino no tiene más sentido que el que yo le doy, a su lado me impongo firmeza para no romper mi compromiso con el Ebro. Esto resulta más difícil de lo que creía. Se empeña en buscar un lugar bello y cómodo donde dejarme.

          – “Si puedes elegir un sitio más agradable por qué quedarte con el desagradable”.

          Le explico que quiero pegarme al río, ya, exactamente en el último punto en el que ayer estuvimos, pero el adiós nos pillará delante de la torre de Agoncillo, a una hora destartalada: las 5:45. Cambio de mochila, me quedo con una más pequeña. Nos abrazamos (no todo el mundo sabe abrazarse). Entra en el coche, yo voy hacia una sombra, arranca y se va.

          Escribo frases breves en mi cabeza, sobre el vacío, el adiós, el año que me queda, dónde estoy, el camino, septiembre, lo que he hecho a su lado y lo que haré en su ausencia. Unos niños en bicicleta me sacan de este monólogo. Su jolgorio sale de una puerta de metal de una casa bajita que se levanta frente al palacio de Aguas Calmas. Se trata de la tienda de chucherías del pueblo, que además es estanco y kiosco de prensa. Entro con ellos. Mercedes, la dueña, regatea céntimos a sus pequeños clientes. Está inmunizada contra los chantajes y las pequeñas cuentas y cuando no les llega la paga ella zanja con un “no hay de eso” y se acabó el problema. El lugar resulta un pequeño faro desde el que observar el mundo.

          Una anciana, su madre, lee revistas del corazón. La tienduca vuelve a llenarse. Fuera, me topo con un chaval de unos quince años, granitos en la frente y un cuerpo a punto de lo definitivo. También él llega en bici. Al verme enseguida establece conversación. Le pregunto si conoce un sitio donde pueda pasar la noche.

          – “Pero no un hotel, ni una casa, un lugar tranquilo y protegido, un escondite”.

Aquel niño-novio que no tuve

          En pocos minutos me convierto en la protegida de David. Dejamos nuestras pertenencias (su bicicleta y mi mochila) y nos vamos a dar una vuelta. Y de golpe, como un regalo llovido del cielo, regreso a mi pubertad. Tengo doce años y David es mi galán. Para empezar me regala la leyenda del castillo de Aguas Mansas:

          – “Según me cuenta, en él vivían los moros. Un buen día la princesa se enamoró de un príncipe cristiano. Como no podían salir, la mora se subió a la torre del homenaje con un vestido blanco para ver huir al príncipe por el túnel. Cuentan que cada cierto tiempo su fantasma aparece en la iglesia y que nadie debe mirarla. Hubo uno que lo hizo y se convirtió en toro. Me lo contaron en el campamento, a la hora de “la hablada”, junto al fuego”.

          Más tarde sabré que los arqueólogos, al descubrir el fortín que rodea el castillo, están a vueltas sobre el embarcadero que existía en la desembocadura con el río Leza, a la altura de Velilla, entre Recejo y Agoncillo. Una crecida del Ebro se lo llevó por delante, pero lo importante es que da fe que el río era navegable, al menos hasta Varea, donde un asentamiento romano corrobora que llegó a tener hasta puerto. Pero ahora prefiero los paisajes de David, esos rincones que los adultos olvidamos, como el molino viejo, donde vivía una anciana que él no conoció y en el que se colaba para ver las tinas de aceite, los carros abandonados, la acequia, los muebles aún en pie…

           Habla de la infancia como algo remoto y caigo en la cuenta que probablemente éste sea su “último verano”. Sabe que la madurez le ronda porque ya echa de menos los paraísos infantiles. Le escucho y se me agrandan los ojos, como cuando todo era “antes”: antes del primer beso, antes del primer adiós, antes de lo bueno y de lo malo. Los parajes con fantasmas, abejas que no pican, perales, uvas e higueras generosas, el río pleno de pozas y alevines de peces, cataratas (un fuerte chorro de agua que desde la acequia movía el molino), paredes derruidas… aparecen ante nosotros. Si él se despide de la infancia ¿cómo es que yo puedo volver?. Dentro de mi corazón responde mi parte niña: Por donde se entra, se sale ¿no?.

          – “Hace cuatro años que no paso por aquí”…

El tío Félix tiene una barca

          Mi amigo asegura que sólo fue ayer cuando creía en los mapas del tesoro. Me estremezco. Vamos hacia la Veguilla, quiere presentarme a un tío lejano suyo, Félix Oroz Ortiz, que tiene una chabola en el regadío de la desembocadura del río Lexa y una barca con la que podríamos cruzar a la otra vega. Allí existen rincones secretos que sólo él conoce.

          Félix aparece sobre una bicicleta destartalada, camino de su guarida. Es más bien bajito pero muy fuerte, tiene una sonrisa muy agradable y enseguida acepta la propuesta. La casucha en la que le espera su perro y en la que pasa las horas muertas en solitario o con sus amigos, se tambalea entre almendros. Es como la cabaña que construíamos en la infancia entre los arbustos en los meses de verano, pero con cemento y algún que otro apaño de metal. Tres generaciones de púberes (David, su tío y yo) saboreamos una enorme rodaja de melón antes de lanzarnos a la aventura. Entre mordisco y mordisco hablamos de esa tierra en la que Félix ha llegado a plantar viñas “porque daban dinero por ellas” y olivos; pero estamos en una zona de regadío y es mejor plantar otras cosas, como mijo para hacer escobas.

          Espantando moscas deshace cotilleos sobre los adultos: que si el gobierno ha comprado en el Alto Molino unas fanegas para hacer una residencia de ancianos, que si allí quedaba un pueblo que se llamaba Agón, que si en el otro lado del Leza el aeródromo se va ampliar hasta el borde del río…

          Tras el dulce avío, nos preparamos para cruzar al otro lado del Ebro, frente a la Veguilla. David me mira con los ojos brillantes. Félix nos va a enseñar un lugar secreto donde se “hacen experimentos” con las cebollas, las uvas, las zanahorias.

          –  “Allí pueden crecer hasta hacerse descomunales”.

En busca de las habas gigantes

          Es la versión en carne y hueso del cuento de los guisantes gigantes. Nos subimos a una barca triangular. Jamás había visto una igual. Las fabrica él, aunque en la que paseamos fue de su padre. Antes las compraba en Mendavía, allí había unos 40 pescadores con embarcaciones parecidas, pero ahora sólo son dos los que pescan así. Además hay poco donde rascar. Hubo tiempos en los que el Ebro ofrecía mermejuelas, lampreas, tencas, quisquillas, truchas, anguilas, madrillas, barbos, cangrejos, nutrias… Recuerda que una vez cogieron una carpa enorme, de las que ya no se encuentran.

          –  “Ahora han echado una azul, sin raspas ni tripas. Se parecen a las mandrillas”.

          Me da detalles sobre cómo las centrales eléctricas “cortan mucha anguila”, hasta qué punto la pesca ha dejado de subir el río… La barca se mueve gracias a la pértiga con la que Félix empuja el fondo, lentamente. El agua está cubierta por una sábana verde, Félix me asegura que antes el que era de cristal pero ahora sólo le queda esperar a la depuradora que van a poner en Logroño a ver si consiguen aclararla un poco.

          Atracamos en “la costa” del soto de Viana, un lugar lleno de lianas, perfecto para imaginar que somos piratas. Félix sabe dónde enganchar la barca porque en primavera se viene hasta aquí para buscar hongos y porque cuando era mozo cruzaba en barco el río con el resto de los jóvenes para recorrer a pie los siete kilómetros que les separaban de las fiestas de Mendavía. De un salto nos plantamos en tierra firme. David me avisa sobre las culebras de agua.

          – “Si aparecen no sé cuál de los dos sale antes corriendo”.

          Sorteamos ortigas y juncos. Me muero por ver los girasoles gigantes de los que ha hablado Félix. Nuestra primera parada son los pozos que han abierto junto a la central eléctrica. Según nuestro “capitán”, abrieron estos enormes agujeros para llevar agua a Pamplona. Ni lo cuestiono. Félix está orgulloso de su hazaña, es un privilegio ver de cerca la central automática, pues no hay manera de acceder por tierra y son muchos los del pueblo que se mueren por asomarse a sus instalaciones. Existen muchos rumores sobre la cantidad de carpas muertas que flotan alrededor de la central y sobre el lugar en el que se realizan los extraños experimentos científicos…

El tesoro de la isla de los americanos

          Saco el mapa que me acompaña desde que salí de Fontibre y le pido que me señale dónde nos encontramos. Félix y David parecen encantados con tener de verdad un mapa del tesoro. Señalo con una x un lugar que figura como “El Tamerigal”, donde se levanta la central eléctrica. Felix está seguro que es ahí donde nos encontramos porque fue su padre quien aconsejó “a los ricos” para que compraran el terreno de al lado, que ahora pertenece al centro de investigaciones agrarias. Mientras él señala con el dedo el aire, observo que mientras que la central pertenece a Navarra, el lugar en el que se levanta el centro es de Agoncillo, es decir, de Logroño. Enseguida vuelvo al paisaje. Le pregunto por las enormes berzas, los frutos colosales, las plantas desmedidas de las que me habló. Como restándole importancia, me dice que ese fenómeno sólo ocurre en primavera y da por zanjado el cuento. Restalla la mirada de David. Antes de que nos llegue la desilusión, Félix comienza a narrar otras historias:

          La isla de los americanos era de un marqués, Don Félix de Iturriaga, y allí pasó gran parte de su infancia… a la recogida de la remolacha iban hasta 200 de Agoncillo… el jabón que hacían con sebo junto al río atraía a los peces a cientos, dispuestos a hartarse de grasa… el agua azufrada de San Martín es buena para depurar la sangre…

Sangre de Grosellas y cien ojos de gato

          Cuando regresamos a la costa de Agoncillo, David y yo salimos disparados de la caseta de Félix. Aún quedan muchos rincones por descubrir. El siguiente, el puente desde donde se ve el pueblo y bajo el que pasa el tren. Allí jugamos al vértigo, luego pasamos a mancharnos la cara y las manos con las “moras de árbol”, que son como enormes grosellas.

          –  “Sólo hay doce en la Rioja, lo dijeron en Tele-Rioja”.

          Nos tintan de sangre los dedos, los brazos, la sonrisa. Reímos por el “asesinato” y el qué dirán cuando nos vean. Tintados de rojo y felices, David me habla del futuro. El sol se oculta allá a lo lejos. Hará humanidades o magisterio o turismo o bellas artes, porque tiene buena mano para las manualidades, de hecho no hay año que no gane algún concurso en el pueblo con sus bodegones de frutas, cepas viejas y verduras. Le premian no sólo por la belleza de las piezas “sino por la decoración”.

          Ya cerca del pueblo, tras pasar por la iglesia en torno a la que giran cuitas sentimentales sobre feligresas no tan pías y relaciones ilícitas, David me invita a regresar al pueblo en septiembre, cuando se celebran las fiestas de Sanroquillo y el día del niño. Para entonces, el área recreativa de “Las fuentes” habrá preparado el lugar con un sabroso concurso que no me debería de perder, el de las calderetas.

          – “La carne la pone el ayuntamiento”

          La luz se va escapando y no he encontrado un sitio donde dormir. De camino, David me presenta a la dueña de una casa a medio construir, allí pasaré la noche. Resuelto el problema, salimos corriendo para recuperar nuestras pertenencias, que hemos dejado en la tienda de chuches. De camino señala una puerta desvencijada:

          – “El chamizo de los mayores, lo llamamos Ministerio de agricultura” y se ríe.

          Nos despedimos frente al palacio fortificado de Aguas Mansas, el castillo donde la princesa… El patio está iluminado con dulzura.

          – “Mi madre estará preocupada, llego tarde a cenar”

          David acelera el paso y se sube a la bicicleta. Ni nos abrazamos, ni un apretón de manos. Me asegura que antes de acostarse aparecerá en la casa en obras donde pernoctaré y me dará algunos libros suyos sobre el pueblo….

          – “!Ah!, y mañana te iré a buscar en bici a Arrubal”.

          Le espero escribiendo, con medio cuerpo en el saco, rodeada de gatos y polvo, pero no llega. Los felinos me miran. Sus pares de ojos se multiplican alrededor de mi foco de luz. Prefiero no sumar retinas y me meto en el saco. Espero con los ojos cerrados. Espero hasta que comienzo a solas mi propio sueño.

Anuncios