“Toda persona que inicie un proceso creativo necesita perder el miedo a la desorientación, porque es necesaria, porque es germinadora.”  Cuando los ríos cuentan. Consejo n. 16.

Le prometí a mi amiga que escribiría sobre la expropiación de los nombres, sobre la pérdida… y aquí estoy 13 años después, sin ella, con río.

Caminar como se escribe


          Llevo horas escribiendo con la cabeza. He pensado “el río permanece, imperturbable a mis disquisiciones” para no caer en el vértigo. Una y otra vez, y a pesar de tener el Ebro como faro, me desoriento. Hay algo en este viaje de intrincado laberinto. Imagino mis razonamientos, también aturdidos en los recovecos de mi mente. Conocer obliga a perderse. Hay culturas en las que perderse es obligado ejercicio iniciático para alcanzar la madurez. Esta mañana mis vericuetos mentales se encarnan en vías, mis pies parecen deshacer madejas de senderos que antes fueron pensamientos. Es el río el que me bordea a mí.

          Por eso me he sentado en este merendero con columpios y basura de campistas. Estoy dispuesta a no levantarme hasta entender el recorrido. Despliego el mapa sobre la mesa de madera. Comparto banco con dos señoras. El marido de una de ellas se está “quitando el vicio de jugar” y su esposa se ha ofrecido a ayudarle. La fórmula que utiliza es controlarle el gasto: le da como máximo cuatro euros por jornada. Por lo que entiendo, juega a las maquinitas. También hablan de cuando llega la noche y él “quiere” y ella le dice que si durante el día le complaciera en algo ella iría más dispuesta a la cama, pero como no es así… Su amiga contesta con aplomo:

          – “ Porque el matrimonio es así, como dice Chiquetete”.

          Yo no sé cómo dice Chiquetete y me quedo con las ganas de saber en qué consiste el matrimonio. Por lo que se ve ellas sí, por eso pasan a discutir sobre las novias de sus hijos. Uno de ellos tiene 18 años y no quiere compromisos. La otra levanta las cejas y mueve la cabeza:

          – “El mío se ha sentido un pelele”.

Confidencias  junto al Ebro

          Procuro centrarme en mi orientación, pero no puedo. Ellas esperan a sus maridos y a nuestro lado hace lo propio un pescador que, con la radio del coche a todo volumen, espera a que piquen. Los contertulios del programa matinal hablan de cómo será la pareja del siglo XXI: monogamia consecutiva. Si quiero saber mi lugar, no es éste el mejor sitio. Recojo mis bártulos y tomo una carretera a medio asfaltar que desposee de árboles al río y convierte el arbusto en rey. Por supuesto, el despiste me sigue los talones. Para darle esquinazo utilizo los ojos: Observo que antes de entrar en el túnel sobre el que cruza el tren sale un sendero de tierra y piedra que lleva a la “Casa de compuertas”. Observo que allí la central deja completamente desnudo al Ebro. Observo que el camino se aprieta entre la vía y las instalaciones…ando mientras observo, pero sé que no me doy cuenta de nada. Con mirar no basta.

          Quizá se deba a que hoy veré a Yolanda en El Cortijo y que pensar en nuestro encuentro borra el paisaje. Intento atarme a él con uñas y dientes, pero el espíritu se me escapa en el porvenir: un abrazo, una sonrisa, una profunda conversación. Desisto, dejo de poner resistencias y me dejo llevar por la certeza de que a partir de ahora me moveré en resúmenes.

          Obro en consecuencia y cuando diviso El Cortijo en el horizonte corto el meandro por la mitad y alcanzo de forma atropellada el de la plaza mayor. Llegará en coche y con los perros. El camarero me explica que este barrio de Logroño es el fin de la frontera con Euskadi y que en él viven unas doscientas personas. Lleno la espera con mi curiosidad y lazos, por ejemplo, el cartel que da nombre a la calle reza “Distrito 52, calle 42”, sé que a Yolanda le recordará a las calles de Cuba.

Mi querida amiga Yolanda

          Llega acalorada, con prisas y mucho antes de lo que la esperaba. Viene dispuesta a caminar conmigo un par de días. Enseguida nos ponemos en marcha. Nuestro primer tramo es el meandro del Ebro que atajé a media mañana. Sus perros nos siguen con la lengua fuera, encantados por la aventura. Hablamos, hablamos, hablamos… de lo de siempre, de las últimas novedades, de los pormenores del recorrido. Vamos de la gravera que come el paisaje y llega a escarbar no sólo el río sino el monte, a su próximo viaje. Bordeamos un basural mientras sacamos punta a nuestras últimas jornadas. Andamos entre zarzas y matas al tiempo que diseñamos sueños y proyectos, y así llegamos de nuevo al pueblo, rendidas, acaloradas, risueñas, y con dos perros felices por las correrías.

          Su mirada añade matices a los lugares en los que me fijo. Descubre mundos ocultos debajo del tamaño, las curvas o el olor: El perro encerrado en la casa que enseñorea el basural, el reflejo de los árboles en el agua… También ocurre cuando llegamos a Logroño, que protege al río con sus parques. Entonces interrumpe nuestra conversación para hacerme ver el tamaño del pescador con respecto al puente y las ventanas del edificio rojo o el de la señora con respecto al árbol, para luego volver a asuntos como qué hacer para soportar la distancia o cómo crear futuro después del futuro, para de nuevo comentar si he observado ese olor o celebrar que hemos encontrado la sombra más fresca. Tenemos urgencias, de decirnos todo antes de que se vaya, de dejar hecho el resumen de emociones.

Los nombres robados

          Mientras tanto, el río se viste de domingo. Hacemos a pie lo que adelantamos en coche, de modo que nuestros paseos son circulares, como nuestras conversaciones. Los parques y la ciudad universitaria mezclan el césped con la vegetación original. Nos sentamos tras un seto. Aprovecho para mostrarle mi cuaderno de viaje y ella saca de su bolsa una revista. Me quedo mirando la contraportada, que reproduce el detalle de un cuadro de Toni Sánchez. Se trata de una sirena. Lleva un tridente en la derecha y una bola del mundo, casi de cristal, en la izquierda. Bajo su cola de pescado muestra parte de su pubis. Su trono es la isla de Mallorca. Digo en alto que me gustan los colores. Entonces, no sé por qué gesto desafortunado, a Yolanda se le salta la cremallera del pantalón y se convierte en la sirena del cuadro.

          Marco en el mapa las zonas por las que pasamos a pie y aquellas que atajamos sobre ruedas con el compromiso de que completaré esos tramos. Anoto en el cuaderno que la industria en ocasiones respeta la vega y mantiene senderos en las partes traseras de sus fincas. Hay trazados que mueren entre dos tapias, tramos arbolados de difícil acceso…  Una de esas fábricas se llama “Hormigones Ebro”. Mi amiga hace una observación:

          –  “Cuenta que el río da identidad incluso a las industrias que le destruyen”.

          Y entonces recuerda a los indios kayapó. Me cuenta que hasta sus tierras llegaron los blancos y les desposeyeron. Esos colonizadores terminaron bautizando todos sus negocios (hoteles, gasolineras, etc.) con el nombre del pueblo que habían esquilmado: kayapó. Violaron el cementerio indígena y allí instalaron el gran hotel Kayapó. Mientras, los descendientes de la tribu vivían en las reservas, tras una enorme y larga verja.

          – “No les bastó con apropiarse de sus tierras, también lo hicieron con sus nombres. Es absolutamente perverso, como si el asesino se terminara apodando con el nombre de su víctima”.

          Bautizar es una forma de poseer. Intentamos hacer memoria. A las dos nos suena que los vertidos de gasoil en el río a su paso por Logroño han sido noticia en los últimos años. Dejamos el asunto en el aire. En el restaurante donde comeremos el joven camarero entrará al trapo:

Una cloaca con vegas dulces

          – “El Ebro llega a Logroño convertido en una cloaca y después de nuestro municipio es una cloaca mayor. Los vertidos de las industrias y polígonos cercanos no tienen depuradoras”.

          Por él nos enteramos que en su momento los grupos municipales de la oposición denunciaron el vertido de cerca 15.000 litros de gasóleo en el río Ebro; la responsable es una empresa líder mundial en producción de cápsulas para botellas. Es sorprendente el maquillaje. A simple vista, el Ebro me ha parecido majestuoso en Logroño.

          Volvemos a él en busca de un buen rincón para la siesta. Elegimos el lugar donde comienza el canal de Mendavía, que discurre paralelo al río hasta la ciudad del mismo nombre. Está lleno de helechos secos. Es un remanso. Dormimos. Horas después completamos los tramos del Ebro que hemos saltado con el coche.

          Al caer el sol regresamos a la capital. Aparcamos junto a un locutorio telefónico especializado en países africanos. Sus clientes conversan a gritos como para acortar distancias. Frente a la puerta de la catedral, preguntamos a una señora embutida en un traje de chaqueta imposible, amarillo ribeteado de llamativas puntillas blancas, que nos habla de los huevos con carne que podremos encontrar en “La Rueda” y de las setas del “Blanco y Negro”. Se despide con un “hasta luego, morretes” y sigue al grupo, encantada con “esa juventud” (entiendo que se refiere a nosotras).

          Turbadas por el caldo y el sueño, regresaremos al Ebro en plena noche. La ciudad se refleja, serena, en sus aguas pulidas. Las frases nos salen deshilachadas. Yolanda me recomienda la lectura de “Paseos con Robert Walser”. Antes de dormir, en la parte trasera del coche, preguntamos a las estrellas qué será.

Anuncios