“Vagabund@s suci@s, de pies doloridos, alegres y desastrad@s. Observa: Ellas, casi siempre, van solas”.Cuando los ríos cuentan. Consejo n. 15

Ahora tocaba aprender que también las pesadillas tienen los días contados y que para salir de ellas es importante saber gestionar las energías.

Instinto neardenthal


          Los condes de Hervías duermen. Salgo de puntillas de su hacienda. Me muero de hambre. Ante mis ojos las vides e invernaderos en los que ahora descubro jornaleros de Indonesia son supermercados naturales llenos de tentaciones. El estómago me hace torcijones. Miro con deseo las peras y las uvas, pero freno el hambre por miedo a los insecticidas. Unos frutales crecen por su cuenta junto al río, en las lindes de las parcelas. Los tractores les obvian. Sus frutas son irregulares, formadas al capricho de la madre. Arranco con avidez lo que estrictamente pienso comer: dos ciruelas, una pera y una manzana. Froto su piel contra mi ropa una y otra vez.

          Hinco el diente con ganas, sin dejar de caminar y me invade la placidez. El camino es más verde de lo acostumbrado en los últimos días y eso aumenta mi sosiego. Miro el Ebro con dulzura. Un río no es sólo agua sino lo que ella genera, su presencia. El río, que durante siglos no tuvo una existencia más que parcial, ahora es un objeto de valor. La escasez de agua le hace visible. El agua es un objeto escaso en esta sociedad construida en la ley de la oferta y la demanda, por tanto su valor es cada vez mayor. Caminando a su lado, respetándolo, dejándome la piel, mi tiempo, mis sueños, el Ebro adquiere otra dimensión más cercana en la que sobran adjetivos (ética medioambiental, ecología…). Sencillamente el Ebro es; y él y yo somos parte de la trama de la vida en la que todos los seres vivos están vinculados por una red de interdependencias. Yo también.

El poder de las zanahorias

          Me gusta este sendero porque la vega está menos domada. Pequeñas huertas en las que la vid se mezcla con puerros, tomates, rosas, manzanos, ciruelos, pimientos… Aún no son las nueve de la mañana y los coches de los pequeños agricultores ya andan dando vueltas por los bordes de sus parcelas. Se paran junto a cada chisquero para podar, regar, vaciar acequias. Un hombre aparca una de esas motocicletas imposibles, hecha con restos de otras.

          – “Temprano se lanza al camino”.

          Su piel es sonrosada y limpia, con pocas arrugas a pesar de su vejez.

          – “Qué piel más bonita tiene usted”

          –  “Es por la zanahoria”.

          Julián Martínez es un buen conversador y no tiene prisa. Ha pasado casi la mitad de sus setenta y seis años fuera de esta tierra, en la que nació, para trabajar en la empresa Lambretta, en Guipúzcoa, de ahí su moto. Le digo que yo también tengo una. Me ofrece un melocotón. Lo acepto y le pego un generoso mordisco.

          – “Denomínalo el Ebro valeroso”.

          Da por supuesto que el cuaderno de viajes que llevo atado a la cintura será un libro. Me impresiona que desde que tomé la decisión (ayer) los otros me den naturaleza de escriba. Su argumento es que “el río tiene un valor incalculable”, sobre todo en esta zona de la Rioja de tierra generosa.

          – “Vale para todo, cae un trozo de maíz y sale”.

          Ahora está plantando el “género de invierno”: puerros, berzas, coliflor, repollo… Para el cultivo utiliza basura y humus de oveja.

          – “Lo que el regadío da hay que echarlo, no sólo las semillas. Y luego le pongo 15-15. Echo buenos abonos y por eso sale buen sabor. No acelero el proceso, dejo que la planta tenga su tiempo. Otros echan nitratos para adelantar los ciclos”.

          Y me anuncia que en este tramo de la vega hasta Cenicero hay 500 fanegas de regadío. No puedo hacerme una idea de qué significa esa cifra y me explica que una hectárea equivale a cinco fanegas de tierra. O lo que es lo mismo, una fanega equivale a 12 celemines, aunque en la provincia hablan por robadas…

!Que no es igual todo!

          Para Julián el problema es que tanta belleza tiene sus días contados, porque nadie quiere el regadío, “sólo los mayores”. Él cultiva para el autoconsumo y las despensas familiares, pero una parte la coloca en el mercado de Nájera. Allí lleva los productos recién cortados porque en una hora “se oxidan, por los nitratos”. Me da un tomate. No tengo ya nada de hambre. Quiere que lo pruebe. Hoy reviento.

          –  “Una vez madurado el tomate, no le echo nada. Se nota ¿eh?”.

          Me regala unos cuantos más y un par de pepinos. Bien pertrechada, regreso al camino. No llevo andados ni cien metros cuando escucho un silbido. Es Julián que quiere darme un último consejo:

          – “!Y de la vida yo le digo que todo no es igual, no es igual todo!”.

          La frase llega a mi corazón como una flecha. No es igual todo, no todo vale.

          Más adelante, otro agricultor desbordado por su cosecha, me regala cuatro melocotones, así, sin pedirlo (probablemente sea mi aspecto). Como muestra de agradecimiento como uno. Creo que me voy a poner mala.

          Entro en Cenicero por la “Ribera paseo de Labradores”, hoy es fácil ir pegada al Ebro. En cambio salir del pueblo respetando el paso del río resulta complicado, fundamentalmente porque es utilizado como una especie de desagüe natural y a su orilla van a parar cañerías, tubos… Es como si el río discurriera, realmente, por el fondo de un enorme cenicero. A la altura del puente que lleva a El Ciego, el río se encajona y termino dejándole a mis pies. Al llegar ahí el río es un estercolero con colchones pegados a las viñas. Cuando abandono la zona me encuentro con el consabido cartel: “Prohibido tirar escombros” y una depuradora. Creamos los problemas y luego las soluciones ¿por qué no evitar el proceso?.

Soy el conejo en una carrera de galgos

          De fondo veo a un agricultor tras una mascarilla, a pleno sol, echando pesticidas entre las cepas, con el saco en la espalda, como se hacía en los años cincuenta. Se trata de una zona en la que no puede pasar la fumigadora a motor, de ahí el método artesanal.

          No corre el aire y el sol del mediodía empieza a enseñorearse de la jornada. Me doy de bruces con un pequeño barranco artificial hecho por restos de cascotes, en su cima se levanta una enorme mansión. Trepo por la rampa. Se trata de la “Finca Valdepiedra”. “Bodega del grupo Martinez Bujanda, inaugurada el 12 de junio de 1999”. Por supuesto, no venía en el mapa. Está pegada al río, en medio del meandro, y nadie la habita. Imagino que el lugar es punto de encuentro de gobernadores, terratenientes y demás próceres por la profusión de zorzales. No sé por qué los prohombres suelen ser amantes de la caza. Durante unos minutos robados, observo el mundo desde su posición habitual. Desde arriba veo cómo el paseo se despeja, el río se abre de piernas y su agua hace requiebros a las esquinas del cultivo. Camino con certeza de ilegitimidad, como si me hubiera colado en la ambición de otro, y avanzo entre cepas hasta plantarme en medio del absurdo. Los árboles de la vega se han encrespado a mi izquierda, donde murmura el Ebro, y me empujan hacia la senda con gravilla que rodea la propiedad y desemboca en una enorme reja encarnada que no puedo franquear.

          Soy capaz de distinguir las pesadillas con sólo olerlas, una capacidad que procede de mi infancia. Entonces ellas se metían en todos mis huecos, incluida el alma, como se empeña el frío o la humedad. Al principio sólo era capaz de espantarlas a gritos, pero con el tiempo aprendí a enfrentarme a solas. Aprendí que un mal sueño siempre es más largo de lo que una quisiera y que es mejor no gastar energías innecesarias.

          Ahora, por ejemplo, abandono el curso del Ebro y sigo la linde que separa esta villa de otra dedicada a la explotación de manzanas (no son árboles sino ramas sujetas por hilos metálicos y cargadas de frutos sabiendo que de un momento a otro comenzará el delirio, por eso despotrico contra la propiedad privada que no respeta los márgenes de los ríos, porque estoy bordeando la valla y no encuentro una salida. Buen principio para una pesadilla: Tras un cuarto de hora de improperios, doy con una enorme puerta corrediza frente a la que se levanta la casona que custodia la viña Valdelapiedra. Me acerco a este edificio confiando en que encontraré al dueño de la bicicleta que se reclina sobre una de sus paredes. Además, un coche aparcado con prisas calienta su carrocería bajo el sol. Más cerca distingo dos perros que toman la fresca a la sombra del auto. Vuelvo a la verja y me encaramo a ella preocupada por la reacción de esos guardianes. Me miran, sin abandonar sus puestos. Grito “!Ah de la casa!”. Es sábado, mediodía, el sol cae de llano sobre mi cabeza, los tractores vecinos ahogan mi voz. Decido bordear el edificio con cautela. Los perros se acercan, ladrando, hacia mí.

          Corro a todo trapo por el trayecto que resulte más largo para ellos y más corto para mí. Me precipito entre las viñas. Elijo un firme difícil de seguir para sus patas. Troto como alma en pena. Musito “ay-dios-ay-dios-ay-dios”. No sé por qué pero no me alcanzan. Será que le estoy dando el 100 por 100 a mi zancada. Les huelo, les oigo, les veo. Espero no llegar al tacto.Corro hacia la verja en busca de un agujero por el que poder colarme y salir de aquel infierno, y de golpe veo ¡que no hay reja!, que la pared de metal ha desaparecido del horizonte, sin venir a cuento. No entiendo tantas cámaras de seguridad y tantas medidas para que luego en un tramo se abandone la frontera, así, sin más. Donde debía continuar la alambrada hay una vereda que discurre junto a la vía y frente a la hacienda.

Cuanto más tienen, más se protegen

          Continúo la carrera en dirección a Cenicero, pero al cabo de unos metros me doy cuenta que se trata de un camino ciego. Estoy en el extremo más empinado del barranco artificial. Siguen ladrando a mis espaldas. Me lanzo hacia los raíles, en diagonal. Los perros pisan mi sombra. Me doy la vuelta, les planto cara. En vez de lanzarse contra mí, se paran. Ladran y me enseñan los dientes. Estoy a punto del desmayo. Intento dominar mi miedo. Ellos permanecen en la hacienda, con el rabo tieso y las patas dispuestas para saltar. Pasan unos segundos y no abandonan su territorio. Tengo una intuición y la sigo. Mirándoles de soslayo, tomo el camino que discurre al otro lado de la verja, es decir, me acerco aún más a sus fauces. Sin dejar de ladrar, los dos perros me siguen detrás de la línea. Yo camino al otro lado del metal. Recorremos así unas decenas de metros hasta llegar a la verja verde de la plantación de manzanas. Entonces dejan de seguirme. En el otro extremo de la reja verde me pongo a llorar y a reír. Suelto todo tipo de exabruptos contra los dueños, los amos y sus perros.

          Los que más tienen son los que más se protegen. En medio de mi berrinche me doy cuenta que me he sentado junto a una zarzamora y, claro, pico para ahogar las penas. Estoy impresionada, he conectado con mis orígenes más primigenios, me he enfrentado a otros animales por un territorio. Quizá por eso la propiedad de la tierra tenga un inconsciente bestia.

          Salvaje. Las verjas de la empresa que “fabrica” manzanas me separan del río un kilómetro más. Cuando le encuentre, será en ese punto en el ferrocarril se asoma a la vega calva del río verde. El paisaje es el amarillo y rojo de las minas y la arcilla. Los tomates que me regaló Julián se espachurran en la bolsa de plástico. Encuentro un pequeño remanso junto a un árbol pelado que se asoma al agua. Me deshago del equipaje con alegría… pero, como ha ocurrido hasta ahora, lo que es bello para mis ojos es incómodo para el resto de los sentidos. Zarzas, avispas, mosquitos, todo tipo de insectos interrumpen mi ideal. Además, el río está lleno de vertiginosos remolinos. El baño, que preveía completo, terminará siendo tan sólo de tobillos.

          Un poco más adelante, tras la segunda isla y en el otro lado de la vega, el río acoge el jolgorio de los niños que se pegan un chapuzón a la hora de la siesta. Uno de ellos se asoma al puente y se sorprende por mi presencia. Llama a los demás amigos. Durante unos minutos soy la atracción de la siesta, pero enseguida vuelve todo a la normalidad: ellos, a un lado, bañándose, y yo, a este lado, con el gaznate seco. Cerca, la central eléctrica de “El Buicio”, que domestica la naturaleza alegre del río.

Cuando las niñas iban al río

          De nuevo me veo en la obligación de escalar, esta vez la subida acaba al lado de unos raíles. En esas estoy cuando aparecen a mi lado tres chicas del pueblo de Fuenmayor (Rosa, Marian y Maricarmen). Hace dieciséis años que no pasaban por aquí. Cuando eran niñas, como recuerda Rosa.

          – “Se iba hacia Peñagorda, donde nos bañábamos. El río hacía un rellano, donde el agua se amansaba, pero ahora no hay manera de llegar hasta allí”.

          Los mapas no es que sean mentirosos, es que son fugaces. Caminamos entre los raíles. De vez en cuando imagino mi cuerpo arrollado por un tren. Las tres hablan de sus cosas y yo las escucho, sonriente. Aprendo que el Ebro a veces “se sobra” o “va sobrado” y anega parte de las cepas. Marian asegura que, en época de lluvias, el puente que está junto al camping de la estación, se llega a cubrir. Al llegar a la vega del río, ya cerca de la estación, nos separamos.

          Allí se acumulan edificios vacíos, industriales, bodegas, todos cerrados por ser festivo. Cada día me duele un punto nuevo: primero fueron las ingles, luego las rodillas, más tarde el empeine derecho, luego el izquierdo, ahora los tobillos y talones interiores. Con el hombro siempre ocurre lo mismo, es el izquierdo. El dolor impide la reflexión, ahora sólo pienso en el orden de mis actos una vez que llegue a mi destino: Las chicas de Fuentemayor me hablaron de un camping y hacia allá voy. Quiero ducha con jabón, un largo en la piscina, un masajito en los pies, lavar la ropa…

Los consejos de la vagabunda Box Car

          Lo hago todo muy lentamente. Junto a la piscina abro mi cuaderno de viaje como si fuera el bálsamo de Fierabrás. De la cocina sale un atractivo olor a chistorra. Leo un fragmento de la vida de una vagabunda americana, Berta, conocida como “Box Car”. Explica que la comida, lavar la ropa y charlar sobre las montañas cruzadas o lo aprendido por el camino, eran las preocupaciones propias del vagabundo “profesional”. Y añado la de encontrar un lugar donde dormir. Hoy será aquí, en “La Boca del Ebro”. Apunto en mi cuaderno alguna de las frases de Box Car:

          “Vagabundos sucios, de pies doloridos, alegres y desastrados”. “Las vagabundas, casi siempre, iban solas”. “De vez en cuando aparecía una que viajaba sin ningún objetivo, tal como hacen hoy en día cientos de mujeres, sin rumbo fijo”.

          Los residentes del camping aparecen de nuevo, con la piel lustrosa, con los pies calzados, con la ropa limpia… como si salieran de paseo. Algunos no se quedarán en el recinto sino que irán a cenar fuera. Los de Logroño y los de Álava se distinguen entre sí, dicen “esos son de Álava” o viceversa, con voluntad separatista. Compongo mi mochila. Gracias al calor, la ropa se ha secado completamente. Estiro el saco, me coloco la linterna en la frente. Una señora baja del coche y me pregunta si puedo “quitarme de ahí”. Le digo que es mi plaza (de nuevo, el territorio). Ella vuelve sobre sus pasos y le dice a su marido:

          – “Deja el coche ahí, que a él (por mí) no le molesta”.

          Resulta tan “imposible” que una mujer vaya sola que da por supuesto que soy chico, aunque mis pantalones cortos tengan forma de faldita. Entiendo a ciertas viajeras de finales del XIX que, al quedarse viudas o huérfanas, sin responsabilidades familiares, dejaban todo y partían…

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