“Cuando sientas que has alcanzado la cima, haz una labor humilde. Entenderás a los torrentes, reirás como ellos”   Cuando los ríos cuentan. Consejo n. 14

Aprendí a amar como l@s caminantes, juglares, vagabund@s… : amar de una vez.

El último de los nobles


          Llevo muchas horas contando el Ebro a Buda. Es la primera vez que veo este viaje como un relato. Por fin tanta palabra tiene un sentido: estoy realizando su retrato. A partir de este momento convierto esta nueva condición, la de escriba del Ebro, en mi tarjeta de presentación.

          Buda canta una de Manu Chao mientras conduce. Se acerca el final de nuestro encuentro y él está como si quisiera decírmelo todo de golpe, deshila recuerdos en los que incluye el río de su infancia, el Arlanzón: Les quedaba a un día de viaje de donde veraneaban. Allí iban con la paellera y todos los ingredientes. Los niños cazaban cangrejos con redes y cogían peces con las manos que nunca llegaban al plato…

          Llegamos al Ebro de Briones y extendemos el mapa sobre el capó. Buda sigue sin entender mi empeño por bordear el agua y me ofrece rutas más sencillas. En ese momento aparece Mª Ángeles, una mujer de pisada enérgica y pantalón corto que cumple con su rito mañanero: tomar café en la gasolinera porque es el lugar más alejado de su casa “y porque no lo puedo evitar”. Se refiere a andar: no puede evitar andar.

          Se presenta como la autora de “la ruta de la alpargata”, una serie de recorridos de dos horas a pie por los alrededores del pueblo que elaboró hace tres años con la asociación de amigos de Briones. Ella misma hizo los planos, contó incluso con fotos aéreas, hasta reconstruir la zona en un mapa grande. Estreno mi identidad y digo que escribo un retrato del Ebro. Lo hago con pudor y en cambio ella lo recibe con naturalidad. Mi perfil le da pie para hablar más.

          Es grupal, dice que le viene de su abuelo, Villate, alcalde de Briones durante la República. Duró tan poco aquel periodo de la historia que muchos de sus sueños se quedaron en el aire, como levantar una posada gratis en los bajos del Ayuntamiento para que cualquier transeúnte tuviera al menos tres días de descanso gratis y sin mayores problemas.

Ángeles para la despedida

          Miro de reojo a Buda, que pelea con el aceite de su tostada en el poco idílico bar de una gasolinera donde Mª Ángeles nos ha invitado a desayunar. La está escuchando atentamente, no pierde ripio. Ahora está contando que pertenece a dos cofradías, la de Santa Lucía y la del vino (de Rioja), que en su familia están “juntos como en un racimo de uvas, que cada grano va por su cuenta” y que el vino bueno “no tiene bandera” porque los agricultores lo vendían a las grandes bodegas y la cuba que no salía al mercado se “echaba el pueblo”: sacaban un trapo fuera de su cueva e invitaban a quien quisiera a tomar un trago. Ocurría en los años en los que no había ni tela para bandear, sólo miseria, de modo que ante la señal (y con la tarde vencida) acudían en carro los jornaleros, pertrechados de tomate, un pimiento, sal, aceite, dos raspas de bacalao o sangrecilla de cordero.

          La mañana avanza y yo debería de partir. Lo digo en alto y los dos reaccionan de la misma manera: recogen sus cosas y se levantan, Buda sin dejar de oír y Mª Ángeles sin dejar de decir. Yo ando, ellos también. Yo voy a mi Ebro, ellos no lo sé. Insisto en que me estoy yendo y ellos asienten mientras hablan de su infancia. La de Mª Ángeles está situada en la isla de San Vicente, conocida como “El seto”. Pasé frente a ella ayer, después de huir del jabalí:

          – “Había hasta nutrias. Allí aprendí a nadar”.

         Por sus descripciones me doy cuenta que me perdí un Ebro divertido. En la otra vega acoge a la ermita de Santa Lucía y su molino de harina, la ermita de San Andrés (también con molino), el puente sobre el ferrocarril, el molino eléctrico (que subía el agua al pueblo y tenía un generador) y los restos de un puente de piedra, de un arco, que cruzaba el río y daba al muro del tren.

          Ahora soy yo la que me vuelvo niña e imagino paisajes. Me dan ganas de volver sobre mis pasos y recrearme en él, pero una parte del juego es ese: aceptar la ruta como venga. Fuerzo el fin de la conversación. La mujer se empeña hasta el último minuto en su labor de instruirnos. Explica, por ejemplo, que en esta zona el Ebro es una mala tentación para ciertos agricultores pues estas viñas no deben regarse, de lo contrario perderían su denominación de origen. Nuestra despedida queda envuelta en sus palabras. Buda me dice al oído “nos llamamos” y yo le murmuro “parece que su bodega tiene buena pinta”. Ella sigue contando que en la alcoholera de Cenicero hacen orujo con el hollejo de la uva. Buda dice “me quedaré sólo un rato”. Mª Ángeles le ha propuesto tomar un buen vino en su bodega. Zanjo el adiós con un fuerte abrazo. Buda lleva las manos en los bolsillos.

Aprendo a ir más ligera

          Con él se va una parte de mi mochila, ayer le dí mi cámara de video, el móvil (que ha dejado definitivamente de funcionar), los dos tomos del Quijote… La mochila pesa la mitad y sin embargo me entorpece o quizá sea que el Ebro se haga el duro y no se muestre.

          Cuando por fin toco el agua, el río es un remanso verde capaz de envolver los tiros que me acompañan desde ayer. Junto a la vega, un cartel indica “zorzal número 7, 20-10149”. Es así como concluyo que son cazadores de aves y que estoy en uno de sus pustos. El número 7.

          Las espinosas y enmarañadas malezas me empujan hacia la cumbre de un collado en el que pierdo el resuello. No hay sombra que me cobije. A la izquierda, la sierra Cántabra, y a la derecha un castillo. Me estremece la sensación de haberme colado en la Edad Media por una grieta del paisaje y estar vagando entre las líneas de un libro de historia. Frente a mí, un edificio rehabilitado y vacío parece dormir en medio de la nada. Según el mapa, quizá sea la ermita de San Juan. Me acerco, confiando en encontrar un manantial. La casona conserva un escudo en su interior en cuyo relieve distingo viñas cruzadas por un río pero para mí no hay ni gota de agua.

          Avanzo por la ladera seca, a los pies del castillo, poniendo los míos en madrigueras, que convierto en improvisados escalones. La calima ablanda el horizonte y mis pasos. El toro de Osborne se muestra a lo lejos con el mismo endiosamiento. El fuerte olor a vino de una cooperativa vinícola me saca de la contemplación. Más allá se apunta el pueblo de San Asensio y entre él y yo, el Monasterio de las Estrellas. Los frailes se instalaron en la finca hace casi cien años y durante varias generaciones el convento fue mantenido por una familia de creyentes, pero se vieron obligados a adaptarse a los nuevos tiempos y se hicieron de la Salle. Ahora cada vez son cada vez menos y para mantener sus tierras dan oficio a los chavales que allí se instruyen y forman parte de la cooperativa.

Los caballeros de Torremoltabo

          De repente el Ebro recupera los árboles de la vega y yo calmo el resuello bajo sus sombras; le observo. El Ebro parece tener prisa, pero no se aturrulla, simplemente corre. El Najerilla se presenta quimérico, con vegas amplias, según las crecidas. Si un año inunda 10 metros de su izquierda, al siguiente lo hace por su derecha y en ambas partes deja un rastro de arena y grava. Los devaneos de este río han hecho que los habitantes de Uruñuela y San Asensio se enfrenten a él durante generaciones con mallas de metal, frentes de piedra, cualquier elemento, con tal de impedir que arranque los cultivos.

          Pronto las arboledas me obligan a seguir el río por su murmullo. Al final de un camino de tierra abierto entre las cepas se asoma una casa. El horizonte recorta las siluetas de dos caballeros, delgados, vestidos de azul, igualmente erguidos. Nos vamos acercando sin dejar de mirarnos. Cuando llegan a mi altura, soy yo lo que les abordo.

           – “Buenas tardes, ¿Si voy todo recto llego al pueblo?”.

           – “Pero usted ¿a dónde va?”.

           – “A Torremontalbo”.

           –  “¿Y allí le espera alguien?”.

           –  “No”.

           –   “¿Va sola?”.

           –  “Si”.

           –  “¿Y dónde duerme?. Se lo digo porque en Torremontalbo no hay hoteles, hostales ni pensión alguna. Si quiere le invito a pasar la noche…”.

           –  “¿En un rincón de su jardín, junto a la pared de su casa…? Si no le importa, se lo agradecería”.

          Mi interlocutor es un señor delgado, de piel tostada y mirada inteligente, que me observa de arriba abajo entre perplejo y divertido.

          –  “Podría ser en el garaje” -El caballero se dirige a su acompañante, que, por el parecido, deduzco que es su hijo. Ambos asienten- “¿Y mañana se va?”.

          –  “Sí, sigo el recorrido del Ebro, estoy escribiendo un libro”.

          El hombre levanta la mirada y reitera su oferta y se despide. Quieren terminar el paseo vespertino. Antes sello nuestro acuerdo con un apretón de manos. Le digo que iré al pueblo a tomar algo y que luego le esperaré junto a la puerta de su casa.

          – “Sí, de una vuelta y venga cuando quiera”.

          Entonces se me ocurre preguntarle el nombre. No nos hemos presentado.

          – “Por si me pierdo”.

          – “Pregunte por la casa del sr. Amézola. De todos modos no se perderá, en el pueblo son sólo…”

          –  “6 ó 7 casas, por lo que se ve en el mapa”, vuelvo a interrumpir.

          –   “Bueno, ó 25”.

          Observo cómo se alejan, mientras yo también camino. Andan de memoria, con los ojos vueltos a los paisajes interiores de su conversación. Paso delante de la casa blanca, grande y simple, que veía al final del camino, junto a un caserío lujoso con bello jardín. Según las indicaciones del sr. Amézola, cualquiera de las dos podría ser su residencia.

La sutil ironía del señor Amézola

          Pronto me doy cuenta que el pueblo es en realidad una sucesión de palacios. De un coche de lujo aparcado junto a la torre fuerte de los Zúñiga (según reza el cartel), sale un elegante conductor con equipaje de mano. Le abordo, me explica que esto no es un pueblo sino una suma de haciendas y edificios propiedad de diversos miembros de la misma familia, los Manso de Zúñiga.

          – “Está usted en tierras del Conde de Hervias” .

          Sólo me queda esperar, y lo hago en la intersección de las tres casas: la blanca y con los ventanales cerrados, la de la arbolada llamativa y aquella en la que alguien toca la guitarra eléctrica. Hago de mi mochila un trono y allí me siento, mordisqueando mi último trozo de queso mientras hojeo mi cuaderno de notas. El cielo enrojece y Torremontalbo duda entre lo tétrico y lo cálido. El crepúsculo recorta las figuras del sr. Amézola y acompañante. Cuando llega a mi lado, me pongo en pie y sonrío.

          –  “¿Qué tal le fue en el pueblo?”

          –  “Me encantó la torre”.

          El sr. Amézola me invita a entrar en un cuidado jardín. Alcanzo a su lado el porche de la vivienda principal. Alrededor de una larga mesa, tres adultos saborean el caer de la tarde con una conversación lenta. Su hija deja el que está leyendo encima de la mesa y me da un fuerte apretón de manos. Su hijo, algo distante, me saluda educadamente. Su nuera sonríe con delicadeza. El primogénito, que le acompañaba en el paseo, me ofrece un sitio. Me comentan que en este momento viven en la finca cinco hijos, nueve nietos, el yerno y las nueras y los abuelos, y que esta es una residencia de verano, aunque fue donde creció el sr. Amézola.

El tío Domingo (santo y “de la Calzada”)

          Conversan con naturalidad sobre lo cotidiano, a medio camino entre la confianza y la indiferencia. Uno de sus hijos, el arquitecto, ha pasado el día en Bilbao; quería ver una exposición de Chillida y comer en el restaurante de un conocido cocinero vasco. Escucho en silencio, mientras bebo agua fresca y acepto un dulce. El sr. Amézola está deseando hilar su relato.

          – “Esta finca es de la familia de los Montalbo desde el siglo XV. Yo soy Montalbo por parte de madre”.

          La familia ostenta el título de condado de Hervías porque éste (Hervías) era el pueblo de nacimiento de los Manso. Ahora mi anfitrión es dueño de las viñas mientras que las bodegas son de su hermano. Mientras habla incorpora a sus hijos en la conversación, buscando la complicidad de su memoria. Así, hablan del “tío Domingo” para referirse a Santo Domingo de la Calzada, del convento de Silos. Y luego me explican que llevan Domingo de segundo o tercer apellido.

          La torre que da nombre al pueblo data del siglo XIII y es propiedad de su primo. El alcalde fue un primo hermano suyo durante años, pero murió atropellado (una carretera importante parte el pueblo en dos) y pasó a ser alcalde su sobrino, por supuesto después de unas elecciones democráticas. Torremontalbo es un municipio con casa consistorial, alcalde y concejales. De hecho es el primer pueblo que aparece en televisión con el resultado electoral porque son diez personas censadas y siete pertenecen a la misma familia. Como todo edil que se precie, cada aspirante a la alcaldía hace campaña, elabora su programa electoral, tiene estrategias… En las últimas elecciones se presentaron el primo y el sobrino del sr. Amézola como independientes y ganó el sobrino. Su oponente, dolido, se refugió en París (donde reside habitualmente) durante unos meses, hasta que se le pasó la indignación.

El noble amor por la tierra y la memoria

          Conservar esta unidad administrativa y de sangre es difícil, de hecho hasta el momento las tierras no han salido de la familia gracias a que el abuelo tenía varias fincas, lo que ha evitado problemas a la hora de repartir la herencia, pero ahora “le tocará una cepa a cada uno de mis hijos” . Esto cambiará la identidad del pueblo en pocos años, pues la tierra dejará de ser rentable por sí misma y alguno caerá en la tentación de vender; por eso el sr. Amézola se empeña en recordar (por cierto, me entero que su nombre de pila es Rafael), que hace tan sólo cincuenta años el 40% del país era agrícola. Reivindica que la relación con la tierra va más allá que su uso urbanístico y que todo ha cambiado a demasiado velocidad; sin ir más lejos, aquellas tierras en las que hoy se enseñorea el vino hace veinticinco años estaban dedicadas casi exclusivamente al cereal.

          – “Se cultivaba con peones y las cepas se labraban de una a una”.

          Los jornaleros abrían un surco en torno a cada raíz. Había de 10 a 12 por cada arranque.

          – “Era pura artesanía, frente a esta producción industrial”

           Rafael mira a los ojos cuando habla y yo le imagino de niño, en un pueblo en el que llegaron a habitar unas 120 personas.

          – “Aquí vivía el ferroviario (capataz de la vía), los peones de la finca, la maestra… Don Juan, el cura, venía de Cenicero y vivía aquí. Y además estaba mi familia, claro”.

          Tenían hasta cárcel, aguardentería, herrería… Así era el mundo cuando estalló la guerra. Le pregunto por ella. Él sólo se enteró por los trenes llenos de soldados que iban al frente de un lado y del otro, pero sí recuerda los sucesos del 33. Aquellas navidades la Rioja se cubrió de incendios y asaltos. Ardieron Logroño, Haro, Calahorra, Arnedo y Santo Domingo. En Cenicero y otros se proclamó el comunismo libertario. El pregonero municipal de Briones, precedido por la bandera rojinegra anarquista leyó un bando en el que se aseguraba que  “Acaba de implantarse el comunismo libertario en toda la península ibérica, y todo aquel que no obedezca al régimen será fusilado o deportado a saco”. Ocurrió lo mismo en San Vicente, se rebelaron contra la República. En San Asensio, incluso, quemaron el retablo y mataron a palos a dos guardias civiles.

          – “Fueron años difíciles. La guerra siempre es cruel”.

Coincido con Melchor Gaspar de Jovellanos

          Enseguida cambia de tema. No creo que sólo sea porque es políticamente incorrecto, sino porque prefiere hablarme del río. De vez en cuando insiste en que los datos y anécdotas que me da son para mi libro. Me impresiona su formalidad y que ya crea en él. Para el sr. Amézola ya existe, por eso me da, me da…

          El Najerilla nace en la sierra de la Demanda, es de corto recorrido y fue muy bravo durante años, hasta que hicieron el pantano de Mansilla, entonces desaparecieron las riadas, ciertos trabajos y muchos juegos. Por ejemplo, dejaron de bajar con neumáticos de camión por el Najerilla hasta la boca del Ebro. El pueblo empezó a cambiar su fisonomía a finales de los años cincuenta. Se fueron tirando casas y aunque alguna se ha reconstruido como segunda residencia, al menos han desaparecido 10 viviendas…

          Hasta que no llega ella no me doy cuenta de que todo este tiempo hemos estado esperándola. Es elegante y rígida, peina un moño que sólo he visto en Carmen Polo de Franco, sin un pelo fuera de sitio. Al enterarse que soy de Madrid me dice que se crió en el barrio de Salamanca, Serrano con Diego de León. Se disculpa ante todos, se le alargó la merienda, y me mira con extrañeza, Mi anfitrión le explica que estoy escribiendo un libro sobre el Ebro y entonces le da un argumento que me deja de piedra: el político, escritor y economista, Melchor Gaspar de Jovellanos, pasó por esta casa.

          – “Y durmió dos noches en la hostería, que era la casa de la tía Maripi. Estaba escribiendo su libro “Viajes por la Rioja””.

Duelo de damas

          Parezco la única sobrecogida. Si hoy paso la noche bajo techo y en mullido colchón es gracias al bisabuelo del conde de Hervías y a Gaspar de Jovellanos. Me doy cuenta que a la dama le pasa como a mí, que no es capaz de descubrir en mí algún rasgo excelso. Concierto desdén comenta:

          –  “Irás preparada para todo”.

          –  “Si así fuera me pesaría demasiado la mochila”.

          Prefiero colocarme yo en mi sitio. Educadamente ella me ofrece cama y ducha; lo de cenar es sólo una formalidad que yo también rechazo muy formalmente.

          – “Ya cené, mientras esperaba..”.

          Todos sabemos; ellos, yo y mi estómago, que no es posible. Aún así, les doy las buenas noches con un beso. Sé que este gesto invade pero también yo quiero establecer los límites. La dueña me da la mano, yo me acerco a su mejilla y beso el aire, un “cheek to cheek”. Dejo para el final a Rafael Amézola, con él es otro el juego. Entonces me toma del brazo y me cuela en el interior de la vivienda, sorprendiendo a todos, incluida su esposa. Quiere enseñarme una fotografía. Se trata de un recorte de prensa que pende de una de las habitaciones, enmarcada y tras un cristal. Es un retrato de familia.

          –  “El día en que fueron héroes”.

          El artículo está datado el 4 de julio de 1903, en Torre del monte Albo. Se titula “La catástrofe del puente de Montalvo”. El pie de foto reza: “La familia del exmo. Sr. Conde de Hervías, que prestó los primeros y más eficaces auxilios”. Se refiere al abuelo de Rafael. Aquel día, su tía Soledad fue nombrada heroína porque, haciendo caso omiso al peligro, se rasgó sus vestiduras para salvar a los viajeros que fueron a parar al río tras el descarrilamiento del tren. Me acerco al retrato, reviso los rasgos de la regordeta heroína, su vestido blanco, las enaguas, el Ebro (línea sepia a sus espaldas). Con el relato a medio contar, me retiro. El sr. Amézola ha de  cenar. Con los suyos.

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