“Ten hambre, sostenla, sáciala en compañía. Al terminar, cuenta tu mejor historia… Verás qué sucede”   Cuando los ríos cuentan. Consejo n. 13

Compartir el pan con un/a amig@ y charlar hasta quedar dormid@s...

Mi amigo Buda

          Me ha venido el periodo. Me pongo de punta en blanco: mi falda pantalón azul con pompones beiges, que me deja los muslos al aire hasta el borde de la íngle y la camiseta blanca sin mangas que ya perdió su prestancia alba, pero no importa. Me embadurno de crema. Por supuesto, para hoy la mejor ropa interior: un tanga bien escotado y un sujetador haciendo juego. Y el pañuelo que suelo llevar al cuello me lo pondré en el pelo. Rojo pasión. Me miro en el espejo: perfecto.

          Salgo del hostal junto con otro hospedado, un señor moreno con inmaculada camisa rosa, piel canela y gestos amanerados. Vamos al mismo bar y nos sentamos, por azar, en la misma mesa. Se llama Francisco, vive en Málaga y es vendedor ambulante. Por lo que cuenta, trapichea con todo: acaba de traspasar un piso (suyo) en Torremolinos, es representante de perfumerías y a veces comercia con productos bancarios (“para no darle vueltas a la cabeza y conocer otro tipo de gente”). Se ha divorciado hace poco de una mujer más joven que él y se ha quedado “hecho polvo”, pero ya lo va superando. Trabajó diecinueve años en un barco, “de la Shell”, se fue de España cuando Franco por razones políticas y a bordo estudió francés con un profesor amigo suyo de la Sorbona que le daba clases por la noche. En el barco estudió italiano y portugués con los trabajadores.

          – “Los idiomas son la mejor arma para vender porque te entiendes con todos”.

          La conversación dura lo que un cruasán en mi plato, es decir, muy poco. La doy por zanjada tras apretar la punta de mi nariz en la cristalera de la cafetería. Me preparo para la lluvia delante del vendedor, que mira embelesado, como si estuviera viendo vestirse a una streaper. Le dejo con su cara de éxtasis y la cuenta por pagar.

El período marca el ritmo

          Haro viene de faro, es decir, del villorrio que cuidaba de la luz que alumbraba la desembocadura del Tirón sobre el Ebro; de ahí las empinadas cuestas por las que me arrastro en busca de la atalaya que me permita ver la confluencia de los dos ríos y otra perspectiva de las bodegas por las que pasé ayer, de los campos domados por las vides, del cruce de carreteras con el ferrocarril y de la inmensidad de las nubes. A mi espalda, en la cumbre de la pendiente, me observa la iglesia de Santo Tomás con su torre tarjada.

          Sé que en cuanto cruce el puente volveré a Álava y con él llegará la lluvia de rótulos del tipo “visite nuestro bar” en torno a la Rioja y su ruta el vino, seguro. A estas alturas del viaje los carteles se convierten en rediles que devuelven mis monólogos a significados ya conocidos. Impiden, de algún modo, que yo ordene el Ebro a mi manera.

          Afortunadamente tras el puente lo que encuentro es un Ebro ancho e imponente con el que se pueden improvisar conversaciones no guiadas. La satisfacción es breve porque enseguida aparece un estercolero industrial (llantas, máquinas abandonadas, vallas oxidadas…) disimulado entre los setos. La menstruación afloja mis piernas. Por primera vez cuento los días que me restan para el final. No soy capaz de ponerle una cifra: ¿veinte? ¿treinta?.

          Llegar… imagino que al mar, pero eso queda muy lejos. Podría parar aquí o allá, o incluso volver a Madrid y dejarlo todo, podría desbaratar en cualquier momento mis planes, cambiar el criterio, podría dejar de dolerme el hombro y tomar un tren en dirección a cualquier otro lugar del mundo, sin embargo estoy aquí, permanezco al lado de un río del que no bebo, en el que no nado, y al que sigo sin entender. Sin embargo hay una certeza orgánica, un lazo biológico que siento crecer cada día y no sé cómo expresar. Quizás tenga que ver con un placer de pisar por donde otros no darían un paso, igual que apuesto por quienes otros no levantarían un dedo. Los funestos siempre tiran para atrás a los bienpensantes, incluso cuando se trata de simples caminos. Esta aventura no tiene que ver con el riesgo sino con lo incómodo, no hay más triunfo que el encuentro con las dulces vegas donde se multiplican las aves, como la de ahora, un minúsculo paraíso previo al “Recodo de Gimileo”, un pequeño bosque de chopos con cierto “atractivo natural”: El río aparece cubierto de juncos y de aves, ajeno al vaivén de las obras en la otra orilla, un gozo que dura poco, pues nada más entrar en él rincón del tal Gimileo encuentro basuras de todo tipo dispersas entre los primeros árboles.

          Concluyo que los edenes, por pequeños que sean, esconden infiernos proporcionales. Me doy cuenta que no debo pasar por la emoción cualquier asunto que no coincida por mi lógica. Los valores no son emociones. En la naturaleza no existe el binomio bueno / malo sino equilibrio / desequilibrio. Mientras, busco el nuevo lugar desde el que vincularme con el río, mis pies avanzan entre las ramitas altas, que crecen entre los chopos, algunas me llegan al rostro. Como no sé de botánica imagino que todos estos frágiles brotes son un “retoñal” de chopos y ando con cuidado tierno para no triturarlos con mis pies. Faldita al viento, pañuelo ondeante… hasta la blonda del tanga se ondula, me dejo llevar por la puesta en escena. Me abandono en el lirismo hasta que un hormigueo, que pronto se convierte en ardor, me invade las piernas hasta el borde de la ropa interior; me punzan los brazos, las axilas, el cuello. Salto y corro en medio de improperios: ¡estoy en medio de una enorme “plantación” de ortigas!.

Alucinar antes de que llegue la fibre

          Llego al corazón del recodo de Gimileo con el cuerpo hirviendo y, eso sí, la faldita, el tanga y la camiseta, inmaculados. Ando de espaldas chuleando al ortigal que, inmóvil, permanece tras los chopos después de haber lamido largos centímetros de mi piel. En esas estoy, mostrándole el dedo anular, hecha una insensata vociferante, cuando me topo con una familia que me mira de hito en hito desde su casa prefabricada. Yo tampoco doy crédito a lo que veo. La casucha parece sacada del cuento de los tres cerditos. La de ellos no es de papel, ni de paja, ni de ladrillo, sino de polietileno.

          Dos chicas juegan a las cartas sobre una mesa desplegable de plástico y en sillas del mismo material. Han embadurnado de crema su transparente piel, que se deja ver bajo los tirantes de sus bañadores oscuros. A ellas las define el sobrepeso; a ellos, el sobrepelo; al paisaje, los socavones y las basuras. A todos les ha dado por un exceso de feísmo que sublima lo kitch, precisamente por ello son espectáculo. Yo también formo parte de esta película de futurismo hortera, sudada, con mi ropa “pseudochic”, de colores macilentos, la piel curtida, cortada, seca, maltratada, el pañuelo rojo en la cabeza… y perdida en este páramo donde no hay árboles sino arbustos e inexplorables choperas.

          El hombre de la casa (torso al aire) me indica cómo leer el mapa. Me doy cuenta que pese a ser dueño del terreno, no lo ha paseado; es de los que recorre sus posesiones en coche. No sé si por las recientes lluvias o porque el río rezuma, pero los agujeros abiertos en la tierra que rodean su casuca son ahora pequeñas balsas donde van a beber los patos. Cuento 12 moscas en mi brazo derecho.

          No puedo más y, cuando tengo la certeza de encontrarme al fin lejos de toda mirada, busco un rincón donde cerrar los ojos y olvidar. ¿Quién dejo que este es un viaje en solitario?. A estas alturas el río hace codo ciego e isla; una pequeña muralla en el margen derecho consigue conducir la mayoría del agua a un solo cauce, el artificial, y casi ciega la vía natural, que hace “isla”. He pasado junto a una pequeña presa.

La jabalí y yo salimos pitando

          Cuando me levanto me doy cuenta que he estado apoyada en el poste donde antes se sujetaba un cartel que avisa de una amenaza: “Atención. Peligro. Variaciones bruscas del nivel de agua”. Me cuesta entender el mapa, así que lo doblo y lo guardo, dispuesta a seguir a ciegas. Hago un esfuerzo por estar y mirar por donde piso.

          Veo… hojas. Veo…sombras. Veo… casquillos de cartuchos. Veo restos de las fogatas de los cazadores. Veo las marcas de sus botas. Veo la huella de un jabalí. La reconozco por los apuntes del profesor de Montejo de San Miguel; en su cuaderno de apuntes se mostraba a tamaño natural, ocupando toda la página. Veo rellanos de mies aplastada en medio de prados abandonados. Varios metros más allá, entre el cereal seco, distingo un movimiento. Escucho una respiración profunda, parecida a una pareja retozando. Un gruñido, una mancha marrón… Veo el lomo de un jabalí que sale corriendo hacia mi derecha. Me disparo hacia el frente y no dejo de correr hasta llegar a otra central eléctrica. Cuando lo hago es para reírme, sin resuello: Habría que verme con cara de pánico, cargada hasta arriba, cojeando y encima con esta pinta. Imagino también el susto del pobre jabalí.

          Entonces suena el móvil. Es mi amigo Buda. Está en la zona y quiere verme. No esperaba “visitas” y me invade la absurda urgencia de “adecentar” el Ebro, ¿o es el trayecto? ¿o mi presencia?, pamplinas. Quedamos en que nos encontraremos de camino a San Vicente de la Sonsierra. Me parece tan divertido quedar así, en el tercer árbol según se sale por la derecha…

          Al final de esta presa las aguas se paradas por el azud se vuelven a unir, crean un pequeño claro que atrae a las aves y a sus cazadores. La senda que ellos han abierto desemboca en un camino de asfalto que culmina con un cartel en el que leo “Senderos pequeño recorrido”, ruta de la Sonsierra Riojana. Me muevo entre la estupefacción y la ironía: soy tan ridícula como un soldado haciendo maniobras en un campo de tiro. Entre la realidad y la ficción, muelas superiores e inferiores de la misma boca, voy mordida. Todas mis aventuras no lo son, como en estos mapas levantados por otros no hay enemigos; de alguna manera ortigas y jabalíes no son más que nimios juegos y sin embargo pican y embisten.

El abrazo de Buda

          Cuando el skyline San Vicente parece cercano, llamo a mi amigo. Ha aparcado el coche en Briones, en la otra orilla, y lleva un par de horas intentando encontrarme junto a la vega y allí sigue, peleando contra las zarzas. Rebufa mientras habla. Nos reímos. No somos capaces de fijar nustro arbol de encuentro porque todos se parecen, así que decidimos que nos veremos en la plaza Mayor del pueblo.

          El camino se empina y a medida que me despego del Ebro el paisaje se despeja. De lejos, los ojos de las laderas de San Vicente y Briones son bodegas y merenderos. Las de Briones parecen cuevas excavadas en roca frente a las más elaboradas que ahora veo de cerca en San Vicente. Camino. Una bodega y otra bodega y otra más y otra. Todas ciegas. Allí duermen caldos hechos con uvas de tempranillo, viura y garnacha y malvasía…

          Los ancianos juegan a las cartas. Doy cuerda al camarero a pesar de que no es precisamente el mejor ejemplo del relaciones públicas. A fuerza de preguntarle me entero que la primera isla que encontré en el camino pertenece a “un particular” mientras que la que queda a la salida de San Vicente, junto a la central, es del pueblo y se puede visitar cruzando el puente (a la otra sólo se puede acceder por barco). Me hago servir una copa de esas botellas que luce en sus estantes. El que me atiende explica que estas bodegas utilizan exclusivamente la variedad tempranillo peludo.

          Le señalo un cartel en el que un grupo de penitentes se flagelan las espaldas hasta que la sangre mana de sus heridas. Se trata de “Los picaos”, un oficio religioso que no ha dejado de celebrarse año tras año cuando llega el Jueves y Viernes Santo, la Cruz de Mayo o la Cruz de Septiembre. Veo la cara de dolor que lucen los de la ilustración y me acuerdo de las ortigas. Miro con detenimiento la foto y compruebo que el material que utilizan los cofrades de la Vera Cruz no se ha sofisticado con el paso del tiempo: son madejas de hilo crudo con bolas de cera y vidrios en sus extremos. No entiendo cómo este cruel rito puede convivir con el miedo a la enfermedad y los contagios propios de nuestra civilización.

          Por fin entra Buda en el local. Nos damos un fuerte abrazo. Doy excusas por mi aspecto. Le hago ver mis marcas de guerra. Nos damos explicaciones. Como era de prever, él se fue por un lado y yo por otro. Me enseña los restos de zarzas que aún lleva prendidos en los cordones y sonríe. Le miro de arriba a bajo, sudando bajo su eterno pantalón negro y camiseta de igual color. Salimos del local en busca de aire y dejamos el vino para consumir bebidas frías con mucho azúcar en una terraza junto a una fuente con cisnes blancos y negros cuyos picos dorados expulsan agua potable.

Mareamos la perdiz

          Empezamos a hablar de cosas nimias. Nos cuesta encontrar un tema de conversación. Comenzamos a deshojar las confidencias mientras damos una vuelta por el pueblo, siempre cuesta arriba, hasta alcanzar los pies de su castillo. Contemplamos el Ebro y el sólido puente de factura medieval, capaz de aguantar crecidas y riadas a pesar de estar fuera de uso, sin dejar de rumiar ligeras confesiones.

          La tarde avanza y los primeros adultos se animan a salir. Uno de ellos nos cuenta detalles de las bodegas del pueblo. Decidimos seguir el juego de “nuestro vino es mejor que el suyo” y comenzamos el chiquiteo. Templados y charlatanes, recorremos la cañada real que une San Vicente con Briones, cuyo empedrado se encuentra en mal estado. El margen derecho del río me parece más suave que el que recorrí en solitario hace unas horas. El hecho de que Buda lleve parte de mi equipaje contribuye a esta sensación de bienestar… y esos dos vinos allí y aquel otro en Briones…

          Briones aún conserva parte de su recinto amurallado, que atravesamos por una de las puertas que aún permanecen en pie. Uno y otro pueblo están marcados por su condición de frontera entre los reinos de Castilla y Navarra. Nos indican que quizás encontremos cama en la casa rural que el pueblo ha estrenado hace poco. Ninguno de los dos ha hablado de dormir, ¿por qué, entonces?. A Buda le da por leer un folleto en alto. Por él nos enteramos que esta localidad conserva el nombre de los antiguos berones, pueblo celta “que poseía este país cuando los romanos conquistaron la España”, aunque, según indican los hallazgos arqueológicos (que se suceden con regularidad en ambas orillas del Ebro), tuvo pobladores más antiguos, de la Edad de Bronce. Los árabes lo llamaron “Vélez Assikia”, que significa “Tierra de acequias o regadío” y en tiempos de Alfonso VI aparece por primera vez el nombre de La Rioja vinculado con la zona.

          – “Tengo hambre”.

          Buda en la ducha (es sexy)

          Buda se empeña que duerma en una cama, que cene bien… Cuando le digo que hasta ahora sólo he dormido bajo techo en los días de lluvia caigo en la cuenta de que se trata de mi acuerdo no verbal con el Ebro. El cielo es nuestro lecho común. Aunque una cena no siempre lleva a otra cama… y, además, tengo ganas de hacer chistes, de compadrear y de charlar hasta las mil y monas.

          Lo hacemos, en el mismo local que ayer, y cuando ya la noche es tan oscura que se hace difícil encontrar un rincón junto al río, Buda me acompaña lentamente, tras su sonrisa, al hotel en el que dormí anoche. El heavy sigue allí, nos mira de soslayo y escruta a mi amigo. Casi sin saludar nos lleva a una habitación en obras, con una cama de matrimonio y la ducha al final de una intrincada escalera de caracol.

          – “No hay más”.

          No sabemos qué decirnos. Yo pensaba que Buda se iría. El pensaba… nuestras dudas aparentan regateo, de modo que el chico saca de su chistera otra oferta: un dormitorio con dos camas y ducha dentro en la que nos instalamos sin rechistar. Buda se encuentra muy cansado y acepta compartir cuarto.

          La ducha que han habilitado en una esquina de la habitación tiene las mamparas esmeriladas. Me lanzo al agua de la manera menos sexy que se me ocurre: cantando (tengo un oído de espanto). Salgo de la ducha envuelta en la toalla con la expresión más inocente que encuentro en mi repertorio. Ahora le toca a él. Tras el cristal, la silueta de su pene erecto.

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