“Camina, sonríe, abraza tu destino… Y descubrirás a la buena gente”   Cuando los ríos cuentan. Consejo n. 12

Cambian los nombres pero no el espíritu. A medida que me abandonaba conocía a más personas buenas, de las que tienden la mano sin preguntar. Sigue ocurriendo.

Occidente es una línea recta

Despierto lentamente, acaricio las sábanas antes de levantarme, dejo que la luz entre por los visillos y me asomo al ventanal para contemplar el paisaje. Ando desnuda por la habitación mientras hago la mochila… Disfruto con cada acto. Relamo la indolencia como si fuera un exquisito manjar. Bajo de la buhardilla agarrándome al pasamanos y contemplando por última vez las fotos de la familia. La dueña, a la que sigo sin preguntar el nombre, me espera al final de la escalera. Me anuncia que va a buscar a Jibaja, el viejo barquero a quien debería conocer y me sugiere que, mientras tanto, tome el desayuno que me espera en el comedor.

          La habitación resplandece a contraluz; todo en ella se muestra cortado por la bruma del sol. Alrededor de la sólida mesa de madera, Marta, su hermana y su madre untan pan, sorben café y destapan frascos de mermelada fresca. Las tres engrandecen estos gestos cotidianos con su forma de sentarse (la espalda tan recta), de mover los brazos (aladas), de intercambiar comentarios a media voz.

          Por ellas descubro que he dormido en una casa rural. Me piden que les cuente las anécdotas del viaje. Comienzo mi relato con la persecución bajo la lluvia. La certeza de nuestra constante fragilidad en un mundo hecho por los hombres prevalece por encima nuestras desigualdades de clase. En esas estamos cuando entra en la habitación un hombre canoso y enjuto, más tieso que recto. Viste de verde, con un pantalón corto y una camiseta. Es Timoteo Jibaja Saez, el último barquero. Viene dispuesto a hablar, algo que no tenía previsto esta mañana. Las mujeres sonríen y se colocan discretamente en un segundo lugar.

Jibaja tenía una barca

          Jibaja contesta estrictamente a lo que le pregunto, como si fuera una funcionaria rellenando datos en un formulario municipal. Nombre: Timoteo “Jibaja” Saez, alias “El monchetas” porque de joven estuvo en Barcelona, “donde se cocían las alubias, ya sabe”. Edad: 84 años. Profesión del padre: ferroviario. Lugar de residencia: vivió la otra orilla del Ebro, a la altura de San Felices, donde daba el túnel de la vía de tren (“para ir a la escuela teníamos que pasar por el túnel ese”). Poco a poco va olvidando la precisión y construye frases largas:

          – “El Ebro es muy dañino. Tiene sitios muy mansos pero tiene sitios muy malos también. Piensas que está liso, te metes y te traga. Ahora está hecho una mierda”.

          Le pido que nos cuente “lo de la barca”. Sé que la pregunta es demasiado abierta pero no se me ocurre otra forma de romper su contención. Monchetas sólo atina a decir que había una barca que cruzaba el río, de una parte a otra, para ir a Alfaro, pues para coger el tren había que cruzar el Ebro. Termina la frase y queda en silencio. Espera mi siguiente pregunta.

          – “¡A quién se le ocurriría poner una barca precisamente allí!”.

          – “¡Pues quién va a ser!. Los de la cantera de San Felices, para pasar a los obreros. A este pueblo subían a por vino y carne. La barca la trajeron de Bilbao. Era de la mar. Tendría unos 15 metros y 1,5 de ancha. Para evitar la corriente, le pusieron un cable, que iba enganchado a un pilar de cemento. Luego tiraban de la cadena”.

          –  “¡Jesús, qué inventos!” (me resisto a preguntar).

          – “Gritaban “barquero, pasa la barca”. Se tardaba uno o dos minutos. Había días en los que hacíamos 5, 3, 2 viajes, o ninguno. Lo estuve haciendo hasta los dieciséis años, cuando llegó la carretera. Después puse un bar de carretera en ese mismo sitio. Se llamaba ‘El paraje de San Antón’”.

          Entre medias, Monchetas trabajó cuarenta años en la RENFE, como su padre.

Retozar en el barrizal (de curvas y rectas)

          Dejo el paraíso con buen sabor de boca, el cielo despejado y el cuerpo reconfortado. Regreso a la puerta de entrada del recinto amurallado (Monumento Histórico-Artístico desde el 84) y sonrío al Ebro en nuestro reencuentro. Le he echado de menos. Me recibe como si le pasara lo mismo, con un camino jalonado por chopos; los nenúfares se trufan con las botellas de plástico; su agua salta en pequeñas cascadas.

          La lluvia de ayer ha convertido la tierra en un barrizal. Disfruto. Salto sus hoyos sin dolor alguno. Tras pasar una odorífera porquera, los chopos ofrecen un atractivo remanso. Llego hasta la tejera que vislumbré ayer desde el puente en el que hablé con el ciclista. Me comporto como un gato que salta de finca en finca, no entiendo de propiedades privadas. La lluvia cálida vuelve a visitarme, pero no me mojo; camino al lado de la ribera, entre juncos y hierba alta, y las ramas de los chopos hacen un techo que me protege. A cambio de mi fidelidad el viaje me regala paraísos. Antes del mediodía he saldado mi deuda con el río y sigo mi trayecto con sensación de victoria. Según el mapa esto es la sierra de los montes Obarenes.

          A los pies del túnel de la Concha imaginación y realidad se funden. La indescifrable voz que me acompaña desde hace un kilómetro sale de una la radio que sintonizan los habitantes de una finca destartalada. No era locura. La locutora habla de un medicamento contra el colesterol, que ha causado enfermedades renales y fatiga crónica en los pacientes. Así, escuchando el eco de la radio y el murmullo del viento, dudo si entrar en ese ojo oscuro o bordear el monte entre los riscos.

          Frente a mí, el túnel de La Concha impone una orgullosa recta en un paisaje lleno de curvas. Llevo días perdida en espirales, empeñada en entender algo que ni siquiera es capaz de imitar la civilización a la que pertenezco, de modo que opto por seguir las inciertas curvas, convencida que el ser humano nunca será capaz de inventar tales torcijones. La principal aportación de la humanidad ha sido la línea recta, el camino más corto entre dos puntos, lo rentable, la economía en el gesto, lo útil. Probablemente si la naturaleza crea curvas es porque no persigue un destino. Me asomo a las peñas que dan al Ebro y descubro que la carretera que antes bordeaba el cerro de las Conchas de Haro tras la construcción del túnel ha quedado abandonada como un brazo amputado en torno a la ladera. Se trata de un trayecto más peligroso de lo que había imaginado y también más bello: puedo recrearme en esas vistas que los conductores de antaño pudieron relamer porque iban atados a su volante.

El Ebro se vuelve ocre

          Al otro lado de la montaña el paisaje cambia de forma radical, como si hubiera dado vuelta a la página y ahora entrara en otro capítulo de este extraño libro. Atrás se ha quedado el verde, que ahora es ocre. Lloro, mientras el río duerme, por perder el color que durante doce días ha sido mi acompañante. Nunca imaginé que el entorno pudiera provocarme tantas emociones y mientras, el Ebro, como siempre, fluyendo.

          El relieve experimenta un rápido descenso en dirección al valle y los remolinos traicioneros de los que me hablara Monchetas ahora son saltos del agua. Aún así, un rayo ha quebrado y partido varios árboles y el río hace trombos, como si quisiera dejar patente su fuerza. Pocos metros más allá vuelve a aparecer el trazado antiguo de la carretera, asfalto que ahora es basura abandonada. Un cartel me anuncia que entro en la Rioja (comunidad) y por tanto en Logroño.

          Justo cuando la vía muerta desemboca de nuevo en la carretera en uso, surge, abrumador, “La puerta de la Rioja”. Bidones de uva y prensas antiguas flanquean la puerta de entrada del edificio. A sus pies, han reproducido la imagen de la Virgen de las Viñas en escayola. Una enorme tapa de barril en el suelo, decorado con un gigante racimo de uvas, recuerda que éste es un museo del vino. Un letrero ofrece, además, artesanía de la comarca. Todo es poco para despertar el fervor pagano: viejos tractores, una cosechadora y utensilios para recoger y sembrar la vid; una cúpula en medio de la construcción que permite la fantasía de tocar el cielo; el enorme iluminario piramidal que sirve de guía a los conductores en mitad de la noche… y todo esto en ladrillo visto, para remarcar bien su imagen rústica.  Imagino al arquitecto cumpliendo los sueños de un agricultor, forofo de sus vides, que antes de abandonar el mundo quisiera hacerse un homenaje a sí mismo y a sus antepasados. Un cartel explica que el despliegue obedece a un “Proyecto cofinanciado por el fondo europeo de desarrollo regional y gobierno de la Rioja”.

          En el interior, la grandiosidad se queda chica: salones espaciosos donde el mármol de imitación brilla, entre pilares falsos; una barra de madera oscura y gruesa, tras la que despachan camareras de uniforme; lámparas de hierro en tejados altos con bombillas imitando a velas… y en el medio una enorme escalera circular con barandilla de hierro labrado que da a un corro de habitaciones que giran alrededor de la cúpula. Junto a la barra, en un regio casillero de madera, veo llaves y mandos a distancia. Los feligreses consumen el orujo previo a la siesta, mecidos por las máquinas tragaperras, que se hacen sitio entre expendedoras de cassettes, de chucherías y de tabaco. Un niño, con la cabeza cubierta por una bolsa de papel y dos agujeros a modo de ojos, hace las delicias de sus mayores.

Las elegantes de Briñas

          Salgo del lugar sobrecogida por lo que se puede hacer con el dinero y entro en Briñas sin saber qué esperar de este pueblo después de una entrada tan grandilocuente. No encuentro un alma sino viviendas de piedra y arcilla, callejones estrechos, marrones, que me encaminan hacia una boca que va a dar al río. El gusto encuentra allí su contrapunto: jalonada con flores rojas en grandes tiestos, arden, como yo, bajo la solana. Un hombre apoyado en un muro de la calle charla rumorosamente con una mujer, que se asoma desde el interior de la vivienda. Es una tertulia vespertina, de esas apacibles y susurrantes. Sonrío. Me sonríen. Les digo que están muy guapos. Una segunda mujer se asoma al portalón. Son como dos gotas de agua. Jaleo la aparición. Se ríen. Les pido un vaso de agua y me invitan a entrar. El lugar es oscuro y fresco, un comedor iluminado con lámparas a pesar de tener el sol en línea recta con nuestras cabezas. El lugar sigue teniendo la negrura de lo que fue, una cuadra, algo húmeda y, por tanto, deliciosa para el caminante. Me sirven agua en copas de cristal repujado, fresca y recién extraída de la tierra. Los pasteles que la acompañan son exquisiteces de provincias.

          Perfiles regios, piel inmaculada, ojos azules, huesos de cristal, se reúnen en torno a una mesa en la que se distribuyen con elegancia de bodegón los restos de una opípara pitanza; Teresa y María Eugenia (hermanas), Rufina (la abuela) y Ainoa (la nieta) paladean con indolencia la plática familiar. Las hermanas miman a su madre, que se deja llevar por el sueño. Zarandean su brazo con los nudillos, como si temieran que no volviera a despertarse, y entibian su frágil cuerpo con una rebeca que resbala delicadamente por sus hombros. La nieta observa, desde un rincón, consciente de la futilidad de ciertos instantes. Ahí están las tres generaciones de la familia Bezares Ibarloza.

           Observo todo con lentitud. Descubro publicaciones de decoración en los revisteros de la cueva, junto al retrato del difunto abuelo. Va con boina y camisa blanca, abierta en el cuello. Es un guapo de entonces. Le digo a Rufina que su marido es apuesto y se sonroja. La mujer tiene noventa años y el rubor la embellece; es un deseo tenue que viene de atrás y calienta sus venas de forma inesperada, nada más.

          Me preguntan cuál es el tramo más bello del Ebro y me quedo muda. Podría enumerar pequeños instantes que no tendrían ningún valor ante sus ojos. Elijo mi última certeza: una de las más feas es “La puerta de la Rioja”. Entonces levantan los ojos al cielo, presas de ira estética. Una de las hermanas sugiere que habría que atentar contra esos edificios de ladrillos símbolos del mal gusto mientras me ofrece un dulce de nieve de azúcar. La otra recuerda que en aquel lugar había antes una avenida de chopos, que precederá a un viñedo de la familia, “El Palomar”, al que se accedía por puertas de madera. De niñas, cuando cruzaban los portalones decían “esto es mío”.

          – “Era como entrar en un paraíso”

         Pero la infancia se fue y con ella las tierras. En su lugar, otros construyeron pisos, chalets…  y carteles. Les comento que parece que los regalaran en este pueblo y ellos aseguran que cualquier paso está anunciado: senderos de pequeño recorrido, la ruta medieval, la de las Sonsierras, el Camino de Santiago.

 Preguntas tontas, flechas y carteles

          – “Llevan sólo dos años puestos. Ya era hora. Estábamos hartas de dar explicaciones a los turistas, que siempre van con el libro por delante”.

         Entonces nuestra conversación gira sobre el afán del ser humano por lo que ha de venir. Concluimos que quiere garantizar el futuro incluso en gestos tan nimios como un paseo en vacaciones, hasta el punto que ya no sabe pasear si no es con garantías. Nos convertimos en observadoras de la especie humana:

          –  “Preguntan para confirmar que están en el lugar que les corresponde, para que sus pies, sus ojos y su cabeza coincidan”.

          De nuevo en mi camino, confirmo que vivimos en un mundo subrayado por carteles, flechas y señales, pues nada más abandonar a los Bezares Ibarloza me encuentro con el primer letrero, del control de Calidad de Aguas Europeo. Dice: “Sistema autonómico de información de Calidad de Aguas (SAICA). Estación Automática de Alerta. Proyecto financiado en un 85% por el Fondo de Cohesión de la UE. Inversión Primera Fase 34.100 euros. Constructora Adasa Sistemas SA”. Tanta información se da de bruces con el estercolero improvisado que encuentro pocos metros más allá, a la derecha.

          Atravieso vides para no perder de vista al Ebro mientras los carteles se multiplican. Reparo en el que reza bajo un abrevadero de “Ángel Arteaga-José S. Andrés”, que ha mandado escribir: “Prohibido coger agua. Bebedero exclusivo para ganado”. El siguiente anuncia cómo ir a San Millán de la Cogolla, “Patrimonio de la Humanidad”. Este sí que me deja en mi sitio, allí, los monjes escribieron los códices que albergarían las primeras palabras del Castellano. El origen de la lengua en la que escribo está tan sólo a una flecha de distancia. ¿Cuáles serían esas primeras palabras? ¿Hablarían de Dios, del Ebro, de los hombres?.

Los cultivos postizos de la vega

          Observo las formas artificiales de las cepas, enganchadas en hilos de metal para que no se venzan. Algunos racimos no supieron aguardar a la recogida y yacen en el suelo. Frente a las peinadas viñas, la vega se embrutece y planta cara a las rectas del cultivo, pero al final se queda  calva junto a una construcción aún por terminar, una escalera de granito que se abre bajo las ramas de un pino y una higuera y que no lleva a ningún sitio. En la otra orilla, la vega del Ebro pertenece a Álava.

          Más adelante encuentro una fuente construida junto a un hangar preparado para la cosecha. Tiene techo y asientos de piedra que invitan a sentarse a tomar la fresca además de agua. Solo entenderé dónde me encuentro hasta que encuentre el rotulito pertinente: estoy cruzando Viña Tondonia, propiedad privada de las bodegas Fuentes Heredia. El vino se adueña del recorrido. El cielo está adelantando el anochecer por culpa de la tormenta.

          Las bodegas muestran sus grandes paredes dormidas como estuches de joyas. Todo parece embriagado de silencio a los pies de Haro hasta que me cuelo en su centro y la urbe muestra su estómago reventado de gentes. Es la hora en la que las familias salen, con sus mejores trajes, a cenar con otros. Soy una ficha de damero colada en una partida de ajedrez. Me acerco a un grupo de mujeres para que me indiquen un lugar donde encontrar hospedaje y me hablan en plural, como si fuera la avanzadilla de un grupo más numeroso. He olvidado que hasta hace poco en España una mujer sin hombre carece de sentido. Ahora, por lo visto, para que yo tenga “sentido” he de formar, al menos, parte de un grupo.

          Cuando los demás se sorprenden porque viajo sin la constante compañía de alguien me pregunto a qué se refieren en realidad. Tiene gracia que en una cultura que promueve el individualismo se tema tanto la soledad, quizás porque en un planeta superpoblado la presencia del otro está prácticamente garantizada… De hecho en este mundo pocos viajes pueden hacerse en solitario. Pero sé que hay algo más: soy una mujer. Para nosotras viajar es extraño, a menos que lo hagas por obligación (emigración, exilio, refugio…), creo que lo que más incomoda es encontrar a mujeres que lo hagan sin la compañía de un hombre. Pero esas son las razones de los otros. Creo que viajar así promueve el encuentro con los desconocidos y ese ejercicio va a contracorriente en un mundo que promueve la prevención de múltiples peligros, en el que el racismo demuestra que el miedo al otro es real y palpable. Otras razones propias son que me gusta preservar espacios propios en movimiento y porque hay algo espiritual en caminar en solitario al margen de cualquier religión.

El heavy es de azúcar

          Termino en el “hotel Aragón”. Subo las estrechas escaleras que llevan a su entrada, en el segundo piso. Sus paredes destilan la marginalidad de las escaleras de servicio. Una gran puerta de madera está entreabierta. Tras ella, un chico con una melena y perilla que le dan un cierto aspecto aspecto heavy, ve la televisión en una mesa preparada para su cena. Explica que no dan desayunos y me acompaña al cuarto. Me mira entre tímido y entrón. Busca indicios, algo que le de pie, pero yo en lo que me fijo es en los pequeños cuadritos con chistes de náufragos y de Mafalda que adornan las paredes.

          Al entrar en la habitación, el chico heavy acorta distancias hasta el punto de que puedo oler su piel. Dice: “Cama doble, ducha con lavabo y televisión. El retrete está fuera, es comunal” y yo me vuelvo a perder en otros detalles: las cortinas de ganchillo de plástico, el dosel metálico tipo hospital de los años cuarenta, la colcha de flores, las paredes desnudas decoradas con goteras en el rincón dedicado a las duchas. Podría ser lugar habitual de obreros de paso, por ejemplo, o de vendedores ambulantes, o polvera de infieles…

          El recepcionista y yo bailamos con el paso cambiado, de ahí que cada uno vuelva a su sitio. Él a su cena y yo a la mía: un local adornado con útiles de tonelería en el que si me quedo es por la carta: Puerros rellenos de espinacas y gambas, crêpes con gambas, queso y no sé qué, patatas a la riojana con chorizo (primer premio pincho caliente en la II jornada Internacional del vino de Haro el 26 de junio del 99).  Evidentemente pido “un Rioja”. Julio, el dueño del local, me explica que es el de casa, o sea, nada especial, servido para el chiquiteo, que la gente prefiere crianza, pero a mí ese mismo me sabe a gloria.

          Saco mi cuaderno como si llevase a mi comensal en el bolsillo, y le coloco encima de la mesa para terciar con él una tertulia. Olvido que para muchos escribir es un acto casi privado, que inquieta a quien observa, sobre todo si es un lugar tan público como éste.

          –  “Pon que tenemos reservado el derecho de admisión”.

          Aclaro al camarero que no soy crítica gastronómica mientras pierdo la mirada en la marca de la botella (me sirven un nuevo trago): Viña Tondonia ¡el lugar en el que me colé esta tarde con su puente ciego y sus vides peinadas!. Entonces el joven me explica que bajo la nave que para mí carecía de sentido hay otra de crianza construida por excavación, armada en hormigón y cubierta. La bodega está abierta desde 1877.

           Enhebro un vaso con otro. Al cabo de un rato, el cuaderno, el espíritu de la mochila (que llevo agarrado a la espalda), el camarero y yo compartimos mesa en animada conversación, y juntos seguimos tomando chiquitos.

Anuncios