“Si te preguntas sobre tu identidad, recurre a la resonancia. Descubre hasta qué punto los humanos son capaces de olvidar que son seres vivos”  Cuando los ríos cuentan. Consejo n. 11

Comprendí que el río padece la opresión de un sistema de poder que generalmente corresponde a una estructura patriarcal y masculina. Y supe que el Ebro era hembra, sin lirismos.

El paraíso tiene feos corredores


Este viaje carece de sentido y sin embargo necesito estar pegada al Ebro. Cada vez que el camino me separa de su vega me desasosiego. Necesito su rumor, su cercanía, este diálogo que aún no entiendo. Me afecta el río. He leído en un periódico atrasado que  una fábrica de donuts de un pueblo vecino se le ha escapado algo al agua y están llegando al Ebro un montón de peces muertos y llevo la información la piel, como una herida. Bajo el puente de Puentelarrá el río es ancho y, cuando quieren los embalses, profundo. Bordeamos juntos Peñavera y juntos llegamos a Gumicio.

          El pueblo es chiquito. Parece que siempre lo fue. Sus casas son de pequeña factura, útiles. Su cementerio también es minúsculo, con cuatro cipreses que ocupan un tercio del espacio dedicado a la muerte. Un hombre se asoma a la verja de su casa. Me observa desde hace rato. Insiste que para ir a Montañana he de tomar la carretera, pero su hija tercia

          –  “No, por donde Vitori, que es mas bonito”.

          Él reitera:

          –  “Qué más da, si es mejor por la carretera, que está bien buena”.

          El hombre me avisa que me gritará si me equivoco. Cuando llega el momento, elijo “por donde Vítori” y él suelta un silbido y luego un no con su potente vozarrón. Le miro. Se pone en jarras. Me invade una tonta sensación de travesura.

Las ovejas de Vítori

          “Donde Vítori” es una casa destartalada con pajar. Oigo ruidos en su interior y tomo asiento en un banquito, esperando a que la dueña asome. Una viejuca encogida aparece tirando de una carreta Se asusta. Me presento. Se presenta. Victoria Fuente Muro. Le planto dos besos en la cara. Vuelvo a tomar asiento mientras ella, de pie, me cuenta su historia:

          Tenían 400 ovejas y pastores, los vendieron hace cinco o seis años porque a su marido le dio una “trambosis”. Ahora viven de la pensión y su hijo lleva la labranza. Tienen conejos y gallinas, pero para comer. Las primeras ovejas las compraron en Medina del Campo. Ha cumplido ya los 65 y siempre le ha gustado el ganado. Se le ilumina la cara cuando habla de sus ovejas. Llegaron a tener 90, manchegas.

          – “De cara limpia, joé, qué ovejas más cojonudas. Fuimos en el tren y llevábamos para comer. Salía a las doce y media. A la una ya estábamos en Miranda. Le digo ‘!Me cago en tal, vamos al Banco de Bilbao a ver si nos dejan!’. Costaban 90.000 pesetas las 90 ovejas. Las cruzamos por todo Miranda entero. Joé, cómo se quedaban mirando tós”.

          De esto hace más de quince años. Entonces, el camino pecuario que pasaba por la vera de su casa tenía 17 metros de ancho y unía Miranda con Villanueva, pero el pueblo quería el espacio para cultivar y ahora es un paso de sólo un pie. Según Vítori, ésta batalla se perdió porque su marido no quiso negociar. Fueron vencidos por los del mismo pueblo, sus propios vecinos.

          – “El pastor de Suzana también lo ha estado peleando. Igual tiene 500 ovejas. Es la primera casa a la derecha”.

          Cuando alcanzo Suzana, el Ebro es ruido de motores de agua. Las canteras dejan heridas de tierra entre la carretera y él. Me duele su polvo, sus ruidos, la tierra abandonada. Como si no quisiera verlo, el Ebro, se esconde entre frondosos robles cubiertos de blanco y una vereda recién plantada al borde de la carretera, para que los conductores tampoco vean.

Plásticos, tuberías, vertederos…

          Tomo un respiro en la entrada de Suzana, pero no me relajo porque en la otra orilla se levanta una empresa química, y frente a la carretera de Montañana una de plásticos. Esta pedanía vive de la gran ciudad y, como está en alto, da la espalda al río. Sus cultivos apuran la tierra hasta el mismísimo borde de su vega y sólo en cortos tramos los árboles pueden dar sombra.

          El Ebro se quiebra y yo con él. Los humanos le reconocen los mismos derechos que una tubería. Mi desazón aumenta cuando paso por debajo de la autovía del Norte. A sus pies, el río desaparece, sólo una pequeña charca continúa por la madre; en su lugar han fabricado veredas artificiales. El cemento armado anula las dos orillas… Cien pasos después, el agua aparece como un toro banderilleado. El polígono industrial de Levitarón (fábricas, la mayoría químicas: de plásticos, tuberías, resina artificial para pinturas) nos mira desde la otra vega.

          Un pequeño pueblo crecido junto a una central eléctrica vuelve a sacar rentabilidad al río. Miro varias veces el mapa en busca de “La nave” hasta entender que es una barriada de Miranda del Ebro. Por primera vez me cruzo con una rata enorme, gorda. Las casas huelen a miseria, palabra que por vez primera coloco junto al Ebro porque lo anterior no ha sido más que economía de subsistencia.

          Cojeo entre el remolino de instalaciones desangeladas: la escuela taller-vivero-municipal, el club de fútbol, el cementerio… Ahí va a morir el camino asfaltado al que me asomo para entrar en la capital. El Ebro baña esquinas aceradas. Avanzo por lo que llaman el casco antiguo y que para mí no es más que un barrio en el que se acumulan casas pequeñas, pintadas radicales, bares juveniles de moda que a estas horas pierden el glamour, basuras, ventanas parcheadas con maderas, iglesias “okupadas” en sus laterales cuyos ojos ciegos antes fueron góticos.

          Comienza a llover pero esta vez no busco refugio. Me siento incómoda en esta ciudad. Quien no quiere al río no es bienvenido en mi vida, me da pudor escribir esto pero es verdad. Si no me quedo es porque aquí se maltrata al Ebro ¿Se puede hablar de malos tratos a un río?. Envuelvo el macuto en plástico, hago lo propio con cuerpo y cabeza y continúo por un camino asfaltado en color rosa que encajona el río, su vega se convierte de golpe en una senda. Avanzo por ella esperando que el Ebro por alguna razón mágica vuelva a ser el que era y aprovecho una especie de espigón artificial para asomarme. Imagino un puente abandonado en proceso de rehabilitación. Cuando llego a su borde descubro que estoy paseando desde hace un buen rato por una antigua alcantarilla a donde la basura sigue llegando de la mano de los mirandeses. La ciudad no tiene depuradora. A lo lejos veo un frondoso bosque junto al río y una familia de patos. Parece una postal. A su lado se yergue otra central eléctrica. De fondo una alta torre echa humo. A continuación me topo las instalaciones deportivas y tras las piscinas un pequeño vergel. No soy capaz de sostener tantas contradicciones en un mismo camino.

          La desembocadura del río Bayas me impide avanzar junto al Ebro. Bayas es un vertedero. Le sigo el paso por carretera hasta el puente que le cruza. Las empresas químicas me separan más y más del río. Entre su vega y yo, decenas de montañitas blancas. Tardo en caer en la cuenta de que es sosa. El lugar huele a huevo podrido pero allí están los nuevos ricos con sus grandes setos y servicios de seguridad. No puedo más, quiero que esto acabe. ¿Cómo se puede herir y quedar impune? ¿Cómo vivir en este entorno sin que se tuerza el ánimo? ¿Qué hacer con la indignación?.

Cómo dar esquinazo a un acosador

          Un coche me sigue. Paro a un ciclista, que se empapa, como yo, bajo la lluvia. El auto pasa a nuestro lado, lentamente. Le miro de soslayo. Hago como que no me he dado cuenta y sigo haciendo preguntas obvias al pobre corredor. Pues sí, estamos en el puente de Arce. Sí, sí, en Vitoria. Exacto, sobre el río Zadorra. El inocente se llama Ramón y parece encantado con nuestra estúpida charla. Entonces empieza él con las preguntas y yo le contesto sin perder de vista al individuo del coche. Ramón asegura que Miranda es la décima ciudad más contaminada de España. Mientras se explaya en críticas yo voy organizando mi futura estrategia. Estoy lo suficientemente en alto como para adivinar que el camino rural que comienza allí y lleva hasta la tejera, continúa tras la fábrica, y que atravesando la parcelaria podría alcanzar la desembocadura del Iglares… pero desisto, el del coche sigue parado en la boca del camino.

          Ramón se va y vuelvo a quedarme a solas con el auto. Paso a su lado, haciendo ver que mi destino nunca fue esa senda que él bloquea. Me desvío con naturalidad por una breve carretera secundaria que desemboca en un par de casas de lujo aisladas, entre la autopista y los campos de labranza, y en las que distingo el trabajo de un jardinero bajo la lluvia. Tomo ese camino con resolución. El coche me adelanta y se para justo al final del trayecto, que es ciego. Estoy en un callejón sin salida. Me paro junto al granjero que trajina en la puerta del primer chalet. El conductor se baja del coche. Nos miramos de frente. Me doy la vuelta, despacio. Dudo si abordar al jardinero. La autopista no está muy lejos. Avanzo. A mi espalda oigo el motor del coche. Acelero el paso. Cuando el conductor llega a mi lado yo ya he alcanzado el asfalto. Está en la boca de la autopista, no puede parar. Sin mirarle, y sabiéndome observada, levanto el anular para que se lo meta por el culo. Toca el claxon. Ni me inmuto. El acosador está condenado a pagar peaje y yo a cruzar la autopista.

          La experiencia ahonda más mi rechazo a este tramo del camino. Ebro y hembra, ambos acuciados. Las ecofeministas lo tienen claro: el río padece la opresión de un sistema de poder que generalmente corresponde a una estructura patriarcal y masculina. Demasiada teoría para algo mucho más concreto (los dos igualmente acosados) y sin embargo tan real como que los camiones pitan a mi paso y sus conductores me jalean. Les maldigo. Maldigo la lluvia.

          Procuro entretener mi cabeza. Encuentro cajetillas de tabaco despanzurradas, aparecen en los lugares más recónditos. Salgo de la autopista a la altura de un pueblo en cuyo nombre no reparo. En el bar donde me seco son parcos en palabras. Responden a mis preguntas con noes. ¿No hay un sitio donde dormir?. ¿Ni en una casa?. ¿Ni en un garaje?. Uno de los feligreses me da un teléfono en Salinillas. Llamo. Imploro a la voz de esa desconocida. Digo que no me importa el lugar, que un pajar es suficiente, que llevo días andando y ya estoy acostumbrada…

          Después de unos minutos de resistencia, la mujer del otro lado de la línea acepta. Me quedan seis kilómetros por delante bajo la lluvia torrencial y ya es de noche. A un lado de la carretera aparece una señal amarilla que indica que allí finaliza un tramo del Camino de Santiago. Me adentro en esa vereda de tierra que sube por una colina y me calmo al instante. De repente un abrazo de aire. A mis pies un manto de caracolas se empapa bajo la lluvia. El prado de nácar refulge a la luz de la luna.

          Tras una curva, aparece Salinillas en el horizonte y me quedo sin respiración. Se trata de una villa medieval amurallada que bajo la tormenta se me figura como una aldea de cuento. Avanzo hacia la única puerta de la muralla…

          He llegado al cielo. Se llama Areta Edrea y está en Salinillas de Buradón (Vitoria). Tiene cama doble, tejado, crema contra las picaduras, cena caliente y despertador. Me ha recibido la abuela de la familia. La dueña, aquella que aceptó acogerme al otro lado de la línea de teléfono, llegó después, cubierta por una enorme capucha, con el pelo corto, resolutiva. Me miró de arriba abajo y sin terciar palabra me indicó que la siguiera. Por el camino me encontré los retratos del abuelo, la abuela y sus cinco hijas, una de ellas muy enfadada (sentada y con las cejas juntas). Me llamó la atención la sonrisa del caballero, un hombre rubio y con cara de campechano que se ha colocado el sombrero “al caer”. Es el único que lleva ropa clara, frente a los vestidos oscuros de las mujeres. A su esposa tampoco se la ve mal encarada. Deduzco que una de las hijas es la madre del dueño de la casa, y supongo que es una de las que también sonríen.

          La casona tiene dos plantas y la buhardilla donde dormiré, un espacio lo suficientemente grande como para que quepan tres habitaciones, un cuartucho y una enorme sala con un ordenador y todos sus utensilios de último modelo. Me han hecho un hueco en el corazón de su hogar. Me tumbo en la cama de uno de sus hijos. Las sábanas están limpias. Las toallas, suaves. El agua, caliente. Deshago la mochila y distribuyo mis escasos objetos en la habitación. Por una noche me hago propietaria de un espacio cálido.

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