“Cuando pongas un The End en tu historia piensa que no es más que un punto y coma. En la vida todo final tiene un después”  Cuando los ríos cuentan. Consejo n.9.

Todo es vertical: las flores, los chopos, l@s caminantes, la torre de la central nuclear, las de alta tensión… Todo, salvo el río, que es circular (nace en el cielo)

La memoria del maestro

          La primera vez que ví este fenómeno fue en casa de Perico. Hacía un pase privado de su documental (“Contracorriente”) pues TVE había censurado su emisión. En una escena chocaban un tubo de neón junto a una torre de alta tensión en la mitad de la noche y el fluorescente se iluminaba. No hacían falta enchufes, se encendían gracias a los campos electromagnéticos generados por las líneas eléctricas de alta tensión. El aire era una enorme batería. Cinco años después volví a ver un segundo documental, hecho por el mismo autor, para una televisión autonómica. En él, los artistas estadounidenses Larry y D. Kine colocaban cientos de tubos de neón a lo largo de la frontera entre México y el estado de California (USA). La instalación era contradictoriamente bella: Las líneas eléctricas que discurren paralelas al frontera de amos países quedaban iluminadas por esos tubos debido a los campos magnéticos y eléctricos que generan a su alrededor las líneas de alta tensión. Los efectos medioambientales y biológicos de esta electricidad ha sido discutida con vehemencia (pero no resuelta) por los científicos, que en algunos casos han vinculado este fenómeno con casos de leucemia.

          Recordé estos dos documentales a los pocos minutos de rodear la central eléctrica de Trespaderme. Acababa de estrenar la jornada y, con el azul aún por estrenar en el cielo, me impresionó su presencia. Al principio creí que se debía a su tamaño. A su lado todo se empequeñece. Sus megalíticas tuberías desproporcionadas hacen sentir insecto a quien las mira. Entendí que quizás le ocurriera lo mismo al pueblo: plantado allí, en su propia boca, Trespaderne no puede escapar a esta enorme incógnita que contamina su arquitectura y trazado. El ingenio me despertaba un desasosiego ancestral, como el que debieron de sentir las mujeres primitivas al contemplar fenómenos naturales enormes como las cascadas (su imaginación pobló de espíritus lo inabarcable). Por otra parte, la asimetría da miedo y este tipo de construcciones no se entretiene en contemplaciones armónicas.

          Pero media hora después de abandonar la localidad, el desasosiego seguía en pie Las grandes tomas de la central eléctrica impedían ver la unión del Nela con el Ebro. El ruido de su enorme maquinaria se imponía sobre el rumor del río, que allí era ancho y estaba rodeado de cables… había razones y sin embargo no afirmé las razones de mi malestar hasta que llegué al pie de unas enormes agujas de hierro. Recordé los documentales y de golpe la torre de alta tensión me convirtió en un fluorescente de carne y hueso. Sé que las frecuencias de las capas magnéticas y eléctricas afectan a los tejidos biológicos aunque los científicos aún debaten las relaciones entre el tiempo de exposición y el tipo de cáncer. El Ebro lleva años allí, y Trespaderne, y los árboles que piso… todo me pareció a punto de encenderse…

El instinto es la voz de los antepasados

          Pero pronto de un malestar pasé a otro: me perdí en una selva absurda. Las zarzas cubrían el lugar, los helechos me llegaban a la cabeza… Durante una hora el Ebro se convirtió en un paraje caótico y entonces ocurrió algo extraño: un instinto antiguo empezó a organizar el entorno. Me comporté como los primeros nómadas del neolítico: observé el mundo a partir de mi lógica. Cuando el bosque ciega el camino, la luz podría anunciar un claro, un sendero. La huella de un carro, la calzada de una oveja, la mies vencida por unos pies, indican que cerca hay vida humana. El alivio siempre llega más rápido por el oído.

          Situé en el espacio el ladrido de un perro, el sonido de los coches, las voces, las campanadas que anunciaban la misa de 11 en Cillaperlata. Todo esto ocurría detrás de un muro de vegetación que aún tardé 15 minutos en atravesar.

          Cuando inicié mi primera conversación llevaba ya cinco horas andando. Un par de hombres charlaban en el parque “Felipe el Gaitero”.

          – “Tocaba en las fiestas con su hermano Santiago, que era tamborilero y bombo; Felipe murió hace cinco años y ahora el otro festeja sólo”.

          Ambos señalan con el dedo el lugar donde trabaja un pequeño tractor.

          – “Desde la concentración parcelaria son pocos los que cultivan la tierra”

          Hace poco más de treinta años esas máquinas llegaron al lugar y forzaron la unión de fincas porque de otra manera no sería posible arar ciertos rincones. Ahora sólo son dos los labradores que trabajan ese tramo de la tierra. Los bueyes han desaparecido. Los establos son garajes.

          – “Figúrese que llegó a haber hasta 70 parejas de vacas en el pueblo”.

          El Jerea une sus aguas a un famélico Ebro. Hace varios kilómetros que el grueso del río fue desviado por un canal para alimentar la central de Quintana Martín Galíndez, una sangría de agua que deja destartalado al Ebro hasta el punto que la escalinata que he visto al pasar lleva agua para la pesca y para limpiar las márgenes del cauce porque de otro modo se convertiría en agua estancada.

El anciano me enseña su cueva y se hace niño

          Fidel Llorente se ofrece a enseñarme un rincón exquisito de su pasado. Le sigo; a sus 78 años tiene una forma de mirar tan limpia que estimula. Para dar solidez a nuestro itinerario me explica que en la vecina ermita de Encinillas tuvo lugar “la batalla del Negro día” entre cristianos y musulmanes. Pasamos por un camino estrecho. A pesar de su edad y su cojera, Fidel demuestra ser muy ágil. Al cabo de unos minutos llegamos a una cueva que mira al Ebro desde arriba y que orada los pies de una casona. La recorro en silencio sin saber qué festejar. Fidel incorpora con una voz quebrada y cantarina el “valor añadido”: aquí han vivido gitanos y maleantes, se llegó a hacer partidas de bolas y él aprendió jugar a las chapas. Suelta los datos sin orden, como quien recuerda en alto, sin voluntad de hacer historia. El espacio que hoy cubren helechos y espinos cobra vida con su memoria.

          – “Aquí ya no crían los pájaros”

          Recuerda que en la piedra había una sustancia que ardía como la pólvora y que aquí los jóvenes robaban madera y hacían fuego, y quizá algo más. Le señalo una grieta y me explica que se conoce como la “gruta del moro” y que sube al pueblo.

          – “Hoy sólo vive un topo”.

          Al lado, otro hueco; “el covanuto”, que llegó a tener puerta. Fidel dice que no va a la iglesia desde que se llevaron a la virgen de verdad y dejaron la de escayola, fue el principio de un desapego que hoy le lleva a estar empadronado en Vitoria (aunque resida en el pueblo) porque aquí se paga la ambulancia y él lleva 5 operaciones en las piernas. La última fue por culpa de la moto, una antigua y de pequeña cilindrada, que sigue usando para ir a Trespaderne. Antes de volver a encontrarse con sus amigos me lanza la última confidencia: es viudo y amó a su mujer hasta el último día.

          Rescato la historia de Fidel como si hubiera ocurrido hace muchas vidas y tan sólo ocurrió esta mañana. Quizá sea este sol que agota cuando estalla. Afortunadamente ahora está ahí fuera y yo no tengo más luz que el neón que alumbra el rincón más oscuro del bar de Quintanaseca.

Los cazadores dentro, las mujeres fuera 

          El responsable del local bromea con un grupo de vecinos que consumen alegremente sus cervezas antes de comer. Las fiestas del pueblo terminaron la semana pasada pero aún dan para bromas. Le reprochan que en las del año anterior organizó un espectáculo de boys para las chicas en un lugar poco recomendable: junto al cementerio y tras la iglesia.

          – “Este año no ha habido bemoles para repetir, ¿eh, Isaías?. Que te has rajao…”.

          ¿Dónde están las mujeres del Ebro?. Tengo la sensación de que mi recorrido y el suyo no coinciden. En la mesa de al lado dos hombres hablan de caza; que si la trucha de Pancusión ha terminado con la nativa porque es muy feroz; que si el ICONA ha traído a la zona el cangrejo rojo, una especie tan feroz que sale a la huerta a comer lo que siembran y ha acabado con los cangrejos autóctonos…Escucho que al lado del Ebro hay patos, gallinetas, corbaranes, garzas, y que el mayor de los dos encontró ayer un corzo muerto en el canal de Iberduero.

          – “Fue a beber a Cillaperlata y debió ahogarse. Es una trampa natural”.

          Asegura que el canal es zona de suicidios. En los últimos cinco años se han tirado a él tres personas, en el tramo que va de Trespaderne hasta aquí. Según sus cálculos son más de cuarenta los que se han ahogado en la historia del canal. Es fácil inmolarse allí porque el agua pasa con mucha fuerza. La única que se ha salvado ha sido la panadera de Frías, que se cayó con el coche pero que logró salir por la ventanilla gracias a que tiene unos brazos muy fuertes y se agarró a la cadena que había a uno de los lados del canal, de la que estuvo colgada media hora. Fue entre dos puentes. Iba con toda la familia y salió la última.

          – “Debería estar vallado porque va a nivel de tierra y hay carretera al lado”

          La frase es de Isaías y va dirigida a mí. Enseguida me explica que caza y pesca están tan vinculadas con su “tasco” que sus clientes pueden acudir allí no sólo para hablar del tema sino para sacar la licencia de pesca.

          Cuando salgo del bar encuentro a las mujeres. Gozan de la sombra y de los hijos sentadas en las escaleras. No estaban allí cuando entré. Al verme una de ellas señala con el dedo las esponjas que llevo en los hombros. Explico que evitan el roce de la mochila en mis hombros. Ríen. Otra me hace llegar un par de toallitas para mejorar mi apaño. Me recompongo delante de ellas.

Tres mujeres de Trías

          Dos horas después, el derruido castillo de Trias se pega como una falda a las viviendas apiñadas por falta de espacio y la ciudad conserva su muralla. El amarillo de la toba me acalora, me da la sensación que refracta el sol. Me ahogo. Llevo marcada en la espalda la forma del petate y la picadura de una avispa en la palma de la mano derecha. El camino estaba lleno de frutales e invernaderos. Bebo. Bebo y miro tras los ventanales.  Cerca hay un merendero, un camping al otro lado del río y una playa en la que se refocilan bañistas bulliciosos y sin embargo elijo este local como refugio. Me arden el cuello, los pies y las manos. Necesito el aire acondicionado.

          Sonia, Mari Cruz y Mari Carmen, salen de la cocina y se sientan a tomar un respiro en una mesa cercana a la mía. Mujeres del Ebro… de forma natural, se convierten en coyunturales cronistas:

          –  “Los pocos viñedos que se ven aquí producen un chacolí agrio, de nueve grados, pero no se vende, porque las vides pertenecen a particulares”

           – “Cerezas, esas sí que son buenas”

           – “Las lechugas van para fuera, Bilbao, Burgos, Guipúzcoa…”.

          Entra en el bar un bañista, con el pelo, las chanclas y el calzón empapados, y pide varios helados. Las cuatro mujeres miramos hacia el lugar de donde proviene: El agua llega escasamente a la cintura, como en las bañeras de casa. Los veraneantes se refrescan junto a la salida del sumidero del camping; otros, en tierra, duermen la siesta dominical bajo la sombrilla y junto al coche. Los vestuarios y servicios están abandonados entre los nuevos chopos y los juncos del agua. Más cerca del local, el puente, con sus formas románicas y góticas.

          – “Mide 13 metros de largo… y tiene 9 arcos”.

          Junto al cliente, en el lugar más aireado de la barra, una fuente ofrece tomates de la zona, de invernadero.

          –  “El agua para el regadío sale de la central de Tobera, no del Ebro. Han llegado a poner multas por regar con el agua del río”.

          Las tres trabajan en la cocina de El Albergue pero sólo una, Sonia, parece disponer más libremente de su horario. Es la dueña del establecimiento. El ayuntamiento le concedió a ella y a su marido el terreno por treinta años y con él han culminado su sueño: dejar Vitoria e instalarse en un pueblo donde fundar su familia. Ahora, con tres hijos y negocio propio, lo único que les preocupa es que la escuela tiene los días contados. Pego la nariz al cristal de los ventanales.

          –  “Este año hay 20 alumnos, 10 de entre tres y siete años. Los que tienen entre ocho y doce estudian en el piso de arriba. A los doce se van a Medina-Pomar. Como no se anime otra familia a venir con sus niños pronto tendrán que cerrar”.

          – “Cuando el río bajaba más limpio era una chopera, pero se caían las ramas en el invierno y quitaron los chopos viejos. Por eso ahora lo que ves es una playa sin sombra. Hace cinco años plantaron nuevos, pero no es lo mismo”.

          – “No sabes cómo se queda atascada el agua ahí mismo, junto al puente. Cada quince días o un mes abren el canal para que no apeste, pero no siempre se consigue. Antes pasaba una máquina para limpiar el río, pero ya no”.

          Los veraneantes. Quizá no duerman y estén muertos. Miro con malestar la empinada cuesta que me separa de Frías y dudo si alcanzar su centro o no. A la sombra de la fortaleza crecen dos barrios. Las calles están tan empinadas que algunas viviendas se asoman al borde del precipicio de forma temeraria.

Las  moscas me llevan a Julio

          La carretera hacia Montejo de Cebas avanza encajonada entre matas. Las moscas me comen la oreja. Encuentro dos lavaderos levantados en fuentes sin agua. Imagino que hasta aquí venían las mujeres a lavar, cuando el Ebro bajaba crecido. Según el mapa, aquí los montes se llaman “los baños”, probablemente en homenaje al antiguo balneario con el que me topo tras un corto desfiladero. Sólo dos de los edificios originales han sido recuperados como campamento juvenil en verano; el resto languidece entre las sombras. Poco después de entrar en Montejo, un cartel anuncia que el Ministerio del Interior, el de Fomento y la Diputación Provincial de Burgos, son responsables de las infraestructuras derivadas del plan de emergencia nuclear. Al lado, otro explica que, en caso de emergencia, la casa de cultura sería la zona de refugio. Vuelvo a incomodarme. Por lo visto la sensación se empeña en agarrarse a mi pecho y no soltarme.

          Al cabo de media hora estoy esperando a un profesor en el jardín de su casa, en Montejo de San Miguel. He gritado su nombre en los rincones de la finca, que se levanta junto al cementerio, pero Julio Alberto Martínez no está. Me lo ha dado Charo, una vecina. Me encontré con ella en el puente bajo el que el Ebro discurría cubierto de papeles, vasos de plástico y restos del poliespan. He llegado hasta aquí siguiendo todas sus indicaciones: subí la escalerilla, labrada en una madera que ha caído por las obras; dejé a un lado un cartel que anuncia una senda “de la vega”; pasé delante de algunos miradores hasta alcanzar otra flecha de madera en la que se lee “la fuente” y explica que de ahí parte la “senda ecológica de la presa a la ermita Montejo de San Miguel”…

          Julio Alberto es alto y con barba, lleva gorra con visera roja, parece un niño al final de un partido de fútbol, feliz y agotado. El pueblo anda en fiestas y para él son importantes pues sirven de apoyo para las subvenciones de los fondos europeos. Este año han organizado el día del pan, el del embellecimiento, el de la bicicleta, la jornada ecológica, un viaje cultural, la noche astronómica, 24 horas de bolos, manualidades y, para terminar, la gran cena de hermandad y gracias a esta organización han conseguido, que el horno que dejó de funcionar hace cuarenta años sea hoy el lugar en el que se preparen los panes del concurso.

           He llegado a este Montejo el día en que celebraban las 24 horas de bolos y nadie ha dormido lo necesario, incluido el propio Julio, al que se le caen los ojos y aún así aguanta, como si la camiseta en la que anuncia la convocatoria fuera una armadura que le mantuviera en pie.

           – “Vivo en Getafe. Tuve que dejar el pueblo a los 10 años para estudiar y desde entonces padezco de saudade. Es una cosa que no supero”.

          Ahora entiendo la razón de tanto esfuerzo: no consigue olvidar la infancia. Esta convencido que sus iniciativas y la participación de todos han logrado mantener vivo el Montejo de su niñez (que en verano pasa de 14 a 80 habitantes). Me comenta que sus sendas ecológicas recorrerán una parte del futuro “Parque Natural de los Montes Obarenses”, que se extendería por la Sierra de Arcena, los Montes Obarenses y el desfiladero de El Sobrón.

          Al hacerle un comentario sobre el balneario se pierde en el interior de la casa. Al poco rato aparece con un amarillento díptico en cuyo encabezamiento se lee “El Balneario de Montejo”. Es uno de los muchos documentos que ha recuperado en estos últimos años. Dice: “Está montado con gran sencillez, limpieza y confort moderno. Altura 550 metros sobre el nivel del mar. Clima tónico, estimulante y fresco. Valle espléndido, por sus campos, frutos y paisajes. Cielo puro y atmósfera saturada de esencias por las plantas aromáticas. Residencia ideal para una temporada de aguas y para reponer la salud perdida y combatir el insomnio”.

Los secretos de Montejo 

          Julio añade que una señora llegó embarazada a Montejo en uno de los coches que cada tarde unían Bilbao y Burgos hasta que estalló la guerra. La dama tuvo que quedarse aquí los tres años del conflicto, mientras su marido sobrevivía en Madrid. El niño murió pero los padres no. A pesar de la contienda, la mujer pagó religiosamente el coste de su pensión completa (para “agüistas” 15 pesetas y para no “agüistas” 17 pesetas). Ante mi avidez de historias, el profesor explaya su espíritu didáctico. El constructor del balneario registró “Manantial Errasti” como marca y comercializó las aguas, cuyos componentes oficiales eran: “bicarbonatadas puras, radioactivas, indicadas (por su composición) para las enfermedades del estómago, intestinos, vías urinarias, diabetes, hígado, artritismo, gota, infecciones gástricas, reúma, piel…”

          Su hermana le apremia desde el balcón. Tienen una cita pendiente. Su reclamo llega precisamente cuando Julio recuerda la riada del 22 de diciembre de 1982.

          – “Ese día llegaba hacía calor. Se debió deshacer la nieve que había caído los días anteriores, hubo descoordinación entre los embalses, el caso es que esa noche el río llegó a cubrir el bar del puente de San Miguel. Esa fue la última vez que se desmandó. Antes nadie olvidaba que es un ser vivo y que son aprovechables hasta sus riadas. Por ejemplo, tras las crecidas, los vecinos acudían a la orilla y señalaban los troncos que traían las aguas y luego se los llevaban a casa”.

          También sabían sacar riqueza en los momentos de sequía. Había métodos exquisitos, como  el que usaban en la zona de “riocañal” a la altura de la Puentinueva. Consistía en trazar con juncos unas sendas que conducían el agua escasa hacia uno de los bordes del río, en diagonal. A modo de “almadraba de ribera”, los peces pasaban por una garganta y quedaban “enjaulados” en un espacio reducido donde se pescarían con nasas y botrinas. Esta forma de pescar estaba tan reglamentada que hasta se daban concesiones que se heredaban de padres a hijos. Y frente a ellos, los desposeídos elaboraron refinadas formas furtivas de pescar. Pero hoy el Ebro baja cada vez más vacío. Los vecinos han llevado quejas al Seprona, la Junta de Castilla-León, Iberdrola… sin que nadie aumente su caudal.

          Antes de entrar en su casa y dar por concluida nuestra conversación, Julio me propone que pase la noche en la antigua “casa del maestro”, de la que tiene llave y que hoy es punto de encuentro de jóvenes y almacén de reliquias. Acepto, encantada, y me acompaña hasta la puerta. La casa, con solana que mira al sur, es muy amplia en su interior. Tiene unas escaleras con pasamanos de madera bien conservados, baño a la derecha (con lavabo y WC) y el resto de estancias. La cocina debía de estar en el piso de abajo, donde hoy se acumulan tejas y material para manualidades y otros menesteres. Hay unas tres habitaciones, una de ellas con colchones.

          En la sala que hoy es “de los jóvenes” y antes fue aula, dos mozos departen acomodados en un viejo sillón. Elijo dormir en lo que fuera la residencia del maestro, en el último piso. Son ya más de las nueve de la noche, según el reloj del pueblo. Antes de que se cierre la noche acomodo mis pertenencias y salgo para picar algo en la bolera. Iluminadas indirectamente por el fulgor que sale del bar, dos enormes mesas de piedra flanquean la pista. Una es una rueda de molino encontrada hace unos sesenta años en el río y la otra una piedra, también redonda, sacada de un lavadero, donde se hacía la colada. Originalmente esta “rueda” tenía labrado un borde y unas piezas que canalizaban el agua sucia hacia el vertedero, pero hace veinte años un hombre del pueblo decidió alisar la piedra para hacerla mesa y ahora es absolutamente plana.

          Me ha dado por pensar que quizás la ex escuela sea, como ocurre en Cebas, el centro de evacuación del pueblo en caso de desastre nuclear. Quienes departen en la cantina del local me miran de forma doblemente extraña: por mi presencia y por el comentario. Por un kilómetro, la evacuación no afecta a este Montejo. ¿Sabrán las radiaciones que aquí tienen prohibido el paso?.

De panes y peces

          Indalecio Abad se presenta como “pescador” y, en un santiamén, me habla de paraísos que no conozco aunque lleve días andando junto al río, de peces como tenca, taborza, loina, negrisas, de la trucha black-blass y arco iris, de las desaparecidas anguilas y las abundantes ratas de agua.

          Las mujeres me ofrecen hogazas del pan que hornearon según viejas técnicas y me hablan de la existencia de las carboneras (carbón vegetal en leña de encina) que funcionaban en el 1900 y que también han restaurado. Otra de sus recuperaciones es la tejera, que dejó de funcionar en el último cuarto del siglo XIX y que ahora podría perfectamente ponerse en marcha. En ese momento vuelve a aparecer en el local Julio, echo un pincel, para hacerme llegar unos apuntes con los que instruye a los interesados sobre la tejera y la carbonera. Los vecinos deben saber que es un material interesante porque, todos a una, me abandonan a su a lectura mientras consumo avellanas, zumo de naranja y pico las hogazas de pan.

          En realidad se trata de un cuento basado en hechos reales: Trespaderne y Oña fabricaron carbón hasta 1965. Hasta ese año, los ayuntamientos sacaban a pública subasta la explotación de una zona del monte en la que instalarían el horno. Solían ganarla los mejores pastores, que normalmente procedían de localidades lejanas pero que subcontrataban a 5 o 6 de la zona hasta formar cuadrillas de 10 y 12 trabajadores.

          Hasta hace pocos años en el Montejo de San Miguel se aprovechaba la leña del Monte por medio de la “corta”. En torno a marzo el concejo acordaba realizar la corta (hacer tantos lotes de encinas como vecinos tenía el pueblo). Cada lote se ponían unas doce encinas de unos 25 centímetros de diámetro. Además, se convocaba una “verea”, se marcaban en el monte los lotes de encinas (descortezando el tronco de un hachazo). El concejo sorteaba los lotes entre los vecinos. Había un plazo para cortar y bajar “su suerte”. Si se cumplía el plazo y alguien no lo contaba, perdía los derechos sobre la leña. Se cortaban de tal modo los leños que regeneraban el monte.

          Para hacer las carboneras, se acondicionaban unas explanadas de 7 por 7 metros con piquetes, palos y cribas y allí se colocaba la leña. Se hacía una explanada por cada zona donde se trabajaba la leña para así evitar los gastos en trasporte. Usaban encinas, hayas, alberto (madroños), bujarro (boj). La leña recolectada se cortaba con tronzadores, hachas, machetes (cortamatas de mango corto)… y en octubre la quemaban en las carboneras.

           Una de las mujeres interrumpe mi lectura.

          – “Y qué, leyendo cosas del profesor, ¿eh?. ¿Ya sabe lo de las tejeras?. Funcionaban cuando yo era niña. Las explotaban cuadrillas de asturianos. Llegaban a mediados de primavera y trabajaban hasta mediados de otoño. Horneaban tejas y ladrillos con leña que ellos cogían. La arcilla la sacaban del monte y las amasaban con los pies”.

          Se calla, como si de golpe se le hubiera olvidado todo.

          – “¿Ha oído hablar del carcavón?”.

          Un hombre viene a recoger a su esposa antes de dar la última vuelta por el pueblo.  Los ancianos se saludan a pleno pulmón, a pesar de que la madrugada comenzó hace unas horas. Mosquitos y mariposas revolotean junto al tubo de neón, sobre mi cabeza.

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