“Las dos orillas del río son diferentes, sin embargo, juntas llevan el agua al mar (Por si quieres reescribir las historias de amor)”   Cuando los ríos cuentan. Consejo n. 8.

En el lugar más umbrío, el agua moldea la roca, la orada, juega con ella y hace cobijos. El recorrido está lleno de cuevas que fueron vividas. Enseñan que los seres humanos hacemos hogar en el hueco de un abrazo.

“Es que la radioactividad no se ve…”

Desde hace horas juego con el azar, conmigo y el paisaje. El juego consiste en que no dejaré de andar hasta que la realidad y la palabra. Cuando ocurra, como ahora, lo señalaré en el mapa y daré fe de ello en el cuaderno: Aquí, en el puente romano que cruza el Ebro, en el corazón del valle de Manzanedo, una pintada exige “Molinos no” y mi mapa del 57 llama a este paso “Puente del aire” (me contaron ayer que los habitantes del lugar han montado una plataforma contra los molinos de viento). Ha ocurrido antes de lo que esperaba.

          La segunda ocasión no se hace esperar. Un kilómetro después del viaducto me encuentro con la ex prisión que hoy es presa y empresa (¿Se le puede llamar a esto coincidencia o es un mero juego de palabras?). Lo tomo por bueno y observo el reciclaje: El edificio denuncia su pasado carcelario por los cuatro costados: la estructura, el grosor de las paredes, el pequeño espacio que han dejado a las ventanas, la austeridad… Para colmo de desasosiego, un cartel avisa: perros sueltos. La ex prisión es tan “auténtica” que parece diseñada por un dibujante de cómic. Estoy en uno de esos trazos de paisaje industrial que se asoman a la naturaleza con rotundidad y que el tiempo les convertirá en restos arqueológicos de segunda categoría. Arqueología industrial..

          El juego me ha hecho pasar de largo por un lugar de ensueño: un remanso en cuyo borde han construido un pequeño espigón de madera para pescar. Allí, el Ebro se relamía tan sólo a un kilómetro del río Rayas, e invitaba a la serenidad. Por no romper el juego he andado despacito, como cuando observo con detenimiento el rostro de mi amado, cada uno de sus pliegues, sus lunares, los surcos de su boca… y los repaso con la punta de mis dedos. Probablemente la eternidad se cultive cuando se alargan este tipo de encuentros, de hecho hasta aquí me templa el sonido del agua, a pesar de que ya estoy en la zona más ajetreada del pueblo, el único de la zona que parece haber crecido en las últimas décadas. Hago buenas migas con la camarera.

Parada y fonda en el destierro del Cid

          No doy crédito, 500 metros después vuelve la realidad a darle la razón a la palabra: Música, máquinas tragaperras, barra de metal. No imaginaba que me apeteciera tanto un chute de “urbanismo”. El café se denomina “El Parador” y se levanta precisamente en la zona que en el mapa figura como “Los Paradores”. Es decir, que he parado en El Parador de Los Paradores, donde otros como yo hacen lo propio y que siempre fue lugar de cita de buses, carros, etc.

          Sus comentarios ilustran el punto del mapa que pringo con el dedo por culpa de la mermelada. En el siglo IX se estableció en la zona una legión de eremitas que habitaron cuevas y abrigos en los más recónditos lugares. La ruta del destierro del Cid pasa por la zona…

          – “Hay turistas que hacen ese recorrido y paran aquí y les oigo. A mediodía vendrá a comer un autobús con 54 personas”.

          Tomo el atajo que me recomienda una anciana del camino. Comienza antes de llegar a la panadería y lleva al mismísimo borde del Ebro. Un anuncio pintado en la pared de una casa que está en venta me avisa que ésa es una “Parada autorizada de sementales”. ¿Significa que los sementales están condenados a no pararse nunca hasta que se les dé permiso?. ¿Se podría parar allí un no-semental?. ¿Los sementales van en grupo?… Llego al Ebro divirtiéndome con estas elucubraciones. En la otra orilla, los chalets con vistas a la vega se multiplican. No son granjas, no guardan relación con la ganadería ni con la agricultura, sus tierras son jardines donde se prodiga el césped. Es la primera vez en este viaje que distingo prado inglés tras una verja y me molesta. Algo que asumiría como zona verde en Madrid aquí me escandaliza y lo hago sin más argumentos que el sentido común: ¿Por qué domesticar el verde que a la naturaleza tanto cuesta mantener en pie?. Y encima de forma innecesaria.

El jardín de Carlos Manostijeras

          Camino apuntillada detrás de un seto para ver qué esconde. A mi paso el palenque se convierte en un kinetoscopio gigante que muestra a un hombre creando una figura con una masa oscura y a una mujer haciendo conservas de anchoas en el rincón opuesto del jardín. En el último fotograma él asoma con una sonrisita tras la verja y me invita a entrar. Así es como me cuelo en esta extraña película.

          Me conocen de antes, me vieron en Valdenoceda y creían que era un chico, a pesar de mis pantalones azules con pompones blancos y mi camiseta con ribete calado. Cuando se dieron cuenta que era chica se sorprendieron, hablaron, llegaron a conclusiones… y ahora estaban encantados de ponerme nombre y piel. Se presentan. Son Carlos Fidalgo y Uti Nieto. El jardín está lleno de animales de barro, estatuas que parecen a punto de salir a correr. Caigo en la cuenta que desde hace ya muchos kilómetros el único ganado que he encontrado son estas bestias de barro. Carlos me explica que para reinventar la burra tuvo que preguntar a los lugareños cuántas tetas tenían sus acémilas, y descubrió que nadie se había parado a contar. Respuesta: dos. Carlos y Uti protestan porque tampoco hay peces.

          – “El progreso ha cambiado la afluencia de las aguas”.

          A pesar de todo, han llegado a ver nutrias en épocas de bonanza, algo que siempre han creído un síntoma alentador. Si están ellas es porque pueden comer. Uti (de Eutimia) me ofrece un par de huevos fritos. Por no parecer descortés acepto el café con leche y las rosquillas.

          –  “Andar, así es como verdaderamente conoce uno”.

          Carlos inicia con esta frase un viaje al pasado, cuando su madre, sardinera, caminaba por los pueblos de Bilbao con una cesta en la cabeza. Se emociona. El susurro de los aspersores mantiene en el aire la gloria que alguna vez se hizo un sitio en esta zona. Durante los siglos XV y XVI este lugar era conocido como “Camino del Pescado”, una ruta que comunicaba Madrid con Bilbao, Santoña y Castro Urdiales y que pasaba por Puente Arenas, seguía hacia Medina de Pomar, para enfilar por el collado de Los Tornos hacia los puertos cantábricos. ¡Cuarto encuentro entre la realidad y la palabra!: hoy el hijo de la sardinera alcanza su vejez en el “camino del pescado”.

          Uti cree que sonrío por las rosquillas y me regala una bolsa “para el camino”. Su marido sigue en sus monólogos.

          –  “Esto no es arte, es oficio. Soy peluquero”.

          Se me ablanda el corazón, pero el silbido del aspersor me pone en mi sitio. El cuidado del césped eleva caprichosamente el consumo del agua en zonas en las que las corrientes subterráneas están cada vez más secas. Me siento Alicia moviendo ficha en un extraño tablero de ajedrez gigante. En eso ando cuando aparece Ana, la hija de Uti y Carlos, una morena, contundente y dulce que ha salido de la casa para ofrecerme una ducha reparadora, le respondo que debo irme, entonces, a cambio y me regala un deseo:

          – “Mucha luz para tu viaje… y mucha sombra donde guarecerte”.

Un corzo en medio de la algarabía

          Salgo rumiando frutos secos y pensamientos sobre la luz, sobre mi ceguera, bajo un sol que ya empieza a marcar su territorio. La vía para bicis que lleva hasta Condado se transforma en sendero de pescadores. Una vieja chalupa espera que sus dueños la recojan, atada a la orilla con una cuerda. En el km 526 de la Nacional 232 me encuentro con la primera fábrica de piensos del viaje. En algún lugar deben encontrarse sus comensales, que ni veo, ni oigo. Les imagino bajo techo, estabulados, enfajados en cajas gigantes, cebados, paridos para generar alimento. Carne presa. En una playa artificial construida en el margen izquierdo del Ebro retozan los niños. Lejos de complacerme, la imagen me espanta: Han amputado un dedo al río para poner otro de plástico, de diseño ergonómico y bien enjoyado.

          Un grupo nutrido de adultos, hijos y propiedades (coches, paellera, balones y paletas) beben agua helada a la altura de Condado, que se oculta tras el follaje del otro margen del río. Imagino el hielo rompiendo mi gaznate con un ligero dolor agradecido y valoro la profusión de neveras con las que viajan. A pesar de todo, y dueña de mis propias contradicciones, observo con cierto desdén a los que son capaces de comer, dormir y festejar al lado de sus autos. Pocos metros más allá la naturaleza responde con su propia paradoja: precisamente en el lugar más humanizado por el que he pasado en los últimos días salta un corzo. Estamos solos. Me mira de lado unos segundos antes de desaparecer. Es nuestro secreto.

           De repente el río se esconde inevitablemente tras un risco. Espero reencontrarme con él en cuanto dé la vuelta a la enorme circunferencia de su base pero no es cierto, nuestros caminos se han separado. El mío discurre a través de campos de cereales segados y sin sombra. Los dueños de las parcelas han adaptado la geografía a las máquinas, trazando el cultivo con rectas que esquinan el borde del río. Se han deshecho de las hayas que entorpecían el paso de los tractores, por eso no encuentro más que suelo erosionado, una tierra de humus escaso, sin la flora y la fauna que hace tan sólo unas horas envolvía el cauce. Algunos enmarañados brotes verdes, como un sarpullido, se asoman al río lejos de mis pies. Ahora entiendo la fábrica de piensos y la ausencia de las bestias: sin los pastos, los animales además no están a salvo  del viento o del calor.

          Al fondo se dibuja el perfil de Panizares. Cereceda no debería quedar a más de cuatro kilómetros. Bajo la escasa sombra de un arbusto con aspiraciones a árbol, bebo un traguín de agua y me inflo de avellanas. Me imagino chafada en el asfalto, como un gato atropellado. No, mejor soy mancha de aceite sobre el ya negro alquitrán.

          Me rescata un auto que huele a manzanas. Cruzamos el puente sobre el río siguiendo una carretera llena de curvas que impresionan más en coche que andando. En el lado izquierdo del cauce, a más altura y en canal, se dibuja la enorme cañería que lleva el agua del Embalse de Cereceda a Trespaderne. Este año, con tanta lluvia, se va desbordando por el camino. Me cuentan que se trata de una jugosa trampa para los venados, pues el canal es una barrera que fragmenta su hábitat. Imagino “mi” corzo atrapado entre una y otra recta. Como si leyera mi pensamiento, el conductor cuenta que los animales no se atreven a cruzar el canal que les separa del río porque ya han aprendido que cuando van a beber, muchos caen.

          Llego, me apeo, agradezco, me escondo en la sombra. Un cartel avisa que el manantial lleva tan poca agua que está prohibido usar la fuente para lavar coches y regar. No pone nada acerca de mojar los pies de modo que los calmo en el agua fresca del manantial, en plena plaza del pueblo. Tres ancianos cabecean la siesta en un banco de piedra, junto a la pared de una casa donde otros la guardan en cama. Miran de frente en silencio, ni se tocan, lo hacen de forma oblicua, sin mover el gesto… Yo a lo mío: Imagino que estoy repitiendo gestos antiguos en los que ellos leen más que yo. Al cabo de unos minutos me salto las normas de mi juego y, tras lanzarles un saludo masticado, me siento en el mismo banco. Hacemos fila codo con codo. Observamos el paso de los autos. No hablamos. La dueña de la casa sale de su residencia y rompe el silencio.

A la sombra… pero sin cerezos 

          –  “Les echaré un jarro de agua un día de estos”

          El más adusto de los tres ancianos levanta la garrota con ternura inesperada.

          –  “!Anda que te doy!”

          – “¿Por qué no pones jotas?”.

          – “Porque a quien echarían del pueblo sería a mí, charlatanes”.

          Con la misma naturalidad, la mujer me ofrece comida, ducha, agua… acepto una botellita vacía. Le digo que soy de Madrid y le entra esa absurda camaradería que une a quienes se han criado en la misma tierra, aunque en otro contexto podrían ser enemigos: ella es de Getafe, pero su marido nació en este pueblo.

          –  “Y ahora andamos enganchados aquí”.

          A los tres ancianos y a mí nos hacía falta una relaciones públicas. A los cinco minutos sé que Blañas nació en Lugo pero se afincó aquí por razones de trabajo en el 57.

          – “El año en que levantaron mi mapa”

          –  “Son muchos años de carril”.

          En total setenta y siete. Trabajaba plantando pinos. Grabo en mi memoria su cara rojiza, nariz afilada de enormes agujeros y ojos enfermos. Desde que inicio la conversación hasta que me voy, permanece sentado, apoyado en su cava, como Pedro, el resinero y dueño del bastón, pero Blañas con mucho más sentido del humor. Pedro habla poco y cuando lo hace es sobre la empresa Arregue, que empezó a construir el canal en el 47.

          Enseguida sacan a colación la central de Santa María de Garoña, que según sus recuerdos, está perjudicando a los frutales de la zona y sus habitantes. Para convencerme, me animan a que vea con mis propios ojos el aparato que han instalado en la iglesia y que un operario viene a revisarlo una vez a la semana más o menos.

          – “Mide la radioactividad”.

          Me acerco a él. Se trata de una especie de buzón con forma de caseta, de madera, algo azul y de apariencia inocua. Cuando regreso les comento su cándido aspecto.

          –  “Es que la radioactividad no se ve” –puntualiza Blañas.

          – “Ya ni el nombre del pueblo vale. ¿Has visto cerezas por algún “lao”? Pues esto era un vergel”

La resina sigue esperando

          Lo que antes era ingreso de familias enteras ahora sólo da de comer a un agricultor que vive en Hoz de Valdivielso, el resto es autoconsumo para los jubilados que allí residen y el par de familias que viven de la construcción. A golpe de vista sólo encuentro un cerezo cerca de la venta que se abre junto a la curva y algún que otro a lo lejos, salpicando la carretera.

          – “!Si ya ni se resinan los pinos!”.

          Ahora el que habla es Pedro. Recuerdan que aquel trabajo marcaba los calendarios. De mayo a octubre, seis meses entre el sudor de pinos, una resina que se metía en los pucheros cuando las temperaturas eran más altas. Pedro sangraba el árbol y luego los remesadores recogían el ámbar con burros, pues llevaban tarros enormes donde vaciaban los pequeños recipientes de barro que estaban clavados en el pino. El anciano dejó la resina hace cuarenta años y se marchó a El Aaiún y Villacisneros a buscar petróleo, y allí estuvo nueve meses, trabajando para los americanos. Según cuenta, ganó con el cambio, porque los pinos exigían andar mucho (tenían que resinar de 500 a 1000 troncos al día).

          Observo sus pies, los míos, el desfiladero de la Horadada, trufado de quejigos, hayas y tejos, y echo a caminar como si no fuera conmigo. Simplemente discurro. El suelo vuelve a levantarse a los lados, dando paso a lenguas de tierra y verde. Atardece a tan sólo tres kilómetros de Trespaderne en un lugar que concita a una decena de turistas. Son junto a las Cuevas de Tartalés de Cilla, también conocidas como “Las Cuevas de los Portugueses”, una excavación realizada por los obreros del tren que unía la localidad con Santander. Uno de los visitantes que escudriñan tras las zarzas y en las entrañas de la roca, comenta que los obreros llegaron a esculpir mesas y bancos para mejor acomodo de su miseria. Dicen que aprovecharon el paso de otros, pues el lugar fue asentamiento prehistórico y hábitat de eremitas durante la alta Edad Media. Quiero tocar los muebles pétreos. Estoy convencida que estas cuevas no envidian a los hogares convencionales. Ha llegado la hora de buscar refugio.

          El lugar cobijó a los obreros que levantaron el canal de Iberduero y a los que construyeron la carretera, junto a él se instaló una serrería hidráulica y llegó a funcionar como hospital de malantes (apestados). Las sombras se cuelan en mis pesadillas: rostros de eremitas necesitados de sexo, violadores, muertos…

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