“Ten en cuenta que un defecto no es más que una virtud en demasía. Harás personajes muy humanos”  Cuando los ríos cuentan. Consejo n. 7

Los pueblos desaparecen, las casas se deshacen… Niebla silenciosa entre los árboles. Así es el reino del agua.

 

Lugares que desaparecen de los mapas

Algo pasa. Llevo horas andando con la incómoda sensación de no estar enterándome de algo. Me quedo quieta junto al río en este bando de ciudad de Ebro. Es la hora de la siesta. Sólo los niños juegan en la plaza del pueblo, junto a las bicicletas. Debería saberlo, llevo siete días junto al río. Tomo agua de la fuente, no tengo hambre, estoy demasiado cansada. El mapa me da indicaciones que no me sirven (las minas, los pozos, los oleoductos), o que no soy capaz de entender (curvas batimétricas y altimétricas, vértices geodésicos), o que nunca he visto (desmontes), o que, aún conociendo su significado, soy incapaz de matizar (entre camino carretero, senda y vía pecuaria, por ejemplo)… Me gustaría que explicara cómo encontrar el consuelo del día cálido, de la infinitud del cielo y el canto de los pájaros, pero de eso no entiende.

          Hay algo que no encaja. Repaso en mi cuaderno de viaje la memoria de la jornada y llego a la primera conclusión: esta mañana regresé al camino como si lo aprendido en mis primeras jornadas de caminante hubiera desaparecido de mi memoria. Por lo que se ve, he vuelto a ser toda músculos y huesos después de un dulce sueño, pero de nuevo en la realidad, ya despierta, siento que algo ha cambiado. Es una sospecha inquietante. Entiendo a Kafka… Buscando el final de mi malestar, repaso: Pedro me acompañó durante un trecho por senderos pegados al río. Se empeñaba en señalar donde yo no veía: en las casonas armeras que se han recuperado en el camino, en sus cobrizas piedras, en los molinos eólicos que se asoman al final de las rocas, el puente romano mal reconstruido de Villanueva-Rampalay, el vuelo de la graza entre buitres…

Yo no veo lo que es y lo que me cuentan no existe

          Ahora caigo en la cuenta que esta invasora ausencia subrayaba a Tubilleja y sus abandonados árboles frutales. Dos jóvenes pasaban en kayak cerca de Tudanca cuando nos despedimos, a los pies de un atajo que llevaba hacia Vallejo. Después… caminé enfadada; el relato de los demás no encajaba con mi experiencia, la realidad y las palabras no coincidían y eso siempre me crispa. Tras infructuosas subidas por riscos más propios de una escaladora que de una caminante, volví al punto en que me despedí de Pedro en busca de alguien que volviera a indicarme cómo caminar junto al Ebro, y encontré a José Luis Estrada, alcalde durante veinte años, y en cuyo sillón consistorial hoy se sienta su hijo Luis Mariano.

          Se ofreció a sacarme de mi laberinto. Me encauzó por él a golpe de anécdotas. Me contó que en su infancia llegaron a ser veinte chavales en esa escuela en la que le encontré, hoy local que regentan entre todos los habitantes del pueblo para hacer tertulia y vida social. Lo abren en verano, por turnos, mientras en invierno las cuatro casas que permanecen abiertas se responsabilizan todos a una de su gestión. Acostumbrado a ser el único residente del pueblo (con su familia) durante años, valora “la moda de recorrer senderos”. Así me veía él, una chica que lleva la moda hasta el extremo.

          – “Vivir solos era triste, sobre todo en invierno. Tenía internos a los pequeños en Medina de Pomar” – José Luis tiene tres hijos- “Venían una vez al mes y cada ocho días les llevábamos ropa limpia. Nos organizábamos entre los padres porque no podíamos estar yendo y viniendo todas las semanas”.

          Hablaba con soltura, siempre a punto de la guasa. Escribí al dictado sus experiencias, que ahora leo: “Sólo tiene vacas pero antes también tenía tierras, mieses de trigo, cebada, cereales (yeros) para animales, centeno y patatas. Del trigo sacaban el pan que las mujeres cocían en los hornos y el resto se utilizaba tan sólo para alimentar al ganado. Quienes no tenían hornos cocían en horneras comunes. Iban a moler al molino de Tubilleja, porque allí había piedras muy preparadas. El trigo se molía en una piedra blanca mientras que la negra era para los cereales de ganado. Cobraban una “maquila” por usarla. Por cada arroba pagaban dos libras (no llega a un kilo). Moler diez arrobas costaba 20 libras (eso era la maquila para el molinero). Así ocurrió hasta hace treinta y cinco años, pero en los 60 se quedó sólo, todo el mundo emigró a Bilbao, atraído por la industria, y hoy los únicos que han vuelto son familia suya y los hijos de los que se fueron, que andan arreglando las viviendas de la infancia.

          De golpe me doy cuenta que ninguna de las palabras que José Luis Estrada utiliza para nombrar el Ebro corresponde con la realidad. Todo esto se parece a una locura: yo no veo lo que es y lo que me cuentan no existe. Ni siquiera el mapa sirve. Aunque el plano me asegura que Manzanadilla queda a unos dos kilómetros, continúo sin calmar esta inquietud. Discurro a ciegas, por muy orientada que vaya. Por ejemplo, a unos metros sobre el nivel del río me señaló la carretera que une el pueblo con Tubilleja desde 1988, su presencia canceló caminos como aquel en el que andamos, que comunicaban con los mercados de ganado y ferias de Soncillos, Villarcayo y Ruerrero, por la que hombres y mujeres llevaban andando a sus animales, vacas y bueyes para las ferias y cochinitos a los mercados (los miércoles en Soncillo y los lunes en Villarcayo, que era la mejor de esas ferias semanales). Hoy los habitantes de Tudanca siguen viviendo de la ganadería pero casi no cultivan, sólo un poco para el ganado, porque para usar el agua tienen que pedir permiso para el riego y se les da por horas.

          Cuánto vacío entre lo que veía y lo que me contaba. Aún ahora me asusto. Las frases que retratan el Ebro proceden del recuerdo, de la ausencia, de lo desaparecido. Eso es: lo que me cuentan no existe y lo que es nadie lo cuenta… o pocos, como Pedro y el sr. Estrada.

          A medida que fuimos subiendo, el Ebro parecía un arañazo verde en la tierra.

          – “Ahora no es lo que era. En el 41 dio la vuelta por medio del pueblo y sacó a los ganados de las casas a mitad de la noche. Fue por un desnieve, antes de que construyeran el pantano. Se usaron farolas y linternas para el rescate porque no había luz eléctrica”.

          El pantano junto el que pasé mi primera noche sola adquiere ahora otro valor: no sólo ha cambiado los ciclos del río, sino los senderos, por los que ya no puedo pasar. Mi camino, la experiencia de vida de quienes aún no habíamos nacido, también quedó condicionada para siempre. Nunca pensé que mi futuro estuviera escrito en el pasado de esta manera.

Exclamo !socorro! y Socorro llega

          Dejé a José Luis apostado en una roca. Ahora entiendo por qué no pude seguir sus consejos, por qué no soy capaz de relacionar sus referencias con lo que veo, por qué me hago un lío con medidas y consideraciones, por qué lo corto se me hace largo y confundo caminos con sendas, sendas con pistas o terrazas con simples riadas de piedras formadas por el deshielo. Mi ignorancia no sólo me pertenece. Si no distingo árboles y de nada me sirve que me haya indicado el número de hayas que me encontraré en el camino, es porque para mí los cambios de estaciones son más un producto publicitario que un ciclo de la naturaleza. No es que sea torpe sino que de alguna manera he sido desposeída. Soy pato porque he dejado de ser oca salvaje. Quizá recuperar mi identidad no consista en apropiarme de mi futuro sino en reapropiarme de mi pasado… ¿Es esto lo que pasa? ¿De ahí viene mi enfado, mis sospechas, esta inquietud con la que camino?

          Resuelvo empezar de cero: mirar por donde piso. Tomar conciencia de mi forma de pisar. Quiero apropiarme de este cuerpo al que tan poco caso hago y al que tanto exijo. Ahora entiendo por qué, cuando me topo con las señales en rojo que indican el lugar por donde tengo que ir, me entra la rebeldía: porque dificultan la recuperación de mi parte más bestia, porque me separan de mis sentidos y me dejan ciega, sorda, coja… Esas marcas me impiden escudriñar el suelo, olisquear el paisaje. Me siento una mosca diminuta avanzando junto a un trazado azul de un mapa escrito por otros.

          Me entretengo arrancando moras de las zarzas del camino. Mis tripas compiten con el zumbido de las avispas. Manzanadilla es la suma de cinco casas que parecen deshabitadas. Continúo mi camino sin cruzar el puente, por ver si en este lado de la vega mi aventura cambia el tono. Según mis cálculos llegaré a Rioseco por el camino de Retuerto. Dos horas después tengo que aceptar que me he perdido. El Ebro ha desaparecido. Caigo en la cuenta que el mapa que llevo fue impreso en 1957. El lugar que indica mi dedo en el plano no se corresponde con el paisaje. En algún momento no elegí la curva conveniente. Digo “¡socorro!” a media voz. Por lo visto esta sensación de pérdida que me acompaña durante todo el día se puede elevar al infinito.

          Pido auxilio de verdad, me siento extraviada en lo más profundo. Escondido tras un árbol, al final de una cuesta, distingo un coche aparcado de mala manera. A su lado, una mujer espera a que su marido termine con el trigo. Me acerco, la miro a los ojos, levanto los hombros, y digo:

          – “Me he perdido.”

          La señora responde como lo hacen las madres: me da un traguito de agua, me ayuda a reorganizar el petate y me acompaña un trecho.

          –  “Gracias…¿Cómo se llama?”

          –  “Socorro”.

          Por fin una palabra encaja. Mi auxiliadora se llama Socorro. He pedido y se me ha dado, de pequeña me hablaron de esto. La escucho, impresionada por estos azares: es de Villarcayo y que su hermana ha vuelto a pasar por ahí hace poco, cuando se le escapó una de las vacas, por eso sabe que aún existe el camino, aunque no su estado. Parezco muda. Andar no suaviza mi sorpresa. Socorro parece sentirse incómoda.

          – “Se lo tengo que confesar. Si le he prestado ayuda es porque tengo un nieto que también está con mochilas”

          Se emociona. Si se esmera en reconstruir el trayecto que me devolverá al puente sobre el río y a la carretera que lleva a Rioseco, no es por mí sino porque está cuidando a su nieto. Me abraza como si fuera él y llora. Me dejo abrazar. Yo también lloro. Quizás le llegue algo de esta tibieza.

Bocadillo de hombre en las Merindades

          El camino de Retuerto resulta estar semiabandonado. A mi paso se asustan las aves. Los helechos ciegan el sendero. El primer tramo, abierto por un tractor, se ha asalvajado enseguida. Paso el primer puente. Una verja fácil de vencer indica que entro en una propiedad privada. El dueño debe tener caballos (lo digo por las heces) y aunque Socorro me ha asegurado que la granja está abandonada, veo cercos usados recientemente. Debo de estar andando por donde se pierden las bestias.

          Una hora después dejo a un lado una pequeña presa que funciona a todo trapo, cruzo un breve puente y regreso a la orilla izquierda. Por allí pasa la carretera que sigue el curso del Ebro. Remolino y Hocina, que fueron pueblos en el 57, hoy son simples granjas sin puente por el que acceder a ellas. Dudo de todo y refunfuño, contra los mapas mentirosos y contra los conductores, escasos, que pasan por ahí bajo un sol de justicia y se divierten pitando cuando me sobrepasan. Llevo muchas horas sin comer.

          Kilómetros más tarde, para colmo de mi desespero, descubro que Rioseco se secó antes que el río y hoy es sólo un cartel en la carretera, una presa y la pared de lo que fue en su momento una escuela. Son las siete de la tarde. Dejo a un lado y sin pena los restos de una antigua iglesia con ventanas ojivales y elegantes que en otras circunstancias habrían atrapado mi deseo porque, realmente, estoy desfallecida. Mi única esperanza es que Incinillas de verdad exista.

          En un cruce de carreteras varias mujeres reciben el sol con los ojos cerrados junto a un hangar; dos mujeres se dejan lamer por los últimos rayos al lado de un par de ancianas. Me atuso como puedo, me acerco procurando que mi cuerpo no delate mi malestar, quiero hacerles ver que no mendigo, que por encima de mi aspecto no soy peligrosa. Soy extremadamente educada. Una de las ancianas se ofrece a hacerme un huevo frito con patatas.

          – “Se lo agradezco pero, habiendo tasca, para qué molestar a nadie…”

          Me guardan la mochila para que me encuentre ligera con el alimento. El local está situado frente a este cruce de carreteras (la comarcal y la nacional). Desde el dintel de la puerta, ordeno comida y bebida, así, “en genérico”.

          –  “¿Bocadillo de hombre o de mujer?”.

          – “De hombre, de hombre”.

          Mientras él elige los ingredientes, consumo un refresco. En pocos minutos entablo conversación con el resto de los feligreses, todos varones. Así me entero que este bar pertenece a tres pueblos (Bisjueces, Incinillas y Villalay). Carlos Hernández ni niega ni otorga mientras trajina tras la barra entre el pan y el jamón. El bocadillo rebosa por todas partes. Se lo comento. Le resta importancia.

                   – “Aquí sobra carne”.

          La de la zona tiene el sello “Cabal”, garantía de calidad del ganado de las merindades. Presume de las vacas rojas que tiene en Remolino y habla de las blancas que habitan en la granja de Hocina, ganadoras de premios en Salamanca y Portugal. El más listo del grupo, Agapito, entradito en carnes, me da una pequeña disertación sobre las merindades.

         – “Existen siete merindades mas una, la que falta es la que llegaba a Laredo”.

          Se regodea en los detalles: Bisjueces y Medina Pomar pertenecían a la misma familia (Velasco), que es la más antigua. Salazar pertenecía a los Salazar, de Navarra. El nombre de Bisjueces proviene de los dos jueces de Castilla que gobernaban el lugar.

          – “Esto pertenecía a Asturias y aquí gobernaban los condes, pero para resolver el conflicto, nombraron a dos jueces, uno era Laín Calvo, que debía ser familia del Cid, y otro Nuño Rasura. Antes se llamaba Villajarrillo.”

          También me explica que la reconquista salió de aquí y que el Ebro cumplió la función de ser frontera contra los árabes.

          – “En esta zona eran, originalmente, nómadas con ganado”.

Jesús puso el asfalto y Asunción parió sola

          Después de esta improvisada conferencia que Agapito suelta con parsimonia (mientras yo acabo con el bocadillo de hombre y él con dos vinos), se presenta formalmente: es el encargado general de los molinos eólicos. Por supuesto que le pregunto por el precio de cada una de esas torres. Me afirma que por cada molino pagan entre 15.000 y 30.000 euros. Los han instalado en La Lora, Pesquera, Villalta, La Mazorra y en la carretera de Santander, todo un record en dos años. Por el momento el único límite para este negocio es que la ley exige que existan 100 metros de distancia entre  ellos.

          Cuando me decido a salir Carlos me regala pan, queso, patatas fritas y agua para el día siguiente. Ha ido a recoger las viandas a su casa y ha seleccionado el mejor trozo del lomo de sus cerdos para que lo lleve conmigo. Las bebidas corren a cargo de él y de Agapito.

          Regreso al grupo de las mujeres dispuesta a pedirles un rincón cercano a su vivienda donde pueda abrir mi saco. Esta vez están acompañadas de un hombre también mayor, Jesús Díaz y Díaz, el esposo de Asunción González. Tiene ochenta años y ha pasado media vida limpiando carreteras pues era peón caminero. Cuando le cuento mi voluntad de andar por el borde del río, tuerce el gesto y me mira en silencio. Su hija explica que es defecto profesional.

          – “No entiende por qué no eliges el asfalto, con lo que le costó a él ponerlo”.

          Asunción se encargaba de la casa, los hijos, los animales… Lo único que no hizo fue ordeñar, porque siempre tuvo mal la espalda.

          – “Parió sola y sufrió mucho”.

          Tuvieron cuatro hijos, tres nacieron en casa y la pequeña en el hospital, en Burgos, porque ya tenía cuarenta y dos años y el cuerpo muy maleado. Fue la única vez que no recurrió a la ayuda de una vecina que hacía las veces de partera del pueblo por su condición de ser la mayor y, por tanto, tener más experiencia.

Cuando en el pueblo había bailes

          Una de las ancianas, Áurea Francisca Ruiz Díaz, prima de Jesús, explica que ella se fue de allí a Bilbao; aunque ahora ha vuelto a fijar su residencia en el pueblo, pero no en la casa donde nació. La parieron en una granja en la que luego llegaron a vivir cinco vecinos, entre ellos los camineros y el “difunto Tasio” (del que habla como si yo le conociera). Sus comentarios relajan el ambiente y entre todos recuerdan que el convento de Rioseco, del que vi unos restos en el camino, estuvo habitado hasta hace 70 años, momento en que se abandonó. Aseguran que iban a misa de pequeños.

          – “La daba Don Pedro, de Villalaín”,  insiste Áurea.

          La iglesia tiene acotado el recinto porque hay quienes se llevan las losas numeradas bajo las que estaban sepultados obispos y cardenales para luego revenderlas como mesas en los anticuarios. Está rodeada de zarzas y desde la carretera sólo se adivina un muro con dos ventanas y una enredadera. Cerca de estas ruinas, junto a la carretera, estuvo también la escuela a la que iban los niños de Remolinos y Hocina y que llegó a convocar hasta más de 40 alumnos, todos mozos de la zona. Áurea Francisca se aviva con los recuerdos:

          – “Había mucha juventud aquí, éramos muchos. El pueblo era el centro de toda la comarca. Se hacían bailes con pandereta y luego venía el tío Cirilo con el acordeón. Era el primer domingo de septiembre en San Justo y San Pastor. La fiesta tenía que ser el 4 de agosto, pero como se trillaba a mano y se recogía la mies, se pasó a septiembre”.

          La conversación avanza al compás del atardecer, frente al lugar donde hace años se levantaban la escuela y el horno del pueblo y que hoy es un jardín junto al cruce de carreteras. Los niños nos rodean con sus bicis, recordando con sus juegos que se acerca la hora de la cena. Aún así, hablamos hasta que nos vence el frío. Áurea es la primera en despedirse. Insiste en los huevos fritos. Se lo agradezco. Es entonces cuando me ofrecen una ducha y dormir en el hangar de enfrente, que ahora es sólo pulcro suelo de arena y techo de metal. Al entrar tosemos polvo, como si aquí hubieran almacenado cal. Me invade un pudor infinito.

           Entiendo porqué en los libros de aventuras el caminante que es buen narrador encuentra alimento y cobijo con mayor facilidad. Los nómadas seguro que son buenos oradores, de los pies al estómago.

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