“Los caminos hechos por los pies nunca son rectos. Tenlo en cuenta a la hora de narrar la vida”. Cuando los ríos cuentan. Consejo n. 6

El pueblo que ríe

Por fin el mundo es un cuento, sin parámetros, distancias ni isobaras, una ilusión no cotejable en los mapas.

          Las gemelas, Sue Ann y Kennia, hijas de Charo y “el alemán”, han llegado a los pies de la casa en la que he dormido muchas horas. He despertado entre risas infantiles. Soñaba que Cortiguera era un planisferio que se levantaba sobre una noche estrellada, como la que me recibió ayer. Sin abandonar mi saco, me he inventado que este pueblo resulta el envés de Tecla, una de las ciudades invisibles de Italo Calvino, cuyos habitantes prolongaban eternamente su edificación para que nunca llegase su destrucción. Aquí el proceso sería el inverso: ya abandonada, sus habitantes alargan su recuperación con la lentitud con la que los seres humanos fabricamos las arrugas de nuestros rostros. Me arrebujo en mi lecho austero que hoy resulta tan confortable, sonrío como lo hace Cortiguera dos meses al año, gracias a Pedro y su familia. Ellos dan sentido a sus calles, sus edificios abandonados, la vieja escuela, la iglesia, a este despertar por fin dulce.

          Lucas y Sandra son dos de los tres retoños de Pedro y Gema. Enrique y Martín son los de Enrique (hermano de Gema) y Natalia. Ian y Alan fueron engendrados por Fabel, prima de Gema, que ha traído al lugar a Boris y Adrián, los primogénitos de su actual pareja, Pablo. Desde aquí, en mi refugio de plumas y goretex, escucho a las nueve criaturas retozar entre rocas, árboles y ladridos de cinco perros, cuatro de ellos pastores alemanes y la pequeña, Luna, la cachorra de Yeyo, tío de todos, el hombre de movimientos pausados que ayer atrapó mi atención. El hombre lobo.

Despertar en la guarida del lobo (Yeyo)

          He dormido en el piso de arriba del caserío que durante diez años habitó él con su ex pareja. Hoy (en realidad tan sólo desde hace unas semanas) pertenece a Fábel, su prima. He colocado mi saco en un ala donde antes hubo muebles y una enorme cama, junto a la ventana. Se nota que la vida se deslizó aquí pausadamente. La madera del suelo está pulida a mano, en el techo unos dedos minuciosos han cubierto cada una de las grietas. La mañana se asoma en el rincón preciso y no es casualidad sino fruto de la observación y del diálogo con los rayos del sol, tan escasos en Cortiguera. Imagino a Yeyo siguiendo su trayectoria y memorizando el lugar exacto donde antes debió colocar una pesada mesa (según indican las huellas). En este rincón ha habido amor (lo denuncian los detalles) y dedicación y voluntad y deseo, hasta los vacíos de este espacio rezuman calor de hogar. Se me encoge el cuerpo pensando que alguien pudiera pasearme la piel y el corazón con tanta delicadeza.

          Me asomo por la ventana y veo al lobo Yeyo en la furgoneta donde vive ahora con sus perros. Allí guarda la bisutería que vende por los mercados. Está sentado a las puertas de su hogar rodante, tan cuidada como lo fue su caserío. La chapa de fuera guarda por dentro el calor (como si fueran vísceras y aquella furgoneta un cuerpo orgánico). Ha recubierto el interior de madera y ha rumiado detalles en suelos, techos y esquinas. De pequeña imaginaba que daría la vuelta al mundo en una camioneta como ésta. En ella instalaría una máquina de palomitas, que vendería en todos los países porque no conocía a nadie que no le gustara el maíz hinchado y yo sabía hacerlas saltar en la olla. Me inventé un negocio que me permitiera no parar de dar vueltas. Hay deseos infantiles que se cumplen, sobre todo en personas cabezotas. Con la mano abierta sobre el lomo de Luna, Yeyo se me figura un hacedor de sueños.

          Por primera vez en este viaje me dejo llevar por el tiempo. Por fin no hay prisas. Vuelvo a encontrarle, esta vez en la cocina. Mientras deshago una enorme magdalena en un chocolate con leche le cuento que me apuntaría a vivir así un par de meses, con él, para conocer mercadillos, historias de personas, etc.. Me mira con los ojos grandes y dice que no hay problema. Le contesto que ya hablaremos, incluso le planteo aportar algo de dinero para el viaje.

          Me imagino saltando de pueblo en pueblo, escribiendo un relato largo e inacabable. Satisfecha con la idea, continúo con la magdalena, de nuevo en silencio.

           Estoy desayunando donde antes lo hicieron los críos; la casa pertenecía al maestro del pueblo, una vivienda lúgubre como las de antes a la que están arrancando luz gracias a las ventanas que van abriendo a pulso. Yeyo me avisa:

            – “Este pueblo está lleno de duendes”

          En un plato de cristal ruedan las bolitas de barro con las que hace collares, colgantes y pulseras. Anoche las estuvimos redondeando con los dedos, mientras charlamos. A los niños les divierte hacer esas pelotitas. En un singular trabajo en serie, él y yo las enhebrábamos con agujas para que en el futuro pase la cuerda por su corazón mientras los pequeños “empelotillaban” el barro blanco, beige y marrón en esferas de tres tamaños, el más grande como la uña del meñique de un niño.

          Este será el primer invierno que Yeyo viva fuera del pueblo. Para digerir los cambios, ha aceptado la proposición de su prima Fábel de echar una mano con sus futuras reparaciones. Su novio, Pablo, tiene una empresa de soluciones medioambientales. Aplicarán a su vivienda las estrategias que ya manejan en su negocio, como las tuberías porosas que permiten filtrar el agua. Con su instalación conseguirán que la humedad se cuele por donde pasan las cañerías, de este modo alimentarán la tierra en cuanto se abra un grifo. Será ideal para el jardín, a donde también van a parar las aguas que usan en ducha y lavabos.

Hacer de Cortiguera un lugar sostenible

          También quieren instalar en las paredes un sistema de calor con cañerías de agua caliente, de modo que en vez de caldear el aire, templarán los objetos. El sistema ya lo están usando en el suelo y pretenden colocarlo en toda la casa. Esta familia rezuma creatividad por los cuatro costados, una vena abierta por la abuela, pintora y amada por todos (es fácil encontrar su nombre en los labios de sus descendientes), que llegó a tener un taller y una sala de pintura donde incentivó la creatividad de su progenie.

           En las islas de silencio de nuestra conversación invento que bajo la tierra de Cortiguera duerme su réplica: Areugitroc. Allí los muertos, fosilizados, viven perpetuamente jugando aquel papel que nunca pudieron desempeñar en vida. Así, los pastores son tenistas, las vaqueras alcanzan el rango de peluqueras, alpinistas o camioneras… La voz de Yeyo es capaz de atravesar el bullicio de los niños y de mis pensamientos. Abandona el lugar, no sin antes recordarme que por la tarde habrá ensayos.

          Es un verano de cambios para todos. Natalia forma parte de un grupo de música que este año se ha deshecho y han pensado fichar a Fabel. Por supuesto, ella está encantada. A sus cuarenta años, la que hasta ahora era exclusivamente profesora de inglés dará su primer concierto dentro de unos días, concretamente el 18 de agosto. Esta noche, aprovechando mi despedida, van a dar un “espectáculo” en el que todos actuarán. Quieren atraer a Cortiguera “todas las voces del universo, para que no quede ni una nota sin entonar”. Fabel tiene muy buena voz y energía como para encender al público; la derrocha en cada cosa que hace, en esa forma de tratar a los niños, de organizar el cuarto, de sacudir la toalla.

          Bajo con energía las escaleras que llevan a la estancia en la que Gema termina de abrir el hueco en el muro y comento mi objetivo: conocer la casa de Cayo. Pedro se ofrece a hacerme de cicerone. Tras la emisión de la película llegó al pueblo una primera oleada de hippies que, pasado el arrebato, abandonaron el lugar porque sin agua corriente y sin luz eléctrica, el paisaje se vuelve un infierno cotidiano que pocos resisten. Años después un matrimonio hispano-alemán se instaló aquí, atrapados precisamente por la magia de la nada, y aquí también llegó Yeyo. Se trata de Charo y su marido. Tras diez años de convivencia, ambos vecinos terminaron por repetir la eterna historia de Cortiguera y los habitantes de las dos únicas casas con vida del pueblo dejaron de hablarse.

          – “Donde había ventanucas habrá ventanales”.

          Es así como Pedro da un giro brusco a la conversación, como si de repente tomara conciencia de que Gema se ha quedado a solas con la ventana y dos obreros (ayer se les vino abajo una de las paredes y han pedido ayuda). Por eso, nada más llegar a nuestro destino, volvemos. Le dejo junto a Yeyo, que ya se ha colgado del andamio con arneses.

Los secretos de Sue Ann y Kenia

          Como si fuera un perro sin destino, me dejo llevar por Sue Ann y Kenia. También ellas quieren mostrarme sus secretos. Celebro cada uno de sus hallazgos: los restos de una cantina, los de una escuela… y una casita que han construido entre los huecos de los árboles y donde pasan largos ratos en invierno. Allí encuentro a los más pequeños, que quieren construir un puente.

          Sue Ann y Kenia están especialmente felices esta mañana. Hace unos días cumplieron años y por la tarde darán una fiesta, con dulces y salados, con juegos y regalos. En realidad no entran en detalles, son niñas de pocas palabras y ojos enormes, que sólo enuncian los hechos (“es nuestro cumpleaños”) y dejan que yo rellene los huecos. Acepto acompañarlas hasta la cocina de su casa, donde su madre termina de poner levadura en la masa con la que hará las tartas. Y ahí me dejan, en una nueva compañía.

           –  “El río nos protege, nos aísla”.

          Según Charo, el ritmo del pueblo cambia cuando llegan “los de la ciudad” y aparecen con su obsesión por las duchas, por poner lavadoras, por imponer el césped… es decir, que esta calma que me impresiona no es nada comparado al invierno. Me hace tomar conciencia que mi presencia contribuye a cambiar el flujo del agua, sin ir más lejos esta mañana me he pegado un buen remojón en el lateral de la casa, rodeada de montañas y luz, desnuda, muy loba, muy loba, con el agua tibia y ganas de no volver a usar ropa. Afortunadamente, gracias a que no hay carreteras ni energía eléctrica, los extranjeros no terminan de afincarse en este lado del río, que además crece en la ladera más bruna del monte. Cortiguera es un pueblo en umbría y recibe pocas horas de sol, lo que hace que los inviernos sean muy crudos.

           En lo que tarda en surgir el olor a bizcocho del horno, también me entero que sus niñas van al colegio en un taxi subvencionado y juegan a dos cuando el día dura poco y ya es oscuro a media tarde. Después, esta mujer menuda, de ojos tan grandes y oscuros como los de sus hijas, toma mi pie y sin mediar palabra le unta de un aceite tibio. Descubre los rincones de mi dolor en un impresionante silencio mecido por el rumor de sus guisos en la cocina. Cada una dialoga con su voz interior. Noto las lesiones que han producido en mi cuerpo una forma de caminar que siempre termina en silla mientras que ahora piso para seguir andando. En este viaje se va enderezando mi espalda en torno a una columna vertebral que comienza a anclarse de otra manera a tierra, las caderas van cambiando su giro, los hombros se cuelgan de otro modo de mi cuello.

          Cuando Dirk, su marido, regresa a casa, caigo presa de nuevo en otros ojos, en este caso en su inmenso azul que planta de frente, con rotundidad animal. Lejos de incomodarme, me reconforta. Señala con el dedo el blasón que enseñorea la fachada de su casa. El caballero mira a izquierdas, lo que denuncia que su dueño fue oficialmente un bastardo. Dirk se muestra satisfecho, como si le gustara pertenecer al grupo de los ilegítimos. También me hace ver que los ojos de su ventana los ha horadado él, arrancándole así puntos de luz a una casa levantada para ser lúgubre.

Cantos de sirena al dormirme

          Vuelvo al otro lado de Cortiguera urgida por la hora del almuerzo… Con las prisas, cuelo mi recién estrenado pie en un charco. A la altura del precioso rincón en el que confluyen dos grandes palacios y una artística fuente, me encuentro con Enrique, con quien no he establecido aún conversación, que también se encamina hacia la casa. A su lado aprendo que en el 1.700 había dos escuelas, una para niños y otra para niñas y que a los lugareños se les llamaba “chiscarrillos” y eran “trajineros” (se dedicaban a llevar y a traer, como Moisés). Me habla de Primo, aquel que ocupa tierras de otros. Este año había decidido dejar la tierra en barbecho pero ha llegado Ignacio (oriundo de la zona pero no habitante del pueblo) y ha comprado y negociado con los dueños de las tierras, confabulando en contra de Primo. Así, se ha convertido el nuevo amo, en el okupa del okupa.

          También me entero que existen otros dos propietarios en el pueblo. Son invisibles. Unos adquirieron la casa de Cayo (dueños de un negocio de piercing en Madrid) y la otra es una historiadora de León que compró el palacio, una casa señorial que se mantiene en buen estado gracias a sus escudos, porque aparece en todas las guías turísticas. Con el tiempo, el edificio se ha convertido en una simple fachada, pues el resto de las paredes se han caído por falta de atención.

          Ya en la casa del maestro y al vernos entrar, Gema abandona las labores de albañilería para dedicarse al reparto del alimento. Fábel ha hecho macarrones con carne y ensalada. Ayudo a colocar la mesa. Me explican que todos, adultos y niños, quieren que este pueblo deje de ser “el pueblo abandonado” que sale en los folletos turísticos y convertirlo en “el pueblo cuidado”. Pedro añade que cuando los representantes de cada pueblo se reúnen en Valdelateja ellos van “a una voz”, con hijos incluidos, para defender sus reivindicaciones. Por ejemplo, se han negado a que instalen molinos de viento hasta que la legislación fije más los límites, y eso que dan hasta 6.000 euros al ayuntamiento por cada molino que deje instalar. Quieren que las energías renovables sean las protagonistas del pueblo, rechazan el trazado eléctrico.

          El sueño volverá a pedirme cuentas a media tarde y me dejaré llevar, intuyendo que el reposo es lo que más le hace falta a mi tobillo. Los niños celebran ya el cumpleaños de las gemelas. En la última incursión del día, atravieso los restos de casas solariegas (algunas con vistosos escudos) y, junto a las ruinas de la iglesia, un sendero me lleva al punto más alto del lugar, una soberbia vista del cañón por el que doscientos metros más abajo discurre el Ebro. De regreso, encuentro con Primo, que a pesar de sus desdichas trajina en el campo.

          Esa noche, bajo las estrellas y el calor de las  guitarras, todos nos despedimos de la infancia. Sue Ann recuerda a Yeyo a la luz de la luna cómo les hacía travesuras “cuando éramos pequeñas”. “Te echaré de menos”, dice la niña con todo su cuerpo. Yeyo le devuelve unas cosquillas y un fuerte abrazo. Los sentimientos se mueven, anárquicos, entre nosotros. La voz oscura de Fábel ni siquiera los atrapa.

          – “Cantos de sirena al dormirme…”

          La hija más pequeña de Pedro se sabe la letra de memoria.

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