“Pregúntale cómo llegó hasta aquí y verás cuántos caminos…”   Cuando los ríos cuentan. Consejo n. 5

Cada vez que iniciaba una conversación me preguntaban cómo eran sus vecinos. No había aventura más festejada que la que hubiera vivido cinco kms atrás. Al terminar mi historia me regalaban un trozo de pan, un plato caliente, una cuchara en su olla...

 

Camino del Porvenir

Está bien, sé que hago trampas. Mientras que no descubra mi propia mirada estaré condenada a recurrir a las versiones que los otros tienen sobre este río que tengo enfrente y que soy incapaz de entender. Ayer el Ebro fue una suma de conversaciones y aquí se ofrece hoy rotundo, encajonado en este impresionante embudo que forma el cañón. Junto a él, yo también voy entre árboles, intentando ver lo que otros me han contado (esos crestones calizos y caprichos rocosos que forman cuevas y oquedades). A lo mejor es tan fácil como que el Tobazo simplemente aparecerá ante mí cuando cruce al margen izquierdo del río, quizá sólo haga falta una mayor perspectiva; quizá es que yo sólo sea alguien que narra, un ser asentado en la palabra, y quizás también lo sea el Ebro; quizás el único trasvase posible sea éste: que yo le entregue verbos y sustantivos con los que él describa su identidad, y a cambio el río me devuelva la vista, el oído…y así pueda reconocer mi condición orgánica.

          Camino como quien lee libros de amor mientras está enamorada: aferrada a cada imagen que ofrezca una certeza. Así es como entro en Villaescusa. La villa parece más habitada por los animales que por las personas, con todo, conserva una hermosa armonía con su entorno, como si no le hiciera la falta el hombre para que el pueblo siga en pie. La hiedra, el musgo y los helechos imponen el verde a la piedra amarilla y porosa con la que están construidas sus casas.

          Al otro lado del puente, me topo con una furgoneta en la que leo “José Osma, vacas”. El conductor frena, baja la ventanilla y saluda. Es José, mi vigilante nocturno, el mesonero de Elines, que va a vigilar a su ganado. Le digo que es la primera persona que veo desde hace horas y sonríe. No hay ofrecimientos. Cada uno sigue a su destino, él a sus bestias y yo junto al río, a pasos cortos.

          Aves enormes planean sobre mi cabeza. ¿Y si entre ellas hubiera esas águilas de las que me hablaron los hermanos López?. Soy tan ignorante que no distingo un gorrión de una perdiz, pero me dijeron que pertenecen a una especie que cada vez es más difícil encontrar por la caza incontrolada. El uso ilegal del veneno en los cotos y la fumigación de los campos de cultivo con pesticidas alteran la fijación de calcio en los huevos, lo que impide la procreación… por eliminación concluyo que todos aquellos puntos negros en el cielo son buitres y me dejo de problemas.

Manolo me lleva al buzón de Delibes 

          No hay idea suficientemente embriagadora que me alivie mientras el dolor se adueña de cada músculo de mi cuerpo. No quiero dar por perdida la jornada nada más haberla comenzado. Me animo diciéndome que tengo todo el día por delante y que Cortiguera no está muy lejos. Allí me espera Pedro. En la casa que está rehabilitando podré atender las quejas de mi cuerpo y descansaré un día entero al calor de su hogar. Con ese norte, paro una y otra vez, deseando que mis músculos consigan entenderse con mis huesos. Por ejemplo, junto al cartel que anuncia la provincia de Burgos y con el que digo adiós a Cantabria. Ésta es la primera frontera administrativa que traspaso de forma consciente e intento darle un valor simbólico.

          Caen las primeras gotas. A estas alturas el dolor es el dolor y el frío, frío. Olvido otras elucubraciones. Mi cuerpo empieza a descontrolarse y se bandea de lado a otro de la carretera. Oigo un pitido. Doy un salto hacia atrás. Una furgoneta para al borde de mis tobillos. Un joven se baja del asiento del conductor.

          “Sí, de verdad, me encuentro bien, son los pies…” “aquí al lado, a Orbaneja”, “sí lo malo es la cuesta…”, “¿hasta el mismo centro?, claro, muchas gracias”. Así es como aparece en mi vida Manolo, el repartidor de prensa que lleva el periódico a Miguel Delibes (entre otros clientes).

          – “De verdad. Mira, ahí, en la guantera, está el Norte de Castilla y el País, ¿Ves su nombre?, vive en Sedano”.

          El primer ser humano con el que me encuentro nada más pisar tierra de Burgos me lleva al buzón de Delibes, que hizo de Cortiguera el lugar de una novela. ¿Me habré colado en ella? ¿Y si mañana amaneciera como un personaje más perdido entre sus líneas? ¿Será que ya no soy la que narra sino que soy narrada?. De alguna manera no soy la dueña de mi relato. Probablemente el Ebro y yo discurramos por las frases de un gran libro…

          Manolo me arropa con la conversación y me calienta invitándome a una taza de té. Tiene los ojos rojos por el cansancio, su ruta, de 280 kilómetros, entra ya en la recta final y eso que son tan sólo las ocho y media de la mañana. De mediados de julio a finales de septiembre, gracias al turismo de verano, se dedica a repartir los periódicos de la zona con su propio vehículo. Son 15 los distribuidores que trabajan para la misma empresa, vasca, aunque cada año la situación laboral empeora, bajan los salarios y amplían los recorridos. En invierno se dedica al reparto de medicinas o al transporte de correspondencia y paquetes bancarios.

          Desayunamos en el bar donde él deja los periódicos, justo al final de la empinada cuesta. Unas enormes setas secas decoran los estantes. Parecen fósiles. Se tratan de “francos” o “muelas”, hongos que les salen a los chopos, hayas y robles cuando se secan. Se cortan blandas y a medida que se endurecen adquieren formas fantásticas. Cuando menos me lo espero, Manolo se va. Sale del local con todo su cansancio y a pesar de eso deja una estela de calor. Me quedo en el tibio y oscuro bar, contemplando el ir y venir de los vecinos que madrugan para comprar pan y la prensa del día.

Todo son formas extrañas

          En cuanto cesa la lluvia, atravieso el pueblo por su camino más largo, a pesar de mis pies. Enseguida me topo con un torrente, que cruza el centro de Orbaneja. Caigo en la cuenta que me he puesto a hablar con el río como si fuera una persona. Le resto importancia y me dirijo a la parte más alta del lugar. El tiempo ha esculpido figuras en los altos cortados de roca caliza donde anida el buitre leonado. Se trata de un decorado en el que fachadas de edificios imaginarios, derruidos, amurallan de forma natural el pueblo y su entorno. Mientras distingo cabezas de animales imposibles, delicados besos, arcos perfectos y relieves naturales por los que se cruzan débiles rayos de sol, de nuevo se desliza la lluvia.

           Regreso a la cascada de agua que nace de una pequeña caverna. Se trata de la “cueva de Orbaneja”, que no abren al público hasta las once. Me entero que pueden visitarse tan sólo los 80 primeros metros, aunque están explorados 360. La lluvia se desliza por mi chubasquero. Al verme, Segundo Calleja comenta en alto que lo que se moja ya se secará. Sin paraguas que nos proteja, charlamos sobre la roca amarilla que es la toba. El pueblo crece en uno de sus rellanos, sedimento de las aguas calizas que van transportando fuentes y riachuelos a orillas del Ebro. Segundo es uno de sus habitantes. Me dibuja en un papel, que pronto se ablanda con las gotas, cómo se encaraman las viviendas de Orbaneja en una de las paredes del cañón, fabricadas con el mismo material que sus laderas. Los albañiles cortan grandes bloques de toba con sierras de cortar madera, pues es un material blando que luego el sol y el agua endurece, por eso las paredes son de una regularidad impecable.

           La lluvia, aburrida ante nuestro ninguneo, cesa y los dos bajamos juntos un tramo del riachuelo que se deja caer en abanico hacia el Ebro y se deshace en espuma unos 20 metros más abajo, sobre una poza de aguas de cristal. Un rizo de agua y su calma me entretienen y me amarro al arrebato. Pronto, el río se convierte en rumor y se camufla entre el verde y yo logro asomarme a él y me topo con una garza.

           Ni me detengo en Escalada, observo la portada de la iglesia románica sin dejar de andar; voy tan lenta que soy capaz de fijar la vista en una de sus arquivoltas, donde aparecen los ancianos del Apocalipsis. Me deleito en los insectos que consigo distinguir por el camino: libélulas (las reconozco porque aparecían en mis cuentos infantiles), mariposas (algunas se confunden con las hojas y otras estallan en amarillos moteados y blanco), mosquitos (aún no me atacan) y moscas, esas inseparables y pesadas compañeras que consiguen sacarme de quicio. Debe haber también escarabajos buceadores, chinches de agua, caballitos del diablo, moscas de las piedras y otros dípteros de agua, pero soy incapaz de reconocerlos.

           Me asomo al río aprovechando una de sus escasas calvas. ¿Serán esos los excrementos de una nutria?. Mari-Paz, la guía que atiende en la caseta de información turística que han colocado junto a la gasolinera de Quintanilla-Escalada, sonríe con indulgencia: hace mucho tiempo que no se ven nutrias por la zona.

          Es mediodía. Rebusco en la tienda de la gasolinera. Roberto, al frente del negocio, tiene un pronto ceñudo aunque me atiende con toda profesionalidad. Las botellas de agua están al fondo. Un hombre de piel curtida me aborda:

          – “¿Estaba usted ayer por la tarde en Elines?. Es que vi la mochila en el bar de José”

Los vecinos del señor Cayo

          Se llama Daniel y trabaja en el campo, cultivando cereales. Tiene la dentadura mellada, las uñas verdes, la piel dura. Le invito a un café. Enseguida entramos en detalles. Recuerda cómo se rodó en la zona el “Disputado voto del señor Cayo”, la película basada en la novela de Delibes. Ocurrió en los 80. Roberto, sin mirarme, me recomienda que hable con Moisés Crespo, “el del bar de abajo, el del cañón del Ebro. Conoció a Cayo”. Hasta ese momento yo creía que el señor Cayo era un personaje inspirado en la realidad, pero no que hubiera existido realmente. Eliseo, un feligrés como yo, con el periódico bajo el brazo, me explica que Cayo y Pelio eran realmente los dos últimos habitantes de Cortiguera y que se llevaban mal porque “pueblo pequeño, infierno grande”.

           – “Se llevaban a matar, entonces llegan los del PSOE y terminan reconociendo la sabiduría popular del señor Cayo. La flor del saúco aligera el vientre.”

           Roberto añade que en Pesquera podré encontrar, incluso, “señales de la Falange”. Su rudeza es sólo una pose. Cuando vuelva al camino, saldrá tras de mí, corriendo, porque he olvidado la botella en su mostrador.

           Si continúo por el margen izquierdo del río llegaré hasta Pesquera de Ebro, que está justo frente a Cortiguera, en la otra orilla. Me quedan unos seis kilómetros por delante y sé que son bellísimos. Procuro prestar atención a lo que hago y tomo nota de los detalles del camino. Según anuncia un cartel, transito por un área de reproducción de especies protegidas y, por tanto, del 1 de enero hasta el 31 de julio está prohibido aproximarse o transitar por rocas y cortados. Las rodadas de bicicleta me aseguran que no hace mucho tiempo que por allí ha pasado un grupo de ciclistas. A pesar de mi empeño científico, cada cierto tiempo compruebo en el mapa, con desilusión, que no he llegado al punto que creía haber alcanzado. Hay dos referentes con los que mido mi ansiedad: la ermita y las instalaciones de la central eléctrica El Porvenir. Ellas indican que me acerco a la meta, pero el camino hacia el Porvenir se me hace eterno y solitario.

           Por fin alcanzo la casa del ermitaño, rodeada de rastrojos y cuyo techo de Uralita rompe la armonía del entorno. La ermita parece una nave donde se guardan herramientas, rodeada de hojalatas y cascotes. Improviso un asiento entre los sacos que antes contuvieron cemento y allí, sin hambre, devoro melocotones para aligerar peso.

           Un kilómetro después encuentro un lugar no destacado en los mapas quizás por eso sea un paraíso: un recodo para pescadores, con acceso al río y hasta tronco donde apoyarme. Mi frágil ánimo vuelve a remontar. Incluso echo un ojo a uno de los libros que me acompañan: “Abrazar la vida”, de Vandana Shiva. La autora me regala una idea que me hace comenzar a entender el entorno de otro modo: Los seres humanos, al igual que los otros seres vivientes, participan del ciclo del agua. Cuando se trata de administrar este recurso, es obligatorio pensar y actuar “como un río, fluir con la naturaleza del agua”. Pensar como el Ebro… ¿Cómo será?. Por el momento me limito a asomarme a él, intuirle por el oído (como cuando se unió con el Rudrón, algunos kilómetros más atrás) y sorprenderme por rincones como éste. Sus aguas están siempre manchadas de un verde oscuro, no tienen vértigo del cielo.

Vandana Shiva se asoma al Ebro

          Grabo. Esta vez tomo primeros planos de mis pies, cubiertos de tiritas, frágiles, dedos hechos a imagen y semejanza de los zapatos de ciudad. Intento localizar el punto en el que el pie se resiente, cercarlo, reducirlo a la mínima expresión. Cierro los ojos. El pinchazo no está en el mismo lugar que ayer, ahora se sitúa cerca del talón…

          La siesta es breve pero reparadora. El camino ofrece su rostro más amable. Enseguida me encuentro con la pasarela que se abre junto a El Porvenir. Los senderistas han empezado a salir al paso en sentido contrario a mi marcha. Cada vez que les pregunto por el tiempo que me resta para el llegar a la meta, la distancia aumenta: lo que para el primero es un asunto de media hora, para el siguiente son tres cuartos, el tercero me contesta “nada” y los cuartos “aún falta”. Los kilómetros van hacia delante y hacia atrás. A sus cálculos yo añado tiempo porque mi ritmo es otro.

          Atravieso la educada alameda que lleva a Pesquera en compañía de dos monitoras de un campamento de chicas. Me aseguran que para todas aquellas adolescentes una “excursión” es el espacio que dista entre los juegos de ordenador del albergue y las golosinas que pueden comprar en el pueblo. Llegamos juntas al bar “Los Cañones”, donde sus niñas ya se han metido un refresco en el cuerpo. Un anciano con mucho genio les atiende. Intuyo que se trata de Moisés Crespo, el personaje en el que pienso desde hace kilómetros. Acierto.

          Moisés tiene setenta y ocho años, es decir, conoció a Cayo cuando era niño.

          – “Era rubio y alto y se llevaba mal con ‘el chicana’, mala gente, incluso hoy su hijo lo es, me invade las tierras y las cultiva. Somos pocos pero mal avenidos, siempre ha sido así”

          Hace muchos años que los habitantes de Cortiguera abandonaron el pueblo para instalarse a este lado del río, donde la electricidad estaba garantizada y la temperatura era ligeramente superior. Cuando conoció a Cayo sumaban veinticinco los que vivían en aquella localidad, que contaba hasta con escuela. Pesquera podría tener hoy el mismo destino, en invierno no superan la decena de habitantes.

          – “Cayo se llamaba Claudio Ruíz y Ruíz y fue uno de los últimos habitantes junto con su sobrino, Primo Ruíz”.

          Consigo enterarme a duras penas que en sus últimos años de vida Moisés ya tenía la tienda de comestibles en Pesquera, que también servía como almacén, y que Cayo guardaba aquí sus patatas y cereales. Desde la barra, la joven camarera aprovecha un silencio de nuestra conversación:

          –   “¿Eres Martha?, Pedro me ha dicho que llegará a eso de las ocho”.

          Un cliente en silla de ruedas, bromea con todos los que entran en el local. Discute en alto, entre chanzas, por el contenido de una lista de pedidos, encabezada por “100 de keso rayao”.

          Nos observa la foto en la que Moisés y dos amigos muestran su pesca: nueve truchas, 13,150 kilos. Daniel se hace un sitio entre las mesas del local con sus dos piernas amputadas, y para establecer conversación conmigo comenta una noticia del periódico con su gran vozarrón:

          –  “Por lo que se ve, la vuelta ciclista a Burgos no pasa por aquí. Será que no somos de Burgos, ¿no le parece?”

          – “Según mi mapa, éste es un pozo en el que se pierden todos”, contesto.

          Se ríe. Se presenta como el ex jefe de seguridad, entre otros cargos, de Altos Hornos de Bilbao y residente en Baracaldo. Su pequeño nieto le demanda atención. Se va. El cielo ya no es un capote gris sino una manta húmeda. Según la cultura india, los torrentes vienen del aire, de modo que probablemente mañana lloverá Ebro sobre nuestras cabezas. Desde la silla puedo ver el blasón de la conocida “casa del placer”, antigua hospedería de caballeros. Tiene una leyenda: “Jesús María. Esta es casa de placer y la gente de alegría. Ana María”. Es curioso que esta jornada termine al borde del placer, hoy, un día en el que el gozo se reduce a sentir alivio.

          Mientras se precipita el atardecer, vuelvo a leer a Vandana: “El agua que fluye hacia el mar no es un desperdicio, es un vínculo fundamental en el ciclo del agua. Cuando ese nexo se rompe, el equilibrio ecológico de la tierra y los océanos, el agua dulce y el agua salada, también se interrumpe. El agua salada empieza a introducirse tierra adentro, el agua de mar comienza a tragarse las playas y erosionar la costa. La vida marina se agota al ser privada de los nutrientes que le proporcionan los ríos”. Al levantar la cabeza veo a Pedro… y a su acompañante: unos ojos inmensos, unos ademanes silenciosos, un cuerpo enjuto, un saludo torpe.

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