“Los animales nos observan… Y llegan a sus propias conclusiones. Revisa tus relatos desde la base”Cuando los ríos cuentan. Consejo n. 3.

Al tercer día comprendí que ni siquiera sabía saciar mi sed. El Ebro fue ahogando mis preguntas hasta dejarme a solas con una: ¿Cuánta agua necesitas para vivir?

El nuevo orden del mundo

Primer amanecer en silencio. Nadie con quien hablar. Nadie que me de conversación. Las palabras se agolpan en la boca, sin orden. Espero a que Higinio abra, rodeada de gatos que tampoco maúllan. Nos observamos. Esperamos mientras comemos, mientras nos aseamos, mientras dejamos que se vaya abriendo el cielo y azulee la bruma que ahora le tiñe de gris.

          Voy de los gatos al reino animal y de ahí a las bodegas del arca de Noé. Cuentan los relatos bíblicos que Matusalén murió una semana antes de que comenzara el diluvio. Dios eligió el agua como castigo a los vicios abominables, una purga de la que sólo sobrevivieron un puñado de animales y sus amos. Llovió como nunca y cuando la humanidad hizo borrón y cuenta nueva, las aguas volvieron a sus cauces. De regreso a la tierra, los privilegiados se dispersaron por todo el mundo, repartiendo familias y tribus que caminaron en todas las direcciones para repoblar el planeta. Jafet y sus hijos y los hijos de sus hijos se dirigieron a Europa. Tùbal, nieto de Noé, eligió España, en la que entró desde el Mediterráneo y por las bocas del Ebro. Mientras lo remontaba fue fundando ciudades y poblados en sus riberas. El navegante vivió ciento cincuenta años y a su muerte dejó el trono a Ibero, que gobernó treinta y siete años y que dio su nombre a la Península y al mismo río.

          Las campanas de la iglesia dan las 9. Según mis cálculos llego tarde a no sé que sitio, pero tarde; con absurdas prisas que no puedo dominar, salgo a buen ritmo del pueblo. Higinio abre su tienda y yo paso a su lado como si nadie le hubiera esperado.

          El rumor del agua se enfila por un abundante bosque de roble. Respiro profundamente. El olor a tierra mojada embriaga. Camino con la cabeza de lado, entusiasmada con los saltos del agua. La frondosidad del bosque permite que los 15 metros que, según el alcalde, deben respetarse en la vega del río (son de propiedad pública, como las costas) permanezcan incólumes. Gana mi oído y pierde mi vista. Imagino que así debía ser el paisaje con el que se encontró Túbal, un rastro verde que empezó a desaparecer cuando la ferrería impuso su tala para obtener carbón vegetal que le sirviera de combustible a mediados del siglo XVIII. En un claro de la vega mojo mis pies. No había visto moras tan grandes en mi vida. Chapoteo pero no puedo beber.

Las campanas de la iglesia, a la altura de mis ojos


          Castor, de sesenta y siete años, será la primera persona con la que me encuentre en Bustasur. Su casa es la primera que recibe al visitante al final de una pequeña cuesta y su jardín es una mezcla de flores y plantas de olor (romero, hierbabuena…).

           – “Era una cuadra con gallinas, cabras y ovejas, pero ahora la tengo sólo para mí”.

          Las campanas de la iglesia de San Julián se dejan mirar a la altura de nuestros ojos. Está enclavada en una hondonada de modo que su torre en vez de aparecer en alto se muestra casi a ras de nuestro suelo. Es la primera vez que accedo a una iglesia por su campanario. Según aparece en una inscripción de la columna izquierda del arco triunfal, se construyó en el 1112.

          Por lo que escucho a un par de turistas que no dejan de fotografiar su estampa, estoy ante un “Bien de Interés Cultural Incoado, con categoría de Monumento”, pero a mí los ojos se me van al pequeño cementerio que linda con el edificio, en el que destacan dos grandes lápidas en torno a las cuales se levantan otras más menudas, afiligranadas, en hierro, y algunas placas pequeñas que se esconden en los rincones. Apetece morirse allí.

          – “Te vas a reír: me llamo Castor –acentúa la ‘o’ con empeño- pero las mujeres de aquí, me llamaban ‘Cástor ven’, ‘oye, Cástor’… y yo que no, que es Castor”.

          En ese momento una vecina se asoma a la verja de su jardín y Castor tercia:

          – “La moza ya ha andado seis kilómetros, ¿Cuántos le quedarán para la Aldea?”

          – “Pues otros seis. Hace usted bien en andar tanto, que el cuerpo se malacostumbra. Antes íbamos andando a todos lados pero ahora… Por eso hay los infartos que hay”.

          Me recomiendan el camino de cantos rodados que parte de la iglesia y no aparece en los mapas. El trazado es suave y me obliga a cruzar de una vega a otra varias veces antes de llegar a los restos de la antigua ferrería de La Pendía.

          Los viejos edificios sólo mantienen en pie sus fachadas principales. Escribo en el cuaderno: “las casas se pegan al río dándole la espalda, como si mantuvieran una relación ilícita. Él responde a su desplante corrompiendo el lugar donde se tocan. El tiempo da fe de que aquellos simuladores cayeron en la tentación”.

          La antigua ferrería de la Pendía aparece ante mí. Funcionó de manera más o menos continuada durante unos cien años, hasta finales del siglo XIX. Hoy los edificios que mejor se conservan son las carboneras, que asisten, imperturbables, al avance de los helechos.

          Busco el rastro de los baños, que en su momento gozaron de atención por sus aguas sulfurosas porque sus instalaciones anuncian la cercanía de Aldea de Ebro y los encuentro en la otra orilla del río. Sus inmaculadas instalaciones  esperan que alguien las despierte, como en un cuento de hadas empresarial. Cruzo a su lado a través de leve puente. Un antiguo molino rehabilitado se presenta como “la ferrería”.

Emilio recuerda a Mariana Pineda  

          Las dos de la tarde. Escucho el zumbido de las abejas en sus panales. Al llegar a Aldea pregunto por Quintín al propio Quintín, el primer hombre que encuentro. Parece que la única sorprendida soy yo. Me lleva al local que los vecinos tienen habilitado como tasca en verano para que conozca a uno de los más viejos del lugar, Emilio Fernández, de ochenta y seis años.

          – “De su generación quedan vivas tres personas, el cuarto murió con ciento un años la pasada primavera”.

         La Casuca (el nombre le sienta como un guante) fue construida en 1905 como escuela nacional, en la planta de arriba estudiaban los alumnos y la planta baja era la casa de reunión del pueblo. En 1982 el lugar se convirtió en una cantina a la que acuden los 10 habitantes que allí pasan el invierno, cifra que llega a 30 en los meses de verano.

          Un viejito adorable, sordo, con boina, vestido de negro, delgado, con sentido del humor, consume a pequeños sorbos un colmado vaso de vino. Es Emilio.

           –  “El río siempre estropeaba los caminos”

         Lo dice en pasado porque según él, hace años que el Ebro no se desmadra. Enseguida se pone a hacer cuentas sobre los ahogados en sus aguas. Sólo recuerda tres: el que bebió de más, la monitora de un campamento y aquel que fue a nadar y se perdió en la corriente. A él, en cambio, nunca le pasó nada y eso que de pequeños se bañaban en él hasta 7 veces al día.

           – “Biesga, la compañía eléctrica, quería hacer un salto de agua, una presa, y en Bárcena de Ebro quería hacer la central, por eso cerraron los baños”.

           En ese momento un hombretón colorado le dice a los gritos que cuente cómo hacían los mozos cuando alguien iba a ligar al pueblo.

           – “Cada pueblo tenía unos derechos con las mozas. Si uno de fuera quería cortejar a alguna debía pagar 5 cántaras de vino a la mocedad”.

           Así lo hizo él con los de Valderrible, de donde era su mujer, con quien tuvo dos hijos. También ocurría al revés, ellos pagaban a los jóvenes de las otras aldeas, aunque siempre había algún “corás que no quería alternar y venía a la chita callando para no pagar”. Normalmente siempre se rebajaba la cantidad, al fin y al cabo todos estaban en el mismo ajo, y cuando la pareja formalizaba su relación ante el altar, los vecinos del pueblo de la esposa iban a dar la enhorabuena a los novios, cantando “la serenata”.

          “Informado estoy, señores, / informado estoy de veras. / Volveréis a la mañana, / quiera Dios para bien sea. / Que gocéis matrimonio / según tu amor lo desea / que lo sepáis estimar / con amor y reverencia. / No te la dan por esclava, / te la dan por compañera”. Emilio canturrea para sí con el fin de recordar la coplilla al completo y cuando termina se ríe alzando la mandíbula al cielo. Sus ojos, rojizos, brillan como dos canicas. Nos reímos. Recuerda que también existía “el derecho de costumbre”: tras la boda se invitaba a todos los niños a tomar algo junto a los jóvenes del pueblo.

           Está dispuesto a contarme todo lo que yo esté dispuesta a escuchar antes de que su hija le requiera a la mesa. Fue ferroviario en La Robla, León, en la línea que unía esta ciudad con Bilbao (“que luego la llamarán Feve” y que empezó a funcionar en 1876).

           – “ Llevaba pasajeros pero también mercancía. La Ferrería traía el hierro de Bilbao y aquí estaban los hornos, que se cerraron antes que los altos hornos de Vizcaya… Usté habrá oído hablar de María Pita”

           – “Puesss, no, ahora mismo no caigo”

          – “Eso debía de saberlo usté, ella luchó contra los ingleses después de que le mataran a su marido, dijo que ‘de esta raya no pasarán y quien quiera acompañarme que me siga’. Y le plantó cara a los ingleses… como Agustina de Aragón, que esa sí que le sonará”.

           Aún me pregunto si “María Pita” no sería Mariana Pineda.

De la cuneta al jardín de las delicias

          A las tres, La Casuca va perdiendo clientela y yo decido ganar distancia al día, a pesar que el calor arrecia. Un vaquerizo me asegura que pasó por el sendero hace unos días y que me harían falta botas altas y pantalones largos, de lo contrario, es preferible que tome la pista forestal que lleva por la izquierda hacia Arcera. He perdido el mapa por el camino, de modo que me veo obligada a fiarme de la opinión de los demás. Falto conscientemente al principio de Manuel (“No hay que fiarse de nadie, ni seguir las indicaciones que no sean las de tu ojo”), pero es que aún no sé dónde colocar la mirada, por eso llevo el plano desplegado, porque hace las veces. Aún así, la ausencia de coordenadas propias me descoloca.

          El ser humano es frágil. Podría morir en este camino por el que no pasa nadie, víctima de la insolación.

          Nunca me he parado a pensar cuánto bebo, cuánto necesito, siempre he tenido el agua a mano, estoy acostumbrada a tener una tienda o un bar a pocos metros. No sé realmente qué significa estar absolutamente sola en medio de la naturaleza sin saber a ciencia cierta cuánto durará la autonomía de mi propio cuerpo. Me acurruco en una zona con sombra, sobre el asfalto. Procuro no dormirme, sólo reposar, pero me asusto y vuelvo al camino como en sueños.

           De repente, donde no había nada, surge un magnífico jardín. En él, un matrimonio joven descansa a la sombra mientras su hija pequeña retoza en una piscina de plástico. La abuela hojea una revista en una hamaca. Me asomo al seto que les separa del camino e intento llamarles la atención, pero la voz no sale de mi garganta. Me cuesta decir “¿podrían ustedes darme un vaso de agua?”. Cuando lo consigo, estoy en la puerta de acceso a su casa y el hombre me invita a pasar con exquisita educación. Se llama Miguel Ángel. Su mujer, Ana Isabel, me hace un sitio bajo la sombrilla, desaparece en el interior de la casa y sale con una bandeja en la que lleva café, una manzana y galletas de chocolate.

         La emoción empieza hacerse un sitio en la boca del estómago, una calidez que irá subiendo hacia el lagrimal a medida que la conversación se llene de recuerdos familiares. Los suyos alumbran los míos. Cuando el patriarca de la casa, Eutiquio Santiago, deje la siesta para incorporarse a la entrañable tertulia, la hospitalidad me habrá ablandado todos los músculos. Yo tampoco tengo ninguna defensa contra el afecto. “Podrían sobornarme con una sardina”.

          Eutiquio me habla del molino de Loma, en el que se trituraba trigo, arricas (guisantes), hieros (arvejas)… de forma comunal, “hoy lo explotan los vecinos de Somera, ellos tienen las llaves para usarlo. Sólo se puede acceder a él con carros y 4×4, desde Loma”. Explica que, aunque no haya más de 16 personas censadas, Arcera se divide en tres barrios: “el de arriba, el de abajo y Aroco”; es al primero al que pertenece la iglesia de San Miguel, del siglo XII, en donde en el año 85 se encontraron restos humanos. Los arqueólogos también han encontrado osamentas en la ermita de San Pantaleón, la mayoría niños eran decapitados (con la cabeza sobre el esternón).

           – “En verano todas las casas están abiertas, en cambio en invierno no vive nadie”

          Miguel Ángel y Ana Isabel recuerdan el nombre de los árboles de la zona: el fresno, los robles, las hayas, los nogales, el pino (“los de la pista se plantaron hace nada más que quince años”), el chopo y los alisos…

          A estas alturas Eutiquio pone encima de la mesa una revista hecha por los hijos de los nativos del lugar, “Arcera”, publicada en verano con una tirada de 100 ejemplares. Está dedicada al bosque y la vegetación de la zona, de modo que al improvisado inventario de plantas, la publicación añade avellanos, arceros, serbales, acebos… y frutos silvestres como los arándanos y las setas (perrochico, cardillo y champiñón). La tala masiva de árboles, sobre todo de robles, se produjo entre los siglos XVI y XVII. Miguel Ángel añade que se está produciendo una reforestación natural por el propio abandono de las tierras, porque ahora no hay quien viva del cultivo.

          Hay una reseña sobre los prohombres del lugar, como David López, “un ciclista que despunta en Bilbao” y su primo Javier, que se ordenó sacerdote el año de la publicación.

          – “Aquí hay mucha vocación, han salido muchos sacerdotes. Hasta tres hijos de la misma casa vecina, que entraron en los dominicos. Y en la de al lado otros tres, también dominicos”.

          – “En el pueblo llegamos a ser unos 22 mozos y unas 30 mozas. Date cuenta que se tenían seis hijos como media”.

          –  “Ahora hay 19 personas que tienen más de ochenta años”

          – “Y así se conocieron ustedes”

          – “Bueno, yo fui a su bautizo, a coger caramelos, como mandaba la tradición”.

          Por supuesto, su esposa sonríe y puntualiza que ella nació en Reocín, un lugar en el que había fragua, tres tiendas, una farmacia, tres bares, un cuartel de la guardia civil y tres posadas.

           – “Hoy no hay nada”.

El mastín me convierte en vaca

          Son las seis y queda camino por delante, me arranco del jardín convencida de que el dolor ha desaparecido, pero en cuanto me pongo en pie los pinchazos acuden a todas las terminaciones nerviosas de pies y hombros. Casi de puntillas, sigo los pasos de Miguel Ángel. Intento memorizar las indicaciones de Miguel, las líneas que traza en el aire, de izquierda a derecha, con la mano, llevan a Bárcena de Ebro

         Diez minutos después veo a lo lejos, junto a unas minúsculas vacas que pacen en el verde, cómo un animal de parecido tamaño se acerca veloz hacia donde yo estoy. A medida que su figura se agranda, distingo un mastín canela que no para de ladrar. Acorto mis zancadas y procuro alejarme de la alambrada que separa su territorio del mío. Cuando quiero darme cuenta, el enorme perro se encuentra detrás de mí, mostrándome fauces, dientes, lengua, campanilla… Mi reacción inmediata es darme la vuelta y caminar lentamente hacia el lugar de donde vengo. No corro porque la mochila me pesa, porque el firme es irregular y porque se me cruza por la cabeza la idea de que si el mastín está acostumbrado a tratar con vacas, lo más fácil es hacerme pasar por una de ellas: no mover el cuello, convertirme en un bloque de carne y caminar con parsimonia, como lo hacen los rumiantes. Imploro, con el corazón en vilo, que yo dé el pego, que huela a vaca, que entienda en sus ladridos las instrucciones, que el animal sólo vea en mí a un bovino fuera del redil…

          El recorrido es lento. Llevo media hora siendo vaca. Lo soy, lo sé. Tengo las ubres en mi espalda, así explico mi petate. Soy azul (pantalón, mochila, calcetines, lívida piel) pero becerra. Sus fauces se abren, me ladran, me gruñen, pero no muerden. Puedo decir que sé cuánto dura la eternidad.

          Cuando llego al seto que da al pueblo, el mastín se da media vuelta. Son las siete de la tarde. Me siento estúpida, una ridícula heroína de plástico que no sabe de campo ni de bestias. Paso por delante de la puerta de mis anfitriones y me encuentro con que Ana Isabel se ha arreglado para pasar un rato en la ex escuela del pueblo, hoy café popular. Me muero de vergüenza.

          Tras mi relato, me explica que no me habría hecho nada, que el mastín nunca ha mordido a nadie. Probablemente el mastín creyera que me había perdido y me devolvió, ladrando, al camino por donde pasan los humanos y no ese en el que andaba yo, tan despistada. Me pastoreó, me llevó a mi sitio.

          Continúo el camino lógico (sobre todo para el mastín), una carreterita que lleva a la ya lejana Bárcena. Segundos después Ana me alcanza entre resoplidos. Agita la revista verde que durante dos años han guardado en su casa y un prospecto de la zona. Me la regala y me pide que espere, que me llevarán en coche hasta lo que debió ser mi destino. Me ablando por dentro. Va a ser la falta de azúcar.

          Lo que hubiera recorrido a pie en una hora lo hacemos en coche en pocos minutos. Llego a Bárcena de Ebro con la esperanza de encontrarme con Pilar y Élida. Aguardo en la zona donde el pueblo suele instalar las casetas de la romería, junto a una casona en la que antes se levantaba el único bar del pueblo y que hoy acoge a dos ancianas cuyos tres nietos completan disciplinadamente los deberes de verano. Ellas, flacas, curvadas y malencaradas. Ellos, atados a las sillas.

          La tarde se empieza a estropear. El Ebro describe aquí una gran curva, justo en el punto en que sus aguas confluyen con las del río Polla, en una ribera especialmente húmeda cubierta de chopos, álamos y algún que otro sauce. El paraje no es el más adecuado para alguien que quiere pasar la noche a la intemperie. Me quedan pocos kilómetros para el siguiente pueblo, Villanueva de la Nía, y el camino es fácil. Esperar me pone nerviosa, de modo que decido tomar mi petate y seguir andando. El cielo se encapota. Acelero. Un pescador recoge lentamente sus aperos. El viento arrecia y me hace perder el pie. Un deportivo se para a mi lado.

          – “Voy al pueblo, si quieres te llevo”

          La incipiente lluvia empieza a estampar sus gotas en el cristal.

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