“Escucha los secretos ajenos: La libertad termina donde empieza el miedo, dijo Ángeles” Cuando los ríos cuentan. Consejo n. 4

Pregunté a las piedras, pregunté a los nombres, pregunté a l@s niñ@s… Sus secretos fueron ampliando mi mundo. Hoy, re-visitando el Ebro, Ángeles Díaz Simón me enseñó a ser más libre.

Los nombres también mueren

Andar, desprenderme, ir más ligera. El cuerpo me lo pide a gritos. Aprendo a escucharle: la falta de agua provoca dolor, el exceso de peso, ampollas, por eso he sustituido la cantimplora por una botella de plástico, así me deshago de medio kilo.

          Un perro flaco me sale al paso. El mapa me asegura que el camino hasta Polientes está salpicado de pueblos y discurre paralelo al Ebro. Cuando el trazado es fácil se puede mirar hacia atrás. Un lujo. Puedo, por ejemplo, entretenerme en monólogos y mirar adentro. Todo no está delante…

           Miro al mapa de reojo, preveo que hoy será un día lleno de conversaciones, como ocurre nada más salir de Bárcones de Ebro. Sus tierras de labranza miran al río. Los tractores se mueven de puntillas, los hogares se desperezan y en algunas ventanas comienzan a correr los visillos. Las casas van cogidas del brazo, pegaditas pero sin apelotonarse. La sillería, que en otros pueblos es refuerzo de esquinas, supera aquí la planta inferior y remata las fachadas hasta alcanzar los tejados.

           En el arcén, los hermanos López (José María y Marciano) revisan el maletero de su coche. Sus camisas blancas impolutas y sus rebecas azules les dan un aspecto distinguido y coqueto. Parecen dos viejos cirujanos hurgando en el inmaculado cuerpo del vehículo. Enseguida se presentan como jubilados. Me cuesta creer que son hermanos, pues uno habla con acentuadísimo deje catalán y el otro tiene una marcada entonación cántabra. Me lo aclaran: son dos de los once hijos que tuvo quien fue, durante muchos años, alcalde de Olleros, localidad situada en tierras palentinas. Con el tiempo cada uno terminó instalándose en un lugar distinto de la geografía ibérica. Hoy tienen cita con el médico en Polientes y han parado para comprobar qué era aquello que golpeaba las espaldas del auto.

Mi primer intercambio de relatos

          Preguntan de dónde vengo, les digo que del Pico Tres Mares, andando. Se asombran y me piden pormenores. Anhelan saber cómo es el lugar mágico que alimenta ese caudal. A cambio de mis descripciones ellos hablan de las riquezas de la zona y el origen oficial del río. Les recuerdo que a la cuenca del Ebro van a parar 12.000 km de ríos organizados en 347 cauces principales. Habían olvidado las aguas subterráneas. Aún así, insisten en el trayecto “oficial”:

          –  “Ahora el Ebro va más fuerte en verano porque abren las compuertas del embalse para evitar la sequía y para que llegue agua a la Rioja”.

          Y aportan dos cifras: el 42% de los caudales que van a parar a este río está regulado por los embalses, que actualmente suman 151 en toda la cuenca del Ebro.

          –  “Por si no se ha dado cuenta, en el kilómetro 21 dejó de pisar tierra palentina”

          Sólo Báscones de Ebro pertenece a esta provincia, y añaden que las tierras castellanas se extienden un poco más allá, al otro lado del río. También me explican que el pueblo vecino se llama La Puente del Valle, en femenino, porque si son pequeños, frágiles, están hechos sólo a la medida del pie y desaparecen con las crecidas, a los puentes se les cambia el género. Siguiendo sus instrucciones, alcanzo el pueblo por uno medieval, que debe ser muy macho pues está hecho para vehículos “todo terreno”, trilladoras y tractores, que me sortean a su paso.

          He parado para ver las lomas tras las que se levanta el pozo petrolífero que se abrió en La Lora en los años 60. La Lora es el pequeño Kuwait patrio con el que soñaron los españoles en los años de la modernización franquista. Los López vivieron de cerca esta particular fiebre del oro. De aquellos tiempos de efímera prosperidad quedan ahora varios barracones de piedra, una casa ocupada con las ventanas tapiadas y la amenaza que augura un horizonte repleto de molinos eólicos a medio plazo. Al menos así me lo han contado, que yo no veo más que monte.

          Ensimismada, confundo el rumor del viento con el del agua. Encuentro hornacinas con imágenes sacras a los lados del camino. Me asomo a ellas. Están en perfecto estado. Llego a Quintanilla de Ann tras entretenerme en una que incluye una cruz, a cuyos pies han puesto flores. El aire agita el paisaje y aligera al sol, que duele en la piel.

Las ánimas, Eleuteria y Ursicinio

          En medio de lo que podría ser la plaza del pueblo un hombre corpulento, tocado por un casco de hockey, amenaza con su bastón a un animal imaginario. Vocifera palabras ininteligibles subido a un banco. Un perro merodea a sus pies. A pocos metros de él, charlan dos mujeres, una asomada a la ventana y otra en la calle. Para ellas ese hombre es un árbol más en el paisaje. Les pregunto elevando el tono por la tienda del pueblo. No hay. Menos el pan, que una furgoneta trae de Ruerrero y reparte diariamente entre los pueblos de la zona, lo compran todo en Polientes. Sorbo el agua que me ofrece la hija de la más joven desde el otro lado de la ventana. La mujer que está en la calle intenta explicarme el significado de las capillitas que he visto en el camino, su comadre (Mariví) la corrige:

          – “Son las sánimas”

          – “No, las ánimas benditas”, tercia su vecina

          – “Las sánimas, las sánimas”, insiste Mariví.

          Me despido. Hago lo propio con el gigantón vociferante. Una hora después vuelvo a jurar que no volveré a preguntar a una mujer por el camino a seguir. Mariví recordaba el sendero de cuando era joven y acudía al río a solazarse con sus amigas, es decir, sus referencias han caducado y no me llevan donde necesito. Le doy vueltas mientras pienso en mis caderas, mis pies doloridos… yo ni siquiera sé qué es un río… Concluyo que las mujeres perdían las piernas cuando se casaban.

          La senda que conocían las dos mujeres ha sobrevivido al paso de los años gracias a los pescadores pero es transitable sólo durante unos metros. Pronto los chopos, álamos, sauces y fresnos se mezclan con las orillas de un bosque de robles y las zarzas se prodigan entre pastos de vacas, excrementos y cercas de metal. Procuro evitarlos y encharco mis pies. Las espinas y las púas se agarran a mi pantalón. Son las dos de la tarde y el sol se está convirtiendo en mi peor enemigo.

          Accedo a Sobrepeña por donde entra el ganado, por su patio trasero. Me dejo empapar por la fuente del pueblo hasta que la piel vuelve a saber qué es el frescor y el alivio. Dos niñas, Cristina y Ángela, juegan con su bicicleta y se ofrecen a posar ante mi pequeña cámara a los pies de una pintada del campamento juvenil que veraneó por allí el año anterior. La nueva tecnología permite que se vean a sí mismas en una pantalla. Jugamos a movernos frente a ese minúsculo espejo. Dos ancianos ríen con nuestras bromas, apostados en el quicio de una pequeña puerta, y cuando se ven congelados en mi cámara, se desternillan. Su buen humor me cautiva e inicio la conversación con una torpeza inaudita.

          – “¿Viven aquí?”

          Responden muy amablemente que sí, que su casa es una de las 8 que permanece abierta en invierno, aunque ahora llegan a ser hasta 50 vecinos porque cuando llega el verano todas las casas están abiertas. Sus hijos, como suele ser habitual, trabajan en Bilbao y pasan por allí sólo cuando están de vacaciones, es decir, dentro de un par de semanas.

          – “Voy a casa a poner la comida”, corta de golpe Eleuteria.

          –  “¿Qué hay para hoy?”, pregunto, no sé si por curiosidad o por hambre.

          – “Sopa… de fideos”

          – “Uuuff, con el calor que hace… no sería capaz”

          Eleuteria y Valentín me miran con conmiseración. Sonrío. Ella se va con cierta prisa y ocupa su lugar un fornido agricultor, de unos cincuenta años, Ursicinio Gallopeña, que al oír mi comentario cuenta un chiste:

          –  “Va un niño y le dice a su mamá: ‘mamá, quiero sopas’, y la madre le contesta ‘hijo, no hay pan’. Entonces el niño contesta ‘no importa, sin pan’”.

          Los hombres se ríen y yo les miro de hito en hito. No entiendo nada. Digo “je, je, je” por empatía. El más joven explica, entre carcajadas, que el niño no entendía que las sopas son con pan. Mi cara les hace llorar de risa. Será mucho más adelante cuando comprenda que en los pueblos distinguen las sopas en plural (pan mojado en leche, habitual en el desayuno) de la sopa en singular (habitualmente de fideos y con mucha sustancia). Mis contertulios quedan encantados con mi ignorancia y definitivamente acepto el papel en el que a partir de ahora me moveré libremente.

La horca, la vielda, los muertos

          –  “¿Todos los chopos son iguales?”

          – “No, el canadiense es un buen chopo, y los carolines también, los usan para construir casas y también tablones. El lombardo es regular, además ya no hay, es más bronco y no lo quieren tanto. El del país ahora nace silvestre, bueno, a veces, pero no vale para ná porque tiene mucho nudo y sólo lo quieren para cerillas, palillos de dientes y algunas tablas”.

           – “¿Y el resto de árboles, qué ha pasado con ellos?”

           – “Hay una finca, con 6 o 7 nogales, pero son aún muy jóvenes, los quieren para madera y quienes compran los quieren viejos”.

           – “Ursicinio… es la primera vez que conozco a un Ursicinio, ¿Ve?, hasta las palabras desaparecen. Nos estamos volviendo unos ignorantes tremendos. Ni siquiera tengo idea de para qué sirven las máquinas” (señalo a una enorme cosechadora).

           Comienza así un sencillo juego: ellos nombran utensilios de labranza y yo pregunto en qué consisten.

           – “La horca. Tiene 5 ganchos y un mango largo para dar la vuelta cuando está trillando. Los hay que las tienen y ahora las venden porque ya no se va con animales. También había de 2 ganchos”.

           – “Y la pala de dar la vuelta a la parva”

           –  “No entiendo nada”

           – “Es la mies cuando ya está trillada”

           – “La vielda. Tenía también 5 ganchos pero el mango era más pequeño y servía para dar la vuelta a la parva cuando venía molida”

           – “Ahora todo el trabajo lo hace la cosechadora, antes había que levantarse a las dos de la madrugada”

           Ursicinio pronuncia esta frase entre la nostalgia y el alivio.

           – “¿Y el río?”

           –  “Muchos muertos lleva el río”.

           La hora de comer se aproxima y Eutimia viene a recoger a su marido. Una furgoneta rompe nuestra despedida con su claxon. Es la panadera. Compro una barra de pan que devoro mientras alcanzo Rebollar de Ebro.

           Escuchar el cuerpo, entender sus demandas… me resulta tan difícil que una y otra vez caigo en trampas, como ahora. Debí cambiar antes de calzado.

           Un coche de la guardia civil de Polientes pasa a mi lado, lentamente, rompiendo el viento de frente. Levanto la mano con la misma parsimonia. Se paran. Les pregunto si me harían el tremendo favor de acercarme a algún lugar donde pueda comer y beber. Alberto y Fernando me hacen un sitio en el lugar en el que habitualmente viajan los detenidos. Ellos ayudan, ellos deciden. Me dejan sin mediar palabra en un bar con terraza de nombre “El Arroyo” (luego sabré que está a los pies de Rocamundo). En las mesas de fuera, a la sombra de unos toldos, un nutrido grupo de niños rebañan patatas fritas entre risas.

Firmo un pacto con Marta

           Improviso un extraño menú lleno de azúcar, sal, agua e hidratos (tengo el paladar en las antípodas del cuerpo) y me hago un sitio entre esos gnomos, cuyo bullicio me alegra. El mayor me cuenta que es uno de los voluntarios al cuidado de esta troupe especial. Están disfrutando de unos días de vacaciones en un albergue situado junto a la Ermita de la Velilla, “Los Globos”. Cuando el mesonero, Miguel, me trae otro refresco, saluda a cada uno por su nombre. Me he convertido en el centro de atención y una rechonchita, Rebeca, se anima a hacer las presentaciones. Acaba de cumplir los 17. Dice que perdió la vista de una enfermedad pero que ahora lee en braille y ya se ha acostumbrado. Hacemos un pacto de honor en dos minutos: yo la incluiré en el libro y ella me leerá.

           Otra niña, de ojos achinados se acerca.

           –  “Hola, yo también me llamo Marta y tengo veintiséis años. ¿Vas a Polientes?”.

           – “Anda, qué bien, Marta. Somos las más guapas ¿verdad?. Sí, voy a Polientes”.

           –  “¿Sola?”

           – “Bueno, siempre encuentro amigos por el camino”

           – “Claro, como yo”

          Y aprieta mi mano en señal de amistad. De golpe, me rodean, “Hola, Martha, hola, hola, mira, oye, a que…” y me cuentan todos en tropel que hoy comerán lentejas, filetes de cerdo y que luego se echarán una siesta.

          Llega el coche que esperaban y el grupo desaparece. Marta me dice adiós con la mano. El silencio se adueña del lugar y con él vuelvo a caer en la presión del viento: ha amainado, como cuando se nos corta el aire en un hipo: de repente. Lo utilizo como disparadero para continuar hacia Polientes. Quiero encontrar a las chicas que conocí la primera noche que dormí sola junto al Ebro.

          Hago un esfuerzo por cambiar mi percepción del entorno y de este viaje. No debo convertirlo en una suma de esfuerzos, no creo que el sufrimiento sea el único camino para alcanzar un mayor grado de conciencia, tal y como afirmaba Dostoievski. Sé que lo importante está ahí fuera, junto al Ebro, en algún rincón de las conversaciones que me regala el río… simplemente he de saber encontrarlos. Agrando los ojos, dispuesta a cambiar mi mirada. Intuyo que mi habitual forma de ver el mundo no sirve en este viaje.

          Un molino en perfecto estado se convierte en atractivo para los turistas, una piscina natural en la vega izquierda del río refresca a madres e hijos, unas magníficas instalaciones deportivas se lucen a poca distancia… Para sorpresa mía, se trata del centro medioambiental en el que trabajan Pilar y Élida.

           Como si fuera una alumna más, me cuelo en el jardín. Pego la nariz a un ventanal enorme. Los alumnos entran, ruidosos, en un aula llena de dibujos. Quien cierra la puerta tras de sí es Élida. Doy saltos y golpeo el cristal hasta que me ve. Da una exclamación de alegría y abandona la clase para saludarme. En la entrada del edificio me cuenta con prisas que ayer no pudieron pasar por Bárcena, de modo que quedamos en encontrarnos en San Martín de Elines esta noche.

Los caminantes siempre se encuentran

          Aunque voy a contra sentido, entro en Polientes para comprar un par de calcetines cortos. A las cuatro de la tarde todo son calles vacías y casas sesteras. Mientras espero a que abran la tienda, me refresco en el restaurante La Lora y le doy vueltas al mapa. Un hombre cambia de esquina en la barra para abordarme.

          – “¿Estás haciendo el camino de Santiago?”

          Luis Ángel lo ha hecho en varias ocasiones y sabe qué significa andar cada día treinta kilómetros (la media que yo me impongo), aunque ha llegado a recorrer hasta cincuenta en una jornada, por eso observa con simpatía mi forma de darle vueltas al mapa. Me recomienda rutas y rincones de la zona y al terminar me acompaña hasta la puerta del pueblo, como si Polientes entero fuera su hogar.

           Deshago la tarde y los kilómetros con lentitud exacerbante. El aire pierde fuelle por el camino aunque el calor deje de apretar a la altura de Arenilla de Ebro. Me sorprenden las dos enormes campanas que despuntan en la pequeña iglesia. El cielo se oscurece con prisas y el Ebro ni se inmuta tras las tierras de labranza. Tampoco se resiente el resto del paisaje, sólo yo me intranquilizo, sólo yo gano en impaciencia. Afortunadamente el río no hace demasiados meandros y puedo calcular las distancias casi a ojo. Me quedarán unos seis kilómetros para terminar mi ruta.

           A mi paso una familia pone en marcha los aspersores que aseguran el agua a las patatas. El terreno es enorme y me aleja de la orilla. Me recuerda a una de esas plantaciones en las que podría aparecer una multitud de esclavos negros cultivando el algodón. Me saca del ensueño la alarma del despertador, que se hace oír del fondo más apretado de mi mochila. Mirando a las nubes que cada vez son más negras, deshago la mochila, detecto el reloj, saco la capa de agua y el chubasquero y me preparo para el previsible chaparrón. Tardo el tiempo suficiente como para que la familia pase al completo delante de mí. El hijo mayor, un chico desgarbado y protegido por unas enormes gafas, conduce la camioneta. Su ruta y la mía sólo coinciden en un kilómetro pero acepto su ofrecimiento y me instalo en la parte de atrás, entre sus aperos.

           Entro en San Martín de Elines por su parte monumental, es decir, por el barrio de Arriba, en la base del talud de la peña Carmesía, donde se levanta la colegiata. Escucho cantos gregorianos. Dirijo mis pies hacia el claustro desoyendo mi cojera.

           – “Está dentro el cura enseñando la colegiata a un grupo, aproveche”.

           Como quien cierra los ojos antes de recibir la tarta de cumpleaños, imagino a los benedictinos, acogiéndome en su seno como lo hacían con los peregrinos del camino de Santiago: arracimados en torno a un órgano. Entro de puntillas en la iglesia y escucho con alivio infinito esas voces… que proceden de un altavoz.

           Sólo entrar en la capilla el CD llega a su fin. No hay benedictinos, hace tiempo que no habitan el lugar. El sacerdote da por finalizada la visita. A contracorriente, continúo, fascinada por esos animales mágicos que bordean algunos rincones de las paredes. En la sacristía ojeo los libros que están a la venta y por fin alcanzo uno en cuyas ilustraciones podría haberme entretenido durante horas porque versan sobre monstruos medievales. Desde que salí de Madrid no he dejado de pensar que en este viaje me asaltarán bestias imposibles.

           A mi espalda uno de los visitantes comenta algo sobre los restos humanos que se han encontrado en el suelo del claustro. En ese momento alguien me da un golpecito en el hombro.

           –  “Los caminantes siempre se encuentran”

           Es Luis Ángel, el peregrino del Camino de Santiago que me encontré en Polientes. Está de visita a la colegiata con parte de su familia. Van con prisas y yo necesito encontrar un lugar donde dormir antes de que anochezca.

El bar  “José” se convierte en refugio

          Hago una parada en el bar “José” para tomar algo caliente y al ver el buen talante con el que me recibe la mesonera. Le planteo si puedo dormir en el patio (con techo) del local y no pone ninguna objeción. Tere, que es así como se llama la dueña, me mira con curiosidad. El viento mueve las hojas. Si llueve estaré guarecida. Me relajo. En ese momento suena un claxon. Es Pilar, Élida y un chico.

          Nacho resulta ser un magnífico relaciones públicas en ese bar pequeño al que sólo acuden hombres. A todos saluda, todos le responden, desde Cesar, el agricultor que de tanto leer sobre la Colegiata ha conseguido ganar la plaza de guía desde hace dos años, a José, el fornido mesonero y agricultor. También da nombre a cada uno de los que pasan a tomar un vino antes de terminar la jornada. Pertenece a ese grupo escaso de jóvenes que no desaparece con la llegada del otoño, sino que conoce el valle en todas las estaciones y vive en él hasta aprenderse de memoria los detalles.

          Enseguida comienza a desgranar cuentos. Trae a colación que durante la guerra civil el páramo de La Lora fue un frente donde los republicanos se atrincheraron contra los nacionales, de hecho aún permanecen en pie trincheras y restos de municiones. Hasta la cumbre, frontera natural,  subían las mujeres, para llevar comida a sus hombres, o para ganar un roce, un arrumaco. Aunque no era muy importante, la Lora tenía valor estratégico, pues obligaba a los republicanos a repartirse entre este frente y el de Euskadi, es decir, conseguir el desgaste.

          Al escucharnos hablar de La Lora, uno de los clientes de la tasca, Santiago (que asegura pertenecer al mundo del espectáculo y haber sido representante del teatro Príncipe en la Gran Vía madrileña, hoy cine), recuerda los mapas de su infancia, “en la enciclopedia de tercer curso” en los que se veía un racimo de uva en La Rioja, una viga de acero en Bilbao, una naranja en Valencia… y la torre petrolífera sobre Burgos.

          En alguna ocasión Nacho ha llevado a los chavales que llegan al centro de educación medioambiental a conocer la zona y asegura que la apariencia desértica del paraje contribuye a que a uno le invada la desolación cuando pasa por allí. El yacimiento se puso en marcha en 1963 y, aunque empezó siendo de los estadounidenses, ahora es propiedad de Repsol en un 50%. De vez en cuando un camión cisterna transporta el petróleo a Burgos, Valladolid o a fábricas de otras localidades, para su consumo como combustible o materia prima barata.

          “Pero lo que más les impresiona a los chicos es la presencia del lobo, que creen que va a aparecer en cualquier rincón”, explica Nacho, que va de un tema a otro, en un animado cruce de conversaciones.

          En el ir y venir de ideas, me animan a que mañana, en mi camino hacia Orbaneja, repare en el Tobazo, cuyas cascadas ahora están secas pero que en invierno sorprenden por los caprichosos juegos del agua en las rocas.

          – “Cesar, cuéntale lo de la vieja choricera que hay en la fachada de la Colegiata”.

          Entre Nacho y él me explican que, aunque los ortodoxos no se lo crean, en la fachada del edificio estaba esculpida la figura de una vieja choricera, cuya figura permanece hoy prácticamente desfigurada por culpa de la costumbre de los niños e apedrear su figura tras la Cuaresma, empujados por el hambre y sus ganas de comer carne. La noche avanza y el ambiente se vuelve más intimista.

Esas relaciones ilícitas…

          Entonces Teresa, José (su marido) y sus clientes recuerdan l.os días en que se rodó allí la película “Código Natural”. En aquella “superproducción” participaron como extras muchos habitantes del pueblo. Artistas (entre ellos Javier Bardem) y lugareños compartieron días y experiencias, algo que sigue dando de qué hablar a pesar de haber pasado varios años. Los visitantes dormían en casas de los alrededores, lo que forzó a los lugareños a cambiar durante unas semanas sus costumbres. El argumento está inspirado en esas relaciones “ilícitas” que se mantienen en ciertos pueblos de montaña y de las que no se escapa San Martín de Elines ni algunos de los que pasan por la tasca.

           La insinuación me parece tan intrigante que me muero por saber. Pero se impone el pacto de silencio propio de las aldeas en las que los habitantes son pocos y los muros no sólo se usan para combatir el frío. Los hombres se miran, me miran. Se produce uno de esos silencios cortos y vertiginosos en los que crecen las pasiones más oscuras. Tengo sueño, pero no me atrevo a dormir, rodeada como estoy de tantas miradas. José parece ser el único que se da cuenta e insiste en que vaya a dormir a la nave en la que han instalado el comedor del bar. Me entero, de paso, que el local sólo está abierto en verano y ocupa el lugar en el que hace años estuvo la antigua escuela. Intento deshacerme de la idea de que esos hombres puedan ser fuente de conflictos. Nacho, Pilar y Élida no se mueven de su sitio. Probablemente todo sean imaginaciones mías… Aún así aprovecho la invitación de José y me retiro.

           Allí, entre las mesas del comedor, instalo mis pertenencias. Apago mi linterna. Escucho las risas que quedan fuera. Alguien camina de puntillas. Me asomo, procurando no hacer ruido. A pesar del frío, José ha instalado una silla junto a la puerta y ahí se queda, como un guardián. Me pilla. Mirándome muy serio, dice que simplemente está gozando del aire fresco y las estrellas.

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