“Cuándo comienzas a narrar lo desconocido no haces otra cosa que hablar de tí msmo. Escúchate.” Cuando los ríos cuentan. Consejo n. 2.

Dije: “Caminaré junto al Ebro” y me agarré a su orilla como sí fuera un brazo. A partir de ese momento caminar fué sortear zarzas, hundirme en el barro, sortear verjas, saltar, huír, rascar, resbalar… Mis pies empezaron a hacerse agua.

Para qué sirven los ojos

          Visto a la luz del día, el bucólico merendero junto al que hemos dormido resulta ser un estercolero. Hay restos de comida, envases, plásticos, compresas en todos los rincones. Horas antes de que nos instaláramos, una familia disfrutaba de un tardío picnic… no entiendo que eligieran un lugar en tal estado. Al menos nosotros tenemos una coartada: de noche no veíamos más que el punto en movimiento en el que terminaba el haz de luz de nuestra linterna. Aún así, el despertar ha sido agradable, entre gorjeos de aves y con el cielo despejado. Es una verdadera mañana de domingo.

          Rehago la mochila con la conciencia de que se convertirá a partir de ahora en un gesto cotidiano y que será el último día que lo haga en compañía. La certeza de la soledad me da vértigo, no por la ausencia del otro sino por el peso de mi ignorancia: nunca he andado tanto, no sé leer un mapa, no entiendo de animales, no distingo horizontes, no he vivido nunca en medio de la naturaleza….

          No hablo del asunto.

          Los coches se multiplican en dirección a la romería en Peñalabra; a las 12 de la mañana dan la misa (cantada) en honor a la Virgen de las Nieves y los hay madrugadores. Nos cruzamos con un anciano que despotrica contra coches y caballos (aunque no hemos visto pasar ningún jamelgo). Refunfuña entre dientes postizos, que aprieta a las encías con los labios, lo que le impone una expresión de sonreidor forzado. La dentadura apenas se sujeta en su quijada.

          – “!Que se es más libre a pie!” (grita a otro conductor).

          La frase me resulta tan refrescante como una buena ducha, por eso cambio de sentido y acompaso mi andar al del anciano. Le pregunto algo que ya sé: hacia dónde va tanto auto. Sin cambiar de paso, levanta el bastón en dirección a los montes.

          – “A Peña Labra, donde la romería. Por allí se pasó Manuel, de los rojos a los nacionales”.

          Minutos después entenderé que Manuel es él. Es de esos fascinantes ancianos que mezclan tiempos al hablar. En una sola frase es capaz de resucitar a sus muertos, rebelarse contra el presente y saludar al futuro. Con maestría y cálida síntesis, Manuel nos cuenta uno de los capítulos más importantes de su vida, aquel en que se separó definitivamente de su madre (la vez primera y la última) en el borde de una ladera.

          – “Váyase usted, madre, que ya voy sólo, le dije, aunque yo nunca había subido. Hay varias vallas, no crea, que no se ven. Pero las subí, que para andar hace falta paso largo y mala leche, como dice aquél”.

          Manuel pronuncia su última frase mirándome a los ojos:

          –  “No hay que fiarse de nadie, ni seguir indicaciones que no sean las de tu ojo”.

          Dijo lo que tenía que decir y se fue. En realidad siguió su camino, fuimos nosotros quienes paramos en un local que exudaba café por los cuatro costados.

A solas con este río alegre

          Junto al puente de piedra de dos ojos, uno de los que popularmente se dicen romanos pero que son de época Moderna, se entretienen los primeros cultivos. Aguas abajo,  las casas se encadenan tras las zarzas. Voy de una vega a otra del río cruzando improvisados puentes, viejos puentes, puentes abandonados y puentes para coches. Al cabo de una hora, la majestuosidad de las edificaciones y un cuidado parquecito en el margen derecho del Ebro me confirman que ya he entrado en la capital de la comarca. Atrás dejé Nestares.

          Reinosa mira al río intermitentemente, primero le da la espalda y después se reconcilia con él hasta inventar pequeñas zonas verdes en la que fue ribera agreste. Los balcones acristalados de sus casas me hacen añorar el mar, pues piden bruma y Cantábrico. Un puente de ferrocarril junto a un cementerio de coches cierra el paso por la vega y me obliga a separarme por primera vez del río. El calor aprieta y parece refractarse en los edificios más viejos, en sus casas de sillería con escudos nobiliarios y sus trabajos de cantería que recuerdan sus años de gloria en la Edad Media, cuando era el centro de la Merindad de Campoo.

          Rafa me deja en la desembocadura del Híjar, como si el azar se empeñara en hacer también de su trayecto un viaje cerrado (el suyo va del nacimiento del río hasta su deshacerse en el Ebro). Nos damos la espalda. Me impresiona la rotundidad de un gesto tan sencillo. Pienso en el Mediterráneo y tiemblo, me quedan por delante más de 900 kilómetros de agua. Camino erguida por si se gira.

          Pesa. Mi única compañera a partir de ahora, la mochila, pesa. Es incómoda, no había considerado que las asas podrían clavarse en los hombros. El dolor se me presenta como nuevo acompañante. No lo había pensado: el cuerpo duele.

          Bien, se supone que esto ya está en marcha, que he iniciado la aventura… Ay… ¿En qué me fijo?. Cierro los ojos, los abro. Lo primero que veo es el ganado que se agolpa en las orillas, paciente, nada que ver con las fotografías de las vacas enjauladas en cajas, fabricando leche, engordando de forma industrial.

          Nuevo descubrimiento: no puedo cantar y andar a la vez (piso boñigas, me cuelo en charcos, zarceo, tropiezo). Me centro en el lugar que piso. Veo lo que hacen mis pies; veo cómo camino…

Descubro qué “significa” un embalse

          Las haciendas que bordean el embalse prescinden de la ley que obliga a respetar “la costa” de los ríos y cercan el camino con verjas y muros tras los que pastan sus animales. Por otra parte, aunque los terrenos sobre los que se construyó el embalse fueron expropiados, en algunos casos se sigue haciendo uso de los mismos.

          En lo que aparece en el mapa como “Pradomolino” pierdo la paciencia. Después de burlar cinco verjas (dos de ellas de piedra), hundir mis pies en los sedimentos del río, abrir y cerrar puertas de ganado y perderme en una zona seca del embalse, vuelvo a encontrarme dentro de la propiedad. Algo nerviosa (no estoy acostumbrada a tratar con reses) y despotricando contra la propiedad privada que todo lo quiere, fuerzo otra verja, está cubierta de púas. Recupero el resuello en un absurdo banco solitario con vistas a la carretera y amarilleado por el moho a la altura de Villafría. Gracias al viento no me aso.

          Busco alivio para esta extraña sensación de desamparo. Revuelvo en mi cuaderno de viajes, que es como un chupete en la boca de un niño hambriento. En los escasos apuntes que tomé en Madrid recogí datos sobre el observatorio de aves que hay cerca de Villafría. Escribí: “observar el vuelo del pato colorado, el del somormujo lavanco, el ánade friso, la garza real, la cigüeña”. Un absurdo, no reconocería a ninguno de ellos ni en fotografía, por lo que me contento imaginando la profusión de siluetas sobre el agua.

          Los embalses dan ilusión de abundancia pero sólo puedo congraciarme con ellos de lejos pues de cerca son agua verde salpicada de bolsas y botes, superficies rizadas por el viento que recuerdan a las zonas portuarias. Tras el pinar, el puente que lleva a Horna de Ebro parece marcar un antes y un después en esta certeza. Encajona al Ebro, esto le hace inaccesible y, por tanto, se muestra ecológicamente correcto.

          Me apuntillo sobre un enorme hato de mies, para ver dónde se arraiga una larga y desvencijada chimenea de ladrillo, pero no lo consigo. Al otro lado de la cosecha un caballo blanco me mira majestuosamente y, de fondo, en el lateral más privado de un chalet de tres plantas, un bronceado y fornido caballero duerme en calzoncillos sobre una tumbona. El resto de las casas con las que me encuentro son tan grandes y están tan poco usadas que parecen segundas viviendas.

          Continúo mi camino hasta, tres horas antes del anochecer, alcanzar la presa del embalse, un cinturón enorme de cemento atenazando el flujo de la naturaleza. El Ebro hace ya muchas horas que no es salvaje.

          ¿A dónde irán los peces?. ¿Y los nutrientes, los minerales disueltos, los detritus de plantas?. Me asomo al otro lado de la presa. Nada. Ni un hilo de agua escurridizo: sus ojos están cerrados.

Una conversación sacada del Western

          A un lado de la carretera que recorre el dique encuentro un pequeño camino de asfalto por el que han pasado un padre, su hijo y las vacas. Después de merodear por la zona ficho una pequeña hondonada con forma de media luna desde la que puedo observar todos los senderos, y a la que decido volver en cuanto cene. Allí mismo realizo un acto de intimidad: masajeo mis palpitantes pies.

          El bar más cercano al dique es un local oscuro al que me asomo con incertidumbre. No hay carteles anunciadores, los hombres beben como en un club privado. Vistos de golpe, como yo lo hago, componen un muestrario de rostros de la España de antes. Remonto la impresión. Entro con la mochila y cojeando. Mis ojos se adaptan a la penumbra. Distingo unos estantes polvorientos en los que se trufan huecos y botellas de vino con golosinas y productos de limpieza. Pregunto al anciano que reposa su pie en una silla si allí dan de comer. Sin moverse de su sitio y con una sonrisa despoblada en las encías, el hombre responde:

          – “Depende de lo que quiera comer”

          Los hombres se ríen. Prefiero creer que la frase no tiene mayor sentido que el estrictamente gastronómico.

          – “Un bocadillo. De queso, por ejemplo, un café con leche y un vaso de agua”

          –  “Aquí no hay agua”

          –  “¿Es verdad o me está tomando el pelo?”

          El anciano me mira de arriba abajo.

          – “Piense lo que quiera”

          Se levanta pesadamente, con la pierna izquierda comida por una úlcera, llena de vino el vaso de uno de los presentes y saca de debajo del mostrador una enorme cesta de mimbre.

          Aún no sé con quién estoy hablando realmente. Yo también me muevo con desidia y tomo asiento junto al taburete de mi replicante en la única mesa vacía que tiene la tienda. Sin esperar su respuesta abro mi libro. No tengo muchas ganas de leer, no hay luz suficiente, pero siento que el gesto marca distancias.

          El hombre corta un trozo de queso curado, tan grande que no imagino que pueda ser para mí. Mientras hurga entre los vasos, rompe el silencio:

          – “Las mujeres se ponen nerviosas cuando llega la noche”

          –  “Me da que le ha debido de ir muy mal con las mujeres”.

          Por las risas de todos los presentes sé que he dado en el clavo. No es una simple salida: el desorden que reina en aquel negocio no podría haberlo soportado una esposa de provincias y menos las de su generación. El hombre se sienta a mi lado. Un nuevo cliente entra en el local, sin dejar de mirarme, se sirve un vino.

          – “Higinio, ¿Dónde tienes lo de ayer?”

          Así es como se llama mi vecino de asiento, Higinio. Al levantar la mirada hacia el recién llegado me doy cuenta que hace rato que dejó en la barra el queso, el cuchillo y una enorme hogaza de pan. Hago lo propio, me despacho.

          Tengo hambre. Dejo el libro y le miro. Le pregunto por su pierna. Se dio un golpe sobre una quemadura y la herida se le ha llagado hasta lo insufrible. Una vez encontrado el tema de conversación, Higinio no deja de preguntar. Es sordo y he de levantar la voz, con lo cual consigo que los demás también se enteren. Miento sobre mi destino para no dar pistas. Le pregunto por la chimenea de ladrillo que ví a la entrada del pueblo y me responde que son los restos de la fábrica de vidrio La Cantábrica.

          – “Se cerró con el embalse porque no podían sacar tierra para hacer los cristales y… mira la de tierra que hay”.

          – “ Ahora entiendo las piedras de vidrio que he visto sobre algunas puertas”.

          Es tal mi sorpresa y mi ignorancia que Higinio rebusca en el almacén y pone encima de mi mesa una revista antigua (“Cantabria”) en la que se explica cómo la industria del vidrio de la zona funcionó entre 1845 y 1928, un ciclo abierto por el ferrocarril y cerrado por el embalse.

Aprendo a pasar desaparcibida

          Consigo que el sabroso y seco queso pase por mi gaznate con sorbos de café y lectura. Imagino el pecho de aquellos obreros de Francia y Bélgica que venían a trabajar a las fábricas de Las Rozas, Reinosa y Arroyo (en aquellos años el proceso se basaba en el soplado a pulmón y las reivindicaciones sindicales aún estaban por ver). A finales del siglo XIX esta zona era conocida en toda Europa por sus cristales, pero por lo visto la gloria duró poco y el coste del transporte, la competencia extranjera y la reforma de Canovas dio al traste con la fábrica, que se cerró tras la muerte del fundador, Telesforo Fernández.

          De repente el locutor del informativo de las ocho y media grita las noticias. Un nuevo feligrés, de buen porte y ojos claros, pelea con el mando a distancia para regular el volumen del aparato, sin conseguirlo. Pide disculpas. Le sonrío. En la mesa, el queso curado me mira, aún más retador, parapetado tras la hogaza, también seca.

         En uno de sus lentos y dolorosos viajes al mostrador, Higinio me anima a trabar conversación con el recién llegado.

          – “Habla con el alcalde, que él sabe mucho”, señalando con la barbilla al canoso.

          Entre la guasa de Higinio y el silencio del hombre, dudo si es edil o si se trata de un mote. Tiro por el camino del medio.

          – “Lo que me importa realmente es si sabe mucho. Aún así. ¿De verdad es alcalde?”.

          – “Yo nunca miento”.

          Me hizo gracia el acertijo y di por finalizada definitivamente la lectura. Nuestra conversación durará horas y estará salpicada de recomendaciones para el camino, indicaciones de la ruta, datos sobre el embalse y la despoblación de los años cincuenta… Y, por supuesto, con parte de su biografía: Juan Manuel Quevedo es alcalde de Arroyo desde 1974, un cargo que le llena de responsabilidades pero que no le hace ganar dinero.  Tiene más de setenta y cinco años, 6 hijos y varios nietos, nació y creció en la zona y, por tanto, sabe bien qué se oculta bajo las aguas del embalse: cuatro pueblos enteros (Medianedo, Quintanilla, La Magdalena y Quintanilla de Bustamante) y parte de otros cinco (Las Rozas, Villanueva, Remedo, Bimón y Llano) y la vega donde se desarrollaban la mayoría de las actividades agropecuarias de la zona. La presa se los tragó en 1947.

          El embalse fue una puntilla mortal para la zona, que fue perdiendo paulatinamente su actividad económica en las décadas siguientes (al cierre de la industria del vidrio se suma el de las minas de lignito, la reforma agraria y la fuerza centrípeta de la industria en Bilbao). Hoy el pueblo gana vida con aquellos que regresan tras su jubilación.

          En el último momento aparecen dos chicas. Higinio saca sus artes de relaciones públicas, animado por el ambiente que se está creando en su local.

          –  “Mira, estas dos son de Polientes”.

          El alcalde se despide, no sin antes invitarme a mi viandas. Pilar y Élida me preguntan dónde dormiré. Les señalo mi saco y levanto las cejas. A estas alturas los hombres del lugar ya saben que pasaré la noche en el pueblo, pero no dónde.

          Regreso a mi guarida mucho más relajada que cuando la dejé. El alcalde me ha dado el nombre de un amigo en Aldea de Ebro, Quintín, y las chicas el de Nacho, uno de sus compañeros de trabajo, que es de la zona. Además llevo conmigo un libro que me ha prestado al alcalde que, bajo las estrellas, se convierte en un cuento:

          En 1865 el ingeniero Pedro Antonio de Mesa describe cuatro principales manantiales de Fontibre que manan por un solo caño: la Fuentona, el Pozo de los Muertos, la Fontanuca y el Nacimiento del Medio, son el origen de uno de los tantos afluentes q ue tiene el Ebro, el “río de Fontibre”, el cual, atravesando Reinosa y recogiendo las aguas de otras abundantes fuentes que allí hay, “se incorpora por más abajo del pueblo con el río Híjar, llamado así porque baja de los puertos del Híjar y Peña Labra, cuna del Valle del Ebro”. El Híjar, a quien dejé de ver en sus gateos, conserva la fragilidad de su nacimiento a lo largo de su curso porque las filtraciones secan su camino hacia el Ebro. Fue allí donde comenzó realmente este viaje. Con una despedida.

           Las gotas se cuelan en mi saco. El río me visita. Las estrellas pelean por asomarse entre las nubes.

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