“Comienza el día haciendo algo que nunca hiciste y no habrá jornada que no partas de viaje”.   Cuando los ríos cuentan. Consejo nº 1.

El origen no es un lugar

          Me siento como la punta de un bolígrafo sobre un folio en blanco. Una mano desconocida me ha colocado al pie de esta montaña. La carretera que deja Brañas Viejas a un lado y llega hasta la estación de esquí de Alto Campoo lleva el asfalto hasta el mismísimo Pico Tres Mares, en el que el mirador aparece como un pétreo tubo de neón anunciando “bienvenido al paraíso, visite nuestro bar”. Y yo estoy aquí, escribiéndolo.

          Llego en medio de una densa bruma, aterida, con las articulaciones anquilosadas. Revuelvo en la mochila en busca de ropa que me preserve de esas húmedas cortinas blancas tras las que se esconde el paisaje. Fuera del coche todo me resulta inquietante. De golpe me acuerdo que en las películas el aventurero siempre aparece tras la bruma. Sonrío. Soy John Wayne. Ahora me asalta una cantinela de la infancia: “El Ebro nace en Fontibre, provincia de Santander…”.  La repetíamos una y otra vez en un aula desbordado de babis verdes; a su compás repasábamos, frente al mapa de España colgado de la pizarra, el nacimiento de los ríos y sus afluentes: Cuando decía Fontibre cerraba los ojos e intentaba imaginarme el lugar. Enseguida la palabra adquiría un timbre sacado de las películas de Tarzán e imaginaba que el Ebro era como el Nilo, que quizás naciera de una enorme cascada en la que yo descubriría el bailar del agua y los tesoros… Cuando los volvía a abrir, el resto de la clase ya había llegado a su desembocadura.

          Ahora, al abrirlos, una rancia placa me saca la lengua. Reproduce un texto de Gerardo Diego. El poeta describe el río como un círculo, de cielo a tierra y viceversa. Leo, rodeada de finas gotas de agua, que estoy en un levísimo lugar en el que las coordenadas se deshacen. La “gasa de niebla” se me aparece como una enorme goma de borrar.

          Husmeo en los alrededores de la placa. Me esmero, soy minuciosa. No sé por qué pero me demoro, no quiero dar el primer paso de este viaje. Además, estoy enfadada conmigo, ni siquiera he conducido el coche. Me refiero que he llegado hasta este punto y aún no sé por qué he decidido embarcarme en esta historia. Comienzo sin saber en realidad hacia donde me dirijo. Sí, ya sé, al mar. Pero eso es mérito del Ebro, no mío. Yo ignoro…

Sigo los pasos a un hilillo de agua

          Me lanzo hacia el pico que imagino tras la niebla, avanzo torpemente (quizás el paisaje me quiera acompañar en el sentimiento), entonces tropiezo con la primera de una colección de cruces. Casi caigo sobre ella. Rafa me explica que recuerdan el paso de aquellos esquiadores y alpinistas que murieron despeñados por el precipicio que se abre a nuestros pies como un pozo blanco. Para alejar este extraño abatimiento, invento espíritus bovinos a partir de los cencerros de las vacas… porque la niebla permite fantasear la virginidad de un paraje dominado por las instalaciones del teleférico y las pistas de esquí…pero que gracias a la niebla, yo borro.

          Al final de este primer recorrido nos espera el buzón de cumbre, vacío. Rafa vuelve a relatar que hubo un tiempo en que los montañeros abandonaban sus nombres y reflexiones en los picos. Entonces alcanzar la cima implicaba haber vencido a la naturaleza, hoy los turistas que llegan sin esfuerzo han acabado con esta costumbre y su sentido. De hecho, al bajar, escucho la voz del cabecilla de un grupo de senderistas; explica que en días claros se puede ver desde allí hasta la Sierra de la Demanda, que se encuentra nada menos que a 150 Km. Pone datos donde no alcanzan los ojos: “podríais contemplar, al norte, el valle cántabro e incluso el río  Nansa y al Oeste los Picos de Europa”.

          Me enfado: Sabía que el parto del agua no sería íntimo pero tampoco contaba con visitas guiadas. Agarrada al enojo me pongo a buscar en el mapa el origen ilegítimo del Ebro. La carta dice que estoy en uno de los laterales de la “u” del valle glaciar de la zona de la Calgosa, lugar donde en su momento se debió de deslizar la lengua de nieve que trazó el camino al Híjar (antesala del Ebro)…. Miro a mi alrededor, busco en el suelo una huella de aquel glorioso pasado geológico, algún sugerente titilar de aguas que me permita sentir que pongo el pie en la luna, pero sólo encuentro la basura que durante meses sepultó la nieve, ahora absolutamente descarnada. A pesar de todo, esta forma de buscar el nacimiento del Ebro me parece más entretenida y sigo hurgando entre remontes, telesillas y telesquís, hasta que me topo con un chorrillo que no sabe por qué piedra escurrirse. Entra y sale por una cañería, la intenta esquivar, lo consigue. Me cae bien.

El primer beso fluvial

          Escribo en el diario: “En el mundo fluvial pasa como en el ciclista, los hay con destino gregario, que nunca ganarán la carrera, da igual su esfuerzo. Sin brillo, sin gloria… así es el Híjar”. Sin más, y prescindiendo de la rigurosidad geográfica, con la dignidad de un imaginario explorador, decido situar oficialmente el nacimiento del Ebro en ese charco cubierto de renacuajos que he encontrado entre calizas y cuyo curso sigo en medio de la niebla con dirección a Fontibre. Y en vez de darle el nombre de una reina, noble, país o entidad egregia, lo denomino: “el principio”.

          Aquí, concretamente, comienza realmente mi viaje.

         Observo el lugar, lo memorizo, sonrío al hilo de agua. El chorrillo me hace bordear refugios de montaña, urbanizaciones de apartamentos. Me deslizo por las planicies de Espinilla hasta toparme de nuevo con la carretera que lleva al origen oficial del Ebro.

          Nueve horas después, a las 17,50 h., alcanzo el cartel que da reseña el nacimiento legítimo del Ebro. La cuna está enclavada en una hoya en la que fresnos y chopos de repoblación se entremezclan con robles y sauces en un parque con merendero, hasta arriba de turistas. Vuelvo a darme de bruces con el sabor rancio de los años del franquismo; va pegado al aparcamiento, los accesos, el parque… Ablandan mis neuronas y durante unos segundos vuelvo de nuevo a los bailes regionales del día de la Hispanidad. La pesadilla se desvanece enseguida gracias al bullicio de un grupo de adolescentes. Como ellos, sigo el trazado del sendero que lleva a la roca donde la Historia ha ubicado las fuentes del Ebro, que está coronada por una hornacina en la que la Virgen del Pilar se ahoga entre exvotos, pañuelos, banderitas españolas y aragonesas y ruegos (“Virgen del río, que tenga más luz y trabajo”).

          Ahí mismo inauguro ortodoxamente mi aventura. Mi juramento incluye que a partir de ahora no me separaré del Ebro. Dicho y hecho, empiezo a saltarme todas las indicaciones, verjas y carteles que prohíben el paso. Es decir, que convierto mi camino en una carrera de obstáculos absurdos: pequeños muros de piedra construidos por ganaderos de caballos y vacas, alambradas…

          Despeinada y con la adrenalina tintándome los carrillos, me encuentro con los dos primeros puentes que cruzan el Ebro. Son de piedra, de pequeños ojos. Sólo han pasado unas horas y el río ya tiene cuerpo suficiente como para obligar a la construcción de viaductos perennes y mover ruedas de molino. Al pie del segundo puente me entero que atrás he dejado el límite natural del oso pardo cantábrico, lo que me relaja bastante.

Lupe y la trashumancia

          Hubo en la localidad tres molinos y el mejor de ellos (hoy un moderno horno de pan, alimentado por corriente eléctrica) fue una importante fábrica de harinas fundada a principios del siglo XIX por el Marqués de Comillas, Antonio López, a la que llamó “La primera del Ebro”. Me lo cuentan los ancianos y ancianas que juegan a las cartas en un local del camino. Les observo. Tras el ventanal, unos bolos de granito abandonados en el jardín recuerdan que también permanecen vivas otras tradiciones. Somos cinco mirando y cuatro en la mesa.

          Una de las jugadoras, Lupe, me cuenta que a su hija “la llamaron los del Deltebre y allí ha estado un año entero, tocando la pandereta”, vestida con el traje campurriano. Es una anciana de inmaculado pelo blanco cuya coquetería le da hasta para mover las pulseras con salero mientras baraja. La más joven de las mironas, Matilde, asombra sus ojos hipermétropes:

          – “¿Y de dónde viene usted?”

          – “De Madrid”

          – “Entonces sabrá de la pasá. Tengo una amiga que lleva el ganado todos los años a Madrid”.

          Cuando le explico que no sé de que me habla, se desilusiona, ella pensaba que los de Madrid sabían de sobra lo de las ovejas que todos los años llegan a pata o en tren al ombligo de la península. Como no es ella la que posee reses y ni sale ni entra de la provincia, tampoco puede darme más explicaciones y me propone que la llame esta noche, pues ya habrá hablado con su amiga. Me esfuerzo por rememorar. De golpe recuerdo unas imágenes en TV: centenares de ovejas pasando por el arco de Alcalá guiadas por perros y mayorales. Caigo en la cuenta que alguna vez leí que los pastores merineros llevan realizando este camino desde la Edad Media. La trashumancia… Con voluntad conciliadora, exclamo que la de ellos sí era una caminata larga. Uno de los acodados en la barra me responde: “andan unos treinta kilómetros al día cuando el ganado no pasta y unos once cuando se entretiene”. Sonrío. No hice mal mis cálculos.

          El camarero me pregunta por la mochila y bromea sobre el equipaje que hasta hace poco llevaban los pastores: unas redes largas que servían para encerrar a las ovejas por la noche, botas de cuero, primitivos utensilios de cocina y alimentos (como el cundido), pimientos, ajos, sebo, aceite y todo necesario para condimentar la pitanza, sal para el ganado, las pellejas de los animales muertos en ruta, etc. Nada que ver con mis previsiones… Por un momento me siento desnuda.

          Alcanzo Nestares bien entrada la tarde, separada del agua en varios tramos, por la vegetación de la ribera. Allí me espera Rafa. Dejo que él se encargue de buscar refugio. Presto atención a sus recomendaciones: “mira, mejor que te separes del río, por las crecidas, los bichos, la humedad y porque a lo mejor se acerca a beber el ganado… Cuanto más liso y menos inclinado esté el suelo mejor, ciertos cultivos atraen a los mosquitos;  si no hay heces de animales, mejor, porque es señal que por ahí no pasa el ganado… ¿Ves?, en alto estás más desprotegida del viento”.

          Nunca me había dado cuenta de hasta qué punto a cada viajero le corresponde un tipo de riesgos. Yo nunca hubiera dormido junto a la ermita que él ha localizado pues la cantina está a pocos metros del lugar donde cenaremos y según mis parámetros, eso nos hace “arriesgadamente” visibles. Aún así hoy delego responsabilidades. Es el último día en que podré vivir el viaje de otro.

Voy “a donde la Merche”

          En Nestares conocen esta casa de vinos y comestibles en la que escribo por el nombre de su dueña: “La Merche”. Van “a donde La Merche” a tomar un trago, a charlar, a jugar una partidita… El lugar hace del paso del tiempo una seña de identidad y conserva alambiques de principios de siglo, botellas, un reloj, el cartel anunciando una velada de teatro en Reinosa, el medianil que separa la tienda de la tasca… y el rostro de los feligreses, todos hombres, que apuran un último vaso de vino antes de regresar a casa. Pedimos queso, jamón, pan y vino, y tomamos asiento en una de sus lubricadas banquetas de madera, sobre una mesa sólida y tan añosa como el resto del inmobiliario.

          La Merche ha superado los sesenta con coquetería y fragilidad; lleva las cejas primorosamente depiladas y cubre su piel apergaminada y fina con un polvo de color que inventa salud donde no la hay. Atiende a su clientela ligeramente encogida, con una sonrisa a punto de quebrarse, la ayuda un burdo camarero que acompaña de vez en cuando a los presentes con su propio trago de vino. Existe una tercera mujer en el abarrotado local: una rubia de pantalón ajustado que va agarrada al brazo de un dandi de arrabal. Como si él la hubiera regalado una vida honesta, la albina de bote aguanta las jerigonzas de su hombre y sus amigos sin abrir la boca y con la mirada ausente. En realidad se vigilan: ella no mirará a otros, él llegará sobrio a casa.

          En un rincón del local los tejos se aburren a los pies de una enorme rana de metal que, en cuanto termine la retransmisión el partido, volverá a tragar las fichas de los jugadores. Junto a él José, dueño del local y marido de La Merche, relee un periódico retrasado bajo unas gafas que sujeta gracias a un parche hecho con celofán, que mantiene en su sitio la única patilla. Su ruda mano consigue contener los temblores de un incipiente parkinson. Tiene toda la pinta de ser un buen contador de cuentos. Le abordo:

          –  “¿De cuándo es el alambique, señor?”

         – “No sé, nunca funcionó bien” (José levanta la vista, sujeta sus gafas, que se ladean hacia la derecha, y observa detenidamente mi rostro)

           – “Bonito su local”

          Hago como si no me diera cuenta de su examen. Deduzco que debe creer que los turistas somos así de raros. Echamos una ojeadita al lugar, él reposa su mirada en un viejo reloj que algún día se enganchó a las ocho menos diez. Yo reparo en uno de los carteles que anuncian las fiestas patronales de los pueblos de la zona: “El conceju del pueblu puede cambiar algo si las cosas no van bien”.

           – “Y mañana, la Virgen de las Nieves”, comento.

           José se vuelve hacia mí y deja los periódicos.

           – “Teníamos nevadas impresionantes y eso que no estamos a mucha altura, a unos 900 metros. Yo era un mozo… ¿Quiere que le enseñe unas fotos?. La nieve cubría puertas y ventanas.”

            José desaparece tras la cortina corinto que, embadurnada por el tiempo, separa con pesadumbre la tienduca de su vivienda. Sujetándose las gafas con una mano y agarrando temblorosamente una caja con la otra, aparece minutos después.

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