Iba en coche, de regreso de unos días en la montaña. Conducía Rafa y yo veía caer la tarde por la ventanilla del copiloto. El paisaje era árido, a pesar de que arrancaba la primavera. Viajábamos en silencio. La radio emitía una tertulia que ninguno de los dos escuchaba. De pronto me di cuenta de que avanzábamos velozmente hacia el hilillo plateado que el ocaso dibujaba en el horizonte. Cautivada por la fugacidad de aquella luz, me retorcí en el asiento hasta que los ojos se cegaron con el naranja, la tuve tan cerca que casi creí tocarla. De hecho debí rozarla porque de golpe todo el universo pareció encajar: era río al tiempo que Rafa pronunció Ebro y un tertuliano empezó a insistir que era una tubería que desperdiciaba su agua en el Mediterráneo… De pronto el Ebro… sentí que éramos tres los que callamos en ese coche… el río se coló en el asiento trasero…. Segundos después la hebra plateada no era nada a mis espaldas.

No dejé de pensar en ese encuentro durante las semanas siguientes. Una necesidad irrefrenable e incontestable me devoraba las entrañas,  se trataba de una perturbadora sed que ya antes había conocido ¿No consiste en eso el enamoramiento, una inagotable sed del otro?. Pero además estaba mi indignación. Estaba enfadada conmigo: no tenía idea de qué era un río. Sabía su definición, era capaz de describirlo con palabras, pero algo se escapaba, lo esencial, quería saber en qué consistía exactamente. Mi ignorancia ponía en tela de jucio toda mi existencia pues, por qué no, todo lo vivido podría ser en cierto modo un artificio. La idea de estar afincada en un fraude empezó a tomar cuerpo.

Escribo este relato años después de aquel largo camino junto al Ebro. Y lo hago, como siempre que le nombro, estremecida. Su murmullo de agua se instaló en el fondo de mi oído. Escribo a su dictado. Cada una de estas páginas forman parte de aquella alcoba en la que seguimos retozando, el Ebro y yo… y aún me sonroja.

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