No, no es lo mismo ser una caminante que ser un caminante. Para empezar, yo dejé atrás los tacones, lo que supuso plantar los pies en tierra de otra manera, reajustó mis caderas…

Aprendí a vivir con menos hasta convertir mi mochila en apenas un hatillo. De ella desaparecieron, incluso, los anticonceptivos.

Cuando tuve hambre, miedo, dolor, incertidumbre… siempre encontré a una mujer desconocida dispuesta a ofrecerme ayuda.

Comprendí que en la arquitectura de los pueblos también se impone la huella masculina: los lavaderos están en la parte trasera de los pueblos, los prostíbulos en primera línea de sus estaciones ferroviarias.

Una de las primeras cosas que pierden las mujeres que viven junto al Ebro es su memoria del río. Sucede cuando dejan los juegos para siempre, en la pubertad, como si la menstruación se convirtiera en su único caudal. Al menos así sucedió durante generaciones.

El refugio de una mujer no tiene por qué coincidir con el lugar seguro de los hombres. 43 días saliendome de los caminos para pisar por donde pasa el agua me hicieron comprender que los animales podían ser mis aliados cuando, a mitad de la noche, aparecían los pasos de ciertos seres humanos.

No necesité tantos sets de supervivencia, ni tuve que batir récords, tampoco era peregrina, ni turista, no seguí los criterios marcados en los mapas. Aprendí a comportarme como el agua: caminar despacio por los caminos posibles, tomando conciencia de cada pisada. Y me puse en la piel de las mujeres más humildes, que en las aldeas son las responsables de proveer de agua.

Cada herida del Ebro, cada triunfo suyo, eran míos. Encontré frutos por el camino, arbustos generosos, y también tierras sometidas, ambiciones humanas… y esto esto me ayudó a entenderme más como ser humano y comprender que ser mujer es una construcción cultural. Desde entonces, mi espejo son los ríos.

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