A tan sólo unas horas de mi partida, elejí entre las decenas de objetos que he desparramado por el suelo aquellos que formarán parte de mi equipaje, desde una depuradora de agua a una brújula, un atrapasueños, o una crema bronceadora. Más que elegir, descarté. Seleccioné a quienes formarían parte de mi tripulación con una única certeza: en un viaje en solitario los enseres no sólo han de ser útiles. En mi pequeña habitación les leí mi declaración de intenciones en alto, por si me escucharan. Al final, añadí el anuncio que Shacketon publicó en la prensa británica para reclutar a la tripulación con la que cruzaría la Antártida: “Se buscan hombres para un viaje peligroso. Sueldo bajo. Frío extremo. Largos meses de completa oscuridad. Peligro constante. No se asegura retorno con vida. Honor y reconocimiento en caso de éxito.”

A continuación confirmé el nombre de los seleccionados en una lista. Fueron:

* Mi lengua y mi corazón. Un matrimonio convencional, viven bajo el mismo techo, duermen en la misma cama y cada uno va por su lado; por eso unas veces digo en alto lo que siento, en otras siento en silencio y en muchas ocasiones miento, miento, miento. Seré una mujer que recorre un río. Sé que si añado la palabra “sola” doy algo más de brillo a mi destino, porque la mía no es más que una aventura casera, de esas que discurren encajonadas entre carreteras nacionales y autopistas. Digo: “me voy al Ebro, lo recorreré desde el principio hasta el final, a pie y sola” y sé que resulto convincente, pero miento. En realidad pienso: “Me violarán, me encontraré con culebras de río que se meterán en mi saco”.

* Mis pies. La mayoría de mis amigos dicen que “928 kilómetros andando es mucho”. Para quitarle hierro les recuerdo que mi reto es antiguo, que hace un milenio Plinio el Viejo midió el Ebro en pasos. Es decir, que lo recorrió a pie. Le salieron 450.000 pasos. Nunca he andado tanto. Trazo una ecuación entre mi intuición, mis piernas y los casi 1000 kms y me sale que soy capaz de andar 30 kilómetros al día. Luego he dividido esa línea azul que es el río en porciones de 30 kilómetros (es lo más racional que sé hacer) y he permanecido impávida durante horas, mirando los tramos, intentando tomar conciencia de las condiciones del suelo, pero el espíritu me guía por el lado del ensueño, y porque sé que al final todo será una simple suma de horas y pasos. Tiempo y espacio.

* Mapas. Entonces los ríos no tenían cartografía propia. Existen planos de montañas, de las vías verdes en las que se han convertido los raíles abandonados, de costas con detalladas calas y senderos, incluso hay grutas perfectamente perfiladas, pero no existían mapas pormenorizados de los cauces, ni siquiera del más largo de España, El Ebro, de ahí  que lleve 32 planos. Son 32 porciones administrativas en las que el agua parece invisible. Las tuve que pedir en la librería por extrañas secciones: “Déme el del embalse”, “Ahora déme el de Logroño”, “Póngame uno de Burgos”, cuarto y mitad de Rioja alta, cien gramos de Mequinenza… Siguiendo la pista de ciudades, montes y cabos conseguí coser litros de agua, del principio hacia la desembocadura. Este orden es importante: quiero pensar como lo hacen los ríos.

* Ropa. Dos pantalones cortos. Busco su combinación (este gris con aquella camiseta del corazón rojo, el azul con la blanca…). Negaré una y mil veces que he utilizado ese criterio, pero es verdad que no hay nada mejor para mis cambios de humor que cuidar mi aspecto. En el lote incluyo ropa interior coqueta, una maquinilla de depilar, compresas, anticonceptivos… En los manuales de montaña de finales del XIX se incorporaban capítulos detalladísimos sobre qué debían llevar las mujeres en sus mochilas. Por ejemplo, una falda larga encima de los bombachos, pues las piernas no podían asomarse en las empinadas cuestas ni insinuar sus formas bajo los pantalones. Henriette D’Angeville (la primera mujer que subió al Mont Blanc, en 1838) llevó sillas, mesas, escaleras, camisas, zapatos de goma, calcetines de seda, pantalones de lana escocesa, una boa de plumas, una máscara de ante negro, varios frascos de sales, ungüentos y colonias. Gertrude Bell viajaba por el desierto a principios del siglo XX con un baúl-armario para vestidos, faldas de pinzas, abrigos de piel, chaquetas de tweed, chales con flecos, sombreros de plumas, sombrillas y ropa de lino para montar a caballo. En un estuche de madera y plata hecho a la medida llevaba cepillos de plata, frascos de cristal tallado con lociones de quinina, alcanfor, remedios contra la diarrea, polvos de talco y jabones perfumados. En otra maleta guardaba sus enaguas, corsés, una cámara de fotos y dos pistolas; y en el último baúl transportaba libros, un juego de té de porcelana, cristalería, mantelerías de hilo y varias alfombras. Me hago este recuento para convencerme de que voy ligera, pero es evidente que la mochila pesa demasiado.

* La palabra. Los libros, por ejemplo, pesan un kilo. Llevo el elegido (“El Quijote”), el regalado (sobre crónicas de mujeres viajeras) y el azul (“Abrazar la vida”, de Vandana Shiva). No llevo sprays contra violadores, ni silbato para espantar a los perros, ni bastón para defenderme de las alimañas, como me han sugerido algunos. En el último momento añado ceras de colores para dibujar. Y, por supuesto, mi cuaderno de viaje, que ya va llenándose de frases antes de haber partido. La última,  una de Bruce Chatwin en “Retorno a la Patagonia”: “Y el más antiguo género de relatos de viaje es aquel en el que el narrador abandona el hogar para desplazarse a un lejano país en pos de una bestia legendaria”.

* Los recuerdos. Extraños. El más insospechado pertenece a Manuela, la abuela de los trabajadores de Sintel. La recuerdo el día en que acabaron su acampada en el paseo de la Castellana. Entonces se dirigió, micrófono en mano, a aquellos obreros que llevaban viviendo en dignas chabolas más de un año. La viejuca, flaca, encogida, con su batita de boatiné y sus zapatillas de andar por casa, con el moño deshecho y su frágil voz, miró a las cámaras de TV que habían acudido a retransmitir el final del campamento y pronunció las únicas declaraciones de su vida: El paraíso terrenal está en la tierra”.

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